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los funerales en Japón.

A. El proceso de un funeral.

Para concluir la primera parte de nuestro estudio nos disponemos ahora a tratar de sintetizar la forma actual de celebrar los funerales; son formas que expresan el imaginario colectivo que emana de la reflexión hecha anteriormente. Creo que nada es, por tanto, casual. Tal vez la irrupción de la cultura industrial y urbana haya acelerado profundamente unos cambios que ciertamente han perturbado el curso de la tradición, pero no cabe la menor duda que bajo las apariencias se esconde un espesísimo y riquísimo mundo interior que hace que cada gesto, signo o rito tenga una gran profundidad y un sentido digno de ser tenido en cuenta. Si nos acercamos a cualquier funeral en Japón podemos encontrar los siguientes momentos:




  1. Fallecimiento: cada vez más frecuente en soledad o lejos del hogar.

  2. Traslado del cuerpo a casa o al templo. Ceremonia de purificación.

  3. Preparativos prácticos y ceremoniales del funeral.

  4. Introducción en el féretro (nyuukan) y traslado al lugar de la celebración, en caso de que ésta no se realice en el mismo lugar.

  5. Velatorio al atardecer (Otsuya): acogida de invitados, ceremonia y cena fraterna. Tradicionalmente se celebra en la casa mortuoria, pero actualmente se realiza en los templos religiosos o salones sociales habilitados para ello, especialmente en las ciudades.

  6. Ceremonia de funeral (Soogi) y despedida (Kokubetsushiki) del difunto al día siguiente a la Otsuya o velatorio. El funeral consta de dos celebraciones en una que consta de:

  1. Acogida de los invitados.

  2. Ceremonia.

  3. Rito de separación.

  4. Despedida.

  1. Cremación (Kasoo). Raramente hay enterramientos.

  2. Comida fraterna durante la cremación, sólo para familiares.

  3. Recogida de restos óseos y traslado al hogar de los mismos.

  4. Colocación de las cenizas y el nombre del difunto en el altar familiar.

  5. Tras 49 días, oración fúnebre en el hogar o en el templo.

  6. Sepultura tras cierto tiempo. (tumba familiar o columbario)



B. Convenciones sociales para los funerales:

Culturalmente los funerales son un evento más en la vida de una persona (el último) que culminan el paso por este mundo. Por lo general son una fusión entre religión y relaciones sociales, teniendo siempre en mente la adecuada despedida del difunto. Podemos señalar las siguientes características:




  • Tienen un carácter religioso, pero también social. Muestran una postura ante la muerte y hacia el más allá, pero también hacia esta vida. Son una expresión de dolor y solidaridad.

  • Aspectos apotropáticos (en relación a los ritos funerarios):

  • Se trata de evitar el “contagio” de la muerte (tomobiki). Según el Budismo japonés, algunos días no se puede realizar el funeral porque el difunto se llevaría consigo a algún familiar o amigo. Esos días no se celebra nunca un funeral en Japón.

  • Tener propicios a los difuntos para evitar su malestar o enfado.

  • Disponerlos para el viaje al mundo de los muertos




  • Color negro. Las mujeres visten de negro riguroso. Los hombres con traje negro, camisa blanca y corbata negra… últimamente se usa también el azul marino o el gris. Los niños y jóvenes llevan el uniforme escolar.

  • Recepción en una mesa de acogida (uketsuke) atendida por varías personas que representan los ámbitos del difunto (familia, trabajo, amigos…) Firma y entrega de un sobre blanco con lazos negros en el que se incluye una aportación económica (kouden) establecida según la cercanía al difunto.

  • Ceremonia (depende de la religión y de las circunstancias). Generalmente en un templo religioso o en la propia casa. También en salones sociales o salas de la misma funeraria. En Japón no existen los tanatorios; a lo sumo se pueden alquilar salones cívicos o centros sociales.

  • Recogida de un regalo al finalizar la ceremonia en agradecimiento por la asistencia (té, café, toallas, pañuelos, etc…).

  • La asistencia a las comidas y al crematorio es exclusiva de la familia o amigos muy cercanos. Al difunto se le despide en el templo junto con la comitiva de familiares.

  • Los restos óseos seleccionados por la familia son depositados en una urna de cerámica y colocados en un altar familiar hasta el momento de su sepultura.

  • Tras 49 días (tiempo según el cual el alma del difunto todavía no se ha ido de este mundo) se puede proceder a la sepultura previa oración por el fallecido.

  • Los cementerios están separados según confesiones religiosas, si bien hay también cementerios mixtos. Generalmente no se producen sepulturas interreligiosas en una misma tumba, aunque hay excepciones.

