Referentes masculinos y opiniones acerca de la paternidad en jóvenes indígenas y no indígenas de la región Otomí-Tepehua, Hidalgo—México



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Referentes masculinos y opiniones acerca de la paternidad en jóvenes indígenas y no indígenas de la región Otomí-Tepehua, Hidalgo—México:

¿Reconfigurando un modelo hegemónico?

Responsable: David Francisco Ramírez Sánchez1 (México)

Servando Gutiérrez Ramírez2

Clara Elena Valladares Sánchez3

Adriana Gutiérrez Ramírez4

Resumen.

La cabecera municipal Tenango de Doria, ubicada en la región Otomí-Tepehua, —Estado de Hidalgo—, cuenta con una población indígena importante, y a pesar de tener acceso a servicios básicos (agua potable, electricidad y alcantarillado), no deja de ser una zona con altos niveles de marginación.

En un contexto social como el señalado, se advierte que los tipos de masculinidades ubicados en los jóvenes varones estudiados (tradicional, híbrido y moderno), parten de ciertos referentes (padre, abuelo, entre otros), de quienes “admiran” cualidades que al parecer, tratan de adaptar a sus maneras de ser hombres.

Asimismo, la paternidad deja ver cambios, es decir, si bien es cierto para muchos no es tan importante, para otros es algo bonito, “bueno”, una responsabilidad o una etapa de la vida que no les gustaría experimentar, lo cual evidencia que para la mayoría de estos jóvenes, el hecho de no ser padre no significa que se consideren menos hombres.



Descriptores: Jóvenes indígenas/no indígenas; modelos masculinos; masculinidades y paternidades.

Introducción.

Partiendo de una realidad que evidencia a las sociedades latinoamericanas como patriarcales y por ende, sexuadas a partir de la llamada división sexual del trabajo; se puede advertir que como efecto de la creciente crisis económica –entre otros factores—, se está dando un proceso de transición cultural que es palpable a través de la reconfiguración del género (Ramírez* y Gutiérrez, 2011, Puyana y Mosquera, 2005; Olavarría, 2005; Chirix, 2008; Montesinos, 2004).

De acuerdo a De Barbieri (1992, citada en Olavarría, 2005:142), esto se puede explicar más claramente a través del sistema sexo/género, el cual “provee valoraciones jerarquizadas para hombres y mujeres, y asigna roles distintos y configuraciones de sentido para la construcción de las identidades genéricas”.

Estas configuraciones en ciertos casos se pueden tomar a mal –por algunos varones— por un lado, debido a que su participación en el ámbito privado lo pueden considerar como un “voluntariado forzoso” y por otro, porque es cada vez más evidente la incursión de las mujeres al ámbito público. Bajo esta lógica, es como se descubren experiencias vividas como crisis de masculinidad, ya que atraviesan por un periodo de confusión y conflicto interno –entre las ideas dominantes aprendidas y las que se van generando— y que Gramsci identifica bajo el concepto de consciencia contradictoria (citado en Stern, et.al., 2003).

Sin embargo, estas vivencias no son la regla, ya que la dimensión paternidad en ocasiones ofrece otra perspectiva. A manera de ejemplo, Puyana y Villamizar (2005) en su estudio en Bogotá, muestran cómo en hombres y mujeres de 42 años, se ubican tres tipos de representaciones sociales sobre la paternidad: tradicional, transición y ruptura. En esencia, lo que las autoras dan a conocer es el significado que tiene la llegada de un/a hijo/a en el momento en que nace y a su vez, cómo los cambios culturales intervienen en sus propias percepciones de lo que es ser hombre y mujer.

Por su parte, Ramos (s/f) en su investigación llevada a cabo en las regiones de Huancavelica y Puno en Perú; explica cómo en comunidades indígenas quechuas y aimaras, se dan cambios en los patrones de fecundidad por parte de los varones, a partir de las condiciones de pobreza en las que se encuentran, así como por el acceso a la educación –en ambos géneros— y medios de comunicación.

En cambio, Díaz (2013:153, 162), en su trabajo sobre masculinidad indígena en la comunidad Xi’oi-pame, localizada en San Luis Potosí, subraya que en este grupo social se genera la presencia de un patriarcado y heterosexismo muy acentuados por influencia de instituciones hegemónicas –Estado, iglesia— y subordinadas –familia y comunidades indígenas—, con lo cual se han “trastocado los sistemas simbólicos [de género] indígenas”; es decir, los modelos masculinos representados por chamanes o sacerdotes “y la normalizada” –conseguir mujer por obligación—, han sido desplazados por perfiles modernos “donde se privilegia la dominación masculina” y en la que ejercer la paternidad es un parámetro de ser un “hombre de adeveras” (Seidler,2000, citado en íbidem:165; Díaz,2012 citado en íbidem:160).

A partir de situaciones como las señaladas, la inquietud que guió la presente investigación se formuló de la siguiente manera: ¿Los referentes masculinos de los jóvenes varones indígenas /no indígenas, influyen en sus percepciones sobre la paternidad?

