Ritos de madurez



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6


—¿Tienes miedo? —le preguntó Taishokaht—. Los humanos siempre les tienen miedo.

—No tengo miedo —dijo Akin. Estaban en una amplia y oscura zona abierta. Las paredes brillaban suavemente con el calor corporal de Chkahichdahk. Aquí, en lo profundo de la nave, sólo se podía ver a la luz del calor corporal. Las zonas de vivienda y los pasillos de comunicación estaban por encima..., o, al menos, en la dirección que Akin consideraba como arriba. Había pasado por áreas en las que la gravedad era inferior, incluso en las que se hallaba ausente. Palabras como arriba o abajo no tenían sentido, pero Akin no podía dejar de pensar dentro de esas referencias.

Podía ver a Taishokaht por su calor corporal, que era menor que el suyo propio y mayor que el de Chkahichdahk. Y podía ver a las otras personas que había en la sala.

—No tengo miedo —repitió—. ¿Puede él oírme?

—No. Déjale tocarte. Luego prueba el miembro que te ofrezca.

Akin se adelantó hacia lo que su sentido del olfato le decía que era un ooloi. Su vista le decía que era enorme y con forma de oruga, cubierto con lisas placas que formaban un dibujo de luces y sombras, puesto que el calor corporal se le escapaba más por entre las placas que a través de las mismas. Por lo que Akin había oído, este ooloi podía sellarse dentro de su concha y perder muy poco o nada de aire y calor corporal. Podía frenar sus procesos corporales e inducir en sí mismo una animación suspendida, a fin de poder sobrevivir incluso al vagar por el espacio. Otros como él habían sido los primeros en explorar la Tierra arruinada por la guerra.

Tenía partes de la boca que recordaban vagamente las de algunos insectos terrestres. Y, aunque hubiese poseído oídos y cuerdas vocales, no habría podido articular nada parecido al lenguaje humano u oankali.

Y, sin embargo, era tan oankali como Dichaan o Nikanj. Era tan oankali como cualquier ser inteligente construido por un ooloi para incorporar las organelas oankali dentro de sus células. Tan oankali como el mismo Akin.

Era lo que los oankali habían sido, un intercambio antes de que hallasen la Tierra, un intercambio antes de que usasen sus longevas memorias y su enorme almacenamiento de material genético para construir hijos bípedos, que hablasen y oyesen. Hijos que esperaban que resultasen más aceptables para los gustos humanos. El lenguaje hablado, un recuerdo de antiguos tiempos, había sido incorporado a ellos genéticamente. A los primeros humanos cautivos que habían sido despertados se les había utilizado para estimular a hablar a los primeros hijos bípedos..., para «recordarles» cómo hablar.

Ahora, la mayor parte de los oankali con forma de oruga eran Akjai, como el ooloi que se encontraba ante Akin. Él, o sus hijos, abandonarían las proximidades de la Tierra sin cambios, sin llevarse con ellos nada de la Tierra, como no fueran conocimientos o recuerdos.

El Akjai extendió un delgado miembro delantero. Akin lo tomó entre sus manos como si fuese un brazo sensorial..., y pareció que precisamente esto es lo que era, a pesar de que, en el primer instante del contacto, Akin se enteró de que este ooloi tenía seis brazos sensoriales, en lugar de sólo dos.

Su lenguaje del tacto era el que Akin había aprendido antes de su nacimiento. La familiaridad de aquello lo reconfortó, y probó al Akjai, ansioso por comprender la mezcla de alienigenidad y familiaridad.

Hubo un largo período de ir entendiendo al ooloi y de comprender que estaba tan interesado en él como Akin lo estaba en el ooloi. En algún punto del proceso, Akin no estuvo seguro después de cuándo fue eso, Taishokaht se unió a ellos. Akin tuvo que usar la vista para estar seguro de si Taishokaht le había tocado a él o al Akjai. Hubo un fundirse total de los dos ooloi..., mayor que cualquier conexión de la que hubiera sido testigo Akin entre compañeros de camada emparejados. Esto, pensó, debía ser lo que los adultos lograban cuando buscaban un consenso en algún tema controvertido. Pero, si era esto, ¿cómo podían seguir pensando como individuos? Taishokaht y Kohj, el Akjai, parecían totalmente fundidos en un solo sistema nervioso, comunicándose consigo mismo de la misma forma que lo hacía cualquier sistema nervioso.

—No lo comprendo —comunicó.

Y, justo por un instante, se lo mostraron, le metieron en la increíble unidad. Ni siquiera pudo sentir terror hasta que el instante hubo concluido.