  • El día de los difuntos (O-bón) es el 15 de agosto. Al igual que en nuestra tradición es un día para volver al pueblo natal, visitar el panteón familiar, limpiarlo, poner flores y orar por los difuntos. Todas las Iglesias católicas celebran el día de los difuntos con una misa o una oración por los fallecidos de la parroquia en el cementerio o columbario parroquial, pero no el 15 de agosto, sino el 2 de noviembre.



C. Curiosidades:





  • Se suele realizar un reportaje fotográfico de los funerales que la familia guarda como un acontecimiento familiar.

  • En el funeral se presentan los telegramas de las personas que no han podido acudir físicamente y desean trasmitir sus condolencias.

  • A los funerales asisten también los niños por muy pequeños que sean. Si los niños están escolarizados usan el uniforme escolar, no la ropa de luto.

  • Prácticamente no hay enterramientos, sólo incineración y sepultura de los huesos que quedan (el resto de ceniza o restos óseos se tira directamente a una fosa común en la funeraria de forma sorprendentemente práctica y sin rito alguno).

  • Los cristianos suelen querer ser enterrados en la tumba parroquial en lugar de en la tumba familiar. Esto puede crear problemas cuando la familia no cristiana no acepta este deseo.

  • Los enterramientos de no cristianos en tumbas cristianas (familiares de un cristiano) están siendo permitidos pero creando problemas de espacio y de inquietud en algunas comunidades.

  • La preparación de la muerte: algunos japoneses preparan su funeral con antelación, pagando el mismo y en muchas ocasiones inscribiendo su nombre, grabado en color rojo, en la lápida de la tumba. Tal color se pintará en negro cuando se produzca la sepultura.



D. Cambios experimentados últimamente:





  • Crece el número de petición de funerales exclusivamente íntimos o familiares, realizados en el propio hogar y sin invitados. Detrás de ello puede haber problemas económicos, de tiempo o una manifestación de las empobrecidas relaciones sociales, sobretodo en el ámbito urbano.

  • Crece el número de personas que mueren solas y cuyo funeral se reduce mucho en cuanto a los ritos.

  • Crece el número de personas que piden el funeral católico por ser más barato, solemne y sencillo en las formas (menos formalismo e igual o más dignidad en la celebración). Surge la necesidad de establecer criterios para la vinculación de la familia solicitante con la comunidad que acoge. En algunos casos los sacerdotes católicos se prestan a realizar ceremonias privadas en las casas o en los salones habilitados.

  • Se van superando las convenciones sociales (color, costumbres…). Se huye de la implicación de muchas personas en los funerales porque se crea una obligación de gratitud hacia todos los que han colaborado. Esto refleja el grave problema de la pobreza de las relaciones sociales y la falta de una verdadera comunidad.

  • Aumenta el número de cristianos que piden enterrar a miembros no cristianos de su familia en el panteón parroquial al que pertenecen. Algunas personas piden el bautismo como forma de facilitar los trámites para su enterramiento.


II. RELACIÓN CON LA RELIGIÓN CRISTIANA.



  1. Funerales cristianos en Japón y su impacto personal y social.

Si a finales del siglo XX fue el rito del matrimonio cristiano el que acercó a muchísimas parejas no cristianas a las iglesias para contraer matrimonio por nuestro rito, desde principios del siglo XXI es curiosamente el ritual de exequias católico el que está provocando un fenómeno parecido. Sería conveniente aprender de la experiencia fallida de los matrimonios de no cristianos en la Iglesia (permitidos excepcionalmente por Roma sólo dentro de Japón por motivos de evangelización), para evitar perder la oportunidad que se presenta con los funerales. Si con el tiempo los hoteles y salones de celebraciones construyeron iglesias prefabricadas y contrataron extranjeros caucásicos para que hicieran las veces de sacerdotes, “robando” así a la Iglesia el caudal de parejas que acudían para celebrar su enlace matrimonial, creo que será más difícil trivializar de la misma manera el rito funerario. Es importante aprovechar esta oportunidad de encuentro en momentos tan delicados para, a través de una adecuada pastoral, no sólo ayudarles a superar el trance de la muerte de un ser querido, sino también para ofrecerles la propuesta cristiana liberadora y el anuncio central de la resurrección.


