Universidad Nacional de Mar del Plata Facultad de Psicología Cátedra Modelos en Psicopatología



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Universidad Nacional de Mar del Plata

Facultad de Psicología

Cátedra Modelos en Psicopatología

CURSADA 2005




Introducción epistemológica al campo de la Psicopatología

Autores: Analía Cacciari, Paula Pioletti, Viviana Rubinovich y Horacio Martinez.
1. Introducción.

El dictado de la asignatura Modelos en Psicopatología, en el cuarto año de la carrera de Licenciatura en Psicología (U.N.M.D.P.), nos confronta con el siguiente problema: si la Psicopatología no es un campo de saber unitario, sino un terreno de debate entre discursos, en el que cada uno pretende dar cuenta de la totalidad de los fenómenos que en él se presentan, ¿qué sustento epistemológico resultaría pertinente para determinar los modelos que coexisten en ese campo? O dicho de otra forma: ¿qué status debería poseer un discurso para merecer el calificativo de modelo?

El problema que definimos tiene una doble vertiente: por una parte, la de los principios epistemológicos que permitirían delimitar los modelos psicopatológicos, por otra parte, la de las estrategias pedagógicas que, apoyadas en un criterio epistemológico potente, permitiera “ordenar” el dictado de la materia, generando ejes organizadores.

Este cuadernillo introductorio pretende cumplir este cometido a partir del desarrollo de dos análisis: el primero, basado en una visión historiográfica, intenta sintetizar los planteos de Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica y de Emiliano Galende en Psicoanálisis y Salud Mental, y, a partir de ellos, se propone llegar a una primera definición de lo que podría enterderse por modelo psicopatológico. El segundo, que retoma los postulados actuales del Dr. Juan Samaja relativos al tema de la epistemología del campo de la Salud Mental, busca, a través de ellos, afiatar el fundamento de lo expuesto en el análisis anterior. En la medida en que se trata de dos análisis que utilizan marcos teóricos diferentes, nuestra pretensión no es llegar a una sumatoria de puntos de vistas, sino al despeje de algunas ideas fundamentales que nos permitan delimitar aquello a lo que daríamos el calificativo de Modelo dentro del campo de la psicopatología.


2. El enfoque histórico.

La Psicopatología, esto es, el estudio de las enfermedades de la mente, tal y como la conocemos hoy día, tuvo su origen a principios del siglo XIX. En su surgimiento intervinieron una serie de factores, de los cuales resaltaremos los siguientes:



  • El funcionamiento, en varias naciones de Europa y desde mediados del siglo XVII, de un aparato de control social (conocido en Francia bajo el nombre de Hospital General, en Inglaterra como workhouses, en Alemania como Zuchthaüsern), cuya función principal es la de asistir a los pobres “de todos los sexos, lugares y edades, de cualquier calidad y nacimiento, y en cualquier estado en que se encuentren, válidos o inválidos, enfermos o convalecientes, curables o incurables”.1 Este procedimiento se mantendrá hasta fines del siglo XVIII, y hablará a las claras del lugar que las monarquías absolutistas darán a los pobres, los locos y los criminales.

  • La “revolución industrial”, con un febril desarrollo durante los siglos XVIII y XIX, irá lentamente modificando la distribución poblacional. Las ciudades volverán a ocupar el lugar de centros económicos y de producción.

  • A partir de las revoluciones liberales que se suceden en Europa en los siglos XVIII y XIX, la burguesía, como nueva clase social que toma el poder, determinará otra política para el problema de la pobreza y la enfermedad mental: con el tiempo generará disciplinas científicas que se encargarán “racionalmente” de la cuestión. Surgirán así la psiquiatría, la criminología, la sociología, la psicopatología.

¿Esto quiere decir que “antes” no había enfermedad mental? Veamos por ejemplo el siguiente relato, extraído de la Historia lausíaca de Paladio2:


En ese monasterio hubo una virgen que simulaba la locura y el demonio. Las otras se molestaron tanto que ninguna comía con ella, lo cual a ella le parecía mejor. Vagando por la cocina prestaba toda clase de servicios. Era, como se dice, la esponja del monasterio. De hecho, cumplía lo que está escrito: ‘Si alguno quiere hacerse sabio en este mundo, que se vuelva loco para hacerse sabio’.

Había anudado un trapo alrededor de su cabeza (todas las demás están afeitadas y llevan capucha) y con este atuendo hacía el servicio. De las cuatrocientas hermanas, ninguna la vio jamás masticar cosa alguna durante toda su vida; jamás se sentó a la mesa; jamás compartió el pan con las otras. Se contentaba con las migajas de la mesa que pepenaba y con el agua de las marmitas que enjugaba, sin hacer daño a nadie, sin murmurar, sin hablar poco o mucho, aun cuando la golpearan, la injuriaran, la maldijeran y la trataran con desprecio”.
La interpretación de este tipo de relatos ha generado opiniones divergentes. A la luz de una visión “positivista” de la historia de la psicopatología, se nos hablará de la existencia de un período pre – psicopatológico, en el cual la enfermedad no era reconocida como tal, comprendiéndosela a través de la lógica religiosa como una suerte de posesión demoníaca. El progreso del saber nos permitirá pasar de la comprensión religiosa a la racional, del demonio a la enfermedad, del temor al control. Otros puntos de vista, como el que podrán leer en el texto ya citado de Foucault, nos plantean otro modo de entender la historia.

