Un milagro en equilibrio



Descargar 0.83 Mb.
Página7/13
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño0.83 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   13

Años después de casarse, mi madre heredó de su tía Flora aquel terreno de Benidorm que, como ya he dicho, muy poco o nada valía en el momento en que la Lloreta se lo legó en testamento.

Pero mucho más tarde, con el boom inmobiliario, cuando ya casi no quedaba un palmo de tierra sin urbanizar en la provincia, una inmobiliaria le ofreció a mi madre un buen puñado de millones por aquella tierra antaño yerma y recién convertida en filón en la que se construiría el edificio de apartamentos Principado Arena que, según tengo entendido, sigue en pie a día de hoy. Y así fue como mi madre se vio de la noche a la mañana, si no rica, sí al menos muy bien situada. Y además le pertenecía sólo a ella porque, según la ley, aquel terreno no entraba en bienes gananciales sino en parafernales, dado que lo había heredado tras casarse. Claro que, según los artículos vigentes por aquel entonces en el Código Civil sobre esta materia, para cualquier acto de disposición relativo a los bienes parafernales se necesitaba licencia marital. Es decir, que ella no podía disponer como le diera la gana de su terreno o su dinero si no contaba con la rúbrica previa de su esposo, aunque ese terreno o ese dinero fueran sólo suyos. Y es que en aquella época era un hecho perfectamente reconocido por la ley que la mujer carecía de la plena capacidad de obrar. Como suena, no me lo invento, pregúntale a cualquier abogado de cierta edad. Por eso las mujeres necesitaban de autorización del padre o del marido para poder disponer de su sueldo, si lo tenían, o para salir del país, o incluso las primeras abogadas necesitaban, para entrar en una prisión a visitar a sus clientes presos, permiso de sus maridos.

Poco sé de lo que se hizo o se dejó de hacer con aquel dinero —sospecho o me suena que el capital se invirtió con tino—, pero sí que mi madre tenía cuentas corrientes propias y bien nutridas porque en alguna discusión con mi padre se lo oí decir, que ella no le necesitaba para nada, que tenía capital suficiente para vivir sola y sin su ayuda el resto de su vida si quisiera, y que como le siguiera gritando iba a agarrar el portante en aquel mismo momento y nunca más le veríamos el pelo. En el calor de una de esas discusiones él le dijo vinas palabras que se me quedaron grabadas a fuego, algo como que ella era una desagradecida, que así le iba a pagar el favor que le hizo al casarse con ella y traerla después a Madrid. Como comprenderás, no es una frase de la que una se olvide fácilmente. Lo peor es que esas palabras me dejaron una duda que, desde que las oí, me asaltaba recurrentemente cuando pensaba en mis padres: no sé qué favor era ése. Yo siempre había creído a pies juntillas lo que contaba Eugenia, la mejor amiga de mi madre, que no se cansaba de repetir que el que salió ganando en aquel matrimonio había sido él (siempre tuve la impresión de que a Eugenia mi padre, por lo que fuera, no le caía demasiado bien, y eso era raro, porque es un hombre que le suele caer bien a la gente en general y muy en particular a las mujeres), y que favor ninguno le había hecho trayéndola aquí, porque ni a mi madre le gustaba la capital ni le venía bien el clima para su enfermedad. Pero, eso sí, por lo menos de este modo pudo vivir cerca de Eugenia, su amiga del alma.

Pues bien, esta mañana mi padre y mi hermano han ido al banco con una nota del médico, y no sé mediante qué truco o subterfugio, legal o ilegal, han conseguido cambiar la titularidad de las cuentas de mi madre en favor de mi padre en connivencia con el director de la sucursal, íntimo amigo de la familia de toda la vida. «Ahora ya mejor que no se despierte», dijo Vicente, «porque como lo haga y se entere de esto nos mata». Yo pensé que algo así era típico de Vicente, que se siente medio mundo y centro de gravitación de la otra mitad, por lo que toma siempre sus eficientes decisiones sin consultar a los demás, con una exorbitada ansiedad por controlarlo y preverlo todo debajo de la que subyace otra preocupación mucho más honda: una búsqueda simbólica de la protección y el refugio que anheló y no tuvo en la infancia.

Se supone que este cambio se hace necesariamente por una cuestión de seguridad, de seguridad de mi padre, para evitar que, en caso de morir mi madre, Hacienda se lleve la mitad del dinero. O quizá sea, y en esto yo no me había parado a pensar nunca, porque mis padres ahora vivan de los réditos de esas cuentas, ya que la pensión de él para mucho no debe de dar.

Y entonces caigo en lo curioso que resulta que yo nunca haya tenido muy claro qué tipo de vida llevaban mis padres, o de dónde salía el dinero que la sufragaba. En su día, antes de que él dejara de trabajar —pues antes de cumplir los cincuenta y cinco se prejubiló, cosa rara en la época, pero no para un hombre que podía vivir holgadamente de las rentas de su mujer—, yo sabía que trabajaba en una empresa de importación y exportación, pero nunca pregunté mucho sobre su cargo o sus atribuciones absorbida como estaba, en la adolescencia, por mi amor no correspondido y, en la primera juventud, por la obsesión de largarme en seguida de aquella casa en donde ellos dos se cruzaban gritos y reproches día sí y día también. Siempre pensé que lo importante era encontrar un trabajo lo antes posible y buscarme una casa propia, y en cuanto tuve una no regresé al hogar en el que había crecido más que una vez cada dos domingos, para comer, y en esas ocasiones no preguntaba mucho sobre la vida de los demás ni tampoco contaba demasiado sobre la mía, porque en realidad casi no hablaba de nada y me limitaba a poner buena cara y a dar cuenta de lo que hubiera en el plato. Tenía poco que decir y mis expresiones de cariño eran forzadas, como si estuviera ocultando una culpa escondida. Había algo casi trágico bajo el aburrimiento de aquellas comidas, unida como estaba yo a los otros comensales por un vínculo secreto y no reconocido que iba más allá de los lazos de sangre: el del pasado compartido y el de todo lo no dicho pero en el fondo sabido. Parecía que nos esforzáramos desesperadamente, en ese intento de fingir que éramos una familia bien avenida, en buscar algo en el fondo de los platos que no íbamos a hallar jamás. Yo habría sido incapaz de decir exactamente el qué, carecía de palabras para argumentarlo y sólo entendía que algo faltaba y que me sentía vacía y desconsolada sin aquel algo. Deseaba sentir la antigua e instantánea reacción infantil cuando mi madre se inclinaba hacia mí, aquel profundo sentimiento de proximidad, casi de fusión. Y por eso seguía yendo cada dos domingos, a sabiendas de que yo no me iba a sentir a gusto y probablemente ellos tampoco.


