Ritos de madurez



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3


La interrupción por parte de Gabe de la cura de Tate produjo la única disrupción en su memoria que Akin hubiese experimentado jamás. Después, lo único que recordaría de lo sucedido sería la repentina agonía.

A pesar de su advertencia al hombre, a pesar de las seguridades dadas por Tate, Gabe entró en la habitación antes de que la cura hubiese terminado. Más tarde, Akin se enteró de que Gabe había entrado porque habían pasado horas sin que se escuchase un solo sonido de Akin o Tate. Tenía miedo por Tate, temía que algo hubiese ido mal, y sospechaba de Akin.

Halló a Akin, aparentemente inconsciente, con su boca aún pegada al cuello de Tate. Ni siquiera parecía respirar. Tampoco lo parecía Tate. La carne de ella estaba fría..., casi helada; y eso aterró a Gabe. Creyó que ella se estaba muriendo, temió que ya estuviese muerta. Se dejó llevar por el pánico.

Primero trató se soltar a Tate, alertando a Akin, a algún nivel, de que algo iba mal. Pero la atención de éste se hallaba demasiado metida en Tate. Apenas había empezado a desligarse, cuando Gabe le golpeó.

Gabe temía el aguijonazo de Akin. No podía agarrarlo y tratar de apartarlo de Tate. Por eso, intentó separarlo con fuertes y rápidos puñetazos.

El primer golpe casi hizo que Akin se soltara de Tate. Le hizo más daño del que jamás le hubiese hecho otra cosa, y no pudo evitar el pasarle parte de este dolor a Tate.

Y, sin embargo, logró no envenenarla. No supo en qué momento, ella empezó a aullar. Automáticamente, siguió sosteniéndola. Esto, y el hecho de que era el más fuerte aunque Gabe fuera el más voluminoso, le permitió retirarse primero del sistema nervioso de Tate y luego de su cuerpo sin sufrir graves daños..., y sin matar. Luego, le asombraría el haber hecho esto. Su maestro le había advertido de que los machos no tenían el control necesario para hacer estas cosas. Los machos y las hembras oankali evitaban curar, no sólo porque no eran necesarios como sanadores, sino también porque era más probable que ellos, y no un ooloi, matasen por accidente. Podían ser impulsados a matar, no intencionadamente, por las interrupciones, e incluso por los sujetos a los que intentaban curar, si las cosas iban mal. Hasta el mismo Gabe se había puesto en peligro. Akin hubiera debido aguijonearlo ciegamente, por reflejo.

Y, no obstante, no lo hizo.

Su cuerpo se enroscó en un dolorosamente apretado nudo fetal, y se quedó así, vulnerable y más completamente inconsciente de lo que jamás lo hubiera estado.

4


Cuando Akin fue capaz de volver a percibir el mundo a su alrededor, descubrió que no podía ni moverse ni hablar. Yacía como congelado, dándose apenas cuenta de que, a veces, había humanos a su alrededor. Lo miraban, a veces se sentaban a su lado, pero no lo tocaban. Durante un tiempo no supo quiénes eran..., o dónde estaba él. Luego, compararía este período al de su primerísima infancia: era un tiempo que recordaba, pero en el que no había tomado parte. Claro que, al menos, de bebé le habían alimentado, lavado y tenido en brazos. Ahora ninguna mano lo tocaba.

Lentamente, se fue dando cuenta de que dos de las personas le hablaban. Eran dos hembras, ambas humanas: una pequeña, pálida y de cabellos amarillos. Otra algo más alta, morena y bronceada por el sol.

Se alegraba cuando estaban con él.

También temía su llegada.

Le excitaban. Sus aromas le llegaban muy adentro y le atraían hacia ellas. Y, a pesar de ello, no podía moverse. Yacía, sintiéndose atraído, más y más, y estaba absolutamente inmóvil. Era un tormento, pero lo prefería a la soledad.

