The beast must die



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—Primero: ¿Suelen las madres envenenar a sus hijos para proteger el honor de la familia? Es muy fantástico. No me gusta.

—Por regla general no suelen hacerlo. Pero Ethel Rattery es una verdadera matrona romana, de la escuela más estoica. Además, no está muy bien de la cabeza. No debemos esperar de ella un comportamiento normal. Sabemos que es una autócrata decidida, fanática del honor de la familia, y que, como buena victoriana, considera que el escándalo sexual es la peor afrenta. Combine esas tres cosas y obtendrá una criminal en potencia. ¿Cuál es su segunda objeción?

—Usted opina que George confió a su madre sus sospechas acerca de Félix Cairnes. Que el asesino conocía el plan del dinghy, y que el veneno era sólo una segunda línea de ataque, por si fracasaba la tentativa de Félix. Ahora bien, si la señora Rattery tenía intención de envenenar a su hijo solamente en el caso de no tener éxito la petición que pensaba hacer a Carfax, esta petición hubiera debido producirse mucho antes. Porque si no, Carfax podría acceder en el mismo instante en que George estaba ahogándose, y ella lo sabía. No tiene sentido.

—Usted confunde dos teorías mías diferentes. Sugiero que la señora Rattery, lo mismo que George, conocía el plan del dinghy, descrito por Félix en su diario. Pero también sugiero que lo discutieron juntos y que George dijo a su madre que representaría hasta el final su papel de víctima para obtener una confirmación absoluta de las intenciones de Félix, y que en el último momento cambiaría los papeles, diciéndole a Félix que su diario estaba en manos de un abogado. En realidad, George no tenía ninguna intención de dejarse ahogar, y su madre lo sabía. Pero ella tenía toda la intención de envenenarle si fracasaba su entrevista con Carfax.

—Sí. Por supuesto. Eso es ciertamente posible. Bueno, éste es un caso extraño. La señora Rattery, Violeta Rattery, Carfax y Cairnes, todos tuvieron oportunidad y motivo para matar a George Rattery. La señorita Lawson también; tuvo la oportunidad, pero es difícil imaginarse cuál pudo ser el motivo. Es muy extraño que ninguno de ellos tenga coartadas. Me sentiría más feliz con una bonita y jugosa coartada donde poder hincar los dientes.

—¿Y la de Rhoda Carfax?

—Sería demasiado. Estuvo en Cheltenham desde las diez y media hasta las seis de la tarde, jugando en un campeonato de tenis. Después se fue con unos amigos a comer al Plough y no volvió aquí hasta las nueve. Por supuesto, tenemos que comprobar todas las declaraciones; pero hasta ahora no existe la menor posibilidad de que haya podido escabullirse hasta aquí durante la tarde. Parece que no era un campeonato muy importante; cuando no jugaba, hacía de arbitro o charlaba con sus conocidos.

—Eso parece eliminarla. Bueno, ¿adonde vamos ahora?

—Tengo otra entrevista con la señora Rattery. Estaba a punto de entrar cuando me tiraron la botella por la cabeza.

—¿Puedo asistir?

—Muy bien. Pero déjeme hablar a mí, por favor.

12

Era la primera vez que Nigel tenía oportunidad de estudiar desapasionadamente a la madre de George. El otro día, en el boudoir de Violeta, habían revuelto tanto barro que le había sido imposible reflexionar tranquilamente. Ahora, de pie en medio de su habitación y extendiendo hacia él un brazo del cual descendían en diversos pliegues las voluminosas telas negras de su duelo, Ethel Rattery parecía un modelo posando para una estatua del Ángel de la Muerte.



Sus facciones ásperas y amplias, debajo de su expresión de dolor convencional y preparado, no parecían mostrar ni sufrimiento ni contrición, ni piedad ni temor. Más que el modelo parecía la estatua. «En lo más profundo de su ser —pensó Nigel— hay un núcleo pétreo y apagado, un principio antivital.» Notó brevemente, cuando le daba la mano, un enorme lunar negro en su antebrazo, con largos pelos: era muy desagradable a la vista, y sin embargo, en ese momento daba la impresión de ser lo único vivo en ella. Luego, con una inclinación vacilante de su cabeza hacia Nigel, se dirigió a una silla y se sentó; la ilusión se desvaneció de inmediato. Ya no era el ángel de la muerte, el pilar de sal negra, sino una vieja desgarbada cuyas temblorosas piernas de pato eran, grotescamente, demasiado pequeñas para el cuerpo que soportaban. No obstante, los pensamientos vagabundos de Nigel fueron repentinamente traídos a la realidad por las primeras palabras de la señora Rattery. Sentada, rápidamente erguida en su alta silla, con las manos dispuestas con las palmas para arriba sobre sus amplias faldas, dijo a Blount:

—He decidido, inspector, que este triste asunto ha sido un accidente. Creo que será mejor para todos las partes interesadas considerado así. Un accidente. Por lo tanto, no necesitaremos más de sus servicios. ¿Para cuándo puede ordenar que sus hombres se retiren de mi casa?

Por su temperamento y por su experiencia, Blount no era un hombre fácilmente alarmable, y raras veces permitía a su rostro expresar la sorpresa que su espíritu podía sentir; pero ahora, por un instante, quedó francamente boquiabierto frente a la anciana.

Nigel sacó un cigarrillo, y rápidamente lo guardó de nuevo en su pitillera. Pensó: «Loca, completamente loca, chiflada.» Blount consiguió, por fin, hablar.

—¿Por qué cree usted que fue un accidente, señora? —le preguntó cortésmente.

—Mi hijo no tenía enemigos. Los Rattery no se suicidan. La única explicación, por lo tanto, es un accidente.

—¿Sugiere usted, señora, que su hijo puso accidentalmente una cantidad de veneno para las ratas en su medicamento y luego se lo tomó? ¿No le parece un poco... improbable? ¿Por qué supone que haya hecho algo tan extraordinario?

—Inspector, yo no soy policía —contestó la señora con un aplomo monstruoso—. Es su deber, creo, descubrir los detalles del accidente. Yo le pido que lo haga lo más pronto posible. Como puede imaginar, me resulta molesto tener la casa llena de policías.

«Georgia no querrá creer esto cuando se lo cuente —pensó Nigel—. Este diálogo debería ser terriblemente gracioso, pero no lo es.» Blount estaba diciendo, con peligrosa amabilidad:

—¿Y por qué tiene usted tanto interés, señora, en convencerme, y en convencerse, de que se trata de un accidente?

—Como puede imaginar, trato de defender la reputación de la familia.

—¿Le interesa más la reputación que la justicia? —preguntó Blount, no sin autoridad.

—Me parece una observación muy impertinente.

—Algunos podrían considerar una impertinencia de su parte el pretender enseñar a la policía cómo debe resolver este asunto.

Nigel casi aplaudió. Por fin, el viejo espíritu escocés aparecía. Nolo Ratterari. La anciana se ruborizó un poco ante esta inesperada oposición;

bajó la vista hacia el anillo conyugal hundido en su carnoso dedo, y dijo:

—¿Hablaba usted de justicia, inspector?

—Si yo le dijera que su hijo ha sido asesinado, ¿no le gustaría que el asesino fuera descubierto?

—¿Asesinado? ¿Puede probarlo? —dijo la señora Rattery con su voz sorda, plomiza; luego, la voz se volvió de plomo derretido al anunciar esta sola palabra—: ¿Quién?

—Eso, por ahora, no lo sabemos. Con su ayuda quizá podamos llegar a la solución verdadera.

