Teología fundamental III: revelacióN – textos



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TEOLOGÍA FUNDAMENTAL III: REVELACIÓN – TEXTOS [2017]

TEXTO 1 (Introducción - marco)

El lugar de la apologética en la nueva evangelización

R. Fisichella, “La place de l´apologetique dans la nouvelle évangelization”, Communio (fr.) 39 (2014) 33-43

En los cincuenta años que siguieron al Concilio Vaticano II, la teología fundamental, como toda la teología en sus diferentes especializaciones, se ha renovado íntegramente. La comparación entre los manuales de antes del Concilio y los textos actuales hace saltar a la vista la gran transformación que ha tenido lugar. No son sólo los contenidos, que han sido traducidos de manera más coherente con la cultura y el pensamiento, sino, como consecuencia, han cambiado también los métodos, engendrando una nueva manera de concebir, pensar y reflexionar sobre esta materia. Esto ha producido una increíble riqueza que ha permitido una confrontación desapasionada sobre los temas que van desde la epistemología a la historia, desde la antropología a las diferentes Grenzfragen (cuestiones fronterizas) que han ensanchado el horizonte de la investigación, hasta a veces más allá del campo propio de la materia, que sigue siendo la teología.

No es éste el lugar para saber si es mejor hablar de “teología fundamental” o de apologética. Si este último término es aún expresivo de una materia enraizada en la defensa de sí misma y blandiendo sus armas –de manera polémica- contra las otras, es mejor mantenerse alejados de elucubraciones anacrónicas. La expresión “teología fundamental” se ha impuesto a la “apologética”, porque da mejor cuenta de la globalidad de la materia, su matriz teológica y del hecho de que ella está llamada a proveer una epistemología a toda la teología. En mi investigación y en mi enseñanza siempre he querido distinguir dos momentos en el interior de la misma disciplina: un momento apologético y un momento dogmático. En mi opinión, la distinción se impone, tanto en relación con el contenido particular de la teología fundamental como por su destinatario. A diferencia de la teología dogmática, que tiene por interlocutor al creyente en busca de la inteligencia de los contenidos de la fe, a partir del auditus fidei, la teología fundamental se dirige más allá de los creyentes, a ese “otro” de la fe. Mientras busca dar a los primeros las razones del creer, ella debe estar en grado de exponer al “otro” la Revelación y la fe como algo radicalmente nuevo y que aporta una respuesta definitiva a la cuestión del sentido que habita el corazón de todo hombre. La distinción entre estos dos momentos no es insignificante, y tiene consecuencias directas sobre los contenidos y el método de la teología fundamental, en cuanto que ella se deja determinar por su destinatario y busca responder a sus requerimientos y a sus preguntas. Es esta visión diferente la que justifica la distinción de los dos momentos evocados más arriba –dimensiones apologética y dogmática- siguiendo su propia metodología, sin quitar nada al carácter estrictamente teológico de la disciplina. Si la “teología fundamental” no es sino un momento de la “teología”, entonces ella no puede adoptar una epistemología diferente, so pena de perder su naturaleza teológica. Esta dimensión apologética debe ser integrada en el horizonte más vasto de la teología sin ninguna epoché (suspensión) de las fuentes y del método propios de la teología.

El creyente, animado por su fe en la inteligencia de los contenidos, no limita su investigación de la verdad a las certezas de la fe. Rendir cuentas y justificar la libertad de su elección de dar su asentimiento a los contenidos de la fe lo obliga a descubrir allí la inteligencia para decir, ante todo a sí mismo, el carácter razonable de su fe y de su asentimiento al misterio. Al contrario, aquel que no comparte nuestra fe debe poder comprender los argumentos para poder y deber creer en la Revelación de Jesucristo. Es aquí que interviene el elemento común de todo pensamiento teológico en general y de la apología en particular, que quiere dialogar con el “otro”, sea quien sea. Una mirada rápida sobre las diferentes épocas resulta muy interesante. Ella muestra, por una parte, la evolución constante del destinatario y por otra, el retorno constante a la ratio como principio unitario al cual se refiere para encontrar un terreno común entre el creyente y su interlocutor.

