Que salgamos de aquí habiendo aprovechado el tiempo aprendiendo un poco y desentrañando, escudriñando qué les pasaron a estas



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Aula de Cultura ABC

Fundación Vocento



Lunes, 6 de noviembre de 2006
Locos de la Historia: reyes que gobernaron con la mente trastornada

Dña. Alejandra Vallejo-Nágera


Escritora
Con Locos de la Historia: reyes que gobernaron con la mente trastornada retomo el testigo que mi padre y mi abuelo me cedieron con Locos egregios. Mi padre dedicó aquel libro a personajes masculinos, a excepción de Juana la Loca. En un primer momento pensé hacer justamente lo contrario: dedicar todo el libro a personajes femeninos, a excepción de Pedro el Grande. Sin embargo, conforme fui elaborando la obra sentí la necesidad de centrarme en unos pocos personajes que daban mucho juego y que, además, permitían acercarse a ellos desde estilos diferentes, con la intención de suscitar en el lector distintas emociones (de la lástima al miedo pasando por la sonrisa).
Pues bien, de los seis personajes históricos que he tratado en el libro, quizá los más extraños sean el binomio formado por Alejandra, la última zarina de Rusia, y Rasputín. Su extrañeza proviene de que son personajes del siglo XX, cuando los alienistas ya habían dado paso a la psiquiatría y se conocían bastantes cosas acerca de las enfermedades mentales. Sin embargo, en Rusia, los desequilibrios de la zarina y Rasputín consiguieron que el destino de su país se modificara dramáticamente.
Nicolás era un hombre ciertamente pusilánime. No quería ser zar. No deseaba gobernar porque soñaba con ser un caballero de la campiña inglesa, alguien sin problemas ni dificultades. Conoció a Alejandra; ella era de origen alemán y estaba familiarmente vinculada con la reina Victoria de Inglaterra. Era una mujer muy dominante.
El principado donde Alejandra nace y se educa es francamente modesto. Se conocen en una fiesta y se enamoran de una manera impresionante (he aquí un matrimonio por amor). Ella, además, sueña en su pequeño principado alemán con la fastuosidad, las fiestas, las maravillas, los trajes, las joyas, los viajes en crucero que le esperan en Rusia. Nicolás insiste muchísimo en que se quiere casar con ella.
Sin embargo, Alejandra –que llegó a Rusia llena de esperanzas– no fue bien recibida por la sociedad rusa. Además, en lugar de hacer un esfuerzo por integrarse, aprender y enterarse de lo que sucede a su alrededor, Alejandra mantuvo una postura distante y seria que continuaría hasta el final. Ello le granjeó gran cantidad de enemigos en el mismo país del que era zarina.
Como los rusos no quieren a Alejandra, empiezan a extender el rumor de que es una mujer de mal agüero, de que va a traer problemas. Así, por ejemplo, durante la ceremonia de coronación colocan al zar una cruz que se cae al suelo, lo que se interpreta como un augurio terrorífico de todo lo espantoso que va a suceder a partir de entonces.
Los zares eran siempre coronados con una fastuosidad impresionante, y la ceremonia de Alejandra no es una excepción. Sin embargo, los medios económicos que se utilizan en esta coronación y en la vida de la familia imperial son fenomenales comparados con los medios de un pueblo ruso que agoniza de hambre y de frío. Hay una desconexión enorme entre lo que se estaba moviendo en las más altas esferas y la realidad del pueblo ruso.
Los zares se casan y forman una familia feliz. Sin embargo, la zarina no está contenta, porque, a pesar de tener cuatro maravillosas hijas, ninguna de ellas puede heredar el trono. La zarina empieza a obsesionarse de una manera completamente ilógica por este asunto, hasta el extremo de que empieza a recurrir a curanderos y sanadores, y viaja por Europa buscando la manera de quedarse embarazada de un varón. En un momento dado le hablarán de un curandero, un adivinador o mago que está en París.
La zarina acude allí para ver si él es capaz de conseguir que se quede embarazada de un varón. Sin embargo, cuando el zar y la zarina llegan a París, les comunican que el curandero en cuestión es un carnicero lionés que no tiene más dotes que las de ser un mentiroso y un charlatán. No obstante, ella está tan sumamente obsesionada con las habilidades de este hombre, con la posibilidad de que consiga quedarse embarazada de un varón, que hace que el gobierno habilite un título de médico para este individuo.
