Ritos de madurez



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Lilith se lo echó a las espaldas dentro de un saco de tela y lo llevó a uno de los huertos del pueblo. Era uno que se hallaba a una cierta distancia del pueblo, río arriba, y a Akin le encantaba el paseo a través del bos­que. Allí siempre habían nuevos sonidos, olores y vistas. A menudo, Lilith se detenía para dejarle tocar o saborear nuevas cosas o para dejarle ver y memorizar cosas mor­tíferas. Había descubierto que sus dedos eran lo bastante sensibles como para descubrir, al tacto, qué plantas eran peligrosas..., si es que su sentido del olfato no le había advertido por anticipado, antes de que las tocase.

—Ése es un buen talento —le había comentado Lilith cuando se lo había explicado a ella—. Al menos, no es probable que te envenenes. Pero, no obstante, ándate con cuidado con las cosas que tocas: algunas plantas hacen daño al simple contacto.

—Muéstrame cuáles son.

—Lo haré. Cuando las encontramos, limpiamos la zona de ellas, pero siempre hallan el modo de regresar. Te llevaré conmigo la próxima vez que decidamos entresacarlas.

—¿Entresacarlas significa lo mismo que limpiar la zona?

—Entresacarlas significa limpiar de un modo selecti­vo: sólo eliminamos las plantas con venenos que actúan al contacto.

—Ya veo. —Hizo una pausa, tratando de comprender el nuevo olor que había detectado. Luego susurró repen­tinamente—: Hay alguien entre nosotros y el río.

—De acuerdo. —Habían llegado al huerto. Ella se inclinó sobre una planta de mandioca e hizo ver que le costaba arrancarla, para así poder moverse de un modo casual y acabar situándose cara al río. Desde donde esta­ban no se podía ver el agua: había mucho terreno entre ellos y el río..., y muchos lugares en que ponerse a cubier­to—. No puedo verlos, ¿puedes tú?

Ella sólo tenía sus ojos para mirar, pero sus sentidos eran más agudos que los de los humanos normales..., algo así como un intermedio entre humano y construido.

—Es un hombre. Está oculto —dijo Akin—. Es huma­no y extraño.

Akin olió el aroma de adrenalina en el aliento del hombre.

—Está excitado. Quizá tenga miedo.

—No tiene miedo —le dijo ella en voz baja—. No de una mujer arrancando mandioca y llevando a un bebé. Ahora lo oigo, moviéndose por detrás de ese gran nogal de cajú.

—¡Sí, también lo oigo yo! —exclamó, excitado, Akin.

El hombre había dejado de moverse. Repentinamen­te, dio un paso para quedar a la vista, y Akin vio que llevaba algo en las manos.

—¡Mierda! —dijo Lilith—. Arco y flechas: es un resis­tente.

—¿Te refieres a esos palos que lleva?

—Sí. Son armas.

—No te gires así, no puedo verle.

—Ni él a ti. ¡Mantén la cabeza baja!

Entonces, él se dio cuenta de que estaba en peligro. Los resistentes eran humanos que habían decidido vivir sin los oankali..., y, por consiguiente, sin hijos. Akin ha­bía oído decir que, de vez en cuando, robaban niños construidos, los niños construidos más parecidos a un niño humano que pudiesen hallar. Pero aquello era estú­pido, porque no sabían en qué podría convertirse un niño así tras su metamorfosis. De todos modos, los oankali jamás les dejaban quedarse con los niños.

—¿Habla usted inglés? —gritó Lilith, y Akin, force­jeando por mirar por encima del hombro de ella, vio al hombre bajar su arco y flechas. Lilith prosiguió—: El inglés es el único idioma humano hablado por aquí.

A Akin le reconfortó el que ella no sonase ni oliese a asustada. Su propio miedo disminuyó.

—La he oído hablar con alguien —le dijo el hombre, en un inglés con algo de acento.

—Agárrate fuerte —susurró Lilith.

Akin aferró la tela del saco en que ella lo llevaba. Se agarró con manos y pies, deseando ser más fuerte.

—Mi pueblo no está lejos de aquí —le dijo al hom­bre—. Allí será usted bienvenido: alimentos, un sitio a cubierto..., pronto va a llover.

¿Con quién estaba hablando? —exigió saber el hom­bre, acercándose más.

