Terapia de crisis



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LAS ESTRUCTURAS Función paterna

La capacidad de crear estructuras que ordenen el caos de la realidad depende del segundo aprendizaje infantil que culturalmente está por lo general a cargo del padre (aunque también la madre pueda amar de modo ordenado y el pa­dre estructurar con amor). La capacidad de crear esque­mas desde los cuales se lea la realidad azarosa procura la posibilidad de predicción, y por tanto, de enfrentar el fu­turo; y si estos esquemas son compartidos por el grupo social, se tiene la posibilidad de coordinar las acciones (de "dominar la naturaleza” según expresión de Marx). Si la función vincular constituye el tema del amor, la función de estructuración cons­tituye el tema del trabajo. Recordemos la contestación de Freud cuando se le preguntó qué es la salud: “poder amar y trabajar” (lieben und arbeiten). Ambos diálogos del yo en el presente, en el espacio, con las personas y con el campo (el entorno) respectivamente.

Si la función vincular es la relación yo‑tú, la función de estructuración es la relación yo‑mundo.

Más adelante veremos que el proyecto, que se constituye con vínculos y estructuras, es la relación yo‑yo, es decir, el yo-­de‑hoy con mis yos‑sidos y mis yos‑por‑ser. Heiddeger sostiene que el Da‑sein (ser‑ahí) es un Mit‑Dasein (ser‑ahí‑con). Por eso, quedar totalmente solo y sin historia equivale a volverse loco, pues se han perdido también los otros que fuimos para quedar fuera de nosotros (es decir, alienados).

Jacques Lacan fue quien subrayó el papel del padre como ordenador de vínculos. En la teoría freudiana del Edipo, el padre es quien ordena y limita la simbiosis original entre madre e hijo. La "ley del padre" permite superar la relación edípica y es el ejemplo del primer acto de estructuración de limites. En el origen de la esquizofrenia aparece siempre la falta de esta discriminación impuesta por el padre, pero para que se produzca este grave cuadro es también necesario que la madre (lejana o absorbente) haya "soltado" al bebé o lo haya "absorbido" (madre autista o simbiótica). Si la función materna se relaciona con el arte, la paterna se relaciona con la ciencia. La necesidad básica de estas dos funciones da cuenta del hecho de que cuando se pierden socialmente los vínculos estructurados, se consagra la patología como sustitución. Este es el caso del líder dictador (una vez más pensamos en el nazismo) que reinstala un amor único y un orden mutilador que, con todo, es preferible al vacío de soledad y la confusión (la situación social en Alemania después de la guerra del 14).

Cualquier código moral muy normativo, por ejemplo los diez mandamientos bíblicos, pueden considerarse como un mecanismo de constricción (restricción de grados de libertad) para evitar la "vorágine de posibilidades" del fu­turo y salvar a la persona de la libertad total prospectiva que lo lleva a la indeterminación de sus yo futuros. El vacío que tenemos todos por delante nos exige crear una platafor­ma, la conducta prescripta, que avance sobre ese vacío de Información, pero a veces esos mecanismos de restricción de posibilidades (el sí definido por los nos), pueden ser plataformas que para protegernos del vértigo necesiten te­ner "barandas" y, a veces, "techos"; por tanto, resultar fi­nalmente una jaula para armar la acción prospectiva y no un camino para la individuación (tal vez este sea el caso de todas las morales ortodoxas).

Ahora bien, a partir de este esquema que, como sostén hace posible un sobrevivir al azar y a la indetermi­nación de todo futuro, podemos concebir la palabra como el instrumento que nos rescata de la subjetividad, pues vin­cula y organiza, sirve para comunicarnos y definirnos. Se trata de una explicación compartida, pues se encuentra fue­ra de nosotros, siempre entre tú y yo, y es estable. Por eso, toda terapia debe llegar siempre a la palabra, aunque em­piece en el cuerpo (gestalt) o en el gesto (psicodrama).