Se pueden encontrar fácilmente, en la historia de la teología fundamental, los diversos destinatarios que han sido los interlocutores de los creyentes y de la teología. Se puede retornar a los primeros apologetas, que se dirigían a los paganos, para convencerlos de la bondad de la fe en Jesús de Nazaret y de la verdad de los textos sagrados. Cuando escribía el Contra Gentiles, Tomás de Aquino tenía principalmente en vista a los musulmanes. Él les exponía las razones de la fe, o “la verdad de la doctrina católica”, como lo sugiere el subtítulo de la obra: Contra Gentiles seu de veritate catholicae fidei. En el período del humanismo, Raimundo de Sebundio (+1436) se dirigía antes que nada a los creyentes que se habían vuelto escépticos. Es por esto que su argumentación se apoyaba sobre la dimensión común de la humanidad (“Ista scientia docet omnem hominem cognoscere realitates, infallibiliter, sine difficultate et labore”). Su intención era mostrar que la verdad de la Revelación es necesaria al hombre para conocerse a sí mismo y el misterio de Dios (“Omnem veritatem necessariam homini congnoscerem tam de homine, quam de Deo, et omnia quae sunt necessaria homini ad salutem et ad suam perfectionem, et ut perveniat ad vitam aeternam1”). Pierre Charron (1541-1601), primer inspirador de la triple demonstratio 2 que alcanzará su formulación definitiva en el Tractatus de Hook, escribirá Les trois vérités contre les athées, idolâtres, juifs, mahométans, hérétiques et schismatiques. Como se puede ver en el título, este conjunto de enemigos oculta probablemente al verdadero destinatario de su libro: los protestantes en general y su enemigo Duplessy-Mornay en particular. El deísta, el iluminista y el racionalista en general serán los destinatarios de los tratados de apologética entre los siglos XVII y XVIII. Pierre Daniel Huet escribe una Demonstratio evangelica. Vitus Pichler, quien será el primero en emplear el término “teología fundamental”, escribe por su parte una Theologia polemica, mientras que François-René de Chateaubriand produce su célebre Génie du christianisme. El tema central de todos estos tratados es la defensa del carácter sobrenatural de la religión católica, contra las tesis del racionalismo y de otras teorías que combatían fuertemente la verdad de la fe. El argumento frecuente era el valor de la Escritura como texto inspirado, contra todas las formas de historicismo o de positivismo. Finalmente, el destinatario de los siglos XIX y XX será el “ateo”, considerado bajo los diferentes aspectos de la ideología que llegan hasta nuestros días.

A través de estas diversas escuelas de pensamiento, testigos de la atención particular prestada al momento histórico y a las confrontaciones recibidas, el argumento dado por santo Tomás de Aquino permanece, en mi opinión, como un paradigma clásico. Desde el inicio de su Summa contra Gentiles, Tomás pone la cuestión del método apologético. Él sostiene con rigor que el sabio no es tal si no considera todas las cosas a la luz de la verdad, es decir, a la luz del primer principio de donde todo proviene. La puesta al día que él hace de los errores corresponde al deseo de cada uno de alcanzar, en todas las circunstancias y con todas las fuerzas, la verdad. Este momento, aun cuando puede hacer aparecer por un instante la vis polemica, resulta absolutamente necesario para el descubrimiento de la verdad. “Entre todos los estudios a los que se aplican los hombres, el de la sabiduría los supera en perfección, en elevación, en utilidad y en gozo […]. Pudiendo, pues, con la misericordia de Dios la audacia de asumir el oficio de sabio, un oficio que por cierto excede nuestras fuerzas, nos hemos propuesto como objetivo exponer, según nuestra medida, la verdad que profesa la fe católica y rechazar los errores contrarios […]. Rechazar todos los errores es difícil, por dos razones. La primera es que las afirmaciones sacrílegas de cada uno de los que han caído en el error no nos son tan conocidas que podamos extraer de ellas argumentos para confundirlos […]. La segunda razón es que algunos de ellos, como los mahometanos y los paganos, no concuerdan con nosotros en reconocer la autoridad de la Escritura, gracias a la cual se les podría convencer, ya que al encuentro con los judíos nosotros podemos disputar sobre el terreno del Antiguo Testamento y al encuentro con los heréticos nosotros podemos disputar sobre el terreno del Nuevo Testamento, pero mahometanos y paganos no admiten ni uno ni el otro. Forzoso es, entonces, recurrir a la razón natural, a la cual todos están obligados a dar su adhesión. Pero la razón natural es falible en las cosas de Dios3”. Para Tomás, la conclusión es única: la verdad de la fe, superando la verdad de la ratio, no se opone jamás a la verdad que la ratio descubre por sí misma. Ella tiene un valor universal. En el contexto de la nueva evangelización, esta referencia es importante para poner en evidencia la misión de la Iglesia que acoge lo humano en su carácter de creatura como elemento de base para llevar el anuncio de Jesucristo. Es la nostalgia de Dios presente en cada creatura, signo de un sentido religioso que puede estar oculto por momentos, pero jamás borrado del corazón del hombre.

