Temas básicos de Creatividad



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La elección de metas


Impulsados por nuestros deseos y necesidades, tenemos que organizar planes de vida, y de esta operación dependen en gran medida nuestros éxitos o fracasos vitales. Es preciso seleccionar entre planea contradictorios, organizar planes simultáneos o realizar planea compartidos. Nos enfrentamos continuamente con tres problemas: a) no sé qué hace; b) sé lo que quiero hacer, pero no sé cómo; c) sé cómo, pero no me atrevo. Todos tenemos un proyecto inevitable e inevitablemente vago: queremos ser felices. Lo que no sabemos es mediante qué proyectos podemos concretar esa aspiración difusa. La elección de metas es una de las más delicadas operaciones de la inteligencia.

A veces una meta posible en sí resulta imposible para una persona. Un hombre que quiere mandar pero no sabe hacerlo cumple su anhelo, mandar, pero el cargo da el poder, no la perspicacia. Incapaz de distinguir lo trivial de lo importante, de comprender las motivaciones humanas, se enreda dando órdenes desatinadas, ignora cuándo ser rígido y cuándo ser flexible. Calibrar de lo que somos o no somos capaces es tarea delicada. Si la meta es demasiado alta, la posibilidad de fracasar es muy alta también. Si es demasiado baja, muchas posibilidades del sujeto dejarán de desarrollarse.

Emprender metas que son contradictorias, aunque lo parezcan, produce inevitables fracasos. Los dos planes quizá estén mutuamente aislados, de forma que la persona nunca tenga ocasión de contrastar uno con el otro. La espontaneidad exigida conduce inevitablemente a una situación paradójica en la que el mero hecho de plantear la evidencia hace imposible su cumplimiento espontáneo.

Algo sucede cuando se pretende imponer por la fuerza una democracia. Se están utilizando simultáneamente dos criterios distintos: la fuerza y la democracia. Necesitamos saber si nuestras metas no son contradictorias para no fracasar. En el mundo actual hay un debate acerca de si la globalización es compatible con la justicia, o si el estado de bienestar es compatible con la eficacia económica.

El problema de coordinar metas con otras personas es, sin duda, el más trascendental, el más difícil de resolver y, por ende, el que causa más frustraciones. Las metas personales pueden unificarse, al menos teóricamente, cuando se tiene una meta común. Así se organizan, por ejemplo, las empresas. Cualquier estudioso de los movimientos sociales sabe que hace falta un proyecto o una meta común para unificar la energía de los los individuos. Para movilizar a la sociedad no hay nada como despertar el odio o el miedo, porque ambos sentimiento proponen metas muy claras: destrozar al enemigo o ponerse a salvo.

Las relaciones de pareja pueden interpretarse según diversos modelos: sometimiento de un plan vital al plan de la otra persona, coordinación de dos planes privados, o subordinación de ambos a una meta común. La sumisión ha sido el modelo de la sociedad patriarcal. Cuando la situación económica cambia, los fines afectivos de la familia ocupan el primer plano, aparecen mayores expectativas y, al mismo tiempo, mayores posibilidades de fracasar. En la actualidad se va imponiendo un modelo puramente contractual, en el que sólo hay dos voluntades que negocian entre sí al mismo nivel, y que pueden negociar la unión o la separación, procurando mantener a salvo la independencia, por si acaso. Posiblemente haya aquí un problema de metas contradictorias. El miedo al fracaso en las relaciones de pareja hace que cada uno de sus miembros invierta muy poco en ella, manteniendo su posibilidad de retirada. El posible divorcio está tan presente desde el comienzo que les fuerza a prepararse para él, con lo que aumenta la posibilidad de que realmente ocurra6.

La civilización occidental ha glorificado tanto las metas personales, que ha llevado a la quiebra a todas las metas compartidas. Un proyecto común –proteger la dignidad de las personas– conduce a la defensa de los derechos individuales, lo que en muchos casos se interpreta como una valoración exclusiva de los proyectos privados.

Ulrich Beck señala que “en la medida en que los proyectos básicos se internalizan, la espiral de la individualización destruye los fundamentos existentes de la coexistencia social”. La economía neoliberal descansa en la imagen de un yo humano autárquico. La psicología cognitiva defiende algo parecido cuando dice: “No nos hacen sufrir las cosas, sino las ideas que tenemos acerca de las cosas.” Si esto es verdad, la solución es cambiar nuestras ideas, no cambiar la situación. Es el colmo del conservadurismo reaccionario.

