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Descripción general del fenómeno



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Descripción general del fenómeno.




  1. El marco geográfico.

La muerte es un fenómeno universal que en su vertiente religiosa es configurado por multitud de factores, sobretodo geográficos y ambientales. El paisaje, el clima, la orografía…etc, son el marco donde se configuran los pueblos, sus culturas y, dentro de ellas, su religiosidad. En el caso de Japón, nos encontramos fundamentalmente con tres niveles básicos de orden geográfico que, como veremos posteriormente, son el soporte para forjar otros tantos estratos a nivel psicológico, histórico y cultural.


El primer estrato o marco de referencia que encontramos en Japón es el impenetrable mundo de los bosques y las montañas abruptas, escenarios donde surge el animismo japonés, denominado Sintoísmo; se trata de un mundo religioso habitado por espíritus (kami) tan invisibles como presentes en todas las realidades naturales, especialmente en los árboles, las montañas, los ríos y los animales que habitan bosques siempre abrazados por la niebla, la nieve, la lluvia o el calor del tsuyu (estación del pre-verano) que humedece hasta el sonido del viento. La necesidad de madera e incluso de refugio ante el peligro, hizo que muchos japoneses primitivos vivieran cerca de este mundo y que muy pocos se atrevieran a adentrarse en él más que de lo necesario. En torno a este “desierto verde y abrupto” surge el estrato más primitivo de la religión japonesa.
El segundo estrato geográfico del Japón son sus escasas pero ricas llanuras, donde surgió la cultura agrícola que forja el pueblo y el espíritu cooperativo nipón. La abundancia de agua hace que la base de la producción agrícola sea el arroz, y que el cultivo primitivo del mismo (no el actual), exigiera que cada “tambo” (arrozal) fuera cultivado por toda la aldea, no sólo por su propietario. De esta manera, el espíritu gremial del Japón nace en torno a la necesidad básica de ayudarse mutuamente para poder sobrevivir individualmente. Las pequeñas aldeas, levantadas en las pocas llanuras han sido testigos del maridaje entre el sintoísmo tradicional y el budismo que, nacido en la India, llega a Japón bajo el influjo cultural de China. De esta forma, la Jinja (templo sintoísta) aprendió a convivir armónicamente con la Otera (templo budista).
El tercer estrato es más moderno y se corresponde con el mundo urbano e industrial que comienza con la denominada era Meiji (1868-1912), que trajo la industrialización y la consiguiente aparición de las grandes urbes en las zonas costeras más llanas (Tokyo, Osaka, Nagoya…); en el ámbito religioso supuso el fin de la persecución y la carta de ciudadanía del cristianismo, con su novedoso y occidental monoteísmo, como nueva incorporación al imaginario cultural y religioso japonés.
Hay que hacer notar, que Japón es un archipiélago formado por cuatro grandes islas y miles de islas pequeñas. Es una zona volcánica que ha soportado, soporta y soportará como casi ningún otro lugar en el mundo, no sólo la belleza de la madre naturaleza, sino también su ira, manifestada en forma de terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas y tifones. Esta naturaleza salvaje hace que tanto el marco natural como el cultural sufran permanentes cambios, acrecentando así un sentimiento básico y fundamental para entender toda manifestación religiosa: la fugacidad de las cosas y la provisionalidad de todo.

En Japón se ha forjado una actitud de no enfrentamiento con la naturaleza, aprendiendo a bajar dócilmente la cabeza ante ella para vivir armónicamente con ella. Por lo general, la ciencia japonesa se ha apartado de la pretensión de domeñar a la naturaleza, siendo su finalidad adaptarse a las condiciones de la misma, no de dominarla. Buena parte de los problemas de la sociedad japonesa actual vienen precisamente de la renuncia a esta idiosincrasia y su sustitución por el utilitarismo occidental.


  1. Elementos ancestrales.

La muerte está profundamente ligada con la experiencia religiosa. Parece ser que los primeros vestigios de religión están relacionados con la experiencia de la muerte (enterramientos que remiten a un más allá). En las religiones naturales, la muerte era considerada como el fruto de un hecho o de un agente sobrenatural malévolo, de tal forma que llegó incluso a personificarse bajo la forma de un dios o un ángel. Para el Judaísmo y el Cristianismo, la consecuencia de un pecado, mientras que para el Budismo se trataría de un hecho inherente a la vida, como lo es el nacer. Fue el Budismo el que introdujo el concepto de “reencarnación”: Mediante esta reencarnación, el alma (o elemento psíquico) se dota en cada una de las existencias sucesivas de un cuerpo diferente. Esta creencia es difundida en toda Asia por el Hinduismo y el Budismo, llegando a relacionarse con el platonismo occidental, si bien no logró afectar a las tradiciones monoteístas.



