Semblanza de virtudes del h



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SEMBLANZA DE VIRTUDES DEL H. BASILIO RUEDA GUZMAN

(Trabajo del H. José Flores García – e-mail del 20 febrero 2004)

Introducción.


En un mundo dominado por el materialismo, por el individualismo, el hedonismo, la falta de solidaridad, y en donde los valores de la Iglesia Católica se ponen en tela de juicio, necesitamos modelos de santidad cercanos a nosotros, que manifiesten que es posible ser santo a pesar del ambiente hostil a todo lo espiritual y trascendente, que Cristo es hoy y siempre, el centro de nuestra vida, capaz de llenar plenamente las aspiraciones de cualquier ser humano de buena voluntad.

La vida del Hermano Basilio Rueda Guzmán, fue una alabanza al Señor, un himno a la obra de sus manos. Su unión con Dios rompió los moldes del activismo desbordante que nos invade y se proyectó al servicio de los seres humanos, a pesar del egoísmo reinante. Su vida espiritual fue un itinerario de progresiva entrega a Dios y a sus hermanos, en los difíciles momentos posteriores al Concilio Vaticano II, en vistas a la renovación de la Iglesia y de la Vida Religiosa.

Un día se le ocurrió que podía ser Hermano Marista y decidió poner manos a la obra para lograrlo, a pesar de las dificultades para conseguir el permiso de su padre, que le costó largas horas de oración, de ayunos y lágrimas y de insistencia a la Santísima Virgen a quien, desde su primera infancia, profesaba singular devoción.

Logrado su objetivo, su vida tomó el rumbo de la santidad, como decía San Marcelino Champagnat: “ Hacerse hermano es comprometerse a hacerse santo”. Basilio tomó muy en serio este asunto y se esforzó toda su vida para hacerlo realidad.

Tuvo la gracia de encontrar, desde sus primeros años de vida religiosa, a un excelente director espiritual en uno de los capellanes de la casa de formación de Querétaro en donde inició su formación profesional.

Amor a Jesucristo


De acuerdo con su director espiritual llevaba por escrito, en una pequeña libreta, sus resoluciones, entre las cuales se encuentra: “la conformación progresiva de mí, a la imagen de Jesús, que se irá logrando mediante el enamoramiento a su Persona, a la rendida obediencia, a la pobreza total y a la virginidad del corazón, bajo la acción del Espíritu Santo “. Quiero que mi vida sea un grito de amor hacia Ti, que eres mi Todo. Que todo mi ser te diga, Señor, que quiero vivir para ti, que te amo, porque eres infinitamente amable, porque eres inmensamente digno de amor. Haz que comprenda plenamente ese amor, para amarte más y más ”. “ Jesús, llévame hasta donde fueron tus santos, aunque ello signifique inmolación, humillación, pobreza, en una palabra, dolor y cruz. No me dejes a mis propias fuerzas, haz que sea todo tuyo, aduéñate de mí, enciéndeme en tu amor.”

A decir de los que lo conocieron, el H. Basilio era un enamorado de Jesucristo, insistía mucho en la búsqueda de una intimidad más estrecha con el Señor, de tal manera que en toda actividad que se realizara debería estar presente El. Era edificante verlo ante el Santísimo Sacramento absorto en adoración. En su diario del retiro de 1986 escribía:” Todo me lleva a centrar la atención y el amor, en la maravillosa persona de Jesús a quien deseo conocer. Esa gracia pido instantemente”.

En la peregrinación a Tierra Santa que hizo después de sus dos mandatos como superior general, estando en Jerusalén solía ir, acompañado de un amigo sacerdote, al Monte Calvario o al Huerto de los Olivos a orar. Se quitaba los zapatos, los ponía a un lado y, de rodillas, se pasaba largas horas, inmóvil, en profunda contemplación. Dedicaba una hora de adoración al día, a pesar de lo apretado de su agenda. Nunca dejó su hora con el Señor. No dejaba ni un día la eucaristía, que era el centro de la jornada y añadía: “ Las primeras horas de la mañana son para El Señor ”.

Cuando estaba en el Movimiento por un Mundo Mejor, en la ciudad de Quito, las Hermanas del Buen Pastor que atendían al equipo coordinador, decían: “ Antes del amanecer ya estaba en la capilla, en donde permanecía horas con Jesús y María. Su experiencia de Dios era su mayor riqueza y se percibía en el trato con las personas, sin importar credo ni posición social. Fue un hombre de Dios, discípulo total de Jesucristo, enamorado del Evangelio. Un día a un grupo de jóvenes les dijo: ” Vale la pena vivir para un ideal y no hay ideal más apasionante que Jesucristo “.

