Saturaciones generales



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Parte IV - De Bush a Obama (la trampa de la seguridad: un estado de “saturaciones generales”)

En los últimos 40 años, desde que el 3 de noviembre de 1969, el presidente de EEUU, Richard Nixon, hundía el dedo en llaga y afirmaba que nadie, en referencia a Vietnam, puede “derrotar ni humillar a EEUU”, las cosas han cambiado mucho.

La radiografía económica del imperio americano ha demostrado, tras el azote de la crisis subprime y el impacto la recesión que su hegemonía es perecedera. A día de hoy (agosto 2010), la deuda estadounidense es de 9,8 billones de euros, es decir, cada ciudadano del país debe alrededor de 42.739 dólares. Según los expertos, el déficit fiscal de EEUU superará el billón de dólares todos los años en la próxima década mientras las previsiones oficiales de la Casa Blanca señalan que el PIB crecerá este año (2010) un 3,1 por ciento y la tasa de paro oscilará el 9,7 por ciento.

David Miller, consejero político de seis secretarios de Estado norteamericanos se pregunta si “el país más poderoso del mundo puede mantener su reinado y, además, ser el mayor endeudado del planeta”.



Cuando el griego Aristóteles dijo que el hombre era un animal político, se refería a que era un ser social pero, pasado el tiempo, su frase ha devenido en literal.

- George W. Bush (las “guerras preventivas” del texano tóxico)

Párrafos extraídos de mi Paper: El negocio armamentístico y la privatización de la guerra - Parte I, del 5/7/09



(Los traficantes de la muerte)

- El lobby de las corporaciones - Las armamentistas y el negocio de la guerra - Informe especial (IAR-Noticias - 10/2/05)

La vinculación y los negocios de la administración Bush con los tres grandes contratistas de armas del Complejo Militar Industrial norteamericano, las empresas Lockheed Martin, Boeing y Northrop Grumman.

En su último informe Project on Government Oversight (POGO, Proyecto de Supervisión Gubernamental), un grupo con sede en Washington que vigila el gasto militar, señaló que, entre enero de 1997 y mayo de de 2004, sólo 20 grandes proveedores recibieron más del 40 por ciento de los 244.000 millones de dólares en contratos del gobierno federal estadounidense.

Entre los consorcios que se benefician en primer lugar de esta práctica tolerada se cuentan Lockheed Martin, que emplea a 57 ex altos funcionarios estatales; la gigante aeroespacial Boeing, con 33; Northrop Grumman, contratista de la Fuerza Aérea, con 20; Raytheon, con 23, y General Dynamics con 19.

En los últimos años se acentuaron los casos de altos militares y funcionarios de la administración estadounidense que luego de abandonar sus cargos pasan a desempeñarse como ejecutivos o lobbistas de los grandes proveedores privados, sobre todo en el ramo de las empresas armamentistas del área de Defensa.

Según un artículo del investigador estadounidense William D. Hartung en el año fiscal 2002, los tres más grandes fabricantes de armas recibieron un total mayor a los 42.000 millones de dólares en contratos del Pentágono, de los que Lockheed Martin obtuvo 17.000 millones, Boeing 16.000 millones y Northrop Grumman 8.000 millones.

Los tres grandes consorcios armamentistas obtuvieron jugosos contratos y ganancias del proyecto espacial de Bush para colonizar la Luna y enviar una misión tripulada a Marte, que son la punta de lanza de una nueva carrera armamentista en el espacio.

Los tres grandes consorcios armamentistas (Lockheed Martin, Boeing, y Northrop Grumman) tienen conexiones con otras numerosas fuentes de contratación federal para todo, desde seguridad aeroportuaria hasta vigilancia doméstica, en nombre de lo que hoy la Casa Blanca denomina GWOT (Global War on Terrorism), guerra global contra el terrorismo.

El presupuesto total de 20.000 millones de dólares que Lockheed Martin recibe anualmente es más de lo que se gasta en un año promedio en el mayor proyecto de bienestar social federal, el programa de asistencia temporal a familias necesitadas (Temporary Assistance for Needy Families), destinado a familias que viven por debajo de la línea de la pobreza.

El consorcio Boeing fabrica el equipo de ataque directo conjunto (JDAM, por sus siglas en inglés), herramienta que puede convertir bombas “estúpidas” en “inteligentes”. El JDAM se utilizó en tan grandes cantidades en las guerras de Irak y Afganistán que la compañía tuvo que activar turnos duplicados de fabricación para cumplir con la demanda de la fuerza aérea.

