San Juan de la Cruz: en el camino de la perfección



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San Juan de la Cruz:

en el camino de la perfección

Jorge Capella Riera




En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada


estando ya mi casa sosegada.

(Primera estrofa de Noche oscura. San Juan de la Cruz)


Introducción

La vida de San Juan de la Cruz corre paralela a la de Santa Teresa de Jesús, la Madre Teresa. El común empeño que los llevó a reformar su orden los mantuvo unidos durante décadas. También la cercanía motivada por el interés místico de sus espíritus. A pesar de ser San Juan treinta años más joven, ella fue para él una hija y él para ella un padre.

Esta íntima cercanía y el hecho de haber escrito un artículo sobre la santa me han motivado a hacer lo propio sobre el santo.

Las fuentes sobre San Juan de la Cruz son ricas y variadas, pues ya en vida removió muchas conciencias, dejando impresiones duraderas en aquellos que le conocieron. El interés que despertó en su tiempo hizo que al poco de morir se redactasen varias biografías, y se tomase declaración a numerosos testigos. Es pues una vida documentada, que puede ser descrita con gran realismo.

Sin embargo, hay autores que señalan que en la época del barroco se hacían biografías barrocas, forma que presentaba unos rasgos distintivos de su tiempo. Las biografías del siglo XVII español no tenían la finalidad informativa que se entiende hoy, sino más bien una función ejemplarizante. Esto afecta a cualquier Vida de San Juan de la Cruz que quiera redactarse actualmente, porque una parte significativa de la información disponible proviene de biografías de la época.

Por otra parte, en el caso de San Juan de la Cruz, la persona llega descrita a través de otros autores. Lo poco que él dice de sí mismo, apenas dibuja la persona, que queda oculta tras la figura del santo y tras el muro de un discreto afán, llámese si se quiere humildad, por pasar desapercibido.

“Su biografía, diría Mancho Duque (2005), despojada de cualquier anécdota personal o del trasunto de determinadas circunstancias de una sociedad concreta y de una específica  coyuntura histórica, revela una inteligencia privilegiada, una extraordinaria sensibilidad y una decidida voluntad de autenticidad y coherencia personales sin fisuras.”

En este artículo, al abordar la vida del santo trato de valerme de autores antiguos y modernos y de trazar los rasgos grandes y medianos sin considerar las anécdotas que sobre él se han escrito. Trato de respetar el lenguaje de la época.

Su vida es una parte destacada de las materias sanjuanistas que con el estudio de su pensamiento/doctrina místico, el análisis y disfrute de su poesía, la interpretación simbólica de su obra y la caracterización de su psicología conforman los temas principales de interés que voy a desarrollar con la extensión que un escrito de ese tipo aconseja.
Lima, diciembre del 2014
Vida
La existencia de nuestro protagonista fue muy rica y compleja. Es por ello que he dividido esta primera parte en seis apartados: primeros años, carmelita, reforma y fundaciones, padecimientos y humillaciones, obras y finalmente fallecimiento.

Primeros años

Nació en 1542, en Fontiveros, un pequeño pueblo de Ávila y se le puso el nombre de Juan 1 Yepes. Fue el segundo de los tres hijos del matrimonio formado por Gonzalo de Yepes, miembro de una noble familia, y Catalina Álvarez, de pobre condición, con la cual se casó enamorado en 1529. El matrimonio fue repudiado por su familia y Gonzalo quedó sin dinero ni oficio, obligado a aprender el de su mujer, que era tejedora de sedas. Pese a todo en ese hogar cristiano había fe y amor. De la infancia de Juan en el pueblo no se sabe gran cosa, solo que era muy piadoso.


Su padre muere pronto y la viuda se ve obligada a grandes esfuerzos para sacar adelante a sus tres hijos. El éxodo fue inevitable y Catalina y sus tres hijos marcharon primero a Arévalo y luego a Medina del Campo que era el centro comercial de Castilla. Allí malviven con muchos problemas económicos, arrimando todos el hombro. Con todo, la serenidad y el valor no faltan pues como dirá más tarde aquel niño de nueve años, «la confianza en Dios es la mejor alforja».

