Ritos de madurez



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IV

HOGAR

1


Por un tiempo, la Tierra le pareció salvaje y extraña a Akin: una profusión de vida que casi resultaba aterradora en su complejidad. En Chkahichdahk sólo había una profusión potencial, almacenada en los recuerdos de la gente y en los bancos de grabaciones de semillas, células y genes. La Tierra aún era en sí misma un gran banco biológico que estaba equilibrando su ecología con un poco de ayuda oankali.

Akin no podría hacer nada en el cuarto planeta, Marte lo llamaban los humanos, hasta después de su metamorfosis. También su entrenamiento había ido tan lejos como era posible antes de la transformación. Así que sus maestros lo habían mandado a casa. Tiikuchahk, ahora en paz con él y con ella misma, pareció alegre de volver al hogar. Y Dehkiaht, simplemente, se había pegado a Akin. Cuando Dichaan había ido a por Akin y Tiikuchahk, ni él mismo sugirió dejar atrás a Dehkiaht.

No obstante, una vez llegaron a la Tierra, Akin notó que debía apartarse de Dehkiaht, alejarse de él por un tiempo. Deseaba ver a algunos de sus viejos amigos resistentes, antes de su metamorfosis..., antes de cambiar tanto que les resultase irreconocible. Tenía que hacerles saber lo que había decidido, lo que podía ofrecerles. También necesitaba aliados humanos respetados. Primero pensó en la gente que había conocido durante sus viajes al azar..., hombres y mujeres que lo conocían como un macho bajito, casi humano. Pero no deseaba verlos, aún no.

Se sentía atraído hacia otro lugar..., un lugar en donde la gente apenas si lo reconocería. No había estado allí desde que tenía tres años. Iría a Fénix..., a ver a Gabe y a Tate Rinaldi, allá en donde había comenzado su obsesión por los resistentes.

Instaló a Dehkiaht con sus padres, y se dio cuenta de que Tiikuchahk parecía estar pasando más y más tiempo con Dichaan. Contempló esto con tristeza, dándose cuenta de que estaba perdiendo por segunda vez a su más próxima compañera de camada, perdiéndola por última vez. Si más tarde elegía ayudar a la transformación de Marte, no sería como una compañera o una posible compañera: se estaba convirtiendo en macho.

Fue a ver a Margit, que ahora tenía un color marrón, y estaba atriada, preñada y contenta.

Les pidió a sus padres que buscasen una compañera hembra para Dehkiaht.

Y luego partió hacia Fénix. Sobre todo, deseaba ver a Tate mientras aún tuviese aspecto humano. Deseaba decirle que había cumplido con su promesa.


2


Fénix seguía siendo más una pequeña ciudad que un pueblo, pero era una ciudad más descuidada. Akin no pudo evitar el comparar el Fénix que recordaba con el actual.

Había basura por las calles: hojarasca, residuos de comida, trozos de madera, ropas y papeles. Era obvio que algunas de las casas estaban vacías. Un par de ellas habían sido demolidas en parte, otras parecían estar a punto de hundirse.

Akin entró abiertamente en la ciudad, tal como siempre había entrado en las poblaciones de los resistentes. En una ocasión, mientras lo hacía, le habían disparado. Ese incidente sólo había resultado ser para él una dolorosa molestia: un humano hubiera muerto, Akin se limitó a salir corriendo y luego curarse él mismo. Lilith le había advertido que no debía dejar ver a los resistentes cómo se curaba su cuerpo..., que la visión de unas heridas cerrándose a simple vista podía asustarlos. Y, cuando estaban asustados, era cuando los humanos eran más peligrosos y resultaban más impredecibles.

Cuando caminó por la calle principal de Fénix, había rifles apuntándole. Así que, ahora, la ciudad estaba armada. Podía ver a la gente y sus armas de fuego a través de las ventanas, aunque parecía que ellos estaban tratando de no dejarse ver. Las pocas personas que trabajaban u holgazaneaban por la calle le miraron. Al menos un par de ellos estaban demasiado borrachos como para darse cuenta de su llegada.

Armas ocultas y borracheras descaradas.

