Unidad 6 Humboldt y el relativismo: lengua, acción y carácter nacional



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UNIDAD 6
Humboldt y el relativismo: lengua, acción y carácter nacional


Índice esquemático

  1. El papel del lenguaje en la formación de las ideas

  2. La articulación fónica y la articulación mental: la forma del lenguaje. Pensamiento pre-articulado y articulado

  3. Palabra y concepto

  4. La naturaleza de la gramática: formas y relaciones gramaticales

  5. La tesis de la superioridad de las lenguas flexivas

  6. La tesis de la relatividad lingüística

  7. Las relaciones entre lengua y carácter nacional

  8. La influencia de Humboldt en E. Sapir y B.L. Whorf

1. El papel del lenguaje en la formación de las ideas

La idea de la relatividad lingüística no era una idea original en tiempos de Humboldt. Podía encontrarse, implícita al menos, en muchas teorías filosóficas del lenguaje desde Locke, que ya mantenía la tesis de la intraducibilidad de las lenguas, y había sido más o menos explícitamente formulada por diversos autores franceses (Condillac, Maupertuis, Destutt de Tracy, de Gérando) a lo largo del siglo XVIII. Pero sólo en Humboldt adquiere la tesis de la relatividad lingüística la función de núcleo central de toda una teoría sobre el lenguaje y sobre el hombre. Sólo a partir de su obra el relativismo lingüístico se convierte en un tema recurrente en el pensamiento antropológico y social.
Como en el caso de los enciclopedistas y los ideólogos, el interés de Humboldt por los estudios lingüísticos era más bien metodológico que sustantivo. Humboldt, como anteriores filósofos del lenguaje, consideraba que el estudio de éste constituía el medio ideal para inquirir en la naturaleza humana, en la estructura del entendimiento humano y en su proceso de constitución. Esto no quiere decir que Humboldt se despreocupara del análisis empírico y comparativo de lenguas concretas, entregándose a especulaciones más o menos gratuitas. Su labor filológica, ampliamente reconocida y de una decisiva influencia a lo largo de todo el siglo XIX, es inmensa y profunda pero, en cualquier caso, es de índole complementaria a su teoría filosófica del lenguaje y del hombre.
Una característica central de la filosofía lingüística de Humboldt es su consideración del lenguaje en conexión con los procesos psicológicos de percepción y conceptualización. Humboldt pensaba que el lenguaje desempeña un papel decisivo, constitutivo, en los procesos de pensamiento, tanto individual como colectivamente, y que era bajo este prisma psicológico bajo el que había que abordar su estudio. Esta dimensión psicológica era considerada como primaria y previa a la dimensión social: En consecuencia, independientemente de la comunicación entre hombres, hablar es una condición necesaria para el pensamiento de un individuo aislado (GS, V, pág. 377). El lenguaje era concebido antes como instrumento del pensamiento que como sistema de comunicación; primero como herramienta cognitiva y, luego, como sistema de transmisión de información. En este sentido, Humboldt seguía la orientación de los ideólogos: el lenguaje no es un mero sistema representativo de ideas ya conformadas, sino que tiene una función esencialmente dinámica en la formación y desarrollo de éstas.
2. La articulación fónica y la articulación mental: la forma del lenguaje. Pensamiento pre-articulado y articulado.

