Retrato del artista adolescente


El corazón del hombre es un volcán



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El corazón del hombre es un volcán

por tus ojos que dueños suyos son.

¿No estás cansada de ese ardiente afán?
¿Más? El ritmo se extinguió, cesó, comenzó de nuevo a moverse y a latir. ¿Más aún? Sí: un ascensión de humo, de incienso que subía desde el altar del mundo.
Más que el juego tus laudes altos van,

humo en el mar, desde uno a otro rincón

No me evoques encantos que se van.
El humo ascendía desde todos los puntos de la tierra, desde los mares nebulosos también y era el incienso de sus alabanzas. La tierra toda era como un incensario que se mecía, que se balanceaba, como una bola de incienso, como una bola elipsoidal. El ritmo cesó de repente. Se había roto el grito de su corazón. Sus labios comenzaron a murmurar los primeros versos una vez y otra vez. Después trató de continuar a ten­tones, entre versos medio iniciados, inconclusos, balbuceante, desorientado. Por fin se detuvo. El grito de su corazón esta­ba roto.

La hora del viento dormido, la hora velada, había pasado y ya tras los cristales de la desnuda ventana se estaba agol­pando la luz mañanera. Un débil sonido de campana, muy lejos. El gorjeo de un pájaro… dos pájaros… tres. Gorjeos y campana habían cesado. Y la luz triste y blanca se esparció de este a oeste, cubriendo el mundo entero, cubriendo el resplandor rosado de su corazón.

Temeroso de perderlo todo se irguió de pronto sobre un brazo tratando de buscar un lápiz y un papel. No había sobre la mesa ni lo uno ni lo otro. Sólo el plato sopero del arroz de la cena y el candelero con sus estalactitas de esperma y su casquillo de papel, chamuscado por la última llama. Alargó el brazo penosamente hacia los pies de la cama y buscó a tientas por los bolsillos de la chaqueta colgada allí. Sus dedos tropezaron con un lápiz primero y una cajetilla después. Se tendió de nuevo y, desgarrando la cubierta de la cajetilla, colocó e; último pitillo que había en el reborde de la ventana y se puso a copiar con letra menudita y pulcra sobre la áspera superficie de la cartulina las estrofas de su villanela.

Cuando hubo terminado se dejó descansar sobre la almo­hada llena de burujones, murmurando de nuevo los versos para sí. La almohada de lana apelotonada y nudosa sobre la que su cabeza yacía le trajo el recuerdo del sofá de crin de caballo que había en el salón, en casa de ella, y en el cual solía él sentarse, ya sonriente, ya serio, preguntándose por qué razón había ido allí, molesto con ella y consigo mismo, anonadado por el cromo del Sagrado Corazón que sobre un desprovisto aparador lucía. La vio que venía hacia él, en una pausa de las conversaciones, para decirle que cantara una de aquellas canciones suyas tan curiosas. Y se vio a sí mismo, sentado ante un piano viejo haciendo vibrar dulcemente las cuerdas, a tientas sobre las teclas moteadas, y cantando entre la cháchara de la conversación de nuevo reanudada, cantando para ella, reclinada en la repisa de la chimenea, alguna delicada canción de la época isabelina, un triste y dulce lamento de despedida, o el canto de victoria de Agincourt o la chispeante tonada de Greensleeves. Y mientras él cantaba, y ella le estaba escuchando, o fingiendo escuchar, sentía el corazón en reposo, pero cuando se terminaban las deliciosas canciones arcaicas y oía de nuevo el rumor de las voces, se acordaba de pronto de aquella frase irónica que él mismo había forjado: "casa donde a los muchachos solteros les llaman por el diminutivo un poquito prematuramente".

Había momentos en que los ojos de ella parecían prestos a entregarle su confianza. Pero había aguardado siempre en vano. Y ahora la veía danzando aéreamente en su memoria, tal como en aquella noche de un baile de carnavales, con un ligero revuelo de su traje blanco y un ramito de flores blancas oscilante entre el cabello. Danzaba aéreamente en la rueda. Danzaba viniendo hacia él, ya a punto de llegar, los ojos un poco desviados, y un tenue rubor en las mejillas. En la cadena de manos del corro, la de ella se había apoyado por un ins­tante en la de Stephen, entregándose como una suave mer­cadería:

—¡Qué caro te vendes ahora!

—Sí. He nacido para monje.

—Tengo miedo de que seas hereje.

—¿Miedo? ¿Mucho miedo?

Por toda contestación, ella se había apartado bailando en la cadena del corro, bailando aéreamente, discretamente, sin entregarse a ninguno. El ramito de flores blancas oscilaba, con el aire, entre su cabello y en los espacios de sombra se le hacía más intenso el resplandor de las mejillas.

¡Monje! Su propia imagen surgía como la de un profanador del claustro, como la de un franciscano herético, dispuesto y reluctante al divino servicio, como la de un Gherardino da Borgo San Donnino, como la de un tejedor sutil de una tela de sofismas, filtrados a susurros en los oídos de la muchacha.

No. No era su imagen propia. Era la imagen de aquel sacerdote mozo en cuya compañía la había visto a ella hacía poco tiempo, de aquel a quien él la había visto mirar con ojos de paloma, mientras los dedos jugaban con las páginas de su manual de lengua irlandesa.

—Sí, sí, las mujeres se nos van agregando. Cada día lo noto más. Las mujeres están con nosotros. Son las mejores propagandistas de nuestro idioma.

—¿Y la Iglesia, Padre Moran?

—La Iglesia también. También va entrando por ello. Nues­tra campaña hace progresos en los medios eclesiásticos. No se preocupe usted por la Iglesia.

¡Bah! Había hecho bien en abandonar desdeñosamente la habitación. ¡Había hecho bien en no saludarla en la colum­nata de la Biblioteca! Había hecho bien en dejarla que co­queteara con su cura, que jugara con una iglesia que era la fregona de la cristiandad.

Una cólera ruda, brutal, ahuyentó de su alma los últimos vapores del éxtasis, rompiendo violentamente la dulce imagen de la amada y dispersándola en fragmentos en todas direc­ciones. Por todos lados surgían en el recuerdo reflejos dislo­cados de aquella imagen rota. La florista del vestido harapiento y el cabello húmedo y basto y la cara desvergonzada, que le había importunado con un ramillete "para estrenarse", dán­dose a sí misma el nombre de "su niña". La moza de cocina de la casa de al lado, que entre el estruendo de los platos solía cantar los primeros compases de Entre los lagos y las montañas de Killarney. Y aquella otra muchacha que se había reído de lo lindo de verle dar un trompicón, enganchado por un agujero de la suela del zapato en un pedazo de hierro, al ir por la acera cerca de Cork Hill. Y aquella otra a la cual había mirado atraído por su boca breve y madura, al pasar por la fábrica de galletas de Jacob, y que le había gritado, volviendo la cabeza por encima del hombro:

—¿Te gusto, pelo lacio y cejas rizosas?

