Texto panico a la alegria



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La pérdida

Llevaba varias noches especialmente fuertes en lo que a ansiedad se refiere. Apenas si podía dormir, y mi deseo de librarme de aquella ansiedad me invitaba a tomar un ansiolítico como solución. Sin embargo, debido a uno de los miedos que me atormentaban, consideraba aquello como un acto de sumisión a la agorafobia, como un completo fracaso.


De buena mañana me levanté y esperé a que fuera una hora más adecuada para consultar mi situación a la persona que me había aconsejado aquel repentino cambio de actividades. Tras realizar una llamada de teléfono me informaron que la persona en cuestión se había marchado quince días de vacaciones. Colgué el teléfono al tiempo que me embargaba una intensa emoción y un fuerte deseo de desaparecer completa e inmediatamente, a la vez que sentía el impulso y me veía, mentalmente, saltando, impulsado por el deseo de hacerlo, por el balcón de la habitación en la que me encontraba. Aquello me produjo tal bajón inmediato, que sentí que, realmente, estaba todo perdido. Sentí que todo el peso del mundo, de mi mundo, hubiera caído sobre mí.
Aún no sé si aquello fue tan tremendo, o, sencillamente, me impresionó muchísimo.

Por fortuna, el mismo miedo que me movilizaba ante cualquier sensación a la que temía, también actuó sobre esta tremenda sensación de pérdida, pudiendo, aun sintiéndome exhausto y agotado, movilizarme y actuar para evitar su indeseada presencia.


Creo que nunca olvidaré aquella envestida, tras la cual se encontraban de un lado el deseo de salir inmediatamente de aquella situación, y, de otro, el miedo a perder el control y suicidarme.
Momentos después de aquello me miraba al espejo mientras me afeitaba, bastante aterrado ante la nueva situación, y muy agotado, sin esperanzas de que hubiera un futuro diferente.
Afortunadamente para mí, al igual que sucedía con el pánico, esta nueva emoción no era exactamente igual de intensa y de limitante en todo momento, y en aquellos instantes, y gracias en este caso al propio miedo que me producía aquella situación, enseguida planeé acciones para continuar y seguir adelante.
Así, poco tiempo después y habiendo puesto al corriente a mi mujer de la nueva situación, me dispuse a realizar una compra en el supermercado, en el que pude comprobar que mis nuevas cogniciones, las que se habían creado

recientemente gracias a la exposición y observación continuadas, aún seguían ahí; que tal y como advertían los clínicos en sus trabajos, no desaparecían. También me dispuse a caminar solo por el campo, y mis cogniciones nuevamente continuaban ahí, en lo que al pánico se refiere. Eso sí, me imaginaba ahorcado en algún que otro árbol, y aquello me aterraba bastante; pero sabía que era un miedo, sólo un miedo.

Había aprendido a cuestionar cada postulado que cualquier miedo trajese a mi mente, aunque aún no supiese quitarme todos los tipos de miedos de encima, tal y como sí lo sabía hacer con los relacionados a las sensaciones y situaciones a las que temía, pues estos miedos a los pensamientos e imágenes mentales tenían aspectos diferentes a los que me producían las sensaciones y situaciones. Así, no había una sensación que provocar o un sitio al que ir para practicar con ellos. No elegía yo el momento de su aparición, sino que iban y venían en forma de imágenes y diálogos internos por mi mente a cualquier hora del día y de la noche, apareciendo incansablemente una y mil veces cada vez que les venía en gana.
En los varios manuales que por entonces tenía se hablaba de exponerse a ellos, aunque no eran demasiado explícitos, o al menos yo no los entendí. Lo intentaba y no conseguía nada con ello, excepto empeorar las cosas.

