Revista Punto De Encaje



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Revista

Punto De Encaje

El lugar donde ocurre la percepción



Año 1. Nº 2. Noviembre 2017. Cali-Colombia-América del Sur.

Coatlicue Máxima en un piso de baldosas. (L.R.)

Según la obra de Carlos Castaneda, los escultores antiguos de Mesoamérica utilizaban en sus tallas de piedra técnicas de la segunda atención para mover el Punto de Encaje de los futuros observadores.

Justificación: Las explicaciones.

La Revista Punto de Encaje se produce con el objetivo de publicar experiencias psíquicas, espirituales, sociales y culturales ocurridas en Cali, Colombia, desde el año 1990, tras la lectura de la obra de Carlos Castaneda. Los Aforismos Temáticos del número inaugural son nuestra plataforma filosófica de identidad y contraste.

Declaramos que la totalidad de la experiencia humana no se puede resumir en la opinión, el gusto o el “conocimiento” de una sola persona, de una sola familia, de un solo grupo, de un solo pueblo. No aceptamos que haya pueblos elegidos por ningún dios, esta palabra la escribimos con minúscula, porque vemos y manipulamos la energía.

Cada cabeza es un mundo, y hay un abismo de distancia entre la interpretación de la realidad que manejan las personas que se acostumbran a vivir bajas de energía, y quienes la ahorran sin despilfarrar. La relación de la conciencia individual y la energía es un tema de vital importancia en el momento actual de la humanidad.

Con estas publicaciones proponemos una forma accesible y práctica de incursionar en el Camino del Guerrero desde una posición autónoma individual, permitiendo la posibilidad de formar grupos de familias a partir de la nueva educación espiritual, con proyecciones culturales que permitan generar otro tipo de producción económica y ordenamiento político.

Se entiende que no me estoy refiriendo a la investigación de las plantas de poder, no hago apología de la ebriedad, la diversión ni la psicodelia, nada parecido, el conocimiento no es desorden. Lo que he desentrañado en la obra de Castaneda y considero útil para cualquier individuo, hombre o mujer, es la psicología y la filosofía del guerrero. He ofrecido unas explicaciones para justificar mi intento, son las que siguen.

Para comenzar mis explicaciones sobre el proceso que transformó mi vida y la de muchos caleños luego de la lectura de Castaneda, debo establecer dos aclaraciones:

Primera: El significado de la expresión “el mundo que conocemos” en relación con el mandato sobre la socialización y el acto de seguir al espíritu; ya sabemos que para seguir al espíritu uno debe alejarse de la socialización y sus efectos.

Segunda: El problema con la historia personal, la importancia personal y la compasión, a la hora de rechazar la socialización y abandonarse al espíritu.



La propuesta básica: ahorrar energía

Repaso: En el número anterior presentamos la base operativa inicial del proceso, que consiste en llamar al espíritu y dedicarse, desde ese momento, a ahorrar la energía propia.

El Camino del Guerrero es una disciplina para relacionarse con el espíritu. Depende entonces de que la persona intuya, comprenda o sospeche, por lo menos, que en el mundo existe una fuerza o un ser de tal cualidad que podamos llamar “el espíritu”.

El proceso de llamar al espíritu consiste en cambiar las rutinas de la vida, que es el primer no-hacer para el aprendiz interesado. Es un proceso que en su etapa inicial se extiende por lo menos dos o tres años, en los cuales el interesado debe desarrollar una fuerza llamada “intento inflexible”.

Para ahorrar energía se aprende, primero, a detener el diálogo interno practicando la manera correcta de andar y mirando las hojas secas, y luego, desmontando la historia personal y la importancia personal del aprendiz, que son los temas de este número.



Prepárese para conocer a los visitantes extraterrestres.



El vínculo

Las taras de la cultura

Al final del primer número de esta revista hice lo que llamé una confesión: Que se me facilitó la comprensión de las propuestas y explicaciones de don Juan Matus debido a que entre mediados y finales de 1982 estuve loco, totalmente. La mala vida, el panorama triste y el ningún futuro provocaron el incidente. No fue un problema definitivo, con la ayuda de allegados y psiquiatras me recuperé. Yo ya había iniciado antes una carrera universitaria en matemáticas, porque sentía la inclinación, pero no me gustó la idea de trabajar en ese campo y me retiré. A comienzos de 1982, buscando un camino a la solución de mis problemas, me volví a inscribir en la universidad, esta vez para estudiar literatura. Pero, semanas más tarde, me acosaron problemas económicos, uno tras otro, hasta dejarme en la quiebra. Meses después, superada mi crisis nerviosa recordé la universidad y los trámites realizados, averigüé, me habían aceptado y me matriculé. Antes de la crisis nerviosa, aunque tenía un empleo yo estaba en completa quiebra económica, cuando me recuperé, había dinero a nombre mío en un banco. Ese fue un detalle raro que por ahora no quiero explicar, don Juan es muy reacio a tocar el tema, eso lo debe resolver cada interesado. El asunto es que entré a la universidad a estudiar literatura.

