Ritos de madurez



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III

CHKAHICHDAHK

1


—El chico corretea demasiado por ahí —dijo Dichaan mientras estaba sentado, compartiendo una comida con Tino—. Y es demasiado pronto para que empiece la fase errante de su vida.

Tino comía un plato de judías con maíz, y tenía al lado un melón de dulce carne anaranjada, cortado a rodajas, así como platitos de plátano frito y nueces asadas. Estaba, pensó Dichaan, prestándole más atención a su comida que a lo que él le estaba diciendo.

—¡Tino, escúchame!

—Te oigo. —El hombre tragó y se lamió los labios—. Tiene ya veinte años, Chaan. Si no estuviera mostrando una cierta independencia, yo sería el que estaría preocupado.

—No. —Dichaan hizo resonar sus tentáculos—. Su apariencia humana te engaña. Sus veinte años son como... doce años humanos. Menos, en algunos aspectos. Aún no es fértil. No lo será hasta que no se haya completado su metamorfosis.

—¿Cuatro o cinco años más?

—Quizá. ¿A dónde va, Tino?

—No te lo diré. Me pidió que no lo hiciera.

Dichaan se enfocó fijamente en él.

—Nunca he querido seguirlo.

—No lo hagas. No está haciendo daño a nadie

—Yo soy su único familiar paterno del mismo sexo. Debería comprenderle mejor. Y no puedo, porque su herencia humana le impulsa a hacer cosas que yo no espero que haga.

—¿Qué es lo que estaría haciendo un veinteañero oankali?

—Desarrollando una afinidad por uno de los sexos. Comenzando a saber en qué se convertirá.

—Él lo sabe. No sabe qué aspecto tendrá, pero sabe que se convertirá en un macho.

—Sí.


—Bueno, un macho humano de veinte años, en un lugar como éste, estaría explorando, cazando, persiguiendo chicas y pavoneándose. Estaría tratando de demostrarle a todo el mundo que es un hombre, que ya no es un chico. Al menos, eso fue lo que yo hice a esa edad.

—Tal como tú dices, Akin aún es un crío.

—A pesar de su pequeño tamaño, al menos no tiene aspecto de serlo. Y probablemente no se sienta un crío. Y, sea fértil o no, lo cierto es que está jodidamente interesado en las chicas. Y a ellas no parece molestarles.

—Nikanj dijo que pasaría por una etapa de sexualidad casi humana.

Tino se echó a reír.

—Entonces, debe de ser ésta.

—Luego querrá un ooloi.

—Aja. Eso también lo entiendo.

Dichaan dudó. Había llegado a la pregunta que más deseaba hacer, y sabía que a Tino no le gustaría que la hiciese.

—¿Va con los resistentes, Tino? ¿Son ellos el motivo por el que anda errante?

Tino pareció sobresaltado, luego irritado.

—Si lo sabías..., ¿para qué lo has preguntado?

—No lo sabía, lo he supuesto. ¡Tiene que dejar de hacerlo!

—No.


—¡Podrían matarlo, Tino! ¡Se matan los unos a los otros con tanta facilidad!

—Lo conocen. Lo cuidan. Y no va muy lejos.

—¿Quieres decir que saben que es un hombre construido?

—Sí. Ha aprendido algunos de sus dialectos, pero no les ha ocultado su identidad. Su tamaño los desarma: piensan que nadie tan pequeño puede ser peligroso. Por otra parte, eso significa que ha tenido que pelearse varias veces, pues algunos tipos piensan que si es pequeño debe de ser débil y, si es débil, entonces es una presa fácil.

—Es demasiado valioso para esto, Tino. Nos está enseñando lo que puede ser un macho nacido de humana. Aún hay demasiado pocos como él, porque estamos demasiado inseguros como para poder llegar a un consenso...

—¡Entonces, aprended de él! ¡Dejadlo en paz y aprended!

—¿Aprender qué? ¿Que le gusta estar en compañía de los resistentes? ¿Que le gusta luchar?

—No le gusta luchar. Tuvo que decidirse a hacerlo para defenderse, nada más. Y, en cuanto a los resistentes, él dice que tiene que conocerlos, que comprenderlos. Dice que son parte de él.

—¿Qué es lo que aún le falta por aprender?

Tino envaró la espalda y miró a Dichaan.

—¿Acaso lo sabe todo acerca de los oankali?

—...No. —Dichaan dejó que sus tentáculos corporales y craneales colgasen inertes—. Lo siento. Los resistentes no parecen muy complejos..., excepto biológicamente.

