Sesion 1: Introducción: la responsabilidad vocacional de la iglesia



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SESION 1:

Introducción: LA RESPONSABILIDAD VOCACIONAL DE LA IGLESIA
El magisterio de la Iglesia siempre se ha venido manifestando con relación a la Pastoral Vocacional. Forma parte de su vida y su misión. Jesús nos ordena: “La mies es mucha, los operarios pocos. Rueguen pues al Señor que envíe operarios a su mies”(Lc 10,2). La Iglesia y sus pastores han recordado siempre a los cristianos esta responsabilidad. La Iglesia existe por Jesús, luz de los pueblos, y tiene la misión de anunciar a todos los pueblos el Evangelio, la Buena Nueva del Reino. Por el bautismo todos son responsables de la vitalidad de la Iglesia. Uno de los problemas principales es la falta de vocaciones, el poco número de cristianos comprometidos, la falta de candidatos para la vida consagrada y el ministerio ordenado. Ser Iglesia hoy significa comprometerse con su dinámica vocacional y ministerial.
En sus documentos, la Iglesia convoca a toda la comunidad para solucionar el problema. El Vaticano II recuerda que “el fomento de las vocaciones sacerdotales es un deber de toda la comunidad cristiana, que debe promoverlas sobre todo por medio de una vida profundamente cristiana”. El documento de Medellín lo refuerza diciendo que el problema de las vocaciones es de toda la comunidad unida al Obispo, ya que la pastoral vocacional es una acción de la comunidad eclesial: “toda la comunidad cristiana, unificada y guiada por el obispo, es responsable solidariamente por el desarrollo de las vocaciones, sea la vocación fundamental cristiana, ‘la vocación’, sea en sus aspectos específicos: vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales”.
De la misma manera el Documento de Puebla reafirma la responsabilidad de toda la Iglesia por la Pastoral Vocacional: “La vocación es fruto y expresión de la vitalidad y madurez de la comunidad eclesial… y compromete a toda la comunidad en este servicio y ministerio” (DP 674-675). Y dice que “hay que dar prioridad a la promoción y maduración de las vocaciones para el sacerdocio y la vida consagrada”(DP 700). Y en la conferencia de Santo Domingo, Juan Pablo II en el discurso inaugural dice: “es condición indispensable para la nueva evangelización el poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por eso la promoción de las vocaciones presbiterales y religiosas, así como de otros agentes de pastoral, ha de ser una prioridad de los Obispos y un compromiso de todo el pueblo de Dios” (N.26).
El Segundo Congreso Internacional de las vocaciones (1981) refleja toda la responsabilidad eclesial afirmando que la Iglesia es madre de las vocaciones. Al ser una comunidad de llamados ha de tener conciencia de que ha de llamar continuamente. En este sentido la Iglesia particular “es constituida en estado de vocación y de misión, de llamada y de respuesta y, por tanto, de responsabilidad. La Iglesia particular vive en estado de vocación” (DC 15). Sin duda el Congreso y su precioso documento reafirman que el problema de las vocaciones es el problema fundamental de las Iglesias.
En los últimos años se han realizado diferentes congresos vocacionales continentales que trataron el problema de las vocaciones en el contexto de la nueva evangelización.
El primer Congreso Continental Latinoamericano de vocaciones (1994) pide que se haga efectiva la prioridad vocacional en la vida de la Iglesia y que se produzca una nueva primavera de vocaciones. En el mensaje del Papa a los congresistas Juan Pablo II recuerda “la necesidad de una pastoral vocacional renovada y concebida, en primer lugar, como dimensión obligatoria del plan global de pastoral y al mismo tiempo, como campo específico de acción que acompaña el despertar, el discernimiento y el desarrollo de aquellos que el Señor llama para seguirlos”(Itaicí 1994).

Este taller surge de un convencimiento asumido teóricamente pero difícil de llevar a la práctica: el trabajo en equipo es una condición de la eficiencia de la pastoral vocacional. El mensaje de la vocación es amplio, multiforme, de muchos y variados matices. Requiere testigos audaces y decididos que, en equipo, sepan transmitir la buena noticia de la vocación en un mundo que se hace el sordo al llamado de Dios.

