Teologia II cristologia y soteriologia cngo. Lic. Marcelo Mateo



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Catálogo:

2. La vía descendente
a. La venida de la Sabiduría entre los hombres

- La Sabiduría es descripta como un personaje distinto de YHWH y, a la vez, engendrado por Él25.

- Habiendo desempeñado la función de arquitecto en la crea­ción26, ella viene entre los hombres27 y es un don precioso de Dios28. Si bien ha reinado sobre toda la tie­rra, se establece de forma particu­lar en Sión29. Entra en las almas santas30, invi­ta a su festín31 y se da a sí mis­ma como comida y bebida32.

- A ella se atribuyen ciertos rasgos mesiánicos33. Se trata de un "mesianismo sin mesías" en depen­dencia de la Sabiduría eterna.

- Por una parte, ella no es una persona realmente distinta de YHWH. El monoteísmo de Israel jamás hubiera consentido esto. Por otra, asistimos aquí a una evolución del pensamiento, porque la Sabiduría no aparece como mera personificación literaria y su comunicación a los hombres no es pura alegoría.

- Además, a medida que la imagen de Dios se hace más y más trascendente, la Sabiduría se va haciendo cada vez más cercana a los hombres y se le otorga un cometido mesiánico.

- Paradójicamente, la Sabiduría es muy superior al rey mesiánico humano (porque es divina y porque actuó en la creación), pero, a la vez, penetra mucho más profundamente en la vida de los hombres. En ella, trascendencia e inmanen­cia van a la par.


b. Anuncio de la venida de un "Hijo de hombre"

- Dn 7,13-14 no se refiere a la venida del Hijo de hombre sobre la tierra sino a su advenimiento escatológico en un escena­rio celeste. La visión es típicamente apocalíp­tica.

- Por lo tanto, nos hallamos lejos del realismo terreno del misterio de la Encarnación.

- La interpretación del texto es difícil porque el origen de la expresión "hijo de hombre" es oscuro.

- Para algunos se trata de un ser terreno. Para otros, en cambio, de un ser celeste, angélico en sentido amplio, pertene­ciente a la esfera divina. Esto se demostraría por su venida "con las nubes del cielo", las cuales son un signo teofánico.

- Evidentemente, su venida no es algo natural, ya que acompa­ña la aparición y actuación de Dios. Puesto que tal es la función de la columna de nube durante el éxodo y de la nube en el Sinaí, ha de concluirse que el personaje que viene con las nubes tiene un carácter divino.



- El giro "como un hijo de hombre" denota sólo una apa­rien­cia34. En la visión de Daniel, el que viene como hijo de hombre es distinto del "Anciano de días" (Dios) pero, a su vez, como Dios mismo, asume rasgos huma­nos.

- En el contexto, su forma humana denota superioridad, puesto que viene después de las cuatro bestias, representan­tes de los reinos de la tierra. Sólo el hombre es imagen de Dios35.

- El personaje es entronizado escatológicamente y recibe de manera definitiva y perpetua el dominio del uni­verso.

- El v. 27 podría inducir a una interpretación colecti­va del Hijo de hombre, aplicable al puesto de Israel o al resto santo.

- Sin negar que el Hijo de hombre represente a este pueblo, no se ve justo que se le niegue todo carácter indi­vidual. Sus rasgos divinos no parecen adecuados para la totalidad del pueblo.



- Incluso, el personaje parece desempeñar la función de sar, esto es, del ángel que dirige y tutela a cada pueblo de la tierra.

- En conclusión, el personaje no parece ser un hombre sino un ser divino, distinto de Dios e inferior a El, que recibe un premio universal y eterno, compartido con el pueblo elegido. El que sea presentado como un hombre se debe a que en el lenguaje apocalípti­co el ser humano es el más apto para simbolizar a un ser divino.