Lo llevarán hasta San Petersburgo y lo nombrarán nada menos que cirujano de la familia imperial. El cirujano en cuestión consigue seducir a la zarina y convencerla tanto de sus poderes, que, efectivamente, la zarina empieza a tener náuseas y mareos matutinos, y a engordar; y resulta que dice estar embarazada. La menstruación se interrumpe, pero pasan los meses y aquello no es nada más que aire: un embarazo psicológico.
El estado en el que entra es atroz. Se deprime, no se levanta de la cama, padece crisis de ansiedad, le palpita el corazón. Asegura que sufre una lesión de corazón, pero los médicos “de verdad” le diagnostican una crisis de ansiedad, un estado de nervios deplorable. Afirman que necesita ayuda de los alienistas, de los psiquiatras de entonces.
El zar y la zarina rechazan absolutamente la idea y destituyen a esos médicos. Entonces, en ese momento, el hermano del zar escribe que la zarina se niega a rendirse a la evidencia. Habla incesantemente de la ignorancia de los médicos, profesa una clara inclinación hacia los sanadores, vuelca su alma en la religión, sus rezos se tiñen de histeria, su estado psíquico está en condiciones de dar la bienvenida a un dispensador de milagros. Efectivamente, la zarina se refugia en la religión de una manera también patológica; cree que nadie en la tierra la comprende, que nadie en la tierra es capaz de ayudarla, y ruega a Dios durante horas y horas. La gente que está a su alrededor dice que le sangran las rodillas, puesto que no hace nada más que estar en posición genuflexa o tumbada, quejándose de dolor de corazón, pidiendo a Dios que le mande una ayuda, alguien que le venga a traer lo que ella necesita.
Y esta persona aparece. Es Rasputín, un campesino siberiano analfabeto. Por decirlo rápidamente, Siberia forma parte en aquel momento de la nada, casi no pertenece al globo terrestre. En aquellas lejanas tierras hay miseria, frío, hambre, desolación y analfabetismo. En concreto, Rasputín es un niño maltratado –como ocurría con otras muchas personas en ese lugar donde se abusaba del alcohol y de la violencia– que crece con un problema de enuresis, trastorno que no llega a abandonar del todo a lo largo de su vida.
Rasputín es un hombre intuitivo, con un notorio afán de protagonismo en el pueblo donde vive. En cierto momento verá pasar a unos peregrinos que, pidiendo pan y agua a cambio de historias, lo dejan totalmente fascinado con las historias que cuentan. Rasputín se quiere parecer a ellos y salir de su pueblo; padece un trastorno de narcisismo que después será patológico, y quiere ser admirado como lo son los peregrinos, que son recibidos y escuchados en las casas.
Por eso, Rasputín abandona su pueblo, su esposa y sus hijos y se lanza a los caminos. Termina recalando en un monasterio donde se aglutinan personas pertenecientes a la secta de los jlisti, que tienen una peculiar manera de entender la religión. Concretamente, proclaman que para salvarse hay que pecar previamente, por lo que los pecados de la bebida y del sexo son estupendos porque después lo redimen a uno inmediatamente. Cuanto más se peca, más alto se sube después.
Esta religión le parecerá estupenda a Rasputín, quien se encaminará hacia San Petersburgo en busca de suerte. Efectivamente, llega a San Petersburgo (la capital), donde las diferencias sociales entre la clase alta, no ya la familia real, y el pueblo son brutales. ¿Cómo consigue Rasputín colarse en las fiestas de la alta sociedad? Hay que señalar que llega en el momento adecuado; los rusos de la alta sociedad han perdido su identidad rusa (por ejemplo, no se hablan en ruso, sino en francés), se visten a la manera parisina, decoran sus casas con mobiliario importado de Francia y, de pronto, se ha puesto de moda el esoterismo. Las fiestas son aburridas porque reúnen a la misma gente hablando de las mismas cosas, así que jugar con lo extraño y lo prohibido se pone de moda.
En este contexto aparece Rasputín, un analfabeto vestido a la manera rusa que, a los ojos de los demás, representa la Rusia profunda y perdida. Lo primero que hace, nada más presentarse al anfitrión de la fiesta, es mirarlo fijamente a los ojos –es famoso lo penetrante de su mirada– y preguntarle qué tal le va su vida sexual. La pregunta deja estupefacto al anfitrión de la fiesta, pero desata la risa y la cordialidad de los que están alrededor, que empiezan a invitar a Rasputín como un extraño divertimento.
