Teologia II cristologia y soteriologia cngo. Lic. Marcelo Mateo



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Catálogo:

2. La expresión "Hijo del hombre"
a. El uso de la expresión por parte de Jesús

Es característico de este giro el que sólo lo use Jesús. Salvo rarísima excepción, no se halla en boca de sus interlocuto­res ni en afirmaciones de los evangelistas. Asi­mismo, la tradición posterior no se sirvió de este título para designar a Jesús y cuando lo menciona no parece haber captado su alcance. Esto nos dice que ha sido una expresión auténtica del Señor, ya que si El no la hubiera pronunciado, la Iglesia, al no entenderla, la habría omitido.



Es más, a veces se perciben intentos de cambiarla por una expresión más inteligible como "Yo", "Hijo de Dios", "el Hijo". Pese a su dificultad de comprensión, los contemorá­neos de Jesús nos indican así que en el oscuro giro Hijo de hombre ellos han visto una designación de la identidad del Mesías y una indicación de su filiación divina.
b. El "Hijo del hombre" en su vida terrena
1. Venida y preexistencia

La afirmación "el Hijo del hombre ha venido" revela la concien­cia de una cierta preexistencia.

En primer lugar se trata de una preexistencia proféti­ca. Jesús es el personaje anunciado por Daniel. Desde esta perspecti­va, cabe un paralelismo con Juan, el Bautista, quien realiza otra figura profética (Mt. 17,12).

Pero las palabras de Jesús superan la mera preexisten­cia profética. La venida del Hijo del hombre es vista como un despla­zamiento: ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10), a servir y a entregar su vida como rescate (Mc 10, 45). Esto supone un entrar en movimiento, abandonando la propia situa­ción para ponerse ha disposición de la humanidad. La presencia del Hijo del hombre es el efecto de una iniciativa generosa que tiene un origen ante­rior a esta vida: "Para esto he venido" (Mc 1,38).

Lo que los sinópticos sugieren se vuelve explícito en el Evangelio de Juan: "El Hijo del hombre es el que bajó del cielo" (3,13; 8,14; 16,28) y su exaltación consiste en subir "a donde estaba antes" (6,62).

Además, la afirmación de la preexistencia no es tanto una mirada al pasado sino una consideración de la condición presente. Para el Hijo del hombre vivir la vida humana es "haber venido". Él experimenta actualmente su preexistencia.



Por ello, no es asombroso que la mencione a partir de los hechos más prosaicos de la vida humana: "ha venido el Hijo de hombre que come y bebe" (Mt 11,19). Que un hombre coma y beba no es extraño. Pero que lo haga uno que ha venido da a esas acciones un significado misterioso y las convierte en parte de una revelación.

Esto se confirma porque, inmediatamente después de esa frase, Jesús añade que la Sabiduría de Dios "ha quedado justificada por sus obras". Mientras que en su comportamien­to humano los hebreos ven un motivo de vituperio (es un comilón y borracho), Jesús reconoce la presencia de la Sabiduría de Dios que indica su filiación divina. Hay un modo de comer y de beber que es propio de la venida del Hijo: esta venida se caracteriza por una total inmersión en la vida humana. La Encarnación llega hasta lo más profundo y el Hijo del hom­bre, porque es Dios, es más humano que el Bautista.


2. Poder divino

El poder escatológico de juzgar se expresa en la vida terrena del Hijo del hombre mediante la potestad de perdonar los pecados. Tal prerrogativa esencialmente divina susci­tó escándalo y asombro en sus contemporáneos (Lc 7,48-49; Mc 2,6-7).

En su respuesta a los objetores, Jesús se presenta a propósi­to como el "Hijo del hombre", para destacar que, aún siendo verdade­ro hombre, tiene ese poder descomunal: Dios perdona los pecados en el cielo, pero en la tierra es el Hijo del hombre quien los perdona.

Además, a la potestad de juzgar va unido el poder de dar la vida. Así, según san Juan, "el Padre ha concedido al Hijo tener la vida en sí mismo, porque es el Hijo del hombre" (5,26-27). La exaltación gloriosa del Hijo del hombre tendrá entonces como fruto consumado la comunicación de la vida eterna (3,14-15).