Me he dado cuenta de que el hecho de que tu padre esté en paro ha resultado ser una bendición disfrazada de desgracia, porque si llega a trabajar yo no podría ir a visitar a mi madre. Paradojas de la vida.

Nada más llegar esta tarde me comunican que ha remontado y la analítica ha mejorado: me siento como en una ruleta rusa emocional. Fíjate, he escrito «ruleta rusa» en lugar de «montaña rusa», y creo que no ha sido inocente: una posibilidad de que viva frente a cinco de que muera. Acompañada siempre de un tipo de dolor denso, compacto, incluso aburrido, que no se parece a ninguno de los dolores que antes sintiera porque está asumido resignadamente desde el principio: se sabía que esto iba a llegar, aunque nunca se supo de qué forma llegaría, y por tanto es un dolor previsto y, aun así, totalmente nuevo. Me adentro por la tristeza como por un gran país desconocido, con una guía de viajes en la mano que en realidad de nada me sirve.


Como te dije, el año anterior a tu concepción no fue precisamente uno de los mejores de mi vida. El juicio no ayudó mucho, primero porque me hizo perder la poca confianza que aún albergaba hacia el género humano, y también porque agravó mis ataques de ansiedad. Durante una temporada no podía ni coger el metro: en cuanto descendía dos tramos de escalera tenía la impresión de que me ahogaba, de que nunca podría salir de allí. Desarrollé también un temor enfermizo al teléfono: si lo oía sonar cuando no estaba esperando una llamada me entraba una taquicardia, situación bastante difícil de sobrellevar si una vive en una casa en la que, entre llamadas de editores, agente, periodistas y amigos varios, el timbre del teléfono campanillea cada dos minutos más o menos, sobre todo después del affaire Cita y mi consiguiente salto a la fama mediática y ascensión al Olimpo del colorín. Vivía con la impresión de que tenía al mundo en mi contra y de que nada de lo que yo hiciera iba a tener mucho sentido, porque al fin y al cabo me enfrentaba a fuerzas mucho más poderosas que yo. Visto con distancia todo resulta muy relativo, pero entonces no me lo parecía así. Hice un monumental esfuerzo por no recurrir a las pastillas porque sabía que no podía mezclarlas con alcohol, de forma que intenté todos los métodos de relajación posibles, desde el recurso a cintas new age cuya escucha me producía a veces vergüenza ajena, pero de las que, en mi desesperación, no sabía prescindir, hasta el de aguantar una hora sentada en la postura del loto frente a una pared en blanco, con lo que realmente no conseguí mucha tranquilidad de espíritu, pero sí unas agujetas espantosas. Visto que la meditación no me ayudaba, empecé a pensar que el alcohol sí podría hacerlo, y me di a la bebida en serio como no lo había hecho desde los días de la primera juventud, cuando aguantar cantidades ingentes de alcohol se convertía en un reto y en una forma de demostrar a los demás lo dura que era una. En realidad una no era dura ni a los veinte años ni a los treintaytantos, con la diferencia de que a partir de los treinta el organismo está mucho más baqueteado y ya no aguanta como antaño.

A mi amiga Consuelo, diseñadora de profesión, le rescindieron el contrato en la empresa textil para la que trabajaba en Alicante (la familia es vasca, pero siempre vivieron a dos bloques de mi casa) y decidió venir a probar fortuna en Madrid. Como al principio no tenía muy claro si encontraría trabajo y no quería alquilar un piso mientras no supiera qué iba a ser de su suerte, se instaló en mi casa durante una temporada, ocupando el cuarto que ahora es tu habitación y durmiendo sobre un colchón que hace poco tiré para hacerle sitio a tu cuna. En paro, y relevada por primera vez en mucho tiempo de la obligación de tener que levantarse temprano, se encontraba libre para salir hasta las tantas. Como ya te he contado, uno de mis trabajos de entonces consistía en encargarme de la sección de cultura de un programa nocturno de radio que escuchaban cuatro gatos y medio —uno de ellos, casualmente, la enfermera que atiende a tu abuela—, y a cuenta de ello me invitaban a la mayoría de los estrenos de Madrid, así que dos o tres veces por semana Consuelo y yo nos pintábamos la raya de los ojos, nos enfundábamos como revólveres los botines altos y salíamos a matar a fiestas donde el alcohol corría en barra libre. Para colmo, a Consuelo le encanta el vino, así que lo de beber en casa con las comidas —sana, o quizá no tan sana tradición española a la que hasta entonces yo me había resistido para poder excusarme ante mí misma diciéndome que nunca bebía en casa y que, por tanto, no era ninguna alcohólica— se convirtió en una costumbre. Conclusión: bebía a diario, y me había habituado de tal manera a despertarme con resaca que el dolor de cabeza ya era una constante en mi vida y no un malestar ocasional. De alguna forma milagrosa me las arreglaba para levantarme más o menos pronto y mantener una cierta aunque inestable rutina de trabajo, pero tenía que echarme la siesta todas las tardes, no sólo porque trasnochaba, sino porque muchas veces acababa emborrachándome a plena luz del día tras haberme bebido tres vasos de vino en la comida. Nunca me había visto tan gorda ni tan fea, y esa convicción, que debería haberme animado a dejar el alcohol que tanto me había hecho engordar, sólo provocaba que bebiera más para intentar olvidar en vano lo poco a gusto que me sentía conmigo misma.