Como afirman los autores estudiados, Juan ingresó en un Colegio de la Doctrina, institución de beneficencia que recogía niños pobres -huérfanos sobre todo- a quienes atendían en sus necesidades primarias y daban una primera educación y oficio. Además de estudiar Juan debía prestar servicios humildes en el Hospital de la localidad. Es de mencionar que se distinguió sobre todo como un discípulo agudo.

Más tarde comenzó a estudiar Humanidades en el Colegio de la Compañía de los Jesuitas, recién fundado en 1551. Dado que terminó sus estudios en el año 1563 se estima que debió empezarlos cuatro años antes, en 1559. Los estudios allí realizados fueron de tipo humanista, directrices de la «ratio studiorum», que preconizaban los jesuitas, saliendo de allí al menos con conocimientos de griego, latín y retórica, y habiendo aprovechado bien en ellos. En estos años tomó su primer contacto con los clásicos latinos y españoles y al mismo tiempo vivió las nuevas corrientes del humanismo cristiano, con estilo y comportamientos renovados en la pedagogía.

Carmelita

Manchón (2005) nos advierte que la elección de Juan por la Orden del Carmen se ha querido rodear de una aureola de revelación milagrosa o talante reformador. No hay tal. Le guiaba más el amor a la Virgen como aseguran algunos que le trataron entonces.

En efecto, acabados sus estudios con 21 años, Alonso Álvarez, el administrador del Hospital, quiso que se ordenara sacerdote y quedase al servicio de la institución, lo que habría permitido solucionar en parte los problemas económicos de la familia. Pero, convencido de su vocación, un día se acercó al convento que los Carmelitas habían fundado en Medina tomando los hábitos el 24 febrero de 1563, con el nombre de Juan de San Matías.

Después de la profesión obtuvo licencia de sus superiores para seguir estrictamente la regla original carmelita, eminentemente contemplativa y marcada por la soledad, la renuncia y el silencio.

Sus superiores le enviaron a Salamanca para cursar estudios en la Universidad del mismo nombre que vivía -en esos tiempos- su época de mayor esplendor, tanto por la calidad de sus docentes como por su enseñanza. La formación recibida con los jesuitas constituirá la plataforma idónea para el acceso a esta casa de estudios como aventajado alumno.

Los carmelitas disponían en Salamanca del Colegio de San Andrés, que tenía categoría de Studium generale por lo que disponía de estudios propios.

Fray Juan de San Matías aparece matriculado en la universidad el 6 de enero de 1565 junto al resto de alumnos del Colegio que llevaban un doble régimen de estudios, los del colegio y los universitarios.

En la universidad las clases se impartían en latín. La enseñanza estaba influida por el tomismo, aunque los maestros tenían libertad para comentar, ampliar, refutar o enmendar al aquinate, introduciendo elementos platónicos o averroístas. En general, había un ambiente liberal que admitía a discusión cualquier sistema u opinión.

Dentro del Colegio, por su parte, se estudiaba teología a través de las obras de destacados maestros de la orden. Se sabe que aprovechó bien sus estudios, porque fue nombrado prefecto de estudiantes.

Estas dos vertientes le dieron flexibilidad de pensamiento lo que le ayudó a fundamentar y estructurar su futura teología mística. Al respecto, las primeras inquietudes pudieron ocuparle el año 1567.

Además, según Mancho Duque, existe la posibilidad de que el Carmelita asistiera a materias ajenas al propio curriculum, como la explicación de los Cantares de Salomón, en la cátedra de propiedad de Lenguas Semíticas o escuchara las teorías copernicanas, en parte admitidas por los estatutos salmantinos de 1561, toda vez que se han rastreado influjos copernicanos en la concepción del alma por parte del santo. Incluso se ha apuntado la hipótesis de un conocimiento indirecto de Algazel y de Averroes a través de Baconthorp, por esta misma época.

En 1567 fue ordenado sacerdote y regresó a Medina del Campo para celebrar su primera misa rodeado del afecto de sus familiares.


Sinembargo, abrumado por las responsabilidades del ejercicio del sacerdocio e insatisfacción con el modo de vivir la experiencia contemplativa en el Carmelo, considera irse a la Cartuja, mucho más penitente y recogida. Es este el momento que Teresa de Jesús se cruza en su camino para detenerle.

