Terapia de crisis



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EL ANIMAL Y EL PSICOTICO

El vivir corporizado, el de la inmediata percepción, es específico del animal, sólo el hombre inventó el tiempo (y con él la angustia). El animal no anticipa, vive un presente continuo y mantiene una forma primitiva de continuidad de conciencia gracias a la programación instintual y el aprendi­zaje que haya logrado por acierto y error. Puede que esté decaído, que tiemble, que le duela o esté excitado, pero se encuentra irremediablemente condenado al presente corpo­ral. No se autopercibe, pues no constituye un proyecto desde el cual pueda verse allí, "en este presente de ahora". Curio­samente, el psicótico (esto lo proponemos como una hipó­tesis de trabajo) vive sólo en el tiempo, quedó encerrado en él y no accede al presente, no cree en su percepción ac­tual, pues la deforma desde el delirio, que es su proyecto; éste, aunque loco (subjetivo) es con todo un proyecto. Vive superponiendo su escena y sus vínculos fantasmas sobre los datos perceptuales. Por todo esto pensamos que la "terapia" que se vale de electroshocks, insulina o cualquier técnica de agresión masiva (la psiquiatría organicista dispone de una larga historia de "crueldades terapéuticas": baños de agua helada, inmovilización completa, abscesos de fijación, etc.) no hace más que arrancarlo del encierro imaginario en el tiempo y encerrarlo en el presente perceptual del dolor y el miedo, es decir, animalizarlo. Y al no curar la historia lastimada (lo imaginario no compartido) este tipo de terapia se ubica junto a la veterinaria, pues en ella se le quita al paciente lo que lo diferencia de los animales y lo hace humano, esto es, la invención del tiempo.









EL ADICTO, EL HIPOCONDRIACO Y EL PSICOPATA

Pero hay también otros "encierros" patológicos en el pre­sente que no llegan a ser tan graves, pues algo de historia queda en ellos; es el caso del adicto, el hipocondríaco y el psicópata, tres cuadros que tienen en común la renuncia a "lo que fue" y "lo que será", que son sus espacios ansióge­nos. El adicto se droga (o, en casos leves, come continua­mente) con lo cual aumenta sus canales perceptuales (placer en la ingestión, etc.), acrecienta sus sensaciones y vive el ahora continuamente. El hipocondríaco está ligado a su cuer­po, sus dolores lo conectan exclusivamente con el presente y siempre se encuentra en el ahora de sus síntomas. Y, fi­nalmente, el psicópata "hace" continuamente, actúa y sólo anticipa lo imprescindible para conseguir su acción manipu­ladora, él se encierra en el presente, en el espacio para que no lo invada lo que fue y lo que será, dimensiones que no apren­dió a manejar, él no contó con el aprendizaje infantil de la frustración que permite acceder a la simbolización y a la pér­dida, ni tampoco aprendió a anticiparse como "el otro" y re­correr una historia. Siempre se encuentra en el ahora, por eso con estos pacientes, los psicópatas, se tiene la sensación de que no hay nadie adentro (recordamos que la identidad es una historia con un sentido). El adicto y el hipocondría­co, en cambio, dan la impresión de personalidades deteni­das, siempre en la actitud infantil de dependencia y ocupa­dos en el diálogo con sus cenestesias corporales; ambos escu­chan hacia adentro.

La persona fáctica, la que siempre está "haciendo algo", el hombre que vive conectado sólo con su percepción senso­rial, está insertado en la trama cotidiana mediante una se­riación de tareas, y queda así precavidamente fuera de la tem­poralidad. Vive como llevado por una cinta continua de pre­sentes instrumentales; de ese modo tiene conectada su co­rriente de conciencia con una serie de tareas rutinarias. Sólo sale de eso cuando por un imprevisto se corta la cinta (queda sin tarea, lo invade el insomnio o sufre alguna discontinui­dad brusca en su rutina diaria protectora). Sobreviene en­tonces la crisis, queda sin su mecanismo protector frente a la temporalidad, se encuentra perdido y desorientado en medio del tiempo.
LA EXPECTATIVA