El concepto de «articulación» es esencial para entender la concepción de Humboldt sobre las relaciones entre lenguaje y pensamiento. Se aplica en dos niveles, en el fónico y en el mental. Del mismo modo que el sonido se produce en el lenguaje de forma articulada, esto es, descompuesta en unidades, así sucede con el pensamiento. El flujo mental, la corriente continua de estados mentales en que consiste nuestra experiencia se encuentra, en el pensamiento, dividida en elementos, que son los conceptos. Pero este paralelismo no es puramente analógico, sino causal. No es una simple similaridad entre los procesos de constitución del lenguaje y el pensamiento, sino que expresa una conexión más íntima: la «articulación» lingüística es una condición necesaria para el surgimiento de la conceptualización, que implica análisis (en el sentido de Condillac) de la experiencia. Antes de que el lenguaje descomponga el pensamiento, sólo existe una corriente de sensaciones indiferenciada, en la que se mezclan las percepciones puras, los sentimientos, los deseos, etc. Se trata del pensamiento pre-articulado, del pensamiento indiferenciado, indeterminado, que Humboldt contrapone al auténtico pensamiento, de conceptos concatenados mediante el lenguaje. En el primer tipo de pensamiento existe pura conciencia; en el segundo, en cambio, se da la auto-conciencia, que se produce por reflexión sobre el contenido de la conciencia. Cuando se afirma que Humboldt mantenía que el lenguaje era una condición necesaria para el pensamiento, se habla de esta segunda clase de pensamiento, pensamiento «articulado». El lenguaje es el instrumento que permite al individuo dar el salto cualitativo desde el pensamiento pre-articulado al pensamiento conceptualmente organizado. El lenguaje permite fijar (y hacer independiente de la sensación) conjuntos de contenidos de conciencia (colecciones de ideas simples, según la epistemología de Locke). Estos conjuntos son los conceptos, que se encuentran causalmente ligados con los símbolos lingüísticos que se les aplican; son, además, el producto de la actividad del entendimiento. Con respecto a ciertas epistemologías racionalistas, la de Humboldt se distingue por el énfasis que pone en el carácter activo de la mente humana: el entendimiento no es el mero receptor de sensaciones, inerme ante el flujo de estímulos sensoriales, sino la facultad de organizar y dividir la experiencia en unidades (similares, oponibles, compatibles ... ), en conceptos lingüísticamente determinados y consolidados: El hombre que busca el lenguaje busca signos mediante los cuales, en virtud de las divisiones que operan en su pensamiento, puede reunir totalidades en una unidad (GS, VII, pág. 582).


3. Palabra y concepto

Las palabras desempeñan pues un papel decisivo en la construcción del concepto; por un lado, permiten fijar una determinada totalidad compuesta, liberando a la memoria del trabajo de reconstituirla cada vez que sea necesario. Por otro, el lenguaje permite tratar a los conceptos como totalidades que son más que meros agregados, creando literalmente realidades nuevas, de carácter abstracto: El principio que domina la totalidad del lenguaje es la articulación; su cualidad más importante es la disposición fácil y consistente, pero que presupone los elementos simples y en sí mismos inseparables. La esencia del lenguaje consiste en moldear el material del mundo fenoménico para darle la forma de pensamiento (GS, IV, pág. 17). El lenguaje tiene una función cognitiva, permite aprehender la realidad organizando la experiencia y el pensamiento: De una masa de pensamientos indeterminados, informes, una palabra extrae un cierto número de rasgos, los conecta, les proporciona estructura y color y, con ello, los individualiza (GS, IV, pág. 248). La palabra permite identificar el concepto, le proporciona sus criterios de identidad y, por tanto, es condición necesaria para su comparación y conexión. Para Humboldt, la concepción semiótica que separa, como realidades diferentes, el signo lingüístico y aquella realidad conceptual a la que se aplica es fundamentalmente errónea: el concepto sólo alcanza su plenitud mediante la palabra, y no se puede separar al uno de la otra. Confundir esto, y considerar las palabras como simples signos, es el error básico que arruina cualquier lingüística y cualquier consideración correcta del lenguaje (GS, V, Pág. 428). Humboldt se inscribe así en una tradición de pensamiento racionalista que tiene más que ver con Locke y Condillac que con Leibniz y Kant. Aquéllos consideran que el lenguaje tiene un papel constitutivo y central en el surgimiento y desarrollo del pensamiento; en cambio, los últimos conciben el lenguaje como un sistema auxiliar útil para la representación y transmisión del pensamiento.