—Con mi hijo. —Ella hizo un gesto, indicando a Akin.

—¿Cómo? ¿Con el bebé?

—Sí.

El hombre se aproximó más, escrutando a Akin. Éste le devolvió la mirada, atisbando por encima del hombro de Lilith, olvidando lo que aún le quedaba de miedo a causa de la curiosidad. El hombre no llevaba camisa, tenía el pelo oscuro, estaba bien afeitado y era robusto. Su cabello era largo y le colgaba sobre las espaldas. Se lo había cortado en línea recta a lo largo de la frente. Algo en él le recordaba a Akin una imagen que había visto de Joseph. Los ojos de este hombre eran estrechos como los de Joseph, pero su piel era casi tan morena como la de Lilith.



—El chaval tiene buen aspecto —dijo—. ¿Qué hay de malo en él?

Ella se le quedó mirando.

—Nada —dijo secamente.

El hombre frunció el ceño.

—No quería ofenderla. Simplemente es que..., ¿real­mente es tan saludable como parece?

—Sí.


—No había visto un bebé desde la guerra.

—Me lo había imaginado. ¿Vendrá al pueblo con no­sotros? Realmente no está lejos.

—¿Y cómo es que la han permitido tener un chico?

—¿Y cómo es que a su madre le permitieron tenerle a usted?

El hombre dio el paso final hacia Lilith y, de pronto, estuvo demasiado cerca. Se puso muy tenso y trató de intimidarla con una envarada postura de irritación y sus ojos mirándola muy fijos. Akin ya había visto a los hu­manos hacerse esto los unos a los otros. Nunca les servía con los construidos. Y nunca había visto que sirviese con Lilith. Ésta no se movió.

—Yo soy humano —dijo el hombre—. Eso se ve. Nací antes de la guerra. No hay nada oankali en mí. Tengo padre y madre, ambos humanos, y nadie les dijo a ellos si podían tener o no hijos, cómo y cuándo los iban a tener, y de qué sexo serían esos hijos. Y, ahora, dígame: ¿Cómo es que le han permitido tener un niño?

—Pedí tenerlo. —Lilith tendió la mano, le arrancó al hombre el arco, y lo partió sobre una de sus rodillas antes de que el otro pudiera darse cuenta exactamente de lo que había pasado. Su movimiento casi había sido demasiado rápido para que Akin lo siguiera, a pesar de haberlo estado esperando. Luego, ella dijo—: Será usted bienvenido y le daremos alimento y cobijo durante tanto tiempo como desee, pero allí no permitimos armas.

El hombre se apartó de ella trastabillando.

—La confundí con una humana —murmuró—. ¡Dios mío, vaya si parece humana!

—Nací veintiséis años antes de la guerra —le informó ella—. Soy tan humana como cualquiera. Pero tengo otros hijos en el pueblo, y usted no va a llevar armas entre ellos.

Él miró el machete que colgaba del cinto de ella.

—Esto es una herramienta. No la usamos unos contra otros.

Él agitó la cabeza.

—No me importa lo que usted diga. Ése era un arco muy fuerte. Ninguna hembra humana hubiese sido capaz de arrancármelo y romperlo de ese modo.

Ella se apartó del hombre, desenfundó su machete y cortó una piña. La escogió cuidadosamente, le rebanó la mayor parte de su pinchante parte superior y luego cortó un par de piñas más.

Akin vigiló al hombre mientras Lilith colocaba las mandiocas y las piñas en su cesta. Cortó un racimo de plátanos y, una vez estuvo segura de que estaban libres de serpientes e insectos peligrosos, se la dio al hombre.

—Lleve esto. No hay peligro —le dijo—. Me alegra que llegase usted: entre los dos podremos llevar más.

Cortó varias docenas de tiras de quat, un vegetal oankali que le encantaba a Akin, y las ató en un manojo con unas lianas delgadas. También cortó unos gruesos tallos de scigee, algo que habían logrado los oankali a partir de una planta terrestre mutada en la guerra. Los humanos decían que tenía el sabor y la textura de la carne de un animal extinto, el cerdo.

Lilith ató los tallos de scigee y se colgó el manojo tras ella, justo por encima de las caderas. Movió a Akin a un lado y se colgó la cesta repleta del otro.