Por todo esto es que se hace necesario dar una mirada, en primer lugar, a la justificación de la existencia del equipo de pastoral vocacional, delimitar su campo de acción y señalar algunos ámbitos (centro diocesano, parroquia, colegio y movimientos) donde se torna especialmente eficaz. De igual manera al equipo en sí, sobre sus miembros, con el fin de ofrecer una guía para su formación: formar en el sentido de “convocar”, pero también formar en el sentido de “educar o adiestrar para algo”. Finalmente, se propone un itinerario formativo con algunas sugerencias metodológicas que pueden ser de utilidad para el coordinador o responsable del equipo.

Nuestro deseo es que este taller contribuya a fomentar el espíritu del trabajo en equipo en nuestros organismos y estructuras de pastoral vocacional; un espíritu que no responde a la urgencia del momento, sino a una verdadera necesidad carismática de, en un plano de unidad e igualdad, mostrar al mundo la sinfonía vocacional, la profunda complementariedad de las vocaciones, de la Iglesia.


SESION 2:

PRESUPUESTOS DE LA PASTORAL VOCACIONAL
CULTURA VOCACIONAL

Cfr. Amadeo Cencini (Conferencia en el II Congreso Continental de Vocaciones – Cartago, Costa Rica.


Reflexionar sobre la cultura de las vocaciones se nos presenta como un eje fundamental. La cultura Vocacional entendemos el modo de vida de una comunidad. Si no construimos esa cultura, el SAV será poco acogido y quedara suspendido en el vacío. Significa implicación personal e interpersonal en algo que se cree y que todos están convencidos y se convierte en patrimonio de todos.
La cultura vocacional tiene en su composición tres elementos fundamentales: la teología vocacional (mentalidad), de la cual llegamos a la espiritualidad (sensibilidad) y a la pedagogía vocacional (práctica-estilo de vida). En la Iglesia debe crecer cada vez más la conciencia de la cultura vocacional universal, por la que cada uno es responsable de la vocación de los demás.


  1. Teología vocacional (Mentalidad).

La Teología vocacional se sitúa en el horizonte de la cultura de la vocación. La vocación se nos presenta como la expresión del AMOR de Dios Padre que se nos revela y que nos la otorga como don. Dios llama porque ama, llama amando o llamando ama. Como consecuencia, la vocación es revelación del amor de Dios. De allí que nadie puede dar lo que sólo Dios da: su amor, pero sí que hemos de entenderla como una invitación a expresar su Ser. También como un proyecto que ha pensado Dios Padre y que va dirigido al hombre salvado por el Hijo y al mismo tiempo para que participe y sea corresponsable en la salvación de sus hermanos.


La teología de las vocaciones considera las polaridades creación – redención como parte del misterio de la vocación. Cada llamado está invitado a realizar no sólo el proyecto de los orígenes de la propia persona, sino también el plan de la salvación, de la que es responsable o que pasa a través de su disponibilidad. La Teología vocacional es Trinitaria. El Padre llama a la realización del proyecto de los orígenes (creación). El Hijo llama a una participación activa y responsable al misterio de la salvación-Redención. Es Espíritu Santo llama capacitándonos a amar como Dios ama. Dios llama a todos, no existe criatura no llamada. La llamada de Dios es siempre visible y misteriosa, es nuestra tarea leer con respeto el sentido del misterio la llamada de cada uno.
La crisis vocacional ha determinado una reflexión teológica propia y rica. Esa teología debe considerar la imagen de Dios como el que “eternamente llama”. Un Dios que llama y no puede evitar llamar porque es inherente al Verbo en su accionar. Dios llama y revela su identidad divina. La vocación es un aspecto de Dios, una teofanía. Cada vocación es una Palabra de Dios pronunciada una sola vez e irrepetible. Toda vocación es revelación de Dios siempre respetada y valorada.
La vocación es el punto más alto de una auténtica teología donde se debe buscar la salvación de los hermanos, no solamente la propia. Eso nos induce a una experiencia “redentiva” y “misionera”. Los llamados participan de la redención y a su modo son agentes de esta obra. A la iniciativa libre y soberana del llamado de Dios, corresponde la obediencia del llamado.


  1. Espiritualidad (Sensibilidad)

La teología vocacional no dispensa una sensibilidad-espiritualidad. Esta desencadena un proceso de cultura que sirve para la vida. Tal sensibilidad propone el pasaje de la teología a la teofanía y de ésta a la Teopatía. La teología debe conducir a un itinerario de los dinamismos personales de la fe en Dios que hace experiencia de mí. La Teofanía es la conversión de la sensibilidad para descubrir el sentido de la fe y en la Teopatía el Hijo sufre la ausencia de Dios, sufre de modo inocente por un pecado que no cometió y sufre también en aquellos en los que Dios sigue sufriendo.


