Revista sudestada diciembre de 2004 en caso de angustia… moffatt



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Revista SUDESTADA Diciembre de 2004



EN CASO DE ANGUSTIA… MOFFATTL

Entrevista de Patricio Féminis

El Psicólogo Social Alfredo Moffatt, creador de Comunidades Autogestivas Alternativas para locos y villeros, viajó a fines de noviembre a Asunción del Paraguay, para asistir terapéuticamente a los sobrevivientes del incendio del 1º de agosto en el centro comercial Ycuá Bolaños, donde en ocho minutos murieron calcinadas quinientas personas. 

“Yo soy un psicólogo cartonero… o piquetero, ¿por qué no? uno de noche y otro de día. También me dicen comandante oyitero, pero en la jerga maleva soy el Moncho Cardozo, muy lejano del Alfredo Moffatt, arquitecto”.

Sentado en el borde de la cama, en su dormitorio de la Escuela de Psicología Social que fundó y dirige, Alfredo Moffatt se enumera. A su lado, un perro con pelo como lana sucia bufa entre sueños.

“Moncho Cardozo… estirpe de malandras y de guapos”, recita, “como picao‘e viruela”. Moffatt afirma que convirtió su mayor defecto –el de volverse otro- en su mayor virtud: en 1971 fundó, junto a Enrique Pichón Rivière, pionero de la psicología social, la Peña Carlos Gardel, un área alternativa en el fondo del Hospital Borda, donde conjugaron psicodrama, terapia existencial y psicoanálisis, hasta que fue cerrada por la dictadura. Pasada la Guerra de Malvinas, creó El Bancadero y su hermano menor El Bancapibes, dos prácticas autogestivas basadas en grupos operativos para psicóticos y chicos de la calle del Once.

“Hacerse cargo del dolor ajeno tiene su precio; yo vivo como cartonero”, asume el psicólogo y fotógrafo, tratando de reconocerse en el espejo cóncavo que abarca su dormitorio como una cámara de vigilancia. Acaricia el borde de la mesa de madera, sobre la que hay una caja de cartón con cacharros innumerables. El domingo 21 de noviembre por la noche regresó de Asunción del Paraguay, adonde, enviado por la ONU asistió a las familias y sobrevivientes del incendio del centro comercial Ycuá Bolaños, del pasado 1º de agosto.

Ese domingo era el día del amigo: en el patio de comidas había mil personas, en su mayor parte clase obrera. Un escape de gas en el subsuelo inició un fuego que se extendió en segundos. Según testigos, a las órdenes de Juan Pío Paiva, el propietario, los empleados de seguridad cerraron las puertas para que “nadie se robara nada”. La temperatura llegó a 100 grados; la ausencia de puertas de emergencia y de bocas de agua para los bomberos mató en ocho minutos a quinientas personas, calcinadas y asfixiadas. Otras quinientas –niños y embarazadas, entre ellos- sufrieron quemaduras, quedaron sin manos, sin piernas, muchos cuerpos se desintegraron; sus familiares debieron hacer el duelo sin el cadáver.

Moffatt se encontró con familias desmembradas, “casi desaparecidas: hay algunas que perdieron la mitad, un padre perdió tres hijas”. Durante tres días dictó un seminario en Terapia de Crisis para psiquiatras y psicólogos, con el objetivo de construir redes de contención psicológica. “Transmití una técnica llamada Crisis Intervention que trabajé en tiempos de Cámpora en Estados Unidos y luego exiliado en Brasil –Pronto Socorro-, que acá no existe. No hay cursos de primeros auxilios psicológicos en la Argentina”, define.

A los setenta años, lleva el cabello como papel revuelto, tiene una espesa barba blanca y usa un chaleco raleado de color azul. Su teoría de la crisis, detalla, es distinta a la psicoanalítica. “Las catástrofes provocan una ruptura de los acuerdos de realidad, desdibujan las nociones de tiempo y espacio. Los traumatismos agudos toman el cuerpo, anulan la palabra y disparan la regresión, que puede llegar hasta la pérdida del control de esfínteres”.

El esquema de trabajo consta de varios pasos: primero, hacer algo para que la persona sienta que la contenemos, la protegemos, es buscar dónde está el otro, y eso puede producir la segunda etapa que es la catarsis, o sea, la descarga emocional provocada por un abrazo de contención, que el psicólogo social coloca “entre el abrazo del policía, que inmoviliza, y el del político, que deja suelto. En el caso de un traumatismo agudo, el abrazo viene de las técnicas psicodramáticas, es un abrazo especial que nosotros llamamos maternaje.