En la Historia de la locura... Foucault propone la existencia de diversas conciencias de la locura, formas en que la sociedad se relaciona con el loco y la locura a través de las representaciones que de ellos se hace. Pero el texto no busca ser el relato de la evolución de las conciencias de la locura desde el Renacimiento hasta los inicios del siglo XIX: “(...) cada figura histórica de la locura implica la simultaneidad de esas cuatro formas de conciencia”. Es decir que habrá, a lo largo de la historia, figuras de la locura que en cada momento conjugarán de manera particular las formas de conciencia. Y sin embargo, “si se adoptara una cronología larga, desde el Renacimiento hasta nuestros días, es probable que pudiera encontrarse un movimiento de gran envergadura que hiciera desviar las experiencias de la locura desde las formas críticas de conciencia hasta las formas analíticas”. Esto implicaría el pasaje desde formas en las cuales el límite con la locura aún no está bien trazado, y por tanto la situación recíproca entre cordura y locura es siempre reversible y móvil (conciencia crítica), a otras en las que el límite ha sido determinado “científicamente”, movimiento que permite convertir a la locura en objeto de estudio y postular una disciplina especial que se encargará de tal tarea (conciencia analítica). Si en cada uno de los extremos (Renacimiento y actualidad) colocamos una de estas formas, el período medio, la “época clásica” de la que nos habla el título del libro, estará gobernado por una convivencia de formas críticas y analíticas que repartirán su accionar en torno a un gran dispositivo: el internamiento o “Gran Encierro”. Una conciencia denuncia la presencia de la locura, con el terror que le produce en tanto no logra diferenciarse claramente de ella. La otra procede a encerrarla, convirtiéndola en objeto mudo, que ya no provoca miedo, apenas una pacífica curiosidad.

La existencia del momento medio se vuelve esencial para comprender el pasaje del predominio de una forma de conciencia al predominio de otra:


RENACIMIENTO

Predominio de las formas críticas: no hay una frontera definida entre locura y razón



GRAN ENCIERRO

Coexistencia de formas críticas y analíticas



SIGLO XIX

Predominio de las formas analíticas: la locura es objetivada y separada


Es desde esta perspectiva que podemos afirmar que aquella práctica que Foucault denominó “Gran Encierro” posibilitó el nacimiento de la psicopatología, y junto con ella el nacimiento de la “enfermedad mental”.


Por su parte el psiquiatra y psicoanalista argentino Emiliano Galende nos propone, en su libro Psicoanálisis y Salud Mental, un análisis del modo de producción de las disciplinas científicas que resulta complementario de lo expuesto hasta ahora3:

La existencia social de una disciplina requiere entonces formularse la siguiente pregunta: ¿sobre la base de qué necesidad de la estructura social se ha constituido y opera? Esto es doblemente preguntarse sobre su constitución relativa a determinado momento histórico y su mantenimiento presente, en relación con una demanda social operante, es decir, que requiere ser respondida. A su vez esta relación entre la demanda social y la disciplina en el caso de la salud mental muestra claramente la correspondencia y alimentación recíprocas: la demanda social es instituyente de la disciplina, pero esta a su vez codifica, organiza y es también instituyente de su propia demanda.”

Estos análisis nos permiten arribar a la siguiente hipótesis: aquello que hoy conocemos como enfermedad mental es el producto de la objetivación que una disciplina, nacida en el seno de los acontecimientos sociales de fines del siglo XVIII y principios del XIX, ha realizado sobre unos modos de comportamiento que han venido concitando la atención, curiosidad y preocupación de las clases dominantes de la sociedad europea.

No es, entonces, que antes no hubiera conductas de un tipo que hoy nos llevarían a calificarlas de patológicas: lo que no había era, justamente, una mirada que patologizara esas conductas en nombre de una disciplina sostenida por demandas sociales.

El ciclo completo requiere:

(2)DEMANDAS (3) DISCIPLINA (4) MIRADA

SOCIALES PSICOPATOLOGIZANTE

(1)CONDUCTAS (5) ENFERMEDAD MENTAL

“ANORMALES”
Como corolario de este primer análisis histórico podemos arribar a la siguiente secuencia:

Renacimiento: no existe una frontera definida entre razón y sin razón.

Gran Encierro (1650/1790): impone una práctica de segregación, aún no clasificadora, pero que establece las condiciones para el nacimiento de disciplinas de control social.

Siglo XIX: nacimiento de las disciplinas de control y clasificación: psiquiatría, criminología, sociología, etc.

La psiquiatría del siglo XIX se basará en el modelo médico – mecanicista, concibiendo a la locura en términos de “enfermedad mental” (instituyéndola así como su “objeto” de estudio), y proponiendo teorías etiológicas que sostienen que la presencia de enfermedad mental se correlaciona invariablemente con alteraciones en el cerebro.


A través del análisis histórico llegamos a despejar un primer modelo psicopatológico: aquel que podríamos llamar Modelo Médico y al que podríamos distinguir a partir de las siguientes caracterizaciones:

  • Surge como respuesta disciplinar frente a las demandas sociales de la burguesía.

  • Crea un objeto disciplinar al establecer correlaciones discursivas entre ciertos tipos de conductas humanas y ciertos sistemas clasificatorios.



La prosecución del análisis histórico a través del siglo XX resalta la emergencia, a principios del siglo, de reacciones al Modelo Médico, que Foucault califica de “primeras reacciones antipsiquiátricas”, haciendo referencia fundamentalmente el Psicoanálisis, que postulará la etiología de las enfermedades mentales en relación con conflictos psíquicos (conflictos entre el yo y la sexualidad). Al mismo tiempo modificará fuertemente las prácticas propias del campo: se pasará del modelo asilar (con funciones de control, encierro y clasificación) al modelo del “tratamiento por el espíritu”. Por último, el poder discrecional del médico, base del tratamiento moral pineliano, será puesto en tela de juicio, y surgirá la teoría de la transferencia como un intento de incluir en la racionalidad teórica un aspecto del proceso terapéutico, buscando diferenciarlo de la sugestión.