Toda espiritualidad cristiana es vocacional. De allí la autentica espiritualidad es la que nos pone en contacto con Dios. En la Sagrada Escritura no existen hombres y mujeres que hacen experiencia de Dios, sino al revés, es Dios quien hace la experiencia del hombre. Este principio bíblico revoluciona la manera de entender y proponer la vocación. Dios hace experiencia de mí pidiéndome algo difícil, no espontaneo que yo nunca habría elegido. Supone la disponibilidad, dejarnos probar por El. La prueba es la ocasión providencial donde nos comunica sus deseos sobre nuestra vida. Crear cultura vocacional, es purificar la idea de la experiencia de lo divino.


  1. Pedagogía de las vocaciones

Este tercer elemento de la cultura vocacional presenta algunos desafíos.


1. La emergencia vocacional con sus estrategias inmediatas de acción, no siempre bien pensadas.

En la Pastoral Vocacional existen mecanismos que no motivan auténticos itinerarios educativos y formativos.

2. La fuga vocacional

La vocación es parte de un camino educativo. Se puede decir que la verdadera crisis vocacional no es de los llamados sino de los que llaman, de aquellos que se deben entregar al ministerio de la llamada, como mediadores de la llamada única de Aquel que es el que eternamente llama.


3 La urgencia vocacional

La urgencia es hija de la emergencia, típica de momentos en los que se tiene la sensación de que no hay tiempo que perder en las discusiones y los análisis, de que se tiene que actuar y basta. La urgencia simplifica y banaliza, pretende resultados inmediatos y corre el riesgo de perder de vista lo esencial, produce en realidad un aumento y la acumulación de preocupaciones, no siempre se transforma en ocupación inteligente.


4. El desafío vocacional

El verdadero desafío del animador vocacional es su formación permanente. Crear cultura vocacional implica una actitud constante y es la naturaleza de la Iglesia que sea capaz de generar vocaciones.


5. La crisis vocacional

El principal problema vocacional tiene que ver con las relaciones educativas y los estilos de vida que vivimos y que no logramos proponer cómo visibles y atractivos en los recorridos existenciales.

6. El riesgo vocacional

Existe el riesgo de involucrarse en una relación educativa, de auto-exponerse a los cuestionamientos del otro. El asunto más delicado es el equilibrio, de parte del educador vocacional, entre la libertad del otro que se ha de respetar y la fuerza de la propuesta que se ha de hacer. Esto debe hacerse visible en tres niveles de relación educativa hecha por el educador-formador: el orden (la observancia), la propuesta (indicaciones), la invitación (el llamado).


7. La alianza educativa

Tenemos todo el interés de trabajar juntos, en una verdadera alianza vocacional. Sobre todo la pastoral familiar y la juvenil deben redescubrir su naturaleza radical y evidentemente vocacional. Se trata de sectores pastorales "condenados" a trabajar juntos, en una sinergia inteligente. La Pastoral vocacional es la perspectiva originaria y al mismo tiempo la base unitaria y sintética de la pastoral


El itinerario de las vocaciones como estrategia de la cultura vocacional:


  1. DESPERTAR la buena semilla de la vocación, el kerigma como idea central, Dios Padre te ama y te llama, en esta llamada está escondida tu verdad y tu felicidad. Es una llamada semejante al Hijo que por amor ha dado su vida también por ti, te ha salvado. El Espíritu Santo que capacita a ser como Él, esa es tu vocación: dar salvación.




  1. ACOMPAÑAR en la escucha y el reconocimiento de la Voz de quien llama y provocar la generosa y libre respuesta.




  1. CULTIVAR el sentido de la vida como un bien gratuito y reconocer el amor como don recibido de Aquel que llama. Formar y educar al vocacionado.




  1. DISCERNIR desde el punto de vista de este itinerario la vocación auténtica es simple, realista, agradecida, típica de quien puede decir “señor tú has llenado mi vida de amor, me has amado tanto hasta el punto de quererme a través de personas limitadas y en este punto no puedo hacer otra cosa que darme, me dono te doy mi vida y mi corazón es lo mínimo que puedo hacer con la certeza que siempre será más el amor recibido que el amor donado.


