Ritos de madurez



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7


En el poblado Siwatu, la gente se parecía mucho a Lilith. Hablaban inglés, swahili, y un puñado de otros idiomas. Examinaron a Akin y mostraron grandes deseos de comprarlo, pero no mandarían a una de las mujeres del poblado fuera de éste, con unos extranjeros. Las mujeres cogieron a Akin, y lo bañaron y lo alimentaron como si él no pudiera hacer nada por sí mismo. Varias de ellas creían que sus pechos podrían ser obligados a dar leche, si guardaban a Akin con ellas.

Los hombres se mostraban tan fascinados con él, que sus captores se asustaron. Así que, una noche sin luna, lo cogieron y escaparon del poblado. Akin no quería ir, le gustaba estar con aquellas mujeres que sabían cómo alzarlo en brazos sin hacerle daño, y que le daban comida interesante. Le gustaba el modo en que olían y la suavidad de sus pechos y de sus voces, agudas y vacías de toda amenaza.

Pero Iriarte se lo llevó de allí en brazos, y pensó que, si gritaba, al hombre lo matarían. Desde luego, habría muertos. Quizá sólo hubiese sido Galt, que le lanzaba patadas siempre que lo tenía cerca, o Damek, que había atacado a Tino; pero con más probabilidad caerían sus cuatro secuestradores y varios habitantes del poblado. Y quizá incluso muriese él mismo. Había visto que, cuando estaban luchando, los hombres podían llegar a enloquecer. Y entonces hacían cosas que luego los asombraban y avergonzaban.

Akin dejó que lo llevasen a las canoas de los bandoleros. Ahora tenían dos: la que tenían al principio y otra, más ligera, que habían encontrado en Hillmann. A Akin lo colocaron en la nueva, entre dos equilibrados montones de artículos de comercio. Tras uno de estos montones remaba Iriarte. Frente al otro lo hacía Kaliq. Al menos, Akin se alegraba de no tener que estar preocupado por los pies o el remo de Galt. Y continuaba evitando a Damek siempre que le era posible, a pesar de que el hombre se mostraba amistoso hacia él. Actuaba como si el niño no le hubiese visto golpear a Tino.


8


En Vladlengrad había oankali. Galt los vio por entre la lluvia, en otra de las bifurcaciones del río. Estaban muy lejos y, al principio, el mismo Akin no los vio: seres grises, deslizándose fuera del agua gris hasta la sombra de los árboles de la orilla, y todo ello bajo una fuerte lluvia.

Los hombres ignoraron su cansancio para remar con fuerza hacia el ramal izquierdo del río, abandonando el derecho, que llevaba a Vladlengrad y los oankali.

Los hombres remaron hasta que estuvieron absolutamente exhaustos. Al fin, de mala gana, se arrastraron ellos y arrastraron sus botes hasta una orilla baja. Ocultaron los botes, comieron pescado ahumado y frutas secas de Siwatu, y bebieron un vino no muy fuerte. Kaliq cogió a Akin en brazos y le dio un poco de vino. El niño descubrió que le gustaba, pero sólo bebió un poquito: a su cuerpo no le agradaba la desorientación que provocaba y, de tomar una cantidad mayor, la hubiera expulsado. Cuando hubo comido los alimentos que le dio Kaliq, fue a buscar algo más que pastar por los alrededores. Recogió varias nueces grandes en una hoja ancha y se las llevó a Kaliq.

—Ya he visto esto antes —le dijo Kaliq, examinando una nuez—. Creo que son de una de las especies nuevas, de después de la guerra. Me preguntaba si serían buenas o no para comer.

—Yo no las comería —le aconsejó Galt—. Paso de todo lo que no existía antes de la guerra.

Kaliq tomó dos de las nueces en una mano y las apretó. Akin pudo oír romperse las cascaras. Cuando abrió la mano varias semillas, pequeñas y redondas, rodaron entre los fragmentos de cascara. Kaliq se las ofreció a Akin, y éste tomó la mayoría, agradecido. Las comía con tan obvio placer, que Kaliq se echó a reír y también se comió una. La masticó lenta y cautelosamente.

—Sabe a... no sé a qué sabe. —Se comió el resto—. Son muy buenas, mejores que todo lo que he comido últimamente.