Al día siguiente viajé a Puertollano y, efectivamente, mis cogniciones y, en general, todo lo que había aprendido, continuaban ahí, actuando cada vez que la situación lo requería, lo que me satisfizo enormemente; si bien durante el trayecto también venía a mi mente en repetidas ocasiones una imagen en la que me veía colgado de cualquiera de los árboles que había al lado de la carretera, víctima del suicidio; imagen ésta que me asustaba bastante. Todo ello, bajo la sombra, más o menos intensa, dependiendo del momento, de la depresión, pérdida, tristeza, o como queramos llamar a esa nueva emoción que me invadía durante aquellos días, en los que cualquier objeto de mi atención parecía indicarme que había fracasado y que todo estaba perdido.


Fue durante aquellos días que escribí, llorando en mi diario... “Si muero espero que mi familia, y sobre todo mis hijos, sepan que he hecho todo cuanto he podido para salir de este mal y continuar con ellos”. Pues, verdaderamente, creí que mi vida estaba a punto de extinguirse.

Llevaba varias semanas considerando la posibilidad de dejarme guiar por un psicólogo o por un psiquiatra, ahora que sabía el tipo de psicólogo o de psiquiatra que necesitaba. De hecho, ya había llamado por teléfono anteriormente a dos de ellos, y coincidió que estaban de vacaciones.


El mismo día que experimenté aquel tremendo bajón miré por mi pueblo para asistir a la consulta de alguno de esos profesionales; pero, antes de decidirme por llamar a alguna de las consultas privadas que habían en él, coincidí con un “amiguete”. Le comenté a este conocido, mientras esperábamos en una consulta de la seguridad social, que andaba mal de los nervios y con depresión, por lo que estaba pensando en visitar a un psicólogo o psiquiatra. Entonces él me contó que alguien a quien conocía bien visitaba a uno, a una, concretamente, en Ciudad Real, y que le iba muy bien. Me dijo su nombre, lo busqué en la guía de teléfonos y contacté con ella.
Durante nuestra conversación telefónica le pregunté si empleaba tratamientos cognitivo-conductuales, a lo que ella contestó que por supuesto que sí, por lo que me pareció la persona adecuada. Me dio cita para un día de la siguiente semana y, a esperar.

Entre tanto, yo seguí erre que erre con el café, cuya ingesta puede parecer un motivo de insignificante valor ante esta situación a cualquiera, pero no lo era. De hecho, era muy importante aquel error, dado que las sensaciones que me provocaba, si bien no alcanzaban el nivel de pánico, me mantenían nervioso y angustiado durante horas y horas. Me tomaba uno por la mañana y otro por la tarde, con lo que estaba intranquilo durante todo el día y la noche, lo que no beneficiaba en absoluto a mi agitada mente.


A todo ello se le sumó un nuevo agravante: Internet, fuente de toda información, cierta y falsa, para todos los gustos.


La suerte de la información: Internet, ahora para mal.
Consulté en la red acerca del nuevo tipo de ansiedad que estaba sufriendo. Pronto concluí que se trataba de la que los clínicos denominan obsesiones, de un tipo de ellas. También me informé mediante ese medio de que no existía cura ante ese problema. La mayoría de los artículos que leí realizados por supuestos profesionales de la salud mental, hablaban de que nunca, o, muy esporádicamente, había cura en los casos con ese trastorno. Las personas afectadas podrían pasar algunas temporadas mejor; pero siempre volvían sus síntomas y sus obsesiones. Aquello me preocupó aún más; sin embargo, por fortuna y como de costumbre, las cosas no suelen ser lo que parecen, y, del mismo modo que salir de la agorafobia no resultó ser tan fácil como anunciaban las páginas que visité, tampoco resultó tan difícil liberarse de las obsesiones como para que se publique abiertamente que nunca se curan.

