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REMO BODEI

GEOMETRIA

DE LAS PASIONES




Miedo, esperanza, felicidad:

filosofta y uso politíco


Geometría de las Pasiones, Miedo, Esperanza, Felicidad: Filosofía y Uso Político; Remo Bodei;Fondo de Cultura Económica, México; Primera Edición en español 1995.


FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

MÉXICO

INTRODUCCIÓN

I


1. Por mucho tiempo las pasiones han sido condenadas como factor de turbación o de pérdida temporal de la razón. Signo manifiesto de un poder extraño para la parte mejor del hombre, lo dominarían, distorsio­nando la clara visión de las cosas y desviando la espontánea propensión al bien. Agitado, el espejo de agua de la mente se enturbiaría y se en­cresparía, dejando de reflejar la realidad e impidiendo al querer discernir alternativas para las inclinaciones del momento.

  1. Por mucho tiempo las pasiones han sido condenadas como

factor de turbación o
de pérdida temporal
de la razón.
Signo manifiesto de un poder extraño para
la parte mejor del hombre,
lo dominarían,
distorsio­nando la clara visión de las cosas y
desviando la espontánea propensión al bien.
Agitado,
el espejo de agua de la mente
se enturbiaría y
se en­cresparía,
dejando de reflejar la realidad e
impidiendo al querer discernir alternativas para las inclinaciones del momento.







Geometría de las Pasiones, Miedo, Esperanza, Felicidad: Filosofía y Uso Político; Remo Bodei;Fondo de Cultura Económica, México; Primera Edición en español 1995. p. 09.



Obedecer el imperioso reclamo de los impulsos, rendirse a las lisonjas sinuosas de los deseos significaría abandonarse inermes a estados de ánimo imprevisibles y contradictorios, renunciar a la libertad, a la con­ciencia y al autocontrol en beneficio de un amo interior más exigente que los externos.

Frente a las múltiples estrategias elaboradas para extirpar, moderar o domesticar las pasiones (y, paralelamente, para conseguir el dominio sobre sí mismos, volviendo coherente la inteligencia, constante la volun­tad, fuerte el carácter) aun parece lícito preguntarse si la oposición razón/pasiones puede dar cuenta de los fenómenos a que se refiere y si es justo, en general, sacrificar las propias ‘pasiones’ en nombre de idea­les que podrían ser vehículo de infelicidad no motivada.

Cuando, al final de este libro, el camino concluido pueda ser observa­do a distancia - revelando de manera más clara su dirección - será posible constatar por líneas internas cómo “razón” y pasiones” forman parte de constelaeiones de sentido teórica y culturalmente condi­cionadas, aun cuando para nosotros sean familiares y ya difíciles de sustituir. “Razón” y “pasiones” son, pues, términos pre-juzgados, que es necesario habituarse a considerar como nociones correlativas y no obvias, que se definen recíprocarnente (por contraste o por diferencia) sólo dentro de determinados horizontes conceptuales y de específicos parámetros valorativos. Las combinaciones y las configuraciones a que dan lugar son ciertamente múltiples y variadas; sin embargo, todas están subordinadas a la naturaleza de los movimientos y a los mapas mentales de partida.

En su base se encuentra el asunto por el que las pasiones representan “alteraciones” de un estado de otra rnanera neutro y no perturbado del ánimno o de la habitual composición de los “humores” en el carácter de cada individuo. Se confunde así aquello que si acaso es el resultado histórico de esfuerzos tendientes a la imparcialidad y a la tranquilidad del ánimo con una premisa natural. Sin embargo, nada impide pensar las “pasiones” (emociones, sentimientos, deseos) como estados que no se añaden del exterior a un grado cero de la conciencia indiferente, para enturbiarla y confundirla, sino que son constitutivos de la tonalidad de cualquier modo de ser físico y hasta de toda orientación cognitiva. ¿Por qué no concebirlas, pues, como formas de comunicación tonalmente ”acentuada”, lenguajes mímicos o actos expresivos que elaboran y trans­miten, al mismo tiempo, mensajes vectorialmente orientados, modula­dos, articulados y graduables en la dirección y en la intensidad?

Las pasiones preparan, conservan, memorizan, reelaboran y presen­tan los ‘significados reactivos’ más directamente atribuidos a personas, cosas y acontecimientos por los sujetos que los experimentan dentro de contextos determinados, cuyas formas y metamorfosis evidencian. Dejan en realidad que sea la “razón” misrna - a posteriori presentada como provisionalmente arrollada y seducida - la que establezca el objetivo y el alcance de su acción, individuando los objetos sobre los cuales irrum­pir, midiendo el punto en que detener el impetu, dosificando la virulen­cia de actitudes disipativas.

