Sociologia del conocimiento cientifico



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Sociologia del conocimiento cientificoSOCIOLOGIA DEL CONOCIMIENTO CIENTIFICO
  Emmánuel Lizcano
  Universidad Nacional de Educación a Distancia

La modernidad, tras las huellas de Kant, deja establecido el problema del


  conocimiento científico en términos de unas escisiones tan rotundas como
  reconfortantes. En primer lugar, de la escisión entre sujeto y objeto, el
  positivismo lógico heredará una concepción del conocimiento que pivota sobre
  dos ejes: del lado del sujeto (transcendente), la coherencia lógica del
  lenguaje de conocimiento; del lado del objeto, su exterioridad y
  susceptibilidad de aislamiento y descomposición a efectos de análisis. La
  relación sujeto/objeto se entiende así como una relación de adecuación o
  correspondencia entre un lenguaje racional que describe y una realidad
  (supuestamente exterior al sujeto) que se des-cubre. (Si bien es cierto que,
  para esta simplificación, ha debido olvidarse por el camino toda la actividad
  constructora del objeto por parte del sujeto, que Kant atribuía a las
  categorías y a las formas a priori de la sensibilidad).
  En segundo lugar, la imposibilidad de fundamentar la metafísica como ciencia
  deslindará dos campos y dos modos de saber nítidamente diferenciados: los
  saberes no fundamentados ("ilusiones metafísicas", saberes prácticos,
  superstición, pseudociencias...) y el conocimiento científico, éste ya único,
  universal y necesario. La tarea de una filosofía crítica es para Kant la de
  "un censor que mantiene el orden público" al mantener una frontera impermeable
  entre ambas esferas.
  En tercer lugar, el criterio de demarcación que formulara Reichenbach
  distingue no menos tajantemente entre un contexto de descubrimiento y un
  contexto de justificación. El primero abarca la actividad humana del descubrir
  y el conjeturar, por lo que en él se manifiesta la componente irracional del
  conocimiento; al segundo corresponde la justificación racional de lo
  descubierto irracionalmente, es decir, la verificación -o falsación, en la
  variante popperiana- de hipótesis y la construcción de conceptos y teorías,
  actividad ya puramente racional.
  Esta triple escisión -sujeto/objeto, ciencia/no-ciencia y
  descubrimiento/justificación- fundamenta el conocimiento científico sobre la
  sólida base de una racionalidad pura. Y tal división epistemológica viene a
  institucionalizarse en una correspondiente división del trabajo académico
  respecto de la actividad científica. Cuanto cae del lado del sujeto (concreto
  o trascendente, individual o colectivo), de los saberes no estrictamente
  científicos o de la componente irracional de los descubrimientos será el
  objeto de estudio propio de las ciencias humanas: historia, psicología,
  sociología... Pero a éstas nada les cabe decir sobre el núcleo duro de la
  razón científica: la construcción de conceptos y teorías y la metodología de
  investigación; éste es un ámbito reservado a filósofos de la ciencia,
  metodólogos, lógicos y epistemólogos.
  La sociología de la ciencia nace con el propósito de dotar de racionalidad a
  aquellas instancias de la actividad científica que tales escisiones dejaban
  indeterminadas en exceso. Para Merton, la racionalidad de la ciencia viene
  garantizada por la internalización por los científicos de las normas que rigen
  el funcionamiento de la comunidad científica. Este ethos científico se
  concreta en los cuatro conocidos imperativos institucionales: frente a los
  localismos, el imperativo de universalidad; frente al excesivo individualismo,
  el comunalismo; frente a las motivaciones particulares, el desinterés; y
  frente al dogmatismo, el escepticismo organizado. El sujeto kantiano del
  conocimiento científico queda así destranscendentalizado y socializado, al
  tiempo que la universalidad y objetividad del conocimiento científico resultan
  ahora de proyectar idealmente tales características sobre la comunidad de
  quienes hacen la ciencia.
  Pero esta entrada de la sociología en la escena de los estudios sobre la
  ciencia, lejos de superar ninguna de las divisiones establecidas, las refuerza
  aún más. "Consideraremos -afirma Merton- no los métodos de la ciencia, sino
  las normas con que se los protege". Los métodos y contenidos de la ciencia
  quedan explícitamente fuera del ámbito de la investigación social.