Blount empezó de nuevo a hablar con ella de lo sucedido en la tarde del sábado. La vagabunda atención de Nigel fue atraída por una fotografía que estaba sobre una mesita barroca, a su derecha. Tenía un raro marco dorado y exuberante, flanqueado por medallas, un florerito lleno de siemprevivas enfrente y dos floreros altos detrás, abarrotados de rosas mal arregladas y que ya empezaban a perder sus pétalos. Sin embargo, no eran aquellas reliquias lo que interesaba a Nigel, sino el rostro del hombre de la fotografía: un joven vestido de militar; sin duda, el marido de la señora Rattery. El bigote espumoso y las patillas no ocultaban las facciones —delicadas, indecisas, supersensitivas, más parecidas a las de un poeta del noventa que a las de un soldado— y su extraordinario parecido con Phil Rattery. «Bueno —le dijo Nigel silenciosamente a la fotografía—, si yo hubiera sido tú y me hubieran dado a elegir entre una bala en Sudáfrica y una vida entera al lado de Ethel Rattery, también yo hubiera elegido la muerte más rápida; pero qué ojos extraños tienes; la locura, según dicen, salta a veces una generación; entre Ethel y tu herencia, no es extraño que el niño sea tan nervioso. Pobre muchacho. Me gustaría profundizar un poco la historia de esta familia.»

El inspector Blount estaba diciendo:

—El sábado por la tarde, ¿tuvo usted una entrevista con el señor Carfax?

El rostro de la vieja enlutada pareció ensombrecerse. Nigel levantó involuntariamente la vista, esperando ver una nube sobre el sol; pero todas las persianas del cuarto estaban bajadas.

—Así es —dijo—; pero no veo que le pueda interesar a usted.

—Eso lo decidiré yo —dijo Blount, implacable—. ¿Se niega usted a referir lo que discutieron?

—Efectivamente.

—¿Niega usted haber pedido al señor Carfax que pusiera fin a la relación entre su mujer y George Rattery, y haberle acusado de admitir tácitamente esa relación, y que cuando él dijo que pensaba divorciarse de su mujer si ella así lo quería, usted le insultó en términos más bien exagerados?

Durante este discurso, el rojo rostro de la señora Rattery se volvió púrpura y empezó a agitarse. Nigel creyó que se echaría a llorar, pero en cambio exclamó en tono de ofendida indignación:

—Ese hombre no es más que un alcahuete, y así se lo dije. El escándalo era ya bastante grande, para que encima lo estimulara.

—Si le interesaba tanto, ¿por qué no habló usted con su hijo?

—Hablé con él. Pero era muy terco... Supongo que lo ha heredado de mi familia —dijo con furtiva vanidad.

—¿No tuvo usted la impresión de que el señor Carfax disimulaba el rencor hacia su hijo como consecuencia de ese asunto?

—Pero yo... —la señora Rattery enmudeció bruscamente. Volvió a sus ojos la mirada furtiva—. Por lo menos, yo no noté nada. Pero la verdad es que estaba muy agitada para poder notarlo. Ciertamente, la actitud que adoptaba era extraña.

«Vieja lengua venenosa», pensó Nigel.

—Después de esa entrevista, tengo entendido que el señor Carfax salió directamente de la casa. —Tal como cuando había hablado con Carfax, Blount puso el mismo débil énfasis sobre la palabra «directamente».

«Una pregunta casi capciosa: está mal», pensó Nigel. La señora Rattery dijo:

—Sí, supongo que sí. No, ahora que lo pienso un poco, no pudo salir muy directamente. Yo estaba en la ventana, y tardó uno o dos minutos en aparecer por el jardín.

—Por supuesto, su hijo le contó lo del diario de Félix Lane, ¿verdad? —Blount había utilizado la vieja treta de dejar caer una pregunta esencial cuando la atención del interrogado se encontraba dirigida hacia otra cosa. Su táctica no tuvo ningún efecto visible, a menos que pudiera haber algo sospechoso en la pétrea altivez con que la señora Rattery la recibió.

—¿El diario del señor Lane? No entiendo...

—Sin duda su hijo le contó su descubrimiento de que el señor Lane tenía intención de matarle.

—No me aturda a preguntas, inspector; no estoy acostumbrada. En cuanto a ese cuento de hadas...

—Es la verdad, señora.

—En ese caso, ¿por qué no pone usted fin a esta entrevista, que me parece sumamente desagradable, y arresta al señor Lane?

—Cada cosa a su tiempo, señora —dijo Blount con igual frigidez.

—¿Notó usted alguna hostilidad entre su hijo y el señor Lane? ¿No le sorprendió un poco la situación del señor Lane en esta casa?

—Sabía perfectamente que él estaba aquí a causa de esa criatura abominable. Lena. Es un asunto que prefiero no discutir.

«Usted creyó que la enemistad entre George y Félix se debía a Lena», pensó Nigel. Mirando hacia abajo, dijo en voz alta:

—¿Qué dijo Violeta cuando se peleó con su marido, la semana pasada?

—¡Pero, señor Strangeways! ¿Hay que sacar a luz hasta los más pequeños incidentes domésticos? Me parece innecesario y vulgar.

—¿Incidente? ¿Innecesario? Si le parece tan trivial, ¿por qué le dijo a Phil, el otro día: «Tu madre necesita toda nuestra ayuda. Porque la policía puede llegar a saber que se peleó con tu padre la semana pasada, y lo que dijo, y eso podría hacerles pensar...»? ¿Hacerles pensar qué?

—Eso será mejor que se lo pregunte a mi nuera.

La anciana no quiso hablar más. Después de unas cuantas preguntas, Blount se levantó para irse. Distraídamente, Nigel se acercó a la mesita barroca y, pasando un dedo por la parte de arriba de la fotografía, dijo:

—Supongo que éste es su marido, señora Rattery, ¿verdad? Murió en Sudáfrica, ¿no es cierto? ¿En qué batalla?

El efecto de esta inofensiva observación fue electrizante. La señora Rattery se levantó y avanzó con una horrible rapidez de insecto —como si tuviera cincuenta piernas en vez de dos— a través de la habitación. En medio de una oleada de naftalina, interpuso su cuerpo entre Nigel y la fotografía.

—¡Quite usted sus manos de ahí, joven! ¿Nunca terminará de hurgar y de espiar las cosas de mi casa? —Respirando agitadamente, con los puños apretados, escuchó las disculpas de Nigel. Luego se volvió hacia Blount—. La campanilla está a su derecha, inspector. Tenga la bondad de llamar, y la sirvienta le acompañará hasta la puerta.

—Creo que sabré salir solo, señora; muchas gracias.

Nigel le siguió mientras bajaba y se dirigía al jardín. Blount juntó los labios y se enjugó la frente.

—¡Uf, qué vieja loca! Me da escalofríos, y no me avergüenzo de decirlo.

—No importa. La trató usted con gran intrepidez. Parecía un Daniel. Y ahora, ¿qué me dice?

—No hemos adelantado nada. Absolutamente nada. Quiere que lo consideremos un accidente. Pero en seguida se dejó seducir, con demasiada rapidez me parece, por mi sugestión de que Carfax era el culpable. Picó de inmediato el anzuelo cuando hablamos del tiempo que Carfax tardó en salir de la casa; habrá que averiguar cuál de los dos se ha equivocado, pero supongo que, muy probablemente, encontraremos una explicación inocua. Por otra parte, prefiero no hablar de Félix Caimes o de Violeta Rattery. Evidentemente, no sabía nada del diario de Félix Caimes; por lo menos ésa es mi impresión; y eso es un golpe mortal para su teoría. Está chiflada por el prestigio de la familia, pero ya lo sabíamos. Sus observaciones contra Carfax pueden haber sido motivadas exclusivamente por el odio que le tiene. No. Si ella mató a George, no nos ha dicho nada que lo confirme. Estamos de nuevo en el punto de partida. Y es, tanto si le gusta como si no, Félix Caimes.

—Sin embargo, hay una cosa que valdría la pena investigar.

—¿Se refiere a esa pelea entre George y su mujer?

—No. Me parece que eso no tiene ninguna importancia. Violeta pudo haber proferido alguna amenaza histérica; pero una mujer que se ha humillado ante su marido durante quince años, no se amotina de golpe y le mata. No es verosímil. No, me refiero a lo que el viejo Watson habría llamado «El Singular Episodio de la Anciana y la Fotografía».