Pero también es peligrosa si empieza y termina con la pa­labra, pues será una palabra vacía, que, si es ingeniosa, será poesía o juego de ingenio, pero nunca terapia, pues el "vacío impensable" núcleo de la enfermedad para nosotros, es una vivencia desorganizadora que está antes que la palabra. Y antes de explicarlo, es necesario para el paciente explorarlo y volverlo a vivir.

Es interesante señalar que en lo estructural el proble­ma fundamental del hombre no ha variado: todavía debe­mos explicar lo inexplicable (el gran déficit de información de la condición humana). En nuestra sociedad tecnológica­-científica lo hacemos con una enorme construcción concep­tual, las ciencias, para ordenar una realidad inestable; y nuestra cultura ha transformado la naturaleza para poner­la al servicio del hombre, de tal manera que casi podemos decir que hemos creado una segunda naturaleza controla­ble con sustituciones tecnológicas para todas las funciones de la vida.

Si queremos seguir un poco más adelante en esta línea de pensamiento, podríamos decir que actualmente algunas psicoterapias (especialmente el psicoanálisis ortodoxo) están ocupando el lugar de la religión (que antes sustituyó a la magia) como explicación "científica" del misterio (colo­cado en "ese lugar” el inconsciente) y que ofrece lo mismo que la magia y la religión: "instrucciones para recorrer una vida", tarea para la cual, en el fondo de las preguntas, no existen seguras “instrucciones para su uso” y sólo nos queda inventarlas (para luego creer en ellas) una y otra vez en cada época histórica de esta aventura del hombre en el planeta Tierra, gigantesca bola que da vueltas y vueltas en un es­pacio vacío, infinito e inexplicable.

Volviendo al tema de la construcción del futuro, o de un control del azar que permita la predicción, acudimos al concepto de constricción, proveniente de la Teoría de Siste­mas y que significa la limitación de posibilidades en las transformaciones de un sistema. Las leyes de la naturaleza son constricciones; por ejemplo, tal astro se moverá de tal manera y no de otra, un avión se podrá mover sólo en re­lación con las maniobras que le permite su diseño y la ley de Inercia, el código penal determina qué conductas serán castigadas, etc., lo cual permite la predicción, infor­mación esencial para operar la realidad.

Todo esto sirve para restringir posibilidades futuras. Se trata de restricciones que definen posibilidades por opo­sición. La libertad total que significan las infinitas posibi­lidades de futuro, nos agobia, pues nos impide anticipar y, por tanto, hacer es siempre un "hacer‑para".

Se dice que una persona llega a adulta cuando se vuel­ve independiente y no "de‑pende" (cuelga‑de) sus padres. Para lograr esto tiene que incorporar en sí las funciones vínculo-estructura que siempre estuvieron depositadas en sus padres. Aprendió a querer y a ser querido y a organizar la realidad, a crear estructuras, es decir, a trabajar. Es­tas dos funciones se cumplen en dos instituciones: la fami­lia y la profesión. Pero si esta incorporación por el yo fracasa, la persona necesita que otros se hagan cargo de quererlo (mirarlo) y organizarlo (limitarlo) y para ello necesita al terapeuta como "la mirada que estructura". Esta es la persona dependiente que no aprendió a autoperci­birse. Si esta incorporación tampoco es aprendida en la te­rapia, siempre necesitará un "terapeuta‑muleta"; es el caso del "eterno paciente".