  Ésa caja negra empezará a abrirse en los convulsos años sesenta, dando origen
  a los que hoy se vienen conociendo como nuevos estudios sociales de la ciencia
  o sociología del conocimiento científico. Estos estudios, al considerar la
  actividad científica en los contextos concretos donde se va desarrollando
  efectivamente, irán borrando los límites definidos por las escisiones
  establecidas y contaminando así la pureza de la ciencia con el fango de lo
  social: intereses, prejuicios compartidos, negociaciones de sentido, prácticas
  discursivas... Sus orígenes son heterogéneos. La Escuela de Frankfurt
  actualiza las críticas marxiana y bakuniniana a la alianza entre conocimiento
  científico e intereses de clase en las sociedades tecno-demo-burocráticas. La
  emergencia de movimientos sociales como el ecologismo y el feminismo alertan
  sobre la compulsión al control y a la destrucción de la que se alimenta el
  propio proyecto científico. Se retoma la crítica romántica (Goethe,
  Nietzche...) a la noción de hecho: los supuestos hechos brutos están, en
  realidad, bien domesticados, hechos por la teoría desde la que se observan,
  construidos por el lenguaje, por proyecciones antropomórficas, por intereses,
  presupuestos... Distinciones como la de Hanson entre "ver" y "ver que" o la de
  Quine entre "lo que hay" y "lo que se dice que hay", y ataques como el de
  Sellars al "mito de lo dado", el de Feyerabend al monopolio científico de la
  verdad o el de Lakatos a la supuesta disponibilidad de las teorías para
  dejarse refutar por los hechos... apuntan todos ellos en la misma dirección.
  En este contexto, con la crítica kuhniana a la ilusión de progreso en el
  sucederse de las teorías científicas y la consideración del papel determinante
  que juegan en los cambios de paradigma las luchas por el poder en el seno de
  la comunidad científica, se abrirán definitivamente las exclusas que mantenían
  separadas las serenas aguas de la ciencia y las turbulencias en que se agitan
  los grupos humanos y sus tanteantes modos de conocimiento. Todas estas
  orientaciones precipitan y se institucionalizan en el llamado programa fuerte
  de sociología del conocimiento científico, punto de inflexión entre la
  sociología clásica de la ciencia y los nuevos estudios sociales de la ciencia.
  Este programa arranca de los trabajos de los integrantes del "grupo de
  Edimburgo" (B. Barnes, D. Bloor, S. Shapin y D. McKenzie), y en particular con
  la publicación de Scientific Knowledge and Sociological Theory de Barry Barnes
  en 1974 y Knowledge and Social Imagery de David Bloor en 1976. Tal y como lo
  define Bloor, se articula en torno a cuatro grandes principios o postulados:
  causalidad, imparcialidad, simetría y reflexividad. El principio de causalidad
  postula que la investigación debe "interesarse en las condiciones que dan
  nacimiento a las creencias o a los estadios del conocimiento observados";
  estas condiciones pueden ser sociales, económicas, psicológicas, políticas o
  históricas, pero en cualquier caso el sociólogo debe buscar establecer
  relaciones "entre causas y efectos, como cualquier otro científico". Si
  tradicionalmente la sociología del conocimiento ha atendido tan sólo a lo que
  tenía por conocimiento falso (atribuido a ciertas anomalías o contradicciones
  sociales) pero suponía que el conocimiento verdadero no exigía ninguna
  explicación social (pues se da de modo natural cuando tales distorsiones
  sociales no existen), el principio de imparcialidad reclama una misma actitud
  "respecto a la verdad o la falsedad, la racionalidad o la irracionalidad, el
  éxito o el fracaso", pues tan susceptibles son los unos como los otros de
  investigación sociológica. El principio de simetría es un corolario del
  anterior y establece que "los mismos tipos de causas deben explicar las
  creencias `verdaderas' y las creencias `falsas'", en lugar de asentar las
  primeras en una supuesta lógica objetiva y en una mayor comprensión o
  autonomía del conocimiento, y atribuir las segundas al error humano, la
  superstición o el enmascaramiento. Por último, el principio de reflexividad
  postula que "estos modelos explicativos deben aplicarse a la sociología
  misma".