En estas circunstancias, y paralelamente, la zarina –que todavía no conoce a Rasputín– se ha quedado embarazada y tiene el ansiadísimo varón. Es un niño precioso y maravilloso, y los zares están contentos, con todo el país festejándolo. Sin embargo, a la semana de nacer, al bebé se le declara una pequeña hemorragia en el ombligo que no cesa y lo pone al borde de la muerte. La palabra maldita sale a relucir. “Hemofilia”, un trastorno heredado de la zarina que impide a la sangre coagularse y que sume al paciente en peligro constante. Cualquier roce o golpe puede desatar la hemorragia interna, y el niño puede morir. La alegría desbordante de los zares se tiñe por esta trágica noticia. Si la zarina ya era propensa al histerismo, no digamos lo que sucederá a partir de ahora.
El niño no puede jugar con normalidad, y mientras es pequeño lo tienen que acompañar dos marineros de la guardia real para subirle un brazo o bajarle una pierna. Toda la preocupación de los zares, de la familia imperial entera, del palacio imperial al completo se centra en la enfermedad del niño. Sin embargo. lo mantienen en secreto porque no quieren que el pueblo ruso se entere de la calamitosa situación.
Mientras tanto, Rasputín se ha puesto de moda entre la gente de la alta sociedad, que pugna por invitarle a las fiestas. En una de esas casas se quedará a vivir. El marido de la familia, que trabaja en el palacio imperial, se va de la lengua y cuenta a Rasputín la tragedia secreta que padece la familia imperial a raíz de la enfermedad del heredero. Rasputín se hace fotografiar en actitud de bendición, poniendo una mirada estudiadamente penetrante, y pide que el retrato sea entregado a los zares. Él no quiere nada, solamente desea entregar a los zares, según él, el icono de un santo muy milagrero que proviene de uno de los monasterios que ha conocido.
Rasputín es recibido, habla con los zares, está poco tiempo y se va. Entonces surge un nuevo brote en el heredero que lo pone al borde de la muerte. Le han dado la extremaunción, está rodeado de los mejores médicos de toda Europa, el niño va a morir. La familia imperial está preparada para lo peor, pero entonces la zarina recurre al último recurso que le queda: Rasputín. Éste entra y, contrariamente a lo que hacen las demás personas, no toca al niño, sino que se limita a ponerse de rodillas y rezar. Al día siguiente, a ese mismo niño que estaba muriéndose, la gente lo ve sentado en la cama y con ganas de jugar.
¿Qué le pasa a Rasputín en este momento? Se cree absoluta y totalmente un elegido de Dios, y se pone de moda entre la alta sociedad porque promulga las doctrinas de los jlisti: peca conmigo, hermana, que después te voy a salvar. En su grandiosidad se cree el vehículo para pecar, porque, si el pecado se comete con Rasputín, él tiene el poder para salvar. Las hermanas, efectivamente, se dedican a pecar con él, y su fama de icono sexual, de místico sexual, se extiende por toda Rusia. Las mujeres compiten para mantener relaciones sexuales con él, y hasta los maridos de las beneficiadas presumen de que sus esposas están manteniendo relaciones con semejante santo.
Como digo, Rasputín se cree absoluta y totalmente un elegido de Dios. La zarina le da la bienvenida en su casa porque, efectivamente, consigue recuperar a ese niño. Hoy día se sabe que la hemofilia empeora con la tensión ambiental y que, por el contrario, mejora cuando las cosas se calman. Con una intuición impresionante, Rasputín ofrece al niño lo que necesitaba: calma.
Rasputín ayuda a pecar y a salvar, pero también maltrata. Su fama de abusador empieza a correr paralelamente a su fama de santidad. Un ejemplo de ello lo tenemos en el caso de Olga, una mujer de la alta sociedad, culta, refinada, maravillosa, que “pierde el sentido” por Rasputín hasta rebajarse a realizar cualquier cosa para estar con él. Ella le enseña a escribir rudamente, a leer algo, a comportarse, a vestirse y a comer adecuadamente. Olga lo tiene acogido en su casa, pero un buen día entra a verles una visita que se encuentra con una escena curiosa. Tal como lo cuenta, vio a Rasputín tras un biombo que separaba su cama del resto de la habitación. Estaba golpeando salvajemente a madame Olga, quien llevaba puesto un fantástico salto de cama consistente en un vestido blanco con pequeños lazos colgando. Ella sujetaba su miembro viril mientras gritaba “eres Dios”. El intruso se abalanzó sobre Rasputín y le recriminó que estuviera pegando a una mujer. Rasputín respondió: “No quiere dejarme en paz la zorra y exige pecado”. Olga, escondiéndose tras el biombo, gemía “soy tu oveja” y “tú eres mi Cristo”.