Hablar de Dios hoy

Después de esta introducción de orden teológico, nos toca ahora especificar el rol de la apologética en la nueva evangelización. Es un panorama nuevo el que se nos ofrece en el horizonte teológico. La nueva evangelización es una perspectiva que aún no se ha encontrado en la historia de la iglesia. La Iglesia está, en efecto, confrontada a condiciones eclesiales, sociales y culturales completamente nuevas. La nueva evangelización debe, ante todo, devolver a los bautizados la responsabilidad de anunciar el Evangelio. La situación actual es, en efecto, más bien insólita. El clima de secularización que tiñe una gran parte de la cultura ha alcanzado directamente la conciencia de los creyentes. Se ha seguido de esto una forma de indiferencia y de ateísmo práctico que ha penetrado los comportamientos de las personas, al punto de considerar la fe como un asunto privado, sin aspecto público. La secularización sostiene la tesis de que es posible vivir etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera. Pero en realidad, habiendo eliminado a Dios, el hombre contemporáneo se ha perdido a sí mismo. Dios ya no está en el centro y, en consecuencia, el hombre ha perdido su lugar. El eclipse de sentido de la vida lleva al hombre a no saber ya situarse en el interior de la creación o de la sociedad. De cierta manera, ha caído en la tentación prometeica de ser dueño de la vida y de la muerte, porque es sólo él quien decide su cuándo y su cómo. Sin embargo, es indispensable que el hombre de hoy vuelva a Dios.

A diferencia del pasado, no se encuentran hoy grandes ateísmos, si es que han sido grandes. El problema hoy es diferente. Dios no es negado; es desconocido. Es por esto que el desafío reside en el poder y saber hablar de Dios hoy. Por un lado, se puede afirmar que el interés por la fe religiosa paradójicamente ha crecido en estos últimos años, incluso si la dimensión emotiva está muy presente, y se trata de un interés plural. No es la religión en sí misma lo que interesa, menos aún el tema de la “verdadera religión”, que haría entrar en un conflicto de interpretación. Lo que aparece son más bien experiencias religiosas. Se parte a la búsqueda de diferentes modalidades religiosas, de modo que se pueda elegir la que más nos conviene en vistas a una experiencia religiosa que pueda satisfacer nuestras exigencias y necesidades del momento. Es necesario añadir, pensando especialmente en las generaciones jóvenes, una mentalidad fuertemente marcada por la investigación científica y la tecnología. Estos nuevos factores llevan ya la delantera.

