Reconstruir el tejido social mediante la práctica de transformar el pasado: Diseño de una intervención en violencia política



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Reconstruir el tejido social mediante
la práctica de transformar el pasado:


Diseño de una intervención en violencia política


Mauricio Gaborit


Una versión más extensa de los primeros dos epígrafes de este capítulo aparece en Gaborit, M. (2006). Memoria Histórica: Revertir la historia desde la víctimas. En F. Gómez Isa (dir.), El derecho a la memoria (pp. 195-222). Bilbao: Diputación Foral de Guipúzcoa.

Compendio





En este capítulo se presenta una intervención psicosocial en violencia política que busca, desde procesos comunitarios, la reivindicación de las poblaciones afectadas por la violencia organizada abordando su memoria, contribuir al bienestar psicosocial de los pobladores y reconstruir el tejido social rasgado por la impunidad y el olvido forzado impuesto por la historia oficial. La intervención identifica los siguientes procesos: 1) la indagación previa, 2) la selección de los participantes, 3) la preparación de las actividades, 4) el apoyo al duelo, 5) la exploración de las acciones a tomar, y 6) la devolución social.


X.1. La Violencia de Estado y la Necesidad de


la Reparación Social

La violencia institucionalizada que ha tomado la forma de guerras, dictaduras y conflictos étnicos en el siglo pasado y el actual ha dejado un sinnúmero de víctimas y sobrevivientes que cargan con una memoria dolorida. La reconstrucción de sus vidas se da en medio de las pérdidas humanas, materiales y de identidad, la represión, la vergüenza, la culpa y el anestesiamiento social. Las víctimas tienen necesidad de acceder a su historia para obtener un módico de salud mental y de dignificar la memoria de los muertos o desaparecidos. También desean contribuir a la reconciliación. Pero para que una verdadera y auténtica reconciliación se posibilite después de esas experiencias traumáticas es necesario acceder a ellas buscando el esclarecimiento de la verdad y la procuración de la justicia. De ahí la importancia que ha ido adquiriendo en los últimos años la recuperación de la memoria histórica como paso indispensable en la reparación del tejido social rasgado por la violencia como lo demuestran las recientes discusiones en el parlamento español sobre la Ley de Memoria Histórica para rehabilitar a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, y la decisión de la Corte Suprema de Justicia de la Argentina en junio 2005 de declarar la nulidad de las leyes de Puntos Final y Obediencia Debida.

Más de 60 años han pasado desde que el franquismo instaló, al clausurarse la Guerra Civil española, un sistema político sórdido alimentado por la persecución, la represión y violaciones graves a los derechos humanos, y aunque la transición a la democracia se dio con la muerte del dictador, las consecuencias de esa época de violencia generalizada todavía se hace sentir hoy en día. Unos 13.000 españoles fueron enviados a campos de concentración nazis. En 1939 el número de exiliados alcanzaba la cifra de 450.000 y los presos en territorio español sumaban más de un cuarto de millón en 1946. Al otro lado del Atlántico, muchos países en América Latina a partir de los años setenta experimentaron un desgarramiento social igualmente pavoroso que cobró la vida de varias centenas de miles de civiles que perecieron como consecuencia de políticas de terrorismo de Estado instrumentalizadas por organismos de inteligencia del Estado y sus ejércitos. En doce años de guerra civil en El Salvador perecieron unas 70.000 personas. En Perú entre 1980 y 2000 murieron y desaparecieron cerca de igual número de personas. El régimen del dictador Pinochet en Chile sometió a más de 30.000 personas a torturas y encarceló a unos 50.000 disidentes políticos. El Informe Sábato documentó la desaparición de casi 9.000 personas en Argentina. En Guatemala, 34 años de guerra produjeron la desaparición o muerte de unas 200.000 personas y entre 500 mil a un millón de personas tuvieron que refugiarse, desplazarse de sus lugares de habitación o exilarse entre 1981 y 1983. La sangre de estas víctimas inocentes empapaba la tierra al mismo tiempo que se erigía, en contraposición, una versión de los hechos basada en la negación de los acontecimientos, la re-victimización de las víctimas y una ideología que excusaba los perversos excesos de fuerza basada en el doble argumento de la seguridad del Estrado y la lucha contra el comunismo. A esto habría que añadir el genocidio en Rwanda que cobró entre 800.000 y un millón de vidas en sólo 100 días en 1994 y el de la antigua Yugoslavia perpetrado por el régimen de Slobodan Milosevic, quien, según Naciones Unidas, sólo entre marzo y junio 1999 asesinó más de 10.000 albanos y encarceló a más de 2.000 kosovares en prisiones serbias.