La familia imperial es avisada de todo esto, pero la ceguera de la zarina por pensar que es el único salvador de su hijo no tiene límite. El impacto de este hombre sobre la familia imperial es tan fuerte, que Rasputín empieza a elegir cargos. Mientras tanto, los ministros –muy preocupados– hablan con la familia imperial y con el zar. Éste niega rotundamente que Rasputín sea un depravado, un mentiroso y un charlatán, y pide a su primer ministro que no vuelva a nombrarlo, porque ellos, la zarina y él, tienen derecho a elegir a sus amigos.
Mientras tanto, la zarina escribe cartas incendiarias a su Rasputín en las que confiesa que su alma está tranquila y que sólo descansa cuando él, su maestro, está sentado a su lado. Afirma que besa sus manos y recuesta su cabeza en su hombro bienaventurado, que sólo desea una cosa, quedarse dormida en su hombro. Pregunta dónde está, dónde se ha ido, admite que está triste...
Escribiendo cosas así es lógico que la gente pensase que entre Rasputín y la zarina había un idilio. Sin embargo, no era así; la zarina estaba muy enamorada de su esposo y de su familia, pero sólo descansaba, como bien decía, cuando Rasputín estaba a su lado. Las patologías se unen.
Será el tío del zar Nicolás quien declara la guerra. Muy preocupado por la influencia de un hombre que se permite elegir ministros –la familia imperial no da un solo paso sin su beneplácito, sin preguntarle qué visiones ha tenido–, el tío de Nicolás escribe a su sobrino para decirle que tengan cuidado y que deben apartar a esta persona de la corte. Es entonces cuando los zares, por primera vez, le piden que desaparezca y regrese una temporada a su pueblo siberiano.
Rasputín llega a su pueblo siberiano. En un lugar del mundo donde sólo hay chabolas, él construye una mansión en cuyos sótanos congrega a sus “ovejas”, los adeptos de su secta, para pecar y elevarse después. En San Petersburgo empiezan a estar completamente hartos de los desmadres de este hombre, del poder que tiene; en este tiempo se ha convertido en un alcohólico, y las orgías son constantes. Sin embargo, como tiene tanta ascendencia en la familia imperial, en la puerta de su casa se congrega diariamente una larguísima cola de gente que viene a pedirle favores. Cuando esa persona es una mujer, Rasputín solicita a cambio servicios sexuales, hecho que está perfectamente documentado.
Mientras tanto, por todo San Petersburgo (y también en Moscú) empiezan a difundirse pasquines de sus enemigos donde se le acusa de estar controlando absolutamente al zar y a la zarina. Llega un momento en el que un grupo de rusos quiere retirarlo de la circulación porque ven que aquello no va a por buen camino. Entra entonces en escena un primo del zar educado en Oxford, un hombre refinadísimo, delicado como una gacela, que decide que está totalmente harto de Rasputín y que va a ser él quien lo quite de en medio. No obstante, en lugar de hacerlo de una manera civilizada, lo hace de la forma más brutal y sanguinaria imaginable.
El asesinato de Rasputín es famoso. Se emplea como reclamo a Irina, sobrina del zar y esposa del príncipe Yusupov (el hombre más rico de Rusia después del zar), y por la que Rasputín ha demostrado interés sexual. Félix Yusupov invita a Rasputín a su palacio alegando que Irina lo espera; cuando Rasputín llega al palacio, se comete el asesinato más desatinado de toda la historia de los asesinatos. Con Rasputín y la familia imperial, y el binomio Nicolás y Alejandra termina la dinastía de los Romanov, estalla la revolución rusa y se cierran, en definitiva, tres siglos de dinastía imperial.