  Bloor rompe así drásticamente con la tradición mertoniana en sociología de la
  ciencia, pero lo hace precisamente en nombre de la fidelidad a los
  planteamientos clásicos en sociología del conocimiento (Durkheim, Mannheim,
  Znaniecki) e incorporando eclécticamente una amplia gama de aportaciones
  (Spengler, Wittgenstein, Mill, Kuhn, M. Douglas...). Las características más
  destacadas de las investigaciones emprendidas a partir del programa fuerte
  son: a) Relativismo: no hay criterios absolutos de verdad o de racionalidad,
  sino que tales criterios dependen tanto de las interacciones y negociaciones
  en el interior de la comunidad científica como de grupos humanos más amplios,
  de épocas históricas y de contextos de significado concretos. b) Naturalismo:
  todo conocimiento, incluido el matemático y el lógico, corresponde en última
  instancia a una experiencia, si bien de esa experiencia se selecciona una de
  las varias interpretaciones posibles, la cual se racionaliza a posteriori como
  la `explicación lógica' y se legitima por la autoridad como `conocimiento
  verdadero': "lo que hemos hecho no es sino desarrollar la teoría [empirista]
  de Mill sobre un plano sociológico". c) Constructivismo: esa capacidad social
  de seleccionar y legitimar ciertos modelos como `verdaderos' es, por tanto,
  capacidad de construir la realidad, al menos dentro de ciertos límites
  físicos. d) Holismo: el conocimiento científico no puede entenderse fuera del
  contexto concreto (práctico, lingüístico, cultural...) en el que se produce y
  justifica, no cabiendo por tanto distinguir entre contextos de descubrimiento
  (sociales e irracionales: externos) y de justificación (lógicos y empíricos:
  internos). e) Cientifismo: los cuatro principios en que se funda el programa
  fuerte "reposan sobre los mismos valores que los tenidos por adquiridos por
  otras disciplinas científicas" y el sociólogo de la ciencia no hace sino "lo
  que cualquier otro científico".
  El desarrollo de este programa estimulará tanto una multitud de estudios
  empíricos sobre episodios concretos de la historia de las diversas ciencias
  como una viva discusión sobre sus principios y características, dando origen a
  las distintas orientaciones hoy dominantes. Entre los primeros cabe señalar
  los estudios pioneros -a mediados de los setenta- de Farley y Geison sobre el
  debate entre Pasteur y Pouchet, de Shapin sobre la disputa frenológica, o de
  Edge y Mulkay sobre la radioastronomía, así como los posteriores de Pinch
  sobre las anomalías de los neutrinos solares, de Harvey sobre las variables
  escondidas en mecánica cuántica, de Collins y Pinch sobre la parapsicología,
  de MacKenzie sobre los primeros debates en estadística social, de Pickering
  sobre experimentos con partículas subatómicas, de Shapin y Schaffer sobre la
  bomba de aire, o los del propio Bloor sobre la construcción social de las
  matemáticas. No deben olvidarse, sin embargo, otros estudios ajenos al
  programa fuerte, como el que Forman publicara en 1971 sobre la influencia del
  ambiente socio-cultural alemán en la génesis de la mecánica cuántica.
  Las críticas a los aspectos teóricos del programa fuerte se apoyan en las que
  se perciben como contradicciones internas de sus principios o las derivadas
  del propio eclecticismo que, a nuestro juicio, es también una de sus
  principales bazas. Así, p.e., el principio de causalidad, heredero del
  paradigma newtoniano en física, no es sometido al mismo relativismo que se
  aplica a otros principios científicos o lógicos, lo que contradice el
  principio de reflexividad; o el realismo naturalista que subyace a todo el
  programa es de muy difícil conjugación con sus aspectos más constructivistas o
  con sus intentos de dar cuenta de ciertas construcciones matemáticas
  absolutamente antiempíricas (véase Sociología del pensamiento formal); o la
  incongruencia de pretender a priori un estatuto de cientificidad -cuyo
  concepto no se cuestiona- que de hecho se pone entre paréntesis para aquellas
  otras actividades científicas a las que se somete a investigación. Woolgar
  (1991) criticará al programa fuerte por reproducir, a otro nivel, los mismos
  supuestos mertonianos que aspiraba a superar: a) presupone acríticamente la
  existencia de una realidad-ahí llamada `ciencia' a la que convierte en objeto
  de estudio -sin preguntarse si el propio concepto de `ciencia' no es también
  una construcción social- al tiempo que pretende reproducir su supuesto
  `método', sin indagar tampoco si esa `lógica' científica es algo más que una
  serie de racionalizaciones a posteriori; b) las nociones científicas de
  `causalidad' y `explicación' siguen rigiendo la investigación sociológica, sin
  más que cambiar el papel que Merton atribuía a las normas sociales por el de
  los intereses (instrumentales o ideológicos); y c) sus cuatro principios
  tienen el mismo carácter normativo que los imperativos del ethos científico
  mertoniano, ignorando de igual modo la práctica efectiva de los científicos.