Las hembras le hablaban. Al cabo de un tiempo llegó a darse cuenta de que eran Tate y Yori. Y recordó todo lo que sabía de Tate y Yori.

Tate se sentaba muy cerca de él y decía su nombre. Le contaba cómo se sentía, cómo estaban madurando las cosechas, y qué era lo que estaba haciendo distinta gente de la población. Cosía o escribía mientras estaba con Akin. Llevaba un diario personal.

También Yori escribía un diario, pero el de ella se convirtió en un estudio sobre Akin. Ella misma se lo dijo. Le explicó que él estaba en plena metamorfosis y que, aunque ella nunca antes había visto una metamorfosis, se la habían descrito. Por de pronto, ya tenía pequeños tentáculos nuevos en su espalda, en su cabeza, en las piernas. Su piel era ahora gris, y estaba perdiendo el cabello. Añadió que él debía de hallar un modo en que decirles si deseaba ser tocado. Le contó que Tate estaba bien, e insistió en que tenía que encontrar un medio de comunicarse. Dijo que harían por él cualquier cosa que pidiese. Ella misma se ocuparía de que así fuese. Y le dijo que no debía de preocuparse por quedarse solo, porque ella se cuidaría de que siempre hubiese alguien con él.

Esto lo reconfortó más de lo que ella podría haber imaginado. La gente que se estaba metamorfoseando tenía poca tolerancia hacia la soledad.

Gabe se sentó a su cabecera. Él y las dos mujeres habían alzado el banco en que yacía y lo habían llevado sin moverle del mismo hasta una pequeña habitación soleada.

A veces, Gabe lo tentaba con alimentos o agua. No podía saber que el aroma de las mujeres tentaba a Akin más fuertemente que cualquier otra cosa que Gabe pudiese ponerle cerca. Hubiera deseado tomar alimentos antes de caer en el sueño, si hubiera entrado normalmente en su metamorfosis habría comido, luego dormido. Había oído que los ooloi no dormían seguido durante buena parte de su segunda metamorfosis. Lilith le había dicho que Nikanj había dormido la mayor parte del tiempo, pero que se despertaba, de vez en cuando, para comer y hablar, tras lo cual caía finalmente en otro profundo sueño. Los machos y las hembras se pasaban durmiendo la mayor parte del tiempo de su única metamorfosis. Ni comían, ni orinaban, ni defecaban. Las mujeres hacían vibrar a Akin, enfocaban su atención; pero los olores de comida y agua no le interesaban. Se fijaba en ellos porque eran intermitentes. Eran cambios en el medio ambiente, de los que no podía dejar de darse cuenta.

Gabe le traía plantas, y, al cabo de un tiempo, se dio cuenta de que esas plantas eran algunas de aquellas que le había gustado comer cuando era más joven, las plantas con las que Gabe le había visto alimentarse en el bosque. El hombre se acordaba. Eso le complació y moderó algo el repentino sobresalto que sintió un día, cuando Gabe le tocó.

No hubo previo aviso. Del mismo modo que Gabe había decidido entrar en la habitación y separar a Akin y Tate, así decidió hacer una de las cosas que Yori les había dicho, a Tate y a él, que no debían de hacer.

Simplemente, colocó su mano en la espalda de Akin y lo sacudió.

Tras un momento, Akin tuvo un estremecimiento. Sus nuevos y pequeños tentáculos sensoriales se movieron por primera vez, alargándose, de un modo reflejo, hacia la mano que los tocaba.

El hombre apartó la mano de un tirón. No le hubieran hecho daño, pero él no lo sabía, y Akin no podía decírselo. Gabe no volvió a tocarlo.

Pilar y Mateo Leal se turnaron en la vigilancia de Akin. Eran los padres de Tino. Mateo había matado a gente por la que Akin había sentido mucho cariño. Por un tiempo, su presencia le hizo sentirse muy incómodo; luego, dado que no tenía elección, Akin se ajustó a ello.