No me extiendo aquí en relatar las sucesivas catástrofes sentimentales (no podría llamarlas «relaciones») que mantuve durante esa temporada, porque darían para escribir varios libros no demasiado originales, a qué negarlo, porque en el fondo cada mala relación viene a ser una copia de la anterior y todas acaban pareciéndose: el mismo agónico beso, semejante y distinto en mil bocas. Baste con decir dos verdades como templos. La primera: un bebedor suele relacionarse con otros bebedores; y la segunda: cuando una no se quiere sólo puede atraer a gente que la querrá menos aún.

Pero a los que me rodeaban les encantaba verme borracha, porque el alcohol desinhibe, transformando a la persona tímida que soy en un prodigio de sociabilidad. Sacaba a flote, además, mi parte más divertida y gamberra, y así me atrevía a contar los chistes más verdes y a hacer las bromas más sarcásticas, cuando no me subía en las barras de los bares y animaba a todo el personal a corear los estribillos de las canciones con nuevas letras que me inventaba para la ocasión. De forma que en cuanto entraba en un local no pasaban dos minutos sin que alguien viniera trotando desde bar adentro a ofrecerme una copa. Y yo nunca la rechazaba, porque el alcohol lograba que mi miedo a la gente se disolviera milagrosamente en un vasito con hielos. Ya no me sentía vulnerable ni acosada. Casi sería mejor decir que cuando bebía ya no me sentía, sin más.

No, no me costaba encadenar catástrofes y sustituir a un acompañante por otro como lo hubiera hecho con un electrodoméstico defectuoso, puesto que mantenía una trepidante y aparentemente muy divertida vida social. Todos parecían encontrarme graciosísima, pero cuando me despertaba por las mañanas con un estropajo en la garganta, un berbiquí en la sien, un agujero en la memoria y una clara sensación de haber hecho el ridículo la noche anterior, aunque incapaz de precisar cómo lo hice exactamente, ya no le encontraba tanta gracia al asunto. Como decía el tango y canturreaba mi tía Reme, habitaba en ese país que está de olvido, siempre gris tras el alcohol. La verdad es que muchos días me quería morir. Eso sí, había elegido una forma lenta, disimulada y socialmente aceptable de conseguirlo.

En el estreno de la película Intacto, y después de meterme entre pecho y espalda cinco o seis vodkatonics, me empeñé en organizar una orgía en los sofás de «El Cielo» de Pachá, una especie de reservado tranquilo que hay en la primera planta de la discoteca. Pese a que había reunido a un nutrido grupo de entusiastas que estaban más que dispuestos a seguirme, al encargado del local no le debió de parecer tan buena la propuesta, porque me sugirió, por utilizar un cortés eufemismo, que me marchara de allí, para gran consternación de mis fervientes acólitos, algunos de los cuales me siguieron en mi forzado exilio y abandonaron el local, y yo propuse continuar la juerga en mi piso. Como la calle Fuencarral estaba colapsada e iba encaramada a unos tacones altísimos, no cabía posibilidad alguna de llegar andando allí —porque mis pies no lo hubieran soportado—, ni en taxi—porque hubiéramos tardado la intemerata y nos hubiera salido por un ojo de la cara—. Así que cuando vimos llegar un autobús nocturno por la calle nos pareció que el cielo mismo nos lo había enviado (el cielo de los dioses, no el de Pachá) y allí nos subimos los cuatro (Consuelo, servidora y dos incondicionales decididos a seguirnos al fin del mundo en general y a mi casa en particular) . Mientras avanzaba por el pasillo hacia los asientos traseros, el vehículo pegó un frenazo que me hizo perder el precario equilibrio que mantenía sobre los tacones. Aterricé cuan larga soy en el pasillo y no hubo forma de levantarme, porque del ataque de risa tonta que me entró me quedé inmovilizada como un escarabajo patas arriba.

A la mañana siguiente me desperté con el cuerpo constelado de cardenales y descubrí que el par de botines carísimos que llevé al estreno habían quedado inservibles. A uno le faltaba un tacón y no hubo manera de saber dónde habría ido a parar, y el otro tenía un arañazo que no hubiera podido disimular el mejor betún ni el más hábil zapatero remendón.

Me metí dos paracetamoles en el cuerpo y le pedí a Consuelo que por favor me hiciera una taza de café, súplica rara en mí porque detesto el café y siempre tomo té, pero en aquel momento una especie de telaraña en las meninges me entorpecía la razón y me hacía difícil hasta traducir en palabras lo que quería. Me di cuenta de que había pedido una cosa por la otra pero no rectifiqué, porque pensé que el café me ayudaría a despejarme. Cuando Consuelo me acercó la taza, reparamos ambas en que las manos me temblaban, y no ciertamente de frío. Entonces Consuelo se sentó frente a mí en el sofá del salón y me miró con una expresión seria y preocupada que no había tenido ocasión de utilizar en las últimas semanas de fiesta y jolgorio. Me dijo que debía dejar de beber, y yo sabía que tenía razón. Ya me había rebozado en el hondo y bajo fondo donde el barro se subleva, que cantaba Gardel y tararearía mi tía Reme.

No podía caer más bajo.

Te enganchas a las drogas porque tienes un montón de problemas. Y después sólo tienes uno: las drogas. Sea coca, éxtasis, tranquilizantes o alcohol. Por supuesto, el problema real no era que bebiera. El problema real se llamaba inseguridad, depresión, endémica falta de autoestima... Pero el alcohol, que era en principio consecuencia de lo anterior, había dejado de ser síntoma para pasar a ser causa. La pescadilla que se muerde la cola: bebo porque no me aguanto, no me aguanto porque bebo. El paraíso artificial convertido en un infierno. El Síndrome Enganchada.