En la política de desarrollo nuclear de Bush, Lockheed Martin es uno de los que mejor se posicionan en la grilla de negocios. La corporación cuenta con un contrato por 2 mil millones de dólares anuales para impulsar los Sandia National Laboratories, una instalación de diseño e ingeniería de armas nucleares con sede en Alburquerque. Lockheed Martin trabaja también en sociedad con Bechtel para desarrollar el Nevada Test Site, enclave donde se somete a prueba las armas nucleares mediante explosiones subterráneas.

Estos contratos fueron posibilitados por Everet Beckner, ex ejecutivo de Lockheed Martin, que dirige el complejo de armas nucleares de la National Nuclear Security Administration (dependencia de seguridad nuclear nacional).

Northrop Grumman también juega en grande en el área de buques de combate, pues son de su propiedad los astilleros de Newport News, en Virginia y Pascagoula, en Mississippi.

Los tres consorcios también obtienen fabulosas ganancias del proyecto de Bush para colonizar la Luna y enviar una misión tripulada a Marte, que conforman la base de la nueva carrera armamentista en el espacio.

Boeing y Lockheed Martin son las mejor posicionadas en el campo de un espacio exterior militarizado debido a los fabulosos contratos relacionados a lanzamientos espaciales, así como con el área de satélites y misiles, manteniendo ambos consorcios una sociedad para operar la Alianza Unida del Espacio (United Space Alliance), empresa conjunta a cargo del lanzamiento de los transbordadores espaciales.

Los tres grandes, por medio de su influencia en todas las oficinas de contratación federal, tienen los contratos más jugosos en la llamada “Guerra contra el terrorismo Global” (GWOT) que abarca ventas de sistemas y armamentos de seguridad que cubren todo el territorio de EEUU y sus unidades de desplazamiento en el extranjero.

Al menos un tercio de los ex altos funcionarios públicos que desempeñan cargos ejecutivos en empresas proveedoras del gobierno ocuparon altos cargos que les permitían influir en las compras del Estado a las armamentistas.

Pentágono estadounidense

Por ejemplo, la nueva comisión presidencial encargada de redefinir la nueva colonización del espacio está dirigida por Edward Pete Aldridge, anterior subsecretario de Defensa para adquisiciones del Pentágono y miembro de la junta directiva de Lockheed Martin.

Por su parte, en la fuerza aérea el subsecretario encargado de adquirir bienes espaciales es Peter Teets, que antes se había desempeñado como jefe de operaciones de Lockheed Martin.

Cuando Bush asumió la primera presidencia se creó un organismo para asesorar la organización y el manejo de la seguridad en el espacio (Commission to Assess US National Security Space Management and Organization), que incluía representantes de ocho contratistas del Pentágono.

La comisión era presidida por Donald Rumsfeld hasta que asumió como secretario de Defensa. Desde entonces, Rumsfeld, ya instalado como jefe del Pentágono, acata e instrumenta las recomendaciones de dicha comisión (hegemonizada por los tres grandes contratistas) en relación a armamentos y sistemas de defensa.

Richard Perle, quien fuera secretario adjunto de Defensa bajo el gobierno de Ronald Reagan, (1981-1989) y miembro entre 1987 y 2004 de la Junta de Políticas de Defensa, la que presidió de 2001 a 2003, escribió un artículo en favor del trato para el Wall Street Journal, pero sólo después de que Boeing invirtiera 20 millones en Trireme, empresa de inversiones de Perle.

Amigo personal de Donald Rumsfeld, Perle es un destacado integrante del llamado lobby israelí del Pentágono sostenido desde la trilogía de poder del Pentágono conformada por el actual secretario de Defensa, el subsecretario Paul Wolfowitz, y Douglas J. Feith, el tercer funcionario en jerarquía del área. En el verano de 2003, Perle apoyó la adquisición de 100 aviones cisterna de Boeing, que finalmente se concretó por 27.000 millones de dólares. El año anterior, Boeing había prometido invertir 20 millones de dólares en la empresa de capitales de riesgo de Perle, Trireme Partners, señalan informes parlamentarios.

Por su parte, William D. Hartung, quien es investigador del Instituto de Política Mundial en la Universidad New School de Nueva York, señala que en el año 2001 Boeing patrocinó la comida anual del Instituto Judío de Asuntos de Seguridad Nacional, reducto neoconservador con el que tuvo vínculos cercanos el subsecretario de Defensa, Douglas Feith, antes de ingresar al gobierno republicano de Bush.

Los invitados de honor fueron los secretarios de tres ramas militares: Roche, de la fuerza aérea; el secretario de Marina, Gordon England (antes en la empresa General Dynamics), y el secretario del Ejército, Thomas White (antes en Enron). El anfitrión de la noche fue el jefe de la oficina de Boeing en Washington: Rudy de Leon.