En esta perspectiva, también, se inscribe la Eucaris­tía: el Hijo del hombre da el alimento que permanece hasta la vida eterna (6,27.53).

Tal atribución tiene carácter divino, ya que, lo mismo que el perdón de los pecados, la comunicación de la vida es algo que sólo corresponde a Dios.


c. El "Hijo del hombre" glorioso
1. La venida sobre las nubes del cielo

Jesús se ha autodenominado "Hijo del hombre" no sólo para afirmar su plena realidad humana, sino también para aludir­ a su destino glorioso, en referencia a la profecía de Da­niel.

Y esto aconteció claramente cuando declaró ante el Sanedrín, proclamando su identidad personal de Cristo e Hijo de Dios (Mt 26,64) con el título de Hijo del hombre. Porque tanto la venida sobre las nubes como la participación en el poder divino eran característi­cas del Hijo del hombre apoca­lípti­co.

Esto no significa simplemente que Jesús vuelva atrás para comprobar la realización de un anuncio profético. El cita los textos de la Escritura dándoles un nuevo signi­ficado. Por ello, al cumplirse en El, la imagen del AT pierde toda vaguedad al mismo tiempo que se concretiza, personaliza y dilata en su Persona.

Lo más asombroso es que Jesús se autodefine Hijo del hombre glorioso y anuncia su venida teofánica (sobre las nubes) en el momento de su máxima humillación e impotencia. La revelación de Dios es paradójica y supera totalmente el alcance de la compren­sión humana.

Por otra parte, Jesús afirma de sí mismo una gloria que está en contraste absoluto con lo que había caracterizado hasta enton­ces la existencia del Hijo del hombre. Su forma gloriosa de venir será tal que demostrará que El es el Cristo y el Hijo de Dios.


2. El "Hijo del hombre", Juez universal

La escena del juicio universal evoca de modo intenso la autoridad divina. En ella, el Hijo del hombre vendrá en su gloria, "con todos sus ángeles" (Mt 25,31), realizando así lo propio de la venida de YHWH (Zac 14,5). Asimismo, el poder de juzgar es estric­ta­mente divino y sorprende que el Hijo del hombre lo ejercite con plena soberanía, como señor absoluto. Para colmo, el Hijo del hombre valorará la conduc­ta de los hombres en base a la actitud que hayan tomado ante Él. Y lo mismo se afirma en otras expresio­nes sobre el juicio pronunciado por el Hijo del hombre (Lc 9,26; 12,8). Así, El es aquel que juzga y en relación al cual se es juzgado.

Nótese, particularmente, que esta última característica lo califica también como ser divino, ya que la humanidad sólo puede ser juzgada por su actitud ante Dios.

En la misma línea, su pretensión de exigir a los hom­bres la entrega y el sacrificio total de su vida por su Persona es prerro­gativa divina (Mt 13,41-42).


d. Condición humana del "Hijo del hombre"

Si Jesús destaca de muchos modos la identidad divina del Hijo del hombre, simúltaneamente pone de relieve su realidad humana.

Cuando Cristo afirma que el "Hijo del hombre ha veni­do", entiende con ello que vive una vida auténticamente humana. Así son superados los oráculos del judaísmo que veían en el Hijo del hombre un ser celeste o divino. Por tanto, Jesús llama la atención sobre el valor de su condición humana, la cual le permite cumplir su misión.

Al respecto es iluminante Jn 5,27: "Y le ha dado (al Hijo) poder para juzgar porque es Hijo del hombre". La idea de fondo es que el juicio debe encomendarse a un hombre, porque sólo así los hombres serían juzgados por alguien igual a ellos, capaz de comprender la condición y situaciones humanas. Si no fuera así, los hombres serían juzgados "desde arriba y desde afuera". Ahora bien, el Hijo del hombre ejerce el juicio que es una prerrogativa divina y lo revela como personalidad divina. Pero lo ejerce en cuanto hombre, "asimilado en todo a sus hermanos" (Heb). Así se explica que su juicio sea de salvación y no de condenación (Jn 3,17).