SESION 3:

LA NECESIDAD DEL EQUIPO
En los últimos años se ha ido imponiendo en nuestras comunidades la convicción de que toda tarea pastoral ha de ser pensada y ejecutada en su totalidad por un grupo de personas que, aunando esfuerzos y preparación, hiciesen de la misma tarea un terreno más fecundo y provechoso. Hoy nadie osa poner en tela de juicio la preeminencia en términos de eficacia de la labor compartida sobre aquella que se desempeña a título individual. Uno de los factores que, precisamente, ha contribuido a alcanzar dicha convicción ha sido el fracaso de los proyectos pastorales personales. Todos conocemos casos como el siguiente: un joven sacerdote que, tras varios años de empeñar energías en la parroquia, es trasladado a otro lugar. Decrece entonces la vitalidad de los grupos juveniles, que habían estado a su cargo, hasta llegar al punto de desaparecer. Es evidente que tales grupos estaban excesivamente ligados al carisma personal del joven sacerdote. De haberse asentado, en cambio, sobre un proyecto pastoral amplio y definido, el traslado no hubiese resultado tan doloroso para la vida pastoral de esta parroquia.
Probablemente hemos ido tomando conciencia de la necesidad de crear equipos que, coordinados, implementen las distintas tareas pastorales en diversos ámbitos a raíz de experiencias negativas como la referida anteriormente. Sin embargo, existen unos imperativos positivos que urgen a la formación de estos equipos:

1. Imperativo bíblico: Jesús no actúa sólo. Tan pronto comienza su actividad apostólica, se las ingenia para convocar a un grupo de seguidores más cercanos “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-19 y paralelos). Aunque en los relatos evangélicos aparezcan personalidades destacadas como la de Pedro, la mayoría de las veces los discípulos aparecen, escuchan, aprenden, cometen errores…como grupo. Si Jesús no hubiese dispuesto este grupo, con su muerte habría acabado todo. Nadie hubiese sido testigo de la resurrección y nadie hubiese dado comienzo a la Iglesia.

2. Imperativo magisterial: Muchos teólogos opinan que la categoría principal bajo la que han de entenderse las enseñanzas magisteriales del Concilio Vaticano II es la de comunión. La Iglesia es el espacio donde esta comunión entre los creyentes se lleva a cabo. Tal concepción de la Iglesia como espacio de comunión exige una respuesta en el nivel de las acciones que ésta realiza. La comunión eclesial necesita objetivaciones concretas para hacerse visible, también en el nivel de las estructuras. Ya no es posible, por tanto, acciones puntuales, personales, incluso contradictorias que desfiguren la comunión. Se precisan, pues, estructuras grupales que sean testimonio vivo de esta comunión a la que hemos sido llamados.

3. Imperativo jurídico: El Código de Derecho Canónico, siguiendo estas disposiciones magisteriales, urge e impele a la creación de consejos pastorales en las distintas plataformas pastorales (diócesis, seminario, parroquia). Cf. cánones 492, 495, 511, 537.

Estos imperativos, puesto que se derivan de la Escritura y son explicitados por el Magisterio de la Iglesia, no son discutibles ni negociables. Trabajar en equipo conlleva dificultades y esfuerzo, es verdad, pero estamos llamados a asumir el riesgo de dejarnos empapar por la experiencia y la sabiduría de los demás, el riesgo de sentirnos interpela-dos en nuestro obrar, el riesgo de construir juntos, de incorporar la diversidad. No es una cuestión de eficiencia lo que ha de movernos a trabajar en equipo, sino una cuestión de “necesidad” carismática. Es como un instinto, una inclinación, una necesidad de mostrarse unidos. Conciencia y convicción de que sólo así es posible manifestar la comunión a la que hemos sido convocados.

Afinemos un poco más. Lo que a nosotros nos interesa en este momento son los equipos de pastoral vocacional (EPV). Si bien es verdad que los imperativos señalados sobran para justificar el establecimiento de equipos de pastoral, en el caso de los EPV existe además otro factor que exige que la labor de la animación vocacional sea llevada a cabo en equipo; a saber, el mismo concepto de la vocación y la complementariedad de las vocaciones específicas.

Con frecuencia, al escuchar el término vocación surgen resistencias derivadas de una acepción muy extendida pero equivocada. Se entiende por vocación el llamado que Dios hace a algunas personas para dedicarse mediante una consagración especial al servicio del Reino. Así, se dice en el lenguaje ordinario que los sacerdotes o las religiosas “tienen vocación”. No se contempla la vocación al laicado como un llamado, tan especial y concreto como los otros, al servicio del Reino. Por supuesto, en este contexto resulta aún más extraño el hablar de las formas de vida (matrimonio, soltería, viudez…) desde una perspectiva vocacional. Se trata de un problema de comunicación, pues, de hecho, la vocación no es un don que Dios concede a unos pocos privilegiados, sino un proyecto ideal que Dios ha soñado para cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos.