A veces, también se sentaba junto a él Kolina Wilton, pero nunca le hablaba. Un día, para su sorpresa, Macy Wilton se sentó junto a ella. De modo que aquel hombre no siempre estaba tirado en la calle, borracho.

Macy regresó varias veces. Mientras velaba a Akin tallaba la madera, y los aromas de sus maderas eran un previo aviso de su llegada. Comenzó a hablarle a Akin: especulando acerca de lo que podía haberles pasado a Amma y Shkaht, especulando acerca de los niños de los que algún día sería padre, especulando sobre Marte.

Esto le dijo a Akin, por primera vez, que Tate y Gabe habían hecho correr la historia, la esperanza que él les había traído.

Marte.

—No todo el mundo quiere ir —le dijo Macy—. Y yo creo que están locos si se quedan aquí. Yo daría cualquier cosa para que el homo sapiens tenga una nueva posibilidad. Lina y yo iremos. ¡Y no te preocupes por esos otros!



De inmediato, Akin empezó a preocuparse. No había modo en que apresurar la metamorfosis. El iniciarla de un modo tan traumático casi lo había matado. Ahora, no podía hacer otra cosa más que esperar. Esperar y pensar que, cuando los humanos estaban en desacuerdo, a menudo se peleaban; y, cuando se peleaban, demasiado a menudo se mataban los unos a los otros.

5


La metamorfosis de Akin seguía y seguía. Estuvo en silencio e inmóvil durante meses, mientras su cuerpo se reestructuraba, por dentro y por fuera. Oyó, y automáticamente quedó en su memoria, discusión tras discusión sobre su misión, su derecho a estar en Fénix, el derecho de la Humanidad sobre la Tierra. No había una resolución; había maldiciones, gritos, amenazas, luchas, pero no una resolución. Luego, un día, el silencio terminó: hubo una incursión. Hubo disparos. Un hombre resultó muerto. Se llevaron a una mujer.

Akin escuchó el estrépito, pero no supo lo que estaba sucediendo. Pilar Leal estaba con él. Se quedó con él hasta que el tiroteo hubo terminado. Entonces, lo dejó por unos momentos para asegurarse de que su esposo estaba bien. Cuando regresó, él estaba tratando, desesperadamente, de hablar.

Pilar lanzó un breve chillido de susto, y él supo que debía de estar haciendo algo que ella podía ver. Él podía verla a ella, olería, pero, de algún modo, estaba como distanciado de sí mismo. No tenía una imagen propia, así que no estaba seguro de si estaba haciendo que alguna parte de su cuerpo se moviera. La reacción de Pilar le decía que así era.

Consiguió emitir un sonido, y saber que era él quien lo había emitido. No era más que un graznido ronco, pero lo había causado deliberadamente.

Pilar se acercó lentamente hacia él y lo miró.

—¿Estás despierto? —preguntó en español.

—Sí —dijo él, y jadeó y tosió. No tenía fuerzas: se podía oír a sí mismo, pero aún se sentía distanciado de su propio cuerpo. Trató de enderezarse y no pudo.

—¿Te duele? —preguntó ella.

—No. Débil. Débil.

—¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo traerte?

Durante varios segundos no pudo contestar.

—Tiros —dijo por fin—. ¿Por qué?

—Bandoleros. ¡Bastardos malnacidos! Se llevaron a Rudra. Mataron a su esposo. Nosotros matamos a dos de ellos.

Akin deseó hundirse de nuevo en el refugio de la inconsciencia. No se estaban matando los unos a los otros a causa de la decisión sobre Marte, pero seguían matándose los unos a los otros. Siempre parecía haber una razón para que los humanos se matasen los unos a los otros. El iba a darles un nuevo mundo..., un mundo duro que les exigiría cooperación e inteligencia. Si no tenían ambas cosas, era seguro que Marte los aniquilaría. ¿Sería bastante reto como para distraerlos el tiempo suficiente para que pudieran salir, no ellos pero sí las generaciones sucesivas, de su Contradicción?