En cuanto a la teoría propiamente semántica de Humboldt hay que señalar dos características: 1) su conciencia del carácter relacional del enunciado lingüístico, frente a la concepción puramente nominativa, predominante en la lingüística anterior, y 2) su defensa del simbolismo fónico, como fenómeno lingüístico corrector de la arbitrariedad del signo lingüístico.
Humboldt distingue entre dos tipos de designación lingüística: la que atañe a los elementos categoremáticos y la que es propia de las expresiones sincategoremáticas, relacionales: Parece existir una doble designación en el lenguaje: la de los conceptos mediante las palabras y la de la sintaxis mediante la estructuración de las palabras, mediante términos específicos o mediante cualquier otro recurso que examinaremos (GS, VI, 2, pág. 361). Con esto se distancia de la semántica del siglo XVIII que, siguiendo a Locke, está centrada sobre las modalidades de la función nominativa (los nombres significan ideas), descuidando los aspectos estructurales de la representación del pensamiento. En cambio, por lo que se refiere a la designación léxica, Humboldt comparte la concepción dieciochesca de la referencia mediata, esto es, la tesis según la cual existe un doble proceso nominativo; por una parte, los términos designan conceptos y, por otra, éstos remiten a los objetos. El lenguaje sólo puede referirse a la realidad con la mediación del nivel conceptual. Lo que ocurre en el caso de la teoría semántica de Humboldt es que, dada la identificación entre palabra y concepto, esta mediación queda diluida, sobre todo si se tiene en cuenta que distingue entre conceptos 'intelectuales', esto es, abstractos o generales, y conceptos individuales, correspondientes a entidades particulares y originados en la percepción.
Respecto al modo en que se relacionan el lenguaje y la realidad, Humboldt mantiene una cierta concepción naturalista, siguiendo con ello a Leibniz: A la hora de elegir sonidos para los conceptos, el lenguaje se guía de forma natural por las relaciones más o menos claras que los sentidos y la imaginación encuentran entre ellos, de acuerdo con la personalidad individual de las naciones (GS, V, pág. 416). Pero es evidente que tal concepción se separa de la de Leibniz al no admitir la unicidad originaria de la relación entre concepto y palabra, sino la heterogeneidad básica de los pueblos y sus culturas. Además, la naturalidad de la designación, deshecha por la evolución conceptual y fonética de las lenguas, no se limita al simbolismo fónico, sino que incluye otro tipo de asociaciones: Originalmente esta designación (que en realidad sólo es tal con respecto al oyente, pero que es más bien una aprehensión para el hablante) se encuentra en toda palabra; en las que imitan los sonidos naturales que producen los objetos, en otras, en cosas corpóreas, en diferentes propiedades de la cosa, en los objetos intelectuales, en las metáforas escogidas para su indicación (GS, V, Pág. 426).
Para Humboldt, más allá de las similaridades puramente físicas entre palabras y realidades referidas, existen parecidos en las impresiones que producen, y serían tales impresiones los motores causales de su particular rotulación lingüística. En el caso de realidades abstractas, jugaría un papel adicional la analogía, que permite extrapolar designaciones sobre la base de comparaciones implícitas.
4. La naturaleza de la gramática: formas y relaciones gramaticales.

La gramática es, según Humboldt, un sistema designativo similar al semántico; la diferencia reside en que las reglas gramaticales no designan elementos de la realidad, sino más bien las posibilidades de su estructuración: Las palabras representan en su mayor parte objetos corpóreos. Lo que designa la gramática no es nada corpóreo, nada visible, nada que se encuentre en el mundo exterior, sino puramente suspendido, como una forma incorpórea, en las cosas, hasta que una fuerza representadora las saca a la luz, constituyendo así relaciones intelectuales (GS, VI, 2, pág. 337).