Ciertamente el descubrimiento que muchos japoneses están haciendo de la riqueza del rito de exequias cristiano, además de una sorpresa está suponiendo también una oportunidad para la evangelización. Una cultura tan sensible para la belleza, el arte o la tradición, no puede más que dejarse tocar el alma cuando un funeral es celebrado de manera digna, solemne y al mismo tiempo familiar y entrañable. El reducido tamaño de las comunidades parroquiales católicas en Japón tal vez se preste a ello con más facilidad que las muchas ‘oteras’ (templos budistas), prácticamente convertidas en tanatorios. Al igual que en España, una sociedad cada vez más envejecida está viendo aumentar el número de funerales, siendo este ámbito uno de los más importantes a tener en cuenta en los próximos decenios. La saturación, la rutina y el tradicionalismo en que ha derivado el rito budista respecto a la muerte, ha creado en dicha tradición un verdadero problema de lenguaje. Para muchos japoneses, el idioma sagrado ininteligible del bonzo (monje budista), sus complicados ritos, incluso sus elevadas tarifas… son incomprensibles. Por el contrario, el catolicismo ofrece pequeñas y acogedoras comunidades, todavía sin muchos funerales, con cálida acogida y fraternales relaciones humanas. Al mismo tiempo, el tránsito del mundo rural al urbano está provocando la pérdida de identidad en no pocas personas, abocadas a vivir sin la referencia tradicional a la “otera” de su aldea. Librados de los lazos tradicionales, el japonés vive al mismo tiempo la dentellada de la soledad; crecen los problemas psicológicos y la necesidad de encontrar lugares de refugio y acogida.
En este contexto, el rito exequial católico, celebrado sin prisas, incluso con los preparativos espirituales antes de la misma muerte, ofrece una oportunidad espléndida para el encuentro con la familia del difunto. La Iglesia se convierte así en un ámbito humano donde resulta fácil compartir sentimientos, testimoniar y hacer visible una fe que hasta entonces se había reducido al ámbito privado. Para muchas personas esto supone el descubrimiento del tesoro que se tenía cerca, dentro del familiar o del amigo católico, sin saberlo. Curiosamente, las exequias se convierten así en el inicio de una nueva vida para muchos asistentes a sus ritos y en mi caso personal, prácticamente la mitad de los catecúmenos que he tenido la suerte de acompañar hasta el bautismo.

  1. Elementos esenciales del funeral cristiano:

Veamos a continuación algunos de los elementos esenciales de los funerales cristianos sin llegar a detallar el ritual de exequias, que con ligeras variaciones debidas a la lógica inculturación, no dista mucho del rico ritual que tenemos en España.


  1. El encuentro.

Es la experiencia fundamental, pues aunque la mayoría de personas que se acercan a pedir un funeral son fieles o personas relacionadas de alguna manera con la Iglesia, la empatía, acogida y disponibilidad del sacerdote o equipo de acogida marcan sin duda una primera impresión, crucial para el desarrollo de las relaciones posteriores. Generalmente el encuentro debería de producirse antes de la defunción, dando tiempo no sólo a la preparación espiritual de la persona en el trance de morir, sino sobretodo a la de su círculo más cercano. No son extrañas este tipo de experiencias sobrecogedoras que unen a la familia y a la comunidad parroquial de una manera singular, a la vez que facilitan enormemente la creación de un ambiente litúrgico realmente entrañable, fácil de vivir y sobretodo contagioso para los asistentes por la calidez humana y el testimonio de esperanza.



  1. Acogida-desahogo:

A la primera experiencia de encuentro ha de seguir una capacidad amplia de escucha activa, no sólo del sacerdote en el ejercicio de su ministerio, sino de la comunidad cristiana entera, cada uno en su propio servicio. La existencia de una persona con capacidad de escucha y empatía provoca sin duda una comunicación fluida y abierta. Esta actitud es lo que distingue el encuentro sincero del mero marketing, o la acogida y el diálogo empático del mero protocolo a seguir mecánicamente, que es uno de los peligros más comunes.




  1. La Palabra de Dios:

Durante todo el proceso la palabra de Dios sirve como luz que guía, orienta e inspira actitudes, palabras y gestos. La Palabra de Dios fundamenta así no sólo el mensaje a proclamar a través de la liturgia, sino todos y cada de uno de los servicios y hasta el mismo ambiente. Siendo realistas hay que reconocer que este es uno de los déficits en la Iglesia. Pastoralmente se trata de buscar los cauces y las formas más sencillas para que incluso quien no esté habituado al uso de la Palabra de Dios, la pueda sentir cercana, encarnándola naturalmente en los acontecimientos que se celebran y tratando de iluminar con ella los caminos de esperanza que sin duda abre.




  1. Invitación.

Esta es una de las partes más delicadas, dado que los que piden un funeral a una parroquia católica en Japón se pueden sentir obligados de alguna manera a “pagar” con su presencia la invitación que se les pueda hacer a participar en reuniones de tipo catecumenal. El anuncio explícito del kerigma es parte de la misma liturgia; no tiene por qué desarrollarse en un momento concreto, sino que se da a modo de proceso en el que se va entrando poco a poco. Cualquier otra invitación directa siempre está sometida a un proceso y a una pedagogía que no sea invasiva o proselitista, y mucho menos que no trate de aprovecharse de una situación de fragilidad.