Asimismo, cuando Jesús reclama para sí el poder que el Hijo del hombre tiene para perdonar los pecados, precisa que El tiene ese poder "en la tierra", es decir, en cuanto hombre (Mt 12,10). Si tal potestad se ejercitase en el cielo Dios solo bastaría. Pero para perdonar las culpas en la tierra se requiere al Hijo del hombre.

La condición humana es, por tanto, esencial al Hijo del hombre para su misión de comunicar la vida eterna, ya que la dona a través de su carne y de su sangre. Este poder de comunicar la Vida, aun siendo divino, le corresponde en virtud de la Encarna­ción. Y aunque se trate de su carne y sangre en estado de glorifi­cación70, éstas son y serán siempre carne y sangre humanas.

Su misma presencia en todo hombre y, en particular, en los pobres y abandonados, a la vez que lleva una impronta divina (sólo Dios está presente en todos), muestra hasta qué punto es humano en Hijo del hombre. Hay en El una solidaridad que lo hace sensible a todo lo que afecta a sus hermanos (Mt 25).

Por todo lo dicho se explica que la fe en el Hijo del hombre comprenda tanto su humanidad como su divinidad (Jn 9,35). La adhesión de la fe nace de un aproximarse de Dios a los hombres que llega al extremo de pedir la fe en Dios mediante la fe en un Hombre, Jesús.
e. Teología implícita de la expresión "Hijo del hombre"

Es significativo que Jesús haya elegido para autodesignarse un término que de por sí significa "el hombre" y no se haya presentado con un título que afirmara su dimensión divina. Además, para decir que era un hombre ha usado una expresión que no parecía reivindicar superioridad alguna a nivel humano. Porque "hijo de hombre" significa simplemente "un hombre que se inserta en la serie de las generaciones humanas", un pequeño átomo en la humanidad universal.



A través de la expresión Jesús subraya, ante todo, que El es un verdadero hombre. Si bien esto podría parecer superfluo (todos veían que era un hombre), corrige profundamente la visión de Dn 7, donde se habla de un misterioso personaje "con apariencia huma­na"71. Al mismo tiempo, se afirma que Jesús es íntegramente hombre, que nada humano le falta. Si carece de pecado (Jn 8,46), esto para nada disminuye su humanidad; al contrario, lo hace más hombre.

El título evoca, en perspectiva bíblica, a Adán. Jesús es, por consiguiente, "hijo de Adán, hijo de Dios" (Lc 3,38). Esta expresión lucana sugiere ya el gran tema paulino de la comparación entre los dos Adanes, orígenes de dos humanidades (Rom 5,12-21). Ahora bien, no se trata de que Jesús sea una réplica del Adán primero, sino de que éste es una "figura del que había de venir" (5,14). Esto modo de hablar hace pensar en el Hijo del hombre que "ha venido".

En síntesis, Jesús es el Hijo del hombre, el hombre primor­dial, íntegro, en contraste con el pecado que desnaturaliza la humanidad. El inaugura la nueva humanidad por su servicio y la entrega de su vida para rescate de todos (Mc 10,45).
Pero Hijo del hombre alude también a un personaje divino y celeste, según la profecía. Late en ella la convicción de que lo que más se asemeja a Dios en el orden creado es el hombre (Gén 1,26; Sal 8). El oráculo de Daniel confería, además, al Hijo del hombre rasgos representativos, siendo simultáneamente un individuo divino y la personificación del "Pueblo de los santos del Altísi­mo".

Cuando Jesús asume el título, incluye en él todos los carac­teres del personaje profético. Se autodefine así como un ser divino, en relación única con Dios, y como representante del Pueblo elegido. Su origen celeste y trascendente, se expresa en una venida misteriosa y en el ejercicio de poderes divinos.