Vayamos con nuestro segundo personaje. Isabel fue una princesa húngara de finales del siglo XVI y principios del XVII. En Europa despunta el Barroco, pero Hungría está sometida a una guerra contra los turcos que mantiene al país totalmente anclado en casi la Edad Media. No hay lugar para la cultura salvo en el palacio de la familia. Isabel es hermana de uno de los príncipes de Hungría, que en ese momento está dividida, puesto que los turcos ocupan prácticamente todo el país y sólo queda una pequeña franja, Transilvania, donde vive y gobierna la familia de Erceberg.
La familia de Erceberg es culta, e Isabel llega a hablar cuatro idiomas. Es tan refinada que los nobles de la época envían a sus hijas para que les enseñe a ser damas. Sin embargo, esta mujer –que tiene cinco castillos en Transilvania y un palacio en Viena que todavía se conserva, y a la que se disputan también en las fiestas vienesas– mantiene una doble vida. Es una patología de doble personalidad: mientras que por el día es una princesa exquisita, por la noche se convierte en una asesina cruel y despiadada.
Exige la perfección constantemente: cualquiera de sus sirvientas que cometa el más mínimo tropiezo es sometida a una tortura desgarradora y aberrante. Sin embargo, lo peor de todo es que a lo largo de los años, y mientras va perdiendo belleza –presume enormemente de ella–, empieza a pensar que la sangre de mujeres jóvenes y vírgenes va a preservar su propia lozanía, Por ello, por las noches, en los bajos de su castillo llega a matar torturando –porque había que extraer hasta la última gota de sangre– hasta 620 jóvenes (según el Archivo Histórico Nacional). Les corta las venas, recolecta su sangre, se baña en ella y, después, se la bebe.
Nuestro tercer personaje es Mesalina, la esposa del emperador Claudio. Fue contemporánea de Jesucristo, algo más de veinte años más joven que él. ¿Qué le sucede a Mesalina? ¿De dónde proviene esa expresión de “eres una Mesalina”, que equivale a decir que tu moralidad deja bastante que desear? De hecho, hay un término en psiquiatría que es “mesalinismo”, el cual describe una patología de la sexualidad femenina. Contrariamente a la ninfomanía, donde no hay discriminación de la pareja elegida para mantener una relación sexual, en el mesalinismo se mantienen relaciones sexuales por ansia de poder, para conseguir cosas.
¿Fue realmente Mesalina, tal como se ha dicho, una loca, una diosa del sexo? En mi opinión no. Así como las mujeres hablamos actualmente de “nuestro siglo”, las mujeres de aquella época no tenían derecho a absolutamente nada. Ya Augusto, abuelo del marido de Mesalina, decía que las mujeres tenían que ser madres, esposas e hijas castas, pías, laboriosas, frugales, obedientes, silenciosas, fértiles y desinteresadas de la vida. Con esta perspectiva es normal que todas o casi todas pensaran que su vida era una muerte en vida.
El único instrumento que tenían todas las anteriores y todas las posteriores era el sexo, la relación sexual. Conseguir amores, amoríos, les proporcionaba no sólo un poco de alegría, sino también beneficios materiales. Mesalina se casa con Claudio cuando ella tiene aproximadamente trece o catorce años, mientras que él ha superado los cincuenta y cinco. Es un hombre que está dedicado a la Historia y a la erudición. Entre los dos formarán un equipo fenomenal porque, a través de, efectivamente, los favores sexuales, ella consigue para Claudio jardines y palacios, y Claudio, de momento, está contento.
Los historiadores posteriores la han denostado enormemente. Sin embargo, es un personaje muy interesante. Si bien Mesalina utiliza el sexo para obtener privilegios –algo que hicieron las posteriores y, por supuesto, las anteriores (menuda era Agripina)–, se equivocó en dos cosas. En primer lugar, lo quiso hacer público y obtener los mismos beneficios y el mismo reconocimiento público que obtenían los hombres, cuando los de entonces no estaban dispuestos a ello. En segundo lugar, las cosas marcharon bien mientras ella no se enamoró de ninguno de sus favorecidos.
Vayamos a continuación con mi personaje favorito. Es Carlota de México, que fue cuñada de la emperatriz Sisí. Carlota de México es un caso de locura no por herencia, genética o endogamia –como hay otras muchas–, sino por circunstancias adversas. En efecto, la vida de esta mujer constituye una tragedia inhumana; sus circunstancias adversas se suceden tan rápido, que su equilibrio psicológico y mental llegará a romperse.