Esta historia cruenta ha dejado víctimas que en muchos de los casos no han sido reconocidas como tales y han tenido que vivir en una nueva clandestinidad una vez clausurados los enfrentamientos bélicos, las torturas y las desapariciones. Esta clandestinidad está poblada de recriminaciones personales sobre hechos que pudieron desarrollarse de otra manera, duelos alterados y culpabilidad. Frente a esa historia de sufrimiento se ha construido una historia oficial que articula una narrativa que desconoce el sufrimiento de las víctimas, lo niega o lo presenta de manera que queda descalificado o denigrado (Gaborit, 2002). Esta historia oficial reclama una única versión de los acontecimientos que se considera indispensable para la continuación de la vida política, social y cultural del país. La memoria de esos eventos colectivos, desde la óptica de las víctimas, por el contrario, es distinta y busca fundamentar el derecho a la verdad, a la identidad y la integridad moral y cultural de las comunidades. La reparación social que emana de ese derecho fundamental a la verdad busca reconstruir las relaciones grupales e interpersonales dañadas por la mentira oficial que orquesta el silenciamiento de las voces de las víctimas.


X.2. Las Conmemoraciones:

La Presencia de los Ausente




De capital importancia en la reparación del tejido social, de la recuperación de la memoria histórica y de la recuperación socio-afectiva de personas y comunidades son las conmemoraciones vinculadas a hechos horríficos tales como masacres, detenciones arbitrarias masivas, desapariciones forzadas, tortura y desplazamientos. Las conmemoraciones ayudan a la rememoración de eventos colectivos pero los rituales asociados a estas conmemoraciones cumplen unas funciones sociales que van más allá de los eventos conmemorados. En primer lugar revisten de dignidad los sentimientos de los sobrevivientes. Es bastante común que la historia oficial señale como sospechosos esos sentimientos personales y colectivos. Más aún, los mismos sobrevivientes se habrán mostrado reticentes en exhibirlos públicamente por temor a represalia y porque en el caso de desapariciones o asesinatos, la presentación pública de esos sentimientos los pondría en peligro. En situaciones de violencia organizada los sobrevivientes con frecuencia no han podido ni siquiera pronunciar los nombres de los familiares, hablar sobre las circunstancias de su muerte o desaparición ni mucho menos señalar los culpables ni iniciar procesos tendientes a esclarecer el paradero de los que han desaparecido. Como señala Beristain (1999a, 1999b) para justificar sus acciones los victimarios culpabilizan de manera explícita a los propios familiares.