—¿Puedes vigilarlo sin usar los ojos? —le susurró a Akin.

—Sí —contestó éste.

—Hazlo. —Y luego le dijo al hombre en voz alta—: Venga. Es por aquí.

Caminó a lo largo del sendero que llevaba al pueblo, sin esperar a ver si el hombre la seguía. Por un momento pareció que éste se iba a quedar atrás. El estrecho sen­dero rodeaba un grueso árbol, y Akin lo perdió de vista. Luego hubo un reguero de sonidos: pasos apresurados, una respiración jadeante.

—¡Espere! —gritó el hombre.

Lilith se detuvo y esperó a que les alcanzase. Akin se fijó en que aún seguía llevando el manojo de plátanos. Se lo había echado al hombro izquierdo.

—¡Vigílalo! —le susurró Lilith a Akin.

El hombre se acercó, luego se detuvo y se la quedó mirando con el ceño fruncido.

—¿Qué sucede? —preguntó ella.

Él agitó la cabeza.

—No sé qué pensar de usted —confesó.

Akin la notó relajarse un poco.

—Ésta es su primera visita a un pueblo comercial, ¿no? —preguntó Lilith.

—¿Pueblo comercial? ¿Así los llaman?

—Sí, y no quiero saber cómo los llaman ustedes. Pero pase un tiempo con nosotros, y quizá acabe por aceptar nuestra definición de nosotros mismos. Porque ha venido a averiguar cosas sobre nosotros, ¿no es así?

Él suspiró.

—Supongo que si. Yo era un crío cuando empezó la guerra: aún me acuerdo de los coches, la tele, los orde­nadores..., los recuerdo, pero esas cosas ya no son reales para mí. En cambio, mis padres..., lo único que quieren es volver a los tiempos de antes de la guerra. Saben, tanto como yo, que eso es imposible, pero es de lo único que hablan, lo único en lo que sueñan. Los dejé para averiguar qué otra cosa se podía hacer.

—¿Sus dos padres sobrevivieron?

—Aja. Y aún están vivos. ¡Demonios, si no parecen más viejos de lo que yo soy ahora! Aún podrían... meter­se en uno de los pueblos de ustedes y tener más hijos. Pero no lo harán.

—¿Y usted, lo hará?

—No lo sé —miró a Akin—. Aún no he visto lo bastan­te como para decidirme.

Ella tendió la mano para tocarle el brazo en un gesto de simpatía.

Él le agarró la mano y primero la mantuvo asida, como si pensase que ella trataría de apartarla. Lilith no lo hizo. La aferró por la muñeca y examinó la mano. Al cabo de un rato la soltó.

—Humana —susurró—. Siempre he oído que uno pue­de saberlo por las manos; que... los otros, tienen dema­siados dedos, o dedos que tienden a doblarse de un modo no humano.

—También podría averiguarlo preguntando —le dijo ella—. La gente se lo dirá sin problemas, no les importa. No es el tipo de cosa por la que nadie se moleste en mentir. Y las manos no son tan de fiar como usted cree.

—¿Puedo mirar al bebé?

—No más de cerca de lo que ya lo hace ahora.

Él inspiró profundamente.

—Nunca le haría daño a un pequeñín. Ni siquiera a uno que no fuera del todo humano.

—Akin no es del todo humano —dijo ella.

—¿Qué hay de malo en él?

—¿De malo? Nada.

—Quiero decir..., ¿qué es lo que tiene diferente?

—Son diferencias internas. Un desarrollo mental rá­pido. Diferencias en la percepción. Tras la metamorfosis se le empezará a ver diferente, aunque no sé hasta qué punto.

—¿Puede hablar?

—No para de hacerlo. Vamos.

La siguió a lo largo del sendero, y Akin lo vigiló a través de las zonas sensibles a la luz de su hombro y brazo.

—¿Bebé? —dijo el hombre, mirándole atentamente.

Akin, recordando lo que le había dicho Margit, volvió la cabeza para así darle cara al hombre.

—Soy Akin —dijo—. ¿Cuál es tu nombre?

La boca del hombre quedó muy abierta.

—¿Qué edad tienes? —preguntó.

Akin lo contempló en silencio.

—¿Es que no me entiendes? —preguntó el hombre. Tenía una cicatriz zigzagueante en uno de sus hombros, y Akin se preguntó qué la habría causado.