13

Nigel se separó de Blount, que quería interrogar a Violeta Rattery, y volvió al hotel. Cuando llegó, Georgia y Félix Cairnes estaban tomando el té en el jardín.



—¿Dónde está Phil? —preguntó en seguida Félix.

—En su casa. Supongo que su madre lo traerá después. Hubo algunos inconvenientes.

Nigel relató las aventuras de Phil sobre el techo y su tentativa de destruir la botella probatoria. Mientras hablaba, Félix parecía más y más nervioso, y por fin no pudo contenerse más.

—¡Caramba! —exclamó—. ¿No pueden alejar a Phil de todo esto? Es verdaderamente desesperante; un chico de su edad en semejante ambiente. No lo digo por usted; pero este Blount, ¿cómo no comprende el daño que puede hacer a un niño tan nervioso?

Nigel no había comprendido hasta aquel momento que Félix tenía los nervios de punta. Le había visto paseando por el jardín, leyendo con Phil, hablando de política con Georgia; un hombre tranquilo y amable, cuya discreción natural se alternaba con repentinas confidencias y momentos de sardónico buen humor; un hombre con quien sería muy molesto vivir, pero agradable aun en sus momentos más inabordables y espinosos. Aquella explosión recordó a Nigel cuan pesadamente debía pesar sobre él la nube de la sospecha. Dijo amablemente:

—Blount es un buen hombre. Es muy humano; por lo menos, lo es bastante. Creo que Phil ha tenido que soportar todo esto por mi culpa. A veces es muy difícil recordar su extraordinaria juventud. Uno termina tratándole casi como si fuera de nuestra edad. Y además, él me arrastró hasta ese tejado.

Siguió un apacible silencio. Georgia sacó un cigarrillo de la caja de cincuenta que siempre llevaba consigo. Las abejas zumbaban entre las dalias, en el cantero de enfrente. A lo lejos podía oírse el melancólico y prolongado silbato de una lancha que anunciaba su llegada a la esclusa.

—La última vez que vi a George Rattery —dijo Félix, casi para sí—, atravesaba el jardín de aquella esclusa, pisoteando las flores. Estaba de muy mal humor. Hubiera pisoteado cualquier cosa que hubiera encontrado en su camino.

—Habría que hacer algo con ese tipo de gente —dijo Georgia afablemente.

—Algo hicieron con él.

La boca de Félix se redujo a una línea.

—¿Cómo van las cosas, Nigel? —preguntó Georgia. La palidez de la cara de su marido, los pliegues de su frente, sobre la que caía un mechón rebelde, la infantil y obstinada posición de su labio inferior, todo la preocupaba. Estaba cansadísimo; jamás debió aceptar aquel asunto. Deseó que Blount, los Rattery, Lena, Félix, incluso Phil, desaparecieran en el fondo del mar. Pero mantuvo fría e impersonal su voz: Nigel no quería ser protegido; y además allí estaba Félix Cairnes, que había perdido a su mujer y a su único hijo; Georgia comprendió que no debía obligarle a oír en su voz ese afecto que ya nunca sería para él.

—¿Cómo van? No muy bien. Este parece uno de esos casos simples y pérfidos donde nadie tiene coartada y todos podrían haber cometido el crimen. Sin embargo, ya lo sortearemos, como diría Blount. De paso, Félix, ¿sabe usted que George Rattery no sufría en absoluto de vértigo?

Félix Cairnes parpadeó. Su cabeza se inclinó hacia un lado, como la cabeza de un zorzal que mira con el costado del ojo algún movimiento en las cercanías.

—¿No tenía vértigo? Pero ¿quién dijo que lo tenía? ¡Dios mío, me había olvidado! Sí. El asunto de la cantera. Pero ¿por qué dijo eso entonces? No comprendo. ¿Está seguro?

—Completamente seguro. ¿Ve la consecuencia?

—La consecuencia es, supongo, que yo dije una fea mentira en mi diario —dijo Félix, mirando a Nigel con una especie de candor tímido y cauteloso.

—Hay otra posibilidad: que George sospechara sus intenciones, o empezara ya a sospecharlas, y dijera que tenía vértigo para mantenerse fuera de su alcance sin que usted imaginara que él sospechaba.

Félix se volvió hacia Georgia.

—Esto ha de parecerle a usted muy incomprensible. Se refiere a una oportunidad en que yo traté de empujar a George desde el borde de una cantera, pero en el último momento no quiso acercarse. Lástima, nos habríamos ahorrado muchas molestias.

Su irresponsabilidad molestó a Georgia. Pero pensó: pobre hombre, tiene los nervios al descubierto, no es culpa suya. Recordaba demasiado bien una vez en que ella se había encontrado en la misma situación, y Nigel la había salvado. Ni-gel salvaría también a Félix, si es que alguien podía salvarle. Miró a su marido; éste contemplaba el suelo de esa manera inexpresiva que significaba que su cerebro trabajaba a toda presión. «Querido Nigel —se dijo—, querido Nigel.»

—¿Sabe usted algo del marido de la anciana señora Rattery? —preguntó Nigel a Félix.

—No. Salvo que era militar. Muerto en la guerra bóer. Se salvó providencialmente de Ethel Rattery, supongo.

—Verdaderamente. Me gustaría saber cómo podría averiguar algo de él. No tengo conocidos entre los militares retirados. ¿Y ese amigo suyo? Usted lo menciona al principio de su diario: Chippenham, Shrivellem, Shrivenham; sí, eso es, el general Shrivenham.

—Eso parece. ¡Oh! ¿Ha estado usted en Australia? ¿No encontró allá un amigo mío llamado Brown? —dijo burlonamente Félix—. No creo en absoluto que el general Sherivenham sepa nada acerca de Cyril Rattery.

—Sin embargo, vale la pena intentarlo.

—¿Por qué? No veo el motivo.

—Tengo el presentimiento de que valdría la pena investigar la historia de la familia Rattery. Me gustaría saber por qué la señora Rattery se emocionó tanto cuando le pregunté algo acerca de su marido esta tarde.

—Ese afán Suyo de exhumar viejos escándalos de familia es indecente —dijo Georgia—. Hubiese sido mejor que me casara con un chantajista.

——¡Escuche! —dijo Félix pensativamente—. Si usted quiere informarse, conozco una persona en el Ministerio de la Guerra que podría enseñarle los archivos.

La respuesta de Nigel a esta oferta fue extraordinariamente ingrata, por no decir otra cosa. En el tono más amistoso, pero más serio imaginable, dijo:

—¿Por qué no quiere que me entreviste con el general Shrivenham, Félix?

—Yo... Es absurdo lo que usted dice. No opongo la menor objeción a que ustedes se vean. Sólo sugería una manera más práctica de obtener esa información que usted busca.

—Muy bien. Disculpe. No se habrá ofendido, supongo, porque mi intención no ha sido ofenderle.

Hubo una pausa incómoda. Nigel, evidentemente, no estaba nada convencido, y sabía que Félix lo sabía. Después de un momento, Félix sonrió:

—Creo que no era toda la verdad. Lo cierto es que quiero mucho a mi viejo amigo, y que inconscientemente luchaba contra la idea de que él llegara a saber qué clase de persona soy en realidad. —Félix sonrió amargamente—. Un asesino que ni siquiera tiene éxito.

—Bueno, supongo que tarde o temprano llegará a ser de dominio público —dijo Nigel razonablemente—. Pero si usted no quiere que Shrivenham se entere todavía, puedo preguntarle lo de Cyril Rattery sin necesidad de contarle lo demás. Si usted quiere darme una tarjeta de presentación. ..

—Muy bien. ¿Cuándo piensa ir para allá?

—Mañana, supongo.

