Significado y representación desde una perspectiva dinamicista



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D. Pérez Chico y M. González Bedia (eds.): La Nueva Ciencia Cognitiva. Ed. Plaza y Valdés.

Significado y representación desde una perspectiva dinamicista1

Antoni Gomila (Grupo Evolución y Cognición Humana, Dep. Psicología, UIB)

Fernando González-Perilli (Dep. Psicología Básica, Evolutiva y de la Eduación, UAB;

Centro de Investigación Básica en Psicología, UdelaR, Uruguay)

1. Más allá del cognitivismo

La teoría representacional-computacional de la mente, o cognitivismo, constituyó el núcleo duro fundacional de la Ciencia Cognitiva (Fodor, 1975; Searle, 1990; Haugeland, 1995). Desarrollado en el marco de la Inteligencia Artificial logicista, y de la Lingüística generativa, fue rápidamente asimilado por la Psicología Cognitiva. Según esta concepción, la inteligencia y el conocimiento humano consisten en el procesamiento de información, entendido como manipulación formal de “estructuras de datos” o representaciones mentales proposicionales, según la metáfora del ordenador, y el modelo de inferencia sintáctica de la lógica formal. El cerebro, desde este punto de vista, se concibe como un sistema semántico impulsado por un mecanismo sintáctico (Block, 1990), y por tanto, interesa solo su organización funcional, no los “detalles” de la implementación de ese sistema formal en los circuitos y las estructuras cerebrales.

Aunque las limitaciones de tal enfoque para dar cuenta de todas las características de la mentalidad humana fueron rápidamente señaladas y reconocidas (Fodor, 1975; Newell, 1980; Fodor, 2001; Varela, Thompson y Rosch, 1991), la superación de esta concepción cognitivista no es tarea fácil, porque pasa por disponer de un enfoque alternativo. De hecho, el desarrollo del conexionismo a partir de los años 90 se produjo sin cuestionar el marco general, sino solamente el modo de entender esas “estructuras de datos”, esas representaciones mentales. En lugar de proposiciones en lenguaje lógico pasaron a concebirse como patrones, y en lugar de inferencias lógicas, los procesos psicológicos se convirtieron en procesos asociativos (Rumelhart, McClelland and the PDP research group, 1986; Marcus, 2001).

Esta transición puede ejemplificarse claramente con el modo en que cambiaron los modelos de comprensión del lenguaje. En el enfoque proposicional, la comprensión de una oración se consigue cuando el receptor genera una representación mental estructurada por medio de conceptos psicológicos (que remiten a un lenguaje del pensamiento de conceptos primitivos) que expresan el mismo significado que la oración (por ejemplo, Collins y Loftus, 1975; Kintsch y Van Dijk, 1978; van Dijk y Kintsch, 1983). En el enfoque conexionista, la comprensión se concibe como el estado final de una red conexionista, una vez la oración ha generado un patrón de activación de una red asociativa de unidades léxicas, constituida a partir de un corpus masivo de usos del lenguaje: un caso más de reconocimiento de patrones (en la versión más sofisticada, el “Latent Semantic Analysis”, de Landauer & Dumais, 1997; Kintsch, 1998). Que ambos enfoques generales comparten el cognitivismo de base puede reconocerse por el hecho que ambos conciben la comprensión en términos abstractos y amodales, y se enfrentan al mismo problema de falta de comprensión: la transformación de datos o patrones de activación no permite concluir que el sistema entiende efectivamente lo que se le dice. Es el llamado problema del anclaje (“grounding problem”) o del significado (Harnad, 1990): una representación formal o asociativa no alcanza a proporcionar comprensión (Searle, 1980). Ambos modelos conciben la comprensión como una traducción de un código simbólico público a uno interior, en un caso discreto, continuo en el otro, pero sin captación de la relación significante por parte del sistema, cuya actividad se concibe aislada de su ambiente y de sus capacidades corporales.