Hacia la década del ’60 surgirá la segunda reacción antipsiquiátrica, que centrará sus cuestionamientos en la medicalización de la vida humana, proponiendo un nuevo status para la locura, que ya no será pensada como “enfermedad” sino como modo de expresión de la singularidad humana. Pero, justamente, por éste giro que toma su discurso, la Antipsiquiatría no se propone como un modelo más dentro del campo de la psicopatología, sino que por el contrario pretende ser el límite de dicho campo, y por tanto su conclusión en la medida que busca demostrar la infatuación que lo sostiene.
Veamos en detalle la descripción de este proceso, tal como lo plantea Foucault en su texto Psiquiatría y Antipsiquiatría4.
PRÁCTICA DEL INTERNAMIENTO: “La práctica del internamiento a comienzos del siglo XIX coincide con el momento en que la locura era percibida menos en su relación al error que con relación a la conducta regularizada y normal. En este momento la locura aparece como una alteración en la manera de actuar, de querer, de sentir las pasiones, de adoptar decisiones y de ser libre, en suma, ya no se inscribe tanto en el eje verdad-error-conciencia cuanto en el eje pasión-voluntad-libertad.”
FUNCIÓN DEL MANICOMIO: “¿Cuál puede ser entonces la función del manicomio en este movimiento de retorno a las conductas regularizadas? En primer lugar tendrá, por supuesto, la función encomendada a los hospitales a finales del siglo XVIII: permitir descubrir la verdad en la enfermedad mental, alejar todo aquello que en el medio en el que vive el enfermo pueda enmascararla, confundirla, proporcionarle formas aberrantes, alimentarla y también potenciarla. Pero todavía más que un lugar de desvelamiento, el hospital, cuyo modelo proporcionó Esquirol, es un lugar de confrontación: la locura, voluntad desordenada, pasión pervertida, debe de encontrar en él una voluntad recta y pasiones ortodoxas.”
FIGURA DEL MÉDICO: “Todas las técnicas o los procedimientos puestos en práctica en los manicomios del siglo XIX – aislamiento, interrogatorio público o privado, tratamientos-castigo tales como la ducha, los coloquios morales (para estimular o amonestar), la disciplina rigurosa, el trabajo obligatorio, las recompensas, las relaciones preferentes entre el médico y determinados enfermos, las relaciones de vasallaje, de posesión, de domesticación, y a veces de servidumbre que ligan al enfermo con el médico – todo eso tenía como función convertir a la figura del médico en el ‘dueño de la locura’: el médico es quien la hace mostrarse en su verdad (cuando se oculta, permanece emboscada o silenciosa) y quien la domina, la aplaca y la disuelve, tras haberla sabiamente desencadenado.”
COMIENZO DE LA ANTIPSIQUIATRÍA: “Se puede avanzar la hipótesis de que comienza la crisis y la época, apenas todavía esbozada, de la antipsiquiatría cuando se tiene la sospecha, y muy pronto la certeza, de que Charcot producía de hecho la crisis de histeria que describía. Es un poco el equivalente del descubrimiento realizado por Pasteur de que el médico transmitía las enfermedades que pretendía combatir.

Parece en todo caso que todas las grandes conmociones que han sacudido la psiquiatría del siglo XIX han puesto en cuestión esencialmente el poder del médico, su poder y el efecto que producía sobre el enfermo más que su saber y la verdad de lo que decía sobre la enfermedad. Se puede decir con más exactitud que lo que ha sido cuestionado, desde Bernheim hasta Laing o Basaglia, es el modo cómo el poder médico estaba implicado en la verdad de lo que decía e inversamente el modo cómo ésta podría ser fabricada y estar comprometida con su poder”.



(...)

“Se podría hablar pues de antipsiquiatrías que han atravesado la historia de la psiquiatría moderna; pero quizá es preferible distinguir cuidadosamente dos procesos que son perfectamente distintos desde el punto de vista histórico, epistemológico y político.



En primer lugar ha existido el movimiento de ‘despsiquiatrización’. Este movimiento aparece inmediatamente después de Charcot. Se trata entonces no tanto de anular el poder médico cuanto de desplazarlo en nombre de un saber más exacto, darle otro punto de aplicación y nuevas formas de evaluación. Se trataba de despsiquiatrizar la medicina mental para restablecer en su justa eficacia un poder médico al que la imprudencia (o la ignorancia) de Charcot había llevado a producir abusivamente enfermedades y, por tanto, falsas enfermedades.

  1. Una primera forma de despsiquiatrización comienza con Babinski, su héroe crítico. Más que intentar producir teatralmente la verdad de la enfermedad es mejor intentar reducirla a su estricta realidad que no es con frecuencia más que la aptitud para dejarse teatralizar, es decir, el pitiatismo. Desde ahora la relación de dominación del médico sobre el enfermo no sólo no perderá nada de su rigor sino que este intentará reducir la enfermedad a su estricto mínimo, a los signos necesarios y suficientes para que pueda ser diagnosticada como enfermedad mental y a las técnicas indispensables para que estas manifestaciones desaparezcan. Se trata en cierto modo de pasteurizar el hospital psiquiátrico(...). El hospital puede convertirse en un lugar silencioso en el que la forma del poder médico se mantiene en lo que posee de más estricto, sin que tenga que encontrarse o enfrentarse a la locura misma. Podríamos denominar esta forma ‘aséptica’ y asintónica de despsiquiatrización ‘psiquiatría de producción cero.’ La psicocirugía y la psiquiatría farmacológica son sus dos formas más relevantes.