La preocupación sobre la explicación (organización) del caos de la realidad y también la obtención de mecanismos conceptuales para la predicción, fueron los problemas bá­sicos de las sociedades primitivas. Todas las maniobras fun­damentales de la magia están al servicio de la discrimina­ción, la explicación de lo oculto y la predicción del futuro (función de estructuración)

La magia es equivalente a la ciencia, a la psicología en las sociedades ecológicas; consiste en estructurar el mundo especialmente en relación con los vínculos fantasmales negativos (malos espíritus) y positivos (buenos es­píritus); el tema del miedo y del deseo respectivamente. La preocupación del hombre de las sociedades mágicas (his­tóricas o actuales) es fundamentalmente el tiempo, cons­truir una explicación de lo inexplicable, y el misterio lo co­loca por delante, en ese futuro confuso de espíritus malos y buenos. Nosotros diríamos objetos internos malos y bue­nos. Pero en las sociedades rurales no hay generalmente objetos imaginarios personales, sino que éstos son colecti­vos, pertenecen a todos los componentes de la tribu, y son vivenciados por la comunidad entera.
SISTEMA CULTURAL

Construcción de la cultura

La larga y lenta construcción de la cultura es la historia de la creación del conjunto de teorías, normas, ciclos, sím­bolos, etc. que nos procuran una plataforma imaginaria que avanza en el futuro, palabra que es simplemente el nombre de un enorme déficit de información.

Toda la cultura tiene por fin la ordenación de la reali­dad y la defensa de la continuidad del yo. En este sentido los tabúes primitivos que prohíben tocar o hacer esto o aquello cumplen la función de defender (discriminar) el núcleo de la identidad. Aunque a veces las normas pueden ser tan mutiladoras de los futuros posibles que más que un puente que nos permite el salto del presente es una jaula que nos encierra en la paralización.

Este recorrido desde la percepción discontinua del hombre primitivo a la secuencia de la cultura, constituye la evolución filogenética en la cadena de complejización de la cultura. Y el aprendizaje del bebé, por el que éste recorre nuevamente los estadios de la construcción cultural, representa la ontogenia. Proponemos, pues, como supuesto de trabajo, que la ley de Haeckel, según la cual la ontogenia recopila la filogenia, se cumple también en la evolución mental del hombre. Esto nos sirve en nuestra teoría para explicar por qué en una crisis se vuelve a la vivencia de desintegración de la identidad (de la historicidad del yo), pues la locura no sería sino una regresión filogenética desde la recopilación ontogenética (el no‑yo inicial del bebé), es decir, nos caemos de la cultura y resbalamos nuevamente hacia la subjetividad en la que quedamos solos y confusos.

El instrumento básico con que la cultura organiza la subjetividad caótica es el lenguaje que es un estabilizador de la realidad, gracias a que hace posible el diálogo con el otro. La palabra permite que las subjetividades, que son cambiantes, ambivalentes y caóticas, se puedan encontrar. Esto es porque el símbolo no cambia en su significación, debido a que se encuentra en el espacio intermedio "en­tre" las subjetividades. Está "escrito en libros y papeles", es decir adherido al mundo físico, que tiene la propiedad de permanecer.

Estas señales (los lenguajes) atraviesan, superan la dis­continuidad de la conciencia y permiten la continuidad de la acción, del diálogo. Coordinan las expectativas sin lo cual el encuentro de las subjetividades no sería posible.


Sostén e integración

Consideraremos ahora brevemente lo que llamaremos los sistemas de sostén y de integración del yo, que ofrece la cultura. Los primeros permiten el mero sostén de la co­rriente de conciencia (el microtiempo). Toda seriación de estímulos organizados en secuencias sirve para esto: la mú­sica, la televisión (como adicción), el fútbol (como mero espectáculo) y el taller (como sostén de hábitos condicio­nados). Todas estas secuencias, ya "digeridas" por la socie­dad de masas, hacen que la persona incluida en ellas ten­ga asegurada una secuencia (aunque empobrecida por el papel pasivo que desempeña) que lo sostiene e impide que caiga en el vacío, si bien a veces la monotonía de la estimulación le produce hastío.