Para responder a la pregunta se plantearon las siguientes hipótesis:

H1. Jóvenes indígenas: El modelo tradicional masculino se encuentra muy arraigado a partir de sus referentes masculinos, por lo que sus percepciones sobre la paternidad pudieran ser –en mayor medida—, un contínuum del modelo a prendido.

H2. Jóvenes no indígenas: La masculinidad tradicional no la tienen tan arraigada, ya que el acceso a los medios de comunicación les permite considerar diversos referentes masculinos, por lo que sus percepciones sobre la paternidad son variadas.

Los objetivos de la misma giraron en torno a:



  • Identificar quienes son los referentes masculinos que pueden tener influencia en sus maneras de ser hombres.

  • Saber qué es lo que los hace sentirse como hombres.

  • Determinar si sus percepciones sobre la paternidad reflejan una continuidad del modelo –tradicional— aprendido o representan una posibilidad de cambio.

Nota metodológica y algunos resultados de investigación.

El estudio aquí presentado –que ha sido concluido— es de tipo exploratorio, ya que en la región Otomí-Tepehua, específicamente en la cabecera municipal Tenango de Doria, no se ha llevado a cabo alguno de este tipo.

La metodología usada fue mixta, es decir, a través de una guía de preguntas que en mayor medida contenía preguntas cerradas, y en menor grado abiertas, que fue aplicada a finales de 2013 a 132 jóvenes varones indígenas y no indígenas, estudiantes de entre 13 a 24 años de edad, a quienes se les preguntó sobre i) sus referentes masculinos, ii) qué los hace sentir como hombres y iii) sus opiniones acerca de la paternidad.

De acuerdo al último Censo del INEGI*** (2015), actualmente en México hay poco más de 121 millones de habitantes (51 por ciento mujeres y 49 por ciento varones). El Estado de Hidalgo registra 2,665,018; entre los cuales 51.77% corresponde a mujeres y 48.22% a hombres, quienes en promedio tienen 8.1 años de escolaridad, es decir, hasta segundo año de secundaria, cuando a nivel nacional se habla de 8.6 (Íbidem; INEGI,2010; INEGI*, 2010).

A nivel estatal, se registra la existencia de personas hablantes de alguna lengua indígena –de cinco años de edad o más—, que representan el 15%. Las lenguas oficialmente reconocidas son: Náhuatl –245,152—; Otomí –115,869—; Tepehua –1,818— y Mixteco –677— (INEGI**, 2010).

Con ésta breve caracterización de la población, la región Otomí-Tepehua se identifica por la “la dispersión, la falta de medios y vías de comunicación [que] han sido la mayor limitación para el desarrollo en estas tierras”, que la coloca en condiciones de poco desarrollo y en consecuencia de marginalidad, a pesar de la gran biodiversidad con la que cuenta. De esta manera, la “Sierra Otomí-Tepehua del estado de Hidalgo es símbolo de la desigualdad, la marginación y el abandono. Tan sólo el municipio San Bartolo Tutotepec [colindante con el municipio Tenango de Doria, que es nuestro ámbito de estudio, se] tiene[n] índices de desarrollo por debajo de los países africanos más pobres” (Rosa, 2010).

Aun con estos argumentos, la SEDESOL* (2013), asevera que a partir del año 2010, el municipio Tenango de Doria se encuentra en un grado de marginalidad medio, cuando antes se reconocía en alto.

Aunado a lo anterior, dos aspectos que no se mencionan y que son factores determinantes de la situación marginal en la que se encuentran los habitantes de esta región, son: una temperatura anual promedio de 10° a 20°C, que favorece la propagación de enfermedades parasitarias y oculares que acarrean consigo daños irreversibles –por falta de condiciones sanitarias—, y una demanda insatisfecha de servicios de salud, debido a que se cuentan únicamente con 23 médicos repartidos en 14 unidades médicas existentes, para atender a los 17,206 habitantes del municipio (OMS,2014; Prontuario de información geográfica municipal, 2009; SEDESOL-CONEVAL,2013).

Las características poblacionales citadas llevan a ubicar que se está hablando de una población bajo condiciones de pobreza multidimensional, misma que se da cuando las personas “carece[n] de recursos para conseguir los servicios y bienes que le permitan cubrir sus necesidades básicas y además tienen carencias en indicadores como: acceso a servicios de salud, educación, seguridad social, alimentación, servicios básicos, calidad y espacios de la vivienda” (INEGI, 2013:2).

Referentes masculinos en jóvenes indígenas y no indígenas.

En un contexto social, económico y cultural como el señalado líneas arriba, la importancia que tiene el poder entender quiénes son los referentes masculinos de los varones ahí habitantes, se da a partir de que la socialización es “el proceso de influjo entre una persona y sus semejantes, proceso que resulta de “aceptar” las pautas de comportamiento social y de adaptarse a ellas”, lo cual pudiera verse reflejado en hábitos como: consumo de alcohol/drogas, conductas de riesgos, entre otros (INJUVE, 2007:14; MINSAP, 2002; CEPAL, 2008).



