Quien soy yo



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Jean Klein, ¿Quién soy yo?


¿QUIÉN SOY YO?

La búsqueda sagrada
Jean Klein

QUIEN SOY YO

Jean Klein, musicólogo y doctor de Europa Central, pasó su juventud investigando acerca de la esencia de la vida. Tenía la convicción íntima de que había un “principio” independiente de toda sociedad y sintió la apremiante necesidad de explorar esta convicción. Su exploración le condujo a la India, donde, a través de un “enfoque directo”, se vio introducido en una dimensión no-mental de la vida. A través de este vivir en completa apertura fue tomado en un momento intemporal, por un súbito y claro despertar en su naturaleza real. No fue una experiencia mística, un estado nuevo, sino el continuum de la vida, el no-estado en cuya luz tiene lugar el nacimiento, la muerte y toda experiencia.

Desde 1960, ha llevado una vida tranquila enseñando en Europa y recientemente en los Estados Unidos.

AGRADECIMIENTOS

Quisiera expresar mi gratitud a Mary Dresser y Henry Swift por toda su ayuda en la preparación de esta publicación, y a Pat y Barbara Patterson por sus muchas y útiles sugerencias. Así como la colaboración de Manuel Zabala, Conchi Martínez y Javier García de Andoin en la edición castellana de este libro.



CONTENIDO

Prefacio 5

Introducción 6

Prólogo 9

Relación 11

Conocerte a ti mismo 25

La naturaleza del pensamiento 55

El arte de escuchar 75

Discernimiento 80

El enfoque progresivo y el enfoque directo 88

Meditación 97

El maestro y la enseñanza 105

Una conversación sobre arte 122

PREFACIO

Este libro vio la luz a través de unos diálogos que tuvieron lugar en distintos países con personas de todas las sendas de la vida y, especialmente, a través de unas estimulantes conversaciones que sostuve con Emma Edwards. Estas tocaron a menudo la frontera de lo inexpresable. Le estoy profundamente agradecido a ella por poner por escrito lo que no es fácil escribir, la formulación más próxima a aquello que está más allá de las palabras, para que la mente del lector pueda ser avivada y esclarecida. Sólo una mente clara se atreve a entregarse a su Origen, aquello que ha sido y que siempre será.

Al escribir esto, me vienen a la mente algunas frases de las Cartas de Platón:

“Desde luego que yo no he compuesto obra ninguna con respecto a ello, ni lo haré en el futuro, ya que no hay manera de ponerlo en palabras como sucede con otros estudios. La familiarización con ello debe venir más bien tras un largo período de atención a la enseñanza en el tema en sí y de íntima convivencia, cuando de repente, como un fuego encendido por una chispa saltarina, ello se despierta en el alma y en un instante se convierte en algo vivo por sí mismo”.


Jean Klein

INTRODUCCION



El deseo de cuestionar la vida viene de la propia vida, de esa parte de la vida que todavía está escondida.

La vida nos incita a preguntarnos. Quiere ser admirada. En tanto que no lo sea, la pregunta permanece.

La cuestión “¿Quién soy yo?” aparece tan a menudo en nuestra vida y, sin embargo, nos apartamos de ella. Hay muchos momentos en que nos sentimos incitados a preguntar: “¿Qué es la vida?, ¿Quién soy yo?”. Tal vez hemos sentido, desde la niñez, una vaga nostalgia de algo “más”, un anhelo divino. Tal vez sentimos que la verdadera razón de nuestro nacimiento se nos escapa, nos pasa de largo. Posiblemente nos hayamos llegado a aburrir con todas las’ formas que hemos utilizado para tratar de dar un significado a nuestra existencia: la acumulación de aprendizaje, experiencias y riqueza, búsquedas religiosas, asuntos compulsivos, drogas y demás. O quizás nos estemos enfrentando a una crisis en la que ya no nos sentimos capaces de controlar la situación. Tal vez, sencillamente, nos aterre la muerte. Todos estos acontecimientos son oportunidades que no deben desaprovecharse. Vienen de la misma vida, invitándonos a que miremos, porque la vida sabe que, cuando realmente la vemos, no podemos evitar admirarla…

¿Por qué evitamos la llamada a investigar? ¿Por qué evitamos descubrir lo que somos? En gran parte porque existe el profundo sentimiento de que investigar seriamente significa la muerte de algo a lo que nos aferramos, algo que es la idea que tenemos de nosotros mismos, la personalidad, el ego y todo cuanto le acompaña. Pero también vacilamos porque, en realidad, no sabemos cómo hacer la pregunta, la sentimos ahí pero no podemos abordarla, la sentimos demasiado grande para nosotros, sentimos temor ante ella. Lo asombroso de ello es que tanto una como la otra excusa pertenecen a nuestra sabiduría inherente, proceden de la respuesta misma. Prueban que ya sabemos más de lo que pensamos.