Roche no tuvo pelos en la lengua para decir que parte del punto era arrojarle algo de dinero a Boeing para que se mantuviera saludable. Lo que ustedes y yo veríamos como “rescate” la gente del Pentágono le llamaba “mantener la base industrial para la defensa”.

Otro ejemplo destacado es el de Darleen Druyun, quien supervisó y dirigió el programa de adquisiciones de armas de la Fuerza Aérea y luego atravesó la puerta giratoria para convertirse en subgerente general del departamento de sistemas de misiles de Boeing.

Las conexiones existentes entre la Casa blanca, el Departamento de Defensa (Pentágono) y las armamentistas son infinitas, y ocupan incontables capítulos de informes e investigaciones (parlamentarias y privadas) que ponen en evidencia la naturaleza capitalista de las operaciones militares de conquista que EEUU -tanto con administraciones republicanas como demócratas- realiza permanentemente por el planeta.

- Quienes son los que lucran con el armamentismo y el “negocio nuclear” (IAR - 5/9/06)

La carrera armamentista (nuclear, convencional y espacial), cuyo presupuesto hoy supera el billón de dólares, tuvo su punto de partida en Hiroshima y Nagasaki. Los estallidos de Hiroshima y Nagasaki más que por razones militares estratégicas fueron impulsados por los intereses comerciales de las multinacionales del Complejo Militar Industrial norteamericano, en especial las armamentistas, que cuentan con un lobby militar permanente en la Casa Blanca.

En su último informe Project on Government Oversight (POGO, Proyecto de Supervisión Gubernamental), un grupo con sede en Washington que vigila el gasto militar, señaló que, entre enero de 1997 y mayo de de 2004, sólo 20 grandes proveedores recibieron más del 40 por ciento de los contratos armamentistas del gobierno federal estadounidense.

Según “Executive Excess 2006” (“Exceso Ejecutivo 2006”), un informe elaborado por el Instituto para los Estudios Políticos, de Washington, los 34 principales directores de estas empresas sumaron una ganancia de casi 1.000 millones de dólares desde los atentados del 11-S que dejaron 3.000 muertos en Nueva York y Washington.

Este dinero sería suficiente para emplear y brindar asistencia durante más de un año a más de un millón de iraquíes, según el estudio.

De acuerdo con el documento solamente en 2005 los presidentes de las firmas de la industria de defensa cobraron 44 veces más que generales con 20 años de experiencia militar, y 308 veces más que los soldados rasos.

A nivel empresarial -según el informe Project on Government Oversight- los consorcios que se benefician en primer lugar de este multimillonario negocio se cuentan Lockheed Martin, la gigante aeroespacial Boeing, Northrop Grumman, contratista de la Fuerza Aérea, Raytheon, y General Dynamics.

Boeing y Lockheed Martin son las tres mejor posicionadas en el campo nuclear-espacial debido a los fabulosos contratos relacionados a lanzamientos espaciales, así como con el área de satélites y misiles, manteniendo ambos consorcios una sociedad para operar la Alianza Unida del Espacio (United Space Alliance), empresa conjunta a cargo del lanzamiento de los transbordadores espaciales.

Los estallidos de Hiroshima y Nagasaki en 1945 -así lo demuestran las investigaciones independientes- más que por razones militares estratégicas fueron impulsados por los intereses de las corporaciones del Complejo Militar Industrial norteamericano, en especial las armamentistas, que cuentan con un lobby militar permanente en la Casa Blanca.

Las bombas de Hiroshima y Nagasaki no fueron arrojadas para “evitar más muertes” ni para precipitar la “rendición” del Japón: fueron lanzadas para iniciar la carrera armamentista (y consecuentemente el incremento sideral de la tasa de ganancias de las corporaciones del Complejo Militar Industrial que financiaron el proyecto de bombardeo), y lanzar un alerta amedrentador a la Unión Soviética, la otra potencia con capacidad nuclear.

Boeing, fabricó los bombarderos que transportaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, e integró el “lobby militar” que promovió e impulsó el proyecto compuesto entre otros por, Carnegie, Dupont, Westinghouse, Union Carbide, Tennessee Eastman, y Monsanto.

El genocidio aterrador de Hiroshima y Nagasaki le sirvió a los bancos y corporaciones capitalistas (amparados por el Estado Nacional norteamericano) para instalar la carrera armamentista y la carrera espacial debajo de los acuerdos de “coexistencia pacífica” que mantenía al poder nuclear como efecto “disuasivo”.

El marco nuclear de la “coexistencia pacífica” (además de alimentar el negocio de las corporaciones aeroespaciales) sirvió de cáscara para desarrollar la confrontación por “áreas de influencia” entre EEUU y la URSS durante la Guerra Fría, mediante la cual la “industria de la guerra” (convencional y nuclear) facturó ganancias en armamento cuyo presupuesto mundial hoy supera el billón de dólares.