B.1 Tres períodos básicos.

En Japón hay que diferenciar varios estratos religioso-culturales para comprender la actitud actual ante la muerte. Tales estratos no son compartimentos estancos, sino que forman parte de una misma realidad, estando a la base del comportamiento ético y religioso de los japoneses. Siguiendo la idea de los tres niveles geográficos mencionados anteriormente, podemos también hacer una aplicación a otros tantos niveles históricos con los que estarían relacionados.




  1. El periódo Jomon. (Del 14.500 a. C. al 300 a. C)

Es el nivel primero o “subconsciente” del Japón, su ser más hondo que hunde las raíces en la relación con los bosques y las montañas. En este período no hay una religión organizada ni desarrollada, pero en él se forjaría el “subconsciente” religioso que irá tomando forma concreta en los periodos siguientes.





  1. La cultura o estrato intermedio (Período Yayoi, del 300 a.C al 250 y período Nara)

Es el período donde comienza a aparecer la cultura agrícola en torno al cultivo del arroz. A finales de este periodo se configura el Sintoísmo, que comienza a traer la experiencia religiosa del “subconsciente ancestral” a la consciencia de una sociedad que se va organizando poco a poco. En relación con este periodo hay que situar el período Nara, del año 710 al 794. En el Kojiki (libro antiguo de crónicas japonesas), la muerte se presenta como una partida del alma del muerto a un mundo lejano llamado Yominokuni. Este mundo es el mundo de los muertos, pero no es el infierno ni el paraíso como en la religión budista o en el cristianismo, puesto que la creencia sintoísta carece del concepto del juicio final. Las almas de los muertos se van al mar lejano o a la cima de las montañas, que son los lugares prohibidos y sagrados para los vivos, porque estos mundos se rigen por un orden diferente y desconocido para los vivos, quienes tienen prohibido entrar al mundo de los muertos, debiendo respetarlos para mantener el equilibrio entre ambas realidades.


Al parecer, la muerte para el pueblo japonés no está tan lejos ni separada del mundo de los vivos, ya que, según el Kojiki, no existe la palabra “morir”; en su lugar se usaba la expresión “salir al otro lado” o “esconderse”. De hecho, la división entre los dos mundos se representaba con un arroyo (elemento natural muy presente en los templos). Las almas están siempre cerca de nosotros y nos visitan cada año, en los días de los muertos llamados “O-bon”, para posteriormente regresar a su mundo. Vale la pena mencionar que en el período anterior a la introducción del Budismo e incluso después, la muerte no era vista con temor; sino más bien considerada como algo natural.


  1. La conciencia y valores modernos.

Conforma la capa más superficial, pero que emana de las otras dos. A comienzos de este nivel estaría la introducción del budismo en Japón, que realiza un maridaje sincrético con el Sintoísmo, configurando así la identidad religiosa japonesa. Sólo desde finales del siglo XIX podemos hablar de la introducción del monoteísmo cristiano, estando por determinar si en el futuro acabará cediendo al sincretismo japonés, permanecerá como una “religión extranjera” o logrará inculturarse. En este periodo se forja el Japón actual, con una cultura que encara con flexibilidad las crisis, en actitud paciente, de aceptación de las amenazas latentes que encierra la naturaleza y de la irracionalidad de la muerte que en cualquier momento puede derivarse de ella.


En el origen de esta etapa cultural hay que resaltar el período Heian, del año 794 al 1192, en el que la idea de las almas vengadoras aparece como resultado de la fusión entre la costumbre sintoísta de adorar las almas de los ancestros como protectores en la vida terrenal y de las nuevas sectas budistas que contenían el misticismo del poder del alma. La idea de que el alma maligna llamada Onryō poseyera un poder sobrenatural tiene su origen en esta época. Esta creencia aún se presenta en el Japón actual. Vale la pena mencionar que durante este período el gobierno no ejercía la pena de muerte por temor a que las almas descontentas de los muertos se convirtieran en vengativas fuerzas sobrenaturales. En vez de la pena de muerte, los reos eran mandados a islas lejanas para que nunca pudieran volver y murieran allí sin dañar a la clase dominante. Es interesante señalar también que a pesar de que el budismo dominaba el pensamiento y la vida de los cortesanos, en la Historia de Genji (obra clásica japonesa más antigua e importante) no hay expresión de miedo hacia el infierno; el miedo existe hacia el alma descontenta, no hacia la muerte en sí misma.