Hubo otro largo silencio, el silencio inquieto que hay en el aire cuando ha amenazado una tormenta y ha pasado sin desencadenarse, pero está a punto de volver. Georgia vio que Félix temblaba. Por fin, fluyendo dolorosamente, su voz brotó con fuerza y sin naturalidad, como la de un amante que por fin se ha decidido a confesar su amor, y dijo:

—Blount. ¿Cuándo va a arrestarme? No puedo soportar por mucho más tiempo esta espera. —Sus dedos se contraían y volvían a extenderse, colgando a ambos lados de su silla—. Pronto confesaré cualquier cosa.

—No es mala idea —dijo Nigel pensativamente—. Usted confiesa, y como no fue usted, Blount estará en condiciones de destruir su confesión, y convencerse así de que no es usted el asesino.

—¡Nigel, por el amor de Dios, no seas de tan implacable corazón! —exclamó Georgia, vivamente.

—Para él no es más que un juego, como el ajedrez.

Félix sonrió. Parecía haber recuperado su serenidad. Nigel se sintió más bien avergonzado; debía curarse de esa costumbre de pensar en voz alta. Dijo:

—No creo que Blount piense todavía arrestarle. Es muy minucioso y quiere estar seguro del terreno que piso. Recuerde: la detención de un hombre inocente es un asunto serio para un policía; no le reporta beneficio alguno, créame.

—Bueno, espero que cuando se decida usted, me mande un telegrama o algo así, y entonces yo me afeito la barba, me hago el despistado, atravieso el cerco de la policía y tomo un barco para Sudamérica: allí van los criminales prófugos en las novelas policíacas...

Georgia sintió lágrimas en sus ojos. Había algo intolerablemente patético en las bromas que hacía Félix sobre su situación. Además, era muy molesto: tenía el coraje, pero no el tipo de audacia necesario para decir una broma semejante; estaba herido demasiado en lo vivo, y se le notaba. Se encontraba sin duda en una horrible necesidad de que alguien le consolara: ¿por qué no trataba Nigel de hacerlo? No le costaría mucho. Una asociación de ideas hizo decir a Georgia:

—Félix, ¿por qué no le pide a Lena que venga esta tarde? Hoy he estado hablando con ella. Confía en usted. Le quiere, y está desesperada de ganas de ayudarle.

—Es mejor que no nos veamos mientras yo esté bajo la sospecha de asesinato. Sería injusto —dijo Félix obstinadamente y un poco distante.

—Seguramente es a Lena a quien corresponde decidir si es o no injusto con ella. No le importa que usted haya matado a Rattery, o no lo haya hecho; sólo quiere estar con usted, y, sinceramente, usted está haciéndole mucho daño; no quiere su caballerosidad, le quiere a usted.

Mientras ella hablaba, la cabeza de Félix se inclinaba de un lado a otro, como si su cuerpo estuviera atado a la silla y las palabras hubieran sido piedras que le arrojaban a la cara. Pero no quería admitir cuánto le dolían. Se recogió dentro de sí mismo, diciendo obstinadamente:

—Prefiero no hablar de esto.

Georgia miró a Nigel, implorante. Pero en ese momento se oyó el sonido de unos pasos sobre la grava, y los tres levantaron la vista, secretamente aliviados por la interrupción. El inspector Blount, con Phil a su lado, venía por el sendero. Georgia pensó: «Gracias a Dios, aquí está Phil; es el David que alegrará el humor de este melancólico Saúl.»

Nigel pensó: «¿Por qué lo ha traído Blount, cuando debía traerlo Violeta Rattery? ¿Querrá decir que Blount ha descubierto algo acerca de Violeta?»

Félix pensó: «Phil..., ¿qué hace el policía con Phil? ¡Dios! ¿Habrá arrestado a Phil? Claro que no, no seas absurdo; si lo hubiera hecho, no lo traería aquí. Pero la sola idea de verles juntos...; enloqueceré si esto dura.»

14

—He tenido una conversación muy interesante con la señora Rattery —dijo Blount cuando quedó a solas con Nigel.



—¿Violeta? ¿Qué dijo?

—Bueno, primero le pregunté por esa pelea que había tenido con su marido. Fue muy franca en ese sentido; por lo menos, esa es la impresión que me dio. Se pelearon, según parece, a causa de la señora Carfax.

Blount calló para aumentar el énfasis dramático. Nigel examinaba atentamente la punta de su cigarrillo.

—La señora Rattery pidió a su marido que pusiera fin a su relación, o lo que fuera, con Rhoda Carfax. De acuerdo con su relato, ella no se refirió para nada a sus sentimientos personales, sino al daño que podía causar a Phil, que, según me han contado, sabía muy bien lo que pasaba, aunque sin duda no lo comprendía del todo. Entonces Rattery le preguntó directamente si quería divorciarse. Ahora bien: Violeta Rattery había estado leyendo un libro, una novela sobre dos niños cuyos padres se habían divorciado; es una mujer, me parece, que toma muy en serio los libros; hay personas así, ¿no? Bueno, esos niños, los del libro, sufrieron mucho a consecuencia del divorcio de sus padres; uno de ellos era un varoncito, que le recordó a Phil. Por eso le dijo a su marido que de ninguna manera consentiría en un divorcio.

Blount respiró profundamente. Nigel esperó con impaciencia; estaba muy seguro de que Blount, como buen escocés, no perdonaría ningún detalle.

—Esta actitud de la señora Rattery irritó singularmente a su marido. Especialmente en lo que respecta a Phil. Sin duda, le dolía que todo el afecto del niño estuviera dedicado a su madre. Pero sobre todo le disgustaba que Phil fuera tan diferente de él; más fino, por decir así. Quería herir a Violeta, y sabía que la mejor manera de hacerlo era a través de Phil. Entonces le dijo bruscamente que había decidido no mandar a Phil a la escuela secundaria, sino emplearlo en el taller, en cuanto acabara su período legal de educación. No sé si Rattery lo decía en serio; pero así lo entendió su mujer; y ahí empezó la verdadera pelea. En un momento dado, ella dijo que preferiría verle muerto antes que permitirle arruinar la vida de Phil, y esto es lo que la vieja señora Rattery oyó. De todos modos, siguió una discusión terrible, y por fin Rattery perdió la cabeza y empezó a pegar a su mujer. Phil la oyó gritar e irrumpió en la habitación para detener a su padre.

Hubo un alboroto espantoso —concluyó Blount sin emocionarse.

—¿Así que Violeta sigue siendo sospechosa?

—Bueno; yo diría que no. Por esto: Después de esa escena se dirigía a la madre de George para que le persuadiera de no poner a trabajar al chico en el taller. La vieja es bastante snob, me parece, y por una vez estuvo de acuerdo con Violeta. Le pregunté acerca de esto y me dijo que consiguió que George le diera su palabra de que Phil seguiría estudiando. Así que ya no existe ese motivo para la posible culpabilidad de Violeta.

—Tampoco es probable que fuera por celos de la señora Carfax; porque de ser así, la habría envenenado a ella, y no a su marido.

—Todo esto es razonable, aunque, por supuesto, se trata sólo de teorías.

Blount continuó con su sistemática exposición: —Durante mi entrevista con Violeta Rattery conseguí otra información importante. Estaba preguntándole acerca del sábado por la tarde. Parece que después de hablar con la señora Rattery, Carfax cambió algunas palabras con Violeta, y que ella le acompañó hasta fuera de la casa. Así que él tampoco tuvo oportunidad de envenenar el tónico del señor Rattery.

—¿Por qué nos dijo entonces una mentira innecesaria, haciéndonos creer que había salido directamente de la casa?

—Bueno, no nos dijo ninguna mentira. Recuerde que contestó: «Si usted quiere decir que hice un rodeo para poner el veneno en el tónico de Rattery, la contestación es negativa.»

—Pero esto es un subterfugio.

—Sí, estoy de acuerdo. Pero me parece más probable que lo haya utilizado porque no quería referirse a la breve conversación sostenida con Violeta Rattery.

Nigel preparó sus oídos. Por fin llegaba a algo concreto.