En términos prácticos, y en números capitalistas, la masacre nuclear de Hiroshima y Nagasaki sirvió a las trasnacionales y bancos para instalar la industria y la financiación del armamentismo (nuclear y convencional) tomado como “efecto disuasivo” para “evitar que sucedan” otras tragedias similares.

La carrera armamentista (nuclear y convencional) alimenta los contratos y las ganancias de los consorcios agrupados en ese monstruo llamado Complejo Militar Industrial norteamericano.

El “negocio nuclear”

Actualmente son nueve los países que tienen arsenales nucleares pero sólo cinco, las grandes potencias del Consejo de Seguridad de la ONU -Estados Unidos, Rusia, Francia, China y Gran Bretaña- tienen “legalizado” ese status.

En un planeta donde predominan los “gobiernos democráticos” y los discursos pacifistas “gandhianos”, entre Rusia y EEUU (cuyas economías dependen en grado superlativo del armamentismo) suman el 95 por ciento del arsenal nuclear mundial, que si estallara no sólo destruiría centenares de veces el planeta Tierra sino que también terminaría con parte del Universo.

China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia, hasta 1998 las únicas potencias nucleares declaradas, firmaron en 1970 el Tratado de No Proliferación, una cáscara formal para legitimar al “club” como una entidad democrática y pacifista.

Las potencias europeas, en calidad de un “club selecto”, protegen sus propias carreras armamentistas y sus arsenales nucleares siguiendo la impronta de la asociación la potencia locomotora estadounidense.

Todos los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que tienen en su territorio misiles nucleares estadounidenses votaron a favor de una resolución de la ONU que exige la “reducción de armas nucleares no estratégicas”.

En el selecto club de destrucción nuclear China sigue a Rusia y a EEUU, con 400 ojivas nucleares, Francia con 350, Israel con 200, Gran Bretaña con 185, India con al menos 60 y Pakistán con hasta 48, según el Centro para la Información de Defensa con sede en Washington.

Exceptuando Rusia, EEUU matemáticamente supera por 9 a 1 en poder nuclear a todas las potencias capitalistas juntas del planeta y su capacidad de despliegue de tropas y de armamento convencional, rozan los mismos porcentajes.

EEUU cuenta con 10.000 armas nucleares tácticas, invirtiendo 40.000 millones de dólares al año en su arsenal nuclear y en el desarrollo de nuevos sistemas de destrucción, que van a las arcas de las multinacionales de la guerra nucleadas en el Complejo Militar Industrial norteamericano.

No obstante esa realidad, Bush, puede darse el gusto de decirle a Corea del Norte (supuestamente en posesión de dos cabezas nucleares) y a Irán (sin ninguna ojiva nuclear) que su programa nuclear “pone en peligro a la humanidad”.

Un informe de la Fundación Legal de los Estados Occidentales, organización dedicada al desarme, señala que los gastos en armas nucleares de Estados Unidos aumentaron en un 84 por ciento desde 1995, hasta alcanzar una cifra de 40.000 millones de dólares.

Con ese monto presupuestario se financia el mantenimiento de unos 10.000 misiles nucleares, 2.000 de los cuales se encuentran en estado de máxima alerta.

La meta de los nuevos programas -destaca el informe- es la producción de nuevos prototipos de cabezas nucleares y misiles en la próxima década.

En la actualidad sólo tres grandes consorcios armamentistas obtienen jugosos contratos y ganancias del proyecto espacial de Bush para colonizar la Luna y enviar una misión tripulada a Marte, que son la punta de lanza de una nueva carrera armamentista en el espacio.

Las tres grandes corporaciones armamentistas (Lockheed Martin, Boeing, y Northrop Grumman) tienen conexiones con otras numerosas fuentes de contratación federal para todo, desde seguridad aeroportuaria hasta vigilancia doméstica, en nombre de lo que hoy la Casa Blanca llama GWOT (Global War on Terrorism), guerra global contra el terrorismo.

El consorcio Boeing fabrica el equipo de ataque directo conjunto (JDAM, por sus siglas en inglés), herramienta que puede convertir bombas “estúpidas” en “inteligentes”. El JDAM se utilizó en tan grandes cantidades en las guerras de Irak y Afganistán que la compañía tuvo que activar turnos duplicados de fabricación para cumplir con la demanda de la fuerza aérea.

En la política de desarrollo nuclear de Bush, Lockheed Martin es uno de los que mejor se posicionan en la grilla de negocios.

La corporación cuenta con un contrato por 2.000 millones de dólares anuales para impulsar los Sandia National Laboratories, una instalación de diseño e ingeniería de armas nucleares con sede en Alburquerque. Lockheed Martin trabaja también en sociedad con Bechtel para desarrollar el Nevada Test Site, enclave donde se somete a prueba las armas nucleares mediante explosiones subterráneas.