Y sin embargo sentía que, aunque tratara de burlarse de la imagen de ella y de envilecerla, su cólera misma no era sino una forma de homenaje. Al abandonar la clase donde se daban las lecciones de irlandés, había sentido un desdén que no era totalmente sincero. ¿No sería tal vez el secreto de su raza —había pensado—, lo que yacía oculto tras aquellos ojos sobre los cuales las largas pestañas derramaban relám­pagos de sombra? Y al avanzar por la calle, se había dicho amargamente que ella era la verdadera representación de la feminidad de su país: alma que nace a la conciencia del propio ser, como un murciélago que se despierta abandonado y entre sombras y misterios, alma que presta por un momento oídos, sin pasión y sin pecado, a su tímido amante, pero le deja luego para ir a susurrar sus inocentes transgresiones a través de una rejilla en las orejas de un sacerdote. La cólera que sentía contra ella encontró desahogo desatándose en soeces injurias contra su rival. Su voz, su nombre, sus rasgos fisionómicos, todo en él ofendía su amor propio burlado. ¡Aquel palurdo convertido en cura, con un hermano guardia en Dublín y otro camarero en Moycullen! Y era ante aquel ser ante quien ella levantaría el velo de la tímida desnudez de su alma, ante aquel ser enseñado a cumplir rutinariamente un rito formal, y no ante él, sacerdote de la eterna imaginación, capaz de transmutar el pan cotidiano de la experiencia en materia radiante de vida imperecedera.

La imagen radiante de la eucaristía reunió de nuevo en un instante sus amargos y desesperanzados pensamientos. Y de entre ellos surgió un grito intacto, un himno de acción de gracias.



Nuestros gritos y layes cantarán

eucarísticamente la canción.

¿No estás cansada de ese ardiente afán?

Mientras las manos levantando están

el desbordante cáliz de pasión.

No me evoques encantos que se van.
Repitió los versos en voz alta desde el principio, hasta que su alma, bañada en música y en ritmo, se sintió aquietada en un remanso de indulgencia. Después los copió trabajosa­mente para sentirlos mejor viéndolos, y tornó a reclinarse sobre la almohada.

La mañana estaba inundada de luz plena. No se oía ruido alguno. Pero sentía que en torno de él la vida estaba a punto de despertar entre ruidos vulgares, voces rudas y oraciones soñolientas. Y huyendo de aquella vida, se volvió hacia el muro, arrebujado entre las ropas, y se puso a contemplar las flores rojas y muy abiertas del desgarrado papel de la pared. Trató de reanimar su alegría huidiza con aquel resplandor rojo, imaginándose un camino de rosas que ascendía todo sembrado de flores encendidas desde su lecho hasta el cielo. ¡Cansado! ¡Cansado! El también estaba cansado de los ar­dientes afanes, de los ardientes caminos.

Un tibio y gradual calor, un lánguido cansancio, descendía por su cuerpo a lo largo de la espina dorsal desde la cabeza arrebujada como en un capuchón entre las coberturas. Lo sentía descender, y, viéndose tal como estaba allí tendido, sonrió. Se dormiría pronto.

Había escrito versos para ella otra vez, al cabo de diez años.

Diez años antes, ella llevaba la cabeza envuelta en su chal como en un capuchón, y su aliento tibio se esparcía en torno de ella en el aire de la noche, mientras sus piececitos repiqueteaban sobre la calle cubierta de cristales de hielo. Era el último tranvía. Los jamelgos castaños lo sabían y agitaban sus campanillas para advertírselo a la noche clara. El cobrador hablaba con el conductor y ambos hacían a me­nudo signos expresivos con la cabeza, a la luz verde de la lámpara. Y ella y él estaban de pie en el estribo del tranvía, él en el escalón de arriba, ella en el de abajo. Y ella había subido varias veces al escalón de él mientras hablaban y vuelto a bajar de nuevo; y una o dos veces se había quedado al lado suyo por un rato, olvidada de volver al escalón inferior, hasta que por fin lo había hecho. ¡Bah! ¡Bah!

Y ya diez años entre aquella cordura infantil y la locura presente. ¿Y si le enviara los versos? Los leerían en voz alta a la hora del desayuno, entre el descascarilleo de los huevos pasados por agua. ¡Bah! ¡Locura! Sus hermanos se reirían y tratarían de arrebatarse uno a otro la hoja con sus dedos fuertes y rudos. Y el tío, el almibarado sacerdote, sostendría el papel con todo el brazo extendido para leerlo y aprobar con una sonrisa la forma literaria.

No, no. Era una locura. Que aun si le enviara los versos, seguramente ella no los había de enseñar a los demás. No, no: no lo haría.

Comenzó a tener la sensación de que tal vez la había juz­gado injustamente. Comprendió que ella era inocente, lo com­prendió de tal modo, que casi llegó a sentir piedad. Era la inocencia que él no había podido comprender hasta que había llegado a conocerla por medio del pecado, la inocencia que ella tampoco había podido comprender mientras era inocente, hasta que la extraña miseria de la naturaleza femenina había llegado por primera vez a su cuerpo. Que entonces su alma habría comenzado a vivir, del mismo modo que la de él des­pués del primer pecado. Y una tierna piedad llenó su corazón al recordar la frágil palidez de aquellos ojos, humildes y entristecidos por el obscuro oprobio de la feminidad.

Y ¿dónde estaba ella mientras su alma de él había pasado del éxtasis al desfallecimiento? ¿Podría ser, por las misteriosas vías de la vida espiritual, que su alma en aquellos mismos momentos tuviera conciencia del homenaje que él le dedicaba? Podía ser.

Una llamarada de deseo inflamó de nuevo su espíritu e incendió y traspasó todo su cuerpo. Consciente de aquel deseo, ella se estaba levantando de su sueño aromado, ella, la ten­tadora de su villanela. Sus ojos, profundos y de un lánguido mirar, se estaban abriendo hacia los ojos de él. Su desnudez se le entregaba, radiante, tibia, aromada y plena, envolvién­dole en efluvios vitales como un agua. Y como una nube de vapor, o como aguas que en círculos se derramaran por el espacio, los signos líquidos del verbo, los símbolos del ele­mento misterioso fluían otra vez del cerebro de Stephen.