La denominada “nueva ciencia cognitiva”, o ciencia cognitiva post-cognitivista, se esfuerza por proponer una alternativa al cognitivismo, que pueda ofrecer un modo satisfactorio de resolver el problema del anclaje del significado, y de la cognición en general, pero lo hace de un modo todavía disperso y maximalista, con diferentes propuestas o “lemas” de enganche, pero sin una convergencia en un paradigma alternativo, a pesar de los muchos elementos de concordancia (Gomila & Calvo, 2008). La mente extendida (Hutchins, 1995), la mente “corpórea” (Lakoff & Jonson, 1982), los sistemas de símbolos perceptivos (Barsalou, 1998; Glenberg, 1997) la psicología ecológica (Gibson, 1979; Turvey, 1977), el enactivismo fenomenológico (Varela, Rorsch y Thompson, 1991; Gallagher, 2005; Stewart, Gapaenne & di Paolo, 2011), la robótica cognitiva (Brooks, 1986, 1991, 1996; Beer, 1990; Pfeiffer, 2007), el dinamicismo (Kelso, 1995; Thelen & Smith, 1994; Port & van Gelder, 1995; Laakso, Calvo y Gomila, 2008), coinciden en afirmar que nuestras capacidades cognitivas no pueden entenderse sin tener en cuenta al cuerpo y al entorno –recuperando así una vieja idea de la Cibernética, que abrió la perspectiva de concebir la mente como un sistema de control, que por tanto, no es ajeno a aquello que controla y a las condiciones en que la adaptación debe producirse. En este sentido, las diversas corrientes teóricas post-cognitivistas apuntan en la misma dirección, al recurrir a conceptos como interacción y emergencia, a la integración sensorio-motora y el “embodiment” como base de la cognición, o a los aspectos de continuidad y temporalidad de los procesos mentales. Sin embargo, esta dimensión “corpórea”, aunque puede verse como el común denominador de una concepción alternativa de la comprensión, no se entiende de un modo unificado, sino plural (Wilson, 2002; Shapiro, 2011). Hay también elementos de discrepancia, sobretodo en relación a la cuestión de fondo de como se concibe la cognición. Esta ambigüedad puede verse especialmente en relación al tema de base corpórea de la comprensión. En algunos casos, quizá los más influyentes, la corporalidad se integra en un marco explicativo cognitivista, como forma de resolver el problema del anclaje de los conceptos. En este trabajo, trataremos de señalar las dificultades de esta concepción y defenderemos un modo de entender la corporalidad de la comprensión que vaya más allá del cognitivismo.

Desde nuestro punto de vista, este paso más es necesario porque hay que tener en cuenta que el del anclaje no es el único problema con que se enfrenta el cognitivismo. Entre otros problemas que se han revelado como insuperables en el marco cognitivista están: el de la sensibilidad al contexto de la cognición y la dificultad para dar cuenta de las relaciones de relevancia y de inferencia no demostrativa, el del homúnculo ejecutivo, el de la conciencia y la subjetividad, el valor y las emociones (Gomila, 2007). Todos ellos presentan dificultades tan grandes, si no mayores, que el del anclaje, para el enfoque clásico, y por tanto, nos parece que sería miope limitar la significación de los resultados sobre corporalidad a una enmienda parcial al cognitivismo.

Por ello, en este trabajo, tras revisar en primer lugar la evidencia empírica que apoya la constitución corpórea de los conceptos, cuestionaremos su interpretación en el marco de explicación cognitivista –como un esfuerzo limitado a resolver únicamente el problema del anclaje. Esta posición corporalista mínima supone un neo-empirismo, una recuperación de la versión imaginista de la teoría representacional de la mente, solo que ahora sobre la base de la implicación de los córtices sensoriales y motores del cerebro en la comprensión del lenguaje. Frente a estas formas de comprender estos resultados, abogaremos por la necesidad de ir más allá del marco cognitivista, para poder dar cuenta de cómo se tiene el conocimiento conceptual, de cómo se activa, cómo se accede, cómo se despliega en los procesos cognitivos. Frente a opciones más radicales, nuestra propuesta será mínimamente representacionalista, pero dentro de un marco dinamicista y ecológico.