De la eventual verificación de una semejante hipótesis podrían des­prenderse algunas importantes consecuencias. Quedaría, en particular, endeble la idea de una energía íntimamente opaca e inculta para someter y disciplinar. La pasión aparecería de esta manera como la sombra de la razón misrna, como una construcción de sentido y una actitud ya ínti­mamente revestida de una propia inteligencia y cultura, fruto de elabo­raciones milenarias, mientras la razón se manifestaría, a su vez, ‘apasio­nada’, selectiva y parcial, cómplice de aquellas mismas pasiones que dice combatir. Se descubriría así lo inadecuado del concepto de pasión entendida como mero enceguecimiento. Esto volvería menos plausible tanto su demonización, como el consiguiente llamado al exorcismo y a la sumisión de ella (simétricamente, sin embargo, también su exaltación como opuesto especular de la razón). Se volverían por lo tanto desenfo­cadas y parcialmente infundadas las recurrentes, austeras figuras de la razón como “auriga”, “pastor”, domador y educador de las pasiones (del alma y del cuerpo, del espíritu y de la carne).

Presuponer energías salvajes y andando a ciegas en la oscuridad (“pasiones”), que deberían ser dirigidas y frenadas por una instancia ordenadora iluminada (“razón”), significa a menudo, en efecto, prefigurar una justificación polémica para reprimirlas o canalizarlas. Decretando la peligrosidad y la incapacidad para guiarse a si mismas, negándoles una orientación intrínseca y discernimiento, se legitima automáticamente la licitud de delegar a la inflexible potencia imperial o a la persuasiva se­veridad paternalista de la razón intervenciones externas de censura y de tutela correctiva.

Si precisamente se quiere permanecer en el ámbito conceptual de una dualidad entre razón y pasiones, sería necesario por lo menos - dejan­do a los tiempos largos la elaboración de un nuevo léxico y una nueva sintaxis de sus relaciones - abandonar la imagen de esta relación como arena de la lucha entre lógica y ausencia de lógica (entre orden y desor­den, transparencia y oscuridad, ley y arbitrio, unidad monolítica de la “razón”, que no es otra cosa que el nombre para una familia de estrate­gias diferentes, y pluralidad de las pasiones). Se podrá interpretar esta relación, si acaso, como conflictividad entre dos lógicas complemen­tarias, que operan según el esquema de “ni contigo, ni sin ti”. Ligadas por una solidaridad antagonista, ellas operarían según estructuras de orden funcionalmente diferenciadas e incongruentes, justificables (cada una al respectivo nivel) con referencia a principios propios, de cuya contraposición nacen los puntos graves y las fluctuaciones del querer, junto con el sentido de ineluctable pasividad, de acción preterinten­cional y de involuntaria impotencia que parecen definir la “pasión”.

Conocer las pasiones no sería otra cosa que analizar la razón misma a contrapelo’, iluminándola con su misma presunta sombra.



2. A pesar de todo, las pasiones no se reducen sólo a conflicto y a mera pasividad. Ellas tiñen el mundo de vivos colores subjetivos, acomparían el desarrollo de los acontecimientos, sacuden la experiencia de la iner­cia y de la monotonía, dan sabor a la existencia a pesar de las incomo­didades y los dolores. ¿Valdría la pena vivir si no probásemos alguna pasión, si tenaces e invisibles hilos no nos atasen con fuerza a cuanto - por diverso título - nos llega al ‘corazón’, y cuya pérdida tememos? La total apatía, la falta de sentimientos y de re-sentimientos, la incapa­cidad de alegrarse y de entristecerse, de estar ‘llenos’ de amor, de cólera o deseo, la misma desaparición de la pasividad, entendida como espacio virtual y acogedor para la presentación del otro, ¿no equivaldría tal vez a la muerte?