¿Cómo era que no se perdían el uno en el otro? ¿Cómo les era posible separarse de nuevo? Era como si dos recipientes de agua hubieran sido vertidos juntos y luego vueltos a separar..., con cada molécula devuelta a su recipiente original.

Debió de haber transmitido esto, porque el Akjai le respondió:

—Incluso en tu estadio de crecimiento, Eka, puedes percibir las moléculas. Nosotros percibimos las partículas subatómicas. Hacer y romper este contacto no es más difícil para nosotros de lo que les pueda resultar a los humanos el dar una palmada y luego separar otra vez las manos.

—¿Es porque sois ooloi? —les preguntó Akin.

—Los ooloi perciben y, dentro de las células reproductoras, manipulan. Los machos y las hembras sólo perciben. Pronto lo comprenderás.

—¿Puedo aprender a cuidarme de los animales mientras estoy tan... limitado?

—Puedes aprender un poco. Puedes empezar. No obstante, y porque no tienes la percepción de un adulto, tendrás primero que aprender a confiar en nosotros. Lo que te hemos dejado percibir brevemente no era una unión tan profunda. La usamos para enseñar, o para llegar a un consenso. Tendrás que aprender a tolerarla un poco antes de lo habitual..., ¿podrás hacerlo?

Akin se estremeció:

—No lo sé.

—Trataré de ayudarte. ¿Quieres que lo haga?

—Si no lo haces, yo solo no seré capaz. Me aterra.

—Lo sé. Ahora ya no tendrás tanto miedo.

Estaba controlando, delicadamente, su sistema nervioso, estimulando la liberación de ciertas endorfinas en su cerebro..., haciéndole drogarse a sí mismo, hasta una placentera relajación y aceptación. Su cuerpo estaba negándose a permitirle caer en el pánico. Y, a medida que era envuelto por la unión que él notaba más como un ahogarse que un unirse, no dejaba de intentar abalanzarse hacia el pánico, sólo para encontrarse con que su emoción era apagada en algo que casi era placer. Notaba como si algo estuviera arrastrándose hacia abajo por su garganta, sin poder conseguir soltar una tos refleja que lo lanzase fuera.

El Akjai podría haberle ayudado más, podría haber suprimido toda incomodidad. No lo hizo, se dio cuenta Akin, porque ya le estaba enseñando. Akin luchó por controlar sus propios sentimientos, se esforzó por aceptar la cercanía en que se disolvía su ser.

La aceptó gradualmente. Descubrió que, con un cambio de su atención, podía percibir tal como lo hacía el Akjai: un mundo silencioso, básicamente táctil. Podía ver..., ver mucho más de lo que podía ver Akin en aquella habitación en penumbra. Podía ver la mayor parte de las formas de radiación electromagnética. Podía mirar una pared y ver grandes diferencias en la carne, allá donde Akin no veía ninguna. Y conocía..., lo podía ver, el aparato circulatorio de la nave. Podía ver, de algún modo, las más cercanas placas exteriores. Y resultaba que las más cercanas placas exteriores estaban a alguna distancia por encima de sus cabezas, allá donde los sentidos de Akin, entrenados en la Tierra, le habían dicho que debía de estar el cielo. El Akjai sabía todo esto, y más, simplemente mirando. Además, estaba en constante contacto táctil con Chkahichdahk. Si lo deseaba, podía saber lo que estaba haciendo la nave en cualquier momento, en cualquier parte de su enorme cuerpo de nave. De hecho, lo sabía, pero no se preocupaba porque nada requería su atención. De todas las muchas cosas pequeñas que habían ido mal o estaban a punto de irlo, se estaban cuidando otros. Pero el Ajkai podía saberlo a través del contacto de sus múltiples miembros sensoriales con el suelo de la nave.

Lo asombroso era que también Taishokaht lo sabía. Los treinta y dos dedos de sus dos pies desnudos le decían exactamente lo mismo que le estaban diciendo al Akjai. Nunca había observado que ningún oankali hiciera esto allá en casa. Desde luego, él nunca lo había hecho con su muy humano pie de cinco dedos.

Ya no tenía miedo.

Sin importar lo muy unido que estuviera a los dos ooloi, aún era consciente de sí mismo. También era consciente de ellos, de sus cuerpos y de sus sensaciones. Pero, de algún modo, ellos aún eran ellos, y él era él. Se sentía como si fuese una mente incorpórea, flotante, como las almas de las que hablaban en sus iglesias algunos resistentes, como si estuviese mirando desde algún ángulo imposible y viéndolo todo, incluido su propio cuerpo que ahora estaba recostado contra el Akjai. Trató de mover su mano izquierda, y la vio moverse. Trató de mover uno de los miembros del Akjai, y en cuanto comprendió sus nervios y musculatura, el miembro se movió.