En la gramática hay que distinguir las formas gramaticales de las relaciones gramaticales; las primeras designan o expresan las segundas. Las formas gramaticales pueden añadirse, adjuntarse, y modificar el concepto ligado a un término; por ejemplo, la flexión verbal o la flexión de caso modifican el núcleo conceptual de una expresión lingüística situándola en un marco relacional, el del enunciado o del discurso. Pero las formas gramaticales no sólo están constituidas por modificaciones morfológicas de términos conceptuales, también incluyen los términos propiamente relacionales, las conjunciones por ejemplo, e incluso el propio orden de las palabras, en la medida en que en ciertas lenguas ése es el único recurso utilizable para la expresión de relaciones sintácticas.
5. La tesis de la superioridad de las lenguas flexivas

Según la tipología lingüística de comienzos del XIX, las diferentes lenguas son comparables de acuerdo con sus recursos para la expresión de las relaciones gramaticales, entre otras cosas, y Humboldt mantuvo en este sentido la tesis de la superioridad de las lenguas flexivas sobre otros tipos de lenguas, como también había hecho Schlegel. Para Humboldt, los métodos flexivos para expresar las relaciones gramaticales eran más 'orgánicos' que los aglutinantes, por ejemplo, que calificaba de 'mecánicos'. La flexión permite la realización de la unidad lingüística de modo más conveniente para la expresión de los conceptos relacionales. Otras lenguas expresan las relaciones gramaticales mediante la combinación de dos o más palabras significativas; las lenguas flexivas, en cambio, disponen de recursos para que las dimensiones relacionales de una palabra queden expresadas en la misma palabra formando una totalidad completa. No obstante, las relaciones gramaticales no se confunden con los conceptos, sino que son funciones de ellos: La primera y más importante cuestión es que el espíritu requiere del lenguaje que distinga claramente entre objeto y forma, objeto y relación, y no los mezcle entre sí.. Pero esta separación se consigue precisamente sólo con el desarrollo de la forma gramatical genuina a través de la flexión y de palabras gramaticales (GS, IV, Pág. 308). En la relación no hay contenido, por lo que Humboldt sostiene que los 'auténticos' términos relacionales son asignificativos, carentes de contenido conceptual. Su función se agota en la conexión de los elementos de la frase o del discurso. En resumen, la tesis de la superioridad de las lenguas flexivas, mantenida por Humboldt, viene a afirmar que la flexión es el mejor método expresivo para mantener la distinción entre conceptos y relaciones.


La dimensión sintáctica es una de las varias en que se pueden establecer comparaciones entre las lenguas. Otras son la fonética y la conceptual. A la filosofía del lenguaje le atañe especialmente ésta última, en la que Humboldt es considerado un precursor claro de dos tesis distintas, pero relacionadas en su caso: la tesis de la relatividad lingüística y la tesis de la relación entre la lengua y el 'carácter nacional'.
6. La tesis de la relatividad lingüística

La tesis de la relatividad lingüística tiene en Humboldt raíces en sus consideraciones sobre las razones de la variedad de las lenguas. Según Humboldt, estas razones se reducen a dos: la variabilidad de las 'percepciones' de los individuos y los diferentes caracteres de las naciones o culturas. Respecto a la variedad de las percepciones, el caso más sencillo es que éstas difieran por producirse en entornos (físicos) radicalmente distintos. Así, los sistemas lingüísticos de una cultura del ártico y de otra tropical diferirán porque se corresponderán con categorizaciones de diferentes experiencias. Incluso cuando la experiencia de un objeto (su «percepción», en el sentido de Humboldt) esté realmente presente en dos comunidades diferentes, hay que tener en cuenta el lugar y la frecuencia de tal experiencia en esa cultura. Este es un caso en el que más tarde insistirán antropólogos como B. L. Whorf, destacando que la percepción y conceptualización es tanto más fina y compleja cuanto la experiencia es más importante (para la supervivencia por ejemplo) dentro de una cultura. En este sentido, los sistemas conceptuales de dos lenguas pueden diferir no sólo en que posean términos que designan experiencias que no comparten, sino también en la organización de campos léxicos compartidos, más o menos analíticos.