Se acomodó para ir partiendo y comer el resto, mientras Akin le traía otra hoja de ellas a Iriarte. En el suelo no había demasiadas de esas nueces buenas: la mayor parte de ellas estaban infectadas por insectos, así que comprobaba cada una con la lengua, para asegurarse de que estaban bien. Y cuando Damek se decidió a recoger nueces por su cuenta, casi todas ellas estaba infectadas por larvas de insectos. Esto le hizo mirar a Akin con duda y sospecha. El niño lo vigiló sin mirarle, contemplándole sin ojos, hasta que el hombre se alzó de hombros y tiró disgustado el resto de las nueces. Volvió a mirar a Akin y escupió al suelo.


9


Fénix.

Los cuatro resistentes habían estado manteniéndose alejados de él, porque sabían que Tino había sido de allí. Era el primer sitio que registrarían los oankali, y quizá en donde se quedasen más tiempo. Pero Fénix también era la más rica de las localidades de resistentes que conocían. Sus habitantes mandaban gente a las colinas, a recuperar metal de lugares habitados antes de la guerra, y sabían cómo darle forma. Y en Fénix había más mujeres que en cualquier otro poblado, porque sus habitantes las cambiaban por metal. También cultivaban algodón y con él hacían ropa suave y confortable. Y plantaban y sangraban árboles del caucho, y otros que daban un tipo de aceite que podía ser usado en sus lámparas, sin necesidad de refinarlo. Y Fénix tenía casas grandes y hermosas, una iglesia, un almacén general, vastas granjas...

Era, según afirmaban los bandoleros, como una pequeña ciudad de las de antes de la guerra..., y, desde luego, no parecía estar habitada por gente que hubiera perdido ya las esperanzas, cuyo único deseo fuera ya matar a unos pocos oankali antes de morir.

—En una ocasión casi me quedo a vivir aquí —dijo Damek, cuando hubieron escondido las canoas y comenzado su caminata en fila india hacia las colinas y Fénix. Ésta se hallaba a muchos días de camino al sur de Hillmann y en un ramal diferente del río; pero, además, se encontraba situada mucho más cerca de las montañas que la mayoría de los poblados, tanto comerciales como resistentes.

—Juro —prosiguió Damek— que aquí tienen de todo..., menos críos.

Iriarte, que llevaba a Akin, suspiró quedamente.

—Aquí te comprarán, niño —dijo—. Y, si no los asustas, te tratarán bien.

Akin se movió en los brazos del hombre para demostrarle que le estaba escuchando. Iriarte había cogido la costumbre de hablarle, y parecía aceptar sus movimientos como suficiente respuesta.

—Háblales —susurró Iriarte—. Voy a decirles que puedes hablar y que entiendes las cosas como un niño mucho mayor, así que hazlo. No es bueno tratar de pasar por algo que no eres y luego darles un susto de muerte al mostrar lo que realmente eres. ¿Me entiendes?

Akin se movió otra vez.

—Dímelo, niño. Háblame. No quiero quedar como un tonto.

—Te entiendo —le susurró Akin al oído.

Apartó por un momento a Akin hasta tenerlo al extremo de sus brazos y lo miró. Finalmente sonrió, pero la suya era una extraña sonrisa.

—Aún sigues pareciéndote a uno de mis hijos —le dijo—. No quiero perderte.

Akin lo probó. Hizo ese gesto con gran rapidez, colocando deliberadamente su boca contra el cuello del hombre del modo que los humanos llamaban dar un beso. Iriarte notaría ese beso y nada más. Eso era bueno. Creía que un humano que sintiese lo que él sentía lo habría expresado con un beso. Su necesidad propia era la de comprender a Iriarte mejor, y seguir comprendiéndolo. Deseó atreverse a estudiarle del modo calmado y concienzudo con que había estudiado a Tino. Lo que tenía ahora era una grabación de Iriarte: podría haberle dado a un ooloi las pocas células que había tomado del humano, y el ooloi podría haber usado la información para construir un nuevo Iriarte. Pero una cosa era saber cómo estaba hecho el hombre, y otra muy distinta saber cómo funcionaban juntas las distintas partes..., cómo cada porción era expresada en su función, comportamiento y apariencia.