  Las alternativas que se abren a partir de estas críticas irán dando lugar en
  los últimos años a una serie de líneas de investigación que, pese a
  entremezclarse con frecuencia, podrían tipificarse como sigue (T. González de
  la Fe y J. Sánchez Navarro, 1988):
    a) Interpretaciones moderadas del programa fuerte (Barnes, Shapin,
    MacKenzie) que debilitan la noción de causalidad y renuncian a construir
    teorías generales en favor del estudio empírico de casos, donde tengan
    cabida las singularidades.
    b) El programa relativista (Collins, Pinch, Pickering, Harvey) de la escuela
    de Bath deja de lado principios que, como el de causalidad o el de
    reflexividad, habría que considerar en cada situación concreta; enfatizando
    los aspectos relativistas y un cierto constructivismo, se centra
    preferentemente en el estudio de los métodos de experimentación y en la
    construcción de sus resultados en investigaciones o controversias aún en
    curso, y en las `ciencias marginales'.
    c) El programa constructivista (Latour, Woolgar, Knorr-Cetina) está
    estrechamente ligado a la llamada antropología de los laboratorios, atenta a
    esa multitud de prácticas tenidas por in-significantes que serían
    precisamente las que construirían el significado de los enunciados y
    prácticas científicas: en el laboratorio, no es la `realidad' lo que observa
    el científico sino una multitud de informaciones fragmentarias y
    desordenados, de registros y aparatos que, convenientemente seleccionados y
    tratados, construyen hechos de apariencia ordenada con vistas a conseguir
    credibilidad; la negociación, los modos de argumentación y el uso retórico
    del lenguaje merecen especial atención para entender lo que `realmente hacen
    los científicos': "la argumentación entre científicos transforma algunos
    enunciados en quimeras y otros en hechos de la naturaleza" (Latour y
    Woolgar, 1995).
    d) Los análisis del discurso científico (Mulkay, Gilbert), a diferencia de
    los estudios etnográficos de laboratorio, no toman el discurso como síntoma
    de la actividad científica real sino como objeto propiamente social, en el
    que se manifiestan las contradicciones y solapamientos entre los diferentes
    registros del lenguaje que usan los científicos para describir, interpretar
    y racionalizar sus comportamientos; con frecuencia esta orientación se torna
    reflexiva al incluir también como objetos pertinentes de análisis tanto el
    discurso del propio analista como el de la sociología que éste pone en
    juego. e) Este carácter reflexivo también lo asumen los estudios
    etnometodológicos de la actividad científica (Lynch, Garfinkel), si bien
    éstos incluyen entre las prácticas observables tanto las conversaciones o
    materiales escritos como otros materiales manipulados en los laboratorios;
    en una última vuelta de tuerca, el apego del etnometodólogo a la sola
    consideración de lo observable le lleva a establecer que "no hay que usar
    más metalenguaje que el lenguaje de las mismas ciencias", con lo que la
    sociología radical llega a no distinguirse apenas del internalismo contra el
    que emergió.