—Y, sin embargo, resisten. Prefieren morir antes que venir aquí a vivir vidas fáciles y sin dolor, con vosotros.

Dichaan apartó su comida y enfocó un cono de tentáculos de su cabeza a Tino

—¿Está tu vida libre de dolor?

—A veces..., biológicamente hablando.

No le gustaba que Dichaan lo tocase. A Dichaan le había costado cierto tiempo descubrir que esto se debía no a que fuera oankali, sino a que era un macho. Tino daba la mano o incluso echaba el brazo por encima de los hombros de otros machos humanos, pero le desazonaba la masculinidad de Dichaan. Finalmente había ido a hablar con Lilith, para que le ayudase a comprender esto.

—Tú eres uno de los componentes de su matrimonio —le había dicho solemnemente ella—. Créeme, Dichaan, Tino jamás pensó que fuera a tener un cónyuge macho. Ya le costó bastante trabajo acostumbrarse a Nikanj.

Dichaan no veía que a Tino le hubiese resultado difícil acostumbrarse a Nikanj. La gente se acostumbraba muy deprisa a Nikanj. Y, en los largos e inolvidables apareamientos de grupo, Tino no parecía tener problemas con nadie..., pese a que, después de ellos, tendiese a evitar a Dichaan. En cambio, Lilith no evitaba a Ahajas.

Dichaan se alzó de su plataforma, dejó su ensalada y se acercó a Tino. Éste inició un gesto de retroceso, pero Dichaan lo tomó por los brazos.

—Déjame tratar de comprenderte, Chkah. ¿Cuántos hijos hemos tenido juntos? Estáte quieto.

Tino siguió sentado, inmóvil, y permitió que Dichaan le tocase con unos pocos tentáculos, largos y delgados, de la cabeza. Habían tenido seis hijos juntos: tres chicos de Ahajas y tres chicas de Lilith. El viejo esquema.

—Elegiste venir aquí —dijo Dichaan—, y has elegido quedarte. Estamos muy contentos de tenerte aquí: un padre humano para los chicos y un macho humano para equilibrar los apareamientos de grupo. Un socio, en todos los sentidos. ¿Por qué te hace daño el estar aquí?

—¿Y cómo podría no hacerme daño? —murmuró suavemente Tino—. ¿Y cómo puedes tú no saberlo? Soy un traidor a mi gente; todo lo que hago aquí constituye un acto de traición. Algún día mi gente ya no existirá, y yo habré ayudado a los que la habrán destruido. He traicionado a mis padres..., a todo el mundo. —Prácticamente, su voz se había desvanecido antes de que acabase de hablar. Le dolía el estómago, y estaba empezando a notar dolor de cabeza. A veces tenía unos dolores de cabeza criminales. Y no se lo decía a Nikanj: se iba y los sufría.

Si alguien lo hallaba, lo maldecía. No obstante, no luchaba para evitar que lo ayudasen, si lo intentaban.

Dichaan se acercó a la plataforma en la que estaba sentado. Penetró en la carne de la plataforma, o sea del ser llamado Lo, y le pidió que hiciera venir a Nikanj. Al ser le gustaba hacer este tipo de favores: Nikanj siempre le recompensaba con placer, cuando le pasaba un mensaje.

—Chkah, ¿siente Lilith algo como lo que tú sientes?

—¿Quieres decir que no sabes la respuesta a eso?

—Sé que, al principio, sí que lo sentía. Pero ella sabe que contamos con los genes de los resistentes del mismo modo en que disponemos de cualquier otro gen humano. Sabe que no hay resistentes, vivos o muertos, que no sean ya padres de niños construidos. La diferencia entre los resistentes y ella, bueno, y también tú, es que vosotros habéis decidido actuar como padres.

—¿Realmente cree Lilith eso?

—Sí. ¿Tú no?

Tino miro hacia la lejanía, con la cabeza palpitando.

—Supongo que lo creo, pero no importa. Los resistentes no se han traicionado a sí mismos ni a su Humanidad. No os han ayudado a vosotros en lo que estáis haciendo. Quizá no puedan deteneros, pero al menos no os han ayudado.

—Si todos los humanos fueran como ellos, nuestros niños construidos serían mucho menos humanos, sin importar el aspecto que tuviesen. Sólo sabrían lo que nosotros les pudiésemos enseñar acerca de los humanos. ¿Sería eso mejor?