Fénix se estaba muriendo. Uno de los borrachos era Macy Wilton, que había hecho de padre de Amma y Shkaht. El otro era Stancio Roybal, el esposo de Neci, la mujer que había querido amputar los tentáculos sensoriales de las dos niñas. ¿Y dónde estaban Kolima Wilton y Neci? ¿Cómo podían dejar que sus compañeros..., sus esposos, estuvieran inconscientes o semiconscientes, tirados por el barro?

¿Y dónde estaba Gabe?

Llegó a la casa que había compartido con Tate y Gabe y, por un momento, tuvo miedo de subir los escalones del porche y llamar a la puerta con los nudillos, al modo humano. La casa estaba cerrada y parecía bien cuidada, pero..., ¿quién viviría ahora en ella?

Un hombre armado con un rifle salió al porche y miró hacia abajo. Era Gabe.

—¿Habla usted inglés? —inquirió, apuntando con el arma a Akin.

—Siempre lo he hablado, Gabe. —Hizo una pausa, para dar tiempo al hombre de mirarle bien—. Soy Akin.

El hombre se quedó contemplándolo, estudiándolo primero desde un ángulo, luego moviéndose un poco para verlo desde otro. Después de todo, Akin había cambiado, se había hecho adulto. Gabe seguía teniendo el mismo aspecto.

—Temí que estuvieras en las colinas o en otro poblado —dijo Akin—. Nunca tuve la preocupación de que no me reconocieras. Y he vuelto para cumplir una promesa que le hice a Tate.

Gabe no dijo nada.

Akin suspiró y se dispuso a esperar. No era probable que nadie le disparase mientras se mantuviese quieto, con las manos a la vista, nada amenazador.

Se fue reuniendo gente alrededor de Akin, esperando algún signo de Gabe.

—Regístralo —le dijo Gabe a uno de ellos.

El hombre pasó burdamente sus pesadas manos por sobre el cuerpo de Akin. Era Gilbert Senn. En otro tiempo, él y su esposa Anne habían estado del lado de Neci en la opinión de que los tentáculos sensores debían de ser eliminados. Akin no le habló, sino que siguió esperando, con los ojos fijos en Gabe. Los humanos necesitaban la mirada visible y fija de los ojos. Los machos la respetaban y las hembras la hallaban sexualmente interesante.

—Dice que es el crío que compramos hace casi veinte años —dijo Gabe a los hombres—. Dice que es Akin.

Los hombres miraron a Akin con hostilidad y sospecha. Él no dio indicación alguna de darse cuenta de ello.

—No tiene gusanos —dijo un hombre—. ¿No debería de tenerlos ya?

Nadie le respondió. Akin no lo hizo, porque no deseaba que le dijesen que estuviese callado. Sólo llevaba puestos unos pantalones cortos, igual que iba vestido cuando esta gente lo conocía. Los insectos ya no le picaban: había aprendido a hacer que su cuerpo les resultase de mal sabor. Era moreno, casi bronceado, bajito, pero claramente no débil. Y, desde luego, no estaba asustado.

—¿Eres ya un adulto? —le preguntó Gabe.

—Todavía no —le respondió en voz baja.

—¿Por qué?

—Porque aún no tengo la edad para ello.

—¿Por qué has venido aquí?

—Para veros a Tate y a ti. Fuisteis mis padres por un tiempo.

El rifle tembló un poco.

—Acércate más.

Akin le obedeció.

—Enséñame la lengua.

Akin sonrió, luego le enseñó la lengua. Seguía pareciendo tan poco humana como cuando Gabe la había visto por primera vez.

Gabe se echó hacia atrás, luego inspiró profundamente. Dejó que el rifle apuntase al suelo.

—Entonces, eres tú.

Casi tímidamente, Akin tendió una mano. A menudo, los seres humanos se estrechaban las manos. Varios se habían negado a estrechar la suya.

Gabe tomó la mano y la estrechó, luego agarró a Akin por ambos hombros y lo abrazó.

—No puedo creerlo —decía una y otra vez—. ¡Joder, es que no puedo creerlo!