  Los resultados de todas estas orientaciones han abocado, simultánea y


  paradójicamente, a un callejón sin salida ("los investigadores de la ciencia
  -señala Latour- no pueden explicar sus propios descubrimientos") y a una
  progresiva desmitificación de la ciencia como forma de saber no ya sólo
  privilegiado sino ni tan siquiera singularizable dentro del repertorio de
  formas de conocimiento de una sociedad: "nunca hemos dejado de hacer, en la
  práctica, lo que las escuelas más importantes de filosofía nos prohibían
  hacer, a saber, mezclar objetos y sujetos, conceder intencionalidad a las
  cosas, socializar la materia y redefinir los humanos" (B. Latour, 1992).
  Incluso, según las versiones más críticas de los estudios sociales de la
  ciencia, si algo distingue al conocimiento científico es la especial potencia
  de los recursos -retóricos, políticos, etc.- que pone en juego para persuadir
  (a los colegas, a los patrocinadores, al público en general) de que su
  construcción de la realidad no es tal construcción sino mera representación de
  la realidad misma (véase Ciencia e ideología). Esta `ideología de la
  representación' (Woolgar), que presupone un objeto exterior y una serie de
  prácticas metódicas destinadas a capturarlo lo más fielmente posible, incluye
  además los recursos necesarios para el olvido de su propia dimensión
  ideológica, para borrar el rastro de su actividad constructiva: "la
  representación parece producir una especie de amnesia sobre sí misma: a los
  lectores (y a los escritores) se les persuade de que no están siendo
  persuadidos, de que la representación es un simple instrumento para expresar
  el mundo exterior". Es más, la mayor parte de las investigaciones emprendidas
  por la propia sociología del conocimiento científico reproducen -según
  Woolgar- esa ideología, ahora como actividad sociológica, en el acto mismo de
  ponerse a desenmascararla en las ciencias naturales: en lugar de `neutrinos' o
  `virus', los objetos exteriores al observador sociológico son ahora los
  `discursos científicos' o las `prácticas reales' en el laboratorio: "no
  desmantelan la representación per se, tan sólo se dedican a sustituir las
  representaciones de la ciencia por representaciones sociológicas, literarias o
  filosóficas".
  Para superar esta situación, la reflexión sobre las consecuencias de su propio
  trabajo desarrollada por algunos estudiosos sociales de la ciencia abre
  posibles caminos -acaso convergentes- de notable interés. Uno es el emprendido
  por el mismo Woolgar al proponer un cambio de objeto de investigación que
  incluya ahora al propio sujeto observador en su actividad de representarse las
  prácticas de representación que estudia: se trata de problematizar la relación
  entre el objeto y su representación y pasar a investigar la actividad de
  representación misma. Al entrar así en la que se ha llamado `investigación
  social de segundo orden' surgen una serie de implicaciones para la ciencia
  social que pueden abrirle nuevas orientaciones. En primer lugar, abandonar de
  una vez por todas la preocupación por "la trasnochada pregunta" sobre la
  cientificidad de las ciencias sociales, que tantas páginas ha consumido: "Tal
  vez -concluye Woolgar- el logro más importante del estudio social de la
  ciencia sea el haber puesto de manifiesto que ¡las ciencias naturales mismas
  apenas se comportan según los ideales de la ciencia! La pregunta sobre hasta
  qué punto la sociología puede o debe emular a las ciencias naturales da así un
  nuevo giro. Al reconocer el carácter no-científico, tanto de las ciencias
  sociales como de las naturales, los científicos sociales pueden dejar de
  preocuparse sobre cuán científicos son. La pregunta `¿puede ser científica la
  ciencia social?' resulta engañosa, pues la ciencia misma no es científica,
  excepto cuando se presenta a sí misma como tal".
  En segundo lugar, al compartir las ciencias naturales y las sociales una misma
  ideología de la representación (sólo diferenciable en la potencia de los
  recursos movilizados para su deconstrucción), se trata de buscar otras formas
  de interrogar a la estructura `sujeto/objeto' que no aumenten aún más la
  distancia retórica entre el analista y la representación; en particular,
  interrogar a ese ignorado agente de la representación que es el `sí mismo',
  como último paso -aún pendiente- de ese proceso de descentramiento que
  inaugurara Copérnico y que ha venido a encontrar en el sujeto de la ciencia
  -aunque sea sujeto social- su último refugio.