—Yo no dejo de decirme a mí mismo que no —le contestó Tino—. Y me digo a mí mismo que hay justificación en lo que estoy haciendo. Pero la mayor parte de las veces pienso que me estoy mintiendo a mí mismo. Yo quería niños. Y deseaba..., lo que me hace sentir Nikanj. Y, para conseguir lo que ansiaba, traicioné todo lo que en otro tiempo fui.

Dichaan retiró la comida de Tino de la plataforma y le dijo que se tendiese en ella. Tino se limitó a mirarle. Dichaan, molesto, hizo resonar los tentáculos de su cuerpo.

—Nikanj dice que prefieres soportar el dolor. Dice que necesitas hacerte sufrir, para así poder creer que tu pueblo está siendo vengado, y que tú has pagado la deuda que tienes con ellos.

—¡Y una mierda!

Nikanj llegó del exterior a través de una pared. Los miró a ambos y les lanzó un mal olor.

—Insiste en hacerse daño —le explicó Dichaan—. Me pregunto si no habrá convencido a Akin de que él se lo haga también.

—¡Akin hace lo que más le place! —exclamó Tino—. Comprende lo que yo siento mejor de lo que podáis hacerlo vosotros, pero no es lo que él siente. Él tiene sus propias ideas.

—Tú no eres parte de su cuerpo —le dijo Nikanj, empujándolo hacia atrás para que se recostase. Esta vez sí lo hizo—. Pero eres parte de sus pensamientos. Has hecho más de lo que podría haber hecho Lilith para convencerle de que los resistentes han sido tratados mal y traicionados.

—Los resistentes han sido tratados mal y traicionados —afirmó Tino—. Sin embargo, jamás le dije eso a Akin. No fue necesario, lo vio por sí mismo.

—Estás provocándote otra úlcera —le dijo Nikanj.

—¿Y qué?

—Quieres morir. Y, no obstante, quieres vivir. Amas a tus hijos y a tus padres, y ése es un terrible conflicto. Incluso nos amas a nosotros..., pero piensas que no deberías. —Se subió a la plataforma y se recostó junto a Tino. Dichaan tocó la plataforma con los tentáculos de la cabeza, animándola a crecer y a ensancharse para hacerle sitio. No se le necesitaba, pero quería saber de primera mano qué le pasaba a Tino.

—Recuerdo que Akin me habló de un humano que sangró hasta morir por una úlcera —le dijo a Nikanj—. Uno de los que lo secuestraron.

—Sí. Me dio la identidad del hombre y hallé al ooloi que lo había acondicionado y descubierto que tenía úlceras desde su adolescencia. El ooloi trató de retenerlo con él, por su propio bien, pero el hombre no quiso quedarse.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Tino.

—Joseph Tilden. Voy a hacerte dormir, Tino.

—No me importa —murmuró. Al cabo de un rato fue quedándose dormido.

—¿Cómo empezó todo? —le preguntó Nikanj a Dichaan.

—Le pregunté por las desapariciones de Akin.

—¡Ah! Tenías que habérselo preguntado a Lilith.

—Pensé que Tino sabría lo que pasaba.

—Lo sabe, y le preocupa mucho. Piensa que Akin es más leal a la Humanidad que él mismo. Y no comprende por qué Tino está tan obsesionado por los resistentes.

—No me había dado cuenta de que estuviese tan obsesionado —comentó Dichaan—. Debería haberme fijado.

—La gente le privó a Akin de la proximidad con su compañera de camada y, a cambio, le dio una obsesión compensadora. Él lo sabe.

—¿Y qué hará?

—Chkah, también es hijo tuyo..., ¿qué crees tú que hará?

—Tratar de salvarlos..., lo que queda de ellos, de sus muertes vacías e innecesarias. Pero, ¿cómo?

Nikanj no le contestó.

—Es imposible. No puede hacer nada.

—Quizá no, pero el problema lo tendrá ocupado hasta su metamorfosis. Entonces, espero que lo ocupen los otros sexos.

—¡Pero todo no puede limitarse a eso!

Nikanj alisó sus tentáculos corporales, divertido.

—Parece que cualquier cosa que tiene que ver con los humanos lleva en sí contradicciones. —Hizo una pausa—. Examina a Tino. ¡Dentro de él están trabajando tantas cosas juntas para mantenerlo en vida...! Dentro de sus células, las mitocondrias, que antes eran una forma de vida independiente, han hallado un refugio; e intercambian su habilidad de sintetizar las proteínas y metabolizar las grasas por un lugar en el que vivir y reproducirse. También nosotros estamos ahora en sus células, y las células nos han aceptado. Un organismo oankali dentro de cada célula, dividiéndose con cada célula, extendiendo la vida, resistiendo a la enfermedad. Incluso antes de que llegásemos nosotros, ellos tenían bacterias viviendo en sus intestinos y protegiéndolos de otras bacterias que los matarían o harían enfermar. No podrían existir sin relaciones simbióticas con otros seres. Y, a pesar de ello, tales relaciones los aterran.