Lo fundamental es que Jesús no tiene una apariencia humana, simplemente; El es hombre en plenitud; su divinidad no suprime la humanidad. Y esto se debe a la novedad absoluta e indeducible del a Encarnación: "ha venido el Hijo del hombre que come y bebe" (Mt 11,19). En el Hijo del hombre Dios y el hombre están inseparable­mente unidos. Hay un sujeto divino que actúa como hombre en la condición de hombre.

Esta visión nos libera de caer en la concepción de un Cristo "en dos pisos". La persona divina con su respectiva naturaleza no están al margen o por encima de la humanidad de Jesús. Al contra­rio, la divinidad se revela y se oculta a la vez en la humanidad.


C. Encarnación de la Palabra, de la Acción y de la Presencia divinas
1. Encarnación de la Palabra
a. Autoridad de la Palabra

Entre las palabras más significativas de Jesús se encuentra el término "amen". El le da un uso nuevo, sin precedentes en Israel, sirviéndose de él para introducir sus alocuciones. Así destaca la veracidad y firmeza de sus enseñanzas porque esa palabra expresa su autoridad de manera única y original.



La única forma bíblica con la que es puede comparar amen es la locución profética: "Así dice el Señor". Por eso, al referir el "amen" a su ps palabras, Jesús ocupa implícitamente el lugar de Dios e identifica su palabra con la divina.
Los oyentes han percibido claramente la diferencia entre las enseñanzas de Jesús y las de los otros rabinos de Israel. Mientras éstos se fundaban en la Ley, Jesús remite siempre a sí mismo y -¡oh audacia!- se atreve a corregir la Ley que es la Palabra misma de Dios. Por ello la gente se maravillaba, porque enseñaba "con autoridad" (Mc 1,22; Mt 7,29). Incluso más, Jesús llega a dar a su palabra un valor superior al de la Ley divina (Mc 13,31; Mt 5,22.28.32.34.39­.44). La paradoja llega al extremo cuando se piensa que las palabras de Jesús son, por la Encarnación, palabras humanas. Hay en ellas una verdad que viene de arriba pero que se impone desde abajo. Con razón pueden decir los guardias enviados a arrestarlo: "Nadie ha hablado nunca como este hombre" (Jn 7,46).
b. Palabra y Persona

Dos afirmaciones de Jesús sugieren más directamente la identidad entre su palabra y su persona:


Los habitantes de Nínive se alzarán a juzgar a esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.
La reina del Sur se pondrá en pie para juzgar a esta generación y la condenará, pues ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón.
Jonás es el prototipo del profeta, del que habla en nombre de Dios. Ahora bien, por encima de un profeta sólo puede estar la Palabra de Dios. Jesús, pues, insinúa que El mismo es la Palabra de Dios. Igualmente, Salomón es el prototipo del sabio y el heraldo supremo de la divina sabiduría. Por encima de Salomón sólo se halla la misma Sabiduría de Dios. Jesús, por tanto, insinúa que El es la Sabiduría divina en persona.
En el cuarto Evangelio hallamos una identificación análoga de Cristo con la Luz y la Verdad (8,12; 3,19; 9,5; 12,35.46). El no ha venido simplemente para manifestarlas. El, si se puede hablar así- las es... No puede ser reducido a un intermediario insigne. Por la Encarnación, pues, el mismísimo esplendor de la Verdad divina ha aparecido entre los hombres. El Prólogo del Evangelio afirma esto categóricamente. Asimismo, la expresión "Yo soy desde el principio" o "Antes de que Abrabam existiese, Yo soy"72, son una alusión a la Sabiduría divina existente desde el principio73.
En conclusión, creer en la palabra de Jesús y creer en El es exactamente lo mismo. Jesús no se limita a pedir fe en su doctri­na; pide fe en su persona. El debe ser creído como Palabra del Padre.
2. Encarnación de la acción divina
a. Recapitulación de las grandes figuras de Israel

Ante todo, Jesús recapitula en Sí todas las grandes figuras del pueblo de la primera alianza, a través de las cuales Dios había obrado de modo eminente. Abraham (Jn 8,56), Isaac (3,16), Jacob (4,11-12), Moisés (7,37-38; 6,32-33), David (Mt 22,45), alcanzan su cumplimiento en El que, a su vez, los supera. En su Persona la historia de la salvación alcanza su plenitud y se confirma definitivamente la fidelidad de Dios por el hombre. Por ello Abraham pudo alegrarse "viendo su día".


b. Misión de instaurar el Reino de Dios

El Reino es el centro de la predicación de Jesús. Toda su actuación consiste en instaurarlo, arrogándose así el Señor algo que sólo Dios puede hacer.