Haber mantenido una relación larga con un alcohólico me había hecho tener una idea bastante clara del tipo de persona en la que me podía convertir si no lo dejaba a tiempo, pero dos fuerzas contrarias me animaban, como esa tortura antigua en la que dos caballos tiraban de un condenado en direcciones opuestas para despedazarlo. Por un lado, quería dejar de beber. Por otro, me abatía una tristeza hecha de cansancios y renuncias, una amargura que me desbordaba, que se agarraba a la piel como una capa de mercurio, que parecía no caber en mí, como si necesitara extenderse hacia todo lo que tocara para envenenarlo. Pensaba que no tenía sentido esforzarse ni luchar por nada si cualquiera te podía hundir la vida en un momento, fuese un novio o un periodista; si conceptos como la justicia, la honestidad o el amor ya no tenían ningún sentido; si yo ya no me veía como otra cosa que como una débil y una inútil, tremendamente vulnerable y muy molesta para los demás.

Lo que empezaba a tener claro era que, de existir alguna posibilidad de que me centrara, ésta pasaba por cambiar de aires una temporada. Poner tierra de por medio. Ir a un sitio donde nadie me conociera y en el que, en soledad, pudiera enfrentarme conmigo misma y quizá decidir hacia dónde tirar. No pensaba en un cambio definitivo, fantaseaba más bien con unas vacaciones, una escapada.

Decidí aceptar la invitación de Sonia, la fotógrafa, la Sonia primigenia que en su día paseaba orgullosa por el barrio sus túnicas negras y sus muñequeras de pinchos, que llevaba años insistiéndome para que la visitara en Nueva York, ciudad a la que se había mudado poco después de acabar la carrera, dejándome sin más apoyo que una pulsera de plata azteca que sustituyó a los pinchos y alumbró mi muñeca desde entonces.

25 de octubre.


Volvía llorando en el metro desde el hospital, y la chica que estaba sentada enfrente de mí no hacía otra cosa que mirarme con cara de pena. Yo intentaba desviar la vista y fijarla en el cristal de la ventanilla. Cuando llegamos a Sol se levantó para apearse, pero antes de irse se dirigió a mí. Pensé que iba a preguntarme qué me pasaba, pero sólo me dijo: «Perdona, no quiero molestarte, pero he pensado que si yo hubiese escrito un libro y no me encontrase muy bien me gustaría que alguien me dijera que le había encantado leerlo.» Le di las gracias de corazón.

Otra que le quita la razón a Savater.

26 de octubre.
Tiempo sombrío todo el fin de semana. Unas nubes negruzcas de contornos rotos que oprimen el aire. Poco a poco las nubes se juntaron lentamente en una sola, implacable, que acabó deshaciéndose en tormenta, y al ruido de la calle vino a sustituirlo el de la lluvia como una voz de menos peso. El cielo negro, las calles grises, el clima a tono con mi estado de ánimo.

No hago más que recibir notas de gente que me dice algo así como: «Yo he pasado por lo mismo, y sé que la situación es dolorosa y estresante.» Es algo por lo que todos tenemos que pasar, por la enfermedad o la muerte de la madre. La ciencia médica ha conseguido que llegue más tarde, pero como contrapartida ha alargado el proceso. ¿Qué hubiera preferido yo, una muerte rápida o una espera angustiosa como ésta por mucho que en ella exista la posibilidad de sobrevivir? Además, ¿qué posibilidad existe? ¿Que tu abuela tenga que ir en silla de ruedas?

Mal de muchos no es consuelo de tontos, porque en realidad no sirve de consuelo.
Los médicos nos dejaban decidir. ¿Preferíamos, en caso extremo, que le retiraran las drogas a mi madre para que tuviera cinco minutos de lucidez antes del final y pudiera despedirse, o que no se enterara de nada? Yo prefería la primera opción, pero era la única de la familia que opinaba así. Puesto que a tu abuela, antes de entrar en quirófano, le ocultaron la gravedad de su condición, decía mi padre que para qué la iban a despertar en el último momento y hacerle saber que se moría, ¿por qué hacerla sufrir innecesariamente? Pero yo sí preferiría tener conciencia de la inminencia del fin, y preferiría disponer de la oportunidad de pronunciar todas las palabras no dichas, de marcharme en paz con los míos.

De todas formas, la opinión de mi padre es la que prevalece.


Horas de visita en la UVI: mañanas de doce y media a una, tardes de siete y media a ocho. Por la mañana hay que llegar a las doce porque es cuando se nos da la información médica, que siempre es más o menos la misma: situación crítica, muy grave, estable dentro de la gravedad. De nuevo la pescadilla que se muerde la cola: hay que recurrir a los antibióticos para intentar atajar la infección, pero los antibióticos son tóxicos y están dañando los órganos vitales. Sin antibióticos se muere, con ellos también.

En los turnos de visita de la mañana sólo pueden acompañar al enfermo dos personas, por la tarde pueden acudir más, siempre que los familiares se vayan distribuyendo de a dos. Así las cosas, cada mañana acude mi padre con su inseparable Vicente (y éste acude a su vez con su inseparable pitillo negro prendido en la comisura de los labios), mientras que nosotras, por la tarde, debemos esperar entre treinta minutos y una hora a que nos dejen ver a nuestra madre (la cita es a las siete y media pero, por las razones que sea, nunca se puede entrar en punto) en una sala sin decoración, con las paredes desnudas y a todas luces necesitadas de una mano de pintura, bajo unas luces de neón fantasmales y amarillas que subrayan las ojeras y nos dan un tono cetrino, rodeados de otros familiares desconocidos entre sí pero hermanados por la misma expresión angustiada en los ojos. Durante la media hora de visita que se nos permite, mis hermanas y yo tenemos que ir turnándonos para entrar, de modo que apenas podemos verla más de cinco minutos. A veces me pregunto si merece la pena visitarla si, según nos dicen, ella no puede oírnos ni enterarse de nada. Pero mi padre acude religiosamente mañana y tarde. Permanece a su lado, la acaricia, le coge la mano y le habla en un tono cauteloso y solícito, ligeramente afectado, incluso infantil. No puedo evitar pensar que yo nunca los había visto cogerse la mano, casi nunca intercambiar gestos ni palabras cariñosos.

Yo también le hablo y la acaricio, pese a que el médico nos asegure que no siente nada. La enfermera dijo: «Nunca se sabe.» Nunca se sabe.