  2. Otra forma de despsiquiatrización exactamente opuesta a la anterior es la que trata de intensificar lo más posible la producción de la enfermedad en su verdad, pero actuando de tal forma que las relaciones del por médico y el enfermo se viertan exactamente en esta producción, que permanezcan en adecuación con ella, que no se dejen desbordar por ella y que puedan controlarla. La condición indispensable para esta permanencia del modelo médico ‘despsiquiatrizado’ es dejar al margen todos los efectos propios del espacio manicomial (...). El psicoanálisis puede ser descifrado como la otra gran forma de despsiquiatrización provocada por el traumatismo de Charcot: salida del espacio manicomÐmial para borrar los efectos paradójicos del sobre-poder psiquiátrico, pero al mismo tiempo reconstitución del poder médico, productor de verdad, en un espacio organizado para que esta producción permanezca siempre adecuada a este poder.”


LA ANTIPSIQUIATRÍA DE 1960: “La antipsiquiatría se opone a estas dos grandes formas de despsiquiatrización, ambas conservadoras del poder, una porque anula la producción de verdad y la otra porque intenta adecuar producción de verdad y poder médico. Ahora con la antipsiquiatría se trata más de una salida del espacio manicomial, de su destrucción sistemática, mediante un trabajo interno, se trata de transferir al enfermo mismo el poder de producir su locura y la verdad de su locura más que de intentar reducirla a cero.

(...)


La antipsiquiatría pretende precisamente desenmarañar ese círculo confiriendo al individuo la tarea y el derecho de llevar su locura hasta el límite, en una experiencia a la que los otros pueden contribuir, pero nunca en nombre de un poder que les sería otorgado por su razón o su normalidad. La antipsiquiatría pretende romper ese círculo separando las conductas, los sufrimientos, los deseos del estatuto patológico que se les había conferido, liberándolos de un diagnóstico y de una sintomatología que no tenían simplemente un valor clasificatorio sino también un carácter de decisión y decreto; se pretende así invalidar en fin la gran retranscripción de la locura en la enfermedad mental que se emprendió en el siglo XVII y se consumó en el siglo XIX.”
A partir de estos planteos podemos extraer la siguiente conclusión: si la Psicopatología nace como un campo de discursos y prácticas que encuentran su razón de ser y su legitimidad en un modelo discursivo al que calificamos de Médico, el Psicoanálisis resulta ser su reverso, y por tanto aparece como el “otro” modelo posible. A partir de ellos, otros discursos y prácticas del campo de la psicopatología surgirán como continuidad más o menos enraizada a los postulados de estos dos modelos. Cada uno de ellos, a partir de ciertas manifestaciones particulares del pensamiento y la conducta de los seres humanos, intentará establecer una estructura que pueda dar cuenta de la presencia de esos fenómenos: el organismo y su funcionamiento concebido desde una perspectiva mecanicista para el modelo médico; el aparato psíquico, es decir, las relaciones que pueden establecerse entre inscripciones psíquicas y energía pulsional, para el modelo psicoanalítico.

Enumeremos en un cuadro las características de cada uno de ellos:



Campo de la Psicopatología

Modelo: PSIQUIATRÍA

Antimodelo: PSICOANÁLISIS

a) Surge como respuesta disciplinar a las demandas de la burguesía.
b) Crea su objeto = enfermedad mental.

c) Sostiene discursos acerca del objeto basados en esquemas clasificatorios y en teorías etiológicas que privilegian lo orgánico, y que hacen del objeto un ente particular, y por tanto segregable en nombre del bien colectivo.


d) Implementa prácticas de control social con escasa motivación terapéutica, y en las que se establece una firme distinción entre el que sabe y el que no, entre el que tiene poder y decisión y el que ha perdido ambas cosas.

a) Surge como “reacción” al modelo oficial, cuestionando su objeto, sus discursos y sus prácticas.

b) Recrea el objeto = inconsciente.

c) Sostiene un discurso acerca de su objeto a partir de un principio general: en la medida en que el inconsciente es el resultado del interjuego entre sexualidad y lenguaje, es una dimensión humana. La “enfermedad mental” deviene así “conflicto psíquico”.

d) Promueve una terapéutica que busca dar solución al conflicto psíquico a través de su “expresión hablada”. Devuelve por ello el poder de la cura al paciente, en tanto habrá de ser su discurso el que determina la forma de la cura. Así mismo el Saber no queda del lado del médico, sino del paciente mismo.


Avanzaremos ahora en la dirección abierta por las postulaciones de Samaja, a fin de convalidar nuestro recorrido con otros puntos de vista epistemológicos.



3. El punto de vista epistemológico

El nuevo punto de partida de esta segunda parte está determinado por una pregunta: ¿cuál es el sujeto por el que se interroga la psicopatología?

Los intentos de respuesta a este interrogante delimitan todo un programa:


  1. En primer lugar, dar al objeto de la psicopatología el estatuto de sujeto supone introducir un viraje que entendemos es el propio de toda reflexión contemporánea. La psicopatología, en sus inicios a principios del siglo XIX, se instituye como disciplina en torno a un objeto entendido como natural e inmutable: la enfermedad mental, es decir la expresión de lo anómalo en la dimensión de las conductas y el pensamiento de los hombres, originado en una falla de las funciones orgánicas.

Este primer modelo con que la psicopatología hace sus inicios como discurso será subvertido a lo largo del siglo XX, en la medida en que se abandona el supuesto de que se trata de una ciencia de la naturaleza, y comienza a pensársela como una ciencia del hombre. De allí en más será necesario determinar qué se entiende por sujeto, y qué lugar hay en su definición para la calificación de sus comportamientos.