Otra cosa diferente es que dos culturas («naciones», en la terminología de Humboldt) tengan diferentes «percepciones» de una misma realidad. Como la «percepción», en la época de Humboldt, era entendida como captación del objeto bajo una determinada propiedad o rasgo (Kant, Herder), su tesis equivale a la de que diferentes culturas categorizan los mismos «objetos» bajo características diferentes. Dicho de otro modo, los sistemas conceptuales de dos lenguas pueden diferir porque sus hablantes tienen «perspectivas» diferentes a la hora de considerar unas mismas realidades: los hablantes de A tienden a destacar el (tipo de) rasgo a, mientras que los hablantes de B son más sensibles al (tipo de) rasgo b: Porque el lenguaje nunca representa los objetos, sino siempre los conceptos activamente construidos por el entendimiento en el proceso de producción lingüística (GS, Vll. pág. 90).
Según Humboldt, estas diferentes opciones cognitivas han sido plausiblemente el motor de las diferenciaciones entre los sistemas semántico/conceptuales de las lenguas. E incluso en el caso de la sinonimia intralingüística, los diferentes términos sinónimos representan también diferentes elecciones cognitivas: Por tanto, en los términos sinónimos en muchas lenguas, se dan representaciones diversas de un mismo objeto, y esta propiedad de la palabra remite especialmente al hecho de que cada lengua incorpora una perspectiva específica del mundo (GS, V, pág. 420).
7. Las relaciones entre lengua y carácter nacional

Por otro lado, Humboldt mantuvo que existe una relación entre la lengua y el «carácter nacional» en que es muy difícil establecer la prioridad. Por «carácter nacional» entendía Humboldt una cierta disposición cognitiva que determinaba la forma en que una sociedad captaba su entorno y su relación con él. Si la lengua de esa nación es el que determina la conformación de ese carácter o se limita a ser su expresión, es una cuestión que Humboldt juzgaba insoluble. Más bien pensaba que se producía un proceso de doble influencia o interrelación: El lenguaje recibe, mediante influencias que sobre él actúan, un carácter individual que se convierte esencialmente en su propio carácter, a la vez que por su parte tiene también un efecto sobre él y que sólo se pueda usar dentro de los límites de ese carácter (GS, IV, pág. 424). En cualquier caso, Humboldt concebía el carácter nacional y el carácter lingüístico de una forma muy abstracta, subyaciendo por una parte a los usos y costumbres de una colectividad y, por otra, a la gramática. Lo que el carácter determinaba en cada caso era la forma de la cultura y de la gramática. Por ejemplo, Humboldt pensaba que la forma que tenía una cultura se situaba entre dos polos, el «sensual» y el «espiritual», distinguiéndose por su mayor o menos tendencia a la categorización en términos de propiedades de uno u otro tipo. Esta clase de tendencia u orientación cognitiva que es el carácter tenía igualmente una importancia causal en la determinación de la forma de la gramática, sin llegar a confundirse con ella; En modo alguno se agota la esencia del lenguaje en la estructura gramatical, tal como la hemos considerado hasta ahora globalmente, ni en la estructura externa del lenguaje en general. El auténtico y real carácter del lenguaje reside en algo más sutil, más oculto, menos accesible al análisis (G5, VII, pág. 165). Pero, así como Humboldt describió al menos dos formas ideales de caracteres culturales, no explicitó una tipología de caracteres lingüísticos, ni utilizó ese concepto en sus análisis de filología comparada.