Cuando empecé a mostrar allí las ideas y preguntas que llevaba en la mente, un compañero de clases que había estudiado en un seminario para ser cura y conocía a Castaneda, me prestó el libro Relatos de Poder. Hasta ahí llegaron mis problemas. Primero, porque dejaron de interesarme, no les di más importancia, no les presté más atención. Y, segundo, porque de inmediato me involucré en la búsqueda de toda la obra, y en la interpretación y la aplicación de esas instrucciones tan extrañas y sugestivas que daba don Juan. Luego no fui más un hombre común y corriente, a través de estos libros me introduje a un mundo nuevo y desconocido, el mundo de los guerreros toltecas. Entre mis vecinos de esa época gané fama de brujo, luego me he mudado muchas veces, ahora vivo entre personas que no me conocen, nunca me ha interesado explotar económicamente esta condición, sólo ayudo con mi rareza, cuando puedo.

Estas últimas actividades dirigieron mi vida por rumbos que no imaginé ni podía esperar, me relacioné con personas y proyectos que separaron el curso de mi destino de todo lo que era antes, reaccioné hace poco, en otro siglo. El rasgo sobresaliente de esta etapa de mi vida es que mi mundo anterior, el mundo que conocí antes: naturaleza, cultura, sociedad, economía, política, debilitado por las grietas estructurales y los problemas sin solución se está cayendo a pedazos, se derrumba bajo su propio peso. Creo ser parte de un grupo misterioso de sobrevivientes, entiendo que debo hacer algo. En mi caso lo primero es comunicarme, buscar contacto con otros lectores de Castaneda que estén teniendo experiencias como ésta. Alrededor muchos de mis semejantes, las personas cultas e informadas, hablan de la nueva invasión reptiliana, los depredadores espirituales, las sombras de barro. Para mí el tema es absolutamente cierto, es hora de actuar.

Hasta 1982 mi vida fue muy difícil. Nací de una pareja miserable, ignorante, supersticiosa y vanidosa, problemática como las herencias del tercer mundo, formada por un indio firme de maneras bruscas y una mujer blanca, perezosa, cobarde y melindrosa, de tipo europeo. Y, como hijo mayor, apenas pude sumar y restar mis padres me cargaron sus responsabilidades económicas en la espalda. En esa casa vivía un grupo numeroso de familiares y, desde los 8 años, edad en que lo pude hacer, yo era el único que trabajaba con regularidad y responsabilidad. En ellos se consumía mi salario y además me robaban la ropa, los zapatos buenos, los libros y objetos de valor que conseguía. Me dominaban mencionando la Biblia: yo tenía que ser un buen hijo, buen hermano, buen familiar, buen vecino, y otro montón de cosas “buenas”, porque lo ordenaba la Biblia. En la iglesia y en el vecindario aceptaban y reforzaban esa idea. En la casa tenían un libro de esos, viejo, grande y grueso, aunque nadie sabía leer.

De esta manera, hasta pasados los 20 años fui explotado económicamente por mi familia, y, entre otras cosas, como rechazo al trabajo extenuante le tomé gusto al estudio y a la lectura, aunque me tocara estudiar en la nocturna y leer poco, en los escasos ratos libres. Tan pronto como aprendí a leer comencé a estudiar el libro en cuestión, la Biblia, fuente de mis tormentos, libro sagrado de algún dios injusto y temible que, en una familia numerosa, me obligaba sólo a mí a luchar para mantenerlos. ¿Haber creado todo ese vasto universo para cargármelo en el lomo, como a un buey?

Cuando supieron de mi interés en esa lectura me regañaron, me prohibieron leer el texto. Pregunté: ¿Por qué no se puede leer, si es un libro? Me respondieron: “Porque ese libro es de Dios, los humanos no lo podemos leer, todo aquel que lo lea se enloquece, pierde la razón, vive solo, sufriendo y revolcándose entre la basura como las ratas, y así muere, el pobre loco”. Aunque yo era de ese mismo grupo familiar mi mente no se parecía a la de ellos, pensaba muy diferente, como estudiante me interesaba organizar una explicación de las cosas que pasaban, una interpretación del mundo, y no temía para nada llegar a enloquecer, veía esa experiencia muy lejos de mi vida.