En cambio, los sistemas de integración ayudan a esta­blecer sucesiones en el nivel del proyecto vital. El arte o la religión son ejemplos de integración: una película de Bergman o la doctrina católica sobre la redención permiten la creación de un destino comprensible. También las cere­monias sociales establecen rituales que ayudan a los pasajes: de soltero a casado en el casamiento, de vivo a muerto en el funeral (se entiende que el funeral es un ritual para los vivos) o simplemente facilitan encuentros personales (los bailes). Que estos sistemas sean meramente de sostén o si no de integración, depende fundamentalmente de su capaci­dad de elaboración de las etapas vitales (integración) o se las utilice sólo como mecanismo de evasión o droga (sostén).
Tira biográfica

Introduciremos ahora el concepto de tira biográfica: se trata de los argumentos de vida programados por la cultu­ra, de las propuestas de destino que provee el cine, las revistas, la televisión, etcétera; de este modo se procuran prototipos de proyectos vitales. Son como esas historias que compran los niños para pintar: ya están dibujadas, sólo se les puede agregar el color. Son las "carreras" que propone el sistema social: de empleado conciente, de ejecutivo enér­gico, de ama de casa sacrificada, etcétera. Incluso tiras his­tóricas muy utilizadas son la de neurótico, alcohólico o en­fermo. Eric Berne ha estudiado especialmente lo que él lla­ma el guión trasmitido por los padres, que es la primera tira biográfica propuesta a los hijos, que a veces suele ser patológica y es causa de neurosis.

A veces la tira no es histórica, sino simplemente fáctica o instrumental: es la que corresponde al hombre que se sostiene por una cinta continua de presentes instrumenta­les (la personalidad psicopática) que lo protegen de lo que niega, que es su temporalidad. Es éste el hombre‑robot, que da la sensación de ser sólo una cáscara de actos.

Cabe observar que siempre es necesario un monto de energía para ser atraído hacia (o conectado con) una es­tructura de sostén o integración. Un ejemplo sería la pe­lícula en la que algo terrible ocurre en las primeras esce­nas (un asesinato o una violación por ejemplo); de este modo se procura la energía psicológica para que el espec­tador se identifique con el vengador de la víctima y siga así "enchufado" a la película haciendo suya la venganza y sintiendo satisfacción cada vez que el héroe mata a uno de los villanos.

Los ejecutivos, los empleados públicos, los militares, "compran" una carrera de progresos muy estable­cida y competitiva, es decir, se colocan en una "tira biográ­fica" que venden las instituciones (empresa, municipalidad, ejército, etcétera). Esto les permite anticiparse, cuando están en un escalón, cómo serán en el otro más alto. Esto que parece algo sin importancia, es lo que les permite integrar los sucesivos yos dentro de una "carrera” de una biografía que, aunque empobrecida desde el punto de vista de la singularidad del yo, les resuelve la historicidad, pues, cuan­do llegan a ser ese yo imaginado (el gerente, el general, etc.) lo pueden sentir como propio y reconocerse como el que antes se imaginó de esa manera. Puede decirse que se estu­vieron esperando, pues ya se conocían.
Trama cotidiana

Al conjunto de estructuras de continuidad lo llamare­mos trama cotidiana, que es la red que sostiene la sucesión de actos y pensamientos producidos por el acto de estar vivo. Por ello es que cuando se producen deprivaciones masivas, encarcelamientos, internación en hospicios, etc., se produce la paralización del proceso de la vida. Este es el caso de los hospicios donde se amputan los grupos prima­rios, las ceremonias sociales, la tarea. (Es realmente sinies­tro que se llame lugar de curación a una verdadera máquina de enloquecer).

La trama cotidiana recorre las dos grandes áreas de la vida: la familia y el trabajo, relacionados con los dos ins­tintos básicos, el sexo y el hambre. Freud y Marx respectivamente, dieron esquemas de ambos a partir de sendas hipótesis básicas relacionadas con el incesto y la plusvalía (el coito y la producción)

Tres son las áreas que constituyen la trama cotidiana: la del espacio, la del tiempo y la de la conducta.