El encuentro de estas dos almas elegidas; la primera entrevista de esta mujer de cincuenta y dos años, rica en experiencias internas, que ha unificado completamente su doctrina, con el monje desconocido de veinticinco años, que, maduro en la primavera, ha recogido él mismo sus ideas directrices y sabe a dónde va. El contrato moral pactado por estos dos grandes genios, diferentes en verdad, pero semejantes, no siempre por el camino recorrido, aunque sí por la meta a que caminan; ese encuentro es evidentemente una de las fechas más conmovedoras en la historia cristiana de la Humanidad.

El santo decide, en la espera de la creación de algún monasterio, volver a Salamanca e iniciar estudios de Teología durante el curso 1567-68, pero sin intención de culminar su carrera académica. En efecto sólo termina un curso por lo que no obtuvo el grado de bachiller.
En agosto abandona Salamanca para acompañar a Teresa en su fundación femenina de Valladolid. El 28 de noviembre de1568 funda en Duruelo (Ávila) el primer convento de la rama masculina del Carmelo Descalzo siguiendo la «Regla Primitiva» de San Alberto esto es, un establecimiento que propugna el retorno a la práctica original de la orden. Durante la ceremonia cambia su nombre por el de fray Juan de la Cruz.

Se ha sugerido, nos indica Mancho Duque, la posibilidad de que durante su permanencia en Ávila el santo tuviera tiempo y ocasión de realizar amplias lecturas, escolásticas y místicas e, incluso, de madurar en su experiencia espiritual y poética. En esa época, en esta ciudad, en gran apogeo cultural, artístico y religioso, existía un Estudio General de los Dominicos, además del Colegio de jesuitas de San Gil, en el que residían teólogos como Suárez, y pedagogos como Ripalda o el propio Juan Bonifacio, preceptor de Juan de Yepes en Medina del Campo. Otros especialistas han insistido asimismo en que estos años constituyeron una etapa de preparación para la creatividad absoluta de los inmediatamente siguientes. "Debieron perfilarse y quizá definirse allí la originalidad de su pensamiento, la fuerza de su inventiva y la urgencia de la escritura."

Por aquel entonces, en 1580, la Universidad de Baeza, pequeña en relación con Salamanca y Alcalá, tenía sin embargo fama. Había sido fundada en 1540 por Rodrigo López y Juan de Ávila que habían promovido sobre todo las humanidades. La apertura del colegio movió a un intercambio en dos sentidos, como ya había ocurrido en Salamanca. Por una parte, los alumnos del Colegio cursaban estudios en la Universidad y, por otra, alumnos y catedráticos de la Universidad se acercaban al Colegio de los Descalzos para tratar con fray Juan temas de doctrina y sagrada escritura. Se organizaban discusiones públicas en el Colegio, al modo de las Universidades. La actividad colegial se completó con las actividades propias de la vida activa y de la vida contemplativa. Se reza, se barre, se friega, se celebran oficios, se hacen penitencias.

También en esta época, Fray Juan de la Cruz dedicó mucho tiempo a la guía y formación de espíritus. La mística era en aquellos tiempos un afán relativamente común en toda clase de gentes y no exclusivo de frailes y monjas. La dificultad de encontrar un director espiritual experimentado, que supiese señalar y corregir las desviaciones que podían producirse hizo que fray Juan fuese visitado y requerido por muchas personas, de la ciudad y del entorno, como confesor y director espiritual. Frecuente en esos tiempos fue que recorriese periódicamente las distintas fundaciones descalzas de monjes y monjas para ocuparse de su dirección espiritual. Además de eso, muchos particulares que querían cultivar su espíritu acudían a él.

La guía de fray Juan era, según los relatos de los propios afectados, dulce pero rigurosa, corrigiendo su quehacer de modo suave y progresivo. Para mitigar la distancia solía escribir pequeñas notas con consejos que remitía a los interesados.