Una de las doctrinas lingüísticas de Humboldt que ha tenido más repercusión ha sido la de la relatividad lingüística. Aunque la idea de dicha relatividad no es originalmente humboldtiana, como se indicaba al principio, fue el filósofo alemán quien le dio una concreción y sistematización de la que hasta entonces carecía. Desde el Ensayo de Locke, donde aparece formulada por vez primera la idea de la imposibilidad de la traducción como consecuencia de la relatividad lingüística, a lo largo de todo el siglo XVIII se expresan vislumbres de la idea central de esta doctrina, la de que el lenguaje determina el pensamiento. La propia filosofía del lenguaje de Condillac, que afirma la identidad de pensamiento y lenguaje, se encuentra muy próxima al establecimiento de tal tesis. Igualmente ejercieron una influencia importante en la teoría humboldtiana ideas expuestas en las obras de Hamann y de Herder, como la importancia, menospreciada por Kant, del análisis lingüístico para resolver el problema de la objetividad, y la noción de «genio» lingüístico, expresión de la espiritualidad de la comunidad. Según algunos, también influyó decisivamente en la conformación de su teoría el conocimiento de la filosofía francesa de los enciclopedistas y, sobre todo, de los ideólogos (Destutt de Tracy), en lo que respecta a su análisis de los procesos de constitución del pensamiento y la función del lenguaje en ellos.
La primera parte de la tesis de la relatividad lingüística es desde luego común y compartida por muchos filósofos de la época: el lenguaje determina el pensamiento, juega un papel decisivo en su conformación. El lenguaje es el medio fundamental para la organización del caos de experiencias que constituye el pensamiento pre-articulado. El paso del pensamiento pre-articulado al articulado se alcanza cuando el flujo sensorial es analizado, dividido, categorizado. En ese estadio, el pensamiento adquiere auto-conciencia, para lo que es esencial el proceso de fijación y el mecanismo de reconocimiento de las unidades en que articula el flujo de sensaciones. Esto sólo se consigue por intermedio del lenguaje. La experiencia, la sensación, la memoria, el reconocimiento se efectúan con su mediación, son actividades que se desarrollan dentro de los moldes formales determinados por la estructura (la «forma interior») de la lengua.
Pero, a su vez, el carácter lingüístico está en relación con el carácter nacional. Esa forma colectiva e históricamente conformada de concebir y categorizar las relaciones con el entorno queda impresa en la lengua. El fondo de objetividad existe, constituido por la estructura de la realidad misma, pero la objetividad se pierde cuando se sale uno del nivel de lo puramente sensible: Las expresiones de los objetos sensibles son probablemente equivalentes, es decir, en diferentes lenguas, en la medida en que en todas ellas se concibe el mismo objeto, pero, en cuanto expresan el modo determinado en que se presenta, su significado puede ser diferente en cada caso. Porque el efecto de la visión particular del objeto sobre la conformación de la palabra también determina, en la medida en que permanece activa, la forma en que la palabra remite al objeto (GS, IV, Pág. 29). Incluso en ese nivel bajo de abstracción cual es la denominación del objeto realmente