2. La dimensión sensorio-motora de los significados

En los últimos años, la evidencia empírica de que la comprensión conceptual, abstracta, no es independiente de procesos sensoriales y motores ha crecido exponencialmente. Diversos programas de investigación han sido instrumentales en este desarrollo, tanto mediante experimentos conductuales, como de neuroimagen o de neurociencia. No podemos pretender ser exhaustivos a este respecto, dado que el volumen de trabajos publicados es enorme. Además de referir el lector a revisiones más o menos comprensivas de un campo en pleno apogeo (Pecher & Zwaan, 2005; de Vega, Glenberg & Graesser, 2008; Meteyard & Vigliocco, 2008; Fischer & Zwaan, 2008, Jirak, Menz, Buccino, Borghi & Binlofski, 2010), lo que podemos hacer es distinguir los diversos programas en marcha, para ilustrar de qué modo se produce la evidencia a este respecto. De este modo, nos resultará más fácil cuestionar –en la siguiente sección- la explicación dominante de estos resultados, dado que, por su diversidad, no determinan por sí mismos una salida unívoca al problema del anclaje.

Las evidencias favorables a la implicación sensoriomotora en los procesos de comprensión del lenguaje (así como en la imaginación o en el recuerdo) son de carácter experimental conductual y neurocientífico, así como también validaciones de modelos computacionales (Cangelosi & Harnad, 2001; Roy & Pentland, 2002; Steels & Spranger, 2008) –que dejaremos de lado, en la medida en que están inspirados en los anteriores. El esfuerzo principal, común a todas ellas, consiste en mostrar la activación sensorial o motora en procesos de comprensión conceptual abstracta, no de modo opcional, sino constitutivo. Para ello, el objetivo consiste en mostrar que los aspectos sensoriales o motores pueden facilitar o interferir el proceso de comprensión, lo que se muestra mediante el modo de respuesta exigido de los participantes, en el modo de presentar los estímulos, o utilizando una tarea concurrente, que puede ser congruente o incongruente con el contenido semántico en cuestión.

Así, por ejemplo, Pecher, Zeelenberg y Barsalou (2003) y Spence, Nichols y Driver (2000) encontraron que estímulos verbales referentes a la misma modalidad perceptiva fueron procesados más rápidamente que estímulos verbales referentes a modalidades distintas –lo que sugiere que la comprensión de tales etiquetas verbales no depende de su recodificación amodal. Por otro lado, la evidencia indica que los movimientos motores de los sujetos en el proceso de comprensión se corresponden con los descritos en el input lingüístico. Así, Klatzky, Pellegrino, McCloskey y Doherty (1989) mostraron que la comprensión de acciones descritas verbalmente resultaba facilitada si antes se presentaban los correspondientes movimientos, y dificultada si se presentaban movimientos incompatibles. Glenberg y Kaschak (2002) igualmente encontraron un efecto de compatibilidad acción-oración, en este caso entre la acción descrita verbalmente y la respuesta motora del sujeto: responder a “Courtney handed you the notebook” resultó más fácil cuando la respuesta se tenía que dar pulsando la tecla más cercana, que la más lejana, y más lento en el caso contrario, de modo que la preparación motora de la respuesta se ve facilitada por la comprensión del enunciado, lo que sugiere de nuevo que el modo de entender el contenido semántico de la oración involucra un formato representacional específicamente motor. Zwaan, Stanfield y Yaxley (2002) encontraron que los tiempos de respuestas para las oraciones fueron más breves si se acompañaban de dibujos ilustrativos que si los dibujos eran incongruentes con el contenido. Zwaan y Yaxley (2003) vieron que la configuración espacial de los estímulos léxicos en la pantalla afecta a los juicios sobre su relación semántica, lo que sugiere que la comprensión está mediada por la información visuoespacial. Un ejemplo notable consistía en presentar las palabras “ático” y “sótano” una por encima de la otra, de modo congruente o incongruente con la disposición espacial de las estancias a que se refieren. La comprensión de “ático” no sólo depende de la activación de un concepto amodal, sino que parece involucrar su posición espacial.

