Retroceso laboral, discriminación y riesgo en las maquiladoras



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Despistado


Existe otro habitus que se despliega de manera usual: aquél que cree discutir del mismo tema sólo que no lo hace en el mismo mundo de habla. Es factible que, al tratar de llegar a un acuerdo para coordinar la acción, confunda el mundo del afecto con el objetivo o de la norma. Es usual que lo que no agrade aunque sea objetivamente verdadero se repele con actos de habla afectivos y no objetivos ¿cómo llegar a un acuerdo así? La fórmula o lugar común “me hace ruido” tal vez muestre esta forma duradera de ser y de valorar: evita el acuerdo esgrimiendo un sentimiento escondido en un supuesto argumento. Otra manifestación posible de esta disposición duradera de ser y de valorar es la de quien apegado a las normas ve con recelo cuestiones objetivas o afectivas que produzcan nuevas formas de deber ser: repele la oferta del hablante escudándose en la norma, a pesar de que lo traten de llevar a los afectos o a la objetividad. Imposible acordar si no se limitan los actos de habla al mismo mundo.

Adivino


Este habitus tiene como singularidad que quien lo encarna cree saber las formas duraderas de ser y de valorar de su oyente. Es común que esta disposición duradera de ser y de valorar atribuya mala voluntad (mundo de afecto), carente de normas o ignorancia (mundo objetivo) a su oyente por una o dos cosas que expresó. Esta forma duradera de ser y de valorar se manifiesta con mucha fuerza con otra fórmula o lugar común: “Sí, sí, sí, aja, aja aja…” quien emplea esta estratagema, da la impresión de comprender lo que el hablante dice, aun cuando no haya terminado y con esa muletilla lo calla para expresar lo contrario de lo que decía. Este habitus no intenta el acuerdo porque en un aparente acto de comprensión (Sí, sí, sí, aja, aja, aja…) impide la oferta de su interlocutor; acaso lo contiene porque presupone a qué llegará y, en su calidad de conocedor del discurso ajeno, no está dispuesto a que yerre (objetividad), salga de la norma o muestre afectos indeseables. El adivino impide acordar porque no acepta ofertas de habla, las contiene porque cree saber sus derivaciones y, en su lugar, postula lo que estima, ante lo que se inclina.

Dogmático


El habitus que es opuesto al labil, cambiante, es el que no admite por ningún motivo modificar sus supuestos en los mundos objetivo, afectivo o normativo. Tiene una disposición duradera de ser y de valorar religiosa: sólo cree en un Dios y, además lo defiende como si en ello le fuera la vida (terrena y ultraterrena). No admite la lección que legó la Guerra de los Treinta Años, entre católicos y protestantes europeos: tolerancia para el adversario (véase Ibarra 1999). El dogmático no sólo lo es en el mundo de la norma, lo extiende a los afectos y a lo objetivo; simplemente no puede abrirse a otras posibilidades. Es lo que él dice. No hay acuerdo posible.

Rígido


Este habitus no es dogmático como el anterior, parece confundirse con él, pero es distinto. A esta forma de ser y de valorar le resulta imposible pasar de un mundo a otro. Si habla de tal cosa sólo lo puede hacer desde el mundo que él mismo está interesado en resolver. No accede a la invitación de su interlocutor para, momentáneamente, cambiar a otro mundo. Generalmente son hablantes aburridos porque sólo enfocan sus actos de habla con un único interés y un solo mundo de habla como inicio y fin. En el mundo también reciben el calificativo de acartonados. Es comprensible esa descalificación porque su rigidez impide moverse con gracia a diversos mundos al encarar un acto de habla.

Labil


Existe otra forma duradera de ser y de valorar: la de quien no tiene la entereza de sostener sus actos de habla, quien como dice esto dice lo contrario. La exagerada posesión de certeza de los dogmáticos o rígidos, es suplida por la excesiva moldeabilidad. Quien así procede, no tiene la fortaleza para soportar una posible frustración al tratar de llegar a un acuerdo, se atemoriza ante el supuesto poderío de su interlocutor y, en lugar de contra-argumentarlo, lo hace aparentemente suyo. Acaso lo mantenga durante algún tiempo, sólo que frente a otro interlocutor con formas de ser y de valorar distintos, nuevamente cambia lo antes acordado. El habitus labil requiere la fortaleza de defender algo para tener una postura ante los actos de habla. Sin ella es como barco sin timón ni velas en la tempestad.

Pomposo


Esta forma duradera de ser y de valorar esconde sus limitaciones con vocablos muy ostentosos, pero huecos, grandilocuentes y carentes de sentido, con formas de hablar solemnes y graves, muy ostentosas, como si dijeran no sólo la verdad, lo veraz o la rectitud, sino como si fuera la palabra divina, científica o deseable, hecha voz a través suyo. El pomposo no se da la oportunidad de relativizar sus juicios ni jugar ni burlarse de ellos. Su ampulosidad, su voz engolada, sus afectados ademanes, sus formas de ser y de valorar no facilitan el acuerdo porque resultan chocantes.