existente, es rastreable la influencia del carácter nacional. Tanto más cuanto se asciende en la escala de la abstracción; las denominaciones basadas en analogías o metáforas, y que designan realidades no sensibles exhiben trazas más evidentes de esa influencia. En suma, todo el sistema semántico de la lengua no es sino la expresión del carácter y desarrollo intelectual de una comunidad, constituyendo el acervo conceptual que, en esa etapa histórica, ha alcanzado la sociedad. Representa ese sistema una peculiar forma de consideración del mundo, que no es puramente subjetiva, propia de un individuo particular, sino que equivale a una «subjetividad homogénea" o a una «objetividad social», pulida por el propio decurso de la historia y por las condiciones mismas de la comunicación. Cada lengua incorpora su propia visión del mundo, su propio prisma a través del cual miran la realidad los que la hablan: En uno de mis primeros ensayos académicos trate de llamar la atención sobre el hecho de que la variación de las lenguas consiste en algo más que en la mera variación de los signos, que los términos y la sintaxis forman y determinan al mismo tiempo los conceptos y que, considerados con respecto a su conexión e influencia sobre el conocimiento y la sensación, las diferentes lenguas representan en realidad diferentes visiones del mundo (GS, IV, pág. 420).
Mientras que la filosofía racionalista del lenguaje destaca la unidad del entendimiento humano y de sus productos, la filosofía romántica de Humboldt pone el énfasis en su heterogeneidad, en las diferentes formas en que el espíritu humano se plasma en sus obras. Asimismo, la filosofía lingüística de Humboldt es particularmente sensible al carácter histórico y dinámico del lenguaje. La cadena causal de determinaciones entre el carácter nacional, el lingüístico y el pensamiento nunca es concebida de una forma unidireccional. Es posible que Humboldt asignara un papel primigenio a la noción de carácter nacional (sobre lo que no se han puesto de acuerdo aún sus intérpretes), pero lo que resulta evidente es que no consideraba éste como un polo fijo, ahistórico, de la evolución lingüística. Tampoco se puede afirmar que la tesis de la relatividad lingüística, tal como la mantenía Humboldt, sea inconsistente con el progreso en el conocimiento que una sociedad puede alcanzar. Humboldt era consciente de que tal progreso se producía, que en toda lengua se están elaborando continuamente nuevos conceptos que quedan incorporados al sistema semántico. Estos nuevos conceptos modifican a su vez la visión del mundo y, por lo tanto, el lenguaje en que se expresan. La relación entre lenguaje y pensamiento no tiene pues nada de mecánica, sino que consiste en una regulación mutua que se efectúa además en un marco histórico y social. La filosofía del lenguaje de Humboldt concibe éste bajo la metáfora organicista que llegó a ser tan corriente en el siglo XIX como la mecanicista en el XVII. El lenguaje no es un sistema fijo, sujeto a acciones y reacciones causales simples y unidireccionales, sino que es un organismo vivo, sujeto a desarrollo, para cuya comprensión es necesario el análisis de las influencias regulativas a que está sometido por la realidad y el pensamiento.
8. La influencia de Humboldt en E. Sapir y B.L. Whorf