—¿Lo ves? —le dijo el Akjai, con sus toques extrañamente parecidos a como si fuera el mismo Akin tocándose su propia piel—. La gente no se pierde. Y tú puedes hacerlo.

Podía. Examinó el cuerpo de Akjai, comparándolo con el de Taishokaht y el suyo propio.

—¿Cómo puede la gente Dinso y Toaht abandonar unos cuerpos tan fuertes y versátiles para comerciar con los humanos? —preguntó.

Ambos ooloi parecieron divertidos.

—Sólo preguntas eso porque no conoces tu propio potencial —dijo el Akjai—. Ahora te mostraré la estructura de un tilio. Tú ni siquiera lo conoces de un modo tan completo como le es posible conocerlo a un niño. Cuando lo comprendas, te mostraré las cosas que pueden ir mal en él y lo que tú puedes hacer al respecto.


7


Mientras viajaba por la nave, Akin vivió con el Akjai. Éste le enseñó, sin ocultarle nada que pudiese absorber. Aprendió a comprender no sólo a los animales de Chkahichdahk y de la Tierra, sino también a las plantas. Cuando solicitó información acerca de los cuerpos de los resistentes, el Akjai halló a varios ooloi Dinso que estaban de paso. En cuestión de minutos aprendió todo lo que le podían enseñar. Luego le facilitó la información a Akin en una larga serie de lecciones.

—Ahora sabes más de lo que tú mismo te das cuenta —le dijo el Akjai cuando le hubo pasado su información acerca de los humanos—. Tienes información que no serás capaz de usar hasta que se haya producido tu propia metamorfosis.

—Sé mucho más de lo que pensé que podría aprender —le contestó Akin—. Sé lo suficiente como para curar úlceras en el estómago de un resistente, o cortes y pinchazos en su carne y órganos internos.

—Eka, no creo que te lo permitan hacer.

—Sí, lo harán. Al menos, lo harán hasta que yo cambie. Algunos sí me lo permitirán.

—¿Qué es lo que quieres para ellos, Eka? ¿Qué te gustaría darles?

—Lo que vosotros tenéis. Lo que vosotros sois. —Akin estaba sentado con la espalda apoyada en el curvado costado del Akjai. Éste podía tocarle con varios miembros y darle uno, sensorial, para transmitirle sus señales. Se lo dijo—: Quiero un Akjai Humano.

—He oído que ése es tu deseo. Pero tu especie no puede coexistir con ellos. No de un modo separado. Eso lo sabes.

Akin extrajo el delgado y brillante miembro de su boca y lo miró. Le caía bien el Akjai. Ya llevaba meses siendo su profesor. Le había llevado a lugares de la nave que la mayoría de la gente no vería jamás. Había disfrutado con su fascinación y, deliberadamente, le había ido sugiriendo otras cosas que podría estar interesado en aprender. Akin era, afirmaba el ooloi, un estudiante mucho más dinámico que los que había tenido antes.

Era un amigo. Quizá pudiera hablarle, llegar a él como no había podido llegar a su familia. Quizá pudiera confiar en él. Probó otra vez el miembro.

—Quiero hacer un lugar para ellos —le explicó—. Sé lo que le pasará a la Tierra, pero hay otros mundos. Podríamos cambiar el segundo o el cuarto planeta..., hacerlos más parecidos a la Tierra. Unos pocos de nosotros podríamos hacerlo. He oído que no hay nada vivo en ninguno de ellos.

—No hay allí nada con vida. Se podría transformar más fácilmente el cuarto que el segundo mundo.

—¿Se puede hacer?

—Sí.


—Era tan obvio... Pensé que quizá me equivocase, que quizá hubiese olvidado algo.

—El tiempo, Akin.

—Se ponen las cosas en marcha y se pasa el control a los resistentes. Necesitarán metal, maquinaria, cosas que puedan controlar.

—No.


Akin enfocó toda su atención en el Akjai. No estaba diciendo: no, no podemos darles a los humanos sus máquinas; estaba diciendo: no, los humanos no necesitan máquinas.

—Podemos hacer posible que vivan en el cuarto mundo —dijo—. Y no necesitarán máquinas. Y, si las quisiesen, tendrían que fabricárselas ellos mismos.