El descubrimiento de la positividad de las pasiones es bastante reciente; tuvo lugar sobre todo en la edad contemporánea. en un perio­do que siguió a aquel explícitamente examinado en el presente volumen. Y aunque Kant persista en considerarlas un “cáncer de la razón”, Descartes y Espinosa rnientras tanto ya han motivado el rol, los econo­mistas exaltado la función civilizadora y los románticos proclamarán dentro de poco la irrenunciabilidad. Invirtiendo las preocupaciones precedentes, se llega incluso (desde finales del siglo XVIII) a temer el irreversible debilitamiento o la virtual desaparición. Al menos desde el tiempo de Stendhal o de Tocqueville, se viene por ello denunciado sis­temáticamente el eclipse de las grandes y nobles pasiones a causa del predominio del cálculo egoísta, de la vanidad individual y, sobre todo, de la creciente seguridad de la vida. Asumiéndose progresivamente la tarea de tutelar al individuio en los momentos críticos de la existencia (nacimicnto, infancia, vejez y enfermedad), y haciéndose cargo de resar­cirlo según justicia, frente a las ofensas padecidas - esto es, prohibién­dole todo involucramiento en espirales de venganza privada -, el Estado, en un cierto modo, se arrogaría el monopolio legítimo de algu­nas de las pasiones más fuertes y exclusivas. La ausencia de pasiones, y no la pasión misma, se vuelve ahora el verdadero pecado.

La expansión de la racionalización habría - se dice- secado la fuen­te de las emociones, refrenando la tendencia hacia un “corazón más grande” y dispersando las energías con que la vida misma se renueva. Comenzaría, aun políticamente, la era de la rnediocridad, del progresivo encerramiento del individuo en sí mismo, de la reducción de la intensidad y del alcance de las relaciones humanas afectivamente cargadas de sen­tido y de valor implicante. Al enrarecimiento de los arranques generosos y de las tendencias heroicas correspondería la abundancia de las “pasio­nes mezquinas” y de los deseos flojos, a menudo el triunfo de las mu­chedumbres y del vulgo.

Independientemente de las intenciones de su autor, un apólogo expre­sa eficazmente tal presunta condición:

Una manada de puerco espines, en un frío día de invierno, se apretujaron juntos, para protegerse, con el calor recíproco, de quedar entumecidos. Sin embar­go, muy pronto sintieron las espinas de cada uno; el dolor los obligó a alejarse de nuevo el uno del otro. Luego, cuando la necesidad de calentarse los llevó de nuevo a estar juntos, se repitió aquella desdicha; de modo que se movían in­quietos de allá para acá entre dos males, hasta que encontraron una rnodera­da distancia recíproca, que representaba para ellos la mejor posición.1

Incapaces de quitarse los aguijones (o espantados por la idea de que una eventual renuncia a ellos los deje más vulnerables), los hombres serían empujados hacia la “tierra de frontera entre soledad y comu­nidad” recordada por Kafka. Estipularían así sin cesar miseros compro­misos entre la dolorosa lejanía y la hirsuta promiscuidad. Capturados



1 A. Schopenhauer, Parerga und Paralipomena,II, cap. 30, párr. 6, en Zürcher Ausgabe, Werke in zehn Bånden, Zurich, 1977, vol. X, p. 708, trad. it.: Parerga paralipomena, Turín, 1963, pp. 1395-1396.

entre el calor y el hielo, se contentarían con relaciones tibias con los demás y consigo mismos. Una soportable infelicidad o una felicidad banal serían el resultado de este paralelogramo de fuerzas atrayentes y repelentes.



3. El mundo contemporáneo - se sigue repitiendo también hoy - está precisamente caracterizado por la obstrucción del deseo, por la indife­reneia recíproca y por el individualismo de masa, que marcaría el paso del homo hierarchicus de las sociedades de casta y de orden al homo aequalis que se ha afirmado en las civilizaciones de Occidente.2 Rechazando el contacto directo y la completa separación de los otros, tal ‘justo medio’ habría conducido al marchitamiento emotivo y a la desaparición de la solidaridad. Venida a menos la necesidad de ser partícipes de las vicisitudes colectivas, se secaría de raíz el sentido de pertenencia a la comunidad. La razón, habiéndose hecho calculadora o ‘instrumental’, se alejaría así de las pasiones y de los sentimicntos, ya narcotizados.

En el segundo libro de La democracia en América (1840), Tocqueville ha sido uno de los primeros en diagnosticar tales síntomas. Su tesis es que los Estados Unidos representan sólo la anticipación de una forma de vida destinada a propagarse en todo el planeta, el espejo en que Europa puede ya mirar el propio futuro. El nuevo régimen de las pasiones y de los deseos viene ligado por él a una permanente insatis­facción, que busca calmarse mediante la búsqueda obsesiva de “bienes materiales”. Él sigue con esto aquel impulso adquisitivo que - de Platón en adelante - había sido a menudo condenado como típico de la parte más baja del alma y de los estratos más despreciahles de la comunidad.