Estos contratos fueron posibilitados por Everet Beckner, ex ejecutivo de Lockheed Martin, que dirige el complejo de armas nucleares de la National Nuclear Security Administration (dependencia de seguridad nuclear nacional).

Northrop Grumman también juega en grande en el área de buques de combate, pues son de su propiedad los astilleros de Newport News, en Virginia y Pascagoula, en Mississippi.

Los tres consorcios también obtienen fabulosas ganancias del proyecto de Bush para colonizar la Luna y enviar una misión tripulada a Marte, que conforman la base de la nueva carrera armamentista en el espacio.

Boeing y Lockheed Martin son las mejor posicionadas en el campo de un espacio exterior militarizado debido a los fabulosos contratos relacionados a lanzamientos espaciales, así como con el área de satélites y misiles, manteniendo ambos consorcios una sociedad para operar la Alianza Unida del Espacio (United Space Alliance), empresa conjunta a cargo del lanzamiento de los transbordadores espaciales.

Además, los tres grandes, por medio de su influencia en todas las oficinas de contratación federal, tienen los contratos más jugosos en la llamada “Guerra contra el terrorismo Global” (GWOT) que abarca ventas de sistemas y armamentos de seguridad que cubren todo el territorio de EEUU y sus unidades de desplazamiento en el extranjero.



- Los Señores de la guerra (no están todos los que son, pero son todos los que están)

(Lecturas recomendadas)



Los estrategas de las guerras de Bush

El lobby judío del Pentágono

Un grupo de funcionarios y tecnócratas de la derecha fundamentalista, en cuyas manos está el diseño y la ejecución de la política militar norteamericana.

(IAR-Noticias) 17En04 Por Manuel Freytas

El lobby judío

Roger Garaudy en “Los Mitos Fundacionales de la Política Israelí” dice que en noviembre de 1976 Nahum Goldmann, presidente del Congreso Judío Mundial, que vino a Washington a ver al Presidente y a sus consejeros Vance y Brzezinski, dio un consejo inesperado a la administración Carter: “Hacer añicos el lobby sionista en los Estados Unidos”.

Goldmann había consagrado su vida al sionismo y había jugado un papel de primer orden en el “lobby” desde la época de Truman; ahora decía que su propia creación, la Conferencia de Presidentes, era una “fuerza destructiva” y un “obstáculo mayor” para la paz en Oriente Medio, agrega Garaudy.

Entre los integrantes más sobresalientes del lobby en el presente (nucleados alrededor de la figura señera de Donald Rumsfeld) sobresale el secretario adjunto de defensa, Paul Wolfowitz, para muchos el verdadero cerebro del Pentágono.

Otros miembros destacados del grupo son Douglas Feith, el número tres en el Pentágono; Lewis “Scooter” Libby, un protegido de Wolfowitz que es jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney; John R. Bolton, un ultraderechista que revista en el Departamento de Estado con la misión de “controlar” a Colin Powell, rival interno del lobby; y Elliott Abrams, a cargo de la política de Medio Oriente en el Consejo Nacional de Seguridad.

También son integrantes destacados James Woolsey, ex director de la CIA, autor de la operación que intentó vincular a Saddam Hussein con el 11-S y con las cartas con ántrax en EEUU; y Richard Perle, que renunció a su cargo de asesor del departamento de Defensa tras un escándalo empresarial.

Wolfowitz y Feith mantienen vinculaciones directas con el lobby israelí judío-estadounidense que opera tanto en Defensa como en el Complejo Industrial norteamericano.

Wolfowitz opera como contacto de la administración Bush con el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC, por sus siglas en inglés).

Feith fue galardonado por la Organización Sionista de EEUU, donde, y a pesar de ser un funcionario estadounidense, es considerado como un “activista pro-Israel” más.

Durante la administración Clinton, sin cargo oficial, Feith preparó un plan estratégico para el Likud israelí en colaboración con Perle, en el cual se “recomendaba” al gobierno de Israel que abandonara el proceso de paz iniciado en Oslo, que recolonizara los territorios y aplastara al gobierno de Yasser Arafat con el poder militar.

Curiosamente la mayoría de estos expertos y tecnócratas que manejan las estructuras estratégicas del Pentágono nunca sirvieron en las fuerzas armadas, y son mirados con recelo y desconfianza por los militares de carrera del Pentágono, en su mayoría republicanos.

Provienen principalmente del lobby sionista de Israel, la derecha cristiana, los think-tanks, las fundaciones y los grandes consorcios mediáticos -diarios y cadenas televisivas y radiales- que integran la logia empresarial contratista del Complejo Militar Industrial.