B.2 Religiones derivadas de los períodos básicos.

Estos tres estratos básicos de la cultura japonesa han desarrollado o asimilado cuatro corrientes religiosas que forman una especie de ensamblaje o forjado cultural en el que le cristianismo y su visión de la vida y de la muerte trata de hacerse hueco. Estas expresiones religioso-filosóficas serían las siguientes:




  1. El Sintoísmo.

Según el sintoísmo existirían tres posibles destinos tras la muerte:




  • El mundo subterráneo, oscuro y sucio (Kegare).

  • Un lugar en los confines del mar: Nirai Kanai en dialecto de Okinawa (más popular en las islas del sur de Japón).

  • En lo alto de una montaña que puede divisarse desde la aldea en donde se vivió (según la teoría del antropólogo Janaguita Kunio).

Es de resaltar que en esta concepción no hay juicio para ir al paraíso o al infierno; todos van al mismo lugar. Es interesante también la relación muertos-vivos: a veces de protección, otras de maleficio (Tatari). Las diferentes comunidades organizan rituales y fiestas (Matsuri) para mantener a los espíritus satisfechos y una vez al año el O-bón o fiesta de los muertos (semejante a nuestro día de difuntos). No faltan los exorcismos o purificaciones (Harai) conducidas por un sacerdote o chamán (Kannushi) para volver propicias las fuerzas negativas. A veces se contrata a un médium (en Okinawa se llama “yuta”). Este chamán es poseído por el espíritu del muerto. En cada casa no falta el Kamidana (templo sintoísta en miniatura que representa la presencia de los “kami” o espíritus). El fallecido puede aparecerse como fantasma a la comunidad buscando venganza. Este tema de los fantasmas es muy parecido al de Inglaterra; recordemos que ambos países son islas y sienten una especial predilección por los fantasmas y la cultura del terror en general. Hoy día se siguen practicando muchas de estas costumbres. Por ejemplo, El Harai se hace antes de una obra de albañilería para purificar la tierra de manera que se eviten desastres; también en la botadura de un barco.




  1. El Budismo.

Señalemos tres etapas:




  1. El Budismo sincrético que se mezcla con el sintoísmo: se caracteriza por su sentido de la transitoriedad de todo lo creado y su resignación ante el destino (Mujoo). Asume una especie de karma que hace que el premio o el castigo por lo bueno o malo que se haya hecho se reciba durante la vida (Inga oojoo), no tras la muerte; no hay por tanto juicio final. Como presencia de los difuntos, en cada casa hay un altar familiar con el nombre de los ancestros (butsudan) y a veces unas fotos; ante el altar hay que ofrecer alimentos y oraciones como forma de seguir en comunión con ellos.




  1. Secta Joodo (siglo XII): Es la más importante y popular en Japón. El alma de los muertos no va al mundo subterráneo ni al confín de los mares, sino al paraíso occidental que se gana por la fe en Amida, una forma de Buda. Este paraíso es similar al del cristianismo, pero se accede sin juicio, por la mera recitación incesante del mantra “Nama amida butsu” o simplemente “namu amida”. Esta fe salva a cualquiera. Las creencias de esta secta siguen teniendo vigencia y fuerza. Su influencia en los funerales es muy grande.




  1. Secta zen, (siglo XIII): Es una forma filosófica del budismo dirigida a las capas más instruidas y a los dirigentes. No se ocupa tanto de la muerte cuanto de las dicotomías de la existencia. Crea una dialéctica destinada a resolver las contradicciones que atormentan al individuo y a la sociedad.