Para permanecer en coherencia con la problemática teológica, es evidente que no podemos entrar en conflicto con la ciencia en cuanto tal. Ella debe seguir su propio camino y “Dios”, con todo derecho, no está allí previsto. A menos que se quiera entrar en una problemática que considere la investigación científica y la ética, este asunto no hace ningún daño a la evangelización. Ella, en efecto, no tiene como objetivo entrar en conflictos teóricos, sino anunciar que Dios se ha revelado en Jesucristo y que en Él ha llevado a su cumplimiento el sentido de la vida. Dios encuentra en su camino personal a los que están en búsqueda del sentido de sus vidas. Es más allá de la ciencia, y por sobre ella, que Dios es encontrado como cumplimiento de sentido. Yo no pienso que sea de la incumbencia de la nueva evangelización situarse en el marco de la investigación de las “pruebas de la existencia de Dios”, ya sean antiguas o nuevas. Debemos situarnos en otro horizonte, inspirándonos en lo que la Iglesia ha vivido en sus comienzos. El discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés es normativo: “Se trata de Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, prodigios y signos que Dios realizó entre ustedes por medio de él, como ustedes mismos saben, fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios. Ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz por mano de los impíos. Pero Dios lo resucitó librándolo de los lazos de la muerte, pues no era posible que lo retuviera bajo su dominio […]. A este Jesús Dios lo ha resucitado; todos nosotros somos testigos de ello. Así pues, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado; esto es lo que ustedes ven y oyen […]. Que todo Israel sepa con certeza que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien ustedes han crucificado.” Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Conviértanse y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados y para que reciban el don del Espíritu Santo. La Promesa es para ustedes y para sus hijos y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.” Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: “Pónganse a salvo de esta generación perversa.” (Hech 2,22-24.32-33.36-40). Como se puede ver, la ruta de la nueva evangelización está trazada: nosotros estamos llamados a renovar el anuncio de Jesucristo en el misterio de su muerte y su resurrección, para invitar de nuevo a la fe en él, mediante la conversión de nuestra vida.



En el interior de las culturas

Hoy en día, los bautizados ya no son capaces de dar cuenta de su fe, y están tan alejados que son como analfabetos, indiferentes e inseguros. Se han alejado poco a poco de la vida de la comunidad cristiana y, en consecuencia, de la vida sacramental. Se han debilitado al punto de llegar a dudar de su propia fe. Pero esto no es todo. Hasta hace unas décadas, el contexto cultural estaba ciertamente marcado por una forma de escepticismo respecto del cristianismo, pero las poblaciones conservaban un sentido religioso que les daba una visión de la vida y de la realidad marcada por la fe. Este ya no es el caso hoy. Aún en las regiones impregnadas de cultura cristiana, el sentido religioso se ha debilitado a tal punto que el valor religioso no se toma en cuenta en las cuestiones que tocan la vida social o la cultura. El secularismo también ha minado la conciencia de los creyentes de tal modo que la visión de la vida y las respuestas a dar ya no están en relación con la fe. La paradoja es tal que esta visión se opone cada vez más a la fe y le quiere quitar completamente toda posible influencia sobre la sociedad. La fe no subsiste sino bajo la forma de una opinión personal que debe ser recluida en la esfera de lo privado. El debate en curso en diversos países sobre las cuestiones éticas o la presencia de signos religiosos, no solamente en los espacios públicos, sino también para los que trabajan en los servicios públicos, muestra el cambio enorme de contexto cultural y social en el que nos toca actuar. En nuestras sociedades occidentales, el cristianismo ya no es soportado o tolerado como las otras religiones; con frecuencia padece discriminaciones, marginalizaciones, y es frecuentemente ridiculizado al punto de impedir el progreso de la sociedad. ¡Cuánta hipocresía e ignorancia en esta forma de proceder! Pero no es éste el momento de demostrarlo.