El primer paso en la auto-investigación, por consiguiente, es ver lo cobardes que somos, cómo evitamos toda oportunidad de investigar de verdad, cómo rehuimos el anhelo o la sensación de carencia. Podemos reconocerlo intelectualmente pero, en realidad, no lo aceptamos. Tan pronto como admitamos esta reacción, sentiremos que la vida nos incita a explorar en todo momento. La pregunta está siempre ahí, subyaciendo a nuestras actividades compensatorias.

Una vez hemos aceptado el desafío de la vida, necesitamos saber cómo formular la pregunta para que ésta tenga poder, pueda ser eficaz y no nos decepcione.

Debemos convencernos de que la pregunta nos llevará hasta la respuesta. Nuestros cuestionamientos deben de servir para algo.

Para llegar a una auto-investigación verdadera hemos de tener claro cómo difiere ésta de otros tipos de investigación. Nuestras preguntas de cada día presuponen, naturalmente, que las respuestas van a significar algo para nosotros, que estarán relacionadas con nuestra experiencia, con nuestra memoria. Estas preguntas suponen un centro de referencia, un “yo” que pueda comparar e interpretar. La presunción de una respuesta al nivel de la pregunta es perfectamente válida en el mundo de referencia donde la comparación y la memoria son herramientas esenciales. Así es como nos comunicamos verbalmente. Pero, cuando preguntamos “¿Quién soy yo?” estamos cuestionando este centro de referencia, cuestionando al cuestionador y, obviamente, lo que en cuestión se halla no puede dar una respuesta. En este terreno de investigación, la memoria no desempeña papel alguno, ya que, ¿qué hay que se pueda comparar con el yo o con la Vida? No podemos salirnos de ellos. Somos ellos. De este modo nos vemos conducidos a una parada sin tener a dónde ir. Sencillamente no sabemos. Es posible pasarse toda la vida suspendido aquí, en los límites del concepto donde se encontró el propio Kant pero, lo que para el filósofo es el final de la investigación, para el buscador de la verdad es tan sólo el comienzo. Porque éste es el momento en que, guiado por un presentimiento de la respuesta, uno pasa de la investigación espiritual a lo que podría llamarse la búsqueda sagrada, que es la respuesta.

La verdadera búsqueda comienza cuando este no saber deja de ser un concepto agnóstico y se convierte en una experiencia viva. Esto ocurre de repente, cuando el cese de los esfuerzos mentales se deja sentir realmente a todos los niveles, es decir, cuando se convierte en una percepción inmediata en vez de una mera cognición. Cuando el estado de “no sé” es aceptado como un hecho, toda la energía que hasta ese momento era dirigida hacia “fuera” en su búsqueda de una respuesta, o hacia “dentro” en su búsqueda de interpretación, queda ahora liberada de toda proyección y conservada. En otras palabras, la atención ya no se dirige hacia el aspecto objetivo sino que regresa para descansar en su multidimensionalidad orgánica. Esto se manifiesta como una súbita orientación, un desplazamiento en el eje de la existencia de uno, el fin de la búsqueda de respuestas fuera de la pregunta misma. El permitir que se explore plenamente el no-saber introduce al investigador en un reino nuevo. Es una nueva manera de vivir. Es un estado de expansión a todos los niveles, una apertura a lo desconocido y, de este modo, al todo-es-posible.

Nada hay de introvertido o místico en vivir en apertura, en una alerta no-dirigida. Las herramientas de la existencia, la memoria y el “yo”, vienen y van según se necesita, pero la presencia en la que vienen y van permanece. La desaparición del centro de referencia ya no significa inconsciencia, un estado en blanco, una muerte. Existe el continuo de consciencia, la Vida, en la que todos los fenómenos aparecen y desaparecen. Sólo en esto hay seguridad y realización absolutas. De ahora en adelante los residuos de formulación, de subjetividad, se hacen más económicos, alimentados por nada que se halle fuera de la pregunta misma hasta que los residuos de la Pregunta Viva se disuelven en la Respuesta Viva.

Las siguientes páginas han sido recogidas de charlas públicas y conversaciones privadas con Jean Klein en Europa y los Estados Unidos. Se han agrupado libremente para que los distintos aspectos puedan ser resaltados y explorados en profundidad, pero el principio sigue siendo el mismo a lo largo de todas ellas. Dicho principio no es una idea, ni una síntesis de opuestos, ni una especie de monismo —todos los cuales son conceptos. Tampoco es un estado de ninguna clase, un sentimiento místico de unión, un éxtasis o una negación del mundo. Es, más bien, el no-estado intemporal en el que todos los estados afloran y se disuelven. Es el continuo en actividad y no-actividad. Es la Vida misma, nuestro ser natural. En este libro diferentes palabras, tales como consciencia, belleza, totalidad, silencio, sujeto último, Dios, conciencia global, meditación, terreno propio, fondo, quietud, verdad y otras más, no son, todas ellas, sino distintas formas de denominar, en diferentes contextos verbales, el mismo principio que todo lo abarca. Una vez se ha visto el principio, el lector no debe vacilar ni permanecer pasivo, sino experimentar trasponiéndolo a todas las áreas de la vida. El contenido real de dichas palabras es entendimiento vivo. El verdadero poema viene tras la lectura.


E. E.



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