Retrato del artista adolescente



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El Universo

Esto estaba escrito de su mano. Y Fleming había escrito por broma en la página opuesta:


Stephen Dédalus es mi nombre

e Irlanda mi nación.

Clongowes donde yo vivo

y el cielo mi aspiración.
Leyó los versos del revés, pero así dejaban de ser poesía. Y luego leyó de abajo a arriba lo que había en la guarda hasta que llegó a su nombre. Aquello era él: y entonces volvió a leer la página hacia abajo. ¿Qué había después del universo? Nada. Pero, ¿es que había algo alrededor del universo para señalar dónde se terminaba, antes de que la nada comenzase? No podía haber una muralla. Pero podría haber allí una línea muy delgada, muy delgada, alrededor de todas las cosas. Era algo inmenso el pensar en todas las cosas y en todos los sitios. Sólo Dios podía hacer eso. Trataba de imaginarse qué pensamiento tan grande tendría que ser aquél, pero sólo podía pensar en Dios. Dios era el nombre de Dios, lo mismo que su nombre era Stephen. Dieu quería decir Dios en francés y era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a Dios y decía Dieu, Dios conocía desde el primer momento que era un francés el que estaba rezando. Pero aunque había diferentes nombres para Dios en las distintas lenguas del mun­do y aunque Dios entendía lo que le rezaban en todas las lenguas, sin embargo, Dios permanecía siempre el mismo Dios, y el verdadero nombre de Dios era Dios.

Se cansaba mucho pensando estas cosas. Le hacía expe­rimentar la sensación de que le crecía la cabeza. Pasó la guarda del libro y se puso a mirar con aire cansado a la tierra verde y redonda entre las nubes marrón. Se preguntaba qué era mejor: si decidirse por el verde o por el marrón, porque un día Dante había arrancado con unas tijeras el respaldo de terciopelo verde del cepillo dedicado a Parnell y le había dicho que Parnell era una mala persona. Se preguntaba si estarían discutiendo sobre eso en casa. Eso se llamaba la política. Había dos partidos: Dante pertenecía a un partido, y su padre y el señor Casey a otro, pero su madre y tío Charles no perte­necían a ninguno. El periódico hablaba todos los días de esto.

Le disgustaba el no comprender bien lo que era la política y el no saber dónde terminaba el universo. Se sentía pequeño y débil. ¿Cuándo sería él como los mayores que estudiaban retórica y poética? Tenían unos vozarrones fuertes y unas botas muy grandes y estudiaban trigonometría. Eso estaba muy lejos. Primero venían las vacaciones y luego el siguiente tri­mestre, y luego vacación otra vez y luego otro trimestre y luego otra vez vacación. Era como un tren entrando en tú­neles y saliendo de ellos y como el ruido de los chicos al comer en el refectorio, si uno se tapa los oídos y se los des­tapa luego. Trimestre, vacación; túnel, y salir del túnel; ruido y silencio. ¡Qué lejos estaba! Lo mejor era irse a la cama y dormir. Sólo las oraciones en la capilla, y, luego, la cama. Sintió un escalofrío y bostezó. ¡Qué bien se estaría en la cama cuando las sábanas comenzaran a ponerse calientes! Primero, al meterse, estaban muy frías. Le dio un escalofrío de pensar lo frías que estaban al principio. Pero luego se ponían calien­tes y uno se dormía. ¡Qué gusto daba estar cansado! Bostezó otra vez. Las oraciones de la noche y luego la cama: sintió un escalofrío y le dieron ganas de bostezar. ¡Qué bien se iba a estar dentro de unos minutos! Sintió un calor reconfortante que se iba deslizando por las sábanas frías, cada vez más ca­liente, más caliente, hasta que todo estaba caliente. ¡Caliente, caliente!; y sin embargo, aún tiritaba un poco y seguía sin­tiendo ganas de bostezar.

La campana llamó a las oraciones de la noche y él salió del salón de estudio en fila detrás de los demás; bajó la esca­lera y siguió a lo largo de los tránsitos hacia la capilla. Los tránsitos estaban escasamente alumbrados y lo mismo la ca­pilla. Pronto, todo estaría obscuro y dormido. En la capilla había un ambiente nocturno y frío y los mármoles tenían el color que el mar tiene por la noche. El mar estaba frío día y noche. Pero estaba más frío de noche. Estaba frío y obscuro debajo del dique, junto a su casa. Mas la olla del agua estaría al fuego para preparar el ponche.