En Duruelo, con el sayal estrecho y corto, que a toda prisa le han hecho las monjas de Medina, y el rosario y correa pobres, los pies descalzos y una cruz pequeña en el pecho, Fray Juan sale a predicar por los pueblos del contorno, acompañado a veces por un hermano suyo. Después de cumplir su ministerio, busca una fuentecica, saca un poco de pan y queso y lo come en santa alegría. Tal vez fue en uno de estos momentos cuando improvisó aquella estrofa sublime:

«¡ Oh cristalina fuente! 
¡Si en esos tus semblantes plateados 
formases de repente 
los ojos deseados 
que tengo en mis entrañas dibujados!»
Para concluir este período de su vida diré que para algunos escritores, las duras circunstancias de desnutrición durante su niñez tuvieron como consecuencia cierta endeblez en su estructura física. No obstante, «Era—dice uno de sus biógrafos—de estatura entre mediana y pequeña, bien trabado y proporcionado el cuerpo, aunque flaco, por la mucha penitencia que hacía. El rostro, de color trigueño, algo macilento, más redondo que largo; calva venerable, con un poco de cabello delante. La frente ancha y espaciosa, los ojos negros, con mirar suave; cejas bien distintas y formadas; nariz igual, que tiraba un poco a aguileña; la boca y labios, con todo lo demás del cuerpo, en debida proporción.»

Y en cuanto a su personalidad, Zimmerman (2014) señala que “San Juan ha sido representado a menudo como de un carácter austero; no hay nada más falso. Era de hecho austero en extremo con él, y, en cierta manera, también con otros, pero tanto de sus escrituras y de las declaraciones de aquéllos que lo conocieron, le vemos como un hombre que derrama caridad y bondad, una mente poética profundamente influenciada por lo bello y lo atractivo”.



Al ser muy agudo y hábil, amaba las letras y fue capaz de proveerse de una abundante cultura lo que se demuestra en sus resultados en los estudios. Emocionalmente tenía una inocencia sencillísima y un trato sin género de doblez ni malicia.

Reforma y Fundaciones

En los siglos XIV y XV cundió la opinión de que la regla primitiva de la Orden, a la que ya he aludido, era demasiado rigurosa por lo que el Papa Eugenio IV concedió una mitigación, consistente en levantar el ayuno, el silencio, la separación de celdas y la prohibición de comer carne. Esta regla, llamada mitigada, se siguió desde entonces en casi todos los conventos, incluido el de Medina.

Pero en 1567 andaba la Orden revuelta por el empeño que ponía una mujer en reformarla. Teresa de Jesús tenía, desde hacía unos meses, el beneplácito de sus superiores para fundar conventos de monjas en Castilla. Había pedido además permiso para extender la reforma a los frailes, y andaba buscando algunos que pudiesen comenzarla. La madre Teresa llegó a Medina del Campo el 14 de agosto de ese año con intención de fundar su segundo convento de Descalzas.

Allí le hablan de un virtuoso estudiante de Salamanca, que en esos días había venido a cantar su primera misa. Era el propio fray Juan, con quien se entrevistó en septiembre u octubre de ese año, tal como hemos visto.

Juan de la Cruz, junto a dos compañeros, un antiguo prior y un hermano laico inicia la reforma de los frailes, el 28 de Noviembre de 1568, fundando el primer convento de Carmelitas Descalzos. En él se practicó a ultranza la contemplación y la austeridad.

En 1570 la fundación se trasladó a Mancera,  donde Juan desempeñó el cargo de subprior y maestro de novicios. En 1571, después de una breve estancia en Pastrana, donde puso en marcha su noviciado, se establece en Alcalá de Henares como rector del recién fundado Colegio convento de Carmelitas Descalzos de San Cirilo. Fray Juan se quedó en esa ciudad y ya no volvió más a Mancera. La casa donde empezó la reforma se aparta así de su camino.