Luego les dijo a los hombres:

—No pasa nada. ¡Realmente es él!

Los hombres contemplaron la escena por un momento más, y luego comenzaron a dispersarse. Contemplándolos sin volverse, Akin tuvo la impresión de que estaban desilusionados..., que hubieran preferido darle una paliza, quizá matarle.

Gabe llevó a Akin al interior de la casa, donde todo seguía igual: fresco, oscuro y limpio.

Tate yacía en un largo banco que había contra una pared. Volvió la cabeza para mirarle, y Akin leyó dolor en su cara. Naturalmente, no le reconoció.

—Se cayó —explicó Gabe. Había gran dolor en su voz—. Yori ha estado cuidando de ella. ¿Recuerdas a Yori?

—La recuerdo —contestó Akin—. Y recuerdo que, en cierta ocasión, Yori dijo que se iría de Fénix si la gente empezaba a fabricar armas de fuego.

Gabe le lanzó una extraña mirada.

—Las armas son necesarias, eso nos lo enseñaron los ataques de los bandoleros.

—¿Quién es...? —preguntó Tate. Y luego, asombrosamente—: ¿Akin?

Fue hacia ella, se arrodilló a su lado y le tomó la mano. No le gustó el ligero olor agrio que desprendía, ni las arrugas alrededor de sus ojos. ¿Cuánto daño le habían hecho?

¿Cuánta ayuda soportarían ella y Tate?

—Sí, Akin —le hizo eco—. ¿Cómo te caíste? ¿Qué pasó?

—Eres el mismo —le dijo ella, acariciándole el rostro—. Quiero decir que aún no has crecido.

—No. Pero he mantenido la promesa que te hice. He hallado..., he hallado lo que puede ser una respuesta para tu gente. Pero antes, dime cómo te hiciste daño.

No había olvidado nada de ella: su rápida mente, su tendencia a tratarlo como si fuera un adulto pequeñito, la sensación que proyectaba de no ser totalmente fiable... justo lo bastante impredecible como para hacerle sentirse inquieto. Y, sin embargo, la había aceptado, le había gustado desde los primeros instantes en que había estado con ella. Y le perturbaba más de lo que podía expresar el verla ahora tan cambiada. Había perdido peso, y tanto su color como su olor se habían echado a perder. Estaba demasiado pálida. Casi gris. También su cabello parecía estar volviéndose gris: era mucho menos amarillo de lo que había sido. Y estaba demasiado delgada.

—Me caí —le dijo. Sus ojos seguían siendo los mismos: examinaron su cara, su cuerpo. Tomó una de sus manos y la miró. Suspiró—: Dios mío.

—Estábamos explorando —explicó Gabe—. Perdió el equilibrio y se cayó por una ladera. La llevé en brazos de vuelta a Recuperación. —Hizo una pausa—. El viejo campamento es ahora todo un pueblo. La gente vive allí permanentemente, pero no tienen un doctor propio. Algunos de los de allí me ayudaron a bajarla, para que la viese Yori. Estaba..., estaba mal, pero ahora ya está mejor.

No lo estaba. El sabía que no lo estaba.

Ella había cerrado los ojos. Lo sabía tan bien como él: se estaba muriendo.

Akin le tocó el rostro, para que abriese los ojos. Los humanos casi parecían no estar presentes cuando cerraban los ojos. Podían cerrar demasiado bien el paso a toda información visual y encerrarse demasiado completamente dentro de su propia carne.

—¿Cuándo sucedió? —preguntó.

—Dios... Hace dos, casi tres meses.

Había estado sufriendo durante tanto tiempo. Y Gabe no había buscado a un ooloi para ayudarla. Cualquier ooloi lo hubiera hecho, sin compromiso alguno para los humanos. Incluso algunos machos y hembras podían ayudar. Él creía poder hacerlo. Y estaba claro que, si no se hacía algo, ella moriría.

¿Cuál era el modo educado de pedirle a alguien que te dejase salvarle la vida con un método inaceptable? Si Akin lo planteaba de un modo erróneo, Tate moriría.

Lo mejor era no pedir permiso. Aún no. Quizá nunca.