  1. Celebración.

La celebración en sí consta de los siguientes elementos, que aún a riesgo de repetir el esquema mencionado más arriba (en lo básico sigue el esquema de cualquier funeral), sí que tiene algunas características especiales:




  1. Contacto con la familia. Visita a la casa del enfermo terminal o al hospital. Discernimiento para la administración de los sacramentos (unción, reconciliación viático) y del oportuno acompañamiento espiritual. En caso de que se haya producido ya el fallecimiento, entrevista con la familia y disponibilidad para acoger el cuerpo en la parroquia. Todas las actividades pastorales quedan supeditadas desde ese momento a la celebración del funeral. Generalmente este servicio no existe en otras confesiones religiosas con la misma intensidad que en la Iglesia japonesa.




  1. Fallecimiento y primera purificación. Los servicios funerarios en la Iglesia católica están realizados por empresas funerarias católicas o ecuménicas, con amplio conocimiento del ritual y en contacto permanente con las parroquias. La empresa funeraria se hace cargo de la primera atención al cuerpo del difunto y su adecentamiento en la propia residencia o bien en la parroquia, donde existe un espacio expresamente preparado para ello: washitsu (habitación de tatami), sala de invitados por si hiciera falta que la familia pernoctara, aseos, cocina…etc. Las parroquias japonesas, al igual que el resto de templos de otras confesiones, cuentan evidentemente con estas instalaciones como parte esencial del servicio que prestan.




  1. Introducción en el ataúd previo arreglo del cuerpo y oración. Esta oración a veces es realizada por un seglar en caso de que no esté presente el sacerdote. El ataúd con el cuerpo del difunto es situado en un lugar central para la celebración de la “otsuya” o velatorio. Dicho lugar está adornado con abundantes flores, la foto del difunto y una mesa con incienso. La cruz también suele ocupar un lugar visible.




  1. Preparación de la “otsuya”, el funeral y la ceremonia de despedida. Para ello se convoca una reunión a la que suelen asistir las siguientes personas: el sacerdote que presidirá las celebraciones, el equipo de liturgia (coro, organista, monaguillos, lectores, monitor…), un miembro representante de la familia y el delegado de la funeraria. Esta reunión transcurre en un ambiente respetuoso a la vez que familiar y sirve para introducir la familia en la comunidad que se une a su duelo. Es también el momento de elegir las lecturas bíblicas, los himnos, así como los signos o demás elementos litúrgicos.




  1. Celebración de la “otsuya” o velatorio. Generalmente se viene celebrando ya en la Iglesia, aunque algunas personas la celebran en su residencia. A través de los servicios funerarios se prepara el lugar con la mesa de acogida a los invitados en el exterior del templo, el lugar donde se coloca el féretro, las flores..etc. Es cada vez más frecuente que este velatorio sea presidido por un seglar, pues se trata de una celebración de la Palabra sin reparto de la Eucaristía. Al final del velatorio se produce la ofrenda de incienso de los asistentes ante el cuerpo del fallecido. Uno por uno van pasando, tomando en la mano un poco de incienso y depositándolo sobre unas brasas preparadas en un pequeño brasero. A la vez que el humo sube, los asistentes (de todas las confesiones religiosas y no creyentes también), juntan las manos y rezan por el difunto; tras un breve silencio saludan respetuosamente a los representantes de la familia que están de pié junto al féretro. Es importante hacer notar que este rito es frecuentemente sustituido por una ofrenda floral el las celebraciones cristianas para evitar confusiones con ritos de otras religiones o deformaciones doctrinales. Incluso cuando el fallecido no es cristiano y la mayoría de asistentes tampoco, muchas Iglesias optan por sustituir la ofrenda de incienso por la ofrenda floral como signo distintivo de la oración cristiana, evitando así confundir la oración con el culto a los muertos.




  1. Finalizado este rito, un representante de la familia dirige unas palabras en nombre de la familia.




  1. Celebración de la misa funeral. Siempre se realiza en la Iglesia siguiendo el ritual de exequias. Se trata de una misa con abundantes cantos donde se trata de cuidar los detalles y el mensaje a la familia y a los muchos no cristianos que también se reúnen en ese momento. Al ser frecuente la celebración de la misa exequial por la mañana o a medio día, los que no pueden asistir cumplimentan a la familia en el velatorio de la noche anterior. Tras la celebración de la misa de funeral se procede inmediatamente el rito de despedida, típicamente japonés. Consta de varias oraciones y la ofrenda de incienso de cada asistente como signo de oración por el difunto y muestra de respeto a la familia. El modo de realización es el descrito anteriormente y es común en todas las confesiones. El hecho de hacerlo ante un altar con la imagen del difunto puede dar lugar a interpretaciones erróneas de la fe cristiana, pero por razones pastorales se sigue manteniendo así, si bien se van purificando algunos ritos, como la sustitución de las velas por el uso único de la vela del cirio pascual o la mencionada anteriormente sustitución de la ofrenda de incienso por la ofrenda de flores por parte de los asistentes.