Respecto al sentimiento de ”estar vivo”, en contacto con el medio, diremos que la posibilidad de percepción depende de lo que se ignora; esto es, sólo nos conectamos con un proceso que tiene lugar si existe la expectativa, es decir, si ignoramos el final, si se trata de algo que no pertenece a la memoria (lo ya visto), sino a la percepción. Lo primero (la memoria) produce hastío, y lo segundo (la expectativa) es ocasión de aventura. Esto último es lo que en terapia guestáltica se llama actualización perceptual, que se relaciona con la sensación de ”estar vivo”, de descansar de la angustia y la soledad que producen los diálogos con los vínculos fantasmas y tener encuentros reales con gente real (que para Perls es la curación).




EL GIRO DEL TIEMPO

Entraremos ahora en el mecanismo de la temporalidad, lo que podemos llamar el giro del tiempo. Percibimos con los sentidos una situación; luego la información se memoriza, se imprime como recuerdo, como experiencia; pero cuando esta experiencia no fue completada (diríamos que “no cerró”) en relación con la energía psíquica que movilizó, se constituye como experiencia incompleta, un recuerdo que está vivo. Estos son los recuerdos que se utilizan para construir el futuro; los arrojamos por delante del presente en lo porvenir (”futuramos” recuerdos); luego vamos hacia ese futuro o ese futuro viene hacia nosotros (depende de que el tiempo se lea de manera activa o pasiva). Cuando llegamos a ser “ese otro” (”llegó el día esperado”) nos reconocemos como el mismo anticipado y, por tanto, queda asegurada la integración histórica de los sucesivos yos.


LOS CICLOS

También los ciclos, especialmente los solares (el día y el año), sirven para hacer girar el tiempo, para transformar ilusoriamente un proceso lineal, infinito e irreversible, en un proceso circular en el que siempre existe otra oportunidad para resolver los problemas de la vida. (“Si este lunes no puedo, el próximo podré”). Los ciclos son imprescindibles para compensar la vivencia de irreversibilidad (sólo se pierde lo que no se puede repetir). Además, los ciclos procuran un término a las tareas, noche y día, verano e invierno.


EL FONDO HISTÓRICO Y LA MONOTONIZACIÓN

En cambio, la inclusión de la variedad es una necesidad estructural en la percepción de la realidad. ¿Por qué? Porque la figura es lo nuevo y el fondo (de la gestalt figura- fondo) está referido a una percepción anterior histórica y, por tanto, tiende a esfumarse no permitiendo que la figura se recorte por sobre el campo perceptual porque el fondo se olvidó. La figura pasa luego a ser en la percepción siguiente el fondo de un nuevo objeto elegido como figura y así sucesivamente. Esto explica los fenómenos de monotonización de la percepción (que conducen al estado de trance) y toda la problemática del hastío relacionada con la depresión (el presente en blanco). Si se repite regularmente un estímulo auditivo o visual (siempre igual figura), se destruye la percepción. Esto da cuenta del estado de trance obtenido con tambores en rituales primitivos (e incluso en los boliches actuales). Esto se relaciona también con los rituales con los que los neuróticos obsesivos se defienden del cambio (que es vivido como desestructurante) aún al precio del empobrecimiento del sentimiento de vivir. Este es el tema de la burocracia como defensa de la fragmentación del yo. El tiempo queda girando en torno al ritual, sin expectativa pero también sin la vivencia de un vacío insoportable (el yo consigue instalarse en un “movimiento paralizado”).