- La imagen del Hijo del hombre celeste se desarrolló en la literatura del judaísmo posterior36. Allí se destaca cada vez más la trascendencia del personaje y se lo identi­fica con el Mesías. Se trata aquí clarísimamente de un indivi­duo, ya que el título jamás se extiende a una comunidad. El personaje tiene carácter divino y una función intransferi­ble. La trascendencia se refuerza con la clara afirmación de la preexistencia. Algunos de los rasgos del Hijo del hombre recuerdan a los de la Sabidu­ría bíblica. Su función en la Economía es análoga a la de Dios: es el juez y el revela­dor de los misterios y recibe la adoración de todos.

- Si esta imagen quedó flotando en el ambiente, se comprende que pueda haber ejercido cierta influencia en la identificación del misterio de Cristo.


3. Conclusión

- El desarrollo de la revelación véterotestamentaria hacia la encarnación ha seguido dos vías, una ascendente y otra descenden­te.

- Estas vías no tuvieron un desarrollo paralelo sino sucesi­vo, según la evolución del pensamiento bíblico. El pueblo de Israel, viendo desvanecerse la esperanza de un rey salvador, comprendió mejor que la salvación debía venir de lo alto, de Dios mismo. Así, la vía descendente implica la conciencia de la impo­tencia humana para llevar a cabo la obra de la redención.

- Asimismo, ha de advertirse que ya en la vía ascenden­te se halla un elemento descendente. El Nombre divino o la filiación son comunicados por Dios. Es extraña a la SE la idea de un hombre que por sí mismo pudiera elevarse hasta Dios. El Mesías no es, pues, el resultado de la evolución humana o religiosa del pueblo.

- Ninguna de las dos vías alcanzó su meta en el judaís­mo. El dinamismo de la encarnación queda lejos, muy lejos, de su realiza­ción. El Mesías alcanza una cierta condición divina pero no llega a tener naturaleza divina. La Sabiduría como el Hijo del hombre no son un ser humano, sino que pertenecen a la esfera celeste. Por consiguiente, ni Dios alcanza verdaderamente la humanidad ni el hombre la divini­dad.

- No obstante todo lo dicho, en el AT se consigue un gran progreso, al cual no son ajenas las religiones del mundo bíblico. Sin quitar la originalidad del pensamiento religioso hebreo, aquéllas han contribuído con sus concep­ciones del rey divinizado o de divinidades más cercanas a los hombres, orientando la visión bíblica hacia formas que el monoteísmo estricto hubiera desaconse­jado.

- Hay aquí un símbolo y un testimonio de la participa­ción de toda la humanidad en la preparación del Misterio de la Encarna­ción.
II. La fe de la primitiva comunidad cristiana
En Jesús se consuma la encarnación de Dios. En Él hallan cumplimiento las vías ascendente y descendente.

Para comprender esto, estaría uno tentado de referirse inmediatamente a lo que Jesús ha dicho de sí mismo y a lo que ha hecho. Pero todo esto no nos ha llegado en estado puro sino a través del testimonio de la Iglesia. Hay aquí también una conse­cuencia del dinamismo de la encarnación, el cual ha creado un modo humano de presencia, revelación y acción (la Iglesia).

Por eso partiremos de la fe de la primera comunidad cristiana y, determinando la cristología de los primeros creyentes, tratare­mos de llegar mejor a la "cristología de Jesús".
A. La primera predicación apostólica
- Los Act nos presentan la primera predicación apostó­lica. Esta, aún llevando la impronta de la redacción lucana, presenta huellas de arcaísmo en su forma y contenido37, que nos remiten a los orígenes de la predicación cristiana. Así se nos ofrece la posibilidad de acceder a las primeras proclamaciones de la fe.

- En los discursos apostólicos Jesús aparece como aquél en quien se ha concentrado de manera única y perfecta la salvación ofrecida por Dios a la humanidad: Cristo resucita­do y exaltado a la derecha de Dios derrama el Espíritu Santo. Este hecho esencial domina la primitiva cristología38.