Mi madre está conectada a seis máquinas, seis, que crepitan en infinidad de lucecitas de colores. Un respirador, dos ordenadores en cuyas pantallas pueden leerse las constantes vitales, tres máquinas que no sé ni qué son... e infinidad de tubos prendidos a otros tantos goteros: glucosa, creatinina, dopamina, morfina... Lo que más impresiona es el tubo que sale de la nariz por el que circula un líquido de color pardo.

A ratos el ánimo y la fe me fallan, creo antes al médico que a la enfermera y no puedo evitar pensar: ¿qué sentido tiene todo el viaje y la espera para poder contemplar a un cyborg inerte durante cinco minutos?

Yo voy a la UVI por mi padre, no por ella. Porque si de verdad cree que ella puede escucharle, mejor que parezca que los demás también nos lo creemos.


Caridad señaló uno de los goteros y me dijo: «¿Ves?, esto son los antibióticos. El problema es que tienen efectos secundarios... eso ya os lo habrán explicado los médicos, ¿no? una cuestión de iatrogenia como tantas otras.» «¿De qué?», pregunté yo. «Ay, perdona. Es que trabajando aquí acaba una por usar tecnicismos a todas horas. Iatrogenia es... cómo te lo explico... cuando para salvar un mal mayor se produce un mal menor. O sea, que le tenemos que dar antibióticos para atajar la infección a pesar de que sepamos que los antibióticos pueden dañarle.»

En cuanto llegué a casa me lancé a buscar la palabra en el diccionario. Como no la encontré accedí desde Internet a una enciclopedia médica. Y allí estaba. Iatrogenia: el ámbito de aquellos casos en que se produce un daño como consecuencia de la gestión inculpable debida a un error excusable del médico. Por ejemplo, cuando se realiza una intervención quirúrgica que sea como fuere tiene secuelas menores. Así descubrí que el estrés entra en la condición de iatrogenia.

No sé si el estrés de los familiares cuenta.
Siempre llego del hospital agotada, como si me hubieran pegado una paliza. Añádele a esto la falta crónica de sueño resultado de tener que levantarme cada tres horas para darte el biberón. En teoría hago turnos con tu padre, pero el llanto nos despierta a ambos. La única solución consistiría en dormir en habitaciones separadas, pero no tenemos otra habitación más que la tuya, y el sofá del salón no es exactamente un prodigio de comodidad, pese a lo cual mi primo Gabi, que ha venido a Madrid a gestionar no sé qué papeleo de sus cursos de doctorado, ha dormido en él algunos días. Ayer me quedé dormida sobre la mesa de la cocina mientras intentaba leer un libro de cuya primera página no pude pasar, fuera por el cansancio o fuera porque el libro era un muermo, que lo era, y como no hubo forma humana de moverme, allí pasé toda la noche. Hoy me he quedado dormida ¡en el suelo! No sé cómo he llegado a él, quizá me haya desmayado. El perro estaba tumbado al lado, custodiándome.
Ya no bebo, no me drogo, no tengo crisis de ansiedad ni ataques de pánico. No sufro como sufría pero tampoco soy feliz. La palabra del año: «Estable.» Estable dentro de la gravedad.

27 de octubre.


Ayer por la noche hacía un frío del carajo. Cuando llegué a casa desde el hospital, a las diez, Tibi me saludó amabilísimo y me preguntó por ti. Le respondí que no te sacábamos con este frío y que no entendía cómo podía aguantar a la intemperie toda la noche. «Llevo treinta años trabajando de portero», me dijo. «Uno se hace a todo.»
Gabi lleva varios días instalado en casa, durmiendo, el pobre, sobre un lecho improvisado encima de unos cojines. A la segunda noche se negó a dormir en el sofá porque asegura que huele a perro y le da alergia. Yo ya estoy tan acostumbrada al perro que ni lo noto, probablemente porque yo también huela a urinario público con eso de la incontinencia posparto, pero mi primo es demasiado educado como para hacerme notar que yo huelo peor que el sofá.

Cada mañana de esta semana Gabi te ha metido en la mochila portabebés y se ha largado a ver exposiciones por ahí. Para mí ha sido maravilloso, porque he podido llamar al banco y al asesor sin temor a que tu llantina me obligara a interrumpir la conversación para atenderte (no sé qué radar tienes que sabes cuándo llorar en el momento más inoportuno, y no puedo acabar de saber si el asesor entenderá mis compromisos de madre atribulada). Cada mañana, tú has ido, tan feliz de la vida, calentita y abrigada dentro de su zamarra, acunada por el movimiento de su caminar, escuchando los latidos de su corazón. Debía de ser una perfecta imitación del útero que recientemente te forcé a abandonar. Gabi se pega caminatas de tres horas durante las que no abres los ojos, con lo cual ni te has enterado de que eras el bebé más culto de Madrid, porque te has pateado el Conde Duque, el Reina Sofía, el Thyssen, el Museo de Arte Contemporáneo y la Juana Mordó. Pues bien, desde que se ha ido, cada mañana empiezas a berrear, minuto más minuto menos, a las once en punto. Ni el chupete ni el biberón, ni el arrorró ni las canciones de cuna te calman: no te callas hasta que te ponen el gorrito y te pasean en la mochila. Y no vale pasearte por el pasillo, porque vuelves a berrear. No te duermes hasta que estás en la calle. Le pregunté a Sonia (Sonia la actriz, también conocida como «Sweet Sonia» por lo cariñosa que es, no confundir con Sonia la DJ, también conocida por «Senseless Sonia» por su afición a los éxtasis, ni tampoco con Sonia la guionista, alias «Suicide Sonia» debido a su conducción temeraria, nada que ver con mi antigua compañera de clase, Sonia la fotógrafa, llamada a veces «Slender Sonia» por lo delgadísima que está) si un bebé de un mes podía tener tan claro lo que quería. Me aseguró que sí.