—¿Y de qué trató esa conversación? —preguntó.

Blount se detuvo solemnemente antes de contestar. Luego con el grave aspecto de un juez, dijo:

—Protección de la infancia.

—¿Quiere decir protección de Phil? —dijo Nigel perplejo.

—No, quiero decir protección de la infancia. Nada más. —Los ojos de Blount brillaban. No tenía muchas oportunidades de burlarse de Nigel; y, cuando conseguía una, trataba de aprovecharla minuciosamente—: De acuerdo con Violeta Rattery, y no veo ninguna razón para no creerla, existe el propósito de crear en este pueblo un centro de protección de la infancia. Las autoridades locales contribuyen parcialmente y el resto del dinero será obtenido por suscripción privada. La señora Rattery pertenece al comité encargado de recolectar esas contribuciones, y el señor Carfax fue a decirle que quería contribuir con una suma elevada, anónimamente. Es el tipo de hombre que no permite que su mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Por eso mantuvo en secreto su breve conversación con Violeta Rattery.

—¡Dios mío! La dulce plática de una mente inocente. Así que Carfax ha sido eliminado. ¿O podría haberse deslizado en el comedor cuando subía para encontrarse con la vieja señora Rattery y charlar con ella?

—También ha sido eliminada esa posibilidad. Hablé un poco con el chico cuando veníamos. Parece que él estaba en el comedor cuando el señor Carfax entró; la puerta estaba abierta, y vio cómo Carfax subía las escaleras.

—No nos queda más que la vieja señora Rattery entonces —dijo Nigel.

Bordeaban la parte del jardín que daba al río. A su izquierda, unos diez metros más allá, había un pequeño macizo de laureles. Nigel notó descuidadamente una leve agitación en los arbustos, impropia de una tarde tan tranquila; seguramente, pensó, se trataba de un perro. Si hubiera investigado esa agitación, con toda seguridad se habría alterado profundamente el curso de varias vidas. Pero no lo hizo. Blount estaba diciendo, con un tono de discusión en la voz.

—Usted es terco, señor Strangeways. Pero no me convenceré de que todas las pruebas que hasta ahora tenemos no señalan inequívocadamente a Frank Cairnes. Hay argumentos contra la señora Rattery, lo admito; pero son demasiado teóricos, demasiado fantásticos.

—¿Quiere usted arrestar a Félix, entonces? —dijo Nigel.

Habían dado la vuelta y pasaban ahora al lado del macizo de laureles.

—No veo otra alternativa. Tuvo la oportunidad; tenía un motivo bastante más serio que el de la señora Rattery; puede decirse que ha confesado con sus propios labios. Por supuesto, queda todavía bastante trabajo de rutina por hacer; no pierdo las esperanzas de que alguien le viera sacando el matarratas del taller; o tal vez encontremos restos microscópicos del veneno en su habitación, en casa de Rattery, aunque confieso que hasta ahora no los hemos encontrado. Quizá tengan los fragmentos de la botella huellas dactilares, aunque también es muy improbable, a causa de su larga exposición a la intemperie, en la canaleta, y, por otra parte, un escritor de novelas policíacas es la última persona que dejaría por ahí sus huellas dactilares. De modo que por ahora no arrestaré a Caimes; pero le haré vigilar, y, como usted bien sabe, es después del crimen, no antes, que el criminal comete su peor equivocación.

—Bueno, así será, supongo. Pero mañana iré a ver a un señor que se llama general Shrivenham. Y no me sorprendería nada que volviera con una buena cosecha. Señor jefe inspector Blount, sería mejor que comenzara a reconciliarse con la idea de sufrir una nueva decepción. Estoy convencido de que la solución de este problema se encuentra en el diario de Félix Cairnes; deberíamos tan sólo saber cómo y dónde buscarla. Tengo la sensación de que se trata de algo muy evidente. Por eso quiero averiguar algo más sobre la historia de la familia Rattery: creo que esto puede iluminar algún punto del diario que hasta ahora ha permanecido en la oscuridad.

15

Esa noche, Georgia se fue a acostar porque sabía que no debía entrometerse cuando Nigel estaba en uno de esos intensos estados de abstracción, durante los cuales parecía mirarla sin verla. «Por Dios —pensó— cómo me hubiera gustado no haber venido a este lugar; está agotado; si no tiene más cuidado acabará en un serio surmenage.»



Nigel estaba sentado en el escritorio del hotel. Una de sus excentricidades más notables consistía en que su cerebro podía funcionar con eficacia en los escritorios de los hoteles. Frente a él había varias hojas de papel. Empezó lentamente a escribir...

Lena Lawson:

¿Oportunidad para obtener el veneno? Sí.

¿Oportunidad para envenenar el tónico? Sí.

¿Motivo para el crimen? a) Afecto por Violeta y Phil: eliminar a George Rattery, que les arruinaba la vida. Inadecuado, b) Odio personal hacia G. R. Resultado de su anterior relación con él y a consecuencia de la conmoción que le produjo el accidente de Martie Cairnes. No, ridículo: Lena era muy feliz con Félix, c) Dinero. Pero G. R. dejó su dinero en partes iguales a su mujer y a su madre, y además no tenía mucho que dejar. L. L. está definitivamente eliminada.



Violeta Rattery:

¿Oportunidad para obtener el veneno? Sí.

¿Oportunidad para envenenar el tónico? Sí.

¿Motivo del crimen? Cansada de George: a) a causa de Rhoda; b) a causa de Phil. Pero el asunto de Phil estaba arreglado y V. había soportado a G. durante quince años. ¿Por qué rebelarse tan bruscamente? Si el motivo hubieran sido los celos de Rhoda, la hubiera envenenado a ella y no a G. V. R. queda eliminada.



James Harrison Carfax:

¿Oportunidad para obtener el veneno? Sí. (Mucho más que los otros.)

¿Oportunidad para envenenar el tónico? Aparentemente ninguna.

El sábado subió directamente al cuarto de Ethel Rattery, declaración de Phil. Bajó para hablar con Violeta, que le acompañó hasta el exterior de la casa; declaración de Violeta. Tiene coartada segura desde ese momento; ref. investigaciones de Colesby.

¿Motivos para el crimen? Celos. Pero, como nos indicó el otro día, si hubiera querido poner fin al asunto entre G. y Rhoda, no tenía más que amenazar a G. con echarle de la sociedad, que el dominaba financieramente. C. parece quedar eliminado.

Ethel Rattery:

¿Oportunidad para obtener el veneno? Sí. (Aunque iba al taller mucho menos que los otros.) ¿Oportunidad para envenenar el tónico? Sí. ¿Motivo para el crimen? Extravagante orgullo de familia; cualquier cosa para terminar el escándalo del asunto George-Rhoda, y especialmente para evitar el escándalo de un divorcio. Ruega a Carfax que adopte una actitud decidida, pero sin éxito. El le dice que se divorciará de Rhoda si así lo desea ella. Su conducta con Violeta y con Phil demuestra que es capaz de ser abiertamente cruel; una autócrata para quien el poder es un derecho.

Nigel estudió cuidadosamente cada hoja de papel, y luego las rompió en muchos pedacitos. Se le había ocurrido una idea. Tomó otra hoja de papel y empezó a escribir...

¿Habremos descuidado la posibilidad de una relación más íntima entre Violeta y Carfax? Es interesante notar que, hasta cierto punto, se proporcionan mutuamente coartadas psicológicas y materiales.

Carfax podría haber sustraído el matarratas mucho más fácilmente que los otros tres; Violeta podría haberlo puesto en el tónico. No es inconcebible que cada uno de ellos, desilusionado por el comportamiento de su cónyuge respectivo, se haya sentido atraído hacia el otro. Pero ¿por qué no se fueron? ¿Por qué algo tan drástico como el envenenamiento de George?