Siendo ya un muchacho grande e indomable, en contra de sus sermones y ante sus torvas miradas vigilantes, continué mi lectura de la Biblia, hasta el final, la última invocación en el Apocalipsis de San Juan. Allí no estaba la explicación que busqué. Seguí con el Derecho Canónico, las revistas sacras, la tradición católica. Exigí explicaciones en mi casa, en ninguna parte de los textos sagrados decía que el hijo mayor era esclavo del resto de la familia, era al contrario. Y dentro de poco yo debería unirme con una mujer que no fuera de ese mismo grupo, y dejarlos a ellos, para siempre. Y cada adulto debe ganarse su propio pan, clamó San Agustín de Hipona, el que no trabaja que no coma, y según Santo Tomás de Aquino quien gobierna debe hacerlo bien, o sus mal gobernados tienen derecho de mandarlo al cuerno. Me cogieron miedo, entre mi familia y yo se abrió una brecha que rápidamente se volvió un abismo. Durante un tiempo fui marxista, realicé mucho trabajo político.

Uno de los resultados curiosos de ese primer enfrentamiento con las taras de nuestra cultura fue que la Biblia me gustó como libro, ese estilo, las historias que cuenta, las explicaciones mitológicas tan inocentes pero bien elaboradas, la poesía, la psicología rupestre que funda la familia natural, las formas de Estado, las guerras, los combates, los héroes. Seguí releyendo el libro por puro placer, y estudiando, creciendo.

A mediados de 1982, con mis ideas racionales no veía camino para salvarme de la inminente quiebra económica, aunque me inscribí en la universidad no podría estudiar. La lucha por el bienestar de mi familia me dejó la carga de muchas deudas que habían sitiado mi economía. El sueldo no alcanzaba para vivir, ya no tenía ahorros, mis familiares, acostumbrados a vivir sin trabajar, eran una recua de inútiles. Sabiendo cómo son las cosas en Colombia ese era el comienzo del camino hacia la indigencia, y me ocurrió aquello que el sentido común llama “perder la razón”, “volverse loco”.

Sé lo que ocurre en la percepción y en la mente de una persona que vaga semanas y meses por los predios penumbrosos y aterradores de la paranoia, la psicosis y la esquizofrenia. Permanecí allí con paciencia, paseé mis ojos por todos los rincones, recuerdo lo que vi, cada detalle. Entonces, aceptar, comprender y seguir las enseñanzas de don Juan me quedó de lujo, como anillo al dedo, porque para ser guerrero tolteca basta ser un poco irracional, estar apenas medio-chiflis. Un guerrero es un ser humano, una persona, tiene su cuerpo sano y fuerte, trabaja en varios campos afines a su personalidad, se asea y viste, come y duerme, pero su mente no es racional. El raciocinio, la razón, no le aporta las respuestas que necesita para entender la realidad que atestigua y vive.

Termino con esta conclusión: mis padres, hermanos y familiares me repitieron muchas veces que por ser tan caprichoso y querer leer toda la Biblia, me iba a enloquecer, y aunque yo no lo creí y deseché siempre la idea, pasado el tiempo, y enredado en otros asuntos, sí enloquecí, perdí la razón. Aquí hay otra clave misteriosa a considerar en el funcionamiento de la mente humana: cómo educan y programan los adultos a los niños con sus frases en cantaleta. La forma cristiana de programación neurolingüística, intervención maligna de la magia en la vida cotidiana.

Mi estado es el silencio, mi naturaleza, el vacío, mi propósito es vivir siempre atento, cada instante de mi vida.





El mundo que conocemos

En la segunda fase del entrenamiento de Carlos Castaneda como nagual de una nueva banda de guerreros, don Juan repite mucho la expresión “el mundo que conocemos”. Dice, por ejemplo: “El mundo que conocemos fija sus propias reglas”, “porque tenemos el diálogo interno el mundo que conocemos es así o asá”, y la más enigmática, profunda y promisoria: “el mundo que conocemos queda en una posición específica del punto de encaje dentro de la esfera luminosa”. Llamé promisoria a esta expresión, porque yo necesitaba recursos intelectuales para cambiar mi mundo, mi vida, superar mis problemas, eso era lo que buscaba. Y esta solución era gratis, ni el gobierno, ni los bancos, ni nadie podía cobrarse comisiones porque yo decidiera aprender a mover mi punto de encaje.