La pregunta por el sujeto nos llevará a desarrollar la historia de su génesis, indispensable para despejar su estructura.




  1. En segundo lugar, la pregunta por el sujeto también repercute del lado del investigador. Si el psicopatólogo se enfrenta a un sujeto, él también resulta ser otro sujeto. Por tanto será válido interrogarnos por el proceso de génesis de este sujeto de la disciplina.


La génesis del sujeto

Iniciaremos nuestro recorrido resumiendo los aportes del Dr. Juan Samaja en lo atinente a la génesis del sujeto5. Este autor parte de situar al sujeto como un ser “autorregulado” (Bateson) en tanto posee un sistema de creencias que le permiten decidir sus actos en la medida en que estos llevan como objetivo último la “perseveración en el ser”. Es decir: el sujeto actúa para garantizar su existencia, o mejor aún, para garantizar la prosecución de su existencia a lo largo del tiempo.

Cuando este sujeto desconoce las creencias que determinan su posición, cae en incertidumbre, y a partir de ella se predispone a “investigar”. La investigación, como forma de “fijar creencias” (Peirce), es un modo habitual a través del cual un sujeto busca perseverar en su ser.

Siguiendo los desarrollos de Peirce (“La fijación de creencias”, 1877), Samaja despeja cuatro métodos investigativos (o, en los términos de Peirce, cuatro formas de fijar creencias, debiendo entender por “creencia” aquello que permite fijar una posición de sujeto):




  1. Intuición: ligada a la percepción, al saber que se decanta tras la experiencia inmediata, su campo es el cuerpo, en tanto éste debe estar expuesto a la confrontación frente a frente con el objeto.

  2. Autoridad: supone un primer paso que desprende al sujeto del objeto. El sujeto ya no necesita de la experiencia como única guía: puede “creer” en tanto un Otro autorizado garantiza su posición. Este Otro puede adquirir las formas de la Autoridad, la Tradición, la Comunidad, etc. Su campo de expresión es el del lenguaje. El ver de la experiencia inmediata (intuición) se reemplaza por el oír la sabiduría de los ancestros.

  3. Reflexión: es el examen crítico de las distintas creencias posibles, rescatando la “mejor fundada”. Se llega así a una “ciencia del fundamento”, en el cual la creencia, a partir de la reflexión, no se sostiene más en la autoridad, va más allá de su imperio. Para establecer el fundamento, el primer principio, es necesario que se “mate” a la autoridad y en su lugar se instituya una ley, resultado de una “alianza fundacional”. El terreno en el que se expresa esta alianza es la escritura.

  4. De la eficacia: es el nivel en el cual la creencia no se produce por intuición, ni por tradición, ni por el recurso a fundamentos, sino que tan sólo es tomada a título de “hipótesis” que resultará aceptada en virtud a su validez. Se desprende de este método una ética democrática, pues en él pueden coexistir todas aquellas creencias que demuestren ser eficaces, y por tanto su nivel de expresión es el de la sociedad civil.

Ahora bien, para Samaja estas “formas investigativas”, en tanto determinan “posiciones de sujeto”, dan lugar a ciertas “formas de vida”:



  • Con la intuición se corresponde el nivel de las biocomunidades (por ejemplo, las colmenas), en las que el grado de reconocimiento se da a través de la percepción del cuerpo.

  • Con la autoridad se corresponde la comunidad humana a nivel de la organización familiar. Esta requiere del lenguaje (entendido no como algo que se “agrega” a lo corpóreo, sino como algo que lo modifica y modela) para fundar sus tradiciones, sostenidas en “narraciones”.

  • Con la reflexión se corresponde el Estado, que supone un progreso dado por la comunidad humana, que va más allá de la autoridad familiar estableciendo en su lugar una “Ley escrita”.

  • El nivel de la eficacia, que es también el de la ciencia, se corresponde, como ya lo anticipamos, con la sociedad civil, entendiendo por tal ese nivel más allá del Estado que deja lugar para la expresión del “individuo libre”.

Este desarrollo puede condensarse en el siguiente esquema:


Sociedad civil, Ciencia Eficacia

INDIVIDUO LIBRE

Estado, escritura Reflexión

CIUDADANO

Familia, comunidad, lenguaje Autoridad

MIEMBRO DE UN LINAJE
Cuerpo biológico Tenacidad

ESPECÍMEN


Este conjunto podría representar una concepción histórica del sujeto, que supone a la vez un aumento en la complejidad a medida que se avanza de un nivel inferior a otro superior, tanto como un proceso de conservación que supone a la vez transformación. El sujeto como “cuerpo biológico” persevera en su ser viviendo, pero para vivir necesita de la asistencia de otro que proviene del nivel superior (familia). La relación con ese otro lo habrá de introducir en la dimensión del lenguaje, y esto modificará fatalmente ese cuerpo biológico, haciendo de él un cuerpo marcado por el lenguaje, sometido a su circuito. De esta manera el sujeto “pierde” su cuerpo biológico y recupera otro, transformado por las condiciones del nivel superior. Éste último siempre regula lo que el nivel inferior no regulaba. El lenguaje regulará el cuerpo del niño en los ritmos de la alimentación, en el control de los esfínteres y la musculatura, en la mesura de la expresión de las emociones, haciendo de él un sujeto de la comunidad.