- La predicación reconoce a Jesús la condición de Mesías. Tal mesianismo no se limita al enunciado por el AT, aunque lo lleve a cumplimiento. Por lo tanto, el mesianismo afirmado por Pedro no debe entenderse teniendo en cuenta sólo los antiguos oráculos, sino a la luz de los nuevos acontecimientos sin precedentes (resurrec­ción y exaltación).

- El mesianismo es predicado del hombre Jesús bajo el muy vivo recuerdo de su existen­cia humana y de su pasión. Pero recono­ce a "este hombre" un poder divino y lo sitúa en una esfera divina.

- Así, el término "Cristo" se emplea en Act no como simple nombre dado a Jesús sino como su título exclusivo. Cuando Pedro afirma que Israel debe reconocer en Jesús al Cristo, da a este apelativo su pleno valor mesiánico, com­prendiéndolo a la luz de Pentecostés: Jesús es el Ungido en el sentido de que está tan lleno del Espíritu Santo que puede derramarlo sobre la humanidad (2,33). Ahora bien, en el AT el poder de derramar el Espíritu pertenece sólo a Dios. Por lo tanto, se reconoce a Jesús una potestad absoluta­mente divina.

- También el título de Señor (Kyrios), que Pedro une al de Cristo, expresa la condición divina. Se cita el Sal 110 porque afirma una trascendencia del personaje llamado Señor que supera por mucho a David. Jesús mismo había hecho una exégesis parecida (Mt 22,45). En su discurso Pedro considera esa tras­cendencia a la luz de la exaltación gloriosa del Cristo. Por otra parte, en los LXX el nombre divino es sustituído por el de Señor.

- Jesús tiene prerrogativas divinas. El es "Juez de vivos y muertos" (10,42), "Autor de la Vida" (3,15), su Nombre comunica la salvación (3,16; 4,10). Sobre todo es su calificación de Salvador la que atestigua su potencia divi­na, ya que para el AT Dios, y nadie más que El, es el Salvador exclu­sivo (Is 45,21). Además, el término se predica de Jesús con el mismo sentido exclusivista del AT: "En ningún otro hay salvación; pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos"39. Así como en otro tiempo Israel era salvado por medio del nombre de YHWH, el creyente debe ahora su salvación al nombre de Cristo. Asimismo, los que creen en Jesús reci­ben el perdón de los pecados (10,43), cosa que sólo Dios puede comunicar. A todos estos atributos divinos se añade, por fin, el de la potencia santificadora del bautismo, porque se administra "en el nombre de Jesús"40.

- En la narración del martirio de Esteban, la fe en la divinidad de Jesús cobra un relieve sorprendente. Todas las afir­maciones del discurso del Diácono provocan la ira de los oyentes, pero la aseveración que determinará su muerte es: "Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la derecha de Dios" (7,56). El auditorio iden­tifica lo dicho con una blasfemia y por ello lapida al Protomártir. De por sí, ninguno de los términos parece atribuir la divinidad a Jesús. Pero los oyentes les dan ese significado. Por otra parte, las palabras de Esteban son pronunciadas allí donde Jesús mismo afirmó su identidad de Hijo de Dios y anunció su exaltación de Hijo del hombre a la diestra de Dios41. La "blasfemia" de Jesús es, pues, confirmada por su discípulo.

El testimonio último de Esteban, "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (7,56), se inspira también en las últimas palabras de Jesús. Pero donde Jesús pone al Padre, Esteban pone a Cristo. Así declara, implícitamente, que Este ocupa el puesto de Dios. El pedido de perdón y la disculpa de los verdugos (7,60) repiten la oración intercesora final de Jesús. Pero aquí ésta ya no se dirige al Padre sino a Cristo. El es, por consiguiente, el término de la oración cristiana...

En síntesis, el episodio muestra que la divinidad de Jesús, más que enunciada en términos propios, es vivida. En su primer tiempo, la Iglesia no siente la necesidad de definir la posición de Jesús respecto al Dios de los judíos, ni de conciliar el monoteísmo véterotestamentario con las propiedades divinas del hombre Jesús. La fe capta, ante todo, el dinamismo de la divinidad que actúa en Jesús y que es posesión suya personal. Este punto de partida de la fe de la primera comunidad tiene un valor permanen­te. La divinidad de Cristo continúa revelándose por la efusión del Espíritu Santo y se descubre en la existencia misma de la Iglesia. Su actua­ción remite siempre a su fuente, a Cristo resucitado y glorifica­do.