—Será mejor que vigiles a ese crío —comentó Galt desde varios pasos más atrás—. Un beso suyo puede ser igual que el beso de una serpiente venenosa.

—Ese hombre tuvo tres hijos antes de la guerra —susurró Iriarte—. Le gustabas. No deberías de haberlo asustado.

Akin lo sabía. Suspiró. ¿Cómo podía dejar de asustar a la gente? Nunca había visto a un niño humano, ¿cómo podía actuar como uno? ¿Sería más fácil no asustar a los de aquella localidad si sabían que podía hablar? Así debía ser. Después de todo, Tino no le había tenido miedo. Se había mostrado curioso, suspicaz, asombrado cuando el niño no humano le tocaba, pero no asustado. Tampoco peligroso.

Y la gente de Fénix era su gente.

Fénix era mucho más grande y más hermoso que Hillmann. Las casas eran grandes y de colores blanco, gris o azul. Tenían las ventanas con cristales de las que había fanfarroneado Tino..., ventanas que destellaban con la luz reflejada. Había grandes campos de cultivo, y almacenes, y una estructura muy ornamentada que debía de ser la iglesia. Tino se la había descrito a Akin y había tratado de explicarle para qué servía. Akin seguía sin entenderlo, pero si era preciso podía repetir la explicación de Tino. Incluso podía decir las oraciones que Tino le había enseñado, tras considerar escandaloso el que nadie lo hubiera hecho antes.

Había machos humanos trabajando en los campos, plantando algo. Más hombres salieron de las casas, para mirar a los visitantes. Había un débil olor de oankali en el poblado. Ya era viejo de varios días..., exploradores que habían llegado, habían buscado, esperado, y finalmente se habían ido. Ninguno de ellos había sido de su familia.

¿Estarían buscándole sus padres?

Y, en este poblado humano, ¿dónde estaban las mujeres?

Dentro. Podía olerías dentro de sus casas..., podía oler su excitación.

—No digas ni una palabra hasta que yo te lo indique —susurró Iriarte.

Akin se movió para indicarle que le había escuchado, luego giró en brazos del hombre para situarse de cara a la gran casa, bien construida sobre pilastras bajas, hacia la que caminaban, y al alto y delgado hombre que les esperaba, a la sombra del tejadillo de lo que parecía un porche. Las paredes del mismo sólo le llegaban hasta la cintura al hombre, y el techo estaba sostenido por unos postes redondeados colocados a intervalos regulares. Esa media habitación le recordaba a Akin un dibujo que le había visto hacer a una mujer humana de Lo, Cora: grandes edificios cuyos sobresalientes techos eran aguantados por enormes postes redondos, muy decorados.

—Así que éste es el chaval —dijo el hombre alto. Sonrió. Tenía una barba corta, muy bien arreglada, y llevaba el cabello, muy negro, también muy corto. Vestía una camisa blanca y pantalones cortos, que mostraban unos brazos y piernas asombrosamente peludos.

Una pequeña mujer rubia salió de la casa para colocarse junto a él.

—¡Dios mío! —dijo—. Es un chico muy guapo. ¿No tiene nada malo?

Iriarte subió varios escalones y colocó a Akin en los brazos de la mujer.

—Es muy guapo —le dijo en voz baja—. Pero tiene una lengua a la que tendrán que acostumbrarse..., en más de un sentido. Y es muy, muy inteligente.

—Y está en venta —dijo el hombre alto, con sus ojos puestos en Iriarte—. Entren, caballeros. Me llamo Gabriel Rinaldi, y ésta es mi esposa, Tate.

La casa era fresca y oscura y dentro olía bien. A hierbas y flores. La rubia se llevó a Akin a otra habitación y le dio un trozo de piña para comer, mientras servía bebidas para los invitados.

—Espero que no te orines en el suelo —le dijo, mirándolo.

—No lo haré —le dijo él, impulsivamente. Algo le hacía desear hablar con esta mujer. Había deseado hablar con las mujeres de Siwatu, pero no se había atrevido. Nunca había estado a solas con una de ellas. Y había tenido miedo a su reacción de grupo ante su aspecto no humano.