  1. El Taoísmo

Especie de filosofía religiosa que intenta sintetizar contrarios. Es anterior al zen (en el que influyó mucho). Se inicia en la China del siglo VI a.C, siguiendo las enseñanzas del maestro Lao-Tse (604 a.C) en su obra Tao-Te-Ching, pero se expande con sacerdotes propios en el siglo siglo II a.C. Al contrario que el Confucianismo, el Taoísmo se adapta a la realidad social y mantiene una actitud contemplativa (pasiva) ante la naturaleza. “Tao” significa camino, y es una especie de realidad trans-ética que lleva a la unión con el misterio divino. Su objetivo es la inmortalidad, llegando a poseer los misterios de lo temporal y lo celestial. En su desarrollo, el taoísmo recuperó los dioses personales y la relación con ellos. Una de esas formas fue la alquimia, pero también el yoga, la meditación, las artes mágicas y hasta la higiene sexual. En el Taoísmo se subraya la contradicción entre la mortalidad y la infinitud del universo y la naturaleza. Al disolverse el “ego” en la naturaleza, puede también identificarse con ella, y viceversa, llegando por tanto a ser inmortal. De ahí la búsqueda de la longevidad. En su forma intelectual se sutilizan conceptos abstractos y la muerte es vista como una disolución en la naturaleza. Influye en muchos poetas y artistas, siendo uno de sus temas más recurrentes el del poeta-ermitaño, anacoreta o eremita en busca de la santidad en la naturaleza.




  1. El Confucianismo.

El Confucianismo original es obra de Confucio, del siglo V antes de Cristo, quien sobre la muerte dijo: “No sé lo suficiente sobre la vida, por lo tanto me parece ocioso hablar sobre la muerte”. A Confucio le interesa la sociedad humana, no lo que hay fuera. Fue un politólogo, no un metafísico. Se le puede definir como un agnóstico. Pero el confucianismo de Japón es el confucianismo tardío o neoconfucianismo: (siglos XI y XII); se trata de un sistema metafísico equivalente a nuestra escolástica medieval; es un sistema totalizador, racional y abstracto que estudia la estructura del universo y de los valores humanos, haciendo hincapié en la sociedad. El hombre nace en el seno de la naturaleza que está impregnada de muerte. El destino del hombre es volver a la naturaleza tras la muerte, no dispersarse en cuerpo y alma en ella como afirmaba el confucianismo original. Hay parentesco con el zen y el concepto de muerte es considerado como un retorno a la naturaleza, siendo compatible con las modernas teorías científicas. El objetivo del confucianismo es encontrar la sabiduría para posicionarse adecuadamente en la sociedad: buen comportamiento, respetabilidad, educación y altura moral…etc, lo cual resulta muy práctico para la vida cotidiana del Japón moderno.



  1. Elementos socio-familiares actuales.

Sobre la base histórica y cultural que acabamos de recoger, trataremos ahora de hacer un esbozo de la cultura religiosa actual en Japón, marcada por la industrialización y la concentración urbana, lo que está provocando un verdadero cambio de paradigma que afecta no sólo a los modelos sociales, sino al mismo concepto de “muerte” que nos ocupa en nuestro estudio.



C.1 Sincretismo religioso y tradiciones religiosas “básicas” en relación con el tema de la muerte.

En Japón, el Budismo se encuentra mezclado con el Sintoísmo ancestral. El budismo es una religión cuasi nacional. Procede de Corea, desde donde llegó a principios del siglo VI, siendo adoptada por la corriente imperial. El Budismo logró conquistar todos los ambientes de la sociedad nipona, estando fraccionado en una gran variedad de sectas (en un sentido sociológico, no peyorativo del término), como el Zen de Myoan Eisai (1141-1215), el Amidismo o el Nichiren Shoshu. Estas escuelas proceden del Budismo del siglo I, concretamente del buda Amitabha, de la rama Mahayana, posiblemente de origen iranio. Denominado “Amida Butsu” en Japón, es más conocido como el budismo de la tierra pura.


El budismo japonés cuenta con unos 40 millones de adeptos que frecuentan más de 100.000 templos. Se trata de un budismo muy tolerante con todas las doctrinas, que se adapta tanto a la ciencia como a las diferentes filosofías. Este budismo se propagó por todos los países del Pacífico y hasta los EEUU. En la actualidad el Budismo japonés es una amalgama de confucianismo, taoísmo y tradiciones budistas en sus muchas ramas o sectas. De alguna manera el Budismo aporta una espiritualidad y una metafísica a un mundo cada vez más artificial. En Japón todo pasa por el tamiz de la mentalidad de sus habitantes configurada por el sincretismo, sin que ninguna religión, filosofía o ideología que pretenda entrar en este archipiélago pueda permanecer en él en estado puro. Como se dice entre los misioneros católicos: “Japón es un pantano. Todo lo que cae, termina hundiéndose en él”.
Tratemos de realizar una visión general de las religiones en Japón de una forma más sintética enumerando las tradiciones religiosas actuales más importantes:


  • Religión de “origen”:

  1. El Sintoísmo original (animismo japonés), enriquecido en cuanto a doctrina por otras tradiciones religiosas venidas del fuera.