  1. Traslado al crematorio. Sólo la familia y los amigos más allegados acompañan al difunto hasta el crematorio. También el sacerdote asiste (al igual que los bonzos o pastores protestantes en otras confesiones). Antes de introducir el ataúd en el horno se realiza una última oración. Posteriormente los familiares tienen una comida fraterna y regresan a recoger los restos (algunos huesos escogidos libremente). Lo que no es recogido por la familia es retirado por la empresa del crematorio.




  1. Reserva de las cenizas en una urna de cerámica y colocación en un altar familiar. Al menos durante 50 días (a veces son varios años), las cenizas presiden un lugar importante en la casa de la familia del difunto. Aunque en el budismo el bonzo visita la casa a los 50 días y ora por el difunto, la costumbre católica es celebrar una misa por el difunto transcurrido algo más de un mes, en la parroquia, sin que el sacerdote visite la casa. En dicha misa se evita usar de nuevo la foto del difunto, si bien algunas familias acuden a la Iglesia portando la misma y en algunos casos incluso los restos de la persona fallecida. Al mismo tiempo se trata de evitar de nuevo el signo de la oración por el difunto con incienso. Tras esa misa (de mes o 50 días) se suelen celebrar los aniversarios, pero ya sin signos externos, únicamente nombrando al difunto en el momento de las preces y en la plegaria eucarística.



  1. Discernimiento.

A. Luces.

Como he mencionado más arriba, el hecho de que la realidad demográfica japonesa obligue a muchas personas a plantearse el tema de la muerte, no sólo de forma logística sino también espiritualmente, constituye un signo de los tiempos, una oportunidad que debemos saber aprovechar. El reducido número de cristianos ha permitido hasta ahora la vivencia de la muerte de una forma familiar, relajada y profundamente vivencial. Es precisamente esta cualidad el elemento que puede ser más atrayente en una cultura urbana cada vez más generadora de soledad, que empobrece las relaciones humanas, provoca estrés y no pocos trastornos de índole psicológica.


El Japón industrial, tecnológico y urbano sigue conservando, tal vez por inercia, el alma profunda del Japón tradicional, pero se hunde poco a poco en un océano de insatisfacciones, dudas, identidad indefinida y sin sentido. Este tránsito por el desierto que supone la postmodernidad no deja de ser una oportunidad para redescubrir que tras ese desierto aguarda el Jordán, al que podríamos equiparar con los ríos que separaban el mundo de los vivos de el de los muertos en las tradiciones ancestrales. Cruzándolo se obtendría la liberación plena. Si somos capaces de inculcar y de vivir esa esperanza, no cabe la menor duda de que la travesía del desierto merecerá la pena.
Los ritos funerarios japoneses tienen unas características peculiares que están configuradas por la geografía y la historia de este país y de este pueblo. No pocas de estas características no sólo son compatibles con los valores cristianos, sino que permiten una fácil acomodación del mensaje cristiano a los mismos, permitiendo que la fe cristiana los enriquezca y llene de sentido. El hecho del contacto con la naturaleza y el respeto hacia la misma constituye una valoración sublime de una creación a la que lejos de intentar dominar de forma tirana, se trata de domesticar como parte integral de la misma. El espíritu de abnegación y sacrificio, la capacidad de asunción de las responsabilidades, el sentido grupal y comunitario, la no claudicación al chantaje de las emociones y sentimientos superficiales… son tantas las cualidades del pueblo japonés en este sentido que a veces uno cree que no hiciera falta predicarles el evangelio porque de alguna manera, ellos lo viven de forma más auténtica que los mismos misioneros.
Por otro lado, la finísima y elegante sensibilidad con que los japoneses convierten las relaciones sociales en ritos, permite la vivencia de la liturgia de forma natural, con una atmósfera de respeto, silencio y contemplación que ciertamente impacta a la mentalidad occidental. La liturgia constituye en Japón una forma sublime de relación, no sólo entre las personas, sino con el Misterio. En este sentido, la rica tradición litúrgica cristiana es fácilmente asimilada en Japón, un país acostumbrado a valorar el contenido de las cosas por la “envoltura” y las formas con que se presentan. Cuando esta liturgia se mueve en el ámbito funerario, la experiencia de la muerte no sólo queda dignificada de forma sublime para un japonés, sino que además es inoculada por el mensaje de fe y esperanza en la resurrección, ofreciendo una propuesta de vida y de luz con la que iluminar una cultura perdida entre la tradición y un futuro incierto.