Respuestas posibles: Que George se hubiera negado a divorciarse de Violeta y/o Rhoda del dicho Carfax: que, yéndose juntos, habrían dejado a Phil en manos de George y Ethel Rattery, cosa que Violeta no hubiera admitido. Plausible. Hay que investigar cuidadosamente las relaciones entre V. y C. Pero a menos que sea una coincidencia que el crimen haya tenido lugar el mismo día que la fracasada tentativa de Félix (lo cual es increíble), el asesino debe haber conocido el plan de Félix, o por confidencias de George o por haber descubierto independientemente el diario. Lo primero es improbable en el caso de Violeta y Carfax; pero V. pudo haber descubierto el diario.

Conclusión. No puede eliminarse la posibilidad de una alianza entre Carfax y Violeta. Es de notar de paso, que cada vez que he ido a casa de los Rattery, Carfax no estaba allí. Como socio del marido y amigo de la familia, Carfax debería haberse encontrado presente, proporcionando a Violeta toda la ayuda y el consuelo posibles. El hecho de no haber estado allí sugiere que no desea dar motivo para que sospechemos una relación culpable entre ellos. Pero por otro lado, la actitud de Carfax, cuando Blount le interrogó, era notablemente franca, sincera y abierta, y también suficientemente excepcional, como para ser creída. Es muy difícil para un criminal mantenerse en una actitud moral falsa hacia su reciente víctima, y hacerlo de una manera verosímil, mucho más difícil que un plan prefijado (coartada, ocultación de motivos, etc.). Estoy dispuesto a creer, provisionalmente, en la inocencia de Carfax.

Quedan Ethel Rattery y Félix. Las posibilidades de que haya sido Félix son superficialmente mucho mayores que las de los demás. Medios, motivo, todo, hasta una confesión de propósitos; pero es justamente ahí, en el diario, donde está la dificultad. Es concebible —aunque no demasiado— que Félix haya preparado otra arma (el veneno) para que surtiera efecto en el caso de fracasar el plan del dinghy. Pero, en realidad, no puedo llegar a creer que tenga la sangre fría o la locura necesaria para permitirse una tan complicada estrategia. Pero supongamos, por un momento, que lo hubiera hecho. Lo inconcebible es que, después del fracaso en el dinghy, y sabiendo que su diario está en manos de un abogado, y que se leerá si muere George, Félix persista en el plan de la estricnina.

Obrar así era ponerse una soga al cuello y saltar. Si Félix hubiera envenenado el tónico, inevitablemente, en cuanto hubiera sabido que la muerte de George significaba su propia destrucción, se lo habría dicho a George o hubiera penetrado en la casa y retirado la botella. A menos que, por supuesto, estuviera tan ciego de odio contra George por la muerte de Martíe, que no le importara cometer ese suicidio con tal de que George muriera. Pero si no le importaba salvar su vida, ¿por qué desarrollar un plan tan complicado para que pareciera un accidente de navegación, y por qué hacerme venir hasta aquí para probar su inocencia? La única respuesta posible es que Félix no puso el veneno dentro del tónico. No creo que haya matado a George Rattery: está contra toda probabilidad y toda lógica.

Nos queda Ethel Rattery. Una mujer malvada; pero ¿mató a su hijo? Y si lo hizo, ¿habrá alguna manera de probarlo? El asesinato de George es típico de la altanería egoísta que uno tan fácilmente asocia con Ethel Rattery. Ninguna tentativa de su parte para despistar, aunque no hacía mucha falta, si sabía que toda las sospechas recaerían sobre Caimes. Ninguna tentativa de buscarse una coartada para la tarde del sábado, cuando la botella fue envenenada. Vierte tranquilamente su medicamento y reposa en sus excesivas asentaderas, hasta que George lo bebe. Y luego publica un edicto ordenando a Blount que el asunto sea considerado accidente. «Supremo dictador y juez de la tierra»; ése es el papel que quiere representar. Hay una casi agresiva falta de sutileza en el envenenamiento de George, que armoniza con el carácter de Ethel Rattery. Pero ¿es suficientemente serio el motivo? Llegado el caso, ¿sería ella capaz de actuar de acuerdo con su propio dictado de que «matar no es asesinar cuando se trata del honor?» Tal vez reúna bastante material de manos del viejo Shrivenham, o de alguno de sus camaradas, para decidir este punto. Mientras tanto...

* * *

Nigel suspiró cansadamente. Miró lo que había escrito, hizo una mueca, y acercó un fósforo a las hojas de papel. El reloj de pared del vestíbulo jadeó largamente y anunció que era medianoche. Nigel tomó la carpeta donde estaba la copia del diario de Félix Cairnes. Algo le llamó la atención en la página que abrió primero. Su cuerpo se endureció, su cerebro cansado comenzó de inmediato a trabajar. Siguió hojeando las páginas en busca de otra referencia. Una idea extraordinaria empezó a tomar forma dentro de su cabeza; una trama tan lógica, tan clara, tan convincente, que tuvo que desconfiar de ella. Era como uno de esos maravillosos poemas que uno compone en el momento de dormirse, y que, vueltos a ver a la luz desilusionada del día, parecen vulgares, incoherentes o absurdos. Nigel decidió dejarlo para la mañana siguiente; no estaba ahora en condiciones de comprobar su verosimilitud; le repugnaban sus amargas consecuencias. Bostezando, se levantó, puso la carpeta bajo el brazo y se dirigió a la puerta del escritorio.



Apagó la luz y abrió la puerta. El salón estaba oscuro como la muerte. Nigel caminó a tientas a través de él hacia los interruptores de la luz eléctrica, que estaban en la pared opuesta, tratando de orientarse con la mano sobre la puerta de entrada. «¿Estará dormida Georgia?», pensó. Y en ese momento oyó un ruido sibilante en la oscuridad y algo surgió de las tinieblas y le golpeó en la sien...

Oscuridad. Una negra cortina de terciopelo sobre la cual se encendían, bailaban y desaparecían unas luces dolorosas; un ballet de fuegos artificiales. Lo contempló sin curiosidad; deseaba que aquellas luces dejaran de jugar frente a sus ojos, porque quería abrir la cortina negra, pero se interponían a su paso. Por fin las luces dejaron de oscilar. La negra cortina de terciopelo subsistía. Ahora podía avanzar y abrir la cortina, aunque primero debía sacar la tabla dura que parecía estar atada a su espalda. ¿Por qué tenía una tabla en la espalda? Debía ser un hombre emparedado. Por un momento quedó inmóvil, deleitado por el brillo de su deducción. Luego quiso caminar hacia la cortina negra. De pronto se encendió en su cabeza un dolor lacerante, y el ballet de fuegos artificiales se reanudó con furiosa rapidez. Dejó que terminara ese baile. Cuando éste hubo terminado, permitió, muy cautelosamente, que su cerebro comenzara a trabajar; si empezaba muy rápidamente todo se haría pedazos.

«No puedo acercarme a esa hermosa cortina negra de terciopelo, porque... porque... porque... no estoy de pie y esta tabla atada a mi espalda no es una tabla, sino el suelo. Pero nadie puede tener el suelo atado a la espalda. No, eso es evidente. Estoy en el suelo. En el suelo. Bueno. ¿Por qué estoy en el suelo? Porque... porque... porque —ahora no me acuerdo— algo salió de la cortina de terciopelo y me dio un golpe. Un golpe muy fuerte. ¡Qué broma! Entonces estoy muerto. El problema de cómo se llama está resuelto. Problema de la Supervivencia. Vida tras la muerte. Estoy muerto, pero consciente de la existencia. Cogito, ergo sum. Por lo tanto, he sobrevivido. Soy uno de la Gran Mayoría. ¿O tal vez no? Quizá no esté muerto. Los muertos, con toda seguridad, no sufren estos atroces dolores de cabeza: no figuran en el contrato. Entonces estoy vivo. Lo he probado incontro... incontro... lo que sea, lógicamente. Bien, bien, bien.»