En una entrevista que le hicieron para una revista de vida religiosa expresó: “ Un día descubrí que Dios nos hizo tangible su amor en la persona de su Hijo y que Jesucristo es el ósculo de amor y ternura que nos da el Padre... ese día sentí que Jesús se dirigía a mí de modo particular, al hacerme experimentar las excelencias del Evangelio.

En el retiro espiritual, de su año sabático, escribía en su libreta de apuntes: “ El Señor me regala con una de las meditaciones más bellas de mi vida. Es una gracia inefable. Raudales, no sólo de afecto y amor, brotan de cada versículo, sino de luz, de luz como nunca había recibido en mi vida. Capto la llamada, mi llamada, como un acto de ternura de Cristo. Pero no para acapararme para sí, sino para enviarme al corazón y a los rincones del mundo a gritar: “ consolación, “ con un valor nuevo en forma nueva. Capto ahora el sentido exigente de mi consagración y del vivir a caro precio y de gracia recíproca, también a caro precio “.


Hombre contemplativo


Alguien que conocía al H. Basilio, porque había trabajado con él se expresaba: “ Su unión con Dios es un secreto entre él y el buen Dios, aunque puede adivinarse en su conducta, en sus escritos, así como por la vida de comunión fraterna que hace reinar en el Consejo General”. Respecto a su actividad desbordante, decía el H. Basilio después de un retiro:” Esto me ha parecido un pequeño paraíso de paz con sus largos espacios para la oración “. Y a un hermano que se quejaba de no tener tiempo para la oración le aconsejó: “ Déjame decirte que no es tiempo lo que te falta, sino amor, y añadió: “ Nada nos hará más sensibles al mundo y a sus necesidades que ver con la retina de Jesús y para eso tenemos que llevarlo en la mente y en el corazón”. En otra ocasión decía: A veces me dan las cuatro de la mañana y pienso que no vale la pena ir a acostarse por una hora. Entonces me voy a la capilla a un rato de oración”.

El H. Basilio hizo los Ejercicios de San Ignacio en Cuernavaca en abril de 1986. El sacerdote jesuita que lo acompañó nos dice: “ Mi testimonio es fruto de una dirección espiritual y de un íntimo contacto durante treinta días. Dos aspectos me han impresionado vívamente: el primero es el don de oración. Su participación en la oración era profunda, original, sincera y espontánea. Evidenciaba un hombre poseído por Dios. Jamás manifestó haber tenido un momento de aridez o de aburrimiento, sino todo lo contrario. Era tal su recogimiento que transparentaba una profunda familiaridad con Dios. Además, hizo una confesión general tal, que me dejó edificado y me permitió constatar cuánto el Señor había trabajado finamente su alma”.

Durante el mismo retiro escribía: “ Oro y me esfuerzo y después de una media hora viene una muy rica contemplación. Los últimos cincuenta minutos son de una gran unión con el Señor doliente y una contemplación de sus terribles dolores. Me impactó mucho el punto del Buen Ladrón... maravilloso creer en Jesús cuando todos han sucumbido, casi, en su fe.

La Voluntad de Dios, su gran preocupación


La oración del H. Basilio no era una bella verbalización o ratos profundos de silencio, sino una búsqueda ardiente de la Voluntad de Dios. El mismo decía: “ Amar la Voluntad de Dios, nunca temerla, porque su Voluntad es amable, porque El nos ama”. En otra ocasión comentaba: “ El mundo de hoy llama a las puertas de nuestro Instituto, Dios quiere que no se las cerremos. Que la gloria de Dios y el honor de María sean nuestro único fin y toda nuestra ambición”.

Entendió que el Reino de Dios es vida, es amor, es justicia. Muchos hermanos quedaron convencidos de que toda su vida fue de trabajo y fatiga por el Reino de Dios. Era un hombre profundamente espiritual y con un fuerte sentido de Dios. Vivía en continuo contacto con El.. Decía en otra ocasión: “ Dios no puede querer que busque mi realización personal a costa del sacrificio de mi hermano. Lo que Dios quiere es que nos amemos fraternalmente y que juntos nos santifiquemos”. Al inicio de un retiro espiritual se propuso lo siguiente: “ Revisar mi vida en orden a la Voluntad de Dios sobre mí; revisarla en orden a la respuesta de mi voluntad a ella. Quiero doblegar absolutamente mi querer a su total Voluntad “.