Juan se convierte en uno de los principales formadores para los nuevos adeptos a esta reforma carmelitana. En la primavera de 157, Santa Teresa lo invita a ser Vicario y confesor de las monjas de la Encarnación, comunidad de la que era priora, tras superar una serie de dificultades y crisis internas. En este cargo permanecerá hasta diciembre de 1577, por lo que pudo acompañar a la Madre en la fundación de diversos conventos de Descalzas, como el de Segovia.
En septiembre de 1576 se convocó en Almodóvar una junta de descalzos que reunió a los superiores de los nueve conventos de la Reforma. Fray Juan de la Cruz fue invitado a acudir en deferencia a su condición de primer descalzo. En ese capítulo se aprobó una Constitución que establecía un equilibrio entre la vida activa y la contemplativa, escasa en esta última para las tesis que defendía fray Juan. Además de la regulación interna se tomaron algunas medidas para defender su posición de los ataques externos. También se acordó enviar a Roma a dos Padres para defender ante el Papa la reforma de los ataques que recibía.
En junio de 1579 salió para Baeza, entonces ciudad universitaria, donde por aquellos años se respiraba un clima de efervescencia religiosa, para fundar un colegio destinado a los estudiantes carmelitas. Allí permaneció hasta 1582 en calidad de Rector del Colegio Mayor, cargo que pone de relieve, como antes en Alcalá, el reconocimiento de su preparación intelectual. A pesar de las estrechas relaciones con la Universidad, rehusó propuestas de docencia.
Según Mancho Duque, en Baeza escribió probablemente las estrofas 32-34 del Cántico, inició la redacción de la Subida y algunas declaraciones de otras estrofas del Cántico.

Durante este tiempo, expresa la misma escritora, las negociaciones entre España y la Santa Sede habían entrado en una fase en la que la reforma de las órdenes de España quedaba encomendada a los ordinarios bajo la dirección de la Corona. Confluyeron, por tanto, entonces dos directrices reformadoras: por un lado, la reforma del Rey, independiente de las disposiciones de la Reformatio Regularium de Trento, y, por otro, la reforma propugnada por los Papas.


Las confrontaciones jurisdiccionales iban en aumento hasta el punto de hacerse perceptible la necesidad de independencia para la rama de los Descalzos. Así, primeramente, en 1580, el Carmelo Descalzo se erige en provincia exenta, mediante un Breve expedido por Gregorio XIII; poco después, en 1588, será reconocido como Congregación, esto es, como Orden con personalidad propia, que, coherentemente, guardará lealtad absoluta a la monarquía española, su gran favorecedora.

Dentro de la Orden continuó la progresión ascendente de sus responsabilidades. En el capítulo de Alcalá de Henares de 1581, se hace la escritura oficial de la separación de los Calzados y la Reforma y Juan es nombrado tercer Consejero. Regresó a Baeza por poco tiempo pues se le encomendó el Priorato de Los Mártires de Granada. En noviembre viajó a Ávila para tratar con Teresa de Jesús acerca de la fundación de las descalzas de Granada, con la pretensión de incorporarla a esta comunidad, gestión que no progresaría, pues la Madre programaba una nueva fundación en Burgos. El último encuentro entre los dos cofundadores del Carmelo Descalzo se produjo el 28 de este mes.

En enero de 1582 viajó a Granada donde trabaría conocimiento con Dña. Ana de Mercado y Peñalosa a quien Juan de la Cruz dedicaría la Llama de amor viva. En marzo tomó posesión del Priorato de los Mártires, donde permanecerá hasta 1588, el periodo más largo de su vida como religioso descalzo. En este convento recibió la noticia de la muerte de la Madre Teresa en octubre de 1582. En 1583 asistió al Capítulo de Almodóvar del Campo, como Superior de Granada, donde cesó como Consejero pero fue reelegido Prior de Los Mártires para otros dos años y confirmado Vicario de Andalucía por el mismo periodo de tiempo.

En 1585 asistió al capítulo de Lisboa, donde fue elegido segundo Definidor y en abril de 1587, en el Capítulo de Valladolid, cesa como Definidor y Vicario de Andalucía, pero es nombrado por tercera vez Prior de Granada, cargo en el que se mantendrá hasta 1588, en que se celebrará en Madrid el Primer Capítulo General del Carmelo Teresiano.

Según nos cuenta Mancho Duque, el primero de junio de 1591, fray Juan dejó Segovia para asistir en Madrid a un nuevo capítulo en el que quedó relegado de todo gobierno e impedido de asumir el gobierno de las monjas. A cambio se le ofreció marchar a México, para dirigir una expedición de doce frailes, a pesar de que su talante espiritual e intelectual no se ajustaba -en modo alguno- al perfil de un misionero. Aunque de primeras aceptó, cambió luego de parecer, y se le ofreció volver de prior de Segovia. Fray Juan rehusó este segundo ofrecimiento y solicitó ser relevado de cualquier oficio dentro de la orden con objeto de poder ocuparse de su propia alma.