—Volví para explicarte que cumplí la promesa que te hice —le dijo—. No sé si tú y los otros podréis aceptar lo que tengo para ofreceros, pero representa una fertilidad restaurada..., y un lugar únicamente para vosotros.

Ahora sus ojos estaban muy abiertos y clavados en él.

—¿Qué lugar? —susurró ella. Gabe se había acercado, de pie junto a ellos, mirándoles desde arriba.

—¿Dónde? —preguntó a su vez.

—No puede ser aquí —les dijo Akin—. Tendréis que construir poblados de nueva planta en un medio ambiente nuevo, aprender nuevos modos de vida. Será difícil, pero he hallado gente..., otros construidos, que me ayudarán a hacerlo posible.

—Akin, ¿dónde? —susurró ella.

—En Marte —se limitó a decir él.

Le miraron, sin poder decir palabra. No sabía lo que podían conocer de Marte, así que empezó a tranquilizarles:

—Podemos hacer que el planeta sea apto para mantener la vida humana. Empezaremos en cuanto yo madure. El trabajo me ha sido encomendado a mí. Nadie sentía tanto la necesidad de hacerlo como yo.

—¿Marte? —exclamó Gabe—. ¿Dejarles la Tierra a los oankali? ¿Toda la Tierra?

—Sí. —Akin volvió otra vez su rostro hacia Gabe. El hombre debía de entender, tan pronto como fuera posible, que Akin hablaba muy en serio. Necesitaba tener una razón para confiar en Akin, en la curación de Tate,

Y ésta necesitaba una razón para continuar viviendo. Se le había ocurrido a Akin que podía estar cansada de una larga vida sin objetivo. Esto, se daba cuenta, era algo que nunca les pasaría a los oankali. De hecho, ni siquiera lo entenderían si se lo explicaban. Algunos lo aceptarían sin entenderlo, otros no lo aceptarían.

Akin volvió de nuevo la cara hacia Tate.

—Me dejaron con vosotros tanto tiempo para que me pudierais enseñar si era correcto lo que habían hecho con vosotros. Ellos no lo podían juzgar. Estaban... tan alterados por vuestra estructura genética que no podían hacerlo; ni siquiera podían considerar el hacer lo que yo voy a hacer.

—¿Marte? —dijo ella—. ¿Marte?

—Puedo dároslo. Otros me ayudarán. Pero tú y Gabe tenéis que ayudarme a convencer a los resistentes.

Ella alzó la vista hacia Gabe.

—Marte —dijo, y consiguió agitar la cabeza.

—Lo he estudiado —explicó Akin—. Con protección, podríais vivir allí ahora mismo, pero tendría que ser bajo tierra o en algún tipo de estructura hermética. Hay demasiada luz ultravioleta, una atmósfera de dióxido de carbono, y no hay agua líquida. Y hace frío. Siempre hará más frío que aquí, pero podemos hacer que se convierta en más caliente de lo que es ahora.

—¿Cómo? —preguntó Gabe.

—Con plantas modificadas y, luego, con animales modificados. Los oankali los han usado, antes de ahora, para hacer habitables planetas sin vida.

—¿Plantas oankali? —inquirió Gabe—. ¿No plantas de la Tierra?

Akin suspiró.

—Si algo que hayan modificado los oankali les pertenece a ellos, entonces toda tu gente les pertenece ya.

Silencio.

—Las plantas y animales modificados trabajan mucho más deprisa que algo que se pueda hallar de un modo natural en la Tierra. Los necesitamos para prepararos el camino de un modo relativamente rápido. Los oankali no permitirán que vuestra fertilidad sea restaurada aquí en la Tierra. Y ahora sois más viejos de lo que acostumbraban a llegar a ser la mayoría de humanos. Aún podéis vivir mucho tiempo, pero yo querría que partieseis lo antes posible para que aún pudieseis criar a vuestros hijos del modo en que mi madre ha criado aquí a los suyos, y así poderles enseñar lo que son.

Los ojos de Tate se habían cerrado de nuevo. Puso una mano encima de ellos, y Akin luchó con un impulso de apartarla. ¿Estaba llorando?