  2. Este Sintoísmo original, reestructurado desde el siglo IX d.C hasta nuestros días, es considerado desde 1868 (inicio de la era Meiji) como la religión oficial: el emperador recibe culto y con él los héroes nacionales, promoviendo la defensa de los valores patrios, familiares y el ensalzamiento de la virtud del pueblo como pilares de la nación.




  • Religiones importadas.

Desde el IV a.C. se producen grandes migraciones desde China, Corea y el sudeste asiático al archipiélago nipón llegando nuevas religiones:

  1. Budismo (sobretodo Mahayana)

  2. Confucionismo (que realiza un aporte ético-social)

  3. Taoísmo (adivinación y técnicas que influyen en el zen posterior)




  • Cristianismo: Introducido por s. Francisco Javier en el siglo XVI. Actualmente sólo el 1% de la población (católicos, protestantes y ortodoxos), es cristiano, si bien se habla de 10 a un 20% de simpatizantes (cristianos de corazón).




  • Nuevos movimientos religiosos (sobretodo tras la guerra mundial): Tenrikyo, Sokagakkai, Kongoo kyokai, sectas de origen norteamericano, secta Moon…etc.

En consecuencia, nos encontramos con un rico tapiz de tradiciones diversas que llegan a componer una especie de “religión japonesa”, aunque ésta corra el riesgo de convertirse en una especie de “Frankestein religioso”, en la que el centro no sería el misterio divino sino el ser humano, o a lo sumo una especie de entidad social superior (patria, empresa, honor…etc) Con todo, el sincretismo religioso ha permitido una convivencia pacífica entre las religiones y el trasvase mutuo de experiencias interreligiosas.



C.2 Religiones más importantes en el Japón actual en cuanto a su relación con los funerales.

No podemos de dejar de estudiar para nuestro tema algunas de las religiones más influyentes de inspiración o influencia budista en el Japón de la actualidad, pues ellas marcan tanto la doctrina como los ritos religiosos que la religiosidad popular utiliza en las ceremonias funerarias que tratamos de estudiar. Hay que hacer ver que la muerte está vinculada en cuanto a ritos, con el Budismo y no con el Sintoísmo:




  • Joodo: forma japonesa de la secta más antigua mahayana china, conocida como “tierra pura” o “amida”. Es la secta más popular de Japón; proclama a Buda como el iluminado de la gran compasión. Fundada por Honen en 1175 d.C. es desarrollada por Shinran (1175-1263) hasta darle la forma del Joodo shinshu actual. Dividida posteriormente en multitud de sectas tiene como común denominador la creencia de Buda presente en la llamada “tierra pura”. Este buda es denominado “Amida” o “luz infinita”, ámbito donde se juntan sus fieles tras la muerte. Expresa la misericordia, la compasión, la sabiduría y el amor infinitos. Es el mediador entre la divinidad y los hombres. Se trata de una espiritualidad pietista que enseña la salvación por la gracia, pues la mera recitación de su nombre provoca que sus méritos salven a quien lo profesa.




  • Tenri-kyo: “religión de la razón universal”. Relacionada con la experiencia y acciones de dos mujeres: Kino (1756-1826) y Miki Nakayama (1798-1826). Tiene cuatro textos sagrados con las enseñanzas de Nakayama. Predica la importancia de la salud mental y espiritual así como la entrega total a la voluntad de Dios. Cree que el hombre crea su destino. Pretende purificar y vigorizar al ser humano poniéndole en armonía consigo mismo y con Dios. Originalmente surge como una secta del Sintoísmo, aunque hoy se presenta como una religión universal que predica la salvación para todo el género humano.




  • Zen: rama del budismo chino introducido en Japón entre los siglos V-VII d.C. Significa meditación. Pretende transmitir la esencia del budismo Mahayana: toma de conciencia de la naturaleza búdica inherente en cada persona de forma adormecida. Se trata de buscar un despertar superando la lógica. Las técnicas, posturas corporales (zazen)…etc, se adquieren mediante las enseñanzas de un maestro. Busca el “satori” (iluminación interior) para lograr la gran quietud y el gozo. Existen dos formas principales de práctica zen: Rinzai y Soto.




  • Shingon: (palabra verdadera). Se trata de un Budismo tántrico. Fundado siglo IX d.C, es un complejo ritual mágico-religioso-místico con influencia del sintoísmo primitivo. Es el budismo japonés más cercano al modelo tibetano.