Carlota era hija del rey de Bélgica y se quedó sin madre siendo muy pequeña. Un día acierta a pasar por su castillo belga Maximiliano de Habsburgo, hermano del emperador Juan Francisco José de Austria. Ella caerá muerta por sus huesos. Él es un príncipe rubio que ha viajado, que cuenta grandes historias y al que le encantan las fiestas y la frivolidad.
A pesar de que Carlota se enamora perdidamente, el corazón de Maximiliano está ocupado por otra mujer. Por ello, Carlota organiza y maquina, y al cabo de un tiempo aparece Maximiliano pidiendo su mano. Fundamentalmente, la estrategia consistía en ofrecer una cuantiosa dote que era imposible rechazar.
Por consiguiente, tenemos a una mujer dotadísima y a un “frivolón” desocupado, porque Maximiliano no tiene en este momento absolutamente nada que hacer. Con el dinero de la dote construyen un fastuoso castillo en el sur de Italia que llaman Miramar, y Maximiliano escribe en su diario que, según su criterio, cree que pocos príncipes habrán conseguido levantar un castillo tan magnífico. No obstante, para Carlota ese castillo es una jaula de oro. Ella está preparada para gobernar, es inteligente, pero en ese lugar (donde no tiene más ocupación que leer) se consume por dentro.
Es entonces cuando entra en escena Napoleón III de Francia, que quiere colocar a dos peones en México. ¿Y quiénes mejor que unos príncipes desocupados? Por ello, propone al matrimonio nada menos que ser emperadores de México. Aunque Maximiliano rechazará la oferta, Carlota ve cómo se le abre el cielo: por fin algo que hacer. Convence a su marido, y los dos avanzan hacia México, despedidos por Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III y persona que ejerce una gran influencia en la pareja.
A Maximiliano y a Carlota les han asegurado que en México serán recibidos con los brazos abiertos, puesto que es un país en conflicto donde su llegada va a suavizar la situación. Maximiliano no aprende español; Carlota lo hace en el trayecto y, cuando llega a México, lo habla perfectamente. No obstante, nada más llegar a Veracruz no hay ni una sola persona esperándoles, y todo el viaje hasta México capital lo harán solos, vitoreados escuetamente por el ejército pagado por Napoleón.
Tampoco les espera nadie en la capital. El palacio real no se puede habitar, y tienen que improvisar una cama sobre una mesa de billar para evitar las ratas y las cucarachas que aparecen en el suelo. Carlota venderá las joyas de su madre y, con ello, rehabilitará el palacio imperial; ofrece fiestas de beneficencia, organiza colegios, es una gobernanta maravillosa; no obstante, los mexicanos no la quieren, porque ellos no han pedido como gobernantes a esas personas. Su escaso poder de gobierno en México dura dos años, y la situación se vuelve insostenible. En Francia, Napoleón se lava las manos y retira el ejército que los apoyaba.
Ante esta situación, Carlota decide que su marido se quede mientras ella regresa a Europa. Durante esa travesía, Maximiliano es apresado y fusilado, pero a ella no se lo dicen. Carlota llega a Europa con la mente ya trastornada, y empieza a pensar que la persiguen para matarla. Pide audiencia a Napoleón, que se la niega, y entonces ella se presenta en el palacio de París, entra casi a la fuerza y se produce un episodio dramático con Eugenia de Montijo, que intenta servir de escudo a su marido. Desde entonces Carlota iniciará un periplo terrible, recurriendo a uno y a otro, hasta llegar al Papa. Éste recibe a Carlota, que ya sufre una paranoia muy grave.
En efecto, lleva muchos días sin comer porque teme que la comida esté envenenada, por lo que sólo se permite beber de los caños de las fuentes públicas. Tiene tanta hambre que, cuando llega a los aposentos del Papa (éste ha dejado los restos del desayuno aparte), Carlota se abalanza sobre el desayuno, coge la chocolatera y empieza a beber. El Papa se apiada de esta mujer, quien le pide que le permita dormir en ese lugar porque en la calle la van a matar. Lo hará y se convertirá, por cierto, en la primera mujer que, legalmente, ha dormido en los aposentos papales del Vaticano.
Desde este momento se desencadena una locura grave y peligrosa para ella, aunque no para los demás. Acuden sus hermanos, se la llevan de vuelta a Bélgica, ella es viuda aunque todavía no lo sabe. Todos los días escribe largas cartas a Maximiliano, sumida en una enfermedad y una situación durísimas, porque ella sobrevivirá a Maximiliano, su gran amor, totalmente loca.