La mujer le miró, con los ojos momentáneamente muy abiertos. Luego le sonrió, con sólo el lado izquierdo de su boca.

—Así que a esto era a lo que se refería el bandolero cuando habló de ese lengua tuya. —Lo alzó y lo puso sobre un mostrador en el que podría hablarle sin tener que inclinar el cuerpo o la cabeza—. ¿Cómo te llamas?

—Akin —Nadie le había preguntado su nombre durante su cautividad. Ni siquiera Iriarte.

—Akin —repitió ella—. ¿Qué edad tienes?

—Diecisiete meses. —Pensó un instante—. No, dieciocho ya.

—Muy, muy inteligente —dijo Tate, repitiendo lo dicho por Iriarte—. ¿Debemos comprarte, Akin?

—Sí, pero...

—¿Pero?

—Quieren una mujer.



Tate se echó a reír.

—¡Naturalmente! E incluso puede que podamos hallarles alguna. Los hombres no son los únicos que sienten picores en los pies. Pero, ¡Cristo!, cuatro hombres... Será mejor que también sienta picores en uno o dos sitios más.

—¿Cómo?

—Es una broma, pequeñín. ¿Por qué quieres que te compremos?



Akin dudó, y finalmente dijo:

—Iriarte me quiere y también Kaliq, pero Galt me odia porque parezco más humano de lo que soy. Y Damek asesinó a Tino.

Miró al rubio cabello de ella, sabiendo que no era pariente de Tino. Pero quizá lo hubiera conocido, hubieran sido amigos. Porque era difícil haberlo conocido y que no le cayese bien a uno.

—Tino vivió aquí —siguió—. En realidad se llamaba Agustín Leal. ¿Lo conocías?

—Oh, sí. —Se había quedado muy quieta, y estaba absorta en Akin. Si hubiese sido oankali, todos sus tentáculos habrían estado alargados hacia él, en un cono viviente—. Sus padres aún viven aquí. Pero él..., no pudo ser tu padre. Y eso que te pareces a él.

—Mi padre humano está muerto, Tino tomó su lugar. Damek lo llamó traidor y lo mató.

Ella cerró los ojos y apartó la cara.

—¿Estás seguro de que Tino ha muerto?

—Estaba vivo cuando se me llevaron, pero le habían roto los huesos de la cabeza con la parte de madera de un arma de fuego. Y no había nadie cerca que le pudiera ayudar. Debe de haber muerto.

Ella alzó a Akin del mostrador y le dio un fuerte abrazo.

—¿Te gustaba, Akin?

—Sí.


—Aquí lo adorábamos. Era el hijo que la mayoría de nosotros jamás tuvimos. Sin embargo, todos sabíamos que se iría algún día..., ¿qué había para él en un lugar como éste? Le di un paquete de comida para el viaje y le señalé la ruta que, más o menos, llevaba hacia Lo. ¿Llegó allí?

—Sí.


De nuevo sonrió con sólo la mitad de la boca.

—Así que eres de Lo. ¿Quién es tu madre?

—Lilith lyapo. —A Akin no le pareció que a ella le fuese a gustar el que dijese el nombre de su madre en oankali.

—¡Hija de puta! —susurró Tate—. Escucha, Akin, no le digas a nadie más ese nombre. Quizá ya no importe, pero por si acaso no lo digas.

—¿Por qué?

—Porque aquí hay gente que odia a tu madre. Porque aquí hay gente que te haría daño a ti, al no poder hacérselo a ella. ¿Me comprendes?

Akin miró al rostro bronceado por el sol. Tenía unos ojos muy azules..., no como los pálidos ojos de Wray Ordway, sino de un color profundo e intenso.

—No lo entiendo —murmuró—. Pero te creo.

—Bien. Si haces eso, te compraremos. Yo me encargo de ello.

—En Siwatu, los bandoleros se me llevaron porque temían que la gente del poblado me fuese a robar.

—No te preocupes, una vez deje la bandeja y a ti en la sala de estar, me ocuparé de que no vayan a parte alguna hasta que hayamos acabado de hacer negocios con ellos.