¿No estás cansada de ese ardiente afán

tú, de ángeles caídos seducción?

No me evoques encantos que se van.

El corazón del hombre es un volcán

por tus ojos que dueños suyos son.

¿No estás cansada de ese ardiente afán?

Más que el juego tus laudes altos van,

humo en el mar, desde uno a otro rincón.

No me evoques encantos que se van.

Nuestros gritos y layes cantarán

eucarísticamente la canción.

¿No estás cansada de ese ardiente afán?

Mientras las manos levantando están

el desbordante cáliz de pasión.

No me evoques encantos que se van.

Que aun, tuyos, a los ojos piedra imán,

mirar lánguido y forma plena, son.

¿No estás cansada de ese ardiente afán?

No me evoques encantos que se van.
¿Qué pájaros eran aquéllos? Se detuvo en los escalones de la Biblioteca y, apoyándose con aire de cansancio en su vara de fresno, se puso a contemplar cómo volaban. Re­voloteaban girando y girando sin cesar, en tomo al saledizo de una casa de Molesworth Street. Su vuelo resaltaba neta­mente sobre el cielo de un atardecer de a últimos de marzo, como si aquellos trémulos y dardeantes cuerpecillos volaran sobre un tapiz azul y neblinoso apenas suspendido allá en los aires.

Estaba mirando cómo volaban. Y eran al pasar, pájaro a pájaro, sólo un relámpago quebrado y sombrío, sólo un temblor de alas. Trató de contarlos antes de que todos hubie­ran desaparecido: seis, diez, once. Y se preguntaba si serían nones o pares. Doce, trece: que dos bajaban aún deslizándose en círculos desde las regiones más altas. Volaban arriba, abajo, pero siempre girando, girando, cambiando constante­mente de la trayectoria recta a la curva, siempre de derecha a izquierda, como si estuviesen dando vueltas alrededor de un templo aéreo.

Y oía sus gritos. Tal el chillido de los ratones tras el maderamen: una nota doble y aguda. Pero las notas giraban largas y agudas, no comparables al chillido de los ratones ni al ruido de la carcoma. Bajaban de tono una tercera o una cuarta y se prolongaban en trino cuando los picos alados hendían los aires. Eran unos gritos penetrantes, finos, claros, que caían como hilos de luz sedosa al fluir del giro de una devanadera.

Aquel clamor extrahumano le aliviaba el insistente mur­mullo de los sollozos y reproches de su madre, que aún en los oídos le estaba resonando. Y aquellos cuerpecillos obscu­ros, frágiles, estremecidos, que giraban cambiantes y temblorosos alrededor de un templo aéreo, le velaban la visión del rostro de la madre que aún no se le había borrado de los ojos. ¿Por qué se había detenido en los escalones del pórtico para oír aquel grito doble y agudo, para contemplar aquel vuelo? ¿En busca de algún augurio adverso o favorable? A través de su mente pasó una frase de Cornelio Agripa y luego revolotearon aquí y allá, por su espíritu, algunos pensamien­tos borrosos de Swedenborg acerca de la semejanza de los pájaros y de las cosas de la inteligencia, y de cómo las cria­turas del aire tienen su entendimiento propio y conocen las diferentes horas y estaciones, porque, a diferencia del hombre, permanecen dentro del orden de su vida sin haberlo perver­tido por la razón.

Y edades tras edades, los hombres habían levantado la vista para contemplar el vuelo de los pájaros. La columnata que se elevaba sobre él le hizo recordar vagamente un templo antiguo, y la vara de fresno en la que cansadamente se apo­yaba trajo a su memoria el bastón curvado de un augur. Un temor a lo desconocido latió allá en las entrañas de su can­sancio, temor a símbolos y a portentos, temor al hombre-halcón cuyo nombre llevaba, al hombre que trata de evadirse de su cautividad volando con alas de mimbres entretejidos, temor a Thoth, el dios de los escritores, que escribe con su caña sobre una tablilla y lleva sobre su fino cráneo de ibis los cuernos de la luna nueva.

Se sonrió al pensar en la imagen del dios porque le hizo pensar en un juez de nariz porruda y peluquín que estuviera poniendo comas en un documento sostenido a la distancia permitida por la longitud de su brazo, y porque comprendió que no le hubiera venido a las mientes el nombre de aquel dios a no ser porque sonaba lo mismo que un juramento irlandés. ¡Bah, locuras! ¿Pero no era también por tal locura por lo que estaba a punto de abandonar la casa de oración y prudencia en la que había nacido y el orden de vida que le había dado el ser?

Y volvían de nuevo, lanzando agudos gritos, revoloteando por encima del saledizo de la casa: cuerpos obscuros y alados sobre el cielo del atardecer. ¿Qué pájaros eran aquéllos? Pensó que debían de ser golondrinas ya de regreso del sur. El augurio era, pues, de partida, porque aquellos pájaros siempre estaban yendo y viniendo, construyendo un hogar transitorio bajo los aleros de las casas de los hombres y abandonando siempre sus hogares para errar de nuevo.
Inclinad vuestros rostros, Oona y Aleel. Yo los contemplo cual la golondrina mira, bajo el alero, su nidal, antes de errar sobre la mar sonora.
Una dulce y líquida alegría, como un rumor de infinitas aguas, fluía sobre su memoria. Y sentía en su corazón una dulce paz de espacios silenciosos, de tenues cielos, al atar­decer, sobre las aguas, de silencios oceánicos, de un volar de golondrinas a través del crepúsculo marino sobre las aguas agitadas.

Una dulce y líquida alegría fluía también a través de las palabras de los versos, en los que las largas vocales se entre­chocaban sin ruido para desvanecerse en un pujar y refluir que agitaba las blancas campanillas de sus ondas: juego de notas mudo, mudo repique, grito que se desvanece, dulce­mente, en voz baja. Y sintió que el augurio que había bus­cado en las evoluciones dardeantes de los pájaros y en el pálido espacio de los cielos, había surgido de su corazón, como un ave que se lanzara al vuelo desde una torrecilla, quedamente, rápidamente.

¿Símbolo de partida o de soledad? Los versos canturrea­dos en los oídos de su memoria le recomponían ahora lenta­mente delante de los ojos la escena de la sala del teatro na­cional en la noche de la inauguración. Sentado, solo, en su asiento de galería lateral, contemplaba desde allí con ojos apagados la flor y nata de la sociedad de Dublín, congregada en las butacas, y las chillonas bambalinas, y los muñecos humanos, que gesticulaban encuadrados por las deslumbrantes luces de la escena. Detrás de él, estaba sentado un guardia corpulento, que parecía a cada instante deseoso de entrar en acción. Y los maullidos, los silbidos y los gritos burlones de los estudiantes, compañeros suyos, desparramados por la sala, salían de un lado y otro, conglomerándose en rachas tumul­tuosas.