Leo en un libro de pediatría: «Para los bebés un paseo al aire libre es un desfile de imágenes desenfocadas al ritmo de un tranquilizador bamboleo. Todo este hipnótico flujo de sensaciones los arrulla como si de un ruido uniforme y multisensorial se tratara.»

Vale: desde tu más tierna infancia, o preinfancia, ya has aprendido a luchar por lo que quieres.

En eso no te pareces a tu madre.
Ha llovido intermitentemente durante toda la mañana. A las cuatro de la tarde ha salido el sol, y entonces ha sucedido algo maravilloso: por primera vez en mi vida he visto el arco iris. Un arco enorme en el cielo, despuntando por encima del perfil de los edificios de Madrid. Un arco perfecto, como delineado con compás. Nunca lo había visto en la realidad, sólo dibujado en ilustraciones de los cuentos.

En la terraza me he fijado en un arbusto que se había secado este verano y cuyo cadáver no había tirado a la basura por pura desidia. La lluvia de las dos últimas semanas lo ha hecho revivir: han salido dos pequeñas hojitas verdes.

He pensado que eran dos buenas señales.
Sonia se acababa de mudar a la calle 103, entre Lexington y Park Avenue, zona conocida como «El Barrio» (en español), en pleno corazón del Harlem Hispano. Había tenido que hacerlo de prisa y corriendo después de que Klara, la chica con la que compartía piso en el Bronx —que trabajaba de portera en un sex shop del Soho y que debía de medir dos metros de ancho por dos de largo— se enrollara con una «bailarina exótica» (así es como llaman en Nueva York a las strippers), la cual, intimidada por la presencia de Sonia en casa (imponente presencia, debo puntualizar, pues Sonia luce orgullosamente un cuerpo que le permitiría de sobra vivir del baile exótico o de cualquier tipo de profesión en la que tuviera que exhibirlo —y de ahí el sobrenombre de «Slender Sonia»—, pero no lo hace porque además de guapa es lo suficientemente inteligente como para saber buscarse los garbanzos de otras maneras), se dedicó a hacerle la vida imposible a la compañera de piso de su novia mediante trucos tan antiguos pero tan efectivos como hacer desaparecer sistemáticamente los mensajes en el contestador que venían de parte de la agencia Magnum —para la que Sonia trabajaba—, usar su carísima crema hidratante y dejar el bote abierto en la encimera del lavabo o acabar con sus reservas de crema suavizante —también ridículamente cara— para lavarse su abundante melena —teñidísima y permanentadísima, como corresponde a cualquier bailarina exótica que se precie—. Finalmente Sonia se plantó y le dio a elegir a su roommate. o la novia o ella. Obvia decir que la roommate prefirió a la novia y a Sonia entonces le tocó elegir entre mudarse de piso o asesinar a Klara y, ya puesta, también a su cariñito. Dado el desorbitado precio de los alquileres en NY y el hecho de que, pese a que el piso lo habían buscado y alquilado juntas, la fornida portera era la titular del contrato, puesto que Klara tenía la nacionalidad americana y Sonia no tenía ni tarjeta de residencia, mi amiga se planteó seriamente la segunda opción, pero finalmente la desechó, muy a su pesar, al no ocurrírsele la manera de deshacerse de los cuerpos.

Por fin Sonia encontró un apartamento en Spanish Harlem a través de, paradojas de la vida, otra stripper compañera de la novia de Klara. Esta bailarina era exótica por partida doble, pues era mezcla de negro y filipina. Se acababa de mudar a vivir con su novia finlandesa —una superrubia que le sacaba dos cabezas— y estaba dispuesta a subarrendar su antiguo piso a un precio más que razonable, por no decir irrisorio. La ultraexótica se negaba a cambiar el contrato de alquiler a nombre de Sonia, supongo que porque, previsora ella, debía de contemplar la posibilidad de que su convivencia con la rubia pudiera hacer aguas en un futuro y no querría verse sin techo amén de sin amor si semejante cosa ocurriera. Este subarrendamiento ilegal era cosa bastante común en NY, donde los apartamentos son escasos y los contratos de alquiler un lujo, así que la titularidad del contrato implicaba que la bailarina podía echar a Sonia en cualquier momento pero, como contrapartida, si un día a Sonia le daba por quemar el edificio, a quien le iban a echar la culpa era a la joya oriental puesto que, a efectos legales, Sonia nunca habría estado allí.

En la escalera de la puerta de entrada del edificio vivían unos portorriqueños a los que Sonia me presentó nada más llegar y que, muy amablemente, se ofrecieron a cargar con mi maleta y subírnosla hasta el apartamento, pues el edificio no tenía ascensor. Digo «vivían» porque se pasaban allí el día y la noche: durante los quince días que pasé en NY no los vi moverse de su sitio. A veces me los encontraba haciendo dribblings con una pelota de baloncesto, otras jugando con una Playstation, pero la mayor parte del tiempo se la pasaban hablando por lo que al principio tomé por teléfonos móviles y luego reconocí como walkie talkies. Sonia me contó que al principio pensó que eran radioaficionados, hasta el día en que se encontró con otro colega de la agencia que vivía en la calle 106 y que, cuando se enteró de que Sonia se había mudado a los edificios amarillos del barrio, le dijo: «Joder, qué ovarios tienes... ¡Te has mudado a los bloques de la heroína!», y aunque Sonia en principio se quedó de piedra, tras reflexionar un rato (no mucho) decidió que, con lo caros que estaban los pisos en Manhattan, de ahí no iba a moverla ni una grúa, por mucho yonqui o camello que tuviera por vecino.

Tras contarme esta historia me aconsejó que me colgara un crucifijo al cuello, como ella, porque la gente de la zona (negros y chicanos en su mayoría) era muy religiosa y/o supersticiosa (para muchos una cosa equivale a la otra) y lo más posible era que a ningún yonqui se le ocurriera asaltar a una chica protegida por Jesús.