—Ya casi lo hemos perdido todo —musitó Gabe—. Y ahora perdemos nuestro mundo y todo lo que hay en él.

—No todo. Podréis llevaros todo lo que queráis. Y la vida vegetal de la Tierra será añadida al medio ambiente, a medida que éste sea capaz de mantenerla. —Dudó—. Las plantas que crecen aquí..., no muchas de ellas podrán crecer allí en el exterior. Pero bastantes de las plantas de montaña acabarán viviendo allí.

Gabe agitó la cabeza.

—¿Y todo eso en nuestras vidas?

—Si os cuidáis, aún viviréis aproximadamente el doble de lo que lleváis vivido. Viviréis para ver cómo las plantas de la Tierra crecen en Marte, sin necesidad de invernaderos.

Tate se apartó la mano de los ojos y lo miró.

—Akin, probablemente no viviré más de un mes —le dijo—. Antes no quería seguir viviendo; pero ahora..., ¿puedes conseguirme ayuda?

—¡No! —protestó Gabe—. No necesitas ayuda. ¡Te pondrás bien!

—¡Voy a morir! —Consiguió lanzarle una mala mirada y le preguntó—: ¿Crees a Akin?

—No lo sé. Es sólo un niño, y los niños mienten.

—Sí. Y los hombres también, pero no creas que me vas a poder mentir a mí, después de tantos años. ¡Si hay algo por lo que vivir, quiero vivir! ¿O estás diciendo que debo morir?

—No, claro que no.

—Entonces, consígueme la única ayuda que puede servirme. Yori ya me da por un caso imposible.

Gabe parecía querer seguir protestando, pero se limitó a contemplarla. Tras un tiempo, miró a Akin.

—Busca a alguien que la ayude —dijo. Akin recordaba haberle oído maldecir en ese mismo tono de voz. Sólo los humanos podían hacer eso, decir: «Busca a alguien que la ayude» con la boca y: «¡Maldita sea esta mala mujer!» con su tono de voz y la tensión de su cuerpo.

—Yo puedo ayudarla —dijo Akin.

Y, de repente, ambos humanos estuvieron mirándolo con una suspicacia que no podía lograr entender.

—Pedí que me enseñaran —les dijo—. ¿Por qué me miráis de este modo?

—Si no eres un ooloi —le dijo Gabe—, ¿cómo es que puedes curar?

—Ya te lo he dicho, pedí que me enseñaran. Mi maestro fue un ooloi. No puedo hacer todo lo que él hace, pero puedo ayudar a curarse a vuestros huesos y vuestra carne. Puedo animar a vuestros órganos a que se reparen a sí mismos, aunque sea algo que no harían normalmente.

—Nunca había oído que los machos lo pudieran hacer —comentó Gabe.

—Un ooloi lo podría hacer mejor. El paciente disfruta con lo que le hace. Lo más seguro para mí sería hacerla dormir.

—Esto es lo que harías si fueras un niño ooloi, ¿verdad? —le preguntó Tate.

—Sí, pero también es lo único que yo siempre podré hacer, aun cuando ya sea adulto. En cambio, los ooloi maduran y se convierten en físicamente capaces de hacer más.

—No quiero que me hagan más —le dijo Tate—. Quiero ser curada..., curada del todo. Y nada más.

—Yo no puedo hacer más.

Gabe lanzó un corto sonido inarticulado:

—Aún puedes aguijonear, ¿o no?

Akin contuvo los deseos de ponerse en pie y enfrentarse a Gabe. Su cuerpo casi era diminuto en comparación con el de él. Incluso si hubiera sido más robusto, la confrontación física hubiera sido inútil. Así que, simplemente, miró fijamente al hombre.

Al cabo de un tiempo, Gabe se acercó más y se inclinó para enfrentarse a Tate:

—¿Realmente quieres dejarle hacer esto?

Ella suspiró y cerró por un instante los ojos.

—Me estoy muriendo. Naturalmente que quiero que lo haga.

Y él suspiró y le acarició suavemente el cabello.