Una vez que abandonan sus cargos en la administración estadounidense pasan a desempeñarse en los think-tanks (gabinetes estratégicos) como el American Enterprise Institute (AEI), y el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), desde los cuales siguen operando ideas y negocios para el lobby desde la función privada.

El dinero para su financiación proviene de las megacorporaciones, petroleras, armamentistas, tecnológicas, financieras, que hacen negocios tanto con el Complejo Militar Industrial como con Wall Street, y también de fundaciones conservadoras al estilo de Bradley y Olin que utilizan las fortunas legadas a tal fin por magnates que ya dejaron este mundo.

Todas estas corporaciones son beneficiarias directas de las operaciones de conquista militar lanzadas por el Pentágono, y, como ya se comprobó en Irak, tras la obra devastadora de los tanques y misiles participan de los gigantescos negocios que les abre la "reconstrucción" de los países arrasados.

El lobby judío opera sobre los cuatro sectores claves del poder estadounidense: Defensa, el Complejo Militar Industrial, Wall Street y los medios de comunicación, vinculados a los consorcios armamentistas, petroleros, financieros y tecnológicos a través de infinitas redes y vasos comunicantes. (Ver: Irak y el capitalismo militar de EEUU). Tal es el caso de los diarios The Washington Post, The New York Times y las principales agencias y cadenas radiales y televisivas de Estados Unidos.

Todo este complejo entramado de intereses capitalistas con los consorcios mediáticos está entrelazado por medio de fusiones, de accionistas y de estructuras societarias anónimas, o por el simple hecho de compartir los mismos directivos y accionistas

El vínculo principal entre los think-tanks del Pentágono y el lobby, es el Instituto Judío de Asuntos de Seguridad Nacional (JINSA, por sus siglas en inglés) de Washington, que apoya al Likud, y que también emplea a muchos especialistas no-judíos en temas militares que realizan continuos viajes a Israel.

Conducidos por Cheney y Rumsfeld, muchos de ellos participaron de la creación de la OSP (Office of Special Plans), también conocida como la “agencia invisible”, desde la cual se planificó la primera invasión a Iraq del padre de Bush, reinstalada en la Casa Blanca con la llegada de W.

Tras el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono vieron el camino despejado para la nueva guerra de conquista de Irak y la implementación de un proyecto más ambicioso: las guerras preventivas como elemento decisivo de la política militar exterior norteamericana posterior a la Guerra Fría.

Las cruzadas contra el “eje del mal”

Las teorías conspirativas sobre Bin Laden y el “terrorismo amenazante” que sirvieron para justificar la invasión a Afganistán tras el 11-S, y luego la invasión a Irak, fueron elaboradas por el lobby judío en la OSP, en vinculación directa con el equipo conducido por la asesora en Seguridad Nacional de Bush, Condoleezza Rice, que compone junto con Cheney y Powell la primera línea de influencia en la Casa Blanca.

Desde allí el lobby construyó las principales teorías legitimadoras de la nueva invasión a Irak en base a informes falsos como lo fue, por ejemplo, la información provista a Bush sobre las armas químicas de Saddam, y sus presuntas vinculaciones con la organización Al Qaeda de Bin Laden.

Experiencia que le valió el mote de “fabrica de mentiras” con que se conoce a esta oficina invisible del lobby en el Pentágono.

Actualmente el lobby con su jefe, Donald Rumsfeld, incrementó su presión sobre la Casa Blanca para que ordene acciones militares puntuales contra Siria, básicamente bombardeos “selectivos” como los realizados en Irak antes de la invasión. (Ver: EEUU y una nueva escalada del “objetivo Siria”)

La desmembración de Siria e Iraq en regiones determinadas, en base a criterios étnicos o religiosos, es un objetivo prioritario para Israel, y la primera etapa de este proceso pasa por la destrucción del poderío militar de dichos estados y de los grupos de resistencia islámicos que hoy desestabilizan la ocupación militar de Irak.

El lobby impulsa abiertamente la intervención militar en todo el mapa de Medio Oriente para eliminar “la amenaza árabe a Israel”, y sostiene que Israel y Turquía son los únicos verdaderos Estados-naciones de la región y han estado pronosticando la desintegración de algunos Estados árabes desde la primera Guerra del Golfo.

Su “biblia” funcional se condensa en un documento del año 1996 titulado “Un cambio nítido: una nueva estrategia para asegurar el territorio nacional”, escrito por el grupo JINSA para aconsejar al entonces primer ministro entrante israelí Benjamin Netanyahu.

Este documento abreva en las raíces de la “teoría de los bolos” del Oriente Medio, según la cual un golpe dirigido contra Irak podría derribar varios regímenes árabes del Medio Oriente.