Yo no salía mucho. Sonia trabajaba todo el día y de noche llegaba demasiado agotada como para plantearse siquiera salir de marcha. Así que nos sentábamos en su balcón, ella con una cerveza y yo con una Perrier —pues me había propuesto seriamente no beber en todo el tiempo que estuviera en la ciudad— y nos la pasábamos escuchando a un grupo de rap en español compuesto por cuatro mexicanos que ensayaban en la calle con la música del coche y que tenían a toda la muchachada del barrio bailando a su ritmo cada noche a falta de mejor cosa que hacer. De día me dedicaba a dar paseos o irme a leer a Central Park. No iba de compras, como suelen hacer los españoles cuando van a NY, porque ni soy consumidora compulsiva ni nunca he encontrado en NY nada que no encontrara en otros lados, excepto discos de jazz; ni de museos, porque me resultaban demasiado caros y además ya me los había visto todos en anteriores visitas; ni de librerías, porque desde que descubrí Amazon compro por Internet los libros que no encuentro en España y así me ahorro tener que pagar tarifas de exceso de equipaje a la vuelta de los viajes. Además, yo había ido allí a desconectar y a visitar a una amiga, no a hacer turismo.

También quería ver a Tania, más por compromiso que por otra cosa porque, aunque en el pasado habíamos sido íntimas, durante los últimos años el contacto se había ido perdiendo hasta que acabó por limitarse a un intercambio bastante poco fluido de famélicos e-mails. El porqué de este distanciamiento nunca lo entendí muy bien, aunque Sonia asegurara que se debía al hecho de que Tania había estado enamorada de mí durante los tres años de instituto más los cinco de carrera y yo ni siquiera había tenido el detalle de darme cuenta. De haber sido así, el caso es que nunca me lo dijo. Sólo sé que cuando acabamos la carrera y ya no nos veíamos cada día en los pasillos de la facultad, las llamadas se fueron espaciando. A las llamadas diarias las sustituyeron las semanales y a aquéllas las mensuales, hasta el día en que no hubo más llamadas porque Tania, que se había decantado por la carrera académica y había hecho doctorado y tesis, recibió una oferta como profesora asociada en el departamento de Hispánicas de Stony Brook, y siguió a Sonia en su aventura neoyorquina. Llevaba no sé cuántos años escribiendo un libro sobre género, representación y narrativa española del XIX a las órdenes de Lou Charnon-Deutsch, y otros tantos viviendo con su novia, una chica de pelo corto y gafitas, profesora en la Columbia, que también escribía su tesis sobre género y algo más.

Quedé a comer con ella en un restaurante vegetariano muy pijo de Chelsea y me impresionó lo guapísimas que eran las camareras, todas lesbianas, según me informó Tania, y probablemente también aspirantes a modelos, actrices o cantantes que habían ido a buscar fortuna en NY, según deduje yo. A los postres —unos pasteles de salvado y zanahoria que sabían a galleta rancia—, y después de ponernos al día sobre los cauces por los que habían discurrido nuestras respectivas vidas, Tania se puso a hablarme de su trabajo, casi su único y exclusivo tema de conversación, porque de su vida amorosa casi no hablaba, pues era muy reservada, y vida social prácticamente no tenía, ya que era workaholic por doble imposición: por neoyorkina y por profesora de universidad sajona. Me contó que le habían encargado organizar los cursos de español que la universidad impartía en verano, tarea que la agobiaba muchísimo, pues bastante ocupada estaba redactando la tesis y corrigiendo exámenes como para ponerse a buscar quien diera las clases.

—¿No sabrás de alguien a quien le interese? Busco a licenciados en Filología Hispánica cuya lengua materna sea el español.

—Pues yo misma, bonita.

—No, mujer, tienen que vivir en Nueva York, porque no pagamos casi nada de sueldo, así que no te daría para pagar billete y alquiler.

—No me importa, no lo haría por dinero.

—Pero no digas tonterías, esto está muy por debajo de tu categoría.

Tania, que en principio había tomado a broma mi candidatura, no acertaba a comprender qué perra me había entrado con lo de suplicar por un trabajo que en principio estaba destinado a recién licenciados y por el que no me iban a pagar nada o casi nada. Intenté explicárselo. Necesitaba cambiar de aires y me había planteado pasar el verano en Nueva York puesto que en julio y agosto se suspendía el programa de radio y nada me ataba a Madrid y mucho menos me atraía la perspectiva de volver a pasar un verano en Santa Pola con los amigos de toda la vida en un carrusel de noches etílicas encadenadas al que no me apetecía reengancharme. Pero el plan de verano en NY tenía un pequeño inconveniente: no conocía a casi nadie en la ciudad (y con la compañía de Sonia, liadísima con sus dos trabajos, sabía que no podría contar) y no me apetecía pasarme esos meses en soledad total. Un trabajo como aquél me permitiría ocupar en algo las mañanas y quizá incluso hacer algún amigo, amén de costearme al menos algunos gastos, pocos, ya que había quedado muy claro que el irrisorio sueldo apenas iba a llegar para pagar el alquiler de un cuarto en Manhattan. Porque estaba claro que no podía pretender quedarme dos meses enteros en el minúsculo apartamento de Sonia, cuyo sofá, por cierto, estaba desfondadísimo y al que se le salían por todos lados los muelles que, en la escasa semana que llevaba yo en NY, me habían dejado unas visibles marcas en mi espalda dignas de esclava sexual, como si cada noche viniera a visitarme el mismísimo íncubo que poseyera a la pobre Mia Farrow en La semilla del diablo. Sin embargo, yo estaba segura de que podría encontrar alojamiento para el verano y, además, ya había hecho de lectora en el pasado: justo al acabar la carrera y poco antes de conocer al hombre cuyo nombre está escrito en papel de pergamino y encerrado en una botella enterrada en un descampado por la zona de Cuatro Vientos, había pasado seis meses en la Universidad de Manchester dando clases de español, y me había gustado mucho hacerlo pues descubrí, para mi sorpresa, que se me daba bastante bien tratar con los alumnos. Vete a saber si me atraía lo de la labor profesoral porque significaba meterme de manera simbólica en la piel de José Merlo, ya que en su cama nunca pude hacerlo.

Finalmente, Tania pareció convencerse de que se lo decía en serio y me aseguró que el trabajo era mío.