—Nika... —deliberadamente, Dichaan entrelazó sus tentáculos de la cabeza con los de Nikanj—. No somos como las mitocondrias o las bacterias benéficas, Nikanj, y ellos lo saben.

Silencio.

—No deberíais mentirles. Sería mejor no decirles nada

—No, no, lo sería. Cuando nos mantenemos callados, ellos suponen que es porque la verdad debe de ser terrible. Pienso que somos tan simbiontes como lo eran originalmente las mitocondrias: los humanos no podrían haber evolucionado hasta lo que son sin las mitocondrias..., quizá su Tierra sólo siguiese estando habitada por bacterias y algas. No sería muy interesante.

—¿Tino estará bien?

—No, pero yo me ocuparé de él.

—¿No puedes hacer nada para impedirle que se haga daño a sí mismo?

—Podría volver a hacerle olvidar parte de su pasado.

—¡No!


—Sabes que no lo haría. Incluso aunque no hubiera visto al hombre simple, vacío, que era antes de que le volviese la memoria, eso es algo que no haría nunca. No me gusta manejarlos de ese modo, pierden mucho de lo que yo valoro en ellos.

—Entonces, ¿qué es lo que harás? No puedes limitarte a irlo reparando hasta que acabe por dejarnos y, quizá, matarse.

—No nos dejará.

Con ello quería decir que no lo dejaría ir, no podía dejarlo ir. Los ooloi podían comportarse así, cuando hallaban a un humano por el que se sentían fuertemente atraídos. Así, por ejemplo, Nikanj no podía dejar marcharse a Lilith, por mucho que la dejase vagar por ahí.

—Y Akin, ¿estará bien?

—No lo sé.

Dichaan se soltó de Nikanj y se sentó, doblando sus piernas bajo él.

—Voy a apartarlo de los resistentes.

—¿Por qué?

—Más pronto o más tarde, uno de ellos lo matará. Desde que lo secuestraron les hemos confiscado las armas de fuego, pero siempre hacen más, y las nuevas siempre son más efectivas. Mayor alcance, mayor precisión, mayor seguridad para los humanos que las emplean... Los humanos son demasiado peligrosos. Y sólo son una parte de él: que aprenda qué más es.

Nikanj alzó sus tentáculos craneales, sobresaltado, pero no dijo nada. Si tenía algunos favoritos entre los niños, desde luego Akin se contaba entre ellos. No tenía hijos de su mismo sexo, y esto era una auténtica carencia. Akin era único y, cuando estaba en casa, pasaba buena parte de su tiempo con Nikanj. Pero Dichaan seguía siendo su padre del mismo sexo.

—No por mucho tiempo, Chkah —dijo suavemente Dichaan—. No lo mantendré apartado de ti por mucho tiempo. Y te traerá todos los cambios que halle en Chkahichdahk.

—Siempre me trae cosas —susurró Nikanj. Pareció relajarse, aceptando la decisión de Dichaan—. Da todos los rodeos que sean necesarios para hallar cosas nuevas que probar y traerme. ¡Y queda tan poco tiempo, hasta que se metamorfosee y comience a darles sus adquisiciones a sus cónyuges!

—Un año —comentó Dichaan—. Lo traeré de vuelta en sólo un año.

Se tendió de nuevo, para reconfortar a Nikanj, y no le sorprendió comprobar que, realmente, el ooloi necesitaba consuelo. Le había desconcertado el modo en que Tino castigaba su propio cuerpo, constantemente, con sus frustraciones y confusiones. Y ahora aún estaba más desconcertado: iba a perder un año de la niñez de Akin. Aun encontrándose en su propia casa, con su gran familia a su alrededor, se sentía cansado y solo.

Dichaan se unió al sistema nervioso del ooloi. Podía notar cómo su propio y profundo nexo familiar estimulaba el de Nikanj. Esos nexos se expandían y cambiaban a lo largo de los años, pero nunca se debilitaban. Y jamás dejaban de lograr capturar el más grande interés en Nikanj.

Luego, Dichaan le diría a Lo que mandase una señal a la nave, para que ésta enviase un transbordador. Más tarde, le diría a Akin que había llegado la hora de que aprendiese más cosas de la parte oankali de su herencia.




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