B. Sombras.

Debemos también señalar los peligros, especialmente en este momento en el que todavía estamos a tiempo de corregirlos para evitar que, en relación a los funerales, la religiosidad popular haga derivar las exequias cristianas en una de las direcciones incorrectas que citamos a continuación y que, bajo mi punto de vista, constituyen los peligros más inminentes:




  • El sincretismo: De larga raigambre en este país, la cultura japonesa tiende hacia lo práctico. Frente a la “religión del creer”, en Japón se acentúa la “religión del sentir”, entendido este sentimiento no como algo superficial, sino como una emotividad que hace más fácil la vida cotidiana. De esta manera cualquier cosa es susceptible de ser asimilada, no totalmente, sino sólo en aquellos aspectos que los japoneses consideran útiles. Existe el riesgo real de que, al igual que ocurrió con el rito matrimonial, Japón asuma únicamente el rito, las formas y la liturgia externa que se ajuste a su mentalidad, dejando a un lado el mensaje central. La mezcla de tradiciones, religiones y ritos construye así una sociedad hecha a retales, pero sin identidad propia; una sociedad movida por lo práctico, pero a la larga sin corazón. Evitar que el cristianismo pueda ser utilizado en este sentido resulta casi imposible, pero al menos hemos de ser capaces de que este fenómeno no ocurra en nuestra propia casa. Tanto para la evangelización como para el diálogo interreligioso, lo mejor que podemos hacer por Japón es ser nosotros mismos, vivir la catolicidad sin caer en la trampa del sincretismo.




  • Ritualismo: En una sociedad donde se tiene tan asimilado que el fondo va en las formas, es fácil deslizarse hacia un ritualismo formal. De alguna manera es lo que está ocurriendo con los funerales budistas, perfectamente realizados, pero con lenguajes arcaicos y con rutinas tan cotidianas que no acaban de llenar el corazón. Al igual que puede ocurrir en España con el catolicismo, el budismo japonés vive de la inercia que le otorga la historia, pero se desinfla poco a poco por la poca flexibilidad para volver sobre su origen y “humanizar” sus ritos. El japonés es muy propenso a robotizar su trabajo. Las liturgias pueden ser bellas y perfectas, pero a veces los celebrantes (incluso la asamblea) se mueven de forma mecánica. La rutina de la liturgia está pensada para profundizar en lo que se celebra, pero conviene explicarla bien y revisarla frecuentemente para que no pierda su sentido y su frescura.




  • Deformación del culto: En este mismo sentido, la asunción sin más de ciertos ritos tomados de la cultura budista japonesa puede suponer una seria desviación doctrinal y un flaco servicio a la evangelización. En las exequias cristianas se ha de tener en cuenta que siempre se da culto a Dios, no a un difunto convertido en espíritu. No convertir un funeral en el último acto social del fallecido (una especie de graduación en la vida) sigue siendo todavía un reto. De la misma manera habría que evitar los panegíricos que convierten a la persona fallecida en el centro de la celebración, distorsionando así el objetivo del verdadero culto, que es el Dios salvador ante quien se pide por el hermano o hermana fallecido. En este sentido se hace necesaria una revisión de los símbolos y ritos. Es de destacar que estas reformas se van haciendo poco a poco. Por poner unos ejemplos señalemos la sustitución de las velas en torno al féretro por centros de flores o la sustitución de la ofrenda de incienso por una ofrenda floral. También se ha resaltado el signo del cirio pascual, el uso de la cruz, la aspersión del cuerpo únicamente a los difuntos bautizados o el agradecimientos del representante de la familia evitando todo panegírico.




  • Pérdida de contacto con el presbítero: La avanzada edad de los sacerdotes y el creciente sentido de corresponsabilidad que se ha ido formando en la Iglesia japonesa está provocando una mayor implicación y responsabilidad de los laicos en las celebraciones de las exequias. No son pocos los sacerdotes que, aún pudiendo, delegan la presidencia de la Otsuya (velatorio) en un ministro laico. En muchos lugares esta actitud provoca no pocos conflictos, pues la mayoría de fieles siguen teniendo una formación tradicional y no entienden la ausencia del sacerdote en ese momento. Habría que incidir sobre una adecuada formación de los fieles, pero siempre acentuando lo propio de sus ministerios, sin que ello suponga una erosión del ministerio presbiteral, que no es únicamente la presidencia de los sacramentos, sino también la cura pastoral del pueblo, la cercanía al mismo y la representación de Jesucristo, también en los momentos difíciles de la muerte. Sin menospreciar el papel fundamental de los laicos y toda la comunidad parroquial en estos momentos, creo conveniente resaltar también la necesaria presencia del presbítero, incluso en actos o momentos no estrictamente sacramentales, como un miembro más de la comunidad aunque con un ministerio especial.