“En la escucha atenta de la Palabra de Dios, decía, surge el diálogo de íntima comunión que hace brotar el vehemente deseo de proclamar con la vida, que Dios es plenitud de amor y vale la pena darlo todo por poseerlo; de lo que se origina una exigencia de búsqueda apasionada de la Voluntad de Dios en una generosa e imprescindible comunión eclesial, en el amor a la verdad, para encontrar nuevos caminos de evangelización. Añadía: Quien ha conocido la fascinación del amor de Dios, sabe que no se pertenece...entonces ya no se ama más que la Voluntad del Señor por encima del propio yo y ese deseo se reduce a la disponibilidad absoluta “.

En su diario del retiro de San Ignacio escribía: Veo que Dios me está rondando para una “ rendición incondicional “. Es difícil poner en un párrafo todo lo que esto implica en la marcha de mi vocación, vida y retiro, un replanteamiento para llevarla de veras a la cúspide. Presiento que puede ser muy serio y comprometido, pero estoy en paz. Si caigo en la trampa, será la trampa de Dios ¿ y qué mejor cosa me puede pasar? ¿ qué más puedo desear?” En su última enfermedad y hasta el último momento, no cesó de ponerse a disposición de la Santa Voluntad de Dios: “ Me siento con mucha paz y completamente abandonado en Dios. No quiero en estas circunstancias otra cosa que la santa Voluntad de Dios para mí. Nadie me ama tanto como El y nadie sabe mejor lo que nos conviene... yo sé que no hay manos mejores que las de El en las que me he puesto. No rezo por mi salud, sino porque pueda cumplir la Voluntad del Señor hasta el final “. Alguien que lo acompañaba en esos momentos nos comenta: “ Ya en su lecho de muerte con una resignación ejemplar y la sonrisa en los labios nos acercaba al Señor con su ejemplo de entrega total a la Voluntad de Dios”. Sus últimas palabras fueron: “ Hágase tu voluntad y aquellas de Carlos de Foucauld, a quien tanto admiraba,” Padre me pongo en tus manos, haz de mi lo qué quieras...” Anteriormente había expresado de manera resuelta. “ La Voluntad de Dios sea la que sea, que acepto ya de antemano, debe ser la última palabra y fuente de paz.”


Amor a la Iglesia


Hablando de fidelidad decía: “ Tenemos que ser fieles a Dios, a la Iglesia, a la humanidad y a nosotros mismos; no podemos fallarle a Dios”. Insistía con frecuencia, ser fieles a Dios, ser fieles al Espíritu, ser fieles a la Iglesia. No se encerraba en la comunidad marista, aconsejaba a los hermanos integrarse a las tres dimensiones de la Iglesia: la parroquia, la diócesis y la Iglesia Universal. La fidelidad a la Iglesia fue una de sus características y lo expresaba con una convicción contagiosa en sus charlas y conferencias, lo mismo que en sus escritos.

En una ocasión se le escuchó decir. “ Si hubiera que salvar a alguna congregación religiosa, yo salvaría en primer lugar la nuestra, a la que profeso amor entrañable; pero si para salvar a la Iglesia hubiese de perecer alguna congregación, no tendría reparo en que fuese nuestro Instituto y yo morir y ser enterrado con él “.

Durante muchos años sirvió directamente a la Iglesia en el Movimiento por un Mundo Mejor y luego en la Unión de Superiores Generales; esporádicamente en algún asunto particular participando en el Sínodo de la Familia o siendo consultor de la Sagrada Congregación de Religiosos. Uno de los superiores generales se expresaba:” El H. Basilio fue un apoyo y una garantía para todos aquellos que deseaban la renovación de la vida consagrada siguiendo las orientaciones de la Iglesia. Fiel administrador de los dones de Dios, fue un verdadero discípulo de Cristo en su Iglesia. En el Sínodo de la Familia expresó algo que llamó poderosamente la atención: Creo que debemos escuchar. Las familias tienen mucho que decirnos “

Se ha comentado que el H. Basilio abarcó, en su labor evangelizadora en el mundo y en la Iglesia, muchos campos de apostolado: con los sacerdotes, los religiosos, pero tuvo especial predilección por los laicos en las diversas organizaciones con las que tuvo contacto. A la muerte del H. Basilio el presidente del Movimiento por un Mundo Mejor, antiguo colaborador suyo decía: “ Lo recuerdo con cariño por su amor a la Iglesia, por su amor a su Instituto, por su lealtad y sinceridad, su coherencia y su bondad y su apertura a toda novedad del Espíritu y a la renovación de la Iglesia “.