Se notó más fuerte, y trató de hablarle otra vez a Pilar. Descubrió que se había ido. Ahora era Yori quien estaba con él; debía de haberse quedado dormido. Sí, tenía guardado un recuerdo de Yori entrando, de Pilar informándola de que había hablado y luego marchándose. De Yori hablándole, hasta que al fin se había dado cuenta de que estaba dormido.

—¿Yori?


Ella se sobresaltó, y él se dio cuenta de que también se había quedado dormida.

—Así que estás despierto —comentó.

El inspiró profundamente.

—Aún no se ha acabado. Todavía no puedo moverme mucho.

—¿Deberías intentarlo?

Él trató de sonreír.

—Lo estoy intentando. —Y, un momento más tarde—: ¿Lograron rescatar a Rudra?

No conocía a esa mujer, aunque recordaba haberla visto durante su estancia en Fénix: era pequeña y morena, con un liso cabello negro que le hubiese llegado hasta el suelo si no lo llevase recogido. Ella y su esposo eran asiáticos, procedentes de un lugar llamado Sudáfrica.

—Han ido algunos hombres tras ella. No creo que hayan regresado todavía.

—¿Hay muchas incursiones?

—Demasiadas. Cada vez más.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Bueno, pues porque estamos tarados. Eso es lo que dijo tu gente.

Nunca antes la había escuchado hablar con tanta amargura.

—Antes no había tantos ataques de los merodeadores.

—Cuando tú eras niño la gente aún tenía esperanzas. Y nosotros éramos más poderosos. Además..., entonces nuestra gente no había empezado a hacer sus propias incursiones.

—¿La gente de Fénix haciendo de bandoleros?

—La Humanidad extinguiéndose a sí misma en el aburrimiento, la desesperanza, la amargura..., me sorprende que hayamos durado tanto.

—¿Irás a Marte, Yori?

Ella se le quedó mirando durante varios segundos.

—¿Es eso cierto?

—Sí. Yo tengo que preparar el camino. Después de hacerlo, la Humanidad tendrá un lugar propio.

—Me pregunto qué haremos con él.

—Trabajar duro para impedir que os mate. Podréis vivir allí cuando yo lo haya preparado, pero vuestras vidas no serán fáciles. Si sois descuidados o no podéis trabajar unidos, moriréis.

—¿Podremos tener niños?

—Puedo solucionar eso, pero tendréis que dejar que os ayude un ooloi.

—¡Pero, ¿lo haréis?!

—Sí.


Ella sonrió.

—Entonces sí voy. —Lo estudió un momento—. ¿Cuándo?

—Dentro de unos años. Sin embargo, algunos de vosotros iréis pronto. Algunos de vosotros debéis ver lo que yo haga, y comprenderlo, para que así comprendáis, desde el principio, cómo funciona vuestro nuevo mundo.

Ella se quedó sentada, contemplándole en silencio.

—Y necesitaré que me ayudéis con los otros resistentes —le dijo. Luchó por un instante, tratando de alzar una mano, tratando de desanudar su cuerpo. Era como si se hubiese olvidado de cómo moverse. Y, no obstante, esto no le preocupaba: sabía que, simplemente, estaba tratando de apresurar cosas que no podían ser apresuradas. Podía hablar, y esto debía serle suficiente.

—Probablemente tengo un aspecto mucho menos humano del que tenía antes —continuó—. Ya no podré entrar en contacto con gente que me conocía: no me gusta que me disparen, ni tener que amenazar a la gente. Necesito a humanos que vayan a hablar con los otros humanos, para reunirlos y traerlos.

—Te equivocas.

—¿Cómo?


—Para eso necesitarás sobre todo a los oankali. O a construidos adultos.