  • Simonía: El aumento de los funerales y sobretodo el aumento de la petición del rito católico por parte de muchos no cristianos puede suponer un problema. Al igual que ocurre en España, no pocas comunidades cristianas viven gracias a las aportaciones económicas que dejan los funerales. Un funeral católico suele ser cuatro o cinco veces más barato que uno budista, a la vez que igual o más digno, mucho más sencillo y familiar. El hecho de que en alguna parroquia aumenten las peticiones puede suponer una disfunción en la parroquia y obligar así al presbítero a celebrar dichos ritos fuera del ámbito parroquial, en centros cívicos o salones sociales. Creo oportuno regular esta posibilidad ante la tentación de que el sacerdote actúe de forma privada. Para ello sería conveniente la creación de un equipo exequial que en nombre de la comunidad pueda desplazarse fuera de la misma con un espíritu evangelizador. Con todo, habría que evitar depender económicamente de este servicio, especialmente en lo que se refiere a la administración de los cementerios o columbarios parroquiales, pues el aumento de sepulturas conlleva también un aumento de ingresos y a veces la exigencia de que todo ello se invierta en convertir los panteones en verdaderos monumentos no exentos de lujo.



III. VALORACIÓN PASTORAL.




1. Expresiones de fe.

La postura de la Iglesia católica japonesa en relación a los funerales de no cristianos ha quedado bien reflejada en la publicación de la conferencia episcopal japonesa “Guidelines on interreligious dialogue for catholics in Japan”. Se trata de dos documentos: el primero es de carácter doctrinal y el segundo de carácter pastoral a modo de preguntas y respuestas. Esta publicación es una buena herramienta pastoral para dar respuesta a la infinidad de casos que se presentan cotidianamente en esta Iglesia minoritaria (0,4% de la población) que ha de vivir su fe en un contexto tan plural y “líquido” como el japonés. El hecho de que en una misma familia puedan convivir miembros de dos o más religiones diferentes y en un ambiente tan sincretista, plantea no pocos problemas prácticos y de identidad religiosa. Esta herramienta está planteada para evitar el sincretismo sin perder el vigor evangelizador, inculturar la fe y realizar adecuadamente el diálogo ecuménico e interreligioso. En resumen, se trata de ayudar al cristiano japonés a discernir la respuesta adecuada en cada una de las circunstancias particulares, ofreciéndole unos criterios básicos acordes con la doctrina de la Iglesia católica, especialmente desde la óptica de la declaración Nostara Aetate del Vaticano II y de la enseñanza de los obispos de la conferencia episcopal japonesa. Por sintetizar, tres serían los temas nucleares de estas líneas maestras:




  1. La forma adecuada de participación en ceremonias y eventos de otras religiones y de aceptar la participación de miembros de otras religiones en las nuestras.

  2. El necesario respeto hacia otras tradiciones religiosas y el respeto que debemos pedir para la nuestra.

  3. La necesaria distinción entre actos religiosos y ritos sociales para evitar sacralizar ritos sociales (sobretodo para evitar la sacralización de la patria o de sus dirigentes) o tratar de elevar a categoría social ritos que son básicamente religiosos.

Existe así no sólo una preocupación pastoral del episcopado japonés en este tema, sino una implicación directa en la adecuada conducción del mismo. La realidad, con todo, va siempre por delante de las respuestas. Los cambios sociales son rápidos y a veces inesperados; por ello mismo exigen una atención pastoral permanente.



  1. Retos.

Como he señalado anteriormente, la demografía japonesa y el propio deterioro de la sociedad tecnológica constituye un verdadero signo de los tiempos que hay que discernir. Si a mediados del siglo XX la apuesta fue por la educación y la sanidad en un país que trataba de curar las inmensas heridas de la guerra (guarderías y hospitales), el posicionamiento de la Iglesia en el siglo XXI ha de ser diferente porque la realidad también lo es. Se trata de mirar esa realidad con los mismos ojos de fe, pero tratando de encontrar nuevos caminos, nuevos métodos y nuevas plataformas. Encarar la recta final de la vida de las personas creo que es un reto abierto en la Iglesia, no sólo en Japón sino también en la cada vez más envejecida Europa. La atención a los ancianos y el cuidado del tránsito de este mundo han de ser tenidos más en cuenta en cualquier plan pastoral que quiera adentrarse en la sociedad del siglo actual. Se trata de una nueva opción por los pobres, una pobreza que transciende lo económico para situarse en los límites de la vida biológica.



