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Revista Latina de Comunicación Social # 071 – Páginas 040 a 065

[Investigación] | DOI: 10.4185/RLCS-2016-1083| ISSN 1138-5820 | Año 2016

Cómo citar este artículo / Referencia normalizada

A Carratalá (2016): “La información en prensa española sobre casos de violencia en parejas del mismo sexo”. Revista Latina de Comunicación Social, 71, pp. 40 a 65.



http://www.revistalatinacs.org/071/paper/1083/03es.html

DOI: 10.4185/RLCS-2016-1083


La información en prensa española sobre casos de violencia en parejas del mismo sexo

Press coverage of same-sex domestic violence cases in Spain

A Carratalá [CV] [ORCID] [GS] Profesor Ayudante Doctor de Periodismo. Universitat de València (España) adolfo.carratala@uv.es

Abstract

[ES] Introducción. Los medios de comunicación españoles se han hecho eco de diversos episodios de violencia en parejas del mismo sexo durante los últimos años. Dar cobertura a este fenómeno plantea interrogantes sobre cómo enfocar una realidad que se mantuvo oculta hasta hace muy poco. Metodología. El objetivo de este artículo es realizar un análisis de contenido de la información publicada en diversos diarios españoles entre 2010 y 2015. Resultados. Los resultados indican que, mientras que los periodistas han mejorado el tratamiento de la violencia de género, la información de las agresiones en parejas gays evidencia algunas características similares a las que dominaron las noticias sobre violencia contras las mujeres durante los primeros años. Conclusiones. Así, la cobertura episódica, el sensacionalismo y la descripción de los casos como crímenes pasionales señalan que la violencia intragénero no es abordada, por el momento, como un problema social sino más bien como un asunto privado.

[EN] Introduction. Spanish media have covered several cases of violence in same-sex couples in recent years. Reporting on this phenomenon raises questions about how to approach a reality that had remained hidden until recently. Method. The aim of this article is to analyse the content of the news stories about same-sex domestic violence published by various Spanish newspapers between 2010 and 2015. Results. The results indicate that, while journalists have improved the treatment of gender-based violence, the news coverage of violence in gay couples exhibits similar features to those that characterised the news coverage of violence against women during the early years. Conclusions. The episodic and sensationalist coverage, as well as the categorisation of cases of violence in same-sex couples as crimes of passion show that intra-gender violence is not addressed, for the time being, as a social problem but rather as a private matter.

Keywords

[ES] noticias; prensa; violencia intragénero; homosexualidad; problemas sociales.

[EN] news; press; same-sex domestic violence; homosexuality; social problems.

Contents

[ES] 1. Introducción. 2. Género y violencia: la respuesta periodística. 2.1. La cobertura de la violencia de género. 2.2. Violencia en parejas del mismo sexo: cómo conceptualizarla, cómo narrarla. 3. La (in)visibilidad de gays y lesbianas en el relato mediático. 4. Planteamiento del estudio. 4.1. Objetivos e hipótesis. 4.2. Corpus y metodología. 5. Resultados. 5.1. Presentación y jerarquización de las noticias. 5.2. Empleo de imágenes. 5.3. Información e interpretación. 5.4. Fuentes empleadas. 5.5. Motivos del crimen: móvil y responsabilidad del homicida. 5.6. Sensacionalismo. 5.7. Empleo de eufemismos y estereotipos. 5.8. Categorización del suceso. 5.9. Equiparación con otros tipos de violencia. 5.10. Tematización. 5.11. Recursos de ayuda. 6. Discusión y conclusiones. 7. Bibliografía.

[EN] 1. Introduction. 2. Gender and violence: the journalistic response. 21. Coverage of gender-based violence. 2.2. Violence in same-sex couples: how to conceptualise it and present it. 3. (In)visibility of gays and lesbians in the media narrative. 4. Approach of the study. 4.1. Objectives and hypotheses. 4.2. Research body and methods. 5. Results. 5.1. Presentation and hierarchy of news. 5.2. Use of images. 5.3. Information and interpretation. 5.4. Sources employed. 5.5. Motives for the crime: motive and responsibility of the murderer. 5.6. Sensationalism. 5.7. Use of euphemisms and stereotypes. 5.8. Categorisation of the events. 5.9. Equalisation to other types of violence. 5.10. Thematisation. 5.11. Support resources. 6. Discussion and conclusions. 7. References.