No menos atractiva resulta la figura de Pedro el Grande, cuya vida transcurre entre los siglos XVII y XVIII. Es contemporáneo de Luis XIV y un hombre extraordinariamente interesante. Fue un niño dotadísimo aunque maltratado por su padre (persona muy violenta), y un referente extraordinariamente importante para Rusia, a la que desprendió de su moho provinciano. Demostró su destreza no sólo en el arte de gobernar, sino también en nada menos que catorce profesiones, que desempeñaba con la misma perfección. Así, construía sus propios barcos o ejercía de cirujano y, sobre todo, amaba a los rusos por encima de todo.
Sin embargo, al lado de esta grandiosidad y de este amor inconmensurable por los suyos, Pedro el Grande padecía un trastorno que en psicología y psiquiatría se llama “alexitimia”, que puede describirse como incapacidad para amar a los que están cerca. Fue grandioso, generoso y maravilloso con los rusos (construyó San Petersburgo), pero a la vez fue incapaz de portarse bien con los que tenía cerca. Debido al tormento sufrido por los maltratos, tenía pánico a dormir, a quedarse solo por la noche. La paradoja es que se trataba de un hombre de dos metros, con una fuerza física descomunal (se cuenta de él que doblaba monedas de plata o arrancaba dientes con los dedos). Por ello, reclamaba que se acostara con él cualquier soldado, cualquier sirviente que anduviera cerca, lo que, desde luego, le granjeó fama de homosexual.
No se le conocen a Pedro el Grande muchas parejas, porque las maltrataba. Concretamente, sospechando que una de sus amantes, con la que mantuvo muchos años una relación porque era fiel en sus afectos, le estaba siendo infiel, cortó él mismo la cabeza del tercero en discordia, explicando a los presentes todos los órganos que estaba seccionando. Tras ello depositó la cabeza en la mesilla de noche de su amante, y exigió que durmiese con esa cabeza cortada el resto de sus días. Otros episodios nos muestran que era un hombre cruel con los suyos hasta el extremo de que ordenó torturar a su único hijo hasta matarlo.
No dejamos del todo esta época para presentar a nuestro último personaje. Fue precisamente Luis XIV, el autodenominado “rey Sol”, quien provocó que España conociera también a otro loco de la Historia. Luis XIV manda a España a su nieto Felipe V, después de que, tras Carlos II, no haya rey posible. Luis XIV tenía de Felipe V una opinión muy formada. No en vano, escribió de él que jamás había dado señales de superioridad intelectual, y que tampoco poseía un ápice de imaginación. Era, según él, frío, silencioso, triste y sombrío, y no conocía otro placer que el de la caza.
Pues bien, Felipe V fue un rey con unas patologías enormes, hasta el punto de que tuvo que dejar de gobernar en España en cuatro ocasiones debido a las graves crisis de locura que padecía. Además, mientras no estaba inmerso en ellas era adicto al sexo. Por ejemplo, en primeras nupcias se casó con la reina María Luisa, con la que, estando ella en lecho de muerte, Felipe quiso ejercer sus derechos conyugales.
Hijo de Felipe V fue nuestro rey Luis I, una pobre criatura a la que con quince años querrán emparentar, para que no se pierda el vínculo con Francia, con su prima Luisa Isabel de Orleans, de doce años. La pareja es un completo desastre en todos los sentidos. Ella aporta a España todas las patologías de la endogamia que hay en su familia; no hay que olvidar que es prima de su esposo y sobrina de su suegro, y que ambos comparten los mismos abuelos por parte de padre y de madre. Cada célula de su cuerpo es prima-hermana de la célula contigua. Pues bien, así como Luis I tiene un padre como el que tiene, nuestra reina Luisa Isabel nos llega a España con doce años y debuta con un trastorno límite de la personalidad, el exhibicionismo, que consiste en atentar contra todas las normas. Luisa Isabel se dedica a eructar, ventosear y desnudarse en público. Además, combina esa patología con otra: una obsesión limpiadora enorme. Para redondear el asunto no hay que olvidar que Felipe V es adicto al sexo y padece crisis de locura. La lectura de la correspondencia entre padre e hijo custodiada en el Archivo Histórico Nacional, en la que el segundo solicita instrucciones más concretas sobre cómo dejar embarazada a Luisa Isabel, son, sin lugar a dudas, dignas de un estudio detallado.


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