Llevó la bandeja con las bebidas, y dejó que Akin la acompañase caminando hasta donde estaba su esposo con los bandoleros. Luego salió.

Akin se subió al regazo de Iriarte, sabiendo que iba a perderlo y lamentando ya su falta.

—Tendremos que hacer que nuestro doctor le eche una ojeada —estaba diciendo Gabriel Rinaldi. Hizo una pausa—: ¡Déjame que vea tu lengua, chico!

Obedientemente, Akin abrió la boca. No sacó la lengua en toda su extensión, pero tampoco hizo nada por ocultarla.

El hombre se alzó y la estudió por un momento, luego agitó la cabeza.

—Espantosa. Y posiblemente venenosa. Las de los construidos acostumbran a serlo.

—Le vi morder a un agutí y matarlo —intervino Galt.

—Pero jamás ha hecho ningún intento de mordernos a nosotros —dijo con irritación Iriarte—. Siempre ha hecho lo que le hemos mandado. Se ha ocupado por sí mismo de sus necesidades corporales... Y sabe, mejor que nosotros, lo que es comestible y lo que no. No hay que preocuparse porque coja cosas y se las coma; lo ha estado haciendo desde que nos lo llevamos con nosotros: semillas, nueces, flores, hojas, hongos..., y nunca ha enfermado. Nunca ha comido carne o pescado y yo, si fuera ustedes, no lo forzaría a hacerlo. Los oankali tampoco comen eso. Tal vez lo enfermaría.

—Lo que yo quiero saber —interrumpió Rinaldi—, es lo humano que es..., mentalmente. Ven aquí, chaval.

Akin no deseaba ir. El mostrar la lengua era una cosa; el colocarse deliberadamente en unas manos que podían no ser amistosas era otra muy distinta. Alzó la vista hacia Iriarte, esperando que no lo dejase ir; pero, por el contrario, el bandolero lo puso en el suelo y le dio un empujoncito en dirección al de Fénix. De mala gana, se dirigió hacia éste.

Rinaldi se alzó, impaciente, y levantó a Akin en sus brazos. Luego se sentó, girando al niño en su regazo, mirándolo por todos lados y al fin colocándolo cara a él.

—De acuerdo, dicen que puedes hablar. Así que habla.

Akin se volvió de nuevo para mirar a Iriarte. No quería empezar a hablar en una habitación llena de hombres, cuando el hablar ya había hecho que uno de ellos le odiase.

Iriarte asintió con la cabeza.

—Habla niño. Obedécele.

—Dinos tu nombre —pidió Rinaldi.

Akin sonrió sin querer. Era ya la segunda vez que le preguntaban su nombre: a esa gente parecía importarle quién era, y no sólo lo que era.

—Akin —dijo en voz baja.

—¿Akin? —Rinaldi lo miró con el ceño fruncido—. ¿Es ése un nombre humano?

—Sí.

—¿En qué idioma?



—En yoruba.

—¿En yo...qué? ¿En qué país hablaban eso?

—En Nigeria.

—¿Y por qué tienes un nombre nigeriano? ¿Es nigeriano alguno de tus padres?

—Significa héroe. Y si se le añade una s, significa chico valiente. Yo soy el primer niño que nace de mujer humana desde la guerra.

—Eso es lo que dijeron los gusanos que te andaban buscando —aceptó Rinaldi. Volvió a fruncir el ceño—. ¿Sabes leer?

—Sí.

—¿Cómo puedes haber tenido ya tiempo de aprender a leer?



Akin dudó.

—No olvido las cosas —dijo al fin, con voz suave.

Los bandoleros parecieron sobresaltarse.

—¿Nunca? —le preguntó Damek—. ¿Nada?

Rinaldi se limitó a asentir con la cabeza.

—Así es como son los oankali —dijo—. Y, cuando lo desean, pueden hacer que esta habilidad se dé en un humano..., cuando ese humano acepta serles útil. Pensé que ése sería el secreto del niño.

Akin, que había considerado si mentir o no, se alegró de no haberlo hecho. Siempre encontraba fácil el decir la verdad y le costaba trabajo el obligarse a mentir. Y eso que podría haber mentido de un modo muy convincente, si el mentir le fuese a haber mantenido con vida y le hubiera evitado dolor a manos de aquellos hombres. No obstante, le resultaba más fácil el esquivar las preguntas... tal como lo había hecho con la referente a sus padres.