El hábitat de la cultura está zonificado, es decir, los dis­tintos lugares tienen distintos códigos de uso; lo que se puede hacer "adentro" no se puede hacer "afuera"; los jue­gos de coordinación están definidos por el lugar donde uno se encuentra; en un restaurante se es cliente, en un consul­torio paciente, en un colectivo pasajero, y cada uno de esos roles tiene sus pautas de expectativa de comportamiento. Hay también zonas prohibidas en las que no se puede ser ruidoso ni estar desnudo, en las que se debe guardar silencio, etcétera. Estos espacios se determinan por límites que, cuan­do se atraviesan, exigen el abandono de una conducta para adoptar otra.

El hábitat, entendido esto como todo entorno habitado, es también un campo estructurado que ordena los víncu­los. Por ejemplo, la casa de familia regula las relaciones de los miembros a través de aberturas, pasillos, lugares para sentarse, etcétera. Hace que los encuentros estén pautados dentro de rituales domésticos como la higiene, las comidas. Distintos espacios condicionan distintas conductas en los miembros de la familia (el baño, el comedor, el dormitorio) y también ayudan a coordinar el ciclo día‑noche. Podría­mos decir que una casa dada con la disposición de muebles y objetos es el molde externo (como un vaciado en yeso) del tipo de interacciones que utiliza esa familia en par­ticular.

En este caso la estructura (el campo) ordena los vínculos.

El tiempo está "zonificado" en horarios o ciclos (del día, de la semana, del año, etcétera) que lo reglamenta y que enmarcan las tareas. Aquí debemos distinguir entre el tiempo psíquico, objeto de nuestro estudio, que es el tiem­po‑angustia, y el tiempo‑reloj que es el que ordena las tareas (el tiempo administrativo).

La tercer área que estructura la trama cotidiana co­rresponde a la conducta. Se trata de las normas (las leyes y las costumbres). La más importante de sus funciones es la creación de lo que se llama juegos de coordinación de expectativas; cada cual puede prever (dentro de ciertos li­mites) la conducta del otro y adecuarse a ésta, lo cual hace posible el funcionamiento de los grupos humanos. Si la conducta de los demás fuera siempre imprevisible, los en­cuentros no serían posibles. En el otro extremo, el exceso de reglamentaciones es causa de una patología opuesta al caos: la estereotipia.

Los sistemas sociales, en cuanto a las normas, tienden a oscilar entre dos extremos, el de la anarquía y el de la dic­tadura. Puede decirse que toda enfermedad es una estabi­lización en los extremos (por ejemplo, simbiosis y autismo en la patología del vínculo). En el intento de evitar uno de ellos, se llega al otro, pues la estabilización en el punto medio requiere mecanismos más sensibles y mayor comple­jidad psicológica (capacidad de realimentación informa­cional).


RELATIVISMO CULTURAL

Para dar una idea de la relatividad cultural de los di­versos sistemas de realidad brindaremos dos ejemplos. Uno de ellos muestra cómo una palabra, una redefinición semán­tica lograda al "leer" una situación desde una doctrina faci­litó una solución en un callejón sin salida. Es el caso de los estudiantes uruguayos que, después de un accidente aéreo, quedaron aislados en medio de los Andes y privados de alimento. El grupo estaba constituido por estudiantes de una institución católica. Al quedar aislados en la alta montaña, en plena nieve, muy pronto se agotaron las provi­siones del avión cuyo fuselaje servía de vivienda precaria y luego de varias semanas la situación llegó a un punto sin salida, iban a morir de hambre.

Los cadáveres conservados por la nieve contenían un acto, una posibilidad impensable: el canibalismo. En este momento la situación extrema llevó a una redefinición del acto, basada en una palabra clave doctrinaria que permitió la lectura de "eso impensable" como pensable y esa pala­bra fue: comunión. De esta manera el hecho de sobrevi­vir a través de la ingestión de carne humana fue posible, al definirlo como un acto de comunión. También permitió el reingreso psicológico de los sobrevivientes a la sociedad al ser rescatados pues la Iglesia también hizo la misma lec­tura del hecho y éste quedó dentro de la cultura (una ex­plicación compartida).