Pues bien, con la obra de Castaneda el primer problema es tomarla en serio. Lo hará quien lo necesite. Ni un director de Hollywood en la cima de su carrera, ni un burgués exitoso en Colombia en el negocio de importación de mercancía electrónica necesitan para nada a Carlos Castaneda. Ni tampoco un político corrupto, ni un productor de armamento, o un finquero o hacendado con ínfulas de encomendero real. Hace muchos miles de años, los primeros toltecas iniciaron su investigación precisamente luchando contra una casta opresora.

Analicemos algunos aspectos de esto que dimos en llamar “el mundo que conocemos”. Estoy escribiendo y espero que haya algunos interesados en ser lectores de estos textos, es decir existe la escritura, la literatura, sobre esto sabemos los lectores. Los lectores podemos decir que en la biografía de Siddhartha Gautama se nos muestra a este héroe como un príncipe en verdad preocupado con inquietudes espirituales. Aceptamos que los príncipes, los reyes, así como los verdaderos aristócratas del espíritu, siempre tuvieron a mano a un vidente, un mago, una pitonisa, recordamos al anciano ciego Tiresias, al oráculo de Delfos, al mago Merlín, ya tocándonos los talones, a Rasputín entre la nobleza rusa. Los estadounidenses consultan en la actualidad a Deseret Tavares, quien se la anunció al Emperador y al Imperio.

Estoy hablando de la expresión “el mundo que conocemos”. En términos reales el mundo que conoce un individuo es una acumulación de recuerdos, memorias. Está en un sitio, haciendo algo, solo o con unas personas, y en su memoria guarda los otros sitios que conoce y las otras personas con que trata. Hay que contar con una tendencia espontánea y perniciosa de la mente a creer que así como una persona ve una cosa, así la ven o la tienen que ver los demás. Eso no es así, el mundo que conocemos no es lo mismo para todas las personas. Pensemos en la interpretación del mundo que hace la mente de un ciego, o un sordo, o un lector disciplinado comparando con la interpretación del mundo que maneja una persona analfabeta. Este planteamiento y su desarrollo lo encontramos en obras como las de Dostoievski, Kafka, Faulkner, Sartre, donde se analizan las relaciones sociales y la importancia del Estado y sus funcionarios.

Como lector uno va adquiriendo alguna seguridad con respecto a ciertos puntos de la realidad. La mente de una persona analfabeta funciona como un abismo de confusión (de fácil provecho para cualquier pícaro), que a veces crece hasta convertirse en un infierno de sufrimiento. Sin embargo, las verdaderas diferencias entre versiones del mundo se encuentran cuando se comparan las ideas de las personas que ahorran su energía con las ideas de las personas que se acostumbran a vivir bajas de energía, ya sabemos que la base de todo este problema del conocimiento oculto es el ahorro o el desperdicio de la energía, no el ser alfabetizado.

Entre los lectores occidentales domina la idea del universo material con sus agujeros negros, galaxias, estrellas, planetas, continentes, ciudades, barrios, cuadras y casas. A grandes rasgos el sentido común resume aportes y hallazgos de, entre otros, Anaxímenes, Anaxágoras, Arquímedes, Descartes, Tycho Brahe, Kepler, Newton, Einstein y los físicos de partículas. A cada individuo que maneja esta versión, sin profundizar en la cuántica, las posibilidades de interpretación se le van cerrando hacia el túnel newtoniano de las esferas sin vida que giran, donde sólo cabe pensar que la Tierra es una reunión física de piedra, polvo y agua con una atmósfera gaseosa y carga eléctrica, una cantidad de sustancia inerte, muerta, sin ninguna otra información útil qué buscar, fuera del ADN y los microorganismos, los virus y las bacterias. Un mundo de metales retorcidos y piedras muertas donde hasta los hallazgos espirituales se tienen que hacer con máquinas. El modo de vida occidental, concentrado en la producción y la corrupción, es el principio de la paternidad irresponsable, promueve la conciencia servil, materialista y dependiente, desamparada más allá de la bondad ocasional del jefe o el lúbrico interés del patrón.

Cuando uno avanza hacia la magia, en algún momento tiene que aceptar que eso que se ve allá afuera, ese curioso y llamativo universo, no es una congregación de polvo y piedras muertas, no es una “cosa allá afuera”. El universo entero es más bien como un animal enorme con la mirada fija en cada uno de nosotros. Puede ser como un cachorro dispuesto a jugar con uno, o como una fiera que se asusta si uno entra con desorden en su territorio. El mundo para un guerrero, el gran universo, puede llegar a ser su amigo, está vivo hasta en el último rincón, su conciencia es el espíritu. Para describirlo de manera seria lo mejor es parafrasear a don Juan: “El espíritu es la voluntad de las emanaciones del Águila que vagan libres en el universo”.