CAPÍTULO VI
APRENDIENDO CON LA DEPRESIÓN Y

LA ANSIEDAD


El deporte, un buen modo de relacionarse con las sensaciones.
Comencé a hacer algo de deporte. Me iba al parque y allí daba unas cuantas vueltas haciendo footing. Ya no me asustaban las sensaciones que la práctica deportiva me producía, como el palpitar de mi corazón, al menos comparadas con el temor que me daba perder la cabeza y ponerme delante del tren que pasa por allí.
Practicar deporte siempre me fue bien, por poco que fuera. Comencé a ir al gimnasio al que había dejado de ir anteriormente por miedo a que me diera una crisis.
Reinaba sobre mí esa sensación de pérdida y tristeza y, sin embargo, ya tenía recursos suficientes para poder ir a cualquier lugar, aunque hubiera momentos en los que me asustara un poco.
Ahora no tenía reparos en contar a la gente lo que me ocurría. No es que lo fuera publicando por ahí; pero, llegado el caso, no me avergonzaba de ello, lo que me facilitaba mucho la tarea explicándoles, en este caso a los propietarios del gimnasio, que si en algún momento encontraban extraño mi comportamiento o mi aspecto, no tenían por qué preocuparse, pues sólo sería que me habría asustado un poco por alguna razón. Aquello, si bien no era necesario decirlo, tal como no lo había hecho hasta la fecha en ninguna situación, porque lo dijese tampoco pasaba nada, y en ocasiones me sentía mejor al hacerlo.

Una de aquellas tardes sufrí un verdadero vértigo: Hasta la fecha, siempre que había tenido un mareo se trataba de una sensación de inestabilidad con la que parecía que fuese a perder el equilibrio y caer, o que me fuera a desmayar, lo que en ocasiones me provocaba una crisis. Sin embargo, aquel día, en el que estaba, como los días anteriores, extremadamente ansioso y agitado, en un instante todo comenzó a girar a mi alrededor a gran velocidad, mientras apenas si podía mantener mi equilibrio. Me agarré a una mesa e intenté no alarmarme ni caerme. Entre tanto, me fijaba atentamente en cómo era aquel vértigo. Cómo todo me daba vueltas. Qué sensaciones tenía. Qué pensaba mientras tanto. Al cabo de unos segundos, o quizá minutos, remitió aquel vértigo.


Quería ir al gimnasio un poco más tarde; pero, al pensar que me podría dar allí nuevamente aquel vértigo, me retraía de la idea. Sin embargo, para aquellas fechas ya estaba muy preparado ante ese tipo de pensamientos. Sencillamente, pensé: “Eso ha sido realmente un vértigo”. “¿Y qué?” “¿Por eso todos estos años puteao?” “Si me vuelve a dar, que me dé” .“Ya me agarraré a cualquier cosa”. Y, como de costumbre, continué con mi propósito.
En el gimnasio hacía, como rutina, un poco de bicicleta estática, lo cual está muy bien para relacionarse con la sensación que produce el corazón al latir más rápidamente de lo habitual. También hacía ejercicios con pesas, aunque realmente no metía peso en las barras que utilizaba para realizar los ejercicios, pues no podía con apenas nada de peso. Realizar cualquier esfuerzo muscular se había convertido para mí en una tarea que me provocaba una sensación a la que también temía. De hecho, en algunas ocasiones, fue esa sensación la que me asustó al llevar un poco de peso en una bolsa de la compra, por lo que, realizar ese tipo de ejercicios, no sólo contribuyó a ponerme en forma, sino que además también me servía como práctica de exposición y aprendizaje con

otras sensaciones.


Así, además de lo relajante que resultaba una hora de ejercicio físico moderado, servía de ejercicio de exposición, tanto a todo tipo de sensaciones físicas y emocionales, como a relacionarme con la gente.