Los que han ido forjando una historia oficial a través del uso directo del poder, ven con suspicacia esos sentimientos de los sobrevivientes. En el mejor de los casos los consideran inapropiados pues desbordarían los límites de la cordura y sensatez o serían desproporcionados ya que no tomarían en cuenta la putativa culpabilidad mayor de los que han muerto y su responsabilidad en las circunstancias de su propia muerte o desaparición. De ambas, culpa y muerte, se desmarca la historia oficial y los que la tejen ya que la primera, la culpa, correspondería enteramente al fuero personal y la segunda, la muerte, correspondería a actores cuya identidad se desconoce. El Estado, se argumenta, no podría cargar con ese excedente de subjetividad que desborda los límites de la racionalidad.
Pero también está el peor de los casos. En este escenario esos sentimientos se señalan como falsos y fraudulentos ya que no tienen referencia honesta a los acontecimientos tales cómo éstos se dieron, no se ajustarían a la historia tal como queda recogida en la anamnesis oficial. Son sentimientos que se señalan egocéntricos y que subvertirían el nuevo orden y, por lo tanto, contrarios a la necesaria reconciliación post-conflicto. De esta manera las víctimas o los sobrevivientes tienen que relegar sus sentimientos de dolor, pérdida e injusticia a la clandestinidad. Allí precisamente donde los victimarios desean que se coloquen pues esos lugares carecen de legitimidad y, por definición, de publicidad. En esos ámbitos recónditos de la psique humana habita, entre otros sentimientos discapacitantes para la identidad y sanidad mental, la vergüenza, la culpa, la rabia.
En segundo lugar, los rituales de conmemoración revisten de objetividad los sentimientos generados en los sobrevivientes. No son los sentimientos privados de algunas personas cuya sanidad mental se puede poner en entredicho. Se presentan públicamente y de esa manera tienen validación social porque los poseen muchos otros que comparten una narración y una historia. Quedan clarificados los papeles que distintas personas, grupos e instituciones han jugado en la historia colectiva, en cuyo significado se quiere adentrar. Aparecen claramente los victimarios, sus intenciones y sus instrumentos; las víctimas, sus proyectos y los recursos sociales que demandan tener para poder llevarlos a cabo; los cómplices y su conspiración de silencio con la cual han avalado la historia oficial y pervertido el significado del sufrimiento de personas y comunidades; los que se mostraron solidarios con el dolor, la tragedia de las personas y comunidades y el horror. Es en y a través de estas conmemoraciones que los sobrevivientes llegan a entender los sentimientos que ellos albergan, su extensión y el impacto que causan en otros ámbitos de su vida personal y colectiva.
Al objetivarse los sentimientos de las víctimas en este diálogo intersubjetivo se sientan las bases para revertir la historia desde ellas ya que la historia oficial encuentra su contrapunto precisamente en lo que y en quienes ésta ha querido olvidar. Obedece, por un lado, a los deseos de los victimarios de continuar viviendo en la impunidad y de gozar de los expolios sociales de su victoria o ascendencia y , por otro lado, a los deseos de las víctimas bien de “cerrar” un capítulo doloroso de sus vidas o de disminuir su cotidiana vulnerabilidad. De la misma forma como se escogen y se privilegian algunos eventos para memorizarlos y dotarlos de significado unificante, así se señalan otros para relegarlos al olvido social, a la inmemoria. Y es que las narraciones sociales para que adquieran el potencial de construir significados compartidos deben abordar esa doble dinámica de las conmemoraciones: memoria y olvido. La lucha que antes se pudo librar en el enfrentamiento armado o en la subversión ahora se traslada a otro campo mucho más amplio y plagado de minas: el de la reconstrucción del tejido social mediante la práctica de transformar el pasado.
Los victimarios buscan institucionalizar en la historia oficial su versión de los hechos porque de esta manera su perspectiva queda depositada en la memoria colectiva y queda instalada profunda pero perversamente en nuestras relaciones y en la cotidianeidad social y personal. El paso del tiempo se encargará de darle el cariz de verdad. Lo contrario a esa versión en el mejor de los casos sería ignorancia y en el peor de ellos mentira. La historia oficial al margen y en contraposición a la narración de las víctimas se convierte en un referente de legitimidad en un doble sentido: legitima lo acaecido y legitima en virtud de eso lo que posteriormente se ha dado y las interpretaciones que en un segundo momento –o quizá mejor dicho en un primerísimo momento—se elaboran. Dicho de otra manera, la historia oficial con el peso que le confiere el uso del poder y el secuestro al que éste somete el imaginario social, indica qué hechos transcurrieron y quienes actuaron con qué motivaciones y cómo deben suceder las cosas en el futuro en virtud de las justificaciones que se presentan para el consumo popular. Pero lo hace desde unos intereses que buscan desvirtuar o aniquilar a las víctimas mediante dos procesos interrelacionados: el olvido y la sospecha (Gaborit, 2002).
Por medio del primero, el olvido forzado, los victimarios imponen su propia versión de los hechos. Para lograrlo se valen de la omisión selectiva de acontecimientos importantes y la manipulación de las vinculaciones entre los hechos (Rosa, Bellelli y Bakhurst, 2000). La sospecha, por otro lado, tiene una doble función. En primer lugar va dirigida a romper los lazos de solidaridad que pudieran existir entre las víctimas y la población civil, debilitando la empatía que suelen demostrar personas de buenas voluntad ante la brutalidad, y especialmente cuando ésta proviene del Estado. En segundo lugar, produce cierto auto-embellecimiento al presentarse los victimarios como las verdaderas víctimas de historias insidiosas urdidas por personas confundidas o por personas mal intencionadas. La psicología conoce ampliamente sobre los mecanismos que operan en la revictimización de las víctimas (Janoff-Bulman, 1992) generada esencialmente por distintas formas de intimidación y ataque frontal a su identidad y autoestima.
En tercer lugar las conmemoraciones colectivas si bien tienden a intensificar los sentimientos de dolor y de injusticia experimentados por las víctimas o sus familiares, también propician la solidaridad y movilización social, procesos que empoderan para reclamar que sus historias queden recogidas en el imaginario social. El capítulo nueve de este Manual da cuenta de los sentimientos de los miembros de la comunidad Aurora 8 de octubre en Alta Verapaz, Guatemala. En las conmemoraciones asociadas a exhumaciones en esta comunidad indígena, los familiares de las víctimas reportaron más miedo, tristeza, y duelo intenso que aquellos que no participaron en rituales funerarios pero, igualmente, revelaron sentimientos profundos de pertenencia y unión con la comunidad. Sin estos sentimientos de pertenencia y unión, las narraciones de las víctimas quedarían relegadas a relatos conmovedores pero que, en definitiva, no pasarían de ser relatos individuales, tragedias personales. La solidaridad y la movilización que se derivan permiten la acción colectiva que, al conseguir recursos psicológicos, sociales y físicos, visibiliza el entramado político en la que se encuentran no tanto ya las personas individuales cuanto los grupos y comunidades a las que éstas pertenecen. La acción colectiva contribuiría, así, a la obtención de bienes colectivos necesarios en la reparación del tejido social — igualdad de derechos, procuración de justicia, formulación de políticas que garanticen una paz duradera, garantías jurídicas y debido proceso, reparación, reconciliación.
En cuarto lugar, las conmemoraciones colectivas dignifican la vida de las víctimas que no lograron sobrevivir el impacto de la violencia institucionalizada. Quedan dignificadas en la memoria de todos los sobrevivientes –aquellos que guardaron una relación familiar o de amistad y los que no los conocieron--, y sobre todo quedan dignificados en el imaginario social al quedar colocadas correctamente en la historia colectiva.
En resumen, la acción de hacer memoria desde la óptica de las víctimas es un contrapeso indispensable para la reconstrucción del tejido social y la reconciliación después de un conflicto armado. La reconstrucción del pasado que incorpore las narrativas de las víctimas radicaliza el futuro ya que éste no puede concebirse como más de lo mismo –que es lo que garantiza la impunidad. En ese contexto y con esa finalidad se presenta la siguiente intervención psicosocial.

X.3. Transformar el Pasado:

Las Llaves de la Memoria





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