El obispo de Velletri se expresaba así del H. Basilio: “ Yo sabía que era un autor seguro en la vida espiritual y ascética y leía con satisfacción sus libros sobre la oración, sobre la comunidad religiosa, la caridad fraterna, sacando de ellos luz, consuelo y provecho espiritual “.

Durante una conferencia uno de los asistentes decía: “ Yo estaba embobado. Teníamos frente a nosotros un hombre que sentía una verdadera pasión por la Iglesia, por la vida religiosa y por su congregación religiosa”. Y el mismo H. Basilio expresaba: “ Cada día encuentro más ventajas para vivir la vida que abracé y mayor adhesión al Instituto, al que siento muy vivo dentro de mí, al igual que a la Iglesia a la que amo cada día más “.


Amor a sus hermanos


Si hay un punto de referencia para hablar del H. Basilio en forma unánime, es el de su amor a sus hermanos de comunidad, y cualquier fiel cristiano o no cristiano, que se encontrara en su camino. Amaba a todos de manera concreta y cada uno se sentía amado como si fuera el único. Agotaba todos los recursos cuando se trataba de ayudar a alguien. La preocupación por la salud de todos se puede calificar de maternal y no se estaría exagerando. Poseía, en un grado que raramente se puede encontrar, el amor al hermano, capaz de morir por salvarlo entregándose él mismo como lo hizo Jesús. Su gran delicadeza lo llevaba a acercarse a todos, su caridad se traducía en compasión. Estaba siempre atento para prestar ayuda y decir una palabra de consuelo. Alguien se expresó así: “ Descubrí al hombre en quien pude confiar plenamente sin quedar decepcionado, al que comprende, apoya y sabe ponerse en mi lugar”.

Los hermanos mayores recordarán siempre su ternura y delicadeza, los jóvenes su gran comprensión y apoyo aunque no estuviera de acuerdo con su conducta. Después de la reelección como superior general para otros nueve años, dijo a los hermanos capitulares al terminar el Capítulo: “ Digan a todos los hermanos que los quiero y que me voy a entregar a su servicio con todas mi fuerzas “.

Servía a sus hermanos con la sonrisa en los labios, sin darles la sensación de ser servidos. Nunca daba muestras de desatención, ni dejaba de interesarse en lo que se le decía o confiaba permaneciendo a disposición de todos todo el tiempo que fuera necesario. Su estilo de fraternal acogida y de donación de sí mismo, no eran episodios esporádicos, sino un modo natural y ordinario de actuar.

Sentía una gran preocupación por los hermanos que estaban en crisis vocacionales y se veían precisados a pedir su dispensa de votos. Antes de tramitar el expediente en El Vaticano la revisaba con el Procurador ante la Santa Sede antes de enviarlo. Al hermano le hacía la siguiente pregunta: “ ¿ Quiere seguir siendo hermano?” Si la respuesta era afirmativa y sincera movía tierra y cielo para dar al hermano la posibilidad de rehacer su vida, ofreciéndole todos los recursos psicológicos, de dirección espiritual o bien cursos de oración y acompañamiento.

Un día que iba de paso por una ciudad de España se enteró de que la prima de un hermano ya fallecido y que él había conocido, estaba enferma de cáncer, pidió que lo llevaran a visitarla. Quedó tan confortada con la visita que no tuvo palabras para agradecerle tal delicadeza. En otra ocasión, siendo maestro de novicios en Morelia, recibió y atendió a un hombre de Chiapas durante su rehabilitación, llenándolo de atenciones y afecto. En una visita a los hermanos de Nairobi visitó una leprosería atendida por unas religiosas. Allí había una mujer sin manos ni pies y además ciega y sorda. Le pidieron a la mujer que cantara en presencia de los visitantes y lo hizo agradeciendo los dones de Dios. El H. Basilio profundamente conmovido la abrazó y la besó. Un hermano nos cuenta: ” Estando en el segundo noviciado, en España, yendo hacia otra ciudad y siendo de noche encontramos en la cuneta de la carretera, a un hombre mal herido. El H. Basilio pidió al chofer que se detuviera y llevamos al hombre a la casa hasta que se recuperó. El hombre volvió a su casa tres días después. Antes del XIX Capitulo General el H. Basilio volvió a Africa en viaje de solidaridad. En una comunidad de los hermanos en Tanzania curó a un niño que estaba cubierto de llagas en la cabeza debido a una infección. A pesar de que el niño no se había dejado tocar de nadie, el H. Basilio, aunque desconocía la lengua nativa, logró que se dejara curar. Todos los días se dio a la tarea de curarle las llagas con cariño y delicadeza todo el tiempo que permanecieron en ese lugar.

