¿Qué es un aguijón?



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El AGUIJÓN

EN LA CARNE

(Encontrando fuerza y esperanza

en medio del sufrimiento)

PABLO MARTÍNEZ VILA

Consejería Bíblica y mediación familiar

Juan Carlos Segovia González



¿Qué es un aguijón?

Podemos definir el aguijón como una situación de sufrimiento crónico que produce dolor (te hace sentir roto por dentro), que limita (te hace sentir inútil), que humilla (te hace sentir débil y pequeño), que impacienta (suele prolongarse en el tiempo).



Causas del aguijón

El aguijón puede venir causado por enfermedades crónicas de tipo físico o psíquico, minusvalías y discapacidades, conflictos graves de relación, persecución a causa de la fe.



Reacciones iniciales: respuestas naturales

Los sentimientos y reacciones que genera el aguijón tienen un gran valor como fuente de desahogo y contribuyen a la curación de las heridas. No debemos reprimirlas ni censurar al que las sufre. Los síntomas que estas funciones generan constituyen los llamados trastornos adaptativos. La característica esencial de estos trastornos es el desarrollo de síntomas emocionales o de la conducta en respuesta a un factor estresante psicosocial identificable con un acusado malestar o deterioro significativo de la actividad social o profesional. El carácter temporal de estas reacciones es lo que marca su normalidad. Cuando se prolongan, constituyen un peligroso germen para la mente y el corazón.



Duelo: ya nada será como antes

El duelo constituye la reacción primaria y original. El aguijón siempre conlleva pérdidas. Supone una merma muy considerable en relación con la situación anterior. El sentimiento de pérdida está en la raíz del enojo, la ansiedad y la depresión que aparecen después.

Identificar las pérdidas dolorosas que el aguijón conlleva y reconocer la necesidad de un duelo adecuado es el primer paso para una recuperación satisfactoria. La forma como la persona enfrenta estas pérdidas va a determinar, en gran manera, la aceptación del aguijón y la adaptación a la nueva situación.

La primera fase del duelo por las pérdidas del aguijón es común a otros tipos de luto. Aparecen confusión y embotamiento. Este shock emocional es como una anestesia natural de la propia mente, que nos protege del panorama desolador que tenemos por delante, es un mecanismo de defensa ante el dolor del golpe.

El efecto de anestesia de esta etapa pasa y da lugar a otras reacciones. Es entonces, estando frente a frente con el aguijón, que aparecen con más intensidad las reacciones de lucha con uno mismo y con Dios. Se expresan sobre todo en forma de enojo, ansiedad, estrés y Depresión. Estas reacciones no aparecen de forma consecutiva, sino simultánea, entremezclándose todas ellas en un laberinto de sensaciones y sentimientos que son normales. Una comprensión y trato correcto de este laberinto nos abrirá la puerta para la curación de las heridas tanto emocionales como espirituales.

Enojo: no es justo, no me lo merezco

El enfadarse es una respuesta tan natural como, a veces, necesaria. Forma parte de las defensas que Dios nos ha dado para afrontar situaciones desagradables o injustas. La expresión del enojo tiene un efecto terapéutico, ya que cumple una función liberadora de la frustración que produce el no poder liberarse del aguijón para volver a la situación anterior. El reprimir estos sentimientos puede ser tan negativo como impedir las lágrimas en un duelo. De manera que expresar el enojo constituye una buena vacuna para prevenir posibles complicaciones como la amargura o las crisis de fe.

El enojo se puede manifestar en formas e intensidades diferentes, desde un simple malhumor hasta la agresividad. Lo más frecuente es la irritabilidad. Un rasgo característico de esta reacción es culpar a los demás de su situación, o quejarse de que no le tratan bien o no le entienden. Todas estas reacciones requieren mucha comprensión y paciencia de parte de los cuidadores o familiares. Deben entender que tales actitudes no van en realidad contra su persona, sino contra la situación de sufrimiento.