Impaciente


Otra disposición duradera de ser y de valorar es la de quien se afana en racionalizar el tiempo excesivamente. No tiene tiempo para discutir ni hablar. El más valioso recurso de la modernidad marcó a esta forma de ser: exige interlocutores eficientes, escuetos y veloces. Al parecer tiene la razón. La dificultad estriba en que los acuerdos son producto del encuentro de dos sujetos lingüística e interactivamente competentes y, cada uno de ellos no obedece a la misma forma de valorar o de vivir el tiempo. La impaciencia de este habitus desespera a su interlocutor y lo induce al no acuerdo.

V. Habitus de sujetos lingüísticos e interactivamente competentes


Las teorías estructural genética y de la acción comunicativa posibilitan hablar de habitus de sujetos lingüísticos e interactivamente competentes. Es decir, agentes actuantes que encarnen disposiciones duraderas de ser y de valorar dirigidas al entendimiento y al acuerdo y no al éxito. Las encarnan agentes que se apropiaron de estructuras generadas en su campo, en forma de:
a. Illusio. Encarna el deseo e interés por actos de habla que conduzcan al acuerdo. Ve con desprecio el acto de habla perlocucionario o la pretensión de éxito ajena al acuerdo. Invierte energía para llegar al acuerdo. El consenso es el bien simbólico más preciado en sus actos de habla. Reprueba el engaño o las medias verdades.
b. Escucha. b.1) Identifica desde qué mundo de habla está emitiendo su oferta su interlocutor. b.2) Valora y se percata de la presencia en la palabra de: símbolo (lo representado), síntoma (la expresión de la interioridad del emisor) y de la señal (a lo que apela). b.3) Reconoce y valora qué pretensiones de validez son las que aduce su interlocutor. b.4) Su actitud corporal es atenta, empática, a la oferta del hablante. A pesar de que el hablante exprese cosas que no admite fácilmente, las tolera y abre su percepción a lo que pudiera servir para acordar dentro de lo que escucha. La tolerancia es una cualidad que favorece acordar (véase Ibarra 1998); favorece un mayor umbral a la frustración a quien la encarna, tienen más aguante, dice el sentido común. En suma, se afana, empáticamente, en develar las posibilidades de acordar según la oferta del hablante.
c. Habla. Encarna disposiciones duraderas de ser y de valorar para actuar y hablar lingüística e interactivamente de manera competente. En el ámbito lingüístico dirige sus actos de habla al mundo que favorece el acuerdo: ofrece argumentos racionales cuando desea acuerdos en el mundo objetivo, muestra sus sentimientos al anhelar el acuerdo afectivo o, bien, expresa las reglas que se deben seguir. Sus actos de habla no se estereotipan en un solo mundo, transita de uno a otro para enriquecer su oferta, sólo que no lo hace de manera inadvertida ni confusa, no cantinflea. Lleva a su interlocutor de un mundo a otro señalándole el pasaje que hizo. Al hablar y escuchar lo hace con plasticidad. No es rígido, dogmático ni labil. La plasticidad es una cualidad al hablar y al escuchar (véase Ibarra 1997). La oferta de habla la elabora a un ritmo deseable. Evita la premura del impaciente y la excesiva calma del aburrido. El ritmo es otra cualidad necesaria en los que dirigen sus actos de habla al entendimiento (véase Ibarra 2000). Otra singularidad encarnada por el sujeto lingüística e interactivamente competente es el sentido del humor. Sabe reír en el momento oportuno, reconoce el error propio y lo aprovecha para distender una situación tensa o de animadversión. De igual forma, retoma la oferta del hablante y hace gala de sentido del humor al mostrar su poderío frente a lo que previamente se ha dicho. Los actos de habla también son un espacio para la diversión y el gozo. Uno y otro no son a costillas del interlocutor. Otra necesidad que cubre quien se dirige al entendimiento es la de vivir la incertidumbre. No es la de quien da el avión ni la del labil. Sí es la conciencia de conocer una parte e ignorar otras muchas. Vivir la incertidumbre implica abrirse a ofertas de habla que en un momento parecen inverosímiles. Los que están dirigidos al entendimiento generan campos y estructuras que determinan las acciones de los involucrados en ellos. Irradian sus habitus para que no sólo sean de una persona, los socializan. Tienen la entereza de luchar con denuedo y con gracia por los acuerdos, al hacerlo, al hablar y escuchar, enseñan a otros sus habitus.
Las formas duraderas de ser y de valorar de sujetos lingüísticos e interactivamente competentes son, más bien, lo anhelable. Ahora es una producción social de los campos que conozco en gestación. El sentido común lo denominaría aquél que sabe oír y alienta el consenso. Por desgracia el conocimiento generalizado no explica en qué consiste saber oír ni cómo alentar el consenso. El entrecruce de teorías sociológicas y estéticas sí da idea de cómo operan los campos y cómo actúan hablantes y oyentes. El conocimiento de algunos campos laborales y escolares también aporta elementos empíricos para mostrar que sí hay producciones histórico sociales que se orientan al entendimiento. En todo caso, es una cultura a discutir.




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