Espíritu de Fe


En un grupo ecuménico en el que participaba el H. Basilio en la ciudad de México alguien se expresó así de él: “ Dialogaba en los términos de sus interlocutores, impresionaba a los no creyentes del grupo, por la manera como planteaba la fe, pero sobre todo era impactante por su testimonio y la manera como planteaba la relación con Dios ”. La fe del H. Basilio fue como una roca firme en la que se cimentó y sobre la que construyó el edificio de su vida espiritual. De ella brotaba ese amor que se manifestaba en su actuación y en la calidez de su palabra; en su oración, en su adoración ante el Santísimo Sacramento, pero especialmente en la celebración de la Eucaristía.

Su vida de oración, su profunda confianza en Dios y su gran amor a María Santísima, la paz y la alegría y el magnífico acompañamiento a sus hermanos, eran pruebas de su fe. No era raro encontrarlo en la capilla ante el Santísimo, sencillamente y con una devoción admirable. En los momentos más difíciles en la historia del Instituto, su fe inquebrantable en la Providencia, lo mantuvo al frente de sus hermanos cuando más lo necesitaban.

Quería que todos los hermanos vivieran en paz, porque decía que no se sirve verdaderamente a Dios si no es en el gozo y la alegría de la fe. Insistía: “ Es posible ser fieles ”. Y así fue él: fiel, santo, alegre y bromista.

Su espíritu de fe y su gran confianza en la Providencia eran transparentes. Creía firmemente en la eficacia de la oración cuando se trataba de la misión avalada por la obediencia.

Era un hombre de fe profunda que se mantenía sereno ante los abandonos de la vida religiosa de los errores y las impaciencias de muchos hermanos que querían reformas inmediatas después del Concilio. Pese al abandono de la tercera parte de los hermanos de la congregación mientras duró su gobierno, permaneció inquebrantable y se mantuvo siempre con el mismo entusiasmo, seguro de que la obra de Dios seguiría, a pesar de las tempestades. En ese tiempo se dio un periodo tormentoso para la Iglesia y para todas las congregaciones religiosas; la marista no fue la excepción. El H. Basilio no se dejó abatir y puso en marcha lo que él mismo llamó “proceso de refundación del Instituto “.

Fortaleza


Se mostró siempre ecuánime ante las vicisitudes de los tiempos, con la confianza puesta siempre en la Providencia. Su profunda vida interior le permitió llevar con serenidad los avatares de tantas almas afectadas por la inseguridad de los momentos difíciles. Vivía su vida sin dejarse arrastrar por los problemas de los demás o de su propia congregación. Nunca se desanimó al constatar el constante descenso en número de los hermanos. A pesar de la gran carga de trabajo y responsabilidades, jamás se le vio alterado; la ecuanimidad era como la sombra de su persona, era como un amigo que caminaba a su lado.

Uno de sus novicios notó que de tiempo atrás ya venía sufriendo, pero se le veía siempre alegre, no se quejaba hasta que de plano ya no pudo. No decía nada, simplemente iba viviendo, iba sirviendo, amándonos y ayudándonos en todo. Otro novicio decía: “ Lo que más le admiré fue su paciencia, la comprensión, el amor, más por su ejemplo que por sus palabras, la forma en que nos trataba, tan familiar y la alegría que siempre mostraba.

Estudiar, orar, descansar, escuchar música, lavar platos, jugar cartas, planear viajes; todo lo hacía con plena conciencia, viviendo intensamente cada momento y atendiendo a las personas. Unía la dulzura a la fuerza, la prudencia a la audacia, el respeto a las sanas tradiciones a la creatividad, no sólo en cuanto a las estructuras sino también en la concepción de la vida espiritual y de la organización de todo el Instituto.