Nos interesa mucho más mostrar la importancia de una apologética renovada que sepa responder a las provocaciones usando argumentos positivos, enraizados en la historia del pensamiento y de la civilización. Debemos, pues, penetrar mucho más en el tema, es decir, el ámbito de la cultura. En el caso de la nueva evangelización, probablemente no nos hemos confrontado nunca al tema de la inculturación y de la capacidad del Evangelio de penetrar las culturas, comprenderlas, moldearlas y transformarlas. En cierto sentido, era más fácil antes, cuando la Iglesia evangelizaba por primera vez, o cuando enfrentaba las ideologías. Es un hecho que el referente era fácilmente identificable y se presentaba de manera unitaria. El estallido actual, la pluralidad de posiciones y sobretodo la diversificación de los lenguajes, necesitan una mayor atención. Cuando se habla de nueva evangelización de Occidente, se debe añadir también que su configuración geográfica es difícilmente descifrable en razón de la diversidad de tradiciones culturales y de sus lenguajes. Esto no es sino un primer paso. Me parece importante comprometerse firmemente y de manera responsable para elaborar un pensamiento que pueda restituir su identidad a los cristianos, permitiéndoles así reencontrar su lugar en la Iglesia y en la sociedad. Como lo dice la Epístola a Diogneto: “El lugar que Dios les ha fijado es tan bello que no les está permitido desertar4”.

En este contexto, querría poner el acento sobre un objetivo que me parece importante y que llamaría el retorno a los preambula fidei. Es un ámbito que la teología fundamental conoce bien: él establece un espacio común donde se puede entrar en diálogo con el hombre contemporáneo privado de fe, pero en búsqueda. Numerosas expresiones son otros tantos espacios donde la fe y sus contenidos pueden ser vehiculizados. Pienso de entrada en la belleza, que se ha expresado entre nosotros a través de numerosas manifestaciones del arte cristiano. Esta forma de belleza puede entrar fácilmente en resonancia con el deseo de conocer, presente en muchos ámbitos, y permite el reconocimiento de lo que la fe ha aportado a la cultura. El arte, la música, la arquitectura, la literatura… son otros tantos momentos favorables a la apologética para introducir a la belleza de la fe y para responder a la nostalgia de Dios presente en el corazón de muchos. Añado que no deberá olvidarse el dar sentido a las peregrinaciones que atraen hoy a tantos jóvenes, que hacen así con entusiasmo un verdadero camino de fe. De la misma manera, para servir a la nueva evangelización, la teología fundamental debe también dar sentido a las manifestaciones de la piedad popular, ya que son ricas de una fe que cuestiona y que da sentido también a las expresiones más sencillas.



Jesucristo: una propuesta de vida

Éste es otro aspecto de la apologética: el tema de la historicidad de Jesús y de la fe en él. Se tiene frecuentemente la impresión de que para los creyentes, los contenidos de la fe son algo teórico que no tiene nada que ver con la historia y la realidad cotidiana. La nueva evangelización no podrá contentarse con esto. Gaudium et spes 22 es iluminador en este punto: “En realidad, el misterio del hombre no se ilumina verdaderamente sino en el misterio del Verbo encarnado […]. Cristo, Nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” Se notará que el misterio del hombre no se ilumina verdaderamente sino en el misterio del Verbo encarnado. Esto nos abre la posibilidad de presentar una nueva antropología a través de la categoría de “misterio”. El hombre contemporáneo ya no comprende el valor del misterio. En esta cultura que se aleja cada vez más del humanismo para encerrarse en una visión exclusivamente científica de la realidad, el hombre contemporáneo parece destinado a vivir más como un robot que como un hombre libre. El nacimiento y la muerte se alejan cada vez más del horizonte de misterio hasta resultar una programación económica donde la emoción y el encanto de un nacimiento han desaparecido. En una cultura dominada por el relativismo y despojada de tensión hacia la verdad de la existencia personal, es fácil comprender las razones de este retorno al valor del “misterio” para devolver dignidad y sacralidad a la vida. El aporte específico de la teología fundamental será la relectura de la existencia sobre el trasfondo del misterio de la encarnación como signo de un amor tan grande que sobrepasa todo límite, y hasta la misma muerte.