  En un sentido diametralmente opuesto, lo que la sociología del conocimiento
  científico puede aportar a la sociología en general no sería tanto la
  disolución crítica de toda práctica de representación (cuyo olvido de la
  inevitable dimensión simbólica de toda constitución social y cognitiva podría
  no llevar sino a un estéril escepticismo) cuanto la asunción crítica y
  consciente de tales prácticas con todas sus consecuencias. Si efectivamente el
  científico natural construye la realidad que pretende haber descubierto, y
  para ello no duda en utilizar representaciones tan poderosas como artificiosas
  (desde metáforas tan `irreales' como la de la `materia oscura' o la de la
  `mente-ordenador' hasta modelos matemáticos sin la menor `correspondencia con'
  la realidad), el científico social no tiene en absoluto por qué seguir
  ateniéndose tan estrictamente al sentido común, a hipótesis tan inmediatamente
  verosímiles, a esa voluntad de realismo que las ciencias naturales ignoran
  tanto como después -pero sólo después- simulan acatar. "En esto -dice
  Moscovici- es en lo que las ciencias sociales no alcanzan la fuerza de las
  ciencias de la naturaleza: las ciencias sociales son demasiado empíricas. En
  las ciencias sociales las gentes no juegan con la teoría, no ejercitan el
  pensamiento en toda su libertad. En cierto sentido, no creen lo bastante en el
  pensamiento (...) Esa actividad creadora del pensamiento es muy limitada en
  las ciencias sociales, por arriba y por abajo. Por arriba, a causa de la
  enormidad de las presiones ideológicas. Por abajo, por esa especie de voluntad
  de realismo".
  Una tercera sugerencia que pueden ofrecer estos estudios es la propuesta por
  Latour (1992, 1993) o Serres (1991). Estos estudios, tras haber "ganado la
  batalla" a la sociología mertoniana, a las reconstrucciones racionales
  lakatosianas y a la historia de las ideas, han caído en la trampa que ellos
  mismos se han construido: de tanto enfocar la ciencia han desenfocado lo
  social hasta perderlo casi de vista. Sus enfoques `micro' les han acabado por
  conducir a tesis que bien podían haber suscrito los filósofos internalistas
  contra los que emprendieron sus investigaciones empíricas, pues renuncian a la
  más mínima teoría social y no aciertan a conectar con un mínimo de coherencia
  los registros más amplios de lo social con sus estudios de laboratorio o de
  los discursos científicos. La razón de ello la encuentra Latour en que se han
  limitado a radicalizar el modelo que ya estableciera Kant y que caracteriza a
  la modernidad: un modelo unidimensional que se mueve entre dos polos
  esencializados, el del sujeto y el del objeto, ahora repensados como
  sujeto-sociedad y objeto-naturaleza. Si la Ilustración clásica fijó el polo de
  la naturaleza para desde él pensar y desbancar al de la sociedad, los estudios
  sociales de la ciencia vienen a dar cumplimiento a la revolución copernicana
  que invierte la polaridad hacia el extremo opuesto: tras los pasos del
  psicoanálisis, la sociología o la semiótica, con estos estudios el polo social
  acaba por dar cuenta exhaustiva del polo natural. Según ellos muestran, la
  hipertecnológica civilización occidental no hace nada sustancialmente
  diferente de las antiguas o de los primitivos, se proyecta en una naturaleza
  que construye a su propia imagen.
  Las distintas opciones intelectuales o metodológicas (que también lo son
  políticas) no dejan de moverse en esa única dimensión definida por la
  bipolaridad. Entre el realismo objetivista (reaccionario), que se fija en un
  polo, y el constructivismo extremo (radical), que lo hace en el opuesto, las
  restantes perspectivas o programas se mueven en los puntos intermedios
  (conservador-justo medio-progresista) de ese único eje. El principio de
  simetría de Bloor se revela ahora completamente asimétrico, pues parte -una
  vez más- de uno de los dos polos para dar cuenta del otro. No habrá auténtica
  simetría si no nos proponemos pensar en los mismos términos, y a la vez, la
  naturaleza y la sociedad. Para Latour, se trata ahora de llevar a cabo una
  `revolución contracopernicana', de dar `un giro más después del giro social'
  que supere esa falta de perspectiva, ese círculo vicioso en que se ha
  instalado la modernidad, abriendo una segunda dimensión, perpendicular a la
  anterior, en la que se evalúen los distintos `gradientes de estabilidad' de
  unos sujetos/objetos (actantes) nunca bien constituidos sino siempre en un
  proceso inestable y turbulento de continuas constituciones y reconstituciones.