Los ejemplos reseñados –y las múltiples variaciones a que han dado lugar- se centran en respuestas rápidas, que son las que se desprenden de un procesamiento superficial de los estímulos lingüísticos. Pero el proceso de comprensión también puede requerir un procesamiento más profundo, en función de la tarea. En tal caso, el objetivo es mostrar que la comprensión activa representaciones visuales o motoras midiendo la actividad visual o motora involuntaria de los participantes. Por ejemplo, Spivey y Geng (2002) encontraron que la comprensión de enunciados que especificaban relaciones espaciales –arriba, abajo, derecha, izquierda- influía en los movimientos oculares, medidos mediante un rastreador ocular (“eye-tracker”): el esfuerzo de comprensión parece enganchar procesos motores de bajo nivel, lo que sugiere un código común.

También desde la perspectiva de la comprensión en profundidad se ha estudiado la dimensión multimodal de las conversaciones, mostrando que los gestos contribuyen a la comprensión del mensaje verbal (Louwerse y Bangerter, 2005). También se ha puesto de relieve la naturaleza icónica de los lenguajes de gestos (Vigliocco, Vinson, Woolfe, Dye, & Woll, 2005). Los gestos, además de contribuir a la comunicación, también resultan facilitadores del pensamiento (Goldin-Meadow, 2003; McNeill, 1992).

Se ha sugerido además que al escuchar palabras cuyo significado remite a acciones relacionadas con distintas partes del cuerpo, como `hablar´ y `caminar´, se activan las zonas sensoriomotoras encargadas del control del movimiento ejecutado con esa parte del cuerpo (Hauk, Johnsrude & Pulvermüller, 2004; Kemmerer, Castillo, Talavage, Patterson & Wiley 2008; Pulvermüller, 2000; Pulvermüller & Fadiga 2010). Del mismo modo, por medio de resonancia magnética funcional se ha registrado activación en áreas neuronales sensoriomotoras (cortex parietal posterior) ante palabras que representan herramientas (Chao y Martin, 2000). Otros estudios también registraron activación en áreas sensoriomotoras a partir de palabras relacionadas a acciones en distintas tareas preceptúales (Grezes & Decety, 2002; Johnson-Frey, 2004). Este tipo de evidencias sugieren la participación del córtex motor en la comprensión semántica de las palabras en cuestión.

Es interesante destacar, en esta línea, los estudios que sugieren la activación del área de Broca, el área tradicionalmente asociada a la producción del lenguaje, tanto en la codificación semántica como en la preparación de acciones. Por ejemplo, distintos experimentos utilizando gestos de agarre (Grafton, Arbib, Fadiga & Rizzolatti, 1996) u objetos (Binkofski et al. 1999) registraron activación del área de Broca en la ejecución de tareas motoras. En una línea de trabajo similar, Pulvermüller, Lutzenberger y Preissl (1999) encontraron activación de áreas motoras específicas 200ms después de la presentación de una palabra, concluyendo que la participación motora no era una consecuencia de la comprensión semántica sino parte constituyente del proceso. Evidencias de este tipo han llevado a reinterpretar el papel del área de Broca, más allá del procesamiento del lenguaje, atribuyéndole un rol más amplio, como parte del sistema especular, que incluye la codificación y comprensión de acciones. De este modo, la comprensión lingüística se basaría en la activación premotora (Binkofski & Buccino, 2004; Menz & Binkofski, 2008). Más allá, se ha propuesto que el sistema especular sería el origen del lenguaje humano, originado a partir de un primitivo sistema gestual (Gallese, 2008; Arbib, 2012).

Finalmente, consideramos necesario referirnos también el trabajo de Pulvermüller (2005) quien encontró activación cortical específica para palabras que se refieren a emociones, en áreas vinculadas a movimientos de brazos y rostro. Entre estas palabras emocionales incluyeron aquellas con contenidos abstractos. La lectura pasiva de palabras emotivas, incluso cuando su significado es abstracto, provocó activación distribuida en el sistema motor, además de áreas del sistema límbico esperadas (prefrontal orbital, córtex cingulado e ínsula). Todas las palabras activaron zonas típicas del lenguaje, el área de Broca el parietal inferior y el área de Wernicke además del córtex fusiforme. Una activación distribuida de este tipo sugiere un puente entre la palabra y el significado creado a través de la expresión de estados internos en la acción. Para Pulvermüller, los niños aprenden las palabras de emociones a partir de las experiencias emocionales correspondientes, que de este modo se vinculan semánticamente a tales estados y a los comportamientos asociados.