Pero llegado a este punto, la familia deberá a su vez ceder ese “cuerpo libidinal” al Estado, y el niño comenzará su camino para convertirse en ciudadano ingresando a la escuela, sometiéndose a la escritura y a las normas que regulan la convivencia de los hombres más allá de las familias. Este camino determina una estructura, la cual, una vez constituida, borra el proceso de génesis que le dio lugar. Este intento de borramiento de las huellas de la génesis fue conceptualizado por Hegel como “recaída en la inmediatez”.

Samaja propone una diferenciación entre los términos actante y sujeto. El primero hace referencia a aquella posición en la que se encuentra un agente definido por las reglas del nivel en que se encuentra. El sujeto, por su parte, es definido con relación a un espacio particular, la interfase, es decir aquel dominio entre dos niveles sobre el que recaen, a un tiempo, las exigencias formales de cada uno de los niveles que lo delimitan.

Concebida así, la subjetividad deja de ser pensada como una exterioridad absoluta, como un observador agazapado fuera del mundo, para poder ser pensada como instancia interna a la jerarquía estructural en la que se desarrolla la vida humana y como instancia relativa a cada una de las interfaces, en donde se delimita una cierta perspectiva regulante (de una estructura sobre sus subestructuras). De esto se deriva que un actante deviene sujeto en el momento en que su fuente de determinación deja de ser unívoca y se encuentra ‘desgarrado’ en una interfaz de niveles del ser (...)”.6

Se trata de un espacio de conflicto, que nos habla de un sujeto particular, asimilable en buena medida al sujeto que Lacan define como dividido, tensado en una relación significante. Recuérdese que para Lacan el significante es una entidad puramente diferencial, que no significa nada en sí misma, sino en tanto se relaciona de manera opositiva con los otros significantes en juego. De igual forma, el sujeto del que habla Samaja no obtiene una definición plena, sino que más bien existe en un espacio de contradicción entre niveles de significación que a su vez generan dicha significación por las relaciones que crean mutuamente los unos con los otros.

El drama del “sujeto de la interfase” es el drama del sentido, pero no se trata de un sentido que surge del conflicto entre sí y sí mismo, ni entre el sí mismo y lo otro, sino de aquello más esencial que supone lo siguiente:



  1. No hay “sí mismo”, pues el sentido de sí viene determinado desde fuera, es decir: supone alienación a un orden exterior.

  2. A su vez, ese orden exterior no es pleno, no ordena todo, no es una ley total, sin fisuras y que rige en todo momento. Por el contrario, es un compuesto de elementos capaces de engendrar sentidos parciales y fugaces a partir de las relaciones opositivas que mantienen entre sí en cada ocasión.

Si este sujeto es el sujeto de la ciencia, aquel que le interesa al epistemólogo, podemos colegir que sólo negando su génesis, y por tanto su estructura, sería capaz de posicionarse como sujeto pleno cognoscente. Así, hallamos en la historia de las disciplinas científicas (y en este caso en particular, de la psicopatología) enunciados que sugieren la existencia de un sujeto emisor autónomo, capaz de definir con claridad a su objeto recortándose de él (para nuestro análisis, sería el caso del psiquiatra en el Modelo Médico).

El recorrido genético que propone Samaja desenmascara a ese sujeto, evidenciando su estructura, de la cual volvemos a resaltar sus puntos sobresalientes:



  • Supone siempre tensión, conflicto, indefinición.

  • Es temporal, o mejor dicho, acontencial: no hay un sujeto puro de la enunciación atemporal, válida para todos los casos y todas las épocas. Hay, por el contrario, enunciaciones epocales que dicen más la verdad que su conflicto encierra que la verdad revelada y exterior de su objeto.

Los enunciados que conforman los diversos modelos psicopatológicos pueden verse, de este modo, como efectos de los elementos que, cada vez, las interfases ponen en juego. Según la propuesta epistemológica de Samaja, ésta característica no desmerece el valor científico de esos enunciados, desmerecimiento que sólo se vería como tal desde una concepción “estrecha” de las ciencias, a la manera de Popper. Los enunciados psicopatológicos son científicos porque resultan eficaces: producen, en cada tiempo y lugar, significaciones estables que determinan los valores de Salud y Enfermedad adoptados por la sociedad. Su valor de verdad no radica en la adecuación entre el enunciado y el objeto, es decir: no depende de una convalidación exterior al enunciado mismo. Los enunciados resultan verdaderos en la medida en que el discurso social los valida como tales.

Así, para el segmento social que constituía la burguesía ilustrada de mediados del siglo XIX, resultaba verdadero un enunciado que sostuviese que la enfermedad mental era causada por una decadencia moral en el individuo, que lo llevaba a privilegiar las pasiones y sus excesos por sobre la racionabilidad de las conductas, regidas por una moral de la morigeración y el justo medio.

Al mismo tiempo, una modificación en los significados relativos a los valores de Salud y Enfermedad parece posible a partir de hechos histórico – sociales que traen como resultado una modificación de los puntos de vista generales que rigen las valoraciones sociales. Por ejemplo, el cambio moral que trajo aparejado la Segunda Guerra Mundial posibilitó, al nivel de los discursos psicopatológicos, una modificación que desplazó el valor dado a los determinantes orgánicos en la etiología de las enfermedades mentales, reemplazándolo por los conflictos propios de las diversas constelaciones sociales: familia, estado, sociedad civil.
De esta tesis se desprenden las siguientes consecuencias:


  1. El valor de la parte depende de su función en el todo.

  2. El valor del todo o de la reproducción del todo, depende de la capacidad de reproducir las partes. “Depende en definitiva, de la capacidad que ella tenga para resolver los conflictos que aparezcan entre ellas, de asimilar las diferencias, y renegociar los significados comunicativos”.7