El prefecto estaba rezando casi por encima de su cabeza y él se sabía de memoria las respuestas:
Oh, señor, abre nuestros labios:

y nuestras bocas anunciarán tus alabanzas.

¡Dígnate venir en nuestra ayuda, oh, Dios!

¿Oh, Señor, apresúrate a socorrernos!
Había en la capilla un frío olor a noche. Pero era un olor santo. No era como el olor de los aldeanos viejos que se ponían de rodillas a la parte de atrás en la misa de los domingos. Aquél era un olor a aire, a lluvia, a turba, a pana. Pero eran unos aldeanos muy piadosos. Le echaban el aliento sobre el cogote desde detrás y suspiraban al rezar. Decía un chico que vivían en Clane: había allí unas cabañitas, y él había visto una mujer a la puerta de una cabaña al pasar en los coches viniendo de Sallins. ¡Qué bien, dormir una noche en aquella cabaña, ante el humeante fuego de turba, en la obscuridad iluminada por el hogar, en la obscuridad caliente, respirando el olor de los aldeanos, aire y lluvia y turba y pana! Pero ¡oh!: ¡qué obscuro se hacia el camino hacia allá, entre los árboles! Se perdería uno en la obscuridad. Le daba miedo de pensar lo que sería.

Oyó la voz del prefecto que decía la última oración, y él rezó también para librarse de la obscuridad de afuera, bajo los árboles.


Visita, te lo rogamos, oh, Señor, esta vivienda y aparta de ella todas las asechanzas del enemigo. Vivan tus ángeles aquí para conservarnos en paz; y sea tu bendición siempre sobre nosotros, por Cristo Nuestro Señor. Amén.
Le temblaban los dedos al desnudarse en el dormitorio. Les mandó que se dieran prisa. Para no irse al infierno cuan­do muriera, era necesario desnudarse y luego arrodillarse y decir sus oraciones particulares y estar en la cama antes de que bajaran el gas. Se sacó las medias, se puso rápidamente el camisón de dormir, se arrodilló al lado de la cama y repitió de prisa sus oraciones, temiendo a cada paso que iban a apa­gar el gas. Sintió que se le estremecían las espaldas, mientras murmuraba:
Bendice, oh Dios, a mis padres y consérvamelos,

bendice, oh Dios, a mis hermanitos y consérvamelos,

bendice, oh Dios, a Dante y a tío Charles y consérvamelos.
Se santiguó y trepó rápidamente a la cama, enrollando el extremo del camisón entre los pies, haciéndose un ovillo bajo las frías sábanas blancas, estremeciéndose, tintando. Pero no iría al infierno cuando se muriera; y se le pasaría el tiritón. Alguien daba las buenas noches a los muchachos desde el dormitorio. Miró un momento por encima del co­bertor y vio alrededor de la cama las cortinas amarillas que le aislaban por todas partes. La luz bajó pasito.

Los zapatos del prefecto se marcharon. ¿Adonde? ¿Esca­leras abajo y por los tránsitos, o a su cuarto situado al ex­tremo del dormitorio? Vio la obscuridad. ¿Sería cierto lo del perro negro que se paseaba allí por la noche con unos ojos tan grandes como los faroles de un carruaje? Decían que era el alma en pena de un asesino. Un largo escalofrío de miedo le refluyó por el cuerpo. Veía el obscuro vestíbulo de entrada del castillo. En el cuarto de plancha, en lo alto de la escalera, había unos criados viejos vestidos con trajes an­tiguos. Era hacía mucho tiempo. Los criados viejos estaban inmóviles. Allí había lumbre, pero el vestíbulo estaba obscu­ro. Un personaje subía, viniendo del vestíbulo, por la esca­lera. Llevaba el manto blanco de mariscal; su cara era ex­traña y pálida; se apretaba con una mano el costado. Miraba con unos ojos extraordinarios a los criados. Ellos le miraban también, y al ver la cara y el manto de su señor, compren­dían que venía herido de muerte. Pero sólo era a la obscu­ridad a donde miraban: sólo al aire obscuro y silencioso. Su amo había recibido la herida de muerte en el campo de batalla de Praga, muy lejos, al otro lado del mar. Estaba tendido sobre el campo; con una mano se apretaba el costado. Su cara era extraña y estaba muy pálida. Llevaba el manto blanco de mariscal.