—¡Esto es un libelo contra Irlanda!

—¡Fabricado en Alemania!

—¡Blasfemia!

—¡Jamás hemos hecho traición a nuestro ideal!

—¡No hay mujer irlandesa que lo haya hecho!

—¡Abajo el diletantismo ateo!

—¡Afuera con los budistas de nuevo cuño!

De las ventanas de encima descendió un rápido y súbito silbido. Comprendió que acababan de encender las luces de la sala de lectura. Se volvió hacia las columnas del vestíbulo, que ahora yacía en calma bajo la luz, subió la escalera y pasó el torniquete.

Cranly estaba sentado cerca del sitio de los diccionarios. Frente a él, yacía sobre el atril de madera un grueso volumen abierto por la portada. Y Cranly, recostado en el respaldo de la silla, alargaba la oreja, como un cura en su confesionario, hacia un estudiante de medicina que le estaba leyendo un problema de ajedrez en la sección recreativa de un periódico.

Stephen se sentó a la derecha de Cranly. Un sacerdote, al otro lado de la mesa, cerró con furia el ejemplar de The Tablet que estaba leyendo y se puso en pie. Cranly le miró tranquilamente y con aire distraído. El estudiante de medi­cina continuó en voz más baja:

—Peón a cuarta de rey.

—Mejor haríamos en marcharnos, Dixon —dijo Stephen a manera de advertencia—. Ha ido a quejarse.

Dixon dobló el periódico, y levantándose con dignidad, afirmó:

—Nuestros hombres se retiran en buen orden.

—Con cañones y ganado —agregó Stephen, señalando a la portada del libró de Cranly, donde se leía: Enfermedades del Buey.

Al pasar por uno de los pasillos que dejaban las mesas, Stephen dijo a Cranly:

—Necesito hablarte.

Cranly ni contestó ni se volvió. Dejó el libro sobre la mesa de devoluciones y salió, plantando sonoramente sus bien calzados pies sobre el pavimento.

En la escalera se detuvo, y mirando distraídamente a Dixon, repitió:

—Peón a esa condenada cuarta de rey.

—Puedes ponerlo ahí si te place —dijo Dixon.

Tenía una voz átona y tranquila y maneras corteses; y de vez en cuando, dejaba ver una sortija de sello en uno de los dedos de su mano limpia y gordezuela.

Al cruzar el vestíbulo, se adelantó al encuentro de ellos un hombrecillo de estatura enana. Bajo la cúpula de su dimi­nuto sombrero, se le dibujó una sonrisa en el rostro barbado de días y se le oyó que exhalaba un murmullo. Sus ojos eran melancólicos como los de un mono.

—Buenas tardes, caballeros —dijo aquella cara simiesca y erizada de pelos.

—Para estar en marzo, hace calor —dijo Cranly—. Allá arriba tienen todo abierto.

Dixon se sonrió e hizo dar una vuelta a su anillo. La cara negruzca y surcada de arrugas simiescas frunció su boca humana con un gesto de sereno agrado y un murmullo de satisfacción salió de ella:

—Hace un tiempo delicioso para marzo. Sencillamente delicioso.

—Tiene usted ahí arriba a dos chicas de primera, can­sadas de esperarle, capitán —dijo Dixon.

Cranly se sonrió y exclamó amablemente:

—Para el capitán no hay más que una pasión: Walter Scott. ¿No es así, capitán?

—¿Qué está usted leyendo ahora, capitán? —le preguntó Dixon—. ¿La novia de Lammermoor?

—Tengo verdadera pasión por Scott —afirmaron los labios flexibles del hombrecillo—. Creo que sus escritos son admi­rables. No hay escritor que se pueda comparar con él.

Y una mano desmedrada se movió suavemente en el aire para acompañar la alabanza, mientras sus párpados finos y rápidos pasaban y repasaban repetidamente sobre los ojos tristes.

Más triste aún, el sonido de aquella voz en los oídos de Stephen: dulce entonación empañada y tenue, estropeada por un constante trabucar las palabras. Stephen la escuchaba y se preguntaba si sería cierta aquella historia, según la cual la sangre mezquina que corría por aquella desmedrada natu­raleza era noble y fruto de un amor incestuoso.

Los árboles del parque estaban cargados de lluvia. La lluvia caía incesantemente sobre el lago, gris como un escudo de metal. Pasaba una manada de cisnes, y el agua y la margen estaban manchadas de un légamo blancuzco y verdoso.

Y, ellos, se abrazaban dulcemente, excitados por la luz plu­viosa y gris, por los árboles húmedos y silenciosos, por la presencia del lago, gris como un escudo de acero, por los cisnes. Se abrazaban sin alegría, sin pasión, el brazo de él alrededor del cuello de su hermana. Ella se envolvía en una capa de lana gris, terciada del hombro al talle, y su cabeza rubia se inclinaba consentidora y avergonzada. La cabellera de él, suelta y de un rojo obscuro; sus manos, pecosas, fuertes y bien modeladas. ¿La cara? No, cara no se veía. El rostro del hermano estaba doblado sobre el cabello, rubio y fragante de lluvia, de ella. Y aquella mano pecosa, recia, bien mode­lada y acariciante, era la mano de Davin.

Frunció el ceño, malhumorado por esta idea y por el mu­ñeco humano que la había hecho nacer. Y de su memoria surgieron de pronto las bromas de su padre allá en la peña de amigos de Bantry. Las mantuvo a distancia y se puso a cavilar desagradablemente sobre su propio pensamiento. ¿Por qué no eran las manos de Cranly? ¿Era que la simplicidad y la inocencia de Davin le corroían más profundamente?

Siguió vestíbulo adelante en compañía de Dixon, mientras Cranly quedaba despidiéndose con todo primor del enano.

Bajo la columnata estaba Temple en medio de un grupito de estudiantes. Uno de ellos gritó:

—Dixon, acércate para que oigas. Temple está hoy estu­pendamente.

Temple volvió hacia el que había hablado sus ojos agita­nados y obscuros.

—Eres un hipócrita, O'Keeffe —dijo—. Y Dixon, un sonreidor. ¡Demonio, vaya expresión literaria que acabo de inventar!

Se echó a reír solapadamente mirándole a Stephen a la cara y repitió:

—¡Demonio! ¡Estoy la mar de contento con esa palabra! ¡Sonreidor!