  3. La cadena de valores reposa en la reproducción del todo final. “Si nada legitima esa totalidad superior, toda la cadena se precipita en la gratuidad”.8

Esta breve exposición nos permite interrogar, con las herramientas conceptuales que hemos aprehendido, al sector social (las “ciencias de la salud”) que intenta dar respuesta, a través de las teorías psicopatológicas, a los “obstáculos que se le presentan a la reproducción social en sus diversos momentos y niveles”.9


Posibles aplicaciones.

a) Los desarrollos del Dr. Samaja se basan en la utilización de un modelo genético que presupone que “detrás de toda ‘cosa’ hay una historia formativa, una jerarquía estructural y una procesualidad incesante”10, y sostienen que este modelo genético es el más apropiado para comprender la complejidad propia de todo campo valorativo (como el de la psicopatología). Una vez que ha acontecido la epigénesis, que se realiza a través de los procesos de supresión, conservación y superación, en el campo valorativo así constituido tiene lugar lo que Samaja llama “caída en la inmediatez”, hecho que también puede entenderse como una naturalización de los valores a raíz del olvido del proceso histórico que dio lugar a su génesis. Esta caída en la inmediatez puede ilustrarse a través del siguiente ejemplo: si tomamos el análisis que Foucault realiza en su Historia de la locura… como un modo de reconstrucción de la epigénesis de la “conciencia analítica”, aquella que se erige como racionalidad respecto a la locura (ahora definida como sin razón), y que por tanto se plantea objetivarla, estudiarla y reducirla a elementos discretos dentro del Saber de una disciplina, podemos observar que dicho análisis histórico denuncia una “caída en la inmediatez” a la que llega el hombre ilustrado del siglo XVIII, quien, al tomar su actual forma de comprender a la locura como “natural” y “dada desde siempre”, olvida el largo proceso por el cual la locura pasó, de ser una presencia inquietante y ambigua que poblaba las imágenes del mundo medieval y renacentista, sin que existiera una frontera clara que la delimitara respecto de la cordura, a ser un objeto de estudio para especialistas, objeto que por tanto debía segregarse del contexto social y recluirse en un asilo.

En este sentido, nos parece que nuestra propuesta pedagógica, que plantea un recorrido histórico que releve el proceso de formación de la disciplina, funciona a la manera de un recordatorio que evita que el futuro profesional caiga a su vez en esa inmediatez que lo llevaría a pensar automáticamente que la locura (o la enfermedad mental en general) es un objeto que, con las mismas características con que lo definen hoy en día los discursos psicopatológicos, ha existido desde siempre, inmutable e inmodificado, a la espera de la llegada de una ciencia que enunciara su verdad.
b) En segundo lugar, rescatamos y retomamos la propuesta de considerar que la única forma de dar status científico a una disciplina como la psicopatología radica en la posibilidad de sostener que los discursos valorativos pueden y deben comprenderse como discursos científicos, y que por tanto no se trata de imponer a esta clase de disciplinas las exigencias epistemológicas de las ciencias naturales, sino que, al contrario, la posibilidad de tomar en cuenta los universos valorativos como modelos científicos permite revisar con una nueva luz la supuesta “neutralidad” de las ciencias naturales. Por esta vía nos permitimos poner en discusión las tesis que sostiene Galende11 a propósito de la cientificidad de los discursos psicopatológicos. Veamos su afirmación:

Señalamos algunas cuestiones que fundamentan la no cientificidad de las teorías de la psiquiatría médica: a la coexistencia de teorías (organicistas, genéticas, sociogenéticas, psicogenéticas, mixtas, etc.) se corresponde, en el sentido de Kuhn, la no conformación de un paradigma, las anomalías conviven sin producir reordenamientos, o en la idea de G. Bachelard, no se visualizan rupturas epistemológicas que muestren la superación de las formulaciones ideológicas; las teorías psiquiátricas no trasponen la descripción y clasificación de los fenómenos y, en ese sentido, no definen un objeto formal; tampoco, a diferencia de las ciencias, constituyen un lenguaje propio y preciso, que permita pasar de la descripción a la construcción conceptual o formalización; la no producción de su propio método de investigación, tal como lo requieren las ciencias positivas, reemplazándolo por lo que algunos llaman el ‘método empírico descriptivo’; lo que ya señalamos como ausencia de transposición a la psiquiatría de investigaciones de otras ciencias (genéticas, metabólicas, bioquímicas, etc.) sin reformulación de sus enunciados teóricos”.

Nos parece que Galende, luego de realizar un amplio comentario de las investigaciones de Foucault a través del cual logra desplegar la historia formativa de la disciplina, evidenciando el status de discurso valorativo que la misma posee, retrocede en sus pasos lógicos al declarar no científicos a los enunciados de la psiquiatría en nombre de las exigencias formales de las ciencias positivas. Siguiendo el mismo derrotero, que nos lleva a través de toda una línea de investigación epistemológica que atraviesa el pensamiento de Bachelard, Canguilhem y Foucault, a los que sumamos los aportes de Samaja, nos permitimos arribar a una conclusión contraria: no se trata de que la psicopatología no es una ciencia porque no reúne los estándares exigidos por las ciencias positivas, sino que más bien habría que pensarla como una disciplina de la cual sólo es posible pensar su status científico si se toman en cuenta los modos en que construye sus enunciados valorativos, y el efecto que estos enunciados tienen sobre las realidades concretas que esos enunciados crean.
c). Por último, nos interesaría proponer una posible utilización del cuadro desarrollado por Samaja, utilizándolo como regla de análisis de los diversos modelos psicopatológicos. Para este fin lo que nos proponemos es ubicar, en los distintos niveles del esquema, los ejes conceptuales de algunos autores, para resaltar el modo en que incluyen dichos niveles al pensar los problemas psicopatológicos.