—Yo ayudaría en ello. Haría todo lo que fuese necesario.

—Cuando cambies, querrás tener una unión matrimonial.

—Lo sé, pero...

—No lo sabes. La necesidad es más fuerte de lo que puedas comprender ahora.

—Ya es —proyectó humor— bastante fuerte ahora. Sé que, tras la metamorfosis, seré diferente. Si tengo que juntarme, pues habré de juntarme. Encontraré gente que quiera trabajar en esto conmigo. Debe de haber otros a los que pueda convencer.

—Hállalos ahora.

Sobresaltado, Akin no dijo nada por un momento.

—¿Quieres decir con eso que ya estoy cerca de la metamorfosis?

—Más cerca de lo que te piensas. Pero no era a eso a lo que me refería.

—¿Estás de acuerdo conmigo en que puede hacerse? ¿Los resistentes pueden ser trasplantados? ¿Puede serles devuelta su fertilidad de humano con humana?

—Es posible, si puedes lograr un consenso. Pero, si logras un tal consenso, quizá descubras que has elegido un trabajo para toda tu vida.

—¿Acaso ese trabajo para mí no fue elegido, hace ya muchos años?

El Akjai dudó.

—Conozco eso. Los Akjai no tuvimos nada que ver en esa decisión de dejarte durante tanto tiempo entre los resistentes.

—No creía que hubieseis tenido nada que ver. Nunca me ha sido posible hablar de ello con nadie que yo crea que participó en la toma de esa decisión..., que escogió separarme de mi más cercana compañera de camada.

—Y, aun así, ¿harás el trabajo que fue elegido para ti?

—Lo haré. Pero lo haré por los humanos, y por la parte de humano que hay en mí. No por los oankali.

—Eka...


—¿Crees que debería mostrarte lo que yo puedo sentir, todo lo que puedo sentir con Tiikuchahk, mi más cercana compañera de camada? ¿Debería mostrarte todo lo que he tenido con ella? Todos los oankali, todos los construidos, tienen algo que, reunidos los oankali y los construidos, decidieron negarme a mí.

—Muéstramelo.

Akin se sobresaltó de nuevo. Pero, ¿por qué? ¿Qué oankali se negaría a recibir una nueva sensación? Recordó para el Akjai toda la chirriante, cortante disonancia de su relación con Tiikuchahk. Duplicó las sensaciones en el cuerpo del Akjai, junto con la revulsión que le hacían sentir, y la necesidad que tenía de evitar aquella persona a la que tan próximo debía haberse sentido.

—Pienso que Tiikuchahk casi desearía ser un macho para evitar tener cualquier sentimiento sexual —acabó.

—El manteneros separados fue un error —aceptó el Akjai—. Ahora puedo ver por qué se hizo, pero fue un error.

Con anterioridad, sólo la familia de Akin había dicho esto. Y lo habían dicho porque él era uno de ellos, y les dolía verle dolido. Les dolía ver a la familia desequilibrada por un par de compañeros de camada emparejados que no habían logrado emparejarse. La gente que nunca había tenido compañeros de camada cercanos o cuyos compañeros de camada próximos habían muerto no dañaban tanto el equilibrio como lo hacían compañeros de camada cercanos que no lograban conexionarse.

—Deberías regresar con tus parientes —le dijo el Akjai—. Hazles buscaros un joven ooloi para ti y para tu compañera de camada. No deberías de pasar por tu metamorfosis, con tanto dolor separándote de tu compañera de camada.

—Ti hablaba de hallar a un joven ooloi, antes de que la dejase para venir a estudiar contigo. No creo que pudiera soportar el compartir con ella un ooloi.

—Lo harás —le dijo el Akjai—. Es preciso. Vuelve ya, Eka. Puedo sentir lo que tú sientes, pero no importa. Algunas cosas duelen. Ahora regresa y reconcíliate con tu compañera de camada. Después vuelve a mí y te hallaré nuevos maestros..., gente que conozca los procesos de transformar un mundo frío, seco y sin vida en algo en lo que puedan sobrevivir los humanos.

El Akjai estiró su cuerpo y rompió el contacto con él. Cuando Akin se quedó quieto, mirándolo, no deseando abandonarlo, se dio la vuelta y fue él quien se marchó, abriendo el suelo bajo su cuerpo y hundiéndose en el agujero que había practicado. Akin dejó que el agujero se cerrase por sí mismo, sabiendo que, una vez estuviese sellado, no hallaría al Akjai hasta que él quisiese ser hallado.





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