- Por otra parte, es inevitable que los cristianos se pregun­taran acerca de la existencia de Jesús y trataran de determinar lo que El era ya antes de la resurrección. Así, el dinamismo de la fe sigue dos caminos. Uno prospectivo, hacia el porvenir de la Iglesia que se extiende; otro re­trospectivo, hacia el pasado, para sondear todo lo contenido en el Misterio de Cristo.

- En este proceso, el punto de partida de la fe es la exalta­ción gloriosa de Cristo, sin pretender dilucidar de inmediato lo que Jesús era antes. Esto es lo que impre­sion­ó primeramente a los testigos.

- Por eso, cuando se presenta a Jesús como un hombre, en base al recuerdo que su vida humana dejó en los testigos, no se puede concluir que se lo considere solamente como tal. Se recuerda su existencia humana sin la pretensión de pro­nun­ciarse sobre su última identidad.



- Es así que en esta cristología primitiva se da una indeter­minación sin que se caiga en el adopcionismo42. Cier­tamente los primeros cristianos vieron un vínculo entre la glorificación de Jesús y su resurrección y aplicaron al Resucitado la intensa expresión del Salmo 2: "Hijo mío eres tú; Yo te he engendrado hoy" (Act 13,33). Sin embargo, esto no quiere decir que antes de la Pascua Jesús no fuera Hijo de Dios o que comenzara a serlo desde ese momento.

- En los comienzos, pues, la cristología no se plantea aún la cuestión de lo que era exactamente Jesús antes de su muerte. Cuando la Iglesia proponga ese proble­ma, reconoce­rá expresamente en Cristo una condición divina anterior.


B. Cristología paulina

1. El Hijo de Dios

- Pablo llama a Jesús "el Hijo de Dios" (2 Cor 1,19; Gal 2,20; Ef 4,13) o también "el Hijo" en sentido absoluto (1 Cor 15,28). Constantemente recuerda las relaciones entre Dios y su Hijo (Gal 4,4; Rom 8,3.29.32; Col 1,13). La filia­ción divina de Jesús es, según Act, la verdad fundamental predi­cada por el Apóstol inmedia­tamente después de su con­versión (9,20). Aunque en el camino de Damasco Jesús no se presente a Pablo con ese título, es sin duda ese encuentro el que lo llevó a la convicción de su filiación divina. Lo que el perseguidor de los cristianos consideraba una blasfe­mia se convirtió así en el centro de su confesión de fe. Si Jesús, al que creía un impostor, se le manifestó vivo y potente en el camino de Damasco, El debía ser precisamente lo que había afirmado ser, el Hijo de Dios.

- Pablo concibe la filiación divina no como algo adqui­rido o adoptivo sino preexistente a la vida humana de Jesús. Por ello afirma: "Dios envió a su Hijo" (Gal 4,4; Rom 8,3). No se pierde de vista esta preexistencia cuando atribuye a la resurrección un efecto de filiación (Rom 1,3-4). "Él que ha sido constituído Hijo de Dios con potencia por su resu­rrec­ción de entre los muertos" era ya antes "Hijo suyo". Se puede, por tanto, admitir para Pablo como para la Iglesia primiti­va un progreso desde la filiación divina más dinámi­ca, manifes­tada en la Pascua, hasta la filiación divina ontoló­gica y eterna. No se trata de un razonamiento (como hacemos noso­tros) sino de una intuición inspirada. Tampoco se pre­tende dar solución a un problema. La Iglesia no hizo filoso­fía sino que sacó las últimas consecuencias de lo que había conocido de Cristo a la luz de la resurrección.