Un estudiante regordete que estaba de pie debajo del gru­po dijo:

—Vuelve otra vez a lo de la querida, Temple. Tenemos ganas de saber lo que hay.

—Tenía una, palabra de honor —continuó Temple—. Y era casado, además. Y todos los curas acostumbraban ir a comer allí. ¡Qué demonio! Yo creo que todos sacaban tajada.

—Sí; lo que diríamos: "arregostarse al penco por no gastar el bridón" —sentenció Dixon.

—Dinos, Temple —preguntó O'Keeffe—, ¿cuántos litros de la negra tienes hoy en el cuerpo?

—Toda tu inteligencia está condensada en esa frase —dijo Temple con marcado desprecio.

Dio una vuelta con paso vacilante alrededor del grupo, y luego se dirigió a Stephen:

—¿Sabe usted que los Forsters son los reyes de Bélgica?

En este momento apareció Cranly en la puerta del vestí­bulo. Traía el sombrero echado sobre el cogote, y venía mon­dándose los dientes con todo cuidado.

—Aquí tenemos el pozo de ciencia —dijo Temple—. ¿Qué, sabes tú eso de los Forsters?

Se detuvo en espera de respuesta. Cranly había extraído de entre su dentadura un granito de higo; lo tenía en la punta de su primitivo mondadientes y lo estaba contemplando con toda atención.

—La familia Forster —continuó Temple— desciende de Balduino I, rey de Flandes, llamado el del Bosque, o sea Forester. Forester y Forster son una misma palabra. Un descendiente de Balduino I, el capitán Francis Forster, se estableció en Irlanda, y se casó con la hija del último jefe de Clanbrassil. Existen, además, los Blake Forster. Pero son otra rama distinta.

—De la del Calvo, rey de Flandes —repitió Cranly, mien­tras se hurgaba de nuevo con toda cachaza la dentadura, reluciente entre los labios abiertos.

—¿Dónde te has agenciado esa historia? —preguntó O'Keeffe.

—Sé también la historia de toda su familia de usted —dijo Temple volviéndose hacia Stephen—. ¿Sabe usted lo que Giraldo Cambrense dice acerca de su familia?

—¿Qué? ¿Desciende también de Balduino? —preguntó un estudiante alto, de ojos obscuros y aspecto hético.

—Del Calvo —repitió otra vez Cranly, chupando por entre una juntura de sus dientes.

Pernobilis et pervetusta familia —dijo Temple dirigién­dose a Stephen.

El estudiante regordete que estaba en los escalones, un poco más abajo que los otros, se soltó un pedito breve. Dixon se volvió hacia él y preguntó con toda suavidad:

—¿Ha hablado un ángel?

Cranly se volvió también y exclamó vehementemente, pero sin cólera:

—Goggins, eres el condenado marrano más grande que he conocido en mi vida.

—Se me estaba ocurriendo hacer esa afirmación —dijo Goggins cachazudamente—. ¿He hecho daño a alguien?

—Suponemos —dijo Dixon suavemente—, que no habrá sido de la especie que la ciencia conoce como paulo post futurum.

—¿No os lo había definido como un sonreidor? —dijo Temple, volviéndose a derecha e izquierda—. ¿No os lo había dicho?

—Sí, sí. No estamos sordos —dijo el alto que parecía tísico.

Cranly miraba todavía ceñudamente al estudiante rechon­cho, que seguía en los escalones debajo de él.

—¡Vete de aquí! —exclamó por fin rudamente—. ¡Vete, vaso de inmundicia! ¡Que no eres más que un vaso de in­mundicia!

Goggins saltó de un brinco al sendero para volver en se­guida a encaramarse, sonriente, en su sitio. Temple se volvió a Stephen y le preguntó:

—¿Cree usted en la ley de la herencia?

—¿Estás borracho o qué te pasa, o qué es todo eso que andas diciendo? —le preguntó Cranly, encarándosele de sú­bito con expresión de asombro.

—La sentencia más profunda que se ha escrito jamás —dijo lleno de entusiasmo Temple— es ésta con la que termina el libro de Zoología: La reproducción es el principio de la muerte.

Tocó tímidamente a Stephen en el codo y añadió con viveza:

—Usted que es poeta sí que podrá comprender bien la profundidad de esa frase.

Cranly le apuntó con el dedo índice y dijo con desprecio a los otros:

—¡Miradle! ¡Contemplad la esperanza de Irlanda!

Todos los demás se echaron a reír del ademán y las pa­labras. Temple se volvió decididamente hacia él y exclamó:

—Cranly, tú te estás burlando siempre de mí. Lo veo. Pero yo valgo lo que tú aquí y en cualquier sitio. ¿Sabes lo que pienso de ti si te comparo conmigo mismo?

—Querido amigo —dijo Cranly en tono cortés—, eres incapaz, ¿sabes?, absolutamente incapaz de pensar.

—Pero, ¿sabes —siguió Temple— lo que pienso de ti y de mí si nos comparo el uno con el otro?

—¡Afuera con ello, Temple! —gritó el estudiante regor­dete desde su puesto en los escalones—. ¡Anda, velo diciendo a cachos!

Temple se volvió a derecha e izquierda haciendo gestos vagos mientras hablaba.

—Yo soy un tío badajo —dijo meneando la cabeza con ademán pesimista—. Lo soy y sé que lo soy. Y reconozco que lo soy.

Dixon le dio una palmadita en el hombro, agregando en tono suave:

—Y esa declaración te honra.

—Pero él —continuó Temple, señalando con el dedo a Cranly—, él es un badajo también, lo mismo que yo. Sólo que no lo sabe. Y esa es toda la diferencia que encuentro entre los dos.

Una explosión de risotadas cubrió la última frase. Pero él se volvió a Stephen, y dijo con una repentina excitación:

—Es una palabra muy interesante: badajo. ¿Sabía usted que esa palabra tiene una difusión geográfica muy interesante? ¿Lo sabía usted?

—¿Sí? —dijo Stephen con aire distraído.

Estaba ocupado en observar la cara de trazos firmes y doloridos de Cranly, iluminada ahora por una sonrisa de falsa paciencia. El insulto grosero había pasado por encima de él como un agua inmunda vertida sobre una antigua imagen de piedra, indiferente a todo ultraje. Y mientras le observaba notó que se quitaba el sombrero como para saludar, dejando al descubierto su pelo negro, erizado sobre la frente como una férrea corona.

Era ella la que pasaba. Salía de la Biblioteca e hizo una inclinación para responder por detrás de Stephen al saludo de Cranly. ¿También él? ¿No había un ligero rubor en las mejillas de Cranly? ¿O procedía de las palabras de Temple? La luz se había desvanecido. Y no lo podía ver.