Traducción de CA Martínez-Arcos (Doctor en Comunicación por la Universidad de Londres)



Introducción

Los medios de comunicación españoles han informado sobre diversos episodios de violencia en parejas del mismo sexo durante los últimos años. El fenómeno no había sido objeto de atención pública hasta entonces, debido a la invisibilidad que la comunidad LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) ha sufrido tradicionalmente. La cobertura de estos casos ha situado a los periodistas ante una nueva situación y, por lo tanto, ante la necesidad de articular un relato con el que otorgar sentido a esta realidad. El desafío implica, entre otras cuestiones, la definición y categorización de los hechos.

Paralelamente, las organizaciones que trabajan por la defensa de los derechos de las personas homosexuales también han realizado manifestaciones públicas en torno a estos sucesos, que mayoritariamente califican como violencia intragénero. Sin embargo, sus mensajes muestran cierta discordancia sobre cómo categorizar esta violencia y sobre cómo debe plantearse el discurso público en torno a ella. Mientras algunos colectivos estiman que la violencia que se da en las parejas homosexuales ha de ser considerada violencia de género, otras organizaciones defienden que estas agresiones son un fenómeno diferente al que sufren las mujeres heterosexuales a manos de sus parejas varones.

Asimismo, estas voces revelan divergencias sobre cuál debe ser la respuesta que la política y la sociedad han de dar a estas situaciones. Parcialmente por ello, las instituciones tampoco han ofrecido una propuesta clara con la que abordar el problema, constatándose la falta de un planteamiento integral desde la administración pública. Ante este complejo escenario en el que se enmarcan los primeros debates sobre el fenómeno, es preciso conocer cuál es la aportación periodística a la discusión mediante el análisis del tipo de cobertura que los medios ofrecen sobre esta realidad.



2. Género y violencia: la respuesta periodística

2.1. La cobertura de la violencia de género
La violencia ejercida contra las mujeres ha ido ganando más y más espacio en los medios de comunicación desde la década de los 70 (Berganza, 2003). El tratamiento periodístico que el fenómeno ha recibido a lo largo de este tiempo ha ido evolucionando hasta alcanzar un registro que refleja la seria consideración que el problema ha despertado en sociedad e instituciones. La mejora de la cobertura periodística de este fenómeno se debe a un conjunto de factores que demuestran la creciente sensibilización del conjunto de la sociedad en torno a la violencia machista. En primer lugar, es preciso destacar la acción colectiva desplegada por las organizaciones feministas comprometidas con la lucha contra la desigualdad que padecen las mujeres (Carballido, 2007).

También ha resultado clave la acción de los actores políticos, que a instancias de esos grupos organizados, han ido respondiendo progresivamente al fenómeno a través de diferentes actuaciones legislativas. Asimismo, no podemos obviar el esfuerzo de autorregulación que han llevado a cabo diversos medios de comunicación y organizaciones de periodistas, a menudo con el apoyo del mundo institucional y académico, con el objetivo de mejorar la cobertura que se elabora al informar sobre estos hechos.

Son diversos los conceptos que la prensa emplea para identificar esta violencia. Así, podemos encontrarnos con expresiones como violencia familiar, violencia contra la mujer, violencia machista, violencia sexista, violencia doméstica, crímenes de género, malos tratos, malos tratos en el ámbito doméstico, maltrato doméstico, terrorismo machista, terrorismo familiar o femicidio (Rodríguez, 2008: 174).

Sin embargo, la denominación más común es violencia de género, sobre todo desde la aprobación en 2004 de la Ley integral contra este fenómeno, pese a que dicho concepto se limite en la práctica a identificar realidades tradicionalmente catalogadas como violencia doméstica y deje fuera, así, otras relaciones de dominio del hombre sobre la mujer, como las que se dan en la violencia sexual o en el acoso en ámbitos laborales (Marugán, 2012).