Dios nos ha hecho primeramente un llamado a la vida. La primera gran decisión que es el vivir no ha sido tomada por nosotros, sino que nos ha venido dada. Después nos ha llamado a la fe. Es lo que habitualmente se conoce como vocación cristiana. Sólo en un tercer momento nos es revelada la vocación personal que se manifiesta en un nuevo modo de ser y estar en la Iglesia. Es lo que conocemos como vocaciones específicas.

Todos tenemos una vocación, un proyecto por descubrir y realizar, especialmente los jóvenes, al margen de que se declaren católicos o no. Para unos, tal camino se concreta en el sacerdocio, para otros en la vida consagrada y para otros en el laicado. A un nivel humano, quizá tal camino se concreta en el ejercicio de una profesión o la creación de una familia. Ningún camino supera en perfección, dignidad o importancia a los otros: todos son igualmente importantes y necesarios. Por eso hablamos de la complementariedad de las vocaciones y de la importancia de que los laicos asuman su responsabilidad en la pastoral vocacional.

Hemos de preguntarnos, pues, por qué hemos fallado al transmitir algo tan esencial y aparentemente tan claro. ¿No tendrá algo que ver el hecho de que hayan sido durante mucho tiempo únicamente los sacerdotes y consagrados los encargados de la pastoral vocacional? La ausencia de los laicos en esta ardua y delicada tarea ha contribuido, sin duda, a prolongar la impresión de que la vocación es sólo asunto de unos pocos. Existen, además, otros factores que explican esta concepción errónea de la vocación. En el pasado ha habido una comprensión de la pastoral vocacional como estrategia para reclutar candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada. Hoy, al menos en teoría, se entiende que la pastoral vocacional consiste en otra cosa. Pero eso lo veremos más adelante.

Hemos de concluir, por tanto, que el establecimiento de equipos de PV es necesario no solamente por motivos formales (imperativos bíblico, magisterial y jurídico) sino por razones de contenido, pues una pastoral que se quiera calificar de vocacional ha de presentar en igualdad de condiciones todas las vocaciones específicas posibles y, sobre todo, de llegar a todos. Y puesto que la vocación no consiste en un conocimiento de tipo intelectual, sino que sólo se vislumbra cuando se objetiva en seres de carne y hueso, se hace urgente que estos equipos estén conformados por personas que se identifiquen plenamente con las distintas opciones vocacionales.

El primer trabajo del equipo será conseguir la identidad vocacional de sus miembros. Porque la fe y la vocación se transmiten más desde la vida que desde la técnica; más como testimonio que como estrategia.


SESION 4:

EL EQUIPO DE PASTORAL VOCACIONAL. SER Y QUEHACER

Una vez situados los fundamentos para el establecimiento del equipo de pastoral vocacional trataremos de definir en qué consiste precisamente tal equipo:



  • Es un equipo, es decir, un grupo organizado, con una estructura orientada a un fin concreto. Es preciso, pues, definir con nitidez en qué consiste ese fin, perfilar las funciones de los individuos que conforman tal equipo en orden a la consecución de dicho fin. Un equipo de fútbol, por ejemplo, tiene un objetivo claro y definido: marcar goles en la portería contraria. A su vez, posee una organización que es medio imprescindible para la consecución del mismo. Un equipo de fútbol en el que el portero no actuase como tal, el defensa tratara de meter goles y el delantero enviase el balón hacia su propia portería sería un caos.

  • De pastoral. La pastoral es la acción de la Iglesia que tiene por objeto manifestar su propio ser en el mundo. Tiene un momento de análisis de la realidad, un momento de proyección de futuro (lo que se quiere conseguir) y un momento de definir imperativos de acción (los medios que ponemos para alcanzar el objetivo propuesto). Es decir, un equipo de pastoral planifica, no improvisa ni realiza acciones descoordinadas. Un equipo de pastoral, por tanto, no se limita a “organizar” eventos si no responden a un programa previo.

  • Vocacional. Este adjetivo da nombre al fin y los objetivos que se propone el equipo de pastoral. No es lo mismo un equipo de pastoral penitenciaria o un equipo de pastoral de la salud que un equipo de pastoral vocacional. Esto significa, frente a la creencia extendida, que el equipo de pastoral vocacional no se identifica totalmente con el equipo de pastoral juvenil. Esta afirmación requiere una explicación aparte, pues con frecuencia es fuente de malentendidos.