El otro ejemplo, proveniente de Estados Unidos, ilustra cómo el grado de tecnificación de una cultura, al sustituir prácticamente la comunicación cara a cara y utilizar masi­vamente la ortopedia comunicacional que es el teléfono, logra una forma de prostitución que sería insólita en otras cul­turas con vínculos personales directos. Y, en consecuencia, hace posible la existencia de un servicio llamado "prostitu­ción telefónica” que consiste en un diálogo erótico con una mujer a través de cierto número de teléfono (previo pago de un abono y la obtención de un número clave de cliente). La mujer conduce este diálogo hasta conseguir el orgasmo del cliente telefónico. Nosotros pensamos que esto es posi­ble sólo en una cultura con una matriz de personalidad es­quizo‑paranoide, en la que el diálogo personal es siempre mediatizado y las voces cobran en él suma importancia. Para explicar esto aclaremos que el orgasmo por hipnosis es técnicamente posible. Se lo llama orgasmo clínico y se usa en el tratamiento de la frigidez femenina.

En los Estados Unidos el teléfono es una parte básica del sistema social de interacción. Muchas funciones se reali­zan por teléfono y es interesante observar de qué manera es importante y necesario en ese país que el sistema, a tra­vés de la red telefónica, intervenga en el manejo de las vi­vencias subjetivas, que en este juego erótico auditivo, pue­den ser muy regresivas y ansiógenas. Esto lo decimos por­que el sistema estatal y de consumo está presente para el norteamericano en todas las áreas de la vida, aún en las más íntimas, como un ente que lo “teledirige" y protege de la soledad y aislamiento emocional a que lo lleva esa misma sociedad de consumo.

Por último señalaremos cómo en la pequeña burguesía se constituyen las funciones de vínculo y de estructura (sexo y producción). En la clase media la función vínculo‑sexo a menudo se desplaza, expresándose por medio de la comi­da; lo que defiende de la sociedad es comer juntos, pero se trata de un comer que sustituye la sexualidad. Y la función estructura‑trabajo se centra en otro objeto que elemen­taliza la función: el dinero, la acumulación de objetos, el consumo a través del dinero. Lo que procura seguridad, más que el trabajo transformador, es el mundo del ahorro y la adquisición de objetos. Esto es causa de que en la pe­queña burguesía las relaciones caigan fácilmente en el hastío y el estereotipo, pues no hay dramaticidad. Las funciones básicas de la sexualidad y la transformación de la realidad (el trabajo) están degradadas: la primera por una sustitu­ción empobrecida, la comida, y la otra debido a su inser­ción laboral, por la intermediación de los papeles admi­nistrativos y el sueldo fijo, el dinero como objeto en sí mis­mo (fetichizado). En ambas defensas hay poca capacidad de simbolización y pocas posibilidades de conectarse con los aspectos dramáticos del proceso vital. Esta patología cultural en casos extremos, para negar la muerte, puede lle­gar paradójicamente a la "momificación" en vida del em­pleado público sobre‑adaptado, que llega a existir sólo como una trama de hábitos (para negar la muerte debe negar la vida).


De Jehová a Darwin

El proceso de adultez y autonomía del hombre.
La explicación de la creación del mundo (la cosmogo­nía) occidental pudo pasar de ser explicada (sostenida) por la mirada a ser explicada por la planificación, gracias a Charles Darwin. Antes de Darwin, la explicación de la creación es­taba sostenida por la mirada de Dios, por un sostén vincular (el creó todas las especies, en El creemos). La teoría de la Evolución es fundamentalmente un sostén (explicación) es­tructural pues propone que creamos en la existencia de una sucesión que dé continuidad al tiempo. No necesitamos el testigo, la mirada de Dios (que nos sostiene la continui­dad histórica) porque podemos anticipar gracias a la cons­trucción de una sucesión (que permite la predicción) como lo es la teoría de la evolución de las especies que luego se constituyó en un modelo de pensamiento para lo econó­mico (Marx) y para lo psicológico (Freud).


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