La misma teoría la repiten ahora poniendo en el centro a Siria y a las organizaciones radicalizadas árabes que combaten a la ocupación militar de EEUU en Irak.

El Estado de Israel

Escribiendo sobre la financiación del Estado de Israel (fuente motriz del lobby judío del Pentágono) James Petras dijo que “los contribuyentes norteamericanos han venido sufragando la maquinaria militar israelí durante 35 años a razón de 3 billones de dólares por año concedidos en concepto de ayuda directa (más de 100 billones en total, y la cuenta sigue).

Aunque los judíos constituyen una minoría en cada uno de esos sectores -continua Petras-, disfrutan de un poder e influencia desproporcionados porque están organizados, son activos y concentran toda su labor en una única cuestión: la política de los Estados Unidos en el Oriente Medio, y, de forma específica, en garantizar el apoyo militar, político y financiero masivo, incondicional e ininterrumpido de los Estados Unidos a Israel.

Judíos pro israelíes se hallan representados de forma desproporcionada en el mundo financiero, político, profesional, académico, inmobiliario, en el sector de los seguros y en los medios de comunicación de masas. Maniobrando desde sus puestos estratégicos en la estructura del poder, son capaces de influir en la política y censurar la circulación de cualquier voz disidente en los medios de comunicación y en el sistema político”, agrega el pensador norteamericano.

El mayor vínculo entre los think-tanks conservadores y el lobby de Israel es el Instituto Judío de Asuntos de Seguridad Nacional (JINSA, por sus siglas en inglés) de Washington, que apoya al Likud, y que involucra a muchos expertos no-judíos de Defensa, quienes hacen constantes viajes a Israel en carácter de consultivos de los halcones de los gobiernos sionistas como el de Sharon.

Los vínculos mediáticos derechistas

Michael Lind, autor de “Made in Texas: George W Bush and the Southern Takeover of American Politics”, dice que "los intelectuales del lobby cuentan con el apoyo de varios imperios mediáticos derechistas, con raíces -por extraño que parezca- en la Comunidad Británica de Naciones y en Corea del Sur. Rupert Murdoch difunde propaganda a través de su canal Fox Television. Su revista, dirigida por William Kristol, el antiguo jefe de equipo de Dan Quayle (vicepresidente, 1989-93), actúa como portavoz de los intelectuales de Defensa como Perle, Wolfowitz, Feith y Woolsey, así como del gobierno de Sharon.

The National Interest (del que fui editor ejecutivo, 1991-94) -prosigue Lind -es financiada ahora por Conrad Black, propietario del Jerusalem Post y del imperio Hollinger en Gran Bretaña y Canadá. Lo más extraño de todo es la red mediática centrada en el Washington Times -de propiedad del Mesías surcoreano (y ex convicto), el reverendo Sun Myung Moon- que es propietario de la agencia noticiosa UPI. UPI es dirigida ahora por John O'Sullivan, el escritor de discursos de Margaret Thatcher que solía trabajar como editor para Conrad Black en Canadá.

A través de canales semejantes, el estilo sensacionalista del periodismo británico de derecha, así como su sustancia eurofóbica, han contaminado el movimiento conservador de EEUU. Los ángulos neoconservadores del Pentágono fueron unidos en los años 90 por el Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC), dirigido por Kristol desde las oficinas del Weekly Standard, agrega el autor de “Made in Texas”.

Durante la administración Clinton los tecnócratas del lobby escribieron y publicaron una serie de “cartas abiertas”, a través de las cuales recomendaban a EEUU que invadiera y ocupara Irak y que apoyara las campañas militares de Israel contra los palestinos y sus organizaciones de resistencia.

Operación invasión

Refiriéndose al lobby Heinz Dieterich escribió que durante el gobierno de Bill Clinton, la camarilla presionó al Presidente, para que “removiera al régimen de Sadam Hussein del poder”, si fuese necesario por la fuerza, y que hiciera una política “más aseverativa” en Medio Oriente. En un reporte preelectoral del 2000, revelaron una premonición tan extraordinaria como sospechosa: afirmaron que esos cambios se darían lentamente, salvo que “hubiese un evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbour”.

Clinton no les hizo caso, pero el fraude electoral de Bush los puso en el poder y los atentados del 11 de septiembre les dieron su evento “catastrófico y catalizador”, su “nuevo Pearl Harbour”, con el cual iniciaron lo que suelen llamar entre sí, “La Cuarta Guerra Mundial”.