El mundo de cada individuo, entonces, existe en una relación directa y estrecha con la calidad de su mente, con su grado de conciencia, con su manera de pensar, sus creencias, y con los hábitos que fundan y promueven esas creencias. En últimas, como dice el refrán, “Cada cabeza es un mundo”. Digamos que en la psicología y en la filosofía del guerrero siglo XXI esta es una de las primeras llaves que hay que descubrir y aprender a manejar: No podemos ser guerreros y seguir siendo personas normales, debemos hacer esa división en la mente. No es necesario que el mundo y la vida de uno sean parecidos a los de otras personas, no es preciso parecerse a ellos. Tampoco es posible; un guerrero está ocupado veinticinco horas al día, por eso deja de ser un empleado, un auxiliar, un voluntario.

Aquí encuentra el aprendiz su primer obstáculo, su primer gran miedo. Superar los límites del ser social, dejar el rebaño. Lo he visto en mis seguidores, que me siguen tranquilos y confiados mientras creen que estoy hablando en sentido figurado, un poco en broma, pero cuando el mundo a su alrededor se empieza a disolver salen corriendo. No es fácil cambiar la mente de esta forma, dejar de creer que el mundo es una piedra muerta que uno puede pulverizar a martillo sólo porque le dio la gana, para aceptar que el universo es un ser que puede entrar en rebelión, enojarse y lanzarnos encima todas las piedras, todo el agua o todo el fuego del mundo. El aprendiz debe ser paciente, sensato, equilibrado, sabio, porque todo su mundo depende de lo que él mismo siente, piensa, cree, y quiere conseguir. No hay un Dios regalándole nada, más bien, hay un demonio tratando de dañarlo todo.

Considerado de esta manera el universo o el mundo no es una realidad “objetiva”. Todo es subjetivo, siempre, lo propone la física cuántica. Un detalle de la vida en común nos puede ayudar a pensar en este misterio: el problema de la flexibilidad del tiempo en relación con nuestro estado de ánimo, que cuando nos aburrimos o sufrimos adoloridos el tiempo se detiene y cuando nos estamos divirtiendo el tiempo vuela. Es una realidad sutil de esas que el pensamiento occidental pasa por alto, porque no tiene manera de enfrentarla, pero en el mundo del guerrero marca una gran diferencia. Un guerrero es alguien que, por ejemplo, es capaz de ser consciente de esta flexibilidad del tiempo, y observarla, analizarla, estudiarla y manejarla con sus sentimientos hasta llevarla a las últimas consecuencias.

Lo mismo ocurre con el factor que llaman “la suerte”. Dicen que unos nacen con estrella, y otros, estrellados. Llevo muchos años observando a los seres humanos, me consta que es así, absolutamente. Al comienzo del aprendizaje de Castaneda, don Juan le habla de la “nubecita de buena suerte” que va siempre cubriendo al aprendiz, y del “centímetro cúbico de suerte”, una condición momentánea especial que el espíritu pone a disposición del guerrero cuando este lo necesita o le conviene. Esta condición, trabajada a lo largo de los años por el guerrero, es el poder personal. Al aprendiz le corresponde vencer en una lucha mental que don Juan llama “modelar las expectativas” o “recalibrar las expectativas”. Esto es, dejar de comprender el mundo como una jaula “dura” que lo aprisiona, la versión preferida de los jefes y los Estados, para abrirse a una nueva interpretación de un mundo “blando” donde puede luchar para liberarse.



Ahora bien, recalibrar nuestras expectativas de esta manera implica dar la espalda a la formación intelectual que se ha recibido desde la niñez, renunciar a las metas y supuestas virtudes de la educación, don Juan lo llama “tirar el inventario por la ventana”. Recalibrar las expectativas para un guerrero significa abandonar el proceso de la socialización sin dañarse a él mismo ni causar escándalos, no llamar la atención, dejar a la comunidad tan en paz como sea posible. El problema es de uno con uno mismo, es a uno que no le gusta estudiar ni trabajar, no se quiere casar, quiere tocar la guitarra todo el día, y así. Esta nueva relación con uno mismo y con los demás, con la sociedad, es tema de un campo del conocimiento de don Juan llamado “El arte del acecho”, y sobre el cual trataremos en su momento.





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