—¿Quieres quedarte aquí, Akin? —le preguntó Rinaldi.

—Si me compráis, me quedaré —contestó el niño.

—¿Deberíamos comprarte?

—Sí.

—¿Por qué?



Akin miró de reojo a Iriarte.

—Ellos quieren venderme. Si tengo que ser vendido, preferiría que fuese aquí.

—¿Por qué?

—Vosotros no me tenéis miedo ni me odiáis. Yo tampoco os odio.

Rinaldi se echó a reír. Eso complació a Akin; había confiado en hacer reír a aquel hombre, pues allá en Lo había aprendido que, si hacía reír a los humanos, éstos estaban más a gusto con él..., aunque, claro, en Lo jamás había estado a la merced de gente que quizá pudiese hacerle daño por el solo hecho de no ser humano.

Rinaldi le preguntó la edad y el número de idiomas humanos que hablaba, y la utilidad de su larga lengua gris. Akin sólo omitió información acerca de su lengua:

—Huelo y saboreo con ella —dijo—. También puedo oler con mi nariz, pero mi lengua me dice más cosas.

Todo ello era cierto, pero Akin había tomado la decisión de no decirle a nadie qué otras cosas podía hacer su lengua. La idea de que probase sus células, sus genes, podría alterarles demasiado.

Una mujer a la que llamaban doctora entró, tomó a Akin de manos de Rinaldi y comenzó a examinar, toquetear y escudriñar su cuerpo. No le habló, a pesar de que Rinaldi le había dicho que el niño podía hablar.

—Tiene algunos puntos con una textura rara en su espalda, brazos y abdomen —dijo al fin—. Supongo que es donde le crecerán tentáculos dentro de unos años.

—¿Es así? —le preguntó Rinaldi al niño.

—No lo sé —contestó Akin—. La gente nunca sabe cómo será después de la metamorfosis.

La doctora se apartó de él, tambaleándose, tras lanzar un sonido inarticulado.

—Ya te dije que podía hablar, Yori.

Ella agitó la cabeza.

—Pensé que querías decir que podía farfullar, como hacen los bebés.

—Quería decir que lo puede hacer tan bien como tú o yo. Hazle preguntas y él te contestará.

—¿Qué puedes decirme de esos puntos de tu piel? —le preguntó al fin.

—Son puntos sensoriales. Puedo ver y saborear con la mayoría de ellos. —Y podía efectuar conexiones sensoriales con cualquier otro que tuviese tentáculos o puntos sensoriales. Pero no iba a hablarles a los humanos de aquello.

—¿Te molesta cuando te los tocamos?

—Sí. Estoy acostumbrado a que lo hagan, pero sigue molestándome.

Dos mujeres entraron en la habitación, e hicieron salir a Rinaldi con ellas.

Un hombre y una mujer entraron y se pusieron a mirar a Akin..., simplemente se quedaron allí de pie, mirándole y escuchándole, mientras contestaba a la doctora. Supuso quiénes eran incluso antes de que finalmente hablasen con él.

—¿Realmente conociste a nuestro hijo? —le preguntó la mujer. Era diminuta. Todas las mujeres que había visto hasta el momento eran pequeñitas, tanto, que hubieran parecido niñas puestas al lado de su madre y sus hermanas. Sin embargo, eran suaves y sabían cómo alzarle en brazos sin hacerle daño. Y ni le tenían miedo ni asco.

—Su hijo... ¿era Tino? —le preguntó a la mujer.

Ella asintió con un gesto, manteniendo la boca muy apretada. Entre sus ojos se habían formado pequeñas arrugas.

—¿Es cierto? —le preguntó—. ¿Lo han matado?

Akin se mordió los labios, atrapado súbitamente por la emoción de la mujer.

—Creo que sí. Nada podría haberlo salvado, a menos que lo hubiese hallado rápidamente un oankali..., y ningún oankali me oyó cuando grité pidiendo auxilio.

El hombre se acercó mucho al niño, con una expresión en el rostro que Akin nunca antes había visto..., pero que entendía.