- La afirmación discreta de la filiación preexistente respon­de, además, al modo en el que Jesús había revelado su identidad. Pablo no diserta sobre aquella sino se limita a declarar que Dios ha enviado a su Hijo, conforme a la forma velada con que Jesús se había declarado enviado del Padre y venido en su Nombre.


2. Preexistencia divina

- ¿Se encuentra en San Pablo el paso de la afirmación de la filiación trascendente a la afirmación de la divinidad de Jesús?

Aunque el Apóstol no insista en la indagación del origen de Jesús, nos presenta dos himnos que evocan la condición de Jesús antes de su vida terrena.
Colosenses 1,15-20

- Todo el himno mira a Cristo bajo la luz de la Pascua. El es el "Primogénito de los muertos" y contiene en sí la plenitud de la divinidad (1,18-19; 2,9). La reflexión cris­tiana vio en el Primo­génito de los muertos al "Primogénito de toda criatura" (1,15). Así el himno, antes de afirmar la filiación debida a la resurrección, atestigua otra filiación anterior a la creación misma.

- La expresión "Primogénito de toda criatura" podría resultar ambigua, llevando a pensar que Cristo tenga sólo una prioridad de orden sobre las demás obras de Dios. Sin embargo, se afirma expresamente que El tiene prioridad no en cuanto criatura sino en cuanto es el Creador de todas las cosas (1,16-17).

- En tal perspectiva, si toda la plenitud de la divini­dad se halla en Cristo, en vistas a la reconciliación de todos los seres con Dios, es porque El, antes de ser Reden­tor universal, era ya Creador universal. El poder crea­dor es, además, una nota divina.



- El himno también esboza una primera teología de la relación de Cristo con Dios. El es "Imagen del Dios invisible" (1,15) en cuanto ha sido engendrado por Aquél. La filiación implica semejan­za43.

- Evidentemente el Hijo es distinto del Padre y tiene una obra peculiar en la creación. El Padre es quien crea; el Hijo es aquél por medio del cual y en el cual se realiza la creación. En efecto, ésta ha sido hecha según el modelo de su generación y sobre el fundamento de su semejan­za. Con estas afirmaciones, comienza a abrirse camino la idea de una distinción de personas en Dios. Cristo no es el Padre y su obra no se confunde simplemente con la de Aquél.


Filipenses 2,6-11

- Expresa con fuerza la divinidad del Cristo glorioso: "Dios lo exaltó y le concedió el Nombre sobre todo nombre" (2,9). El nombre significa la realidad profunda de una persona. Ahora bien, el Nombre que supera todo otro nombre es el de Dios. Por lo tanto, se atribuye a Cristo una iden­tidad divina. Esto explica la adora­ción que le tributa toda criatura (2,10-11)44.

-La posición de Cristo glorioso se explica también por el hecho de "ser igual a Dios". Esta afirmación más que seña­lar la preexistencia indica la condición de exaltación gloriosa alcanzada por la resurrección. Cristo no ha querido apoderarse de ella con un gesto semejante al de Adán, sino que la ha obtenido del Padre por su sacrificio.

- Pero antes de hacerse hombre "subsistía en la forma de Dios". Forma significa aquí la apariencia o el modo de pre­sentarse, lo cual corresponde, sin embargo, a la realidad verdadera. Por consiguiente, antes de llegar a ser hombre Cristo vivía en la condición divina (porque era Dios). De todos modos, la expresión es discreta y no explica demasiado en qué consistía ese subsistir en la forma divina.

- El himno insiste además deliberadamente en la condi­ción divina para mejor destacar el grado de despojo que ha supuesto el paso a la "forma de siervo".

- Esta condición originaria no es un estado inferior o disminuído de la divinidad que se completaría luego con la resu­rrección. Esta, por el contrario, ha consumado la divi­nización de Cristo en cuanto hombre, en su carne. Pero ya antes Cristo era Dios.

- El himno, por tanto, indica una búsqueda más profun­da, en la línea del ser, que quiere determinar quién era Cristo inicial­mente y no duda en reconocerle la divinidad.