Aceptar las cosas como son, sienta bien. Continuando el camino.
Cuando realizaba este tipo de ejercicios, solía mirarme en el espejo del gimnasio y ver cómo cualquier otro era más fuerte o, simplemente, tenía mejor aspecto que yo. Sin embargo, y aunque en ocasiones me sintiera deprimido por ello, solía decirme: “Es igual; soy así, y así me quiero”. “Tal como soy”. “No pasa nada por ello”. “Unos tienen mejor aspecto y otros lo tienen peor”. “En la vida nada permanece igual para siempre”. “Las personas, como todo lo demás, cambian constantemente, y los que hoy son jóvenes, mañana serán viejos, o caerán enfermos y tendrán un peor aspecto”. “Inevitablemente, para todo el mundo es igual”. “Pero no me importa, quiero vivir las cosas tal y como son”.

Esa era la actitud que me ayudaba a superar el sufrimiento. De igual manera, y haciendo hincapié ahora en aquel camino que paralelamente estaba siguiendo, así como en la filosofía de vida que había comenzado a cimentar tras todas aquellas experiencias, para mí, ya no se trataba sólo de demostrar que los postulados que mantenían mi tremendo miedo eran falsos, y que las sensaciones a las que temía eran totalmente inocuas, y mi miedo a morir a causa de experimentarlas resultaba infundado. Aquello estaba muy bien, pues, ciertamente, gracias a ese descubrimiento me decidí a exponerme a ellas, y fue determinante para librarme por completo de sus ataduras; pero, como dije con anterioridad, para mi tenía sus limitaciones. Aparte que para experimentar algunas de las sensaciones a las que temía debía hacerlo en situaciones en las que normalmente las evitara por temor, a cada pensamiento alarmante respecto de las sensaciones a las que temía, que mediante la reflexión y la práctica de la exposición conseguía desvirtuar, aparecía otro que se tomara la revancha a modo de postulado creíble. Así, por ejemplo, si caminaba solo por el campo, y tenía miedo de morir a causa del calor, yo me decía a mi mismo: “No pasa nada”. “Soy hijo de segadores”. “Soy como los demás”. “No hay ningún motivo por el que yo no pueda aguantar el calor”; pero siempre había alguna razón que mi mente pudiera esgrimir contra ese argumento racional. En ese ejemplo, tan sencillo como continuar mi diálogo interior diciéndome: “Ya, pero, en algunas ocasiones, según me dijo mi suegro, se moría alguno de los segadores por una insolación”, igual que en este ejemplo, en cualquier otro, y más aún cuando se trataba de los terribles pensamientos que mi imaginación tuviera a bien traerme, al margen de las sensaciones a las que temiera. Así, al ser, como todo el mundo, mortal, mi mente siempre puede encontrar un motivo razonable y creíble, sobretodo en esa química del miedo, para no acometer una acción cualquiera, pues siempre cabe la posibilidad de morir realizando dicha acción. Por esta razón, trataba, como decía, no sólo de comprobar que mis miedos eran infundados, sino también de aceptar que, como mortal que soy, lo peor siempre me podría pasar, y, aun así, de estar dispuesto a asumir las consecuencias que como ser vivo podía tener, a cambio de la oportunidad de vivir sin estar condicionado por aquel sufrimiento.


Del mismo modo, aquellas reflexiones, conclusiones, y actitud en general, fruto del aprendizaje de todas aquellas prácticas, me iban haciendo valorar cada vez más todo lo que realmente merecía la pena para mí, como vivir activamente acorde con la naturaleza de las cosas y conocer para aprender a relacionarme con esa naturaleza; y, a la vez, me iba desprendiendo interiormente de muchas de las cosas que con anterioridad valoraba en mi vida, pero que ahora comprendía que no hacían más que llenar mi existencia de ansias y deseos infructuosos, a la vez que absorbentes, insaciables y desesperantes.