Nigel se llevó la mano a la sien. Pegajosa. Sangre. Muy lentamente se levantó, tanteó la pared y encendió la luz. Por un momento le aturdió su repentino resplandor. Cuando pudo abrir de nuevo los ojos, miró a su alrededor. El vestíbulo estaba vacío. Vacío, excepto un viejo palo de golf y la copia del diario que yacía en el suelo. Nigel sintió que tenía frío. Su camisa estaba desabrochada: la abrochó, se inclinó dolorosamente, para recoger el palo y el diario, y se arrastró escaleras arriba con ellos.

Georgia le miró desde la cama, medio dormida.

—Hola, querido. ¿Has jugado un bonito partido de golf? —dijo.

—Bueno, para decir verdad, no. Un sujeto me dio con esto. No era cricquet. No era golf, quiero decir. En la cabeza.

Nigel miró con aturdimiento a Georgia, y se deslizó, no sin gracia, hasta el suelo.

16

—Querido, ¿vas a levantarte?



—Claro que voy a levantarme. Tengo que ver al viejo Shrivellem esta mañana.

—No puedes levantarte con un agujero en la cabeza.

—Con o sin agujero, iré a ver al viejo Shriven-ham. Diles que suban el desayuno. El coche vendrá a las diez. Puedes venir conmigo, si quieres, para evitar que me arranque las vendas en el delirio que puede acometerme.

La voz de Georgia temblaba.

—¡Oh, querido! Y pensar que yo no hacía más que decirte que debías cortarte el pelo. Y tu pelo te ha salvado, y tu cabeza dura. Y no vas a levantarte.

—Querida Georgia, te amo más que nunca, voy a levantarme. Ayer, anoche, empecé a ver claro, antes de que ese individuo me pegara con el palo de golf. Y creo que el viejo Shrivenham puede..., por otra parte, no estará mal ponerse bajo la protección del ejército durante unas horas.

—¿Cómo? ¿Crees que puede repetirse? ¿Quién fue?

—Adivina. No, no espero una repetición del atentado. No, ciertamente. No a la luz del sol. Por otra parte, mi camisa estaba desabrochada.

—Nigel, ¿estás seguro de no delirar?

—Seguro.


Mientras Nigel tomaba el desayuno, entró el inspector Blount. Parecía bastante preocupado.

—Su amable mujer me ha dicho que usted se niega a permanecer en cama. ¿Está seguro de que puede...?

—Sí, por supuesto. Los golpes con palos de golf me hacen mucho bien. De paso, ¿no encontró en él huellas dactilares.

—No. El cuero es muy áspero para conservarlas. Pero en cambio, descubrimos una cosa rara.

—¿Cuál?

—Las ventanas del comedor estaban sin pestillo. El camarero jura que las cerró a las diez, anoche.



—Bueno, ¿qué tiene de raro? El sujeto que me golpeó tuvo que entrar y salir de alguna manera.

—¿Cómo pudo entrar si estaban cerradas? ¿Sugiere usted que tuvo un cómplice?

—Pudo haber entrado antes de las diez, y haberse escondido, ¿no le parece?

—Bueno, es posible. ¿Pero cómo podía saber alguien de afuera que usted se quedaría levantado hasta tarde, hasta que hubieran apagado las luces del vestíbulo y él pudiera atacarle sin ser visto?

—Ya veo —dijo Nigel lentamente—. Sí, ya veo.

—Es muy comprometedor para Félix Caimes.

—¿Se explica usted por qué Félix, habiendo pagado los servicios de un detective sumamente caro, se dedique a golpearle la cabeza con un palo de golf? —preguntó Nigel, examinando una tostada—. ¿No sería ir en contra de sí mismo?

—Tal vez. Fíjese, no es más que una sugerencia. Tal vez tuviera alguna razón para desear que usted estuviera imposibilitado en este momento.

—Bueno, seguramente habrá pasado esa idea por el fondo de la cabeza de mi agresor. Quiero decir, que no estaba entrenándose en el vestíbulo —dijo Nigel burlándose del inspector. Pero recordaba cómo Félix trató de poner inconvenientes a su visita al general Shrivenham.

Blount parecía aún preocupado. Dijo:

—Pero eso no es lo más raro. Fíjese, señor Strangeways, hemos encontrado huellas dactilares en la llave y en la manija interior de la ventana; también en el vidrio y en la manija exterior. Como si alguien la hubiera cerrado con una mano en el cristal y otra en la falleba.

—No me parece tan raro.

—Espere un momento. Las huellas no son las de ningún miembro del personal del hotel, ni pertenecen a nadie relacionado con este caso. Y no hay forasteros en el hotel, aparte de ustedes.

Nigel se sentó de un salto, con un terrible estremecimiento de dolor en la cabeza.

—Así que no pudo haber sido Félix, después de todo.

—Eso es lo más extraño. Caimes pudo golpearle, y luego abrir la ventana usando un pañuelo mientras levantaba el pasador, para dar a entender que usted había sido atacado por alguien de afuera. ¿Pero quién dejó esas huellas afuera de la ventana?

—Esto es demasiado —se quejó Nigel—. Traer a un misterioso desconocido al asunto cuando... Oh, bueno, se lo dejo a usted. Le distraerá mientras hablo con el general Shriveham...

Media hora después, Nigel y Georgia se sentaban en la parte trasera de un coche alquilado. En ese momento una sirvienta, atrasada en su trabajo a consecuencia de las tempranas investigaciones del inspector, entraba al dormitorio de Phil Rattery...

Poco antes de las once, el coche se detuvo frente a la casa del general Shrivenham. La puerta del frente estaba abierta, y entraron en un amplio vestíbulo cuyas paredes y suelo estaban cubiertos de pieles de tigre y otros trofeos de caza. Hasta Georgia se estremeció al ver las feroces mandíbulas llenas de blancos colmillos que por todas partes sonreían.

—¿Crees que algún criado les limpia los dientes todas las mañanas? —murmuró a Nigel.

—Muy probable. Me deslumbran los ojos; murieron a edad temprana.

La criada abrió una puerta a la izquierda del vestíbulo; desde el interior se oía la música alada, débil y aérea de un clavicordio; alguien tocaba, con moderada destreza, el Preludio en Do Mayor de Bach. Las minúsculas notas parecían ahogadas por el rugido silencioso de todos los tigres del vestíbulo. El preludio terminó en un largo y tembloroso quejido, y el ejecutante se embarcó afanosamente en la fuga. Georgia y Nigel parecían fascinados. Finalmente, la música terminó y oyeron una voz que decía:

—¿Quién? ¿Qué? ¿Por qué no les ha hecho pasar? No hay que dejar a la gente esperando en los pasillos.

Un anciano apareció en la puerta, vestido con pantalones y chaqueta antiguos, y una gorra escocesa, de pesca. Les observó amablemente con sus apagados ojos celestes.

—¿Admirando mis trofeos?

—Sí. Y la música también —dijo Nigel—. Es el más hermoso de los preludios, ¿no?

—Me alegra oírle decir eso. A mí me lo parece, pero estoy muy poco dotado para la música. Muy poco. Para decirle la verdad, estoy enseñándome yo mismo a tocar. Compré este instrumento hace pocos meses. Clavicordio. Un hermoso instrumento. El tipo de música que uno se imagina que emplean las hadas para bailar. Los espíritus de Ariel, ya sabe. ¿Cómo me dijo que se llama?

—Strangeways. Nigel Strangeways. Esta es mi esposa.

El general les dio la mano, mirando a Georgia con una mirada algo insinuante. Georgia le sonrió, conteniendo un deseo casi avasallador de preguntarle si siempre llevaba un sombrero escocés, de pescador, para tocar a Bach; parecía la indumentaria más apropiada.

—Tenemos una tarjeta de presentación de Frank Cairnes.

—¿Cairnes? Sí. ¡Pobre hombre! Su hijo fue atropellado, como usted sabrá. Murió. Una tragedia terrible. Dígame, ¿no se ha vuelto loco, no?

—No. ¿Por qué?