De acuerdo con la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1993, debemos entender por violencia de género:

“todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada.”

Precisamente también fue a partir de los 90 cuando el discurso mediático sobre la violencia que sufren las mujeres evidenció un giro de notable importancia, coincidiendo con la confirmación de que el cambio familiar que cuestionaba el modelo patriarcal tradicional y el consiguiente aumento de poder de negociación de las mujeres, acontecidos durante las últimas décadas del siglo XX, no habían supuesto una reducción del riesgo de maltrato machista (Meil, 2004).

Un episodio concreto, el del asesinato de Ana Orantes en 1997, es identificado a menudo como el punto de inflexión a partir del cual las noticias sobre esta violencia pasaron a verse influidas por otros procesos de selección, por un tratamiento informativo bien diferente y por una voluntad de sensibilización social y de ayuda a las posibles víctimas de estas agresiones (Berganza, 2003; Vives-Cases, 2005; Marín et al., 2011; Gámez, 2012).

Sin embargo, el proceso por el cual la violencia de género ha pasado a ocupar un espacio de interés público reconocido, contando para ello con el soporte de los medios de comunicación, no puede dividirse únicamente en dos periodos. Como bien han señalado diversos autores, la evolución que experimenta un determinado tema desde que se manifiesta hasta que se convierte en objeto de atención político-social recorre varias fases o etapas a lo largo de las cuales diversos actores y circunstancias deben ir concurriendo.

Downs (1972) identifica cinco diferentes etapas que constituirían el ciclo de atención de los problemas públicos: pre-problema (los medios muestran cierta indiferencia ante el asunto y, cuando lo abordan, favorecen los enfoques sensacionalistas o morales), descubrimiento alarmante del problema y entusiasmo eufórico (aumenta, y con rigor, la cobertura periodística y el asunto se percibe como una amenaza), toma de conciencia del coste que exige avanzar en su gestión (los medios favorecen la discusión sobre qué recursos y medidas es necesario poner en marcha para superar el problema), declive gradual de la intensidad del interés público y post-problema. La profesora Berganza señala que la violencia de género alcanzó la segunda etapa identificada por Downs a partir de 1997-1998 (2003).

Bosch y Ferrer prefieren observar la propuesta de Kitsuse y Spector sobre las fases que sigue el desarrollo de un problema social promovido por uno o varios grupos de individuos (2000: 10-11), distinguiendo así: la fase de agitación (un grupo de personas se esfuerza por reconvertir un problema privado en público y comienza a preparar acciones para buscar sus causas), la fase de legitimación y co-actuación (los principales agentes sociales e instituciones oficiales reconocen al grupo de presión y empiezan a actuar para atender sus deseos), fase de burocratización y reacción (la administración se hace cargo del problema y queda minimizado) y, por último, la reemergencia del movimiento (las políticas oficiales han generado tal descontento que los afectados por el problema se reactivan en busca de nuevas opciones).

Si observamos el fenómeno no desde la perspectiva de la acción colectiva sino desde el punto de vista de la acción mediática, podemos recurrir a los dos procesos señalados por Fagoaga (1994: 68): proceso de legitimación (los medios conceden noticiabilidad a algunos hechos por su adecuación a los valores-noticia y por ser facilitados por fuentes con suficiente autoridad) y el proceso de rutinización (consecuencia del anterior, los hechos ya han sido incorporados a la agenda mediática y cuentan con espacio habitual y personal dedicado a su cobertura). Ambas fases irían precedidas por una etapa conocida como proceso de determinación, en la que los movimientos sociales intentan crear nuevas prácticas significantes en torno a determinadas realidades con el objetivo de desambiguarlas.

Los tres planteamientos estudiados hacen referencia, en definitiva, a la compleja dinámica que siguen los fenómenos desde que se dan en un plano alejado de la atención pública hasta pasar a ocupar un lugar clave en el espacio de discusión colectiva. Para que esa transformación sea posible, Hilgartner y Bosk consideran crucial acertar con la definición del problema y, por lo tanto, señalar qué aspectos de la realidad social no pueden continuar siendo tolerados tal y como se encuentran.