—Claro. —Se volvió para lanzarle a Akin una mirada atravesada—. De acuerdo, haz lo que sea que hagas.

Akin ni habló ni se movió. Continuó mirando a Gabe, resintiendo su actitud, sabiendo que no surgía únicamente de su miedo por Tate.

—¿Y bien? —dijo Gabe, poniéndose muy tenso y mirándolo desde arriba. Eso era algo que hacían los hombres altos: trataban de intimidar. Algunos de ellos buscaban pelea. Gabe, simplemente, deseaba dejar claro un punto, aunque no estaba en posición de hacerlo.

Akin esperó.

Tate dijo:

—Sal de aquí, Gabe. Déjanos solos un rato.

—¿Dejarte con él?

—Sí. Ahora. Estoy harta de sentirme como una mierda que acaban de pisar. Vete.

Se fue. Era mejor que lo hiciese porque ella lo deseaba que porque hubiese cedido ante Akin. Éste hubiera preferido dejarlo ir en silencio, pero no se atrevió.

—Gabe —dijo, mientras el hombre salía fuera.

Gabe se detuvo, pero no se volvió.

—Vigila la puerta. Una interrupción podría matarla.

Gabe cerró la puerta tras de él sin decir nada. De inmediato, Tate soltó el aliento en una especie de gemido. Miró a la puerta, luego a Akin.

—¿Tengo que hacer yo algo?

—No. Simplemente dejarme que me tienda en este banco, junto a ti.

Esto no pareció molestarla.

—Eres bastante pequeño —dijo—. Ven.

No era más pequeño que ella.

Cuidadosamente, se colocó entre ella y la pared.

—Sigo teniendo sólo mi lengua con que trabajar —le dijo—. Lo que quiere decir es que parecerá que te esté mordiendo el cuello.

—Acostumbrabas a hacer eso siempre que yo te dejaba...

—Lo sé. Pero, al parecer, ahora se ve corno más amenazador o sospechoso.

Ella trató de reír.

—No crees que él vaya a entrar, ¿no? Realmente, si alguien tratase de separarnos, eso podría matarte.

—No lo hará. Hace mucho que aprendió a no hacer cosas así.

—De acuerdo. No te dormirás tan rápido como lo harías con un ooloi, porque no puedo aguijonearte para dejarte inconsciente. Tengo que convencer a tu cuerpo para que haga todo el trabajo. Ahora, quédate quieta.

Colocó un brazo alrededor de ella, para mantenerla en posición cuando perdiese el conocimiento, luego llevó la boca al lado de su cuello. Desde ese momento, sólo fue consciente del cuerpo de ella..., de sus órganos dañados y las fracturas mal soldadas..., y de la reactivación de su vieja enfermedad, la de Huntington. ¿Sabría esto? ¿Acaso la enfermedad le habría provocado la caída? Podía ser. O quizá ella se hubiera tirado por el abismo, deliberadamente, buscando escapar de la enfermedad.

Se había magullado y torcido los ligamentos de su espalda. Se había dislocado uno de los discos de cartílago que había entre las vértebras de su nuca. Se había roto la rodilla izquierda de un modo feo. Sus riñones estaban dañados, ambos riñones..., ¿cómo había podido hacerse todo esto? ¿Desde qué altura se habría caído?

Su muñeca izquierda se había roto, pero se la habían enyesado y casi se había curado. También había dos fracturas de costillas, casi curadas.

Akin se perdió en su trabajo..., en el placer de hallar daños y estimular la propia habilidad curativa del cuerpo de Tate. Animó a su cuerpo a producir una enzima que desactivaba el gene de Huntington. A la larga, ese gene volvería a ser activo. Debía hacer que un ooloi eliminase esa enfermedad de un modo permanente, antes de abandonar la Tierra. Él no podía reemplazar ese gene mortal o engañar a su cuerpo para que emplease genes que ella no había utilizado desde su nacimiento. No podía ayudarla a crear nuevos óvulos, limpios del gene de Huntington. Lo que había hecho hasta el momento para suprimir los efectos de ese gene era todo lo que se atrevía a hacer.




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