También lo actual, lo real, depende de la expectativa pasada; sólo es real lo que se espera, por eso lo inesperado es increíble. En Nueva York los hippies enarbolaban la inscripción: “Debemos esperar lo inesperado” (de lo contrario, va a ocurrir sin que lo advirtamos). También sentimientos de anticipación, como por ejemplo el de venganza, están al servicio de tramar la continuidad, pues el acto de venganza está contenido en el pasado como un vacío, una ausencia y, cuando por fin se cumple, aparece como un lleno, pero antes y después se trata de la misma escena. Ya dijimos que el tiempo necesita ser sostenido con secuencias que puedan crear la sensación de continuidad. Son las que llamarnos estructuras de sostén. Dos de ellas, que servirán para explicar esto más concretamente, son la música y el deporte. La música se define específicamente por ser una configuración en el tiempo; la melodía y el ritmo crean continuidad en la corriente de conciencia; permite que uno “se suba” a ella y no caiga en el instante paralizado. El deporte (cuando se es espectador) contiene una secuencia de sostén que está armada alrededor de la expectativa de un desenlace desconocido y que, por tanto, necesita ser percibido (”enchufa” la percepción en el ahora) y se sale así del tiempo que angustia. Pero para mantener la expectativa, es necesario que se ignore el final, pues sólo se puede percibir lo que no se sabe plenamente. (Por esto mismo es que no se puede contar el final de una película).
DISECCION DEL TIEMPO

Sabemos que todo este análisis, una verdadera ”disección” de la organización perceptual de la temporalidad, es sumamente ansiógeno, pues nos pone en contacto con lo más profundo de nuestra angustia existencial, de ese abismo de disolución del yo que puede presentarse en cualquier momento de nuestra vida, cuando las defensas culturales bajan lo suficiente. Allí aparece lo que Donald Winnicott llama “lo impensable”, donde lo que se disuelve no es tanto el yo como el segmento del yo con el que éste se autopercibe y que nosotros llamaremos el núcleo del yo (el sí-mismo). Al otro yo lo llamamos el yo social. No es por crueldad de nuestra parte que arrastramos al lector a esta zona angustiante, sino porque desgraciadamente este es el centro de la condición humana. Estamos todos metidos en este lío sin poder salir de él. Este es el tema de la desesperación y el desamparo sartreanos. La posibilidad que tenemos como psicoterapeutas de integrar al paciente a la salud depende de haber enfrentado y vivenciado todo esto antes.

Fue sumamente angustiante realizar esta disección del tiempo psíquico que rige todo el modelo teórico de nuestra concepción de la salud y la enfermedad, pues al desarmar el tiempo con el fin de estudiarlo, nos quedamos sin esa construcción protectora de la identidad. La imagen para trasmitir esta situación es: ¿cómo desarmar el bote donde está uno para ver como está construido? El resultado es empezar a hundirse, porque nos quedamos sin el bote que nos sostiene. Al investigar el tiempo durante estos últimos años, nos invadió a veces una vivencia de extrañamiento del curso de la realidad. En ocasiones se nos desarmó la constitución de figura-fondo, todo fue homogéneo, nada tuvo sentido y nos sumimos en el presente vacío. Nos referimos a estas experiencias por indicar algo importante: estudiar el tiempo para el hombre se asemeja al pez que quisiera estudiar el agua; le sería imposible hacerlo a menos que pudiera salir de ella y saber qué es no-agua. Nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que la psicosis y las experiencias con drogas alucinatorias constituyen un lugar fuera del tiempo. También son un lugar fuera del tiempo las experiencias del satori del budismo Zen, en las que el tiempo se anula porque se llega a anular todas las contradicciones y finalmente incluso la oposición entre yo y no-yo.
ESCALAS DEL TIEMPO

En cuanto a las escalas del tiempo, consideramos operativo distinguir cuatro: el segundo, el día, el año y el siglo.

Cada una de ellas está en relación con un tipo de estructura de continuidad; el segundo (el instante, que es el nivel de la corriente de la conciencia), con la constitución de gestalts (la música es un típico soporte de la corriente de conciencia) ; el día (nivel de los hábitos) se relaciona con el trabajo y la organización de la acción instrumental; el año ( nivel del proyecto vital ) con los ciclos de la vida y, finalmente, el siglo (nivel de la trascendencia) se relaciona con el misterio de nuestro nacimiento y nuestra muerte, pues es la escala que supera nuestra duración. El reloj organiza el segundo (el instante) y el día, que son los soportes de la microcontinuidad, vivida en secuencias corporales; y el almanaque organiza el año y el siglo, que miden la macrocontinuidad, sólo percibida imaginariamente (el recuerdo y la anticipación).