La influencia de la tesis del relativismo lingüístico formulada por Humboldt no fue tan inmediata como la de sus estudios de lingüística comparada, pero tuvo un alcance mayor. De hecho, se puede afirmar que es una de las pocas ideas lingüísticas del siglo XIX que ha sobrevivido a la revolución estructuralista de nuestro siglo, suscitando atención en diversas disciplinas, como la filosofía, la antropología o la psicología. Los objetos de esa atención han sido muy diversos, pero se puede establecer una primera división en los problemas planteados: los que son de índole metodológica o metateórica, y los que remiten a cuestiones sustantivas, de contenido teórico.


La ambición general de todos los que se han hecho eco de las tesis humboldtianas ha sido la de convertir dichas tesis en proposiciones científicas acerca de las relaciones entre el lenguaje, el pensamiento y la cultura. Por tanto, es natural que buena parte de las reflexiones filosóficas se haya dirigido al análisis de las condiciones de contrastación de dicha hipótesis en sus diferentes reformulaciones, tanto antropológicas como psicológicas. Este análisis no ha resultado fácil, debido tanto a las ambigüedades en sus diferentes versiones como a la dificultad de hallar un marco de contrastación adecuado. Aquéllas han oscilado entre una versión fuerte, que afirma que el lenguaje determina el pensamiento, y una versión débil, que únicamente asevera que el lenguaje influye el pensamiento.
Uno de los primeros defensores de una de estas versiones del relativismo lingüístico fue E. Sapir, quien en 1929 afirmó: Los seres humanos no viven sólo en un mundo objetivo ni sólo en el mundo de la actividad social como ordinariamente se entiende, sino que en gran medida se encuentran a merced de la lengua particular que se ha convertido en el medio de expresión para su sociedad. Constituye una ilusión imaginarse que uno se ajusta a la realidad esencialmente sin el uso de la lengua y que el lenguaje sólo es un medio conveniente para la resolución de problemas específicos de comunicación o reflexión. El hecho es que en gran medida el «mundo real» se construye inconscientemente de acuerdo con los usos lingüísticos del grupo (Sapir, 1929, pág. 209). En esta versión de Sapir es destacable el hecho de que se refiera a los usos lingüísticos, y no a la estructura del lenguaje. Con ello parece excluirse una relación directa entre la forma lingüística y la forma conceptual, acentuando los rasgos dinámicos del proceso de constitución del pensamiento. Ello es así porque Sapir era más proclive, en cuanto antropólogo, a considerar el lenguaje bajo su dimensión comportamental, como acción tendente a la consecución de cohesión y coordinación entre los miembros de una sociedad. Pero, al igual que Condillac, los ideólogos y Humboldt, juzgaba imposible el pensamiento sin el lenguaje, considerando a éste corno una función pre-racional. El lenguaje no es el producto del pensamiento sino que, desde el punto de vista genético, es anterior a él, condición necesaria para su desarrollo. Además, el lenguaje es, considerado en el individuo, una entidad supra-fisiológica, no reducible a la constitución neurofisiológica del ser humano: No tenemos otro remedio que aceptar el lenguaje como un sistema funcional completamente formado dentro de la constitución «psíquica» o «espiritual» del hombre. Como entidad, no la podemos definir únicamente en términos psicofísicos, por mucho que la base psicofísica sea esencial para su funcionamiento en el individuo (Sapir, 1921, pág. 9). Esto sitúa al lenguaje en un plano ontológico supramaterial, similar en estatuto al Geist de Humboldt. El lenguaje, aunque ligado al funcionamiento de ciertas estructuras cerebrales, no consiste en esas estructuras, sino que éstas son únicamente su soporte en el individuo.

En el caso de B.L. Whorf, la afirmación del relativismo lingüístico es, si cabe, aún más clara. Uno de los textos clásicos en que proclama su concepción sobre las relaciones entre el lenguaje y el pensamiento es el siguiente: Se ha encontrado que el sistema lingüístico básico (dicho de otro modo, la gramática) de cada lengua no es solamente un instrumento reproductor para la expresión material de las ideas sino que más bien es en sí mismo el modelador de las ideas, el programa y la guía de la actividad mental del individuo, de su análisis de las impresiones, de su síntesis de su almacén conceptual (Whorf, 1956, pág. 212). Esta concepción, así expuesta en éste y en otros textos, se distribuye en dos pares de dimensiones que han destacado los sistematizadores de la hipótesis: 1) la formal y la sustantiva, por el lado del lenguaje, y 2) la individual y la colectiva, por el lado del pensamiento. Whorf estaba más interesado en destacar las relaciones entre los aspectos formales del lenguaje y su incidencia en la conformación de visiones colectivas de la realidad (concepciones del mundo). De acuerdo con su concepción, es la gramática la que influye decisivamente en la asimilación de la experiencia, de tal modo que gramáticas muy diferentes guiarán a los individuos que las utilizan a visiones de la realidad muy diferentes. Por ejemplo, los sistemas verbales de lenguas amerindias, como el hopi, y de lenguas indoeuropeas, como el inglés, pueden diferir tanto que la misma concepción del tiempo puede variar de una cultura a otra sustancialmente. Tan sustancialmente que los mismos sistemas culturales sean inconmensurables, esto es, intraducibles entre sí, no sólo en cuanto a sus lenguas, sino también en cuanto a sus concepciones del mundo y organizaciones de la experiencia. La tesis de Sapir-Whof ha sido utilizada en consecuencia como un argumento contra las concepciones kantianas y neo-racionalistas de la experiencia, según la cuales ésta, independientemente de la cultura de su sujeto, está enmarcada por parámetros fijos (ideas innatas, formas a priori de la sensibilidad) de carácter universal. Igualmente se ha querido ver en ella el fundamento para el rechazo de una gramática universal, constituida por reglas y elementos de carácter sumamente abstracto, comunes a todas las lenguas conocidas.


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