—Pero...


—Necesitas emisarios a los que no les peguen un tiro nada más verlos. La gente cuerda sólo les dispara a los oankali por accidente. Necesitas como mensajeros a personas que no sean tomadas prisioneras y se ignore todo lo que digan. Los seres humanos, ahora, son así: disparan a los hombres y roban las mujeres..., ¡si no tienes nada mejor que hacer, monta una incursión contra tus vecinos!

—¿Así de mal están las cosas?

—Peor.

Suspiró.


—¿Me ayudarás, Yori?

—¿Qué es lo que debo hacer?

—Aconsejarme. Necesito consejeros humanos.

—Por lo que he oído, tu madre debería ser uno de ellos.

Trató de leer en el inmóvil rostro de ella.

—No me había dado cuenta de que sabías quién era mi madre.

—La gente me cuenta cosas.

—Entonces, he elegido una buena consejera.

—No sé. No creo que pueda salir de Fénix, si no es con el grupo que se vaya a Marte. He entrenado a otros, pero yo soy la única doctora con unos estudios formales. Aunque, en realidad, todo esto es un chiste: en realidad yo era psiquiatra. Pero, al menos, estudié en la Facultad.

—¿Qué es una psiquiatra?

—Una doctora que se especializaba en el tratamiento de las enfermedades mentales. —Lanzó una amarga carcajada—. Los oankali dicen que la gente como yo se enfrentaba con muchas más enfermedades físicas de las que eran capaces de reconocer.

Akin no dijo nada. Necesitaba a alguien como Yori, que conociese a los resistentes y que no pareciese tenerles miedo a los oankali. Pero ella tenía que autoconvencerse. Debía ver que ayudar a la Humanidad a trasladarse a su nuevo mundo era mucho más importante que el arreglar huesos rotos o curar heridas de bala. Probablemente ya lo sabía, pero le llevaría un tiempo aceptarlo. Cambió de tema.

—¿Qué aspecto tengo, Yori? ¿Cuánto he cambiado?

—Totalmente.

—¿Cómo?

—Pareces un oankali. No hablas como uno de ellos pero, si no supiese quién eres, supondría que eras un oankali bajito, tal vez un niño.



—¡Mierda!

—¿Cambiarás más?

—No. —Cerró los ojos—. Mis sentidos no son tan agudos como serán más adelante, pero la forma que tengo es la que tendré.

—¿Realmente te importa?

—¡Claro que me importa! ¡Oh, Dios..! ¿Cuántos resistentes se fiarán ahora de mí? ¿Cuántos creerán siquiera que soy un construido?

—No importa. ¿Cuántos de ellos se fían unos de otros? Y saben que son humanos...

—No es así en todas partes. Hay poblados de resistentes, más cercanos a Lo, que no se meten en tantas peleas.

—Entonces, tendrás que llevártelos a ellos y olvidarte de alguna de la gente de aquí.

—No sé si podré hacer eso.

—Yo sí puedo.

La miró. Se había colocado de modo que él pudiera verla con sus ojos, aunque no pudiese moverse. Ella volvería a Lo con él. Y le aconsejaría, y vería la metamorfosis de Marte.

—¿Aún no necesitas comida? —preguntó Yori.

La idea de la comida le repugnaba.

—No. Quizá pronto, pero aún no.

—¿Necesitas algo?

—No. Pero te doy las gracias por haberte ocupado de que nunca me quedase sólo.

—Había oído decir que eso era muy importante.

—Mucho. Debería de poder empezar a moverme en unos pocos días más. Pero aún necesito tener gente a mi alrededor.

—¿Alguien en particular?

—¿Escogiste tú a la gente que me ha estado haciendo compañía...? Aparte de los Rinaldi, quiero decir.

—Lo hicimos entre Tate y yo.

—Hicisteis un buen trabajo. ¿Crees que todos ellos emigrarán a Marte?