¿Era ésta la explicación del silencio distraído de su com­pañero, de sus desabridos comentarios, de sus súbitas y de­sagradables salidas de tono ante las que iban a estrellarse tan a menudo las confesiones apasionadas e irrefrenables de Ste­phen? Stephen había perdonado ampliamente todo, porque tal rudeza la había encontrado también en sí mismo. Y se acor­daba de aquel atardecer en que apeándose de una bicicleta prestada y rechinante, se había puesto a orar en medio del bosque, cerca de Malahide. Extático, los brazos levantados hacia el cielo, había dirigido sus palabras hacia la sombría nave de troncos, conociendo que estaba en un lugar sagrado y que sagrada era también la hora. Pero al divisar dos guar­dias, surgidos de un recodo del camino obscuro, había inte­rrumpido su plegaria, para ponerse a silbar sonoramente una cancioncilla de la última pantomima.

Se puso a golpear el astillado extremo de su varita de fresno contra una columna. ¿Acaso no le había oído Cranly? "¡Que espere!", se diría. La charla de los que estaban cerca de él había cesado por un momento y por segunda vez un suave silbido descendió de una de las ventanas de arriba. Todo lo demás estaba silencioso en el aire y ya estarían dor­midas aquellas golondrinas cuyas evoluciones había seguido con ocioso mirar.

Y ella había pasado entre el crepúsculo. Esa era la causa por la que todo estaba silencioso, todo, salvo el suave siseo que caía de la ventana. Y ésa era la razón por la que las lenguas de los hombres habían cesado también en su cháchara. Estaba cayendo la obscuridad.
La obscuridad desciende de los aires.
Una alegría temblorosa, como una caricia de luces pálidas, danzaba una danza de espíritus encantados en torno de él. ¿Qué era? ¿El paso de la muchacha por entre el aire cre­puscular? ¿O el verso lleno de vocales densas, pleno de ritmo, son de laúd?

Quiso ocultar su ensueño a los otros y se apartó lentamente hacia el extremo de la columnata donde las sombras eran más intensas; y, según iba andando, golpeaba blanda­mente las losas con su bastón y dejaba a su espíritu vagar a su placer por otras edades: tiempos de Dowland, de Byrd y de Nash.

Ojos, ojos abiertos entre las lobregueces del deseo, ojos por los que la aurora rompiente se torna obscura. Su gracia lánguida, ¿qué era sino un encanto de rancias galanterías? ¿Y qué su esplendor sino brillo de espuma sobre el cieno de la corte de un lujurioso Estuardo? Y paladeó en el re­cuerdo vinos ambarados, dejos expirantes de dulces canciones y esplendores de pavana, y vio con los ojos de la memoria gentiles damas, las bocas contraídas por un gesto incitante, muy atentas a sus martelos desde los balcones de Covent Carden; y mozas de mesón, llenas de lacras; y casadas roza­gantes, rendidas a sus seductores entre besos y abrazos y caricias.

No le producían placer estas imágenes. Tenían un en­canto íntimo y abrasado, pero la de ella quedaba señera, aislada de toda esta barahúnda. Tales pensamientos iban mal con su imagen; cuando pensaba en ella, lo hacía de modo distinto. ¿No había, pues, ni aun fiarse de la mente propia? Frases rancias, dulces sólo con una dulzura exhumada, como los granitos de higo que Cranly se extraía de entre sus dientes esmaltados.

Tenía una vaga conciencia de que ella avanzaba a través de la ciudad, de regreso a casa; pero ni los ojos lo veían ni lo pensaba el cerebro. El aroma de su cuerpo le fue llegando, dudoso al principio, después neto y claro. Una consciente intranquilidad comenzó a hervir en la sangre de Stephen. Sí, era el aroma del cuerpo de ella, un aroma lánguido y salvaje. Tibio calor de los miembros sobre los que la música de los versos había fluido anhelante. Y dulces ropas íntimas sobre las que su carne manaba un rocío y un perfume.

Algo le andaba por la nuca. Metió diestramente el índice y el pulgar por debajo del amplio cuello y lo cogió: un piojo. Restregó entre sus dedos por un instante aquel cuerpecillo tierno, pero quebradizo como un grano de arroz, y lo dejó caer por fin mientras se preguntaba si seguiría viviendo o moriría. Y recordó una frase curiosa de Cornelio a Lapide, según la cual, los piojos procedían del sudor del hombre y no habían sido criados por Dios en el día sexto al mismo tiempo que los oíros animales. La piel de la nuca le escocía y el alma con ella. La vida de su cuerpo, mal vestido, mal alimentado, comido de piojos, le hizo cerrar los párpados en un súbito espasmo de desesperación y entonces vio en la obscuridad multitud de cuerpos de piojos quebradizos y bri­llantes que caían del cielo, girando y girando al caer. Sí: no era obscuridad lo que caía de los aires. Era claridad.


La claridad desciende de los aires.
Ni aun siquiera se había acordado bien del verso de Nash. Todas las imágenes que había evocado eran falsas. Su espí­ritu criaba miseria. Sus pensamientos eran piojos nacidos del sudor de su propio abandono.

Volvió rápidamente a lo largo de la columnata para reu­nirse con el grupo de sus compañeros. Y ella, ¡que hiciese lo que quisiera, que se fuera al diablo! ¡Que se dedicara, si quería, a amar a cualquier joven deportivo, bien lavoteado cada mañana de medio cuerpo para arriba y con una greña negra en el pecho! ¡Mejor!

Cranly había sacado otro higo seco de la provisión que llevaba en el bolsillo y se lo estaba comiendo despaciosa y ruidosamente. Temple se había sentado sobre la base de una columna y estaba recostado en ella con la gorra calada hasta los ojos adormilados. Un joven regordete apareció en la puerta de la Biblioteca con una cartera de papeles bajo el brazo. Marchaba hacia el grupo, golpeando las losas con los tacones y con la contera de un pesado paraguas. Levantó el paraguas, saludando, y dijo a todos:

—¡Buenas tardes, señores!

Golpeó otra vez las losas y se puso a reír entre dientes mientras la cabeza le temblaba con un ligero movimiento ner­vioso. El estudiante alto de aspecto tísico, Dixon y O'Keeffe se habían puesto a hablar en irlandés y no le contestaron al saludo. Entonces, volviéndose hacia Cranly, dijo:

—Buenas tardes a ti en particular.