3. El Nombre de Dios reservado al Padre

- Aún concibiendo la filiación divina de Jesús como trascen­dente y preexistente, jamás afirma Pablo que Cristo es Dios. El Nombre divino es reservado al Padre.



- Tal modo de hablar es intencionado. Pablo recoge la afirma­ción monoteísta del AT. Ante ella, afirmar que Cristo era Dios podía inducir a la confusión del Padre y Jesús en una sola perso­na. Para evitarla Juan distinguió entre "el Dios" (ho Theos) para designar al Padre y "Dios" (Theos) para desig­nar al Verbo. Pablo, al no conocer esa distinción, evita utili­zar directamente el término Dios para expresar la divini­dad de Jesús.
4. El Señor

- Tal es el título que más habitualmente Pablo atribuye a Jesús. Posiblemente lo toma de la confesión de las prime­ras comunidades45 y atesti­gua su antigüedad reproduciendo la fórmula aramea "Maranatha" (1 Cor 16,22). Esta fórmula señala a las comuni­da­des arameas como primer lugar donde se desarrolló la expre­sión "Señor Jesús". Hay, pues, continuidad con la primitiva tradición cristiana (Act 2,36).

- El término "Señor" designa de por sí potestad real y conviene a Cristo Resucitado, consumado en el poder mesiáni­co (Rom 14,9). Tal es la experiencia de la conversión de Pablo, que permaneció viva durante toda su vida.

- Por otra parte, este término designaba en los LXX a YHWH y se había convertido en su nombre propio. Por ello, al atribuírselo a Cristo, Pablo afirma su divinidad, salvando la distinción con el Padre.

- La intención de atribuir al término "Señor" el valor de nombre divino se verifica cuando Pablo refiere a Jesús lo que había sido dicho de Dios en el AT46.

- Mientras que el título de "Hijo de Dios" indica las relacio­nes de Cristo con el Padre, el de "Señor" se refiere más directamen­te a sus relaciones con nosotros.

- Este título muestra, además, el dinamismo de la cristología paulina: Jesús es aquél que, poseyendo la omni­potencia divina, actúa soberanamente en el mundo y en la Iglesia.

C. La Carta a los Hebreos
- Su centro de interés es el Sacrificio de Cristo, gracias al cual Jesús fue glorificado y recibió el poder soberano de interce­sión celeste.

- En el himno inicial (1,1-4) el autor pone de relieve la preexistencia del Hijo, en la cual se funda la superiori­dad de su revelación (Jesús no es un profeta más). Tal revelación es la última. Una vez que ha hablado en el Hijo, Dios ya no puede decir más.

- Por lo tanto entre AT y NT la diferencia no es de grado sino de naturaleza. La primera revelación es proféti­ca, la segunda es filial.

- Este Hijo es divino desde el origen; no ha comenzado a serlo desde su glorificación pascual. Era ya Hijo cuando nos transmitía la revelación. Es más, ha tomado parte en la creación y su acción perdura, puesto que Él es "quien sos­tiene todo con su palabra poderosa".

- El Hijo es así caracterizado con algunas propiedades atribuídas por el AT a la Sabiduría divina (Sab 7,26). Estas cualidades subrayan su divinidad pero también su distinción del Padre.

- La elección de citas véterotestamentarias que sigue al prólogo (1,6.8.9.10.12) tratan de confirmar la divinidad de Cristo y explicitan todavía más la intención del autor. Pero ya el prólogo es una declaración suficiente de la divinidad preexis­tente.


D. El testimonio de los Evangelistas
Los Evangelistas, además de referir las tradiciones que se formaron en la comunidad y la predicación primitivas, dan también testimonio de su fe personal por la elección y el modo en que han ordenado e interpretado los datos de la tradición. Así, cada autor aporta una personal imagen sobre Cristo. Cada una de estas orien­taciones es fundamental para comprender el pensamiento de cada Evangelista y llegar mejor, a través de ellos, al único Cristo.

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