SUEÑO Y TIEMPO

Los sueños son tentativas de organizar proyectos (diríamos “los borradores”), trabajo de ensayo y error para la configuración de la prospectiva. Las imágenes recordadas se transforman en símbolos y éstos son formas primarias de lenguaje. De modo que al contarle el sueño al analista lo que está haciendo el paciente es colocar esas imágenes caóticas subjetivas en palabras y, por tanto, coloca ese material “ininteligible” en el espacio intermedio (transicional) de la objetividad, de la cultura y, por tanto, va transformando su caleidoscopio imaginario en planificación estabilizada y por ello se puede incluir en la trama de juegos de coordinación que es la vida social (el mundo objetivo). De modo que no es tanto la interpretación del sueño desde la teoría de la líbido lo que tranquiliza, sino el convertir las imágenes caóticas en símbolos compartidos, al ser traducidas en palabra y con esto, incluir la subjetividad en la objetividad (algo así como el tiempo, la memoria, en la realidad social) mediante una construcción imaginaria que se llama proyecto de vida. Esto es imaginar (construir con recuerdos) un estado futuro del yo y luego hacer para instalarse

talarse en él. Pero este proyecto sólo es operable en la realidad compartida si es posible transmitirlo a los demás y, de este modo, acomodar las expectativas mutuas. A esto nos referimos cuando decimos que la terapia consiste en colocar el proyecto personal en la cultura (lo subjetivo en lo objetivo).
ANTROPOLOGÍA Y TIEMPO

Desde una perspectiva antropológica, pueden citarse dos observaciones sobre el tiempo: la primera se refiere al temor a cerrar, a terminar un proceso; y la otra, a la percepción simultánea de presente, pasado y futuro. La primera se relaciona con las decoraciones de los indios del oeste americano en las que se advierte el cuidado de no terminar, de no cerrar la figura, pues que algo quede por hacer asegura la continuidad de la vida, y la segunda, entre los Navajos, es la percepción de lo que ellos llaman el Gran-Tiempo de las ceremonias, en el que el presente no está entre el pasado y el futuro, sino que éstos se encuentran simultáneamente a su alrededor (espacializados). Cuando el autor recorrió el altiplano peruano-boliviano (en una investigación sobre brujos quechuas) tuvo como percepción inmediata, esta sensación de tiempo simultáneo, pues el enorme espacio del altiplano se percibe como infinito e inmutable y, por tanto, se dispone de todo el tiempo porque nada cambia del entorno. En cambio el espacio compartimentado y los cambios aceleran el tiempo en nuestra cultura urbana. También en ciertas situaciones vitales se tiene contacto con lo que podríamos llamar el instante total: pensamos que un orgasmo pleno, ciertas borracheras claves, un triunfo largamente esperado, etc., son puertas a este tiempo fuera de los relojes, de los hábitos que crean las sucesiones cotidianas.


TECNOLOGÍA Y TIEMPO

Es interesante señalar la capacidad desterradora de la sociedad tecnológica, que aleja rápidamente los presentes. El progreso tecnológico cambia el mundo físico y cultural en poco tiempo. La velocidad viene dada por la capacidad acumulativa (de crecimiento geométrico) de la tecnología; ésta es como una pirámide donde lo nuevo se asienta y se suma a lo ya existente. Desde principios de siglo hasta la actualidad cambió mutacionalmente el diseño de la realidad modificando profundamente el espacio-tiempo y el intercambio de información. La velocidad del transporte, el hacinamiento urbano y los medios masivos de comunicación (especialmente la televisión) cambiaron el tempo (ritmo) de vida y crearon el anonimato del habitante urbano. Todo esto lo señalamos porque dificulta las tareas de individuación, pues al yo le es más difícil la integración histórica. El pasado se hace lejano más rápidamente. A principios de siglo el tiempo de vida sucedía más lentamente. También actualmente la brecha generacional incomunica a padres e hijos y dificulta las introyecciones con que se arma la identidad.