En primer lugar podría plantearse que el modelo médico – psiquiátrico del siglo XIX, por su insistencia en hipótesis naturalistas, anátomo - patológicas y mecanicistas, piensa al sujeto reconcentrado en el primer nivel del esquema, al que calificaremos como el nivel de la Naturaleza o de lo Biológico. Es interesante resaltar, sin embargo, que tras las tesis organicistas habita siempre algún criterio moral: ya se trate de las hipótesis de Pinel y sus ideas acerca de la etiología moral de la locura, como las tesis de Morel y su teoría de la degeneración hereditaria, encontramos que el cuerpo humano es considerado “normal” en la medida en que se encuadre en los criterios determinados por el nivel 4 (aquel de la Sociedad Civil, pero también de las normas morales). Lo “anormal” podrá deberse entonces a una tara congénita que impide el desarrollo del cerebro o a algún tipo de causa exógena que destruye al tejido nervioso (todo lo cual quedaría incluido en el ítem 1 de nuestro gráfico final), o bien ser el resultado de un proceso de “naturalización de la razón”, que supone una ruptura del equilibrio entre la razón y las pasiones. Encontramos así la locura moral o instintiva de Pinel y Esquirol (ítem 2) y la degeneración hereditaria de Morel (ítem 4). En ambos casos el medio ambiente familiar es la causa del estado de anormalidad.


Pasando ya al siglo XX, podemos intentar ubicar las tesis de Freud, que originariamente piensan en una etiología producida por un conflicto entre las pulsiones sexuales y la conciencia moral, como repartidas entre los niveles 1 y 3 del esquema: en el nivel 1 ubicamos a la pulsión (ítem 2) y en los niveles 2 y 3 a la conciencia moral, como producto del interjuego entre las exigencias familiares y sociales.

En la medida en que las teorizaciones freudianas se complejizan, la etiología de las neurosis va cada vez más reconociéndose como el producto del Complejo de Edipo. En él hallamos, primeramente, una pulsión que no es puramente natural, sino que es el producto del interjuego materno – infantil (de allí que la ubiquemos en el espacio del nivel 1 determinado por el nivel 2). La madre es “la primera seductora”, y quien por tanto organiza las pulsiones sexuales en el niño. Esto es lo que hayamos en las teorizaciones de Lacan bajo el nombre de “Deseo de la madre”. En el “primer tiempo” del complejo de Edipo, Lacan ubica al niño como objeto de ese deseo, lo cual le permite la constitución de la instancia yoica, pero al precio de la alienación al deseo materno. Ya en el segundo tiempo el niño abandonará el lugar de objeto del deseo de la madre a partir de la intervención paterna (Nombre del padre). Esta intervención es, a su vez, en dos tiempos: en el primero de ellos (segundo tiempo del Edipo para Lacan) el padre aparece como prohibidor, “siendo” la ley (es decir, ocupando un lugar similar al del padre de la horda primitiva para Freud, según las tesis de “Tótem y Tabú”). Finalmente, en el tercer tiempo del Edipo, el padre aparece regido por una ley que viene de más allá de él, y que por lo tanto lo incluye en sus dominios. Se trata de la ley “para todos”, homologable con los preceptos que se establecen en el 4º nivel del esquema.



4. Sociedad civil Salud mental: ¿una ética de


¿Culpa, Ideal? lo normal y lo patológico?

¿Cada modelo representa una

teoría de la sociedad civil?


3
Nombre del Padre
. Estado Teorías representacionales.


Contrato, escritura.



2
3

Deseo

Madre
. Familia Psicoanálisis, enfoques

Alianza. comunicacionales = Lengua

1

2

4

1. Cuerpo Biología

Linaje. Psiquiatría.





  1. Locuras orgánicas, debilidad mental.

  2. Locuras morales o instintivas de Pinel y Esquirol: “la pasión domina a la razón”. También en este nivel podemos ubicar a la “pulsión” freudiana.

  3. Complejo de Edipo freudiano. El Edipo lacaniano se puede repartir entre ese nivel (para el primer tiempo = deseo de la madre) y el nivel superior para el tercer tiempo (= Nombre del padre).

  4. Degeneración hereditaria.

La locura moral pineliana se extendería desde el nivel 1 al 3.

Todo modelo tendría postulados a nivel 4.



1 Decreto real de fundación del Hospital General de París, 1656. Citado por M. Foucault: Historia de la locura en la época clásica. (F.C.E., España, 1991)

2 Siglo IV, citado por M. de Certeau en La fábula mística (Universidad Iberoamericana, México, 1994)

3 E. Galende: Psicoanálisis y Salud Mental. (Paidós, Buenos Aires, 1990)

4 FOUCAULT M: Psiquiatría y antipsiquiatría (resumen del curso de los años 1973/74). (En: La vida de los hombres infames. Nordam/Altamira, Montevideo, 1992)

5 Este resumen se basa en los conceptos desarrollados por el Dr. Samaja en el curso de postgrado “Epistemología del Psicoanálisis”, dictado durante el año 2003 en la Maestría en Psicoanálisis de la U.N.M.D.P.

6 SAMAJA J.: Subjetividad y metodología. (Inédito, página 7).

7 Op. cit., página 16.

8 Op. cit., página 9.

9 Op. cit, página 15.

10 J. Samaja: Ontología y perspectiva transdiciplinaria de la ciencia. (Inédito, página 18).

11 E. Galende: Psicoanálisis y Salud Mental. (Paidós, Buenos Aires, 1992). Páginas 94/5.





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