Cuando no ansiaba, era feliz.
El momento en que no deseaba nada más, por pequeño que éste fuera, era el momento que me hacía sentir verdaderamente bien.
Lo había experimentado conscientemente por vez primera, después de tantos años de amargura, en aquella ocasión en la que me exponía caminando solo por la avenida de mi pueblo, y fui capaz de ver la calma. Y lo había vuelto a experimentar en más ocasiones, caminando solo por el campo o sentado en aquel banco del bonito paseo de Puertollano, por ejemplo.
Cuando me enfrentaba al miedo a morir víctima de aquellas sensaciones, y me decía: “Me da igual”. “Aunque me deje la piel aquí.” “Sólo quiero esto”. “Permanecer aquí”. “Respirar este aire” .“Ver este cielo”. “Morir, si tengo que morir; o vivir, si tengo que vivir”, y lo hacía con la suficiente convicción, disfrutaba felizmente el momento. Cuando conseguía llegar al lugar al que me dirigía, y disfrutaba plenamente del logro, sin ansiar nada más, me sentía verdaderamente bien.

Poco después volvía a desear cualquier cosa: avanzar más, que lo que vaticinaban mis miedos no se cumpliera, acabar cuanto antes con las tareas de exposición, lo que fuera. Con ello, salía de ese estado de plenitud y volvía a tener ansiedad, o, dicho de otro modo, volvía a sufrir. Nada había en ninguno de mis manuales que me hablara de esto, o, al menos, así me lo pareció, por lo que me pasó desapercibido como ejercicio a practicar. Sin embargo, gracias al tesón con el que realizaba la exposición, llevaba a cabo este tipo de práctica y reflexiones diariamente.


Así, en aquellos peores momentos en los que perdía el rumbo, y toda mi vida parecía irse por el desagüe, cuando pude reflexionar acerca de las cosas que me habían conducido a aquella situación de desánimo y constante ansiedad, comencé a retomar, como en el ejemplo del gimnasio, ese tipo de práctica, siendo conformista, no resignado sino satisfecho, con lo que tenía.
Sea como fuere, y a pesar de todas las dificultades, tuve muchísima suerte, puesto que aquello se había convertido en un reto para mí, y no trataba únicamente de comprobar la falsedad de mis creencias respecto de las sensaciones a las que temía, sino de, además, aceptarme tal y como soy. Con todas mis sensaciones, mis pensamientos, mis limitaciones, defectos y habilidades como ser humano, en toda su expresión; intentando desarrollar las habilidades que como persona tenía, y mediante la comprensión y la práctica con atención, sin escatimar en esfuerzo, luchando para superar mis miedos y ataduras con esas habilidades, pude, poco a poco, vencer todos los obstáculos.
No resultaba fácil mantener esa actitud consistente en disfrutar de los logros, o de las cosas en general, sin desear nada más. Primero porque la agitación mental que tenía no me permitía mantener la atención necesaria en ese punto como para reflexionar aún más en ello, y, segundo, porque acaparaba la mayor parte de mi atención el enorme deseo de avanzar respecto al número de sitios y situaciones que evitaba y que quería dejar de hacerlo, lo que también me reportaba grandes beneficios. De un lado ampliaba mi abanico de posibilidades con respecto a mi entorno, y de otro, me conducía, mediante la práctica de la exposición, a ese entrenamiento paralelo y diario consistente en aceptar las cosas tal y como son, las mías y las de la naturaleza en general.

Miedos y más miedos.
Mientras tanto, y volviendo a los momentos en que todo parecía estar perdido, al miedo a perder el control y a suicidarme, se les fueron sumando otros a velocidad de vértigo. Me asustaba al ver cuchillos u otros objetos con los que me imaginaba cortándome y lesionándome. También me imaginaba que se me iba la cabeza, y hacía algún daño terrible a mis hijos e incluso a mi mujer. Lo mismo sucedía algunas veces si pensaba en los niños de los demás; con lo que experimentaba náuseas y sentimiento de repulsa hacia mí mismo al imaginar que pudiera llegar a hacer algo así.
El planteamiento que da crédito a este tipo de miedos es muy simple: “Igual que no puedo controlar mis pensamientos, puedo no controlar mis actos...”



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