  1. Elementos a potenciar.

Para una adecuada implicación de toda la Iglesia creo indispensable un reforzamiento de los planes de formación de laicos. La corresponsabilidad no puede construirse sobre la sustitución del trabajo clerical por un trabajo laical, pues sin una adecuada formación e identidad de la vocación laical se podría caer en una especie de “clericalización laical” a la vez que en una “laicidad clerical”. Es decir, la falta de clarificación de la propia identidad puede llevar a muchos presbíteros a desempeñar su vocación realizando tareas que son propias de los laicos (administración, gestión, asistencia social, liderazgo grupal…etc) y a muchos laicos a cubrir la ausencia del presbítero ocupando su espacio vocacional (presidencia de celebraciones, dirección espiritual…etc). Me parece fundamental la creación de equipos pastorales formados por presbíteros y laicos para abordar de forma integral el reto que el tema de la muerte plantea a la Iglesia, sobretodo en los países más envejecidos, sin olvidar a los que mueren sin religión ni medios para tener un funeral digno, ofreciéndose incluso a las autoridades civiles para dar cumplimiento así a una de las obras de caridad: enterrar a los muertos, sobretodo a aquellos que no tienen quienes los entierren por morir en la calle (sin techo), solos o descartados (extranjeros).



  1. Elementos a purificar.

Tratando de no repetir lo dicho anteriormente, aprovecho esta última sección del trabajo para reivindicar la necesidad de enriquecer la liturgia cristiana con un mayor uso de la Palabra de Dios. A veces el rito puede ensombrecer el mensaje, pero cuando ese mensaje es bíblico, todo queda impregnado de una luz diferente. La Palabra de Dios debe ser el núcleo sobre el que gire la pastoral de las exequias. A veces de forma explícita, otras de forma implícita, ella iluminará el camino, los tiempos, los procesos, las palabras oportunas y el mensaje adecuado. Poner en relación a las personas en situación de luto con la experiencia bíblica es uno de los servicios más hermosos que podemos hacer como cristianos. A veces nos damos cuenta que esa Palabra habla sola y que es ella la que nos lleva a nosotros. No hay mayor criterio para purificar nuestras acciones pastorales que dejarnos iluminar por esa palabra. Ayudar a los cristianos a vivir desde ella es la mejor forma de convertir nuestro servicio en una verdadera puerta a la salvación para aquellos que se acercan a la Iglesia. Para ello, habría tal vez que aumentar y organizar mejor el uso de la Palabra de Dios en los ritos de las exequias, o al menos crear leccionarios ex profeso para ello, siendo esto una de las necesidades más urgentes que he venido sintiendo personalmente en el trabajo pastoral.


BIBLIOGRAFÍA.



  • Albert Samuel. Para comprender las religiones en nuestro tiempo, Verbo divino. 1989.




  • Henri De Lubac, Budismo y cristianismo, Sigueme, colección Verdad e imagen 169.




  • Pedro R. Santidrián, Diccionario básico de las religiones, Verbo divino 1993




  • Archidiócesis de Osaka, Guidelines on interreligious dialogue for catholics in Japan, Editado por la archidiócesis de Osaka, 2011




  • Kato Shuuichi, El concepto de la muerte en Japón, estudios sobre Asia y Africa, Colegio de Mexico, centro de estudios de Asia y Africa. 1987. En web: http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/HS955YFLU9BBF4TYJEUQR1CEDG6B2Q.pdf




  • Yamaori Tetsuo, Tres enfoques sobre la visión japonesa de la vida y la muerte, en http://www.nippon.com/es/in-depth/a02903/




1 Especialista en ciencia de las religiones. Licenciado en Filosofía India por la Universidad de Tōhoku, profesor emérito del Centro Internacional de Estudios Japoneses, institución de la que fue previamente director, así como del Museo Nacional de Historia de Japón, y de la Escuela Universitaria de Posgrado de Estudios Avanzados. Entre sus numerosas obras destacan Shi no minzokugaku (Folclore de la muerte; 1990, Iwanami Shoten) y Kindai nihonjin no shūkyō ishiki (Conciencia religiosa en el Japón moderno; 1996, Iwanami Shoten), Ōjō no gokui (Secretos del viaje al otro mundo; 2011, Ōta Shuppan) o Haha naru Gandhi (Madre Gandhi; 2013, Ushio Shuppansha).

2 Uno de los más destacados naturalistas y literatos del Japón moderno, con ensayos como Tensai to Kokubō (Desastres naturales y defensa nacional) o Nihonjin to Shizenkan (Los japoneses y su visión de la naturaleza)

3 En la gramática japonesas no existe la forma singular o plural, teniendo que recurrir a otros sistemas de construcción sintáctica para expresar esta realidad.

4 En realidad, lo que parece proponer Shuuichi es la responsabilidad de la cultura monoteísta occidental en la deriva nacionalista japonesa que terminó deificando a su emperador. Las consecuencias de esta deriva sería la segunda guerra mundial.




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