ETAPAS DE COMPLEJIZACION DEL TIEMPO EN LAS TERAPIAS

Antes de terminar el análisis de la temporalidad, para entrar luego en el de la cultura (que es lo que nos defiende de la temporalidad), vamos a presentar lo que consideramos las etapas de complejización del concepto de tiempo en las psicoterapias. Nosotros hablaríamos de cuatro momentos: la psicología clásica que sirvió de fondo histórico a Freud, proponía un modelo de conciencia atemporal con funciones aisladas (estratos de conciencia). El psicoanálisis fue el comienzo de la concepción dinámica del aparato psíquico, lo presente se explicaba por lo pasado y en eso consistía la clave, todo el proceso terapéutico se centraba en el pasado. Luego advino el pensamiento gestáltico de Fritz Perls con el que la terapia se centra en eI presente y la actualización perceptual llega a ser la curación, pero la exploración inicial sigue teniendo sus raíces en el pasado, y por último proponemos en la teoría temporal, continuando este proceso de completamiento de la estructura del tiempo, incorporar el futuro como el espacio que faltaba para poder así centrar la terapia en el pasaje del pasado al futuro, ”la vida” concebida como movimiento, como salto continuo que a veces, en la enfermedad, se convierte en caída, en paralización. Nuestro modelo psíquico, que tuvo origen en la observación clínica, en el intento de resolver las crisis psicológicas, recibió el apoyo teórico del existencialismo, especialmente el sartreano, con el que convergió. Esta convergencia no nos sorprende, pues nuestro punto de partida fue el intento de obtener un instrumento terapéutico para responder a las perturbaciones mentales de la sociedad de masas, de este mundo urbano esquizofrenizado, que es consecuencia del ataque a la identidad de la cultura tecnológica moderna. Y recordemos que el existencialismo fue una respuesta al sentimiento de fragmentación de la antigua cultura europea de principios de siglo, con su estabilidad victoriana, destruido por los cambios en la concepción del hombre después de las dos despiadadas guerras mundiales y el enorme crecimiento tecnológico. Después de todo esto el hombre perdió la tranquilidad, el positivismo y la estabilidad histórica dieron paso a la cosmovisión (los alemanes dicen: Weltanschauung) de la incertidumbre y a un proceso de cambio cada vez más acelerado. En síntesis, lo que pro ponemos desde la teoría de crisis es un salto cualitativo, pasar de un corte espacial de la realidad a un corte temporal; proponemos no curar “aparatos psíquicos”, sino “historias enfermas”. El hombre enferma en su proyecto, y allí es donde debe ser curado. De todos modos la primera etapa es un trabajo arqueológico del psiquismo, pues el futuro es una especie de reflejo especular del pasado; claro que al mismo tiempo es por completo diferente, dado que todavía “no ocurrió” y puede llegar a cambiar el pasado, como el final de una película suele modificar todo lo ya visto de ella (exagerando diríamos que sólo al final sabremos si nuestra vida fue una de Chaplin o una de Drácula).

LA CULTURA
Según lo hemos dicho, el yo se encuentra sumido en el tiempo, por lo que el punto de referencia se mueve y no puede autopercibirse. Se trata de un problema semejan­te al relativismo einsteniano. En los primeros tiempos de vida el bebé no cuenta con un núcleo del yo desde el cual pueda leer la realidad y luego, en el curso del crecimiento, se va pasando por sucesivos yos que se evalúan a sí mismos desde perspectivas diversas. Esto se estabiliza cuando se constituye el núcleo del yo por la mirada de la madre que reasegura al bebé que sigue siendo el mismo y la organiza­ción que procura la intervención del padre (la libido y la simbolización). Aunque aclaramos que estas dos funciones se dan simultáneamente como vínculos que ordenan la reali­dad y que la distinción que hacemos tiene por fin discrimi­nar dos partes de un todo: el sistema cultural.

Ya hemos adelantado que el niño es rescatado de la subjetividad caótica por un sistema de referencia externo y estable en el tiempo, que proponemos constituido por los vínculos y las estructuras dentro de un sistema que es la cul­tura que está constituida por estas dos funciones. Por razo­nes didácticas comenzaremos por analizar estos dos siste­mas de continuidad de la conciencia para después compren­der mejor el sistema cultural.