Movió el paraguas apuntándole y se volvió a reír entre dientes. Cranly, que estaba todavía masticando un higo, con­testó con un sonoro movimiento de sus mandíbulas.

—¿Buenas? Sí. Hace una tarde muy buena.

El estudiante regordete se le quedó mirando con aire serio y meneó ligeramente su paraguas a manera de reproche. —Te veo en plan de hacer resaltar verdades palmarias. —¡Umm! —contestó Cranly sosteniendo lo que quedaba del higo a medio mascar y casi metiéndoselo por la boca al otro para darle a entender que debía probarlo.

El estudiante regordete no aceptó la invitación. Y como si disculpara el humor especial de Cranly, dijo con dignidad, aunque sin dejar su risilla, y acompañando su frase con el paraguas:

—¿Quieres decir que…?

Se detuvo, apuntó bruscamente a la carne del higo a medio mascar y dijo en voz alta: —Me refiero a eso.

—¡Umm! —profirió como antes Cranly. —Bueno. ¿Y qué quieres decir con eso?, ¿que ha de ser ipso facto, o, como si dijéramos, por decirlo así?

Dixon se separó de su grupito y se aproximó, diciendo:

—Oye, Glynn, Goggins te está esperando. Ha ido al Adelphi a buscaros a ti y a Moynihan. ¿Qué traes ahí? —le preguntó, dando con la mano en la cartera que Glynn llevaba bajo el brazo.

—Ejercicios de examen —contestó Glynn—. Les hago sufrir un examen mensual para estar al tanto del provecho que sacan de mi enseñanza.

Dio también un golpecito sobre la cartera y se sonrió sua­vemente.

—¡Enseñanza! —exclamó Cranly—. Supongo que te re­fieres a esos arrapiezos descalzos que van a que les enseñe un molido mico como tú. ¡Que el Señor les tenga de su mano!

Mordió lo que le quedaba del higo y arrojó el rabillo lejos de sí.

—Dejo que los niños se acerquen a mí —dijo Glynn con toda amabilidad.

—Un molido mico —repitió Cranly con énfasis— y ade­más de molido, blasfemo.

Temple se puso en pie; apartó a Cranly, y dijo, dirigién­dose a Glynn:

—La frase que acaba usted de pronunciar, es la frase del Evangelio: Dejad que los niños se acerquen a mí.

—¡Vuélvete a dormir, Temple! —dijo O'Keeffe.

—Muy bien —continuó Temple, dirigiéndose aún a Glynn—; y entonces, si Jesús permitía que los niños se le acercaran, ¿por qué la Iglesia los envía a todos al infierno, si mueren sin estar bautizados? ¿Por qué razón?

—Pero, oye, ¿acaso estás tú bautizado, Temple? —le preguntó el estudiante que parecía tísico.

—Pues bien, ¿por qué me los mandan al infierno si Jesús ha permitido que se le acercaran todos, sin excepción?

Glynn tosió y dijo suavemente, reprimiendo con dificultad su sonrisilla nerviosa y accionando a cada palabra con el paraguas:

—Si ello es así como usted dice, requiero que se me con­teste categóricamente ¿cuál es la causa?

—La causa es —contestó Temple— que la Iglesia es cruel, como todos los pecadores viejos.

—No sé si esa declaración está muy dentro de la doc­trina católica —comentó con suavidad Dixon.

—San Agustín dice eso de que los niños sin bautizar se van al infierno, porque él era también un pecador viejo y cruel —agregó Temple.

—Yo inclino la frente ante ti —dijo Dixon—, pero tengo así una idea de que el limbo se creó para tales casos.

—No le discutas, Dixon —exclamó brutalmente Cranly—. No le hables ni le mires. Llévatele a casa con una soga como si fuera una cabra.

—¡El limbo! —gritó Temple—. Esa es también otra linda invención. Lo mismo que el infierno.

—Pero sin lo desagradable de él —comentó Dixon.

Se volvió sonriendo hacia los otros y añadió:

—Al hablar así, creo ser el portavoz de todos los pre­sentes.

—Tenlo por seguro —dijo Glynn con tono firme—. En esta cuestión Irlanda está de acuerdo.

Y volvió a golpear con la contera del paraguas sobre el piso de piedra del pórtico.

—¡El infierno! —prosiguió Temple—. Todavía se puede sentir respeto por esa invención de la esposa grisácea de Sa­tanás. El infierno es algo romano, como las murallas romanas: fuerte y feo. ¿Pero, qué es el limbo?

—Llévatelo a acostar otra vez, Cranly —exclamó O'Keeffe.

Cranly dio rápidamente un paso hacia Temple, se detuvo y pegó una patada en el suelo, gritándole como a un ave de corral:

—¡Ocsss!


Temple se retiró prestamente.

—¿Sabéis lo que es el limbo? —exclamó aún—. ¿Sabéis el calificativo que damos a una idea de ese género en Roscommon?

—¡Ocsss, condenado! —gritó Cranly dando palmadas para ahuyentarle.

—"Ni culo ni codo" —concluyó despectivamente Tem­ple—. Y eso es vuestro limbo.

—Trae aquí ese bastón —dijo Cranly.

Arrebató rápidamente el bastón de manos de Stephen y bajó de un brinco los escalones. Pero ya Temple, oyendo que se le venía encima, había echado a correr en la obscuridad como una bestia salvaje y de pies alados.

Se oyeron las pisadas a paso de carga de las pesadas botas de Cranly, según avanzaban a través del patio, para volver luego pesadamente tras la persecución infructuosa, haciendo saltar la arena del sendero cada vez que plantaba el pie.

Se le notaba el mal humor en el pisar, y malhumorado y brusco fue también el gesto con el que arrojó el bastón en manos de Stephen al devolvérselo.

Stephen sintió que aquella cólera tenía otra causa, pero fingiendo paciencia, tocó ligeramente el brazo de su compa­ñero y dijo en tono tranquilo:

—Cranly, ya te he dicho que quería hablarte. Vámonos.

Cranly se le quedó mirando por algunos momentos, y por fin le preguntó:

—¿Ahora?


—Sí, ahora —dijo Stephen—. Aquí no podemos hablar. Vámonos.