Jesús habla equivalentemente del Reino del Hijo y del Reino del Padre (Mt 13,41-43). No actúa en el Reino simplemente en nombre de su Padre. Incluso más, se identifica con el Reino, puesto que dejarlo todo por el Reino es lo mismo que abandonarlo todo "por su nombre" (Mt 19,29). Asimismo, el reino pertenece a los que son perseguidos "por su causa" (Mt 5,11). La declaración alcanza particular audacia cuando Jesús afirma que dispone el Reino en favor de sus discípulos así como el Padre lo dispuso en favor suyo (Lc 22,29-30).

En lo que concierne al más allá, Jesús tiene el poder de juzgar, esto es, de otorgar el Reino en heredad a cuantos han amado a sus hermanos y de negarlo a quienes fracasaron en el amor. La misma autoridad soberana se verifica, como hemos visto, al tratar del poder de perdonar los pecados y de comunicar la vida eterna.



Importantísimo es el uso que Jesús hace del pronombre yo cuando lo liga a especiales actos de poder. Así se ve que el yo de Jesús es soberano, manda a las enfermedades (Mt 8,7) y somete a los demonios (12,27), elige a los discípulos (Jn 15,16.19) y los asiste en la persecución. De este modo se revela también que el misterio de su obra es el misterio de su persona. El yo de Jesús es divino y muestra que El no es simplemente un instrumento de la acción de Dios. El obra en persona.
El título de Pastor significa, como hemos visto, una autori­dad que se ejercita en el sentido del amor. Jesús se presenta como el modelo de pastor, ocupando el sitio que YHWH tenía en el AT (Ez 34,11). Su preten­sión de comunicar la vida a las ovejas es un atributo divino y El es el Pastor único (Jn 10,16)... como único es Dios. Además, en otra ocasión se aplica Jesús personalmente una nota característica de YHWH-Pastor, la de buscar la oveja perdida, justificando su propio comportamiento con la conducta de Dios (Lc 15,4-7).

Incluso más. Escandalosamente, Jesús supera el pastoreo de Dios en el AT. Porque, a causa de su trascendencia, YHWH estaba muy lejano de las ovejas y no cabía entre El y ellas una relación recíproca. Por la Encarnación, en cambio, el Buen Pastor vive en la tierra y estrecha relaciones personales -llamar por el nombre- y recíprocas -conozco a mis ovejas y ellas me conocen a Mí- con el rebaño. Este conocimiento mutuo, análogo al existente entre el Padre y el Hijo, es de una intimidad total y absoluta.

Por último, Jesús, Buen Pastor, puede hacer algo que es imposible al Dios del AT: dar la vida por las ovejas (Jn 10,11). Dios no puede morir, pero sí puede hacerlo Jesús, el Hijo hecho carne.

c. Los milagros

Los milagros de Cristo son, ante todo, signos particularmente notables de la acción divina que obra la salvación. Ellos tienen sentido en el cuadro sobrenatural de la llamada de Dios a la fe. De no ser así, serían puros prodigios. Y es por ello que requieren una perspectiva especial: deben ser comprendidos coo parte del lenguaje divino, del diálogo amoroso de Dios con la humanidad.


Ante todo, los milagros nos dicen que con Jesús han irrumpido los tiempos mesiánicos. La respuesta del Señor a los enviados del Bautista así lo confirma (Mt 11,4-5). A través de sus milagros Jesús demuestra que El es el que debía venir y que no se ha de esperar a otro. Los milagros son indicadores de su identidad y verifican el cumplimiento del plan divino anunciado por los profetas.