—¿Cuál de ellos lo mató? —exigió saber el padre. Su voz era tan baja que sólo la oyeron el niño y las dos mujeres. La doctora, que estaba algo por detrás del hombre, hizo un gesto negativo con la cabeza. Sus ojos eran parecidos a los que había tenido su padre humano, Joseph: más alargados que redondos. Akin había estado esperando la oportunidad para preguntarle si era china. Ahora, sin embargo, los ojos de la doctora estaban desorbitados por el miedo. Akin reconocía el miedo cuando lo veía.

—Fue uno que murió —mintió en voz queda Akin—. Se llamaba Tilden. Tenía una enfermedad que le hacía sangrar, y sufrir, y odiar a todo el mundo. Los otros hombres la llamaban úlcera. Un día echó demasiada sangre y se murió. Creo que los otros lo enterraron, pero uno de ellos me llevó a otra parte, para que no lo viese.

—¿Sabes realmente que está muerto? ¿Estás seguro?

—Sí. Después de su muerte, los otros estuvieron tristes, irritados y peligrosos por un tiempo. Tuve que andarme con pies de plomo.

El hombre se lo quedó mirando durante un largo rato, tratando de ver lo que cualquier oankali hubiera sabido con un simple contacto, y que, en cambio, aquel hombre nunca sabría. Aquel hombre había amado a Tino. ¿Cómo podría Akin, aunque no se lo hubiera advertido la doctora, haberlo mandado a enfrentarse, con las manos desnudas, a un hombre que llevaba un arma de fuego y que estaba respaldado por tres amigos con otras tantas armas de fuego?

El padre de Tino le dio la espalda a Akin y se fue al otro lado de la habitación, donde los dos Rinaldi, las dos mujeres que habían entrado y los cuatro bandoleros estaban hablando, gritando y gesticulando. Akin se dio cuenta de que habían empezado el regateo por él. El padre de Tino era más bajo que la mayoría de los hombres, pero, cuando se metió en medio de ellos, todos dejaron de hablar. Y quizá fuese la expresión del rostro del hombre lo que hizo que Iriarte acariciase el rifle que tenía junto a él.

—¿Alguno de ustedes se llama Tilden? —preguntó el padre de Tino. Su voz era tranquila y suave.

Los bandoleros estuvieron un momento sin contestar le. Luego, irónicamente, fue Damek quien le contestó:

—Murió, amigo. Su ulcera acabó con él.

—¿Lo conocía usted? —preguntó Iriarte.

—Me gustaría haberlo conocido —contestó el padre de Tino. Y salió de la casa. Tate Rinaldi miró hacia Akin, pero nadie más parecía prestarle atención. Pronto se olvidaron del padre de Tino, para seguir con su regateo. La madre de Tino alisó el cabello de Akin y le miró un momento a la cara.

—¿Qué era mi hijo para ti? —le preguntó.

—Tomó el lugar de mi difunto padre humano.

Ella cerró los ojos por un instante, y por su rostro corrieron lágrimas. Finalmente, le besó en la mejilla y se marchó.

—Akin —le preguntó la doctora en voz muy baja—, ¿les has dicho la verdad?

El niño la miró, y decidió no contestarle. Deseaba no haberle dicho a Tate Rinaldi la verdad. Ésta le había mandado a los padres de Tino..., hubiera sido mejor no verlos hasta que los bandoleros no se hubiesen marchado. Tenía que recordar, no podía dejar de recordar siempre, lo muy peligrosos que eran los seres humanos.

—No se la digas nunca —susurró Yori. Aparentemente, su silencio ya le había dicho lo bastante—. Ya ha habido bastantes muertes. Morimos y morimos, y no nace nadie.

Le puso las manos a ambos lados de la cara y le miró, con su expresión pasando del dolor al odio y luego a algo absolutamente irreconocible. De pronto le dio un fuerte abrazo, y él tuvo miedo de que lo aplastase, lo arañase, o lo tirase de un empujón, y, en cualquiera de los casos, le hiciera daño. ¡Había tanta emoción reprimida en ella, tanta tensión mortífera en su cuerpo...!

Lo dejó. Habló unos instantes con Rinaldi, y luego salió de la casa.




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