Esta tarea implicaría articularse en un espacio de discurso público e incluir un elemento perjudicial:

“A social problem is a putative condition or situation that (at least some) actors label a «problem» in the arenas of public discourse and action, defining it as harmful and framing its definition in particular ways” (Hilgartner y Bosk, 1988: 70).

Los medios se han revelado, por lo tanto, como una herramienta fundamental para el cambio cultural que ha permitido que, desde finales de los 90, la violencia de género sea considerada por la colectividad como un verdadero problema social (Carballido, 2007). A través de su mensaje, han permitido la articulación de un discurso público en contra de la violencia machista en el que esta es presentada como un ataque a los derechos humanos que afecta a la dignidad de todos los ciudadanos. Esta apuesta por abordar con una nueva mirada los hechos vinculados a este tipo de violencia fue implantándose gradualmente en las redacciones, como demuestran los análisis diacrónicos realizados con el objetivo de evaluar cómo ha evolucionado la cobertura periodística española en torno al fenómeno (Vives-Cases et al., 2005; Rodríguez, 2008; Marín et al., 2011).

Según han puesto de manifiesto las investigaciones desarrolladas sobre esta cuestión, la información periodística ha dejado de abordar estos crímenes como hechos puntuales recogidos en la crónica de sucesos para otorgarles, en cambio, un tratamiento que los visibilice como un problema de carácter social cuya erradicación debe preocupar a la colectividad en su conjunto. Las noticias sobre violencia machista se limitaron, durante una primera etapa, a identificar las agresiones sufridas por mujeres como crímenes pasionales (Rodríguez, 2008; Berganza, 2003), desarrollando una narración de los hechos en la que era habitual encontrar referencias a celos, enajenación mental, drogas, posesión, bajas pasiones, dominio y sentido de pertenencia… Elementos que, en definitiva, condenaban a la mujer y, en ocasiones, llegaban a justificar a los hombres violentos (Rodríguez, 2008: 173; Menéndez, 2014).

Como indican Vives-Cases et al., hasta 1998, la mayoría de las informaciones “se centraban en casos aislados, donde las mujeres aparecían sólo como víctimas o culpables de ser maltratadas, incluso justificaban o disculpaban la conducta violenta” (2005: 23). Era la aproximación episódica al fenómeno (Berganza, 2003), la presentación de la violencia contra las mujeres como un problema individual que favorecía la interpretación de que, por consiguiente, era consecuencia de circunstancias particulares.

Progresivamente, la violencia contra las mujeres dejó de ser enmarcada como manifestaciones puntuales descritas por medio de observaciones sensacionalistas y alusiones que bien podían interpretarse como atenuantes del crimen para poner en marcha una cobertura más amplia, elaborando noticias temáticas que evidenciaban una mayor preocupación por la contextualización del problema, los temas abordados y las fuentes empleadas. El hecho de que el fenómeno se integrara como una constante temática de los medios permitía su visibilización y su comprensión como un asunto de interés para la ciudadanía (Zurbano, 2010a). El discurso periodístico circunscribe así el fenómeno en el marco de las relaciones sociales basadas en las desigualdades de género (Vives-Cases et al., 2005: 23), facilitando herramientas de ayuda a las víctimas e informando de las sentencias que condenan a los delincuentes.

Pese a ello, algunas características continúan siendo mejorables, como el excesivo empleo de fuentes secundarias cuyas declaraciones poco aportan a la calidad de la información (Rodríguez, 2008: 183), la sobrerrepresentación de la violencia física con resultado de muerte frente a otras manifestaciones de violencia de género, la excesiva focalización en los aspectos policiales y judiciales mientras se invisibilizan las raíces del problema y se reifica a la mujer (Gámez, 2012; Gámez y Núñez, 2013), la falta de una mayor profundidad en la conceptualización del fenómeno (Zurbano, 2010b: 13), la necesidad de hacer un mayor esfuerzo en la pedagogía, la prevención y la reflexión (Menéndez, 2013) así como en la exposición de modelos alternativos o contramodelos tanto de mujeres como de hombres (Gómez, 2012).