¡Qué frío daba, qué extraño era el pensar en esto! Toda la obscuridad era fría y extraña. Había allí caras extrañas y pálidas, ojos grandes como faroles de carruaje. Eran las almas en pena de los asesinos, las imágenes de los mariscales heridos de muerte en los campos de batalla, muy lejos, al otro lado del mar. ¿Qué era lo que querían decir con aque­llas caras tan raras?
Visita, te lo rogamos, ¡oh Señor!, esta vivienda y aparta de ella todas…
¡Irse a casa de vacaciones! Debía ser algo magnífico: se lo habían dicho los chicos. Montar en los coches una mañana de invierno, tempranito, a la puerta del castillo. Los coches rodaban sobre la grava. ¡Vivas al rector!

¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

Los coches pasaban por delante de la capilla y todas las cabezas se descubrían. Corrían alegremente por los caminos, entre los campos. Los conductores señalaban con el látigo hacia Bodenstown. Los chicos lanzaban alegres aclamaciones. Pasaban por la granja del Alegre Granjero. Vivas y gritos y aclamaciones. Pasaban por Clane gritando y alborotando. Las aldeanas estaban a las puertas; los hombres, esparcidos aquí y allá. Un olor delicioso flotaba en el aire invernal: el olor de Clane, a lluvia y a aire invernizo y a rescoldo de turba y a pana.

El tren estaba lleno de chicos. Un tren largo, largo, de chocolate, con paramentos de crema. Los empleados iban de un lado a otro, cerrando y abriendo las portezuelas. Estaban vestidos de azul obscuro y plata; tenían silbatos de plata y sus llaves hacían un ruido rápido: clic-clac, clic-clac.

Y el tren corría sobre las tierras llanas y pasaba la co­lina de Allen. Los postes del telégrafo iban pasando, pasando. El tren seguía y seguía. ¡Sabía bien por dónde! Había faroles en el vestíbulo de su casa y guirnaldas de ramos verdes. Ramos de acebo y yedra alrededor del gran espejo; y acebo y yedra, rojo y verde, entrelazados por entre las lámparas. Acebo y yedra verde, alrededor de los antiguos retratos de las paredes. Acebo y yedra, por ser las Navidades y por venir de él.

Delicioso…

Toda la familia. ¡Bienvenido, Stephen! Algazara de bien­venida. Su madre le besa. ¿Está eso bien? Su padre es ahora un mariscal: más que un magistrado. ¡Bienvenido, Stephen!

Ruidos…


Había un ruido de anillas de cortina que se corren a lo largo de las barras, y de agua vertida en jofainas. Había en el dormitorio un ruido de gente que se levanta y se viste y se lava. Un ruido de palmadas: el prefecto que pasaba de un lado a otro excitando a los chicos para que avivasen. La luz de un sol pálido dejaba ver las cortinas separadas y las camas revueltas. Su cama estaba muy caliente, y él tenía la cara y el cuerpo ardiendo. Se levantó y se sentó en el borde de la cama. Estaba débil. Trató de ponerse las medias. Se sentía horriblemente mal. La luz del sol era fría y extraña. Fleming le dijo: —¿No estás bueno? No lo sabía. Fleming añadió:

—Vuélvete a la cama. Le voy a decir a Me Glade que no estás bueno. —Está enfermo. —¿Quién?

—Díselo a Me Glade. —Vuélvete a la cama.

—¿Es que está enfermo?

Un chico sostuvo sus brazos mientras se soltaba la media que colgaba del pie, y se metió de nuevo en la cama. Se arrebujó entre las sábanas, halagado por el tibio calor del lecho. Oía a los chicos que hablaban de él, mientras se ves­tían para ir a misa: Estaban diciendo que había sido una cobardía el empujarle así dentro de la fosa.

Después cesaron las voces; se habían ido. Una voz sonó al lado de su cama:

—Oye, ¿no nos irás a acusar, verdad? Aquella era la cara de Wells. Le miró y notó que Wells tenía miedo.

—No fue con intención. ¿Seguro que no lo harás? Su padre le había dicho que nunca acusara a un compa­ñero, hiciera lo que hiciera. Meneó la cabeza, dijo que no, y se sintió satisfecho. Wells dijo:

—No fue con intención, palabra de honor. Fue sólo por broma. Lo siento.