El mismo pasaje agrega: “por su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierta forma a todo hombre. Él ha trabajado con manos de hombre, ha pensado con una inteligencia de hombre, ha obrado con una voluntad de hombre, ha amado con un corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”. Es así que Jesús ha compartido en todo nuestra humanidad. Los diversos ámbitos de nuestra vida cotidiana, personal y social deben ser así iluminados para que sean ricos de sentido existencial, y no solamente limitados y pasivamente sometidos a un proceso económico. El espacio donde el hombre se mueve es desde el principio el de su humanidad y la necesidad que tiene de dar sentido a lo que vive. Ha llegado el tiempo, para los creyentes, de acoger este momento de gracia y de responder inteligentemente a los síntomas del cambio de época. El momento que vivimos está entre los más expresivos de la historia de la humanidad. Nunca como en este momento de inflexión hemos tomado conciencia de que el mundo está por cambiar. El conocimiento cada vez mayor del misterio del hombre, la inteligencia natural y artificial, las potencialidades latentes del cerebro y el impacto de las nuevas técnicas genéticas son cada vez más frecuentemente materia de discusiones y conflictos. Mientras que los límites de la vida parecen modificar un equilibrio adquirido luego de milenios, surgen nuevas visiones ideológicas que pretenden imponer de manera absoluta un principio que, sin embargo, sigue siendo individual y limitado. Al perder el sentido del límite que no puede sobrepasarse –porque nadie puede decirse dueño de su propia vida- el hombre se engañará con ilusiones y se verá obligado, como un nuevo Sísifo, a recomenzar siempre con una carga cada vez más pesada. Según su designio de salvación, el Señor nos ha elegido a nosotros, y no a otro, para ser responsables de lo que será el futuro. Enfrentar este desafío es un signo de fe y nos reclama un verdadero realismo animado por la certeza que da la esperanza cristiana.

Para concluir

El camino que tenemos por delante no es fácil. Permaneciendo fieles al origen, debemos elaborar algo coherente que sea al mismo tiempo susceptible de ser recibido y comprendido por un hombre diferente del de ayer. Es por esto que la apología no es extraña al creyente, muy por el contrario. Ella pertenece con pleno derecho al acto por el cual se entra en la lógica de la fe. Esto implica en primer lugar que el acto sea realmente libre, fruto de un abandono total a Dios, a quien se da el asentimiento de la inteligencia y de la voluntad (cf. Dei Verbum 5). Rendir cuenta de su fe no parece haber apasionado a los creyentes, al menos en las últimas décadas. Quizás ésta es la razón por la cual la convicción, así como la elección, se ha debilitado. Sin embargo, dar cuenta de nuestra fe sigue siendo nuestra carta magna, como lo afirma Pedro, quien añade, inmediatamente después, tres términos que me parecen normativos: “Háganlo con dulzura y respeto. Tengan una conciencia recta” (1 Pe 3,16). El apóstol justifica este método, “para avergonzar a sus adversarios en el mismo momento en que ellos calumnian la vida de rectitud que ustedes llevan en Cristo”. Pedro quiere decir así que la proposición y el anuncio hecho por los creyentes no pueden estar teñidos de orgullo o de la conciencia de una superioridad en relación a otras doctrinas, sino que deben estar marcados por la conciencia de ser testigos. Dado que el corazón del cristianismo es siempre Jesucristo, nos toca recorrer ese camino para encontrarlo. La “dulzura” evoca la bienaventuranza expresada por Jesús. El “respeto” indica la capacidad de comprender a la persona que pregunta, sus deseos y su búsqueda de verdad. La “conciencia recta”, es la conciencia para los cristianos, y debe ser una vida en coherencia con el Evangelio anunciado.

En una palabra, una nueva apologética deberá poder sostener a los nuevos evangelizadores, por medio de una reflexión inteligente, para que estén firmes en la fe, seguros en la esperanza y fuertes en la caridad. Éste es el programa de la teología fundamental de hoy, el que ha sostenido, en el pasado, el camino de tantas generaciones.



Textos 2 y 3 (unidad 1)
Texto 8 (unidad 2)
Ii.3 el camino de la belleza, sendero hacia la verdad y el bien
Experimento milgram
Texto 19 (unidad 8)
Texto 25 (unidad 11)



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