  • Nichiren: Fundada por Nichiren (1222-1282), ante la corrupción del budismo de su época buscaba una reforma que lo devolviera a su origen. Fue duramente perseguido. Insiste en la pronunciación de la escritura del Loto como algo suficiente para la salvación. Proclama una centralización unitaria del budismo. Se ha convertido en prototipo de un budismo agresivo e intolerante, símbolo del patriotismo religioso del Japón.

Si bien cada secta religiosa tiene sus adeptos incondicionales, lo normal en Japón es profesar una especie de budismo familiar “no practicante”, utilizando la religión únicamente en momentos señalados. De esta forma se usa el Sintoísmo para la bendición del recién nacido, el cristianismo para el matrimonio y el budismo para todo lo relacionado con la muerte. Aunque cada religión o secta tenga sus ritos funerarios propios (salvo el Sintoísmo), existe una especie de consenso o común denominador para la mayoría de religiones en cuanto a las costumbres y ritos funerarios. En el enfoque que el cristianismo hace de esta religiosidad popular aplicada a los funerales, veremos estos elementos con mayor profundidad.



C.3 La visión del profesor Kato Shuuichi sobre el concepto de muerte en Japón.

Quisiera culminar este extenso primer capítulo del tema que nos ocupa con una visión más autóctona sobre el tema de la muerte. Desde la óptica de un extranjero tal vez sea posible tener una visión más objetiva de la realidad japonesa, si bien creo oportuno aportar la visión de un especialista nativo para ampliar el campo de visión de la realidad a la que tratamos de acercarnos. Me remitiré aquí al trabajo del profesor Kato Shuuichi1, quien a la vez cita en su estudio a Terada Torahiko2 (1878-1935). Para estos autores, la concepción que la cultura japonesa tiene sobre la religión y la muerte viene muy determinada por la relación con las a veces terribles fuerzas de la naturaleza en este país. Según los autores referidos, existe en Japón una actitud de obediencia y acomodación a la naturaleza que Terada relaciona con el pensamiento budista del mujō (no permanencia, transitoriedad) ya mencionado anteriormente. Este sentido habría venido gestándose a lo largo de una historia de superación ante los continuos terremotos, tifones, inundaciones y otros fenómenos. Este mujō se encuentra entre las enseñanzas del príncipe Sakiamuni (Buda), de la antigua India, para el que en el mundo no había nada eterno; todas las formas acaban desmoronándose. Que el ser humano muere indefectiblemente, era uno de los fundamentos de su doctrina.

Ocurre, sin embargo, que en tierras y ambientes japoneses esta “no permanencia”, de raigambre india, ha experimentado importantes transformaciones, pues en el mundo natural que nos envuelve también pervive una fuerza que tiende a permanecer. Así ha surgido una resistencia tenaz y delicada al mismo tiempo, un sentido de mansa aceptación de la llegada de la muerte que nos devuelve a la naturaleza.

Pero, ¿Qué ocurre con esta visión japonesa de la muerte cuando la contraponemos con el monoteísmo? Merece la pena acercarnos como occidentales al pensamiento japonés tratando de seguir su razonamiento. El profesor Terada se expresa así:

En otoño de 1995 visité por primera vez Israel. Mi viaje consistió en tratar de seguir las huellas de Jesucristo, pero allá donde iba no encontraba más que desierto, lo cual acabó debilitando mis nervios. Experimenté de forma muy real que en este mundo no hay nada en lo que confiar. Una impresión radicalmente diferente a la que recibe uno cuando se limita a leer la Biblia. Ocurrió cuando me dirigía hacia la Ciudad Santa, Jerusalén, bordeando el río Jordán. Creí de pronto entender el sentimiento de un pueblo del desierto, obligado a buscar  más allá del cielo aquello que era único y valioso. El anhelo de un pueblo del desierto que no tenía otra opción sino creer en la existencia de un dios único, en un más allá totalmente separado del desierto que era para ellos la superficie de la tierra. Es la aguda conciencia de que sin creer en ese dios no es posible vivir ni un solo día. Me sentí compelido a pensar que así era como había nacido el monoteísmo, esa forma religiosa consistente en “creer” (que Terada contrapone a la religión “sentir”).