En una Europa marcada por la existencia de barreras sociales infran­queables, la “pasión” generalizada por el bienestar no viene sin embargo todavía advertida en toda su virulencia. Los aristócratas y los ricos gozan de tal bienestar como si les fuese debido simplemente; los pobres continúan percibiéndolo como objetivo de tal manera al margen del propio alcance que difícilmente se atreven a imaginárselo. El enorme desnivel de la escala jerárquica inhibe, en los escalones inferiores, vi­gorosas aspiraciones a la igualdad y al cambio de las condiciones de existencia. El deseo se bloquea en metas fácilmente alcanzables o se proyecta al infinito en la espera de una felicidad celeste como recom­pensa por los sufrimientos y las privaciones sufridos.


2 Cfr. G. Lipovetski, L’ére du vide. Essais sur I’individualisme contempora in, Paris, 1963, y L. Dumont, Essij sur l’individualisme, une perspective anthropologique sur l’idéologie de la modernité, Paris, 1983 (sobre las posiciones de Dumont, véase A. Renaud, L’ére de l’individu, Paris, 1989, pp. 69-1 12).

En la joven democracia estadunidense, la prosecución incontenible de la igualdad se apoya en cambio en la emulación y en la intoleran­cia de las distinciones de grado, en la carrera hacia el éxito y en la hipertrofia del deseo adquisitivo, pasión que corre el riesgo de sofocar a cualquier otra. Sólo que lejos de conducir a la felicidad, tal ansia exclu­siva parece a Tocqueville veteada de sutil melancolía: en su “honesto materialismo”, los estadunidenses pensarían más en los bienes de que todavía no disponen y en la brevedad del tiempo para gozarlos que en el goce efectivo.



En la esperanza de sosegar esta extraña inquietud” y de garantizar mejor la búsqueda de la felicidad, se confiarían por tanto a un dulce despotismo, que (al precio de la manipulación de los deseos y del man­tenimiento de los ciudadanos en un estado de perpetua minoridad política) permitiría a todos situarse en un universo social en que cada uno cree estar - como el sol - en el centro de un sistema ptolemaico múltiple:
Veo una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales que no hacen más que dar vuelta sobre sí mismos, para procurarse pequeños y vul­gares placeres con que sacian su ánimo. Cada uno de estos hombres vive por cuenta suya y es extraño al destino de todos los demás: los hijos y los amigos constituyen para él toda la raza humana; en cuanto al resto de los conciu­dadanos, él vive a su lado pero no los ve; los toca pero no los siente; no existe sino en sí mismo y para sí mismo.
Políticamente “atormentados por dos pasiones contrastantes”, apremiados entre “la necesidad de ser guiados y el anhelo de per­rnanecer libres”, los estadunidenses no logran decidirse definitivamente ni por la dependencia, ni por el autodominio. El aislamiento recíproco se resuelve en esencial parálisis de la voluntad y - de nuevo - en tibieza emotiva, mientras la incierta satisfacción de la necesidad de seguridad se paga con una esencial apatía y con la renuncia del pensamiento autónomo:
Por encima de éstos se yergue un poder inmenso y tutelar, que se encarga por sí solo de asegurarles el goce de los bienes y de velar por su suerte. Es absolu­to, minucioso, sistemático, previdente y apacible. Se asemejaría a la autori­dad paterna si, como ésta, tuviese la finalidad de preparar a los hombres para la edad viril, mientras no busca sino mantenerlos irrevocablemente en la in­fancia; está contento de que los ciudadanos se distraigan con tal de que no piensen sino en distraerse. Trabaja con gusto para su felicidad, pero quiere ser el único agente y el único árbitro; provee a su seguridad, prevé y garantiza sus necesidades, facilita sus placeres, guia sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus sucesiones, reparte sus herencias; ¿por qué no debería quitarles totalmente el fastidio de pensar y la fatiga de vivir?3
Los escenarios siguientes se han revelado mucho más variados de cuanto Tocqueville, con sus agudas y casi proféticas anticipaciones, pudiere prever. Del mismo modo, algunos presupuestos ideológicos, an­tes invisibles pues se hallaban amalgamados en sus análisis y narracio­nes, se han vuelto transparentes desincorporándose con el tiempo de ellas. Pero las ideas de Tocqueville constituyen para siempre un testimo­nio precioso: representan el indicio de una insatisfacción difundida y durable en lo que respecta a la tendencia (considerada incontenible en las democracias contemporáneas) que impulsa simultáneamente a los individuos hacia un incremento del deseo adquisitivo y hacia una aridez complementaria de las pasiones juzgadas dignas de ser experimentadas.


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