Cualquiera que haya convivido con el H. Basilio, sabe bien que jamás se dejó vencer por la fatiga o la enfermedad. Daba la impresión de que el dolor y el sufrimiento le fueran connaturales. “ Pero para mí, dice un hermano que lo vio en su lecho de dolor, fue insoportable notar el sufrimiento que se reflejaba en su rostro, a pesar de los esfuerzos que hacía para controlarlo”.

Durante su enfermedad, el H. Basilio decía que los momentos más difíciles eran a la hora de rezar las oraciones, debido a los medicamentos y a las sondas. Sin embargo, ofrecía sus dolores por el Instituto, por la Iglesia que tanto le había dado y por sus novicios.

Hombre prudente.


Cuando se planteó la posible reelección, durante el XVII Capítulo General, el H. Basilio habló, desde Roma a su médico de cabecera que residía en Madrid, para ver si su estado de salud le permitía afrontar un segundo periodo. El médico nos cuenta lo que sucedió en aquel momento: “ Hablamos detenidamente y me preguntó: ¿ Pero crees que físicamente estoy en disposición ? Le dije: por supuesto que sí “. Y terminó su segundo mandato sin mayores complicaciones. Continúa el Doctor: ” Si le hubiera dicho que no, de todos modos hubiera aceptado, porque él se sacrificaba por todos y estaba siempre dispuesto a servir ya que la confianza de la congregación puesta en él pesaba mucho “.

Aunque hubo una polarización en el Instituto debido a las nuevas corrientes de renovación, nunca hubo confrontación de grupos, la clave de la calma estuvo en el gran sentido de optimismo, confianza y fortaleza del H. Basilio en los peores momentos.

Era un hombre qué antes de dar una respuesta ya la había hablado con Dios y aceptaba el punto de vista ajeno aunque no siempre estuviera de acuerdo. El contacto y la cercanía con él, llevaban a uno a la oración y la oración conducía a la verdadera ciencia qué viene de Dios.

Fue un hombre respetuoso de la conciencia de los demás. A los hermanos, en Africa, en los tiempos más difíciles de la guerra, les dejaba en completa libertad de decidir quedarse o volver a su país de origen. En situaciones complejas sabía aplicar los principios de la moral y el discernimiento. Era un guía preciso y claro y deseaba qué los superiores regionales fueran igual. Sabía conjuntar tres aspectos difíciles del gobierno: el respeto a la persona, la exigencia de la vocación religiosa y el servicio de la autoridad en la toma de decisiones. Con sabiduría, paciencia y simpatía abordaba todos los asuntos y buscaba la mejor solución.

Supo evitar escollos sumamente peligrosos, como seguir una línea de acción excesivamente conservadora o perder el control, ante una apertura que permitiera nuevas experiencias que provocaran ruptura y confusión. Su capacidad para informarse y solicitar información, ayuda y consejo oportuno, lo mantenían en contacto perenne con el Consejo General. Nunca hubo precipitación en sus decisiones y si por causa de la deficiente información o mala voluntad de las personas, tomaba alguna decisión poco correcta, la enmendaba y si era necesario pedía disculpas y corregía el rumbo.

Sabía poner a cada uno frente a sus propias responsabilidades, llamándolo a una vida seria y madura y al cumplimiento de los votos. Sabía hacerlo con las palabras y con el ejemplo y siempre en vista a las soluciones.

El H. Basilio vivió y murió como timonel, como capitán de mano firme y alma bondadosa. Supo por qué y para quién vivía, para qué y por quién trabajaba y en manos de quién murió.

Humildad


A pesar de su capacidad organizativa, de sus grandes conocimientos, de su prudente discernimiento y la admiración de la gente, el H. Basilio siempre conservó su corazón sencillo, modesto y humilde. “ Su humildad, dice alguien que convivió con él en un retiro espiritual, fue una constante, lo mismo que su vida de oración. Tenía ante mí un hombre excepcional y sin embargo, era muy natural y sencillo. Era un hombre simplificado y transparente. Constaté su grado de humildad como un matiz muy fino que el Espíritu Santo había obrado en él “.

La sencillez del H. Basilio lo llevaba a hacer cosas que nadie o muy pocos esperaban de un Superior General, como lavar su propia ropa, fregar los platos, barrer su recamara, cargar maletas de los viajeros y servir la mesa.