El hombre le dio una palmada a un mosquito con su mano libre y le dijo a Lilith:

—¿Qué edad tiene?

—Dígale su nombre —indicó ella.

—¿Cómo?

Ella no dijo más.



Al hombre le faltaba el dedo más pequeño de su pie derecho, descubrió Akin. Y había otras señales en su cuer­po..., cicatrices, más pálidas que el resto de su piel. De­bía de haberse hecho daño a menudo y no tenido un ooloi que le ayudase a curarse. Nikanj nunca le hubiese dejado tantas cicatrices.

—De acuerdo —dijo el hombre—, me rindo. Me llamo Agustín Leal, pero todo el mundo me llama Tino.

—¿Debo llamarte así? —preguntó Akin.

—Seguro, ¿por qué no? Y, dime, ¿qué maldita edad tienes?

—Nueve meses.

—¿Sabes caminar?

—No. Puedo ponerme en pie si hay algo a lo que agarrarme, pero aún no lo hago muy bien. ¿Por qué te has mantenido tanto tiempo alejado de nuestros pueblos? ¿Es que no te gustan los niños?

—Esto..., no sé.

—No son todos como yo. La mayor parte de ellos no pueden hablar hasta que no son mayores.

El hombre tendió la mano y le tocó la cara. Akin tomó uno de los dedos de su mano y se lo llevó a la boca. Lo saboreó rápidamente con un lametón, rápido como el ataque de una serpiente, de su lengua, y con una pe­netración demasiado rápida, demasiado suave como para que él pudiera darse cuenta de ella. Recogió unas cuan­tas células vivas para su posterior estudio.

—Al menos te llevas las cosas a la boca como acos­tumbraban a hacer los bebés —dijo Tino.

—Akin —advirtió Lilith.

Reprimiendo su frustración, soltó el dedo del hombre. Hubiera preferido seguir investigándolo, comprender mejor el cómo había sido expresada la información genética que leía y ver qué factores no genéticos podía descubrir. Deseaba tratar de leer las emociones del hombre y hallar las marcas que los oankali habrían dejado en él cuando lo recogieron de la Tierra de la postguerra, cuando lo habían reparado y almacenado en animación suspendida.

Quizá más tarde tuviese oportunidad de ello.

—Si el chico es ya tan listo, ¿cómo va a ser de adulto? —preguntó Tino.

—No lo sé —contestó Lilith—. Los únicos machos construidos que tenemos hasta el momento son nacidos de oankali..., hijos de madres oankali. Si Akin es como ellos, ya será lo bastante inteligente, pero sus intereses serán tan distintos y, en algunos casos, tan claramente no humanos, que acabará pasando mucho tiempo solo.

—¿Y eso no la preocupa?

—No hay nada que yo pueda hacer al respecto.

—Pero..., ¡no tenía usted por qué tener hijos!

—Pues resulta que tuve que tenerlos. Para cuando me bajaron de la nave, ya tenía dos hijas construidas. ¡Así que yo no tuve la posibilidad de escaparme y vivir suspirando por los viejos tiempos pasados!

El hombre no dijo nada. Si se quedaba el tiempo suficiente descubriría que, a veces, Lilith tenía aquellos estallidos de amargura. Nunca parecían afectar a su comportamiento, pero a menudo asustaban a la gente. Margit le había dicho: «Es corno si en su interior hubiese algo luchando por salir. Algo terrible». Pero, cuando pa­recía que ese algo estaba a punto de salir a la superficie, Lilith se iba sola al bosque y se quedaba allí durante días. Las hermanas mayores de Akin decían que las preocupaba que una de esas veces se fuese y ya no volviese nunca más.

—¿La obligaron a tener hijos? —inquirió el hombre.

—Uno de ellos me sorprendió —explicó ella—. Primero me dejó preñada, y más tarde me lo contó. Dijo que me había dado lo que yo siempre había querido, pero que jamás me habría atrevido a pedirle.

—¿Y eso era cierto?

—Sí. —Agitó la cabeza de lado a lado—. ¡Oh, sí! Pero, si yo tuve la fuerza de voluntad de no pedírselo, él debe­ría haber tenido la fuerza de voluntad de dejarme en paz.




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