La pastoral vocacional tiene en los jóvenes a sus principales destinatarios, pero no los únicos. En efecto, es durante la etapa de juventud cuando la persona ha de hacer una opción vocacional específica. Pero la vocación no es sólo cuestión de una decisión que se toma en un momento de la vida. Toda toma de decisión requiere una preparación previa que incluye el conocimiento de las diversas opciones y la valoración de las mismas. Una vez tomada, además, es preciso asumirla progresivamente y ser consecuente con la misma. Por ejemplo, cuando un jóven elige estudiar medicina, lo hace tras sopesar otras posibilidades (podía haber elegido estudiar magisterio o una ingeniería). Una vez tomada la decisión y habiendo comenzado sus estudios, tendrá que afrontar las dificultades, esforzarse por superar las materias más difíciles. Cuando se licencie, deberá continuar estudiando a lo largo de la vida si quiere ser competente en su profesión y no quedarse anquilosado en viejas técnicas medicinales. Lo mismo ocurre con la vocación: primero habrá que adquirir un conocimiento de las distintas vocaciones, después habrá que optar por una de ellas, y luego habrá que profundizar en ella, asumirla, y crecer en la opción hecha.

Esta consideración amplía sin duda el campo de acción de la pastoral vocacional. Quizá pensábamos que sólo tendríamos que vérnoslas con adolescentes y jóvenes, pero de pronto descubrimos que también los niños y los adultos han de ser destinatarios de nuestras acciones. En otras palabras, la pastoral vocacional no se identifica con la promoción vocacional, sino que la incluye como una de sus etapas. También existe una pastoral vocacional de la prepa-ración (etapa previa), una pastoral vocacional del cuidado (formación básica) y una pastoral vocacional del sostenimiento de la vocación (formación permanente).

Cualquier ámbito donde se lleve a cabo la pastoral vocacional (parroquia, colegio, casa de formación, etc.) ha de tener presente la natural correspondencia de la promoción vocacional con la etapa previa y las posteriores. El equipo vocacional ha de hacerse consciente de este radio de acción y tenerlo en cuenta en su planificación.

Todo grupo humano se plantea al constituirse unos objetivos, aunque éstos no estén explícitamente formulados. El equipo de pastoral vocacional, en cuanto grupo de personas, también tiene unos objetivos hacia los cuales han de estar orientados todo su ser y su hacer. Es importante que estos objetivos estén clara y explícitamente definidos y asumidos por los miembros del equipo. De este modo, siempre habrá unos criterios claros para discernir el tipo de acción que se quiere realizar. En otras palabras, el hacer del equipo tiene una clara relación con los objetivos que se marca. Proponemos como fundamentales los siguientes, pero cabe añadir otros según las circunstancias:



  • Promover una cultura vocacional.

  • Coordinar la acción pastoral vocacional con otras plataformas pastorales.

  • Relacionarse con el centro diocesano de vocaciones.

  • Formar vocacionalmente a los agentes de PV.

  • Vocacionalizar la actividad pastoral.

  • Promover la catequesis vocacional.

  • Abrir espacios de catequesis y oración vocacional.

  • Suscitar el surgimiento de nuevas vocaciones.

Un ámbito privilegiado para implementar el equipo de pastoral vocacional es la parroquia. En ella se vislumbran los objetivos señalados cuando el lenguaje vocacional no es extraño y sus miembros poseen conciencia de su identidad vocacional (cultura vocacional); cuando su acción pastoral se coordina con otras acciones emprendidas por instancias incluidas en el territorio parroquial (colegios, conventos, casas de formación, etc.); cuando se da una presencia habitual en el centro diocesano; cuando existe una formación sobre la vocación para los miembros del equipo y de la comunidad; cuando toda actividad pastoral se tiñe de un mensaje vocacional (casamientos, retiros, apostolado social, etc.), cuando se ofrecen catequesis vocacionales de un modo sistemático en la catequesis de niños, adolescentes y jóvenes y se presta atención a los eventos vocacionales (jornada de oración por las vocaciones, día de la vida consagrada, aniversarios matrimoniales, aniversario de la ordenación del párroco, etc.); cuando, por último, del seno de esa comunidad surgen nuevas vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada, así como vocaciones laicales con un claro sentido de su misión.



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