  En ese nuevo espacio bidimensional, lo que antes eran puntos de encuentro (el


  fenómeno) correspondientes a estados fijos del sujeto y del objeto, más o
  menos próximos al uno o al otro según las opciones teóricas, se convierten
  ahora en trayectorias. A lo largo de ellas, en cada punto, es indecidible
  cuánto hay de naturaleza y cuánto de sociedad, pues es la trayectoria misma la
  que define a sus puntos en sus circulaciones, en el proceso de su producirse.
  El dinamismo de esos `cuasi-objetos' de ontología variable, ni idénticos nunca
  a sí mismos ni susceptibles de identificar en ellos quanta de naturaleza o de
  sociedad, es el mismo que el que produce conjuntamente naturaleza y sociedad.
  "Los microbios de Pasteur -resume Latour- no son ni identidades atemporales
  descubiertas por Pasteur, ni el dominio político impuesto por la estructura
  social del Segundo Imperio al laboratorio, ni tampoco una mezcla cuidadosa de
  elementos `puramente sociales' y fuerzas `estrictamente' naturales. Son un
  nuevo vínculo social que redefine, al mismo tiempo, los constituyentes de la
  naturaleza y los de la sociedad". Los microbios o los electrones tienen así
  también su historia en ese espacio bidimensional, en el que cada corte
  paralelo al eje de la dimensión sujeto/objeto puede revelarlos ora como
  sujetos, ora como objetos, ora como híbridos, ora inexistentes. Aquella
  dimensión única en la que se moviera la representación moderna aparece así
  como un estado congelado (Nietzsche) del proceso vital de estos actantes en
  los que la frontera entre lo humano y lo no-humano es inestable y porosa, un
  estado en el que no cabía sino disputar cuánto de natural y de social hay en
  cada fenómeno, ignorando que esa naturaleza y esa sociedad -como también esos
  fenómenos- no son sino identidades reificadas, formas puras desprovistas de
  historia y de vitalidad.
   

 

  BIBLIOGRAFIA


  Archipiélago, nº 20, 1995: "El cuento de la ciencia" (artículos de Mulkay,
  Desrosières, Feyerabend, etc).
  BARNES, B. (1974), Scientific Knowledge and Sociological Theory, Routledge and
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  BLANCO, J.R. et al. (1992), "Ciencia, científicos y sociologías: por dónde
  empezar?", en Escritos de teoría sociológica en homenaje a Luis Rodríguez
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  BLOOR, D. (1976), Knowledge and Social Imagery, Routledge & Kegan Paul,
  Londres. [Gedisa, Barcelona, 1998].
  CALLON, M. y B. LATOUR (dirs.) (1990), La science telle qu'elle se fait.
  Anthologie de la sociologie des sciences de langue anglaise, La Découverte,
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  FORMAN, P. (1984), Cultura en Weimar. Causalidad y teoría cuántica, 1918-1927,
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  FOUREZ, G. (1994), La construcción del conocimiento científico, Narcea,
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  GONZALEZ DE LA FE, T. y J. SANCHEZ NAVARRO "Las sociologías del conocimiento
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  LATOUR, B. (1992), Ciencia en acción, Labor, Barcelona.
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  LIZCANO, E. "La ciencia, ese mito moderno", Claves de razón práctica,
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  del número, el espacio y lo imposible en China y en
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  Política y sociedad, nº14/15, 1993-94: "Ciencia y tecnología" (artículos de
  Bloor, Barnes, Mulkay, Latour, Woolgar, etc.)
  Revista Internacional de Sociología, nº 4, 1993: "Sociología de la Ciencia".
  SERRES, M. (ed.) (1991), Historia de las ciencias,Cátedra,Madrid.
  - (1991), El Paso del Noroeste, Debate, Madrid.
  WOOLGAR, S. (1991a), Ciencia: abriendo la caja negra, Anthropos, Barcelona.


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