No era extraño verlo dedicado a las labores de la casa. Tenía un gran sentido de la pobreza evangélica y era ejemplo de una atractiva sencillez. Decía que era poco concebible una comunidad marista que pasara la Navidad ignorando a los pobres. En uno de sus cumpleaños le ofrecieron una grabadora para que estudiara inglés. Amablemente la rechazó con sencillez diciendo que todavía no necesitaba semejante artefacto. Por su parte se preocupaba de que nadie careciera de lo necesario y hasta de lo conveniente.

En el H. Basilio el voto de pobreza resultaba ser la síntesis de los otros dos. Como Cristo y como María se despojó de todo por el bien de los demás. Se contentaba con lo estrictamente necesario. Era un ejemplo para todos y un testimonio de la verdadera “sequela Christi”

Un sacerdote que conoció al H. Basilio se expresó así de él: ” Alguien me dijo que se pretendía introducir su “ causa “. Yo nunca lo había pensado, pero creo que sí. Pienso que como él debieron ser los santos. No tengo la menor duda de su santidad ya que cumplió su misión con toda naturalidad, con un amor inmenso a la Iglesia con gran responsabilidad y sentido de Dios”. Otro añadía: La idea qué me he hecho de él es la de un hombre totalmente centrado en Dios, simple, sin ninguna desviación. Nunca había encontrado tanta integridad y tanta entrega. En mi pensamiento y en mi corazón, no hay duda alguna: era ciertamente un santo.

Un obispo que conoció al H. Basilio en Roma se expresaba, ante un grupo de hermanos estudiantes: ” Tienen ustedes, en el H. Basilio, un hombre fuera de lo común. Su vida es una riqueza en toda la historia dramática de la Iglesia y del Mundo postconciliar. El H. Basilio es un testimonio cabal de vida cristiana, de la segunda mitad del siglo XX; además están sus escritos que son una riqueza de vida religiosa y espiritual ”.


Amor a la Santísima Virgen


Desde pequeño, el H. Basilio, se distinguió por una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen. En las casas de formación marista, su amor a la Buena Madre alentado por algunos de sus formadores, se hizo notable. Durante la celebración del Año Mariano de 1954, siendo director de la casa de formación, organizaba con los aspirantes a la vida religiosa, “ círculos de estudio ” para conocer más a María y amarla más. En sus años de apostolado en los Cursillos de Cristiandad, daba la plática sobre la Santísima Virgen y lo hacía de tal forma, que dejaba gratamente impresionados a sus oyentes. Siendo Superior General, alentaba a todos los hermanos a permanecer fieles a las tradiciones marianas del Instituto.

Tenía una excelente visión de la Santísima Virgen a partir de un apasionado cristocentrismo. Su circular, Un Espacio para María, fue escrita con el corazón filial y fue como el alma colectiva del hermano marista acerca “de quien lo ha hecho todo entre nosotros “ como dijera el Santo Fundador Marcelino Champagnat.

Encargado del Movimiento Champagnat de la Familia Marista, puso todo su empeño en que la Buena Madre fuera conocida y amada por quienes querían compartir la espiritualidad marista al estilo de Nazareth.

En diario de los Ejercicios espirituales de San Ignacio escribió: “ En la noche, dulce oración mariana. Un rosario “ por los míos “ y otro por este renacimiento mariano y por la gracia de hablar de María a los hermanos el día 17 ó 18 “. En otro párrafo dice: “ De la cena, el Oficio y luego la oración de paseo con María y el rosario lentamente orado, pese a que era de noche y estaba cansado, son un bello momento espiritual”.



En la clausura del XIX Capítulo General, por unanimidad, fue escogido para hacer la consagración de la Congregación Marista a la Santísima Virgen. Compuso una bella oración que conmovió a todos lo Capitulares y la recitó frente a la estatua de María.

Comentario

No cabe duda que un hombre que motiva la generosidad, que despierta admiración, no puede menos que provocar comentarios laudatorios: que fue un profeta de su tiempo, que fue un intelectual de preclara inteligencia, que su corazón magnánimo no conoció fronteras; un hombre completamente dueño de sí mismo, un místico en la acción, Superior General excepcional, hombre sencillo, transparente, amante de las bromas y gran sentido del humor, de una espiritualidad sólida y segura, hermano sencillo que lo mismo recibía un doctorado honoris causa y que con gusto y gran espíritu de servicio, se ponía el delantal para fregar platos o tomaba la escoba para barrer. La vida ordinaria hecha voluntad de Dios y santificada por la gracia divina. Eso fue la vida del H. Basilio.


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