Cuando, concluido mi viaje por Israel, el avión se aproximó al archipiélago japonés, me quedé asombrado. Bajo mi mirada se extendía interminablemente un paisaje de verdes bosques, con ríos que llevaban sus aguas al mar, y frondosos árboles. Inconscientemente, imaginé la gran cantidad de frutos con que están bendecidos nuestros mares y montes. Hasta me parecía oír el arrullo de las cristalinas aguas de los ríos y percibir los aromas de las variadas flores de cada estación. Revivió en mi memoria el sentir de los antiguos poetas cuyas creaciones quedaron recopiladas en la colección Manyōshū, y en mis oídos resonaba, me pareció, hasta el latido del corazón de los primitivos habitantes de estas montañas. Esta tierra y no otra es el lugar de solaz de todas las criaturas vivientes, no hay ninguna necesidad de buscar en el otro mundo nada supuestamente único y valioso, pensé. En bosques, en montañas y llanos, se siente por doquier la presencia de los kami [dioses sintoístas], los ecos de las voces de los hotoke [budas o manifestaciones del Buda]. Así debió de ser como el politeísmo, esa forma religiosa consistente en sentir, echó raíces en el archipiélago japonés.

Esta es la forma como el profesor Terada explica la aparición del monoteísmo y la difícil aceptación del mismo en un mundo natural, exuberante y terrible a la vez, que para el autor resulta casi un paraíso, en una visión que considero demasiado centrípeta de la realidad. Terada distingue entre la religión del creer y la del sentir. La religión del creer lleva a la creación de una conciencia individual, tanto a nivel humano como divino y a la necesidad de permanencia en la eternidad. Por el contrario, la religión del sentir lleva a un concepto de persona diferente, no considerada de forma individual sino en permanente relación con la naturaleza, de la se que viene y a la que se vuelve, sin que la idea de fugacidad o desaparición tenga el dramatismo que conlleva en culturas dominadas por las religiones del creer, individualistas y abocadas al drama de la desaparición.

Ahondando en la “religión del sentir” que ha forjada Japón, se ha creado un sistema en el que coexisten el budismo, de origen foráneo, y el sintoísmo vernáculo. Los kami o deidades sintoístas (los dioses de Japón), tenían un carácter diferente al dios de los países cristianos. La idea originaria era que los dioses japoneses habitaban bosques y campos, ríos y mares, encontrando su morada en lo más recóndito de la naturaleza. Estos dioses estaban carentes de individualidad y de soporte físico. Su poder sobrenatural los llevaba a “poseer” o manifestarse a través de multitud de seres, de manera que en muchos casos ni siquiera se les concedía un nombre concreto. Por esta razón, más que hablar de un dios, se ha tendido siempre a hablar de dioses, en plural.3

Con la llegada del Budismo, los budas comenzaron a coexistir con los dioses, comenzando así la “budificación” de los kami. Lo interesante es que, a fuerza de persistir en esa cohabitación, surgió una fe que prácticamente iguala a unos y otros. Este estado de cosas se prolongó hasta la Era Meiji (1868-1912), cuando por primera vez la enseñanza del cristianismo se hizo oficial. Comenzó entonces lo que Shuuichi llama la “cristianización de los dioses de Japón”, que dio paso a su vez, con la creación de un estado moderno, a un movimiento hacia el monoteísmo. De entre los dioses del archipiélago japonés se eligió a uno, que fue elevado a una posición de deidad suprema. Nació así el kokka shintō o sintoísmo de estado4. Este es el proceso que ha conducido en Japón a la formación de un panteón de tres plantas, estando la inferior ocupada por los primitivos dioses de la naturaleza, la intermedia por los dioses “budificados” y la tercera por la cristianización de los mismos.

Junto al budismo, como religión foránea, se produjo otro cambio más de gran importancia a la hora de pensar en la visión japonesa de la vida y la muerte. “Buda” se dice en japonés butsu o hotoke. En su origen, esta palabra alude al Buda histórico, que en la antigua India alcanzó el “satori” o iluminación a través del ascetismo. En el proceso de transmisión a Japón de las enseñanzas de Buda, y bajo la influencia también del Sintoísmo, se confirió a las mismas un nuevo sentido. En algún momento se pasó a considerar que cualquier persona, al fallecer, se convierte en un hotoke, un buda. En el pensamiento sintoísta, al morir nos convertimos en kami. El hecho es que hoy en día los japoneses, con  toda naturalidad, siguen llamando hotoke a los muertos. Ciertamente la mente japonesa reserva siempre un hueco para el Buda histórico de la antigua India, pero al mismo tiempo ha creado la idea de que cualquier persona se convierte en un buda al morir.