Cruzaron juntos el patio sin decir palabra. Desde los escalones del pórtico, les seguía el canto del pájaro de Siegfried, silbado suavemente. Cranly se volvió, y Dixon, que era el que había silbado, gritó desde la escalera:

—¿A dónde vais? ¿En qué quedamos de aquel partido? Se pusieron a concertar a gritos, a través del aire encal­mado, las condiciones de un partido de billar que había de ser jugado en el Adelphi Hotel. Stephen siguió andando solo hasta salir a la tranquila Kildare Street, frente al Maple's Hotel, donde se detuvo para aguardar pacientemente de nuevo. El nombre del hotel, un letrero descolorido de madera puli­mentada, y su fachada no menos descolorida, le molestaban como una mirada de desdeñosa cortesía. También él lanzó una mirada dentro del suavemente alumbrado salón del hotel, donde se imaginaba ver tranquilamente aposentadas las almas de los patricios de Irlanda. El círculo de las ideas de estas gentes giraba en torno a jerarquías militares y administra­dores y agentes de fincas rústicas; los labriegos les saludaban al cruzarse con ellos en las carreteras; sabían los nombres de algunos platos franceses; daban órdenes a sus cocheros con una entonación provincial y de tonos agudos que se tras­parentaban a través de su pronunciación afectada.

¿Cómo conmover la conciencia de tales hombres, o cómo infiltrar la sombra del propio espíritu en la imaginación de sus hijas, antes de que sus galanes hubieran engendrado en ellas, para lograr que criaran una raza menos innoble que aquella a que pertenecían? Y a través del crepúsculo cada vez más intenso, sintió que los pensamientos y deseos de la raza que le había dado origen revoloteaban como murcié­lagos por las desiertas veredas de los campos, bajo los árboles, junto al borde de los riachuelos, por las tierras pantanosas, manchadas acá y allá de charcos. Una mujer había estado esperando a Davin a la puerta de su casa cuando él pasaba de camino en la noche, y al ofrecerle una taza de leche le había invitado a seguirla a su lecho. Y era que los ojos de Davin eran unos ojos dulces que parecían prometer silencio. Mas él nunca había recibido la invitación de unos ojos de mujer.

Sintió que le agarraban fuertemente por el brazo, y la voz de Cranly que decía:

—Vámosnos.

Echaron a andar en silencio en dirección al sur. Por fin, Cranly habló:

—¡Qué idiota más regocijante el Temple ese! Te juro por Moisés, que me le dejo en el sitio el mejor día.

Pero la cólera había desaparecido de su voz, y Stephen se preguntaba si en lo que estaba pensando su amigo no era en el saludo que ella le había dirigido en el pórtico de la Biblioteca.

Echaron hacia la izquierda y siguieron caminando como antes. Tras de algún tiempo de avanzar así, dijo Stephen:

—Cranly, he tenido una cuestión desagradable esta tarde.

—¿Con tu familia? —preguntó Cranly.

—Con mi madre.

—¿Sobre religión?

—Sí.

Tras una pausa, Cranly preguntó:



—¿Qué edad tiene tu madre?

—No mucha —contestó Stephen—. Quiere que cumpla con el precepto pascual.

—¿Y tú?

—Yo no quiero.



—¿Por qué no? —preguntó Cranly.

—No serviré.

—He aquí una contestación que alguien ha dado antes que tú —dijo Cranly con calma.

—Yo la vuelvo a dar ahora —contestó vivamente Stephen.

Cranly oprimió el brazo de Stephen, mientras decía:

—Calma, querido. Eres un condenado excitable, ¿sabes?

Se reía con una risa nerviosa al hablar y, mirándole a Ste­phen a la cara con ojos enternecidos y amicales, dijo:

—¿Sabes que eres un hombre fácilmente excitable?

—No me parece mal confesar que lo soy —dijo Stephen riéndose también.

Sus almas, apartadas desde hacía poco, parecían haberse acercado de repente la una a la otra.

—¿Crees en la eucaristía? —preguntó Cranly.

—No.


—¿No crees en ella?

—Ni creo ni dejo de creer en ella —contestó Stephen.

—Muchas personas, aun personas de creencias religiosas, tienen dudas que logran dominar. ¿Son muy fuertes las dudas que tienes acerca de este punto?

—No quiero dominarlas —contestó Stephen.

Cranly, embarazado por un momento, sacó otro higo de su bolsillo y estaba a punto de ponerse a comerlo cuando Stephen le detuvo diciendo:

—¡Déjalo ahora, te lo suplico! No puedes discutir esta cuestión con la boca llena de higo mascado.

Cranly examinó el higo a la luz de un farol bajo el cual se había parado. Luego lo olió por ambos lados de la nariz, mordió un pedacito, lo escupió y arrojó el higo violentamente al arroyo. Y dirigiéndose al higo que yacía en el suelo, ex­clamó:

—Apártate de mí, maldito; ¡vete al fuego eterno!

Agarró a Stephen por el brazo, echó a andar y dijo:

—¿No temes que estas palabras puedan serte aplicadas

a ti en el día del juicio?

—¿Qué es lo que me ofrecen del otro lado? ¿Una eternidad de bienaventuranza en compañía del decano de estudios?

—Acuérdate —observó Cranly— que él ha de ser glo­rificado.

—Efectivamente —dijo Stephen con cierta amargura—, y será brillante, ágil, impasible y, lo más importante de todo, sutil.

—Es una cosa curiosa, ¿sabes? —dijo indiferentemente Cranly—, hasta qué punto está sobresaturado tu espíritu de una religión en la cual afirmas no creer. ¿Creías en ella cuando estabas en el colegio? Apuesto que sí.

—Creía —contestó Stephen.

—¿Y eras entonces más feliz? —preguntó con tono suave Cranly—. ¿Más feliz que ahora, por ejemplo?

—A veces me sentía feliz y a veces desgraciado. Lo que era entonces era otra persona distinta.

—¿Cómo que otra persona distinta? ¿Qué es lo que quieres decir con eso?

—Lo que quiero decir —contestó Stephen— es que en­tonces no era yo mismo lo que soy ahora; mejor, lo que tengo que llegar a ser.

—No eras lo que eres ahora, lo que tienes que llegar a ser… —repitió Cranly—. Permíteme que te haga una pre­gunta. ¿Amas a tu madre?

Stephen meneó con lentitud la cabeza.

—No entiendo lo que quieren decir esas palabras —dijo sencillamente.

—¿Has amado alguna vez a alguien? —le preguntó Cranly.

—¿Quieres decir a mujeres?

—No hablo de eso ahora —dijo con un tono más frío Cranly—. Lo que te pregunto es si has sentido alguna vez amor hacia alguna persona o cosa.

Stephen avanzaba junto a su amigo contemplando som­bríamente la acera. Por fin, dijo:

—He tratado de amar a Dios. Y parece que por lo visto he fracasado. Es muy difícil. He tratado de unir, momento a momento, mi voluntad con la voluntad divina. En esto sí que no siempre he fracasado. Podría, tal vez, hacerlo todavía.




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