Para su honra y veracidad, quiero concluir con que nuestro santo fue un fraile de cuerpo entero.


Padecimientos y humillaciones

El Papa Benedicto XVI (2011) nos dice que la adhesión a la reforma del Carmelo no fue fácil y a Juan le costó también graves sufrimientos.

Mancho Duque escribe que hacia 1574 “en el seno de la Orden del Carmen se habían agravado las tensiones jurisdiccionales entre los carmelitas calzados y descalzos, debido primordialmente a distintos enfoques espirituales de la reforma conflicto que tuvo que experimentar San Juan en Salamanca y quizá en Medina.”

El pleito entre la curia romana y el Papa Felipe II, reticente ante Roma y promotor de una reforma "a la hispana", radical y rápida, se había incrementado.

Santa Teresa decía que había llegado la guerra del paño y del sayal. Los del paño, como llamaba la santa a los calzados, quisieron ahogar la reforma en sus principios. Fue una discordia de hermanos, con apasionamientos, violencias de palabra y obra, azotes, cárceles y excomuniones. Sólo fray Juan parece impasible; ni una lamentación, ni una queja; y él fue la víctima principal de la persecución.

En 1575 el Capítulo General de los Carmelitas, reunido en Piacenza, adoptó la medida especial de enviar un Visitador de la Orden para Calzados y Descalzos con el objetivo de suprimir los conventos fundados sin licencia del General y de recluir a Teresa en un convento elegido por ella.

Los calzados estaban dispuestos a dar los pasos necesarios para desmantelar la reforma. En 1575, fray Juan de la Cruz fue detenido y encarcelado en Medina del Campo por los frailes calzados, pero fue liberado a los pocos días gracias a la intervención del nuncio apostólico favorable a los descalzos

Pero la cosa no quedó ahí, en la noche del 3 de diciembre de 1577, un grupo de calzados y seglares armados se allegaron a la casita donde vivía fray Juan, descerrajaron la puerta y prendieron a fray Juan y a su compañero, llevándolos presos al convento del Carmen. Allí fueron azotados dos veces. Días después los dos presos fueron sacados de Ávila. El compañero de fray Juan fue llevado a Medina mientras que a él lo llevaron, entre maltratos y grandes rodeos hacia Toledo al convento calzado que tenía allí la Orden.

En cuanto tuvo noticia del secuestro, la madre Teresa escribió al rey, suplicándole que hiciese algo. Poco se pudo hacer. Nadie sabía dónde estaba y los calzados se conjuraron para ocultar su paradero.

En Toledo, Juan de la Cruz compareció ante un tribunal de frailes calzados que le conminó a retractarse de la Reforma Teresiana. Allí se le leyó el acta del capítulo celebrado en Piacenza el año anterior, que decidía el desmantelamiento de los conventos andaluces y, so pena de excomunión, se le conminaba a abandonar la reforma y volver a la observancia. Más allá de la decisión personal que se le instaba a tomar, estaba el hecho de que siempre había actuado siguiendo las órdenes de sus superiores, tanto de su general como de los visitadores. Al negarse, fue declarado rebelde y contumaz, sentencia nula, pues el tribunal carecía de facultades jurídicas, pero que dejaba al descubierto la consideración generalizada de fray Juan como uno de los pilares más representativos de la Reforma.

Legalmente no podía ser obligado a nada, extremo que no fue respetado por el tribunal. Después del poco éxito que tuvieron las amenazas y los ofrecimientos halagadores se le condenó en rebeldía y encerró en la cárcel conventual. A los dos meses se le cambió a un sitio preparado exprofeso para él, de seis pies por diez de planta y con la única abertura de una saetera en lo alto de tres dedos, por la que sólo a mediodía entraba luz suficiente para poder leer. Era tan exigua la celda que fray Juan, con lo pequeño que era, apenas cabía. El lugar era antes un servicio y por eso carecía de luz. El lecho se confeccionó con una tabla echada en el suelo y dos mantas raídas. De ropa, la que llevaba, sin poder cambiarse. En estas precarias condiciones tuvo que soportar el invierno toledano, cuyo rigor hizo que se le despellejasen los dedos de los pies. Allí permaneció más de ocho meses.