Finalmente habría que reflexionar también sobre la idea que en Japón se tiene del mito y de la historia. Entre los antiguos griegos y romanos, mito e historia se desarrollaban en dimensiones distintas. Se consideraba que no era posible encontrar una continuidad coherente entre los acontecimientos narrados en los mitos griegos y romanos, y los escritos históricos de un Herodoto. Para la mitología y la historia occidentales, esto ha sido un hecho evidente. Sin embargo, la relación que se establece entre el mundo mítico del antiguo Japón y los escritos históricos difiere notablemente de esto. Esto es así porque el nacimiento de los dioses y el origen del mundo humano se conciben prácticamente dentro de una misma dimensión. Por eso, también la visión que se tenía de la fundación del país distaba ampliamente de las concepciones occidentales.

Como vemos en los mitos de los dos grandes libros de la antigüedad japonesa, el Kojiki (712) y el Nihon Shoki (720), en el mundo representado se distinguen dos tipos de dioses: los dioses que viven indefinidamente y los que mueren y son enterrados. Así pues, hay unos dioses eternos y otros finitos. Representan al primer grupo los amatsukami (dioses del cielo), y al segundo los kunitsukami (dioses de la tierra o del país) posteriores al “tenson kōrin” (descenso a la tierra). Los dioses del cielo pueden ocultarse durante un periodo, pero no mueren. En cambio, sus descendientes, que actúan en la tierra, acaban muriendo y siendo enterrados. Miembro de esta progenie de dioses mortales fue el emperador Jinmu, primero de la larga lista de emperadores japoneses. Puede decirse que ese mismo destino que arrastraban los dioses con sus vidas y sus muertes lo heredan los humanos. Sin interrupción, el relato de los mitos se conecta con la historia de los humanos. Es precisamente la creencia de que algunos dioses mueren, la que ha dado lugar en Japón a la aparición de una peculiar visión del mundo, de la vida, la muerte y el ser humano, según la cual la historia es continuación del mito. Por otra parte la no permanencia contenida en la muerte de los dioses quedó así estrechamente ligada a la no permanencia de la vida y la muerte de las personas.

El mundo de los dioses que aparecen en los mitos japoneses, viene siendo definido como un politeísmo. Lo es sin ningún género de dudas si pensamos en los proverbiales “ocho millones de dioses” que supuestamente aparecen. Sin embargo, si lo observamos bien, esta religión de los “ocho millones” difiere del politeísmo de las mitologías griega y romana. También difiere del Hinduismo de la India y del Taoísmo chino, también politeístas. ¿En qué consiste la diferencia? Si bien hay algunas excepciones, los dioses de la religión de los “ocho millones”, en comparación con los de esos otros politeísmos, destacan por su falta de individualidad y por su levedad física. Por decirlo de algún modo, es un politeísmo que no se ve. Originariamente se los consideraba, como he dicho antes, dioses que se esconden en lo más recóndito de la naturaleza. A diferencia de ellos, los dioses de la mitología grecorromana son ricos tanto en individualidad como en su carácter físico. Lo mismo puede decirse de los principales dioses del Hinduismo, como Visnú o Shiva. Todos estos dioses tienen su individualidad y su físico, formando un mundo de dioses visibles.


C.4 Síntesis.

Tratando de hacer una síntesis del amplio, pero creo que necesario escenario dibujado hasta ahora, podríamos concretar el paradigma actual con las siguientes características:




  • Importancia de las cosas de este mundo, no del más allá.

  • Individualización y privatización de la experiencia de la muerte frente a la experiencia tradicional comunitaria y familiar. La desintegración de la comunidad tradicional provoca que la muerte deje de tener un sentido comunitario para convertirse en algo individual.

  • La secularización acentúa la vida terrena ante un más allá en el que no se piensa.

  • La ética heredada de las antiguas tradiciones y en subconsciente japonés provoca la aceptación de la muerte con resignación y en soledad, como parte del “mujoo” (no permanencia de todo lo que existe).

  • Ausencia aparente de dramatismo y emotividad ante la muerte.

  • Conciencia de retorno a la naturaleza, pero una naturaleza de carácter animista, no científica, como vida diluida frente a la vida concentrada que sería el ser humano.

  • Concepción optimista del más allá. Según la secta Joodo (la más extendida e influyente), cualquiera puede alcanzar el paraíso. La muerte es triste pero tal vez no sea mala. La creencia en el poder totalizador de Amida sigue vigente en el subconsciente del japonés, siendo posiblemente la fuente de su optimismo frente a la muerte.

  • Preocupación por el alma o espíritu del difunto y su influencia posterior en el mundo de los vivos.






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