—No es por eso por lo que los elegimos.

—¿Emigrarán?

Al cabo de un rato, ella sintió con la cabeza.

—Lo harán. Y también algunos otros.

—Envíame a los otros..., si no crees que mi aspecto actual les va a asustar.

—Todos han visto antes a un oankali.

¿Quería insultarlo con esto?, se preguntó. Hablaba con un tono tan extraño..., amargura, y algo más. Se levantó.

—Espera —dijo él.

Ella hizo una pausa, sin cambiar de expresión.

—Mi percepción no es aún la que tendré más adelante. No sé qué es lo que anda mal contigo.

Ella le miró con innegable hostilidad.

—Estaba pensando en cuánta gente ha sufrido y muerto —dijo—. Tantos que se han convertido en... insalvables. Tantos otros que se perderán.

Se detuvo e inspiró profundamente.

—¿Por qué provocaron todo esto los oankali? ¿Por qué no nos ofrecieron Marte hace años?

—Ellos nunca os ofrecerán Marte. Yo soy quien os lo ofrezco.

¿Por qué?

—Porque yo soy parte de vosotros. Porque yo afirmo que debéis de tener una nueva posibilidad de eliminar vuestra Contradicción genética.

—¿Y qué es lo que dicen los oankali?

—Que ni con el tiempo y las generaciones podréis escapar a ella, que no la resolveréis en favor de la inteligencia. Que el comportamiento jerárquico elige el comportamiento jerárquico, deba ser así o no. Que ni siquiera Marte será el reto suficiente como para cambiaros. —Hizo una pausa e inspiró profundamente—. Que el daros un nuevo mundo y permitiros procrear de nuevo será..., será como criar seres inteligentes con el único propósito de que acaben por matarse entre sí.

—Ése no sería nuestro propósito —protestó ella.

Él pensó en ello por un instante y se preguntó qué le podía decir. O la verdad o nada. La verdad.

—Yori, el propósito de la Humanidad no es lo que tú digas que es ni lo que yo diga que es..., es lo que vuestra biología dice que es..., lo que vuestros genes dicen que es.

—¿Crees en eso?

—...Sí.


—Entonces, ¿por qué...?

—Porque existe el azar. La mutación. Efectos inesperados del nuevo medio ambiente. Cosas en las que nadie ha pensado antes. Los oankali pueden cometer errores.

—¿Y nosotros?

Se limitó a mirarla.

—¿Por qué te dejan los oankali hacer esto?

—Yo quiero hacerlo. Otros construidos piensan que debo hacerlo. Algunos de ellos me ayudarán. Incluso aquellos que creen que no debería comprenden por qué quiero hacerlo. Los oankali lo aceptan. Hubo un consenso. Ellos no nos ayudarán, excepto para enseñarnos. No pondrán el pie en Marte una vez hayamos empezado. Ni siquiera os transportarán. —Pensó en un modo de hacérselo comprender—. Para ellos, lo que estoy haciendo es terrible. Lo único que podría ser más terrible que esto sería asesinaros a todos, con mis propias manos.

—Eso no es razonable —susurró ella.

—Vosotros no podéis ver y leer las estructuras genéticas del mismo modo que ellos pueden. No es como leer palabras en una página. Ellos lo sienten y saben. Ellos..., no hay una palabra humana para definirlo; decir simplemente que lo saben es algo totalmente inadecuado. Me hicieron darme cuenta de esto antes de que estuviera dispuesto. Ahora lo comprendo de un modo que antes no podía.

—Y, aun así, nos ayudas.

—Aun así, os ayudo. Debo hacerlo.

Ella le dejó. La expresión de hostilidad había desaparecido de su rostro cuando le miró por última vez, antes de cerrar la puerta de madera. Parecía confusa, y sin embargo esperanzada.

—Te mandaré a alguien —dijo, y cerró la puerta.





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