Después de Afganistán -prosigue Dieterich-, el método de la invasión militar fue utilizado nuevamente en Irak, en marzo del 2003, para poner a Ahmed Chalaby, ex banquero criminal, refugiado en Estados Unidos, en el poder en Irak. En Georgia, de central importancia geoestratégica petrolera en la zona, Washington organizó una insurrección popular en noviembre del 2003 contra el corrupto estalinista Edward Shevanadze, para sustituirlo en enero del 2004 con un triunfo electoral del 86 por ciento, del abogado Mikhail Saakashvili, educado en Estados Unidos.

A estos éxitos, la camarilla agrega los siguientes “triunfos”: la renuncia de Libia a sus proyectos de armas de destrucción masiva y la invitación a las petroleras estadounidenses, en diciembre del 2003, junto con sus negociaciones con Israel para reanudar las relaciones diplomáticas y su oferta de presionar a Irán, para que desista del desarrollo de armas nucleares. La nueva constitución de Afganistán y el compromiso de la OTAN, de priorizar su intervención en el país en el 2004”, concluye Dieterich.

La era Bush

El grupo de funcionarios del lobby se apoderó de la administración Bush hijo por medio del vicepresidente Dick Cheney, una especie de tutor político de W., cuando éste estaba a cargo de la transición presidencial (el período entre la elección en noviembre y el acceso al poder en enero).

Cheney, asesorado en las sombras por su socio y amigo el ex presidente George Bush, padre de W., se valió de esa circunstancia para colocar en la primera línea de administración republicana a los más reputados intelectuales y tecnócratas del lobby judío.

Desde ese espacio clave empezaron a construir las nuevas coordenadas de la política exterior del Imperio y diseñaron la nueva estrategia colonizadora del Estado norteamericano: las guerras preventivas contra el “eje del mal”, plasmadas en el papel por la halcona negra Condoleezza Rice. (Ver: La halcona negra del Imperio)

El jefe de los “blandos”, o las “palomas”, de la Casa Blanca, el Secretario de Estado Colin Powell -otro funcionario de la más íntima confianza de la familia Bush- fue rodeado por la red derechista “dura” de Cheney, integrada en sus primeras líneas por Wolfowitz, Perle, Feith, Bolton y Libby.

Sobre Powell y sus “palomas” descansa la política exterior de la Casa Blanca que los halcones del lobby boicotean permanentemente, acusando al ex general negro de "pro-europeo y claudicante al Consejo de Seguridad de la ONU".

En esa “interna” oscilante, cuyos personajes centrales son Rumsfeld y Powell, se alimenta toda la política exterior de Estados Unidos y sus intervenciones militares por el mundo.

El lobby se aprovechó -se dice que con conocimiento de su padre- de la ignorancia e inexperiencia del fanático cristiano de derecha, George W. Bush.

Carente del brillante curriculum de inteligencia que ostenta su padre, el ex presidente y ex director de la CIA, George W. fue cooptado rápidamente por el lobby de fundamentalistas que abreva tanto en la derecha cristiana del Pentágono como en la derecha judía del Estado de Israel.

Convertido en una especie de “sionista cristiano” W. Bush orienta sus acciones y decisiones a partir de la influencia de tres personajes centrales: Dick Cheney, Condoleezza Rice y Colin Powell.

El lobby y Donald Rumsfeld, que mantiene relaciones de tipo inestable con Bush hijo, es monitoreado y a menudo descalificado por Colin Powell y los militares “profesionales” del Pentágono encabezado por el general Richards Myers.

A este sector se suman ex funcionarios de la administración de Papá Bush, como Baker, Scowcroft y Lawrence Eagleburgeq que el año pasado advirtieron públicamente contra una invasión de Irak sin la autorización del Congreso y de la ONU.

Si bien W. Bush traza su política exterior a partir del departamento de Estado conducido por Powell, el lobby infiltra sus posiciones a través de Condoleezza Rice y del vicepresidente Dick Cheney con conocimiento directo del padre del presidente de Estados Unidos. (Ver: Bush Padre ¿presidente en las sombras de EEUU?)

Durante el conflicto suscitado entre Cuba y algunos países latinoamericanos con EEUU a raíz de declaraciones de los funcionarios anticastristas de la administración Bush, fue Condoleezza Rice y no Powell quien salió a dar la posición oficial mediante declaraciones realizadas en la Casa Blanca.

Y esto tiene una lectura directa: el lobby derechista judío es totalmente funcional a las estrategias de la derecha fundamentalista cristiana de los anticastristas en Latinoamérica.

Ambas líneas se potencian y se retroalimentan en las decisiones de la Casa Blanca para América Latina.

El derrocamiento del presidente Hugo Chávez en Venezuela, el estrechamiento del cerco imperialista contra Cuba, las operaciones militares contra Siria y la preparación de la invasión a Irán, son algunas de las “tareas pendientes” que los tanques de pensamiento del lobby judío tienen encarpetadas y listas para la acción.



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