—El otro día pasó una cosa extraordinaria. En Cheltenham. Todos los jueves voy allá y tomo el té en Banners. Tienen los mejores pasteles de chocolate de Inglaterra; debería probarlos. Trago como un animal. Bueno, pues, entro en el Banners y juraría que estaba Cairnes sentado en un rincón. Un hombre bajo, con una barba. Cairnes se fue del pueblo hace unos dos meses, pero creo que había empezado a dejarse la barba antes de irse. No me gustan las barbas; las usan en la Marina, pero la Marina no ha ganado una batalla desde Trafalgar; no sé que les pasa; miren cómo está ahora el Mediterráneo. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí Cairnes! Bueno, este sujeto que me pareció Cairnes..., fui directo a hablarle, pero salió disparado; él y otro individuo que estaba con él, un hombre grandote con unos bigotes. Bueno, ese Cairnes, o el individuo que parecía Cairnes, huyó como una comadreja y se llevó consigo al otro. Le llamé por su nombre, pero no me hizo caso;

entonces me dije: ése no puede ser Cairnes. Luego pensé, tal vez sea Cairnes y haya perdido la memoria, como ésos de la BBC. ¿Recuerda los mensajes de SOS? Por eso le pregunté si Cairnes había perdido la razón. Siempre fue muy raro este Cairnes, pero no sé qué podía andar haciendo con ese hombre grandote en Banners.

—¿Recuerda usted la fecha?

—Déjeme pensar. Fue la semana... —El general consultó una agenda de bolsillo—. Sí, aquí está, el doce de agosto.

Nigel había prometido a Félix que no hablaría del asunto Rattery cuando se entrevistara con el general; pero éste parecía haber aterrizado involuntariamente en medio del mismo asunto. Por ahora, prefirió descansar su mente en la encantadora y tétrica atmósfera, donde un guerrero retirado tocaba el clavicordio y aceptaba como Ja cosa más natural del mundo la llegada de un extraño con la cabeza vendada y una esposa muy guapa. El general y Georgia se habían sumergido en una conversación relativa a la vida de los pájaros en los valles de Burma del Norte. Nigel callaba, tratando de ajustar dentro de su plan provisional el pequeño episodio ocurrido en la confitería Banners. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el general, que decía:

—Veo que su marido ha estado en la guerra por estos días.

—Sí —dijo Nigel tocando tiernamente su vendaje—. En realidad, un hombre me golpeó la cabeza con un palo de golf.

—¿Un palo de golf? Bueno, no me sorprende. Hoy día se ve de todo en las pistas de golf. Por otra parte, nunca ha sido un juego como debe ser; una pelota inmóvil; es como girar a un pájaro dormido; de modo alguno un juego de caballeros. Miren un poco a los escoceses —ellos lo importaron— la raza menos civilizada de Europa: sin arte, sin música, sin poesía, incluyendo, por supuesto, a Bums; y miren sus comidas: haggis y roca de Edimburgo. Dime lo que comes y te diré quién eres. Pero el polo, eso es diferente. Yo jugaba un poco en la India. El golf no es más que el polo quitándole toda la dificultad y la diversión; una versión en prosa del polo; una paráfrasis; es típico de los escoceses el reducirlo todo a su nivel prosaico; hasta hicieron una paráfrasis de los Salmos. Horrible. Vándalos. Bárbaros. Estoy seguro de que este hombre que le golpeó con el palo tenía sangre escocesa en las venas. Son buenos soldados, sin embargo. No sirven para otra cosa.

Nigel interrumpió, sin impaciencia, la polémica del general, y explicó la razón de su visita. Investigaba el asesinato de Rattery y quería saber algo sobre la historia de la familia; el padre del muerto había servido en el ejército: Cyril Rattery; cayó en la guerra con los bóers. ¿No podría el general Shrivenham presentarle a alguien que hubiera conocido a Cyril Rattery?

—¿Rattery? ¡Dios mío, entonces es él! Cuando leí en los periódicos este asunto, pensé si ese hombre tendría algo que ver con Cyril Rattery. ¿Su hijo, dice usted? Bueno, no me extraña. Hay mala sangre en esa familia. Escuche, mientras toma una capita de jerez le diré todo lo que sé acerca de él. No, no es ninguna molestia: siempre tomo una copita de jerez y unos bizcochos por la mañana.

El general salió de la sala, y volvió con una licorera y una bandeja de bizcochos. Cuando todos se hubieron servido, empezó a hablar, con los ojos iluminados por el placer de los recuerdos.

—¿Sabe que el asunto de Rattery fue todo un escándalo? Me extraña que los periódicos no lo hayan sacado de nuevo a la luz; lo habrán ocultado, en su época, algo mejor que de costumbre. Peleó valientemente durante toda la primera parte de la campaña; pero cuando empezamos a vencer, falló. Uno de esos tipos que suelen tener los labios apretados —muertos de miedo, en realidad, como todos nosotros, solamente que no se lo confiesan ni a sí mismos—, hasta que un día no pueden disimular más. Me lo encontré una o dos veces, en los primeros tiempos, cuando los bóers nos estaban enseñando a pelear; qué tipos magníficos los bóers. Fíjese, yo no he servido más que para sablear, pero conozco a la gente cuando vale algo. Cyril Rattery valía; demasiado bueno para el ejército; debería haber sido poeta; pero aun así, me pareció un poco —¿cómo les llaman ahora?— un poco neurótico. Neurótico. Conciencia... también; tenía demasiada conciencia; Cairnes es otro tipo así, de paso. El momento crítico llegó cuando Cyril Rattery fue enviado al frente de un destacamento, a incendiar unas granjas. No conozco los detalles; parece que la primera granja no había sido evacuada a tiempo; hubo un poco de resistencia y uno o dos de los hombres de Rattery fueron muertos; el resto se exaltó un poco y, cuando vencieron la oposición, prendieron fuego a las casas sin averiguar demasiado si había alguien adentro. Según parece, había una mujer que se había quedado a cuidar a su hijo enfermo. Los quemaron vivos a ambos. Fíjese, en la guerra suelen ocurrir esas cosas; a mí no me gustan; son horribles. Hoy matan a los no combatientes con toda naturalidad; suerte que soy muy viejo para verme mezclado en esas cosas. Bueno, de cualquier modo, allí terminó Cyril Rattery. Se trajo a los hombres de vuelta y se negó a destruir las granjas restantes. Desobedeciendo órdenes, por supuesto. A causa de eso lo destituyeron; fue degradado. Pobre hombre, ése fue su fin.

—Pero yo tenía la impresión, por lo que la señora Rattery había dicho, de que su marido había muerto en acción de guerra.

—Nada de eso. Con el incidente de la granja, y la degradación —tenía pasión por su carrera militar— y su estado de ánimo, que habría empeorado más y más a lo largo de la guerra, el pobre perdió la razón. Murió, según creo, en un manicomio, años después.

Hablaron un rato todavía. Luego Nigel y Georgia se separaron, muy en contra su voluntad, de su delicioso huésped, y subieron al coche. Mientras volvían a través de las onduladas y pequeñas colinas de los Cotswolds, Nigel iba muy silencioso; tenía ganas de decirle al chofer que los llevara directamente a Londres, lejos de aquel triste y lamentable asunto; pero seguramente ya era demasiado tarde.

Estaban de vuelta en Severnbridge, haciendo sonar la gravilla de la entrada al Angler's Arms. Parecía haber una agitación desusada en torno al tranquilo hotel. Un agente junto a la puerta; un grupo de gente reunida sobre el césped. Una mujer se separó de este grupito cuando se acercó el coche: era Lena Lawson, con su pelo rubio flotando al aire mientras corría hacia el coche, y los ojos llenos de ansiedad.

—¡Oh, gracias a Dios, han vuelto! —gritó.

—¿Qué pasa? —dijo Nigel—. Félix...

—Es Phil. Ha desaparecido.

CUARTA PARTE





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