En resumen, en esta sección hemos revisado sumariamente las evidencias que indican que la comprensión del lenguaje parece involucrar de forma constitutiva la activación de áreas corticales sensoriales, motoras, premotoras o emocionales, y que constituyen la base para cuestionar el planteamiento cognitivista del significado, como representación amodal. Ahora bien, la interpretación dominante de estos resultados, la del “embodied meaning”, nos parece que no resuelve los problemas del cognitivismo, ni constituye realmente una teoría satisfactoria del significado y la representación mental. La vamos a discutir en la siguiente sección.

3. Contra la interpretación neoempirista2

Estos resultados experimentales han confluido en el enfoque denominado del “embodied meaning” o de los “símbolos perceptivos” (Barsalou, 1999; Damasio, 1999; de Vega, 2001; Glenberg y Kashchak, 2002; Prinz, 2002; Vilarroya, 2002; Barsalou, Simons, Barbey y Wilson, 2003; Zwaan, 2008; Pulvermüller, 2008). Su tesis nuclear radica en el rechazo a la idea de un lenguaje del pensamiento consistente en un tipo de representaciones amodales y abstractas. Si en la concepción cognitivista clásica la comprensión de un término lingüístico consistía en la activación de un concepto amodal como parte de la representación proposicional correspondiente, y en el enfoque conexionista se trataba de un patrón asociativo distribuido, también amodal, ahora la comprensión pasa a concebirse en términos de la activación de las trazas experienciales, multisensoriales y motoras, asociadas a las situaciones extralingüísticas que constituyen el referente de ese término. En este sentido, esta propuesta puede considerarse como un intento de recuperar la vieja idea de las imágenes mentales, como la base representacional de los procesos de comprensión, pero ya sin las connotaciones introspeccionistas del empirismo clásico: esta vez, la base sensorial y motora de los conceptos entra por la vía de la activación cerebral. Sin embargo, a nivel de procesos mentales, estas representaciones modales –sensoriales y motoras- son tratadas del mismo modo que las amodales, como estruturas de datos cuyo rol funcional depende de sus características formales. Es por tal razón que esta interpretación se mantiene en el marco cognitivista, aunque ciertamente este aspecto procesual apenas recibe atención por parte de los defensores de esta teoría. Nuestro objetivo en esta sección es señalar las dificultades de esta interpretación simbolista –es decir, dentro del marco explicativo cognitivista-, de las evidencias sobre la corporalidad de los significados.

Así pues, según esta teoría, el cerebro crea registros neuronales, o trazas experienciales, durante nuestra interacción intencional con el mundo. Algunos de estos estados perceptivos son almacenados en la memoria a largo plazo, dando lugar a “símbolos perceptivos” (Barsalou, 1999; Damasio, 1999; Fischer y Zwaan, 2008). Y algunos de estos símbolos constituyen el significado de las expresiones lingüísticas con las que se asocian. El significado de “coche” consiste en el conjunto de representaciones visuales, auditivas, olfativas, hápticas, propioceptivas, y motoras, derivadas de nuestra interacción con los coches. Ese conjunto se almacena como un símbolo perceptivo, que forma parte también de otros procesos cognitivos, como recordar nuestro coche, hacer inferencias sobre coches, o imaginar que conducimos un coche. En otros términos, el modo en que se forman conceptos a partir de la percepción no es mediante un proceso de abstracción a partir de las trazas de modalidad específica que constituyen la experiencia perceptiva en relación a ese contenido, sino que esa cualidad sensorial o motora se retiene en la representación conceptual, en la medida en que la misma activación cortical sensorial o motora está involucrada tanto en la percepción del referente, como en la comprensión del símbolo lingüístico correspondiente a ese referente.

