Título: Modalidades de Juego en la Infancia



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REGULACION AFECTIVA DIADICA, AUTORREGULACION Y DESREGULACION AFECTIVA: SU RELACION CON VARIABLES MATERNAS Y PROCESOS DE SIMBOLIZACION EN LA INFANCIA.

Presentacion ApdeBA, 1 de septiembre 2015

AUTORES: Schejtman, Clara R.1,2; Huerin, Vanina1; Juliana Oelsner1,4, Duhalde, Constanza1,3.

1 Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires (UBA)

2 Asociación Psicoanalítica Argentina (APA - IPA)

3 Sociedad Argentina de Psicoanálisis (SAP - IPA)

4 Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA - IPA)

1. INTRODUCCIÓN

El estudio de los afectos y la posibilidad o no de su regulación está inequívocamente ligado a la estructuración del psiquismo y es un tema de interés para la psicología y el psicoanálisis actual. Nuestro equipo viene construyendo puentes entre conceptos freudianos como desvalimiento, apuntalamiento, experiencia de satisfacción, autoerotismo, función materna, simbolización, y los descubrimientos provenientes de la investigación en interacciones tempranas. Desde el psicoanálisis, como desde la investigación observacional en primera infancia, la relación con el otro humano es fundante de la constitución psíquica y la interacción durante el juego es un escenario privilegiado donde se despliegan la subjetividad de la madre y la del infante en constitución.

En esta comunicación presentamos algunos resultados y reflexiones teóricas provenientes de un programa de investigación longitudinal que el equipo de investigación de la cátedra II de Psicología Evolutiva niñez de la Facultad de Psicología, UBA está llevando a cabo desde el año 2002 contando con la acreditación y subsidios en sus diferentes etapas de UBACyT y el Research Advisory Board, Área de Investigación de la Asociación Psicoanalítica Internacional. El programa estudia la relación entre la Regulación Afectiva madre-bebé, la Autorregulación Afectiva que van logrando los infantes y los procesos de simbolización que se van constituyendo en los primeros 5 años de vida y su relación con variables maternas, como el Funcionamiento Reflexivo, la Autoestima Materna y los Estilos Maternos de Interacción. Esta investigación se realizó a partir del estudio de la interacción lúdica madre-niño videofilmada y microanalizada en dos momentos de la vida de los niños (6 meses y 4-5años) y a partir de entrevistas en profundidad con las madres.

Debido a la extensión y complejidad de los resultados obtenidos y ya publicados, presentamos algunos resultados y reflexiones acerca de la relación entre Regulación Afectiva madre-niño, la Autorregulación de los infantes a los 6 meses, el Funcionamiento Reflexivo Materno y los procesos de simbolización observables en el juego madre-niño en edad preescolar.


2- MARCO TEORICO
Regulación Afectiva y Autorregulación afectiva

Afectos y regulación afectiva son conceptos ligados en una compleja imbricación. Freud (1926) sugiere que los afectos son señales para el yo, que activan las defensas y preservan así al sujeto del exceso de excitación. El yo es la sede de la angustia y productor de la señal morigerada que protege al aparato psíquico tanto frente a la amenaza pulsional, como frente a la proveniente de estímulos del mundo exterior. A partir de la segunda tópica freudiana, en la cual el yo se ubica en su doble vertiente como “vasallo” y “jinete” ante los embates del ello, del super yo y de la realidad exterior (Freud, 1923), algunos investigadores desarrollaron la noción de regulación afectiva (Fonagy et al., 2002). La RA fue definida como la capacidad de controlar y modular nuestras respuestas afectivas, y los investigadores en Psicología del Desarrollo han encontrado una relación significativa entre los fracasos en el logro de regulación y autorregulación afectivas en la primera infancia y la psicopatología (Gergely, 1995; Tronick y Gianino, 1986; Schejtman, 2008 y otros).

Los estudios empíricos en primera infancia han recurrido a la observación minuciosa de la expresividad de los infantes –miradas, gestos y vocalizaciones– como vía privilegiada para inferir estados afectivos, motivaciones y procesos de construcción de sentido (making meaning) aun desde el inicio de la vida. Los infantes están abiertos al mundo y despliegan una actividad interna propia para solicitar la interacción. El logro de una conexión emocional sólida es la base de un desarrollo adecuado (Brazelton y Cramer, 1993; Trevarthen, 1980; Stern, 1985; Tronick, 1989; Tronick y Weinberg, 1997). Estos autores encontraron que el infante tiene una capacidad regulatoria propia al nacer con diferencias individuales en la reactividad sensorial, en el logro de la homeostasis y en la autorregulación. Esta capacidad regulatoria del niño es inicialmente lábil y requiere del andamiaje regulatorio que provee el ambiente cuidador para el desarrollo afectivo, psicomotor, social y cognitivo.

Gianino y Tronick (1988) han descripto conductas regulatorias auto-dirigidas y hetero-dirigidas (dirigidas al otro) como transformadoras del displacer que los estados emocionales negativos producen en el bebé. La resolución del displacer permite al infante dirigir su atención hacia la vinculación intersubjetiva y hacia los objetos del mundo exterior. El adulto es el agente transformador del displacer a través de la reparación del afecto negativo en positivo. Repetidos fracasos en la reparación de estados de afecto negativo y de desencuentros se correlacionan con un aumento del sentimiento de desvalimiento en los bebés y con dificultades en el logro de la regulación afectiva que pueden obturar la apertura a la vinculación social y a los procesos de simbolización.

El bebé tiene disponibles recursos propios para lidiar con el afecto negativo que experimenta: mirar para otro lado, auto-consolarse, e incluso auto-estimularse. Estas conductas controlan el afecto negativo del bebé distrayendo su atención de un hecho perturbador o sustituyendo la estimulación negativa por una positiva. (Rothbart & Derryberry, 1984) . Las conductas regulatorias auto-dirigidas y dirigidas hacia el otro son parte del repertorio normal que posee el bebé para hacer frente a sentimientos penosos, a rabia fuera de control y al aumento excesivo del afecto negativo que puede volverse perturbador (distressing)

Fonagy y Target (2003) relacionan la internalización de la función de transformación de los afectos excesivos y negativos con la capacidad creciente del infante para ir autorregulando sus propios afectos negativos. Siguiendo a Bion (1962), enfatizan la relación entre la cualidad continente materna y el desarrollo del pensamiento en el niño en momentos de estructuración del psiquismo. Sugieren que una falla en la función de contención materna dificulta el proceso de discriminación y convierte la identificación proyectiva estructurante en un proceso patológico de evacuación permanente.

La función materna cumple un rol crucial en el logro de la RA. La intervención materna como agente regulador y transformador de afectos se va complejizando frente a los cambios en el desarrollo del niño, promoviendo el enriquecimiento simbólico y la construcción de funciones cognitivas más avanzadas (Leonardelli et al., 2009).

En el programa de investigación que llevamos a cabo analizamos situaciones de juego madre-niño como escenario privilegiado para el estudio del decurso de la RA y del pasaje de la RA Diádica a la Autorregulación que van logrando los infantes, y su impacto en los procesos de simbolización en la primera infancia.


Juego, regulacion afectiva y simbolizacion en la infancia.

En los primeros años de vida, la experiencia del juego está relacionada con la construcción de la experiencia de sí, y contribuye a la confianza en uno mismo y en el otro, base de la salud mental. El juego infantil está íntimamente relacionado con el sentimiento de placer, permitiéndole al niño la exploración del mundo que lo rodea. Dio Bleichmar (2005) sostiene que el placer está dado por ser “causa de lo que sucede”. El niño busca lograr una afirmación o el restablecimiento del equilibrio de la representación del sí mismo. En el juego interactivo entre la madre y el bebé se producen secuencias lúdicas en las cuales sonreír, vocalizar, manipular objetos o tocarse uno al otro van construyendo un conjunto de reglas establecido y reconocido por cada participante. Estos aprenden a ajustarse a la intensidad del otro, a los tiempos, los tonos, la duración y el modo elegido (Stern, 1985). En el curso de esta experimentación, el bebé va construyendo en su mente “representaciones sensoriomotrices” de los objetos de juego y de sí mismo y del otro. A los 6 meses observamos que predominan aún los juegos de sostén. Es esperable que empiece en esa etapa la transición de un sostén corporal hacia un sostén a través de la mirada y la voz, que implicaría instalar un espacio entre la mamá y el bebé (Calmels, 2004). En el primer año de vida, cuando la voz y la mirada de la madre adquieren la función de holding, se crea un espacio nuevo entre el niño y su madre y, consecuentemente, una separación mental interna entre el self emergente y el otro (Stern, 1985). El interés por los juguetes indica que el bebé ha comenzado a diferenciarse a sí mismo de los objetos como modo de controlar el ambiente circundante (Toda y Fogel, 1993; Winnicott, 1971)

Winnicott (1971) ubicó el juego como soporte de la experiencia de mutualidad del niño con su ambiente. Este autor describió secuencias en el jugar entre la madre y el niño. En un primer tiempo la madre se orienta a hacer real lo que el niño está dispuesto a encontrar (objeto subjetivo), lo que le permite al niño vivir la experiencia de omnipotencia. Luego la madre, en un “ir y venir”, oscila entre ser lo que el niño tiene la capacidad de encontrar, y alternativamente ser ella misma, a la espera de que la encuentren. Se constituye así un campo de juego intermedio, espacio potencial de unión entre la madre y el hijo, también caracterizado por su precariedad, en el cual se producen las iniciales simbolizaciones transicionales de la presencia-ausencia materna. En el siguiente paso el niño logra “jugar solo en presencia de otro”, posibilitado por el supuesto de que la persona digna de confianza se encuentra cerca, en presencia o en su ausencia, recordándola después de haberla olvidado. La última fase consiste en la superposición de dos zonas de juego, intersección de los espacios potenciales de la madre y del niño. Por ello puede hablarse, de ahora en más, de un “jugar juntos en una relación” (Duhalde et al., 2011). Este logro implica que la madre introduce su propio modo de jugar descubriendo en el bebé la aceptación o el rechazo.

En algunas ocasiones se producen obstáculos en el fluir de las secuencias de juego. Cuando hay acuerdo se observa una escena lúdica de reciprocidad y acomodación mutua. Si predominan los desacuerdos no reparados y cierta intrusividad materna es probable que el “jugar” se vea interrumpido, expresándose en el niño como protesta o sometimiento (Silver et al., 2008).


La emergencia del juego simbólico es inseparable del desarrollo cognitivo, social y del lenguaje. Como señala Feldman (2007), la constitución del juego simbólico es un proceso que se despliega a través de secuencias temporales en las cuales se generan relaciones entre la facilitación del adulto y la simbolización y complejidad de la expresión simbólica del niño. Los episodios complejos en el juego pueden relacionarse con acciones recíprocas de la madre que influyen en el aumento o disminución del juego simbólico. (Vygotsky, 1934; Slade, 1987). Algunos investigadores (Keren et al., 2005) refuerzan la idea de que la capacidad de los niños preescolares para el juego simbólico se forma por la capacidad de los padres para jugar. En cambio, para Singer (2002), la capacidad de los niños para el juego simbólico se relaciona con una serie de factores del desarrollo, tales como la emotividad positiva y una mayor habilidad lingüística.

Profundizando la exploración del juego en esta etapa del desarrollo, Ruth Feldman (2007) realizó un estudio acerca del surgimiento de las competencias simbólicas en niños de 3 años. La hipótesis central de este estudio es que la sincronía existente en la interacción de padres e infantes es el estímulo ambiental esencial en un periodo crítico para la maduración del cerebro y la disponibilidad social que da forma al desarrollo posterior. Fogel y Thelen (1987) sugirieron que las interacciones recíprocas y de apoyo facilitan el juego simbólico, mientras que las interacciones intrusivas y directivas tienen el efecto contrario.

La segunda etapa de nuestro estudio se realizó cuando la edad promedio de los niños era de 4 años. Este período coincide, según distintos investigadores (Wimmer y Perner, 1983; Leslie, 1987; Rivière, 1991; Fonagy y Target, 1996) con el momento en que se consolida la atribución a otros de estados intencionales más complejos. En esta etapa ya está presente la habilidad infantil para simular estados mentales, mediante la conducta de “hacer de cuenta” (pretende mode) en una situación lúdica, básica para el enriquecimiento del mundo simbólico (Fonagy y Target, 1996; Slade, 1987). La creación de un juego simbólico más complejo como el juego de ficción implica la noción de la existencia de mentes separadas, con procesos reflexivos autónomos que conducen a la ampliación del sí mismo a través del juego simbólico (Leslie, 1987; Rivière, 1991; Fonagy y Target, 1996). La capacidad de simbolización le permite al niño diferenciar entre los procesos mentales y emocionales intrapersonales e interpersonales y distinguir entre realidad interna y realidad externa. Esta distinción también se expresará en la sensibilidad para diferenciar entre los propios procesos mentales y aquéllos que guían el accionar de los demás.

Diversos autores trabajaron acerca de la relación entre el juego y la simbolización. Vygotsky (1933) señala que lo que caracteriza al juego es la creación de una situación ficcional, en la cual el niño puede tomar el lugar del adulto, mostrando la peculiar relación con la realidad presente en el juego. A través del juego, adulto y niño comparten una experiencia mental real, donde participan tanto la actitud mentalizadora parental (funcionamiento reflexivo parental) como las representaciones que construye el niño acerca de su mente y de sí mismo (Slade, 2003, Slade et al., 2004; Fonagy et al., 1995, 1998).


Funcionamiento Reflexivo Parental (FRP)

Como reportamos en otras publicaciones, nuestro equipo halló que una de las variables parentales que probaron tener un impacto sobre el logro de la regulación afectiva de los niños es el Funcionamiento Reflexivo Parental (FRP). El FRP, junto con los fantasmas inconscientes y el narcisismo materno, se encuentra íntimamente relacionado con la Regulación Afectiva Diádica (Huerin et al., 2008; Esteve et al., 2012).

El Funcionamiento Reflexivo (FR) se ha definido como la capacidad de percibir y comprenderse a sí mismo, tanto como a los demás, en términos de estados mentales, es decir: sentimientos, pensamientos, creencias, deseos. Este concepto ha sido desarrollado por Peter Fonagy et al. (1998) y considerado como factor clave para comprender la organización del self y la regulación afectiva.

Algunos autores proponen estudiar el FR vinculado al ejercicio de la parentalidad (Slade et al., 2004; Grienenberger et al., 2005; Duhalde, 2004). Slade (2002) señala que la capacidad reflexiva materna permite al niño descubrir su propia experiencia interna vía la experiencia que su madre tiene de él.

La capacidad de una madre para reconocer la dinámica de su propia experiencia afectiva actuará como reguladora para el niño. Una madre cuyo FR es adecuado puede imaginar cómo se siente ser un niño pequeño y, al mismo tiempo, reconocer que esta inferencia se ve limitada por la asimetría adulto-niño. Más allá de esta disparidad, la madre buscará comprender a su hijo activamente y en esa búsqueda ella podrá responder en forma sensible y contenedora. Una respuesta sensible y adecuada por parte de la madre depende, tanto de la posibilidad de comprender las intenciones y sentimientos de su hijo, como su capacidad emocional para transmitir los mismos de una forma coherente.

Los estudios acerca del FRP resaltan la influencia de éste en el desarrollo de la capacidad infantil para simular estados mentales. Como describimos más arriba, el análisis del despliegue del juego simbólico interactivo se liga a los procesos de mentalización y a la noción de la existencia de mentes separadas. A partir del logro de esta capacidad, el juego se transforma en un nuevo modo de exploración del mundo, centrado en procesos reflexivos autónomos que conducen a la ampliación del sí mismo (Leslie, 1987; Rivière, 1991; Fonagy y Target, 1996).

Estudiar el Funcionamiento Reflexivo Materno (FRM) a través del análisis de entrevistas en profundidad permite inferir acerca de los modos en los cuales las representaciones que la madre posee, tanto de la relación actual con su hijo como las representaciones de sus propias experiencias con sus padres en la infancia, constituyen un aspecto crítico del ejercicio de la parentalidad y pueden funcionar como mediadoras en las respuestas hacia el niño (Lieberman, 1997; Slade, 1996; Solomon & George, 1996).

Slade plantea que el FRP explica las cualidades internas que permiten a un adulto ser suficientemente sensible para comprender y significar acciones, sentimientos, deseos e intenciones propias y de su hijo. El FR permitirá a la madre amortiguar el incremento de afectos negativos del niño cuando, por su intensidad, éstos no pueden ser contrarrestados ni atemperados (Slade et al., 2004).

Si bien tanto el FR como la Regulación Afectiva se estudian via expresiones que corresponden al nivel consciente y preconsciente, creemos que son un aspecto observable de un fenómeno más profundo y que pueden relacionarse con la concepción metapsicológica que Freud (1896) sostiene respecto de la estratificación sucesiva del aparato psíquico. Freud propone que los signos perceptivos (WZ) son las primeras transcripciones de las percepciones, no susceptibles de conciencia y articuladas según una asociación por contigüidad. El pasaje del WZ a la representación-cosa propia del sistema inconsciente y posteriormente a la representación palabra propia del sistema preconsciente implica una nueva escritura. Cada reescritura inhibe a la anterior y desvía el proceso excitatorio. Sin embargo, las retranscripciones no son completas y dejan un resto que sigue funcionando según las leyes del período psíquico previo. Los signos perceptivos no retranscritos por falta de ligazón constituyen un núcleo pre-representativo que funciona por las leyes “anacrónicas” de la descarga y son potencialmente pasibles de ser activados traumáticamente. La función del adulto es ligar los afectos excesivos preservando al infante en constitución de la inundación afectiva. En este sentido creemos que profundizar sobre los modos de acompañamiento de los adultos reflexivos puede tener un efecto preventivo, ya que la capacidad ligadora del adulto permite desviar e inhibir los niveles de excitación hipertróficos y potencialmente traumáticos para el precario psiquismo en constitución.

Sostenemos además que la capacidad reflexiva del “adulto auxiliador”, en términos freudianos, colabora en el logro de la regulación afectiva diádica y el pasaje a la autorregulación afectiva. Al mismo tiempo la capacidad transformadora del adulta colabora en la reparación de la desregulación afectiva, fundamental en la estructuración psíquica y en los procesos de simbolización en la infancia.


3- METODOLOGÍA
Diseño

Se trata de un estudio observacional, transversal en una situación fija, con recolección de datos multimodal (entrevista seguida de análisis del discurso, cuestionarios, y observación sistemática no participante).


Método

Primera etapa:

48 madres (edad entre 19 y 39 años) y sus bebés sanos (edad entre 23 y 31 semanas), 50% varones, fueron filmados en dos situaciones interactivas: 3 minutos cara a cara (CC) y 5 minutos juego libre (JL) con juguetes y entrevistadas por un psicólogo formado.



Segunda etapa1:

a. 21 de las madres fueron entrevistadas para evaluar el Funcionamiento Reflexivo Parental a través de la EDP (Entrevista de Desarrollo Parental) cuando los mismos niños tenían 4 a 5 años.

b. 17 de estas madres fueron filmadas con sus hijos durante 15 minutos de interacción de juego libre con un set fijo de juguetes.



Instrumentos

Primera etapa (6 meses):

--Regulación Afectiva Diádica (RAD) y Autorregulación Afectiva del Infante (AAI). En la situación de 3 minutos de interacción CC se realizó un microanálisis segundo a segundo de la Expresividad Emocional de la madre y el bebé separadamente, utilizando la escala ICEP, Infant and Caregiver Engagement Phases -Fases de Vinculación Infante y Cuidador- (Tronick y Weinberg, 2000). La confiabilidad entre evaluadores fue: 79,4%, Kappa de Cohen 0,64. La situación de 5 minutos de JL se analizó en segmentos de 5 segundos con la Escala de Juego Libre (Tronick, 2000). La confiabilidad entre evaluadores fue de 87,67%, Kappa de Cohen 0,68 para las variables maternas, y 84,3%, Kappa de Cohen 0,55 para las variables del niño. El entrenamiento para dicha codificación se hizo bajo la supervisión del Prof. Tronick, en colaboración con la Unidad de Desarrollo Infantil de la Escuela de Medicina de Harvard, EEUU.
Las variables surgidas de este análisis fueron:

a- Expresividad Afectiva (EA): positiva, neutra y negativa (en el bebé y en la madre, por separado).

b- Regulación Afectiva Diádica (RAD): encuentros y desencuentros diádicos (encuentro: la madre y el infante expresan a la vez el mismo estado afectivo).

c- Autorregulación Afectiva del Infante (AAI): indicadores de auto-apaciguamiento oral (llevarse la mano a la boca, por ejemplo) y de distanciamiento (tirarse hacia atrás en la sillita, por ejemplo)


Segunda etapa (4-5 años):

--Funcionamiento Reflexivo Materno (FRM): se evaluó a través del análisis de las transcripciones de la EDP (Entrevista de Desarrollo Parental: PDI-RII, Parental Development Interview; Slade et al., 2005a,b). Entrevista clínica semiestructurada de aproximadamente 90 minutos, realizada por clínicos de nuestro equipo, que explora la visión de la madre acerca de sí misma y de su hijo. Este análisis se realizó por dos codificadores certificados, A. Zucchi y V. Huerin, entrenadas y supervisadas por la Prof. Arietta Slade en City University, New York.
Este análisis permite determinar el nivel de Funcionamiento Reflexivo Materno, clasificándolo en:

a- FRM Cuestionable o Bajo (3): nivel rudimentario de referencias a estados mentales y su impacto en la conducta no son explícitas.

b- FR Alto (5-7). FR Ordinario (5): capacidad reflexiva clara y bien integrada. Se observan limitaciones para comprender aspectos más complejos de las relaciones interpersonales.

c- FR Acentuado (7): conciencia clara de los estados mentales, integración original de sus propios estados mentales con los de su hijo. Formulaciones originales que muestran detalles sobre pensamientos y sentimientos.


 --Juego Libre (4-5 años): el equipo construyó un sistema de análisis (Duhalde et al., 2010) en el cual los 15 minutos de juego libre madre-niño fueron segmentados en 45 fragmentos de 20 segundos cada uno. El análisis evaluó las siguientes variables y se construyó un manual de codificación :

a- Modos de Interacción Afectiva Madre-Niño:



-Modo Convergente (madre y niño comparten un mismo “programa de acción” en el juego).

-Modo Divergente (madre y niño no logran establecer juntos un programa de acción en el juego).

-Modo No Interactivo Paralelo o Juego Solitario (predomina el desarrollo de actividades de madre y niño en paralelo).
b- Nivel de Simbolización en el Juego:

-Juego Funcional (uso de un objeto con su función convencional de modo descontextualizado). -Juego Simbólico Simple o “como si” (se desarrolla una actividad imaginaria, como por ejemplo tomar el té).

-Juego Simbólico Complejo (se desarrolla una situación imaginaria ficcional en la que hay atribución de roles o uso sustitutivo del objeto).
c- Ocurrencia de Indicadores de Desregulación:

Se registró por separado para la madre y para el niño la ocurrencia de los siguientes indicadores de desregulación afectiva: a. Queja de la madre o llanto del niño; b. Interrupción disruptiva: detención brusca del juego; c. Impulsividad/ agresividad: desligadas de la secuencia lúdica, agresividad directa hacia el cuerpo del otro; d. Retraimiento/inhibición: cuando la madre o el niño no se mueven, no toman objetos, no hablan.



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