Lo sentía porque tenía miedo. Miedo de que fuese al­guna enfermedad. Cancro era una enfermedad de plantas; cáncer, de animales. Cáncer u otra distinta. Eso era hace mucho tiempo, fuera, en los campos de recreo, a la luz del atardecer, arrastrándose de un lado a otro, en el extremo de su línea, un pájaro pesado volaba bajo, a través de la luz gris. Se iluminó la Abadía de Leicester. Wolsey murió allí. Los mismos abades fueron quienes le enterraron.

No era la cara de Wells, era la del prefecto. No eran marrullerías. No, no: estaba malo realmente. No eran ma­rrullerías. Y sintió la mano del prefecto sobre su frente. Y sintió el contraste de su frente calurosa y húmeda, contra la mano húmeda y fría del prefecto. Así debía de ser la sen­sación que diera una rata: viscosa, fría, húmeda. Las ratas tenían dos ojillos atisbones. Una piel suave y viscosa, unas patitas diminutas encogidas para el salto y unos ojos negros, viscosos y atisbones. ¡Bien que sabían saltar! Pero las inte­ligencias de las ratas no podían saber trigonometría. Cuando estaban muertas, se quedaban tendidas de costado. Se les secaba la piel. Y ya no eran más que cosas muertas.

El prefecto estaba allí otra vez y su voz estaba diciendo que se tenía que levantar, que el Padre Ministro había dicho que se tenía que levantar y vestir e ir a la enfermería. Y mien­tras se estaba vistiendo todo lo de prisa que podía, el prefecto añadió:

—¡Tenemos que largarnos a visitar al hermano Michael porque nos ha entrado mieditis!

Se portaba muy bien el prefecto. Porque le decía aquello sólo por hacerle reír. Pero no se pudo reír porque le tem­bleteaban las mejillas y los labios. Así es que el prefecto se tuvo que reír él solo.

El prefecto gritó:

—¡Paso ligero! ¡Pata de paja! ¡Pata de heno!

Bajaron juntos la escalera, siguieron por el tránsito y pa­saron los baños. Al pasar por la puerta, Stephen recordó con un vago terror el agua tibia, terrosa y estancada, el aire húmedo y tibio, el ruido de los chapuzones, el olor, como de medicina, de las toallas.

El hermano Michael estaba a la puerta de la enfermería, y por la puerta del obscuro gabinete, a su derecha, venía un olor como a medicina. Era de los botes que había en los estantes. El prefecto habló con el hermano Michael y el her­mano, al contestarle, le llamaba señor. Tenía el pelo rojizo, veteado de gris, y una expresión extraña. Era curioso que tuviera que seguir siempre siendo hermano. Y era curioso que no se le pudiera llamar señor porque era hermano y porque tenía un aspecto distinto de los otros. ¿Es que no era bastante santo, o por qué no podía llegar a ser lo que los demás?

Había dos camas en la habitación y en una estaba un chico, que cuando los vio entrar, exclamó:

—¡Anda! ¡Si es el peque de Dédalus! ¿Qué te trae por aquí?

—Las piernas le traen —dijo el hermano Michael.

Era un alumno de tercero de gramática. Mientras Stephen se desnudaba, el otro le pidió al hermano Michael que le trajera una rebanada de pan tostado con manteca.

—¡Ande usted! —suplicó.

—¡Sí, sí, manteca! —dijo el hermano Michael—. Lo que te vamos a dar van a ser tus papeles. Y esta misma mañana, tan pronto como venga el doctor.

—¿Sí? —dijo el chico—. ¡Si no estoy bueno todavía!

El hermano Michael repitió:

—Te daremos tus papeles. Te lo aseguro.

Se agachó para atizar el fuego. Tenía los lomos largos, como los de un caballo del tranvía. Meneaba el atizador gravemente y le decía que sí con la cabeza al de tercero de gramática.

Después se marchó el hermano Michael. Y al cabo de un rato, el chico de tercero de gramática se volvió hacia la pared y se quedó dormido.

Aquello era la enfermería. Luego estaba enfermo. ¿Ha­bían escrito a casa para decírselo a sus padres? Pero sería más rápido que fuera uno de los padres a decirlo. O si no escribiría él una carta para que la llevara el padre.


Querida madre:

Estoy malo. Quiero ir a casa. Haz el favor de venir y llevarme a casa. Estoy en la enfermería.

Tu hijo que te quiere,



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