Luego del llanto y la ira aparecerá la verbalización, que es la tercera etapa, la recuperación del paciente que reeestructura sus coordenadas de realidad y su proyecto de vida. Tres días antes de Noche Buena regresará a Asunción para programar las intervenciones de emergencia: las familias que no hayan podido asumir lo que pasó percibirán la falta el 24 de diciembre, fecha depositaria de una carga de angustia que, según dice, puede provocar suicidios. Moffatt explica que con los años se aprende a leer el cuerpo del otro, para que la persona ponga en palabras la vivencia angustiante y organice su proyecto de vida.

Con dichas técnicas, el grupo de Emergencia Psicosocial de Carlos Sica, uno de sus alumnos, intervino con sobrevivientes de la AMIA, la caída del avión de Austral en 1997 y la explosión de Río Tercero, “para bajar el nivel de dolor y que no se instale una patología mayor. Equivale a un hospital de sangre en la guerra: no opera un apéndice pero sí contiene una hemorragia o hace una amputación de emergencia”, ilustra Moffatt.

¿A qué adjudica que no haya tratamiento de emergencia psicológica en la Argentina? 

La ideología terapéutica que se ha impuesto en Argentina ha sido para los ricos, un psicoanálisis lacaniano, verbal, cada vez más sofisticado. Cuando hay un traumatismo grave, el cuerpo es el que recibe la primera desorganización. Hay una vivencia de muerte mediata; el deseo de sobrevivir no es individual sino grupal. Las psicoterapias o terapias existenciales de crisis son las únicas que pueden operar en las situaciones desesperantes, en las villas, el manicomio, las cárceles, donde está la gente internada, las putas, los chicos chorros. Son vivencias muy fuertes, donde está el peligro de la sobrevivencia. En Buenos Aires está tan desarmada la sociedad, que la familia se empequeñeció tanto que adentro no hay nadie, y afuera te matan. ¿Dónde ponerse?: en el umbral. Mi primo Tommy, que es esquizofrénico, decía que cuando no se puede estar ni adentro ni afuera hay que umbralizarse. El umbral es el límite, la ambigüedad. Un policía bonaerense está umbralizado, porque está disfrazado de policía y es chorro.

 

Del Borda a las villas de la Matanza
El Bancadero, una experiencia multitudinaria, caótica y liberadora en la calle Gascón 265, fue el interludio para su regreso al Borda pasados los ochenta, con la Peña Cooperanza, que se convirtió en una de las semillas de Radio La Colifata. Moffatt, autor de los libros Psicoterapia del Oprimido, En caso de Angustia Rompa la Tapa, Terapia de Crisis y Estrategias para sobrevivir en Buenos Aires, desde principios de año conduce "Fogoneando la Esperanza", que va por Radio Nacional.

Esquivando academicismos susurra al micrófono acerca de Las Oyitas, una red de comedores autogestivos que la Escuela de Psicología Nacional desarrolló en La Matanza, Villa Celina y La Plata, donde las mismas madres de familia preparan el guiso y alimentan a 500 niños, sábados, domingos y feriados. Si bien reciben donaciones y cuentan con el auspicio de Felipe Solá, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Moffatt sostiene que "no hay ninguna dádiva, las madres deciden todo".

 

¿Qué es lo que vuelve a las Oyitas una experiencia terapéutica?

Su organización comunitaria. Las madres separadas ahora están unidas, tienen asambleas. Son Comunidades Autogestivas Alternativas: resolver un problema con la misma gente, entre todos y como se pueda. Nosotros vamos al fondo de la villa, les llevamos unas ollas de 50 litros con los fideos y las cosas para el guiso carrero. A la hora rajaron a un caballo que había en una casilla, a los dos meses limpiaron el basural que había. A los tres meses ya hay un comedorcito: en un galponcito de 8 por 4 caben cien pibes. Si creciera un poco más haríamos una huerta, pero es difícil la huerta en la villa, porque si hay un lugar descampado ponen otra casilla. Partimos de una necesidad, no les decimos "el esclarecimiento de la clase popular, etc."… Para hacer eso tienen que organizarse: habrá momentos en que sea necesario empezar un microemprendimiento, tanto plantar tomates o tomar la Plaza de Mayo. Cuando se junte lo micro, se hará lo macro.



 

¿Cómo surge su interés por la terapia de crisis en situaciones límites?

Hace cuarenta años me especialicé como psicólogo en locura y pobreza, como si un arquitecto se dedicara a viviendas populares, un personaje desubicado. Era una ridiculez, pero pasaron cuarenta años y el país se volvió pobre y loco: ahora puedo hacer mucho, desgraciadamente. Con los docentes, que son población de riesgo, con los que más sufren, que ningún psicólogo los ve por una cuestión ideológica. La facultad no les permite pensar, porque están leyendo todo el día. Yo vengo de la clínica social, manicomios, mucha sociología de la pobreza. Recorrí el mundo, el Amazonas, Latinoamérica, el Bronx, la India. El psicoanálisis ha sido un instrumento de la oligarquía: el arquitecto a la oligarquía la masturba por afuera y el psicoanalista por adentro.

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