2.2. Violencia en parejas del mismo sexo: cómo conceptualizarla, cómo narrarla

La violencia que se ejerce entre los miembros de una pareja del mismo sexo es, a menudo, denominada como violencia intragénero. De acuerdo con un estudio sobre el fenómeno elaborado por el colectivo Lambda, perteneciente a la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), para la Secretaría de Estado de Igualdad, del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, esta forma de violencia presenta características parecidas, pero también rasgos diferentes, respecto a la violencia de género:

“Es un tipo de violencia familiar que se produce entre cónyuges, parejas, amantes, ex parejas del mismo sexo, con independencia de la duración de dicha relación, donde uno de los miembros de la pareja proporciona malos tratos (físicos, psicológicos, sexuales, etc.) a otro. No parece estar legitimada por un sistema ideológico o social como ocurre con la violencia de género y el patriarcado, pues no parece verosímil que una lesbiana maltrate a otra por ser lesbiana, sin embargo posee características similares a la violencia de género y otras específicas que señalaremos en el presente informe.” (2011: 7-8).

El hecho de que este fenómeno muestre elementos que puedan vincularlo a la violencia de género ha motivado la aparición de un debate en torno a si estas agresiones deben conceptualizarse como tal, lo que implicaría que las medidas legislativas puestas en marcha durante los últimos años para proteger a las mujeres frente a la violencia machista amparasen también a las víctimas de violencia en parejas del mismo sexo. La controversia se da tanto a nivel activista como a nivel político-institucional. Los colectivos han manifestado sus discrepancias en torno a esta cuestión precisamente a partir de los últimos casos acontecidos en España. Mientras algunas entidades como la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) y el Colectivo de Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales de Madrid (COGAM) consideran que los legisladores deberían poner en marcha una ley específica para estas parejas, otras organizaciones, como la Confederación de colectivos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (COLEGAS), abogan por que la protección de estas víctimas se regule a partir de una modificación de la Ley integral contra la violencia de género de 2004 dado que, en su opinión, la violencia ejercida en el seno de parejas homosexuales presenta un “factor de género”, poniendo así el acento en la construcción cultural y no en el sexo biológico de los individuos implicados.

Esta divergencia de planteamientos se ve favorecida por la incongruencia que, en opinión de algunos especialistas (Coll-Planas et al., 2008), presenta la redacción de la Ley integral. Si bien es cierto que en su título incorpora el concepto violencia de género, en su desarrollo el texto tiene un claro “sesgo heterosexista” al centrarse en relaciones entre hombres y mujeres, “lo que deja de lado las situaciones de maltrato que pueda haber en relaciones de pareja de lesbianas o gays” al deducirse de esa redacción que “no se producen relaciones de género entre mujeres o entre hombres” (Ibíd.: 191).

En opinión de estos autores, un planteamiento que hubiese puesto el acento en los roles de dominante y subordinado podría estar más relacionado con una perspectiva de género, pues cabe entender este como un dispositivo cultural que determina relaciones de poder y desigualdad que, pese a apoyarse en el sexo, puede ir más allá. De este modo, voces como la de Sheila Jeffreys consideran que la mayoría de relaciones de lesbianas y gays siguen las mismas pautas que las heterosexuales al distribuir los roles de poder y desigualdad en la pareja (en Ibíd.: 192).

Voces activistas se manifiestan en la misma línea. Así, desde el colectivo vasco Aldarte afirman que al regularse el problema social que supone la violencia de género a través de la mencionada ley integral, los legisladores se han olvidado de las lesbianas y de los gays, dejando al colectivo en una “desprotección total” (Aldarte, s.f.). Para esta entidad, las razones por las que la violencia intragénero se da no tienen por qué ser necesariamente distintas a las razones por las que existe la llamada violencia machista, pues la ausencia de identificación con los roles socialmente establecidos no implica que no puedan desarrollarse determinadas actitudes de posesión en las parejas del mismo sexo.