LOS VINCULOS Función materna

El origen de la capacidad de vincularse es la percep­ción por el bebé de la mirada de la madre. Esta le sirve como sostén que le permite sentirse existir y ser el mismo a pesar de la difícil metamorfosis por la que pasa hasta el afianzamiento del sentimiento de ser.

La mirada del otro me devuelve la identidad porque siempre me mira definiéndome. Es necesario que los pa­dres en los comienzos de la vida del hijo lo miren y defi­nan, porque no hacerlo es dejarlo en el vacío, en una auto­nomía prematura, que es tan perjudicial como tratarlo autoritariamente. Los padres le entregan un primer "molde" desde el cual los hijos existen y pueden elegir luego otra forma de existir, de ser. Pero el primer molde (guión, según Berne) es inevitablemente una herencia.

En la relación yo‑tú se distinguen dos componentes: el primero es el otro como testimonio de mí, la mirada de los otros que me termina de definir; yo soy en la mirada que el otro me devuelve; por mirada queremos indicar la pala­bra, el gesto, el abrazo y, en general, todo el comportamien­to que el otro desarrolla a mi respecto. El otro aspecto del vínculo es el mecanismo por el que me identifico con el otro, la capacidad de proyectar partes mías en él o intro­yectar partes suyas en mí. Es algo así como mezclarse emo­cionalmente y quedar protegido de la sensación de desapa­rición, pues siempre algo de mi va a quedar a salvo fuera de mí. (En cierto modo, el amor hace posible tener alguna inmortalidad). Este mecanismo se perturba fácilmente: en uno de sus extremos se produce la simbiosis en la que la mezcla es total y la identidad queda confundida, y en el otro, la consecuencia del trastorno es el autismo donde la distancia es extrema, es el temor a querer, a jugar a las identificaciones, pues se tiene miedo de desaparecer absor­bido por el otro.

El amor es un juego imprescindible en la vida, pero no es fácil regular la identificación de manera tal que sea po­sible intercambiar sin pérdida de identidad.

Siempre es necesario contar con una mirada y si, por desgracia, ésta no es amorosa. preferimos aún ser odiados, reprochados o culpados, que sufrir su ausencia. Por ejem­plo, el protagonista de nuestro tango (ex niño abandonado) prefiere las miradas rencorosas que intercambia con la "mina" a no tener mirada ninguna. Y si nos quedamos en­teramente solos, siempre podemos elogiar "la mirada de Dios", aunque ésta se centre en nosotros sólo para culpar­nos por "nuestros pecados".

El vínculo negativizado, el odio (rechazo, miedo, culpa, reproche, etc.) es más fácil (más elemental) que el amor pues no necesita de la complicidad del otro, como sí la ne­cesita el amor. Además el odio es un diálogo mucho más íntimo y controlable (conservable) que el vínculo amoroso que depende del otro real. El odio es un subproducto del amor pues se genera cuando éste fracasa. En el amor de­pendemos del otro, en el odio no.

El vínculo es también la capacidad de darle expresión, de comunicarlo, se relaciona con la representación de las emociones, con el lenguaje y el arte (en especial, el teatro). La hipertrofia de esta función es parte básica de la histeria.

El tiempo produce una transformación en los vínculos: nosotros establecemos relaciones con personas, lugares, et­cétera (Freud dice que se los reviste libidinalmente) y el tiempo nos las arrebata. Esta ausencia exige su representa­ción para no perderlas totalmente. Ya lo dijimos: "El tiem­po ladrón fabrica fantasmas". Pero no sólo roba a los otros queridos, sino que también nos destierra de nosotros mis­mos, nos empuja y nos obliga, querámoslo o no, a ser otros, (también nos separamos de nosotros mismos). El más im­portante de estos yos-sidos es un "niño fantasma" que siem­pre queda allá en el fondo de nuestra historia y que cobra gran importancia en el proceso terapéutico, pues a él es a quien hay que explicarle lo sucedido. Con frecuencia los pacientes muy lastimados han vivido en su infancia experiencias terribles que quedaron sin entender por el niño interno. Ya volve­remos a referirnos a esto al tratar las técnicas.




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