Con base a lo anterior, las evidencias recabadas muestran, para los casos de jóvenes varones indígenas, quiénes son sus modelos masculinos y por qué (ver gráfica 2).

Se tiene entonces que 41 de los 64 jóvenes declarados indígenas, hacen alusión a seis referentes masculinos –dejando de lado “nadie”—, entre quienes el papá destaca (68.3% de la muestra), por ser; “es una buena persona/le gusta su manera de ser”; “se parece” (14.3%, respectivamente); “es el hombre de la casa”; “soluciona problemas/brinda apoyo/da buenos consejos” (10.7%, respectivamente); “por cómo demuestra cómo es hombre” (7.1%), entre las respuestas más llamativas, que ejemplifican claramente una masculinidad tradicional, la cual dicta que “el hombre en el hogar es el que manda, dirige, levanta la voz, regaña, [y] es él quien toma las decisiones importantes de la familia” (Chirix,2008:91; Olavarría,2005).

Es responsable/trabaja/estudia” (25%); pueden tomarse como parte de una masculinidad híbrida, debido a que estudiar, particularmente en adolescentes indígenas se ha vuelto uno de los rasgos “que comparten con la juventud en general” (UNICEF, 2012:11), ya que “la construcción de la identidad de género se encuentra en un continuo proceso de transformación y cambio[,] a la par del momento socio-histórico en el que tiene lugar” (Martí y García, 2011:92).

El segundo referente aludido fue el abuelo (7.3%), quien se puede ubicar como otro ejemplo de la masculinidad hibrida; ya que advirtieron atributos como: “ser respetuoso, atento, honrado”; “es [únicamente] respetuoso”; y además, “no golpea a la abuela y es trabajador” (33.3%, respectivamente).

Si bien es cierto que la metodología usada para el presente estudio no permitió ahondar más en sus respuestas para saber si se da lo que Gramsci llama conciencia contradictoria, lo cierto es que al parecer, “estos comportamientos son vistos por ellos como muy masculinos” (citado en Stern, et.al., 2003:39).

En lo concerniente al tío (7.3%), se descubrió que “ser respetuoso, atento, honrado”; “es una buena persona/le gusta su manera de ser” y “le dice cómo debe de actuar” (33.3%, respectivamente), son particularidades aparentemente híbridas, porque pueden ser ambiguas –sobre todo el último tipo de respuesta—, debido a que el deber actuar puede tomarse como parte del modelo hegemónico que “se traduce en autoconfianza, resistencia y autosuficiencia, fuerza y riesgo como formas prioritarias de resolución de conflictos” (Colás y Villaciervos, 2007:37).



Por parte de los 63 jóvenes no indígenas (ver gráfico 3), únicamente 49 compartieron su punto de vista, donde nuevamente el papá ocupa el primer puesto (79.6%), de entre ocho opciones adicionales.

Por si fuera poco, las cualidades citadas fueron más amplias a las ya revisadas, debido a que “ser respetuoso, atento, honrado”; “es responsable/trabaja/estudia”; “inculca valores” (12.8%, respectivamente), “es una buena persona/le gusta su manera de ser”; “por cómo demuestra que es hombre” (10.3%, cada una); “le enseña cosas” (7.7%); “para tener más confianza”; “le enseña sobre sexualidad” (5.1%), fueron las más valoradas, sobre las cuales, no se harán más comentarios al respecto, ya que sería redundar en lo ya citado.

Llama la atención opiniones como: “para tener más confianza” y “le enseña sobre sexualidad”, puesto que se corre el riesgo de confusión, ya que “tener más confianza”, en relación a la sexualidad, puede implicar la continuidad de la llamada violencia simbólica de Pierre Bourdieu (citado en Ramírez, 2007:266); aunque también pudiera pensarse en la aceptación de las emociones (Stern, et.al., 2003).

Respecto a “hay que cuidarse y ser responsable”, genera preocupación, ya que ideas como ésta pueden estar dirigidas al menos hacia dos interpretaciones: 1) que cuidarse pueda tomarse como un argumento “suficiente” para fomentar una cultura de auto-cuidado porque “la sexualidad y la reproducción [equivocadamente se piensan,] tienden a concentrarse [prácticamente,] en estas fases de la vida”, –como una de las trampas del adultocentrismo que hacer creer que la juventud es un problema social—, y/o 2) que ser responsable es cumplir con el rol de proveedor (CONAPO, 2010:81; Duarte, 2000; Ramírez y Uribe, 2008).

Otro referente es Chris Colfer (2%) –actor estadounidense—, quien se puede ubicar como parte de la masculinidad moderna, ya que el pensar: “es un hombre a pesar de que es gay, [y] es un ejemplo porque respeta a la gente”; pone en tela de juicio que el género sea una categoría estática, ya que “la forma dominante de ser hombre, la que ha hegemonizado la masculinidad, resulta para muchos varones lejana y ajena a sus vivencias y contradice lo que quisieran ser y hacer” (Arteaga, 2009; Olavarría, 2005:148)


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