El individualismo puede ser un triunfo de la inteligencia privada y un fracaso de la inteligencia colectiva. La maldad es el gran fracaso de la inteligencia. Es mala toda conducta que atenta contra los derechos de otra persona y produce con ello un daño injusto. Una persona inteligentísima puede ser malvada, y una persona buena puede ser estúpida. Hay un uso privado de la inteligencia, que tiene sus metas, sus valores y sus criterios. Y hay un uso público de la inteligencia, que tiene los suyos.

Mi interés personal me impone un uso privado; la ciencia o la justicia un uso público. Cada una fija un marco de evaluación, y pudiera ser que un comportamiento triunfante en el plano privado fuera un fracaso en el público. Napoleón fue muy inteligente en el ámbito privado (se salió con la suya), pero poco inteligente como gobernante (destruyó la nación).

El uso privado de la inteligencia no tiene por qué conducir a la moral. Va a lo suyo. Si fracasa, lo hace en su proyecto íntimo de felicidad. El uso privado de la inteligencia se enroca y se hace inexpugnable. Hubert Scheichert señala que no se puede argumentar con quien niega los principios de la argumentación; sólo se puede argumentar con quien abandona el reducto privado y se planta en el terreno público, pero ¿por qué hacerlo?7

El entendimiento con los demás, la posibilidad de convivencia, el ajuste a la realidad, exigen un pensamiento objetivo. Sólo se pueden mantener unas relaciones amorosas satisfactorias poniendo en juego una inteligencia compartida, es decir, un uso interactivo del pensar, del sentir, del hablar, del sentir, del hablar. La unión permite entonces articular motivaciones que parecen opuestas.

La inteligencia compartida es necesaria para una vida afectiva cumplida. Sea en la relación de pareja, sea en la relación familiar, sea en la relación de vecindad. Pero esto no es suficiente, porque nada de esto importa al que no necesita amor, sino sólo sumisión. El poder es malo siempre que hace a un hombre absolutamente autosuficiente. El poderoso malvado sólo apelará a los argumentos universales cuando se encuentre en peligro. El tirano, que vulneró la legalidad, apela a la legalidad cuando se ve vencido. El uso público de la inteligencia es imprescindible para evitar a tiranía y la lucha de todos contra todos. La lógica individual la racionalidad dentro de un uso irracional de la inteligencia lleva inevitablemente a la gorronería o a la violencia. Sólo puede tener solución si damos un salto desde el uso privado al uso público de la inteligencia, cuyas creaciones principales son la ciencia, la ética y el derecho.

La necesidad de admitir ambos usos se revela al utilizar las verdades científicas o éticas. Jean Piaget distinguió entre un sujeto psicológico (lo que llamo privado) y un sujeto epistémico (lo que llamo público). Escribió: “El sujeto epistémico (por oposición al sujeto psicológico) es lo que hay de común a todos los sujetos, puesto que las coordinaciones generales de las acciones impiden un universal que es el de la propia organización biológica.” Piaget no acertó del todo. Lo que él define es la inteligencia estructural común a todas las personas. Los mecanismos de la percepción, la memoria o el habla son análogos en todos los humanos. Pero hay que ir más allá y reconocer que esa inteligencia común a todas las personas puede usarse de modo privado y de modo público.

La teoría del observador imparcial propone un uso de la inteligencia “imparcial, libre de intereses y egoísmos, que sopesa todas las implicaciones”. Se remonta a Adam Smith, que escribe: “Intentamos examinar la propia conducta como imaginamos que haría cualquier espectador honrado e imparcial. Si colocándonos en su situación logramos penetrar en todas las pasiones y motivos que la determinaron, la aprobamos, por simpatía con la aprobación de ese supuesto juez equitativo. Si po el contrario, participamos en su reprobación, la condenamos.”

Un libro polémico, escrito por Robert Kagan, titulado Poder y debilidad, concluye: “La confianza en el derecho es un autoengaño con el que el débil intenta dignificar su debilidad.” Un sujeto puede negarse a pasar del campo privado al campo público, si no se ve forzado a hacerlo, y esto plantea a las sociedades una gran decisión: fijar la jerarquía del uso público y del uso privado de la inteligencia, y articular la relación entre ambos niveles.





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