28 de octubre.
Ha sido horrible. Me he pasado todo el santo día ordenando papeles. Ni siquiera he salido a la calle. Necesito días de cuarenta horas.

29 de octubre.


«Querida Paz:
»En respuesta a tu carta, quiero decirte queja he decidido cuál es el regalo que quiere la niña.
»He decidido yo por ella porque Amanda aún no sabe hablar, pero si pudiera pediría el "Kit Bag de Pediatrics, elegante y funcional".
» Y te copio el anuncio aparecido en Padres:
»"Diseñado para llevar todo lo necesario cuando salgas con el bebé. Es tan elegante y funcional que incluso papá puede llevarlo." (Claro, mamá no lleva nada elegante y funcional, va siempre hecha unas pintas y con bolsos estrafalarios y muy poco funcionales... Con las mujeres ya se sabe. Se supone que papá llevará la bolsa en una ocasión especial, cuando mamá se ponga enferma o cuando quiera llevar al nene al fútbol, que nunca es demasiado pronto para empezar a acostumbrarlos.)
»"Los anchos tirantes acolchados te permiten tener las manos libres en todo momento." (Eso necesito, porque con la bolsa que tengo ahora no hay manera, está diseñada para diosas tipo Shiva con seis brazos.)
«"Incorpora un bolsillo especial Thinsulate que mantiene los biberones calientes durante varias horas." (Eso es indispensable, Paz, de verdad, que cualquier día a la nena le da una gastroenteritis si se sigue bebiendo el biberón granizado, no sabes el frío que hace ahora en Madrid.)
»"Y, además, dispone de secciones separadas para productos de alimentación, ropa para cambiarle y para los objetos personales." (Algo indispensable también, que en la boba que tenemos lo mezclamos todo y, aparte de la gastroenteritis, la nena me va a pillar cualquier día una infección de padre y señor mío por poner la ropa sucia al lado del chupete.)»

Y es que cuando bajas a la calle con un bebé tienes que llevar, amén de tus llaves, tu monedero y tu teléfono móvil, un biberón, termo con agua caliente, leche en polvo, toallitas limpiadoras, dos pañales (o más, dependiendo del tiempo que vayas a estar fuera), el cambiador (una especie de almohadilla acolchada de hule por si no te queda otra que cambiarlo en el suelo, situación más habitual de lo que pudieras imaginar), chupete de recambio (por si escupe el que tiene y lo pierde) y pantalón, babero y jersey de repuesto (por si los ensucia de vomitona o caca). Y, por supuesto, un bolso lo suficientemente enorme como para cargar con tanta impedimenta. ¡Y ay de ti como se te olvide uno solo de los útiles de la lista!

Por experiencia, he descubierto una verdad axiomática: un bebé no admite margen de error.

30 de octubre.
5,600 kg. Y aún no tienes mes y medio. Me recuerdas al cuento de Dahl en el que un apicultor alimenta a su hija con jalea real y la niña empieza a crecer desaforadamente hasta que acaba por convertirse en una abeja enorme. Tenemos que ponerte ropa talla de tres meses. Te has hecho mayor en todos los sentidos. Ahora duermes toda la noche en tu cuco y no exiges, como antes, que durmamos a tu lado. De todas formas ya eres demasiado grande y no creo que cupiéramos los tres.

Y ya sonríes. Sonríes de verdad. No es la sonrisa de antes, que respondía a tus propios estados de ánimo, cuando sonreías porque te acababas de levantar o porque te habías acabado el biberón. La sonrisa como consecuencia de tu propia satisfacción se ha convertido en sonrisa que intenta provocar la satisfacción ajena: ahora sonríes cuando se te habla, intentando demostrar que entiendes el tono. A veces incluso ríes cuando se te hacen cosquillas. Mis hermanas me tomaban por loca hasta que te vieron, decían que era imposible que rieras. Ya no dicen nada.

31 de octubre.
Ya lo decía Laureta: siempre hay desgracias peores que las nuestras. Y no lo digo sólo porque sepa que en Etiopía o Mozambique hay mujeres que ven cómo sus hijos se les mueren de hambre colgados del pecho seco. No me hace falta pensar en otros países para darme cuenta, ni siquiera en otros barrios, en supermercados de drogas que abastecen a los niños pijos de la zona de Salamanca o Chamartín y en los que sobreviven como pueden críos malcomidos, hijos de padres enganchados y madres apaleadas, cinturones de vergüenza alfombrados de chabolas que emergen como hongos parásitos alrededor de los barrios residenciales de las afueras. No, no hace falta establecer la separación geográfica puesto que incluso en diez metros cuadrados cabe hacer una gradación de desgracias. Cuando crees que tú estás mal siempre puedes pensar que hay alguien que está peor. Yeso no sirve nunca de consuelo, simplemente te entristece más, te hace sentir más impotente si cabe.

Me quejaba yo de que tenía que perder tres horas diarias para poder ver a mi madre durante apenas cinco o diez minutos y he conocido en la sala de espera de la UVI (de sala tiene poco, es más bien un vestíbulo, un espacio abierto, helado, tan helado como las baldosas baratas que cubren su suelo, con cuatro sillones incómodos en las esquinas, sin un mísero cuadro que anime las paredes) a un señor que vive a sesenta kilómetros del hospital y que tarda más de una hora en llegar desde su casa. Y lo peor es que a veces pierde la tarde en balde, porque si tardan demasiado en dejarnos entrar y se le hacen las ocho y media tiene que irse sin ver a su mujer para no perder el último autobús.

Hay desgracias peores que las nuestras. Y hay desgracias aún peores, peores que las desgracias que son peores que las nuestras. En el ascensor me he encontrado con una de las enfermeras de la primera UVI en la que ingresó mi madre, que me ha reconocido porque por lo visto en su día era fan de David y es una de entre el millón de personas que compró aquel infausto ejemplar de Cita. No sé por qué se me ha ocurrido preguntarle por el niño que estaba al lado de la cama de mi madre. Supongo que has adivinado la respuesta.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad