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Seminario 10: La angustia ― Clase 3: 28 de Noviembre de 1962





Jacques Lacan
Seminario 10

1962-1963
LA ANGUSTIA
(Versión Crítica)

3
28 de NOVIEMBRE de 19621, 2

*3


en el pizarrón


fig. 1



fig. 2

Observarán que siempre estoy contento por engancharme con alguna ac­tua­lidad en nuestro diálogo. Sobre todo, no hay otra cosa que lo que es actual. Es precisamente por eso que es tan difícil vivir en el mundo, digamos, de la reflexión: es que, en verdad, en él no pasa gran cosa. Me ocurre, así, que me esfuerzo, por ver si en alguna parte no se mostraría una puntita de signo de interrogación. Soy raramente recom­pen­sado. Es por eso que ocurre que se me formulen preguntas, y se­rias. Y bien, no me reprocharán que me aproveche de ello.


Continúo, entonces, mi diálogo con la persona a quien ya aludí dos veces en los precedentes seminarios, a propósito de la manera en que la vez pasada pun­tualicé la diferencia que hay entre la concepción de la articulación hegeliana del de­seo y la mía.4 Se me apremia... se me apremia para que diga más sobre todo lo que textualmente se de­­sig­na como una superación a cumplir en mi propio discurso, una arti­culación más precisa en­­tre el estadio del espejo y, como se expresa el In­forme de Roma,5 entre la imagen especular y el significante. Agre­gue­mos que parece que ahí que­­da algún hiato, no sin que mi interlocu­tor se percate de que, quizá, aquí, el empleo del tér­mi­no hiato, corte o escisión, no sea otra cosa que la respuesta esperada. Sin embargo, ba­jo esta forma, ella podría pa­­recer, lo que en efecto sería: una elusión o una eli­sión,6 y es por es­to que, con mucho gusto, trataré hoy de res­ponderle. Y esto tanto más cuan­­­to que ahí nos encontramos es­tricta­men­te en el camino de lo que tengo que describirles este año en lo que con­cierne a la angustia: la angustia, es lo que va a permitirnos volver a pa­sar, digo volver a pasar, por la articulación así reque­rida de mi par­te. Digo “volver a pasar”, por­que los que me han seguido durante es­tos últimos años — e incluso, sin for­zosamente haber sido aquí ab­so­lu­tamente asiduos, los que han leído lo que yo escribo — de ahora en ade­lante tienen más que al­gu­nos ele­­mentos para llenar, para hacer fun­cionar ese corte, ese hiato, como van a ver­lo en las pocas evocaciones con que voy a comenzar.

En verdad, no creo que haya, en lo que siempre he enseñado, dos tiempos: un tiempo que estaría centrado en el estadio del espejo, en algo puntualizado del lado de lo imaginario, y luego, a continua­ción, con ese momento de nuestra historia cuya re­­­ferencia es el Infor­me de Roma, el descubrimiento del significante, que habría he­­­cho de golpe. En un texto que, creo, ya no es de muy fácil acceso, pero, en fin, que se en­cuen­tra... en todas las buenas bibliotecas psiquiátricas, un texto apa­­re­ci­do en L´Evolution Psychiatrique que se llama Pa­la­bras sobre la cau­sa­­li­dad psíquica7 — dis­curso que hace que nos re­mon­temos, si re­cuer­do bien, hasta justo des­pués de la guerra, en 1946 — los que se in­te­re­san en la cuestión que se me ha planteado así, les rue­go que se re­mi­tan a él: verán en él algunas cosas que les pro­ba­rán que no es de aho­ra que, ese en­trejuego de esos dos registros, ha sido, por mí, ín­ti­ma­men­te trenzado.


En verdad, si ese discurso fue seguido por un silencio bastante prolongado, di­­gamos, ustedes no tienen que sorprenderse demasiado por ello: hu­­bo que recorrer algún ca­mino, después, para abrir a ese dis­curso cier­­to número de orejas, y no crean que en el momento en que — si eso les interesa, vuelvan a leer esas Palabras sobre la cau­sa­li­dad psí­qui­­ca — en el momento en que las sostuve, a esas palabras, las ore­jas pa­ra escucharlo fueran tan fáciles.

En verdad, puesto que fue en Bonneval que esas palabras fueron sos­teni­das, y que una cita más reciente en Bonneval pudo, para algu­nos, po­ner de mani­fies­to el camino recorrido,8 sepan bien que las reac­ciones a esas primeras Pa­la­bras fue­ron bastante asombrosas. El pú­di­co tér­­mino de ambivalencia, del que nos servimos en el medio ana­lí­ti­co, ca­racteriza mejor que ningún otro las reacciones que registré a esas Palabras, e incluso — puesto que, se me va a buscar respecto a ese asunto — que no encuentro absolutamente inútil señalar que en un momento — en el que cier­to número de ustedes ya estaban lo bastante for­mados como para acordarse de eso — que en un momento que era de post-guerra y de no sé qué movimiento de re­no­vación que podía es­pe­rarse de él — y cuan­­do se me lleva a esa época no pue­do dejar de recordar de pron­to lo siguiente, en fin — que aquéllos que ciertamente no eran, individualmen­te, los menos dis­pues­tos a escuchar un discurso que era entonces muy nuevo — que eran personas si­tua­das en cierto lu­gar, en fin, que políticamente se llama la izquierda, e incluso la ex­tre­­ma izquierda, en fin, los comunistas, para llamarlos por su nom­bre — dieron prue­ba muy es­­pecialmente, en esa ocasión, de esa especie de cosa... de reacción, de mo­­do, de estilo, que me es preciso poner bien de manifiesto por medio de un tér­mi­no que es de uso corriente...

aunque habría... habría que detenerse un ins­­tante antes de avan­zar su em­pleo: es un término muy injusto con res­­pecto a los que lo invocan en el origen, pero es un término que ter­mi­nó por to­mar un sentido que no es am­biguo — quizá ten­dre­mos, lue­­go, que volver a él — yo lo em­pleo aquí en el sentido cor­tés

...es el tér­­mi­no de fariseísmo.


Diré que en esa ocasión, en ese vasito de agua que es nuestro medio psiquiátrico, el fariseísmo comunista cumplió verdaderamente, a pleno, la función de aque­llo a lo que lo hemos visto dedicarse para, al menos, nuestra generación ac­tual, aquí, en Francia, a saber: para asegurar la permanencia de esa suma de há­bi­tos, buenos o malos, don­de cier­to orden establecido encuentra su confort y su se­gu­­ridad. En re­sumen, no puedo dejar de testimoniar que fue a sus muy especiales re­­servas que debo el haber comprendido, en ese momento, que mi dis­cur­­so demoraría todavía mucho tiempo en hacerse escuchar. De ahí el silencio en cuestión, y la aplicación que puse en consagrarme a, so­la­men­­te, hacerlo penetrar en el medio al que su experiencia volvía más apto para escucharlo, a saber, el medio analítico. Les ahorro las aven­tu­ras que siguieron.

Pero si esto puede hacer que ustedes vuelvan a leer las Palabras sobre la cau­salidad psí­quica, verán, sobre todo después de lo que les habré di­cho hoy, que, ya desde entonces, existía la trama en la cual se inscribe cada una de las dos perspectivas que mi in­ter­lo­cutor dis­tin­gue, no sin ra­zón. Esas dos perspectivas, están aquí puntualizadas por esas dos lí­neas [puntilladas]9 coloreadas, la vertical en azul, la horizon­tal en ro­jo, que el signo [i] de lo imaginario y [s] de lo simbólico de­sig­nan aquí respectivamente.


Hay muchas maneras de recordarles que la articulación del su­je­to con el pe­­queño otro y la articulación del sujeto con el gran Otro *no viven separadas*10 en lo que les demuestro. Habría más de una mane­ra de recordárselos. Voy a recordárselos en un cierto número de mo­mentos que ya han sido esclarecidos, puntualizados co­­mo esenciales en mi dis­­curso. Les hago observar que lo que ustedes ven ahí, en mi pizarrón, en las otras líneas dibujadas — van a ver situar los elemen­tos que es­­tán en juego — no es otra cosa que un esquema, ya publica­do en las ob­­servaciones que creí deber hacer sobre el informe en Ro­yaumont de Da­­niel Lagache11, y este di­­bujo, en el que se articula algo que tie­ne la más estrecha relación con nuestro asunto {sujet}, es decir la fun­ción de dependencia de lo que — retomándolo, este informe de Da­niel Lagache, pero también de un discurso anterior que yo había he­cho aquí, *desde el*12 se­gun­­­­do año de mi se­minario13 — que yo lla­maba respectivamente el yo-ideal y el ideal del yo.
Sí, recordemos entonces cómo la relación especular se encuen­tra insertada, resulta entonces que toma su lugar, re­sulta que depende del hecho de que el sujeto se constituye en el lu­gar del Otro. Se consti­tu­ye *por su marca en la re­lación*14 con el significante. Ya, nada más que en la pequeña imagen ejemplar de don­de parte la de­mostración del es­tadio del espejo, en ese momento que se dice jubilatorio donde el niño se asume como totalidad que funciona como tal, en su imagen es­pecular, ¿acaso no es desde siempre que he re­cor­­dado la relación esen­cial en ese mo­men­to, de ese movimiento que hace que el niñito, que viene a captarse en esa ex­periencia inaugural del reconocimiento en el espejo, se vuelve hacia quien lo lle­­va, quien lo so­porta, quien lo sos­tie­ne, quien está ahí detrás de él, hacia el adul­to...

que se vuel­ve en un mo­vimiento ver­daderamente tan fre­cuen­te, yo di­­ría, constante, que to­dos, pienso, pueden tener el recuerdo de ese mo­­­vimiento

...y se vuel­ve hacia aquel que lo lle­­va, hacia el adulto, hacia aquel que, ahí, re­pre­senta al gran Otro, co­mo para so­li­­citar, de al­gu­na manera, su asen­ti­miento, hacia lo que, en ese momento, el niño...

de quien nos es­for­za­mos por asumir el contenido de su expe­riencia, de quien reconstruimos en el estadio del espejo cuál es el sentido de ese momento, ha­ciéndolo remitirse a ese mo­vi­miento de *rotación*15 de la cabeza

...que se da vuelta y que vuelve hacia la ima­gen, parece demandarle que ratifique: el valor de esta imagen. Desde lue­go, esto que les re­cuerdo no es ahí más que un indicio, habida cuen­ta del vínculo inau­­gu­ral de esa relación con el gran Otro con ese advenimiento de la fun­ción de la imagen especular, así notada, como siem­pre, por i(a).

¿Pero tenemos que atenernos a eso? Y, puesto que es en el inte­rior de un tra­bajo que yo había pedido a mi interlocutor, en lo concer­nien­te a las dudas que le ve­nían a propósito particularmente de lo que avan­­zó Claude Lévi-Strauss en su li­bro El pen­samiento salvaje, que, lo verán, tiene una relación verdaderamente es­tre­cha con lo que — me he referido recién a la actualidad — tenemos que decir este año. Pues creo que lo que tenemos que abor­dar aquí, para marcar esta suerte de progreso que constituye el uso de la razón psi­­­co­analítica, es algo que viene a responder, precisamente, a esa hian­cia en la que más de uno de uste­des, por el momento, permanece de­te­ni­do: la que muestra, a todo lo lar­go de su desarrollo, Claude Lévi-Strauss, en esa especie de opo­si­­ción de lo que él llama razón analítica con la razón dialéctica.16


Y es precisamente, en efecto, alrededor de esta oposición que yo quisiera, fi­nalmente, instituir, en este tiempo presente, la ob­serva­ción introductoria siguien­te, que tengo que hacerles en mi camino de hoy. ¿Qué he puesto de relieve, extraído, del paso inaugural, cons­ti­tui­do en el pensamiento de Freud por La Ciencia de los Sueños,17 sino esto, que les recuerdo, y sobre lo cual he puesto el acento: que Freud pri­mero introduce el inconsciente, a propósito del sueño, precisamente como un lugar, que él llama eine anderer Schauplatz, otra escena?18 Des­­de el co­mien­zo, desde la entrada en juego de la función, de *el in­consciente*19, este término y esta función *de escena*20 se introduce allí como esencial.
¡Y bien!, creo en efecto que ése es un modo constituyente de lo que es, di­ga­mos, nuestra razón, de ese camino que buscamos para dis­cernir sus estructuras. Para hacerles entender lo que voy a decirles, di­ga­­mos, sin más — será preciso que vol­­vamos a ello, pues todavía no sa­­­bemos lo que eso quiere decir — el primer tiem­po... El primer tiem­po, es: hay el mundo. Y digamos que la razón analítica, a la que el dis­curso de Claude Lévi-Strauss tiende a dar la primacía, concierne a ese mundo tal como es, y le acuerda, con esa primacía, una homogeneidad al fin de cuen­tas singular, que es precisamente lo que choca y perturba a los más lúcidos de us­tedes, que no pueden dejar de puntualizar, de discernir, lo que esto comporta co­mo retorno a lo que se podría llamar una suerte de materialismo primario, en toda la medida en que, en el límite de ese discurso, el juego mismo de la estructura, de la combina­toria, tan poderosamente articulada por el discurso de Claude Lévi-Strauss, no haría más que reunirse con, por ejemplo, la estructura mis­ma del cerebro, in­cluso la estructura de la materia, de la que no re­pre­sentaría, según la forma que se decía materialismo en el siglo XVIII, más que el doblete {doublet}, aunque no el forro {doublure}. Sé bien que ésa no es más que una perspectiva en el límite que po­demos cap­tar, pe­ro que es válido captar, puesto que de alguna manera está articu­lada expresamente.
Ahora bien, la dimensión de la escena, su división con respecto al lugar, mundano o no, cósmico o no, donde está el espectador, está ahí precisamente para fi­gurar a nuestros ojos la distinción radical de ese lugar donde las co­sas, así fuesen las cosas del mun­do, donde todas las cosas del mundo vienen a de­cirse, a ponerse en escena, según las leyes del significante, a las que de ninguna ma­nera podríamos tenerlas de entrada por homogéneas a las leyes del mundo.
La exis­tencia del discurso *y*21 lo que hace que estemos en él im­plicados co­mo sujetos, no es sino demasiado evidentemente muy anterior al ad­ve­ni­miento de la ciencia. Y el esfuerzo, en fin, maravillo­so por su lado de­sesperado, que realiza Claude Lévi-Strauss, para ho­mo­geneizar el dis­­curso que él llama de la magia con el dis­cur­so de la ciencia, es precisamente algo que es admirablemente instructivo, pero que no pue­de, ni por un sólo instante, llevar hasta la ilusión de que no hay ahí... un tiempo, un corte, una diferencia. Y voy a acentuar en se­gui­da lo que quie­­ro decir con eso y lo que al respecto tenemos ahí para de­cir.

Entonces, *primer tiempo: el mundo*22. Segundo tiempo, la es­cena sobre la cual hacemos montar ese mundo. Y esto, es la dimensión de la historia. La historia siempre tiene ese carácter de puesta en esce­na. Es precisamente respecto a esto que el discurso de Claude Lévi-Strauss, especialmente en el capítulo en el que res­pon­de a Jean-Paul Sar­tre — el último desarrollo que Jean-Paul Sartre instituye para rea­li­zar esa ope­ración que la vez pasada yo llamaba volver a poner a la historia dentro de sus varales — la limitación del alcance del juego his­tórico, el re­­cuerdo de que el tiempo de la historia se distingue del tiem­po cós­mi­co...

que las fechas mis­mas toman de pronto otro va­lor, según se lla­men 2 de diciembre o 18 brumario, y que no se trata del mismo calendario que aquel del que ustedes arrancan las pá­gi­nas todos los días.

La prue­­ba, es que estas fechas tienen para ustedes otro sentido, que ellas son vueltas a evocar, cuando es preciso, cual­quier otro día del ca­lendario, como dándoles su mar­ca, su ca­rac­te­rís­ti­ca, su estilo de diferencia o de repeti­ción.23

...en­­­tonces, una vez que la escena ha tomado el relevo, lo que sucede, es que el mun­do está enteramente montado en ella, y que, con Descar­tes, podemos decir: “So­bre la escena del mundo, yo avan­zo”, como él lo hace, *larvatus* “en­mas­carado”,24 y que, a par­tir de ahí, puede for­mularse la cuestión de sa­ber lo que debe el mundo — lo que en el punto de partida hemos lla­ma­do, con total inocencia, el mundo — lo que el mundo debe a lo que le ha vuelto a descender desde esa escena.
*¿Acaso*25 to­do lo que he­mos lla­mado el mundo en el curso de la his­toria...? — y cuyos re­­si­duos se han super­pues­to, acu­mulado, por otra parte sin el menor cuidado por las contradicciones, y que la cultu­ra nos vehiculiza como siendo el mun­do *y*26 un apilamiento, un al­macén de rui­­nas de mundos que se han sucedido...

y que, para ser in­com­pa­ti­bles, no por ello se aco­modan menos excesivamente bien, en el in­te­rior de cada uno: es­truc­tu­ra de la que el campo particular de nuestra expe­riencia nos permite me­dir la preg­nan­cia, la profundidad, especialmente en la del neuró­tico ob­sesivo

del que Freud mis­mo se­ñaló, des­de hace tiempo, cuánto podían co­e­xis­tir éstos, esos mundos cós­mi­cos, de la ma­nera que apa­rente­men­te pro­duce pa­ra él menos objecio­nes, aun mani­fes­tan­do la más per­­fecta heterogeneidad, desde el primer abor­daje, desde el primer examen

...en re­sumen, la puesta en tela de juicio de lo que es el mundo *del cosmismo*27 en lo real es, a par­tir del mo­men­to en que hicimos re­fe­rencia a la es­ce­na, lo más le­gí­ti­­mo que hay. ¿Acaso aquello con lo que cre­emos tener que ver como mundo, aca­so eso no es, muy sim­ple­men­te, los restos acu­mulados de lo que llegaba de la escena cuando, si puedo decir, la escena estaba en gi­ra?

¡Y bien!, este recuerdo... este re­cuer­do va a introducirnos una tercera observación, un tercer tiempo *que yo debía re­cor­dar­les co­mo discurso anterior*28, y tanto más, quizá, esta vez, de una manera insis­tente, cuanto que no es un tiempo... que no tuve el tiempo suficiente, en esa época, para acen­tuarlo.29
Puesto que hablamos de escena, sa­bemos qué fun­­ción tiene, jus­­ta­mente, el teatro en el funcionamiento de los mitos que a nosotros, los analistas, nos permiten pensar. Los vuel­vo a llevar a Hamlet, y a ese punto crucial que ya cons­ti­tu­yó un pro­blema para numerosos auto­res y más particularmente para Rank — quien sobre ese punto hi­zo un ar­tículo que en todo sentido, visto el mo­mento precoz en que fue lan­zado por él, un artículo admirable en todo sentido — esto es, la aten­ción que él atra­­jo sobre la función de la escena sobre la es­ce­na.30
¿Qué es lo que Hamlet, Hamlet de Shakespeare, Hamlet, el per­so­­naje de la es­cena, qué es lo que Hamlet hace llegar sobre la escena con los comediantes? Sin duda, la mouse-trap, la ratonera, con la cual, nos dice, va a capturar, a atrapar, la con­ciencia del rey, pero, aparte de que allí ocurren cosas muy extrañas...

y en par­ti­cu­lar ésta en la cual, en la época, en el tiempo en que les hablé ya tan extensamen­te de Ham­­let, no quise introducirlos, porque eso nos hubiera orientado den­tro de una literatura, en el fondo, más hamlética — ustedes saben que existe, que existe al punto en que hay con qué cubrir estas paredes — más ham­lética que psicoanalítica



...y que allí suceden cosas muy extra­ñas, com­prendida la siguiente, es­to es que, cuan­do la escena se jue­ga, a ma­ne­ra de prólogo, antes de que los actores co­miencen sus dis­cursos, ¡y bien!, esto no parece agi­tar mucho al rey, mientras que, sin em­bargo, los presuntos gestos de su crimen están ahí, ante él, pantomimados.31
Por el contrario, hay algo muy extraño, y es el verdadero des­bor­de, la cri­sis de agi­tación que le agarra a Hamlet a partir de cierto momento, en que viene sobre la es­cena, tras algunos discursos, en que vie­ne el mo­mento crucial: aquel donde el per­so­na­je denominado Lu­cia­nus, o Lu­­ciano, cumple... ejecuta su crimen sobre aquel de los dos per­sonajes que representa al rey, al rey de comedia, *justo después que*32, en su discurso, és­te se ha­ya afirmado, asegurado como siendo el rey de una determinada dimensión, así como aquella que representa a su cónyuge, su esposa, des­pués de que la situación haya sido bien es­tablecida. Todos los au­to­res que se detuvieron en esta es­cena señala­ron que el atavío del per­so­na­je es exactamente, no el del rey que se trata de atrapar, sino el del propio Ham­let, y que también está indicado que ese per­­so­na­je no es her­mano del rey de comedia, no está con él en una relación que se­ría ho­móloga a la del usurpador que en la tragedia es­tá en posesión de la rei­na Ger­­tru­dis, luego de consumado su ase­si­na­to, sino en una po­si­ción homóloga a la que Ham­let tiene con ese per­so­naje: que es el so­bri­no del rey de comedia.
¿Qué es pues, al fin de cuentas, lo que Hamlet hace representar so­­bre la es­ce­na? Es él mismo, consumando el crimen en cuestión. Ese per­sonaje, cuyo deseo, por las razones que traté de articular para uste­des, no puede animarse *para*33 cumplir la voluntad del ghost, del es­pectro,34 de su padre, ese personaje intenta dar cuerpo a algo, y aque­llo a lo que se trata de dar cuerpo pasa por su imagen verdaderamente, ahí, es­pecular; su imagen *no en la situación, el modo de cum­plir*35 su ven­gan­za, si­no de asumir primero el crimen que se tratará de ven­gar.
Aho­ra bien, ¿qué es lo que vemos? Que esto es insuficiente, que en vano se esfuerza por aprehenderse, tras esa especie de efecto de lin­terna mágica, por lo que verdaderamente se puede — en sus palabras, en su estilo, en la manera absolutamente ordinaria, por otra parte, con que los actores animan ese momento —... por medio de una verdadera pe­queña cri­­sis de agitación maníaca, cuando resulta, en el ins­tan­te si­guiente, que tiene a su enemigo a su alcance, él no sabe articular sino lo que, para cualquier oyen­­te, y, en fin, para siempre, lo que no ha po­dido ser sentido más que como una es­­ca­pa­toria... una escapatoria tras un pretexto: esto es que, seguramente, él atrapa a su enemigo en un momento demasiado san­to — el rey está rezando — para que él pueda resolver­se, gol­pe­án­do­lo en ese momento, a hacerlo acceder di­rec­ta­mente al cielo.

No voy a demorarme traduciendo todo lo que quiere decir esto, pues aquí ten­go que ir más lejos. Quiero avanzar bastante, hoy, y ha­cerles observar que, al la­do de ese fracaso, articulé poderosamente, en­ton­ces, este segundo momento — les mos­tré todo su alcance. — Es en la me­­dida en que se produce una identificación de una na­tu­ra­le­za com­pletamente di­fe­rente, que llamé identificación con Ofelia, es en la me­dida en que el al­ma furiosa que legítimamente podemos inferir que es la de la víc­ti­ma, de la suicida, manifiestamente ofrecida en sa­cri­fi­cio a los manes de su padre...

pues es a continuación del asesinato de su padre que ella se quiebra, que ella sucumbe — *pero*36 esto nos mues­tra las cre­encias de siempre, en lo que concierne a las consecuen­cias de ciertos modos de fa­llecimiento, por el hecho mismo de que las ceremonias fu­­ne­ra­rias, en su caso, no pueden ser plenamente cumpli­das, que nada se ha aplacado de la venganza que ella gri­ta, ella

...que es en el momento de la re­ve­la­ción de lo que ha sido para él ese objeto descuidado, desconocido,37 que ve­mos, ahí, jugar en Sha­kes­pea­re, al desnudo, esa iden­ti­fi­ca­ción al ob­je­to que Freud nos designa co­mo siendo el resorte mayor de la función del duelo, esa definición im­placable, diría, que Freud ha sa­bi­do dar del duelo, esa especie de re­vés que designó en los llantos que le son consagrados, ese fondo de re­pro­ches que hay en el hecho de que no se quiera, de la realidad de aquel que se ha perdido, no querer acor­dar­se más que de lo que dejó como pesares.38 ¡Qué sorprendente crueldad, y bien hecha para re­cor­dar­nos la legitimidad de modos de celebración más primitivos que al­gunas prác­ticas co­lectivas saben todavía ha­cer vi­vir! ¿Por qué no se re­gocijaría uno por que él ha­ya existido? Los campesinos, de quienes creemos que ahogan, en banquetes, una insensibilidad perjudicial, es pre­ci­sa­men­te otra cosa lo que hacen: esto es, [celebran] el adveni­miento de aquel que ha si­do a la especie de gloria simple que merece como ha­biendo sido en­tre nosotros, simplemente, un ser vivo.


Es­­ta identificación al ob­je­to del duelo que Freud designó así, bajo sus modos negativos, no olvidemos que tie­ne, si existe, también su *cara*39 po­­sitiva; que la entrada, en Hamlet, de lo que aquí he lla­ma­do... el fu­ror del alma femenina, es la que le da la fuerza para con­ver­tirse, a par­tir de ahí, en ese sonámbulo que acepta todo, hasta, y com­prendido — lo he des­ta­ca­do suficientemente — ser en el combate el que sostiene la apue­­sta, el que sos­tie­ne la partida por su enemigo, el rey mismo, con­tra su imagen especular, que es La­er­tes. Las cosas, a par­tir de ahí, se arre­­glarán solitas y sin que, en suma, él haga na­da más que exac­ta­men­­te lo que no hay que hacer, para llevarlo hasta lo que tie­­ne que ha­cer, a saber, antes de que él mismo sea herido de muer­te, antes, para ma­tar al rey.
Te­nemos aquí la dis­tan­cia, la di­fe­ren­cia que hay entre dos tipos de iden­tificaciones ima­gi­na­rias: aquella al... a: i(a), ima­gen especular tal co­mo nos es dada en el mo­mento de la escena sobre la es­ce­na; aque­lla más misteriosa — cuyo enigma comienza ahí a ser de­sa­rro­lla­do — a algo dis­tinto: el objeto, el ob­jeto del deseo como tal, de­sig­na­do sin nin­guna am­bi­güe­dad, en la ar­ti­culación shakespeariana, como tal, pues­to que es justamente como objeto del deseo que ha sido, hasta cierto mo­mento, descuidado; que es reintegrado sobre la escena, por la vía de la identificación, jus­ta­men­te, en la medida en que, como ob­jeto, viene a desaparecer; que la di­men­sión, si podemos decir, retro­activa...

esa di­men­sión del imperfecto, bajo la forma ambigua en que es empleado en francés, que es la que da su fuer­za a la manera con que repito ante us­te­des el: il ne sa­vait pas {él no sabía}, lo que quiere de­cir: “en el último mo­mento él no ha sabido, un poco más, él iba a sa­ber”.40

...ese objeto del de­­seo, del que no es por na­da que de­seo *en latín*41 se dice de­si­de­rium, a saber, ese reconocimiento re­tro­ac­ti­vo; ese ob­je­to que estaba ahí, es por este camino que se si­túa el re­tor­no de Hamlet, lo que es la pun­ta de su destino, de su fun­ción de Ham­let, si puedo ex­presarme así, de su acabamiento hamlético.

Es aquí que este tercer tiempo de re­fe­ren­cia a mi discurso prece­dente nos muestra a dónde conviene llevar la interrogación — la inte­rrogación, como ya lo sa­ben ustedes desde ha­ce mucho tiempo, por­que es la misma bajo múl­tiples ángulos, que yo re­nuevo siempre —: el es­­tatuto del objeto en tan­to que objeto del deseo...

To­do lo que dice Clau­­de Lévi-Strauss de la función de la magia, de la función del mito, tie­­­ne su valor a condición de que se­pa­mos que se trata de la relación con ese ob­je­to que tiene el esta­tuto de objeto del de­seo... estatuto que, con­vengo en ello, no es­tá to­­davía establecido; que es nuestro objeto de este año, por la vía del abordaje de la angustia, hacer avanzar

...y que conviene, sin embargo, no confundir ese objeto del de­seo con el ob­jeto de­finido por la epis­te­mo­lo­gía como advenimiento de cierto obje­­to cien­­tíficamente definido, co­mo advenimiento del objeto que es el objeto de nuestra ciencia, *muy*42 específicamente definido por cierto descubrimiento de la eficacia de la ope­ra­ción significante como tal. Lo pro­pio de nuestra ciencia, digo de la ciencia que existe desde hace dos si­glos entre nosotros, deja abierta la cues­tión que recién lla­mé el cos­mis­mo del objeto.


No es seguro que haya un cosmos, y nuestra ciencia avanza en la medida en que ha renunciado a preservar toda presuposición cós­mi­ca o cosmicizante. Vol­ve­mos a encontrar ese punto de referencia esen­cial, a tal punto esencial que uno no puede dejar de asombrarse de que al restituir bajo una forma moderna una especie de permanencia, de perpetuidad, de eternidad del cosmismo de la realidad del objeto, Claude Lévi-Strauss, en El pensamiento salvaje, no aporte a todo el mundo la especie de seguridad, de serenidad, de apaciguamiento epi­cúreo que debería resultar. Se plantea la cuestión de saber si son úni­ca­­mente los psicoanalistas quienes no se contentan, o si es todo el mundo.
Ahora bien, yo pretendo, aunque to­davía no tenga pruebas de ello, que debe ser todo el mundo. Se trata de dar ra­zón de por qué: ¿Por qué no nos contenta ver de pronto al totemismo, si podemos de­cir, vaciado de su contenido, que yo llamaré, groseramente, para ha­cerme en­tender, pasional? ¿Por qué no nos contenta que el mundo es­té, des­de la era neo­lí­ti­ca — porque no podemos remontarnos más atrás — ya has­ta tal punto en orden que todo no sea más que olitas insigni­ficantes en la superficie de ese orden? En otros términos, ¿por qué queremos pre­ser­var tanto la dimensión de la angustia? De­be haber una ra­zón para eso, pues el sesgo, la vía de pasaje que está aquí de­sig­nada por no­so­tros, entre ese retorno a un cosmismo asegurado, y por otra par­te el mantenimiento de un patetismo histórico al que tampoco nos atenemos tanto, aunque tenga justamente toda su función, es precisa­mente por el estudio de la función de la angustia que ese camino que bus­­ca­mos debe pasar, y es por esto que estoy lle­vado a recordarles los términos donde se muestra cómo se anuda precisamente la relación es­pecular con la relación al gran Otro.

En ese artículo al que les pido que se remitan,43 porque no voy a rehacerlo aquí enteramente, lo que el apa­ra­­to,44 la pequeña imagen que sus­­cité para hacer comprender lo que es­tá en juego, aquello a lo que este aparato está destinado, es lo siguiente: es a re­cor­dar­nos es­to, que al final de mi se­mi­­nario sobre el deseo45 he acentuado, es que la fun­ción del investimento especular se con­cibe situada en el in­te­rior de la dialéctica del narcisismo tal como Freud la ha in­troducido.
Este investimento de la imagen especular es un tiempo funda­me­ntal de la relación imaginaria, fundamental en cuanto que tiene un límite, y éste es que no to­do el investimento libidinal pasa por la ima­gen especular: hay un resto.46 Este res­to, ya he intentado y, espero, he logrado suficientemente, hacerles concebir có­mo y por qué podemos caracterizarlo bajo un modo central, pivote, en toda esta dia­léctica, y es aquí que retomaré la próxima vez, y que les mostraré en qué esta función es privilegiada, más que lo que todavía he podido hacerlo has­ta aquí, ba­jo el modo, digo, del falo.47
Y esto quiere decir que, en consecuencia, en todo lo que es lo­calización imaginaria, el falo vendrá, bajo la forma de una falta {man­que}, de un (-φ) {menos phi}, en toda la medida en que se realice48 *aquí [en i(a)]*49 lo que he llamado la ima­gen real. La constitución, en el material del su­je­to, de la imagen del cuerpo funcio­nando como pro­piamente imagi­na­ria, es decir libidinalizada, el falo aparece en me­nos, aparece como un blan­co. El falo, sin duda, es una reserva ope­ra­toria, pero no só­la­men­te no está representado a nivel de lo ima­gi­na­rio, sino que es­tá delimitado y, para decir el término, cortado de la ima­gen especular...50

todo lo que, el año pasado, traté de articularles al­rededor del cross-cap y, pa­ra añadir una clavija a esta dialéctica, al­go que, en el pla­no de este dominio am­bi­guo de la topología...

en cuan­to que ella re­du­ce al extremo los datos de lo ima­gina­rio, en cuan­to que ella juega en una suerte de trans-espacio del que, al fin de cuen­tas, to­do da para pen­sar que está hecho de la *pura*51 articulación sig­ni­ficante, aun dejando to­­­davía a nuestro alcance algunos elementos in­tuitivos, jus­ta­men­te los so­portados por esta imagen bi­za­rra, y sin em­bar­go cuán ex­pre­­siva, del cross-cap, que he manipulado ante ustedes du­rante más de un mes,52 pa­ra hacerles concebir có­mo, en una su­per­fi­cie así definida co­mo era aquella [fig. 2]53 — no la recuerdo aquí — el corte puede instituir dos fragmentos, dos piezas diferentes [fig. 3], una que puede tener una ima­gen es­pecu­lar [b] y la otra que [a], li­te­ral­men­te, no la tiene.54

...la relación de esa re­ser­va, de esa re­serva ina­prehensible ima­gi­na­ria­mente...

aunque esté li­ga­da... a un ór­ga­no, gra­cias a Dios, todavía per­fec­tamente aprehensible, es decir el del ins­tru­men­­to que de todos modos cada tanto deberá en­trar en acción pa­ra la satisfacción del deseo

...el falo, la re­la­ción de ese (-) con la constitución del a que es ese resto, ese residuo, ese objeto cu­­yo es­ta­tu­to es­ca­pa al es­tatuto del ob­je­to derivado de la imagen espe­cu­­lar, esca­pa a las leyes de la estética trascendental, ese objeto cuyo es­tatuto es pa­­ra no­­sotros tan difícil de articular que es por ahí que entraron en la teo­ría ana­­lí­ti­ca to­das las confu­siones, ese objeto a del que no hemos he­cho más que in­­tro­du­cir sus ca­rac­te­rís­ti­cas constituyentes y que trae­mos aquí a la or­den del día, ese ob­je­to a, es de él que se trata toda vez que Freud habla del ob­jeto cuando se trata de la angustia. La ambigüedad se sustenta en la manera en que no podemos hacer más que ima­gi­nar a es­te ob­jeto en el registro especular.



Precisamente, se tra­ta de ins­ti­­tuir aquí, y lo ha­re­­mos, podemos hacerlo, instituir otro modo de imagi­na­ri­­zación, si puedo expre­sar­me así, donde se de­fi­na este ob­je­to. Es lo que lle­ga­re­mos a hacer, si quie­ren se­guirme, es decir, paso a paso.
¿De dónde ha­go partir la dia­léctica, en ese artícu­lo del que les ha­blo?55 De un S, el su­jeto como posible, el su­jeto porque es preciso hablar de él si se le habla, el sujeto cuyo modelo nos es da­do por la con­cepción clásica del sujeto, con esta sola condición de que lo li­mi­ta­mos al he­­cho de que él ha­bla, y, desde que habla, se produce algo: *si*56 co­mien­­za a hablar, el trazo unario {le trait unaire} en­tra en jue­go. La iden­tificación *primaria*57, en ese pun­to de partida que consti­tuye el he­­­cho de poder decir uno {un} y uno, y otra vez uno, y otra vez uno, y que es siem­pre de un uno que es preciso que partamos, es a partir de ahí — el esquema del ar­tí­culo en cuestión lo dibuja — a par­tir de ahí que se ins­­tituye la posibilidad del re­conocimiento como tal de la uni­dad lla­ma­­da i(a). Esta i(a) es dada en la expe­rien­cia especu­lar, pero, co­mo se los he dicho, esta expe­rien­cia especular es autentifi­cada por el Otro, y co­mo tal, a nivel del signo i’(a) — re­cuerden mi esquema, no pue­do vol­ver a darles al respecto los términos de la pe­que­ña experiencia de física di­vertida que me sirvió para poder figurár­selos58i’(a), que es la ima­gen virtual de una imagen real; a nivel de esta ima­gen virtual, no apa­­rece aquí nada. He escrito [arriba] (-), por­que tendremos que llevarlo ahí la próxima vez.
(-) no es más vi­sible, no es más sensible, no es más pre­sen­ti­fi­cable ahí,59 que lo que lo es aquí;60 (-) no ha entrado en lo imagina­rio. *El resorte principial*61, inaugural, el tiem­po, in­sis­­to, del que ha­blamos, se sos­tie­ne en esto — que habrá que es­perar a la vez que vie­ne para que yo se los articule — que el deseo se sostiene en la relación que les he dado por ser la del fantasma, , el punzón62 — con su senti­do, que bien pron­to po­dre­mos leer de una ma­nera todavía di­ferente — a {  a}.
Esto quiere decir que sería en la medida en que el sujeto podría estar real­men­te, y no por intermedio del Otro, en el lugar de I, que ten­dría relación con lo que se trata de tomar en *el cuello*63 de la imagen especular original {i(a)}, a saber, el ob­jeto de su deseo {a}.
Esto, esos dos pilares, son el soporte de la función del deseo, y si el deseo existe, y sostiene al hombre en su existencia de hombre, es en la medida en que esta relación, por algún rodeo, es accesible, que algunos artificios nos dan acceso a la relación imaginaria que constitu­ye el fantasma. Pe­­ro esto de nin­gún modo es posible de una ma­nera efectiva: lo que el hombre tiene en frente de él, nunca es más que la imagen de lo que, en mi esquema, yo representaba — us­te­des lo sa­ben o no lo saben — por medio de i’(a). Lo que la ilusión del espe­jo esfé­rico pro­du­ce, aquí en el estado real, bajo una forma de imagen real, tiene su imagen vir­tual con nada en su *cuello*64. El a, soporte del de­seo en el fantasma, no es visible en lo que constituye, para el hombre, la imagen de su de­seo.65
Esta presencia, entonces, en otra parte, más acá — y, como aquí lo ven us­te­des, demasiado cerca de él para ser vista, si podemos decir — del a, es esto el initium del de­seo, y es de ahí que la imagen i’(a) obtie­ne su prestigio. Pero cuanto más el hombre se apro­xima, cerca, acaricia lo que él cree que es el objeto de su deseo, de he­cho más se des­­vía de él, más se desencamina, en cuanto que, justamente, todo lo que él hace, en ese camino, para aproximársele, da siempre más cuer­po a lo que, en el objeto de ese deseo, representa la imagen especular. Cuan­to más él va... cuanto más quiere él, en el objeto de su deseo, pre­ser­var, man­tener — escuchen bien lo que les digo — proteger — esto es, el aspec­to intacto de ese flo­rero primordial, que es la imagen espe­cular — cuan­to más se com­pro­me­te él en ese camino, que se llama a menudo, im­propiamente, el ca­­mi­no de la perfección de la relación de objeto, más se engaña.
Lo que constituye la angustia, es cuando algo, un mecanismo, hace apa­re­cer *aquí*66, en su lugar, que yo llamaré, para hacerme en­tender, sim­ple­men­te na­tural, en el lugar que corresponde al que ocupa el a del ob­jeto del deseo, algo,67 y cuan­do digo algo, entiendan cual­quier co­sa...

les ruego que, de aquí a la próxima vez, se tomen el tra­ba­jo, con es­­ta introducción que les doy al respecto, de releer el artí­cu­lo sobre lo Unheimlich.68 Es un artículo que jamás escuché co­men­tar, jamás, jamás escuché comentar, y del que nadie parece in­cluso percatarse de que es la cla­vija absolutamente indis­pen­sa­ble para abordar la cues­tión de la angustia. Así como he abor­da­do el inconsciente por me­dio del chiste,69 abor­daré este año la angustia por medio de lo Un­heim­lich

...esto es lo que aparece en este lugar70. Ahora bien, lo que de­be­ría es­tar en este lugar, es por esto que se los he escrito desde hoy, es el (-), algo que nos recuerda que aque­llo de lo que todo par­te, es de la cas­tra­ción imaginaria, que no hay, y con motivo {et pour cause}, imagen de la falta {man­­que}. Cuan­do ahí aparece algo, es entonces, si pue­do ex­presarme así, ¡que la falta viene a faltar!
Ahora bien, es­to po­drá parecerles *una agudeza, un chiste*71 bien en su lugar, en mi es­tilo, del que todos sa­ben que es gongórico. ¡Y bien, me importa un comino! Simplemente les haré ob­ser­var que pue­den pro­du­cirse muchas cosas, en el sentido de la ano­ma­lía, no es eso lo que nos angustia. Pero si, de gol­pe, viene a faltar toda nor­ma, es de­cir, lo que produce la anomalía, es decir, lo que produce la falta — pues la nor­ma es correlativa de la idea de falta — si de pronto, eso no falta — y cré­anme, traten de apli­car eso a mu­chas cosas — es en ese momento que comienza la an­gus­tia.
De manera que, de ahora en adelante, los autorizo a retomar la lec­tura de lo que dice Freud, en su último gran artículo sobre la an­gus­tia, el de Inhibición, sín­toma, angustia,72 del que ya hemos partido pa­ra una primera delineación. En­ton­ces, con esta clave, podrán ustedes ver el verdadero sentido a dar, bajo su plu­ma, al término de pér­di­da del objeto.

Es ahí que retomaré la próxima vez, y don­de espero dar su ver­da­dero sentido a nuestra investigación de este año.





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