En su respuesta Jesús dice por último que "la Buena Nueva es anunciada a los pobres". Esto nos da una in­dicación fundamental: aunque el Evangelio no sea algo "milagroso" (en el sentido de los otros signos), es el criterio decisivo de los milagros, ya que expresa el rasgo más decisivo de la acción divina, la misericor­dia. Los milagros, por tanto, han de ser considerados en elmarco más amplio de toda la actividad divina en el mundo al nivel de la fe.

Israel había conocido, ciertamente, las intervenciones milagrosas de Dios. Pero en el caso de Jesús se da una especie de concentración de aquellos momentos culminantes de la acción divina. Los milagros, siendo muchos y muy intensos, expresan un despliegue único de la potencia de Dios y señalan que con Jesús ha llegado la plenitud de la salvación.
Por otra parte, es notable la discreción de Jesús al obrar muchos de sus milagros. A modo de ejemplo, en las resurrecciones Él trata de relativizar el hecho de la muerte con la imagen del sueño (Mc 5,39; Jn 11,11). De ese modo revela su voluntad de no obligar a la mente humana a doblegarse ante unos prodigios deslum­brantes. La invitación de Jesús se dirige a la fe, conservando siempre una zona de misterio y salvaguardando la libertad de las personas en la adhesión. Jesús no ha querido violentar a los hombres. De hecho, para cuantos no se pusieron en la óptica de la fe sus milagros permanecieron inexplicables.
Además, los milagros no se quedan en su significación mate­rial, sino que tratan de manifestar una misión epiritual. Las resurrecciones expresan el don de la vida nueva, las multiplica­ciones aluden a la llegada de la fiesta escatológica y a la eucaristía, la tempestad calmada y el caminar sobre las aguas manifiestan la identidad misteriosa de Jesús y su poder salvífico, la pesca milagrosa es un signo de la fecundidad prometida a la misión apostólica, las curaciones revelan la intención de liberar a los hombres de todas sus dolencias espirituales.
La discreción de Jesús al obrar los milagros nos da otra preciosa indicación sobre su identidad. Ellos indican su condición de Mesías y su poder divino no como alarde de potencia de un dios vengador sino como epifanía de la benevolencia, salvación y misericordia divinas. El poder es entendido aquí como capacidad de salvar.

Y esta actitud de fondo se acentúa al comprobarse que Jesús jamás realizó un milagro destructivo o dirigido contra al­guien74. Esto no quiere decir que el amor salvador excluya la lucha. Los milagros de Jesús son verdaderos combates con el espíritu del mal que culminan victoriosamente (Lc 11,20). Así se manifiesta que con Jesús ha llegado el Reino de Dios.

Ciertamente, los enemigos de Jesús comprendieron que con los milagros El declaraba su misterio divino. Si no, sería inexplica­ble que hayan querido eliminarlo a causa de ellos (Jn 5,18).


C. Encarnación de la Presencia
a. Templo y Casa de Dios

Jesús se ha definido como el verdadero Templo en comparación con el de Jerusalén (Mt 12,6). Dado que el valor esencial del Templo consistía en la presencia divina, por encima del Templo no podia haber nada más que esta presencia. Jesús insinúa, pues, que en su persona se esconde la auténtica schekinah.

La imagen del cielo abierto y de los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre sugiere la misma idea (Jn 1,51). Jesús es la verdadera Escala de Jacob y la Casa de Dios (Bet-El), porque "YHWH está en este lugar" (Gen 28,16-17).


b. Egó eimí

La declaración de Juan, "Antes que Abraham existiese, Yo soy", ilumina la encarnación de la presencia divina en Jesús75. Este Yo soy remite a la revelación del Nombre divino (Ex 3,14), a través del cual YHWH se definía como una presencia concreta y salvífica en medio de su pueblo, como una presencia inmutablemente fiel: "Yo estaré contigo" (3,12).

Esta presencia divina está siempre en Jesús porque, mientras Abraham está sujeto al devenir como toda criatura, el Hijo perma­nece para siempre.