A la inhumanidad del habitáculo se sumaron luego diversos padecimientos y humillaciones, por lo pronto, una mala alimentación a base de agua, pan y sardinas, si acaso algunas sobras, y ayuno prescrito tres días a la semana. No se producía este ayuno en la soledad de su celda, sino que esos días era sacado de su celda y cenaba con los frailes, pero no sentado como ellos sino de rodillas en el suelo. Después de la cena, el superior le increpaba, recriminando largamente su rebeldía, acusándole de sostener la reforma para ser tenido por santo. Los viernes recibía de balde una disciplina circular que se extendía por el tiempo de un miserere. Dispuestos los frailes en círculo, desnudaban su espalda y por turno lo castigaban de recio con varas. A veces, los frailes hablaban frente a su celda, fingiendo el final de la reforma para atormentarle. Fray Juan soportaba todo con dulzura. Algunos novicios lamentaban lo que ocurría. 

Un día, Cristo le había preguntado desde la cruz:
Fray Juan, ¿qué precio quieres por lo que me has servido?

Señor—había respondido él—, padecer y ser despreciado por Vos.

Después de nueve meses de prisión, en la octava de la Ascensión, en la noche entre el 16 y el 17 de agosto de 1578 «cuando estaba ya finando con accidentes de calentura», una voz misteriosa le invita a salir de la prisión, y su voluntad heroica afronta todos los riesgos de la huida. Con jirones de manta, trenza una cuerda y la deja caer por un agujero. Allá en el fondo rugen las aguas del Tajo. Tiene sensación de vacío y vértigo de abismo. Salta, va a dar en una peña, cruza unas tapias, llega a una huerta, y al amanecer busca el convento de las carmelitas descalzas, en la misma ciudad.

Llamó al torno y dijo: Hija, soy fray Juan de la Cruz, que me he salido esta noche de la cárcel. Dígaselo a la madre priora.

Enterada la priora, le acogió en la clausura para hurtarlo a los calzados, que habían descubierto ya la fuga y le buscaban. Llegaron al poco dos frailes preguntando por él, e inspeccionaron el locutorio y la iglesia. Los alguaciles vigilaban el convento y también los caminos. Mientras, las monjas estaban asustadas del acabado aspecto de fray Juan. Apenas hablaba. Pusieron su empeño en cuidarle, dándole comida y ropa. Pero para mayor seguridad, le enviaron al Hospital de Santa Cruz, donde convaleció mes y medio. Las incidencias de aquella huida nocturna, preñada de angustia, quedarán como un poso latente en el fondo vivencial del poema de la Noche Oscura.

Luego de su huida fue a un convento de Jaén y el buen Juan siguió con su obstinación de la reforma, lo que le llevó a enfrentamientos con la jerarquía religiosa y a sufrir nueva prisión en el convento de la Peñuela, en plena Sierra Morena, en donde culminó la escritura de sus principales obras literarias. E increíblemente, el Provincial le negó la posibilidad de decir misa.

La reforma pasaba entonces por su peor momento y los descalzos habían convocado un capítulo el 9 de octubre en el convento de Almodóvar para enfrentar la situación. A ella acudió también fray Juan de la Cruz. Era la primera vez que veía a los suyos en varios meses y enseguida le pusieron un enfermero. La situación de la reforma era mala. Casi a la desesperada se había convocado aquel capítulo, sobre cuya legalidad existían fundadas dudas.

Tras un nuevo enfrentamiento doctrinal con los suyos fue destituido en 1591 de todos sus cargos, y quedó como simple súbdito de la comunidad.

Aunque su enfermedad iba en aumento se le retiró al monasterio de Ubeda, donde fue tratado al principio con dureza; su oración constante, "sufrir y ser despreciado", se cumplió así literalmente casi hasta el final de su vida. Pero al final incluso sus adversarios reconocieron su santidad.



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