Esta reactivación suele entenderse como simulación mental en el sentido de los modelos mentales de Johnson-Laird (1996): como la inducción de la experiencia perceptiva o agente correspondiente a la interacción intencional con ese referente (Barsalou, Santos, Simmons y Wilson, 2008; Zwaan, 2008). Obviamente, esta reconsideración de la comprensión conceptual no puede limitarse a la comprensión del lenguaje, sino que afecta a cualquier proceso cognitivo, es decir, estructurado conceptualmente, ya sea la percepción, la imaginación, la memoria o el razonamiento. Todos los conceptos, y no solo los que se convierten en significados lingüísticos, deben concebirse como constituidos por tales trazas experienciales, o vivencias, y su activación, como la simulación de la correspondiente experiencia.

Esta propuesta simulacionista ha proliferado en diferentes áreas: la imaginación visual (Kosslyn, 1994); el razonamiento (Johnson-Laird, 1998; 1983); la imaginación motora (Jeannerod, 2001); el papel de las emociones en la toma de decisiones (Damasio, 1994), o la teoría de la mente (Gordon, 1986; Goldman, 2005). Sin duda, estas propuestas se refuerzan entre sí, lo que hace en una tarea complicada la discusión directa del simulacionismo en general (la idea de que la imaginación consiste en la reactivación perceptiva). En relación a la comprensión del lenguaje, en cualquier caso, nos parece una propuesta poco satisfactoria, dada la espontaneidad e involuntariedad del proceso de comprensión –frente al esfuerzo que requiere imaginar-simular; quizá podría tener sentido en relación a un procesamiento profundo del lenguaje, pero normalmente nos quedamos en una comprensión superficial, inmediata. Además, es indudable que podemos imaginar mucho más de lo que podemos percibir (y más de lo que podemos hacer), ya que la imaginación es creadora, puede combinar nuestras experiencias, y por tanto, no puede limitarse a un proceso de simulación de experiencias previas. Por otro lado, nos parece que el caso de la imaginación visual plantea una situación bien distinta, pues en tal caso no hay reactivación del córtex primario (pues si se diera se trataría de una experiencia perceptiva, no imaginativa), mientras que en el caso que nos ocupa, es la activación de los córtices primarios lo que se destaca. Finalmente, también nos parece que de la activación de una misma área en dos tareas distintas no puede inferirse sin más que en el segundo caso de trata de la simulación del primero. La polifuncionalidad cerebral es una característica general del cerebro, y la simulación solo una forma posible de explicarla (Gomila & Calvo, 2010).

No obstante, hay un sentido diferente de simulación, como emulación (Blakemore y Decety, 2001; Grush, 2004; Wilson & Knowblich, 2005; Wolpert, Doya y Kawato, 2003): en el contexto de la teoría de control predictivo de la interacción sistema-medio, la emulación se concibe como el proceso por el que el sistema utiliza su experiencia previa para anticipar el curso de la interacción con su medio. Recogeremos este planteamiento en la siguiente sección.

Pero al margen de la cuestión de la simulación, la teoría de los “símbolos perceptivos” resulta insatisfactoria por dos razones principales, que tienen que ver con su neuroempirismo (Gomila, 2008). En primer lugar, está el problema de restringir, dentro del conjunto global de asociaciones que pueden darse entre nuestras experiencias, aquellas que son semánticamente relevantes para el anclaje de los símbolos. Esta dificultad inicial consiste en la imposibilidad de precisar de un modo que no sea circular, de entre todas las posibles asociaciones sensoriales y motoras que pueden coactivarse en el proceso de comprensión del lenguaje, cuáles son las que son relevantes para determinar el significado del término, ya que, por decirlo coloquialmente, todo está relacionado con todo en alguna medida. Dicho de otro modo, las relaciones asociaciativas son promiscuas, mientras que las relaciones semánticas son selectivas, y por tanto, sólo una mínima parte de las trazas experienciales es relevante para determinar el contenido conceptual.




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