Por otra parte, el "Yo soy" de Jesús no es el "Yo soy" del Padre. Así introduce una distinción antes desconocida.

En el Evangelio de Juan, por lo tanto, la atribución del Yo soy divino a Jesús es un dato de primer orden, al que se orienta la fe: "Si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados" (8,24); "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo soy" (8,28); "Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que Yo soy" (13,19). En el trasfondo de estas afirmaciones de Jesús está el oráculo de Is 43,10. Al emplearlo, Jesús se refiere a su identidad divina, evitando pronunciar el Nombre de Dios. Por ello adopta una expre­sión que, por su indeterminación, puede utilizarse en las relacio­nes humanas sin chocar con los interlocutores, confiando el misterio a quienes deseen entrar en él. Así, el Yo soy tiene el significado normal que el diálogo le concede (Jn 4,26; 18,5.6.8), pero al mismo tiempo admite un significado misterioso, trascenden­te.
Los sinópticos presentan un texto paralelo que lleva a la misma conclusión. El "Yo soy, no temáis" de Jesús caminando sobre las aguas, es, ciertamente, el "yo soy" familiar de un hombre que se encuentra con sus conocidos. Pero es también el Yo soy divino, pronunciado cuando Dios ejerce su potencia sobre las fuerzas de la naturaleza76. Según el testimonio de San Mateo, los discípulos han reconocido aquí un misterio divino, puesto que se han postrado ante Jesús diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios" (14,33). Por otra parte, el Nombre divino es pronunciado aquí por un hombre. El misterio de la Encarnación lo ha llenado, pues, de novedad.

Tal coincidencia entre los sinópticos y Juan revela que la fórmula Egó eimí tiene un sólido fundamento en la tradición y que, por lo tanto, no es una invención teológica de éste último.

Los sinópticos, además, vuelven a presentar la expresión en otra ocasión, precisamente en la declaración más solemne y decisi­va que Jesús hace de su identidad (Mc 14,62; Lc 22,70). Cuando el sumo sacerdote lo interroga sobre su condición mesiánica, Jesús responde con un Yo soy que admite un sentido tanto humano como divino. El bien sabe que con esta declaración se hace reo de blasfemia, es decir, de muerte. Pero la fórmula expresa una persistencia en el ser, capaz de superar la muerte, una presencia que no podrá ser eliminada de este mundo.

Así se explica que la misma expresión vuelva a aflorar en labios de Jesús después de la resurrección (Lc 24,39) y que Jesús asegure que esta presencia estará eternamente a favor de los suyos (Mt 28,20). La presencia divina no ha habitado temporalmente en Jesús, a fin de abandonarlo en algún momento. Ella no dejará, por otra parte, de ser presencia humana simultáneamente. Plenamente encarnado, el "Yo soy" es tanto más inseparable del "con vosotros". Y la presencia es esencialmente dinámica. La aclaración "hasta el fin del mundo" es más que una simple indicación cronológica: sugiere que toda la historia con el desarrollo de la Iglesia estará caracterizada por el dinamismo de la Encarnación, que irá inva­diendo a la humanidad hasta su plena consumación.


Por fin, nótese que el "Yo soy" divino no aleja a Jesús de los hombres (como podría parecer a primera vista), sino que acentúa su cercanía. Por ejemplo, cuando Jesús lo pronuncia caminando sobre el lago habría que parafrasearlo: "no quiero asustarlos, porque, si mi Yo es divino, deseo que ustedes lo reconozcan con familia­ri­dad y que les dé confianza". En este orden, el "Yo soy" de Jesús sigue la línea del AT.

Del mismo modo, a la samaritana del pozo de Jacob el Yo soy le expresa el don de una presencia actual. Y lo mismo vale para las otras expresiones joánicas.

Además, el "Yo soy" de Jesús afirma siempre una presencia benevolente. En todas las ocasiones indica que Jesús quiere compartir con sus discípulos aquello que tiene de más personal, su propio "Yo soy". "Egó eimí" contiene siempre, por lo tanto, la afirma­ción de un amor inconmensurable.



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