Un punto de vista similar comparte Reina (2010), para quien la violencia entre los miembros de una pareja homosexual podría semejarse a las agresiones machistas contra las mujeres, pese a que también tendría unas características propias muy diferentes a la violencia de género. Así, en su opinión, en las parejas del mismo sexo, al igual que en las parejas heterosexuales, se establecen relaciones de poder. De tal modo, observaríamos que “uno de los dos miembros de la pareja es el que ejerce el poder sobre el otro” en función de aspectos como “ganar más dinero, ser mayor o menor que la pareja, tener más autoridad, pertenecer a una clase social superior, poder acceder a mayor cantidad de recursos o servicios materiales o sociales” (Reina, 2010: 35).

El debate se ha trasladado, como indicamos, a la esfera política. Así, desde algunas administraciones autonómicas, como la de Canarias o la de Extremadura, se ha planteado la posibilidad de reconocer la violencia que se da en el seno de parejas homosexuales como violencia de género en las normativas y leyes propias que tramitan en el ejercicio de sus competencias. No obstante, no es el objetivo de este trabajo resolver esta cuestión, ni siquiera reflejar la complejidad de posiciones y debates teóricos que pueden establecerse sobre la misma. El interés de nuestro estudio se fundamenta en la reciente trascendencia pública de diversos casos de violencia en parejas del mismo sexo, un fenómeno que ha entrado de manera puntual en los últimos años en la agenda mediática pero cuya incidencia real es, de momento, difícil de determinar.

De hecho, apenas existen datos o estadísticas sobre la prevalencia de este fenómeno. Las únicas dos fuentes que aportan cifras al respecto se corresponden con sendas iniciativas lanzadas por colectivos de defensa de la comunidad LGTB con la colaboración de instituciones públicas. Así, por un lado, se encuentra disponible el Informe de resultados del Estudio sobre Violencia Intragénero publicado por Aldarte en 2010. La campaña, que se inició dos años antes, consistió en la realización de una encuesta a través de Internet a 110 personas. Los participantes eran gays y lesbianas que sufrían o habían sufrido violencia de sus parejas, o bien, que conocían a alguien en esa situación.

Fue publicado el Informe sobre la situación de la violencia entre parejas del mismo sexo al que ya nos hemos referido. Este documento reconoce que los únicos datos existentes son los obtenidos por dos vías: la información directamente facilitada por los afectados que acuden a los programas locales de atención y las respuestas a encuestas realizadas a subgrupos específicos de la comunidad homosexual, como los jóvenes de entre 18 y 29 años y los gays seropositivos, que en cualquier caso no suponen muestras representativas dadas sus reducidas dimensiones. En opinión de Reina:

“El grado de violencia dentro de la comunidad LGBTQ (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero/Transexual y Queer) es difícil de determinar, debido a que existe un bajo nivel de investigaciones y, también, al hecho de que la casi totalidad, del personal técnico y entidades que trabajan con violencia intrafamiliar, está orientado a parejas heterosexuales, no sabiendo o no pudiendo, por tanto, este personal técnico dar respuesta a la víctima de una agresión en una pareja del mismo sexo. Sin embargo, se cree que el grado de violencia en parejas del mismo sexo es similar al que experimentan las mujeres en una relación heterosexual.” (Reina, 2010: 34).

La escasez de datos parece apuntar, pese a todo, una clara conclusión: la violencia intragénero continúa en buena medida siendo un fenómeno invisible, encontrándose muy lejos de haber logrado la consideración de problema social. Por lo tanto, estos hechos no concentran de momento la atención de la esfera social y política como sí lo ha conseguido la violencia machista. De acuerdo con los colectivos, las agresiones sufridas en el seno de las parejas del mismo sexo permanecen en el anonimato porque quienes las padecen no lo manifiestan y a la sociedad y a los agentes sociales les cuesta creerlo, influidos por diversos mitos y estereotipos (Aldarte, s.f.). La incipiente presencia que esta violencia ha logrado hasta ahora en la arena mediática, cuyo análisis vertebra y justifica este trabajo, comienza a abrir al fenómeno las puertas de la discusión y consideración públicas.



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