Si la persona no supera esta etapa de enojo, puede llegar a hacer muy difícil la convivencia familiar. De hecho, no aceptar un aguijón es un factor de riesgo para la vida matrimonial y puede terminar en ruptura. Es difícil convivir con una persona amargada porque acaba amargando a los demás.

El sufrimiento es un cuerpo extraño en la creación de Dios. No fuimos creados para dolernos, sino para gozar. Por ello es lógica una reacción de indignación y rabia ante las consecuencias del pecado que destroza la vida de las personas. Este sentimiento, lejos de disgustar a Dios, nos acerca a Él porque Dios mismo se aflige en nuestros sentimientos.

El problema no está en airarse, sino en permanecer airado. Cuando el enojo anida en el corazón de forma permanente, deja de ser una reacción natural para convertirse en una actitud vital. Cuando esto sucede, el enojo pasa a resentimiento, y con el tiempo, genera amargura. Lo que empieza siendo una reacción necesaria, acaba sumiendo a la persona en una actitud de autodestrucción, que genera una visión paranoide de la vida, pensando que todo y todos van en contra de ellos.

El enojo es como un fuego que necesita ser cuidadosamente controlado, de lo contrario puede causar serios problemas. Hay una necesidad imperiosa de atemperar la ira con momentos de reflexión y silencio. Será en estos momentos cuando podemos encontrar a Dios que sufre con nosotros porque conoce nuestras angustias.

Ansiedad: ¿ocuparse o preocuparse?

La ansiedad es otra respuesta natural en las primeras etapas del aguijón. En un sentido positivo, la ansiedad será una fuerza que nos llevará a tomar decisiones y dar pasos necesarios para afrontar mejor la situación. Por el contrario, la ansiedad en un sentido popular, conlleva la idea de una preocupación excesiva por el futuro, cercana al miedo, que puede erosionar y hasta paralizar nuestra capacidad de lucha. Hemos de combatir este tipo de ansiedad, ya desde el principio, porque es un lastre en nuestro progreso hacia la aceptación.

Debemos trazar una distinción entre ser ansioso y estar afanoso. La primera se trata de una forma de ser, un carácter con base genética y de aprendizaje. Son personas que se preocupan desmedidamente por todo. Anticipan los acontecimientos de forma pesimista y exagerada. Suelen ser hipersensibles y, en consecuencia, sufren mucho. Este tipo de ansiedad no es un pecado porque no es incompatible con la confianza en Dios.

Sin embargo, la persona con ansiedad existencial, tiene una reacción de desconfianza ante el devenir futuro, e implica negar dos atributos básicos del carácter divino: su fidelidad y su providencia. Si el ser ansioso es un problema psicológico que requiere tratamiento, el estar afanoso es un pecado que requiere arrepentimiento.



El estrés: un molesto problema

El estrés, definido como un estado de presión o tensión, es una realidad muy frecuente en la persona afligida por el aguijón. La lucha contra nuestras espinas genera una cantidad de estrés importante. El estrés puede estar originado por los cambios que un acontecimiento vital causa en la persona. Cuanto mayor sea el cambio, más estrés. Ello explica la necesidad de reajuste personal y social tras el impacto. Este reajuste va a suponer un gasto extra de energía emocional que es la causa de la presión o estrés. De ahí la gran necesidad de adaptación a la nueva situación.

También puede estar causado por cargas añadidas. Una enfermedad crónica o incapacitante es una fuente inagotable de trabajo y de gastos extras. Ello desgasta y puede y agotar a cualquiera. Debemos resaltar aquí el valor inmenso que supone la ayuda de amigos y hermanos de la iglesia en las tareas prácticas, a veces, insignificante. Toda ayuda que suponga una liberación pequeña de las cargas diarias supone un gran alivio del estrés.

El llamado estrés postraumático, solo afecta a aquellos cuyo aguijón se inició de forma traumática; un accidente, una catástrofe natural, un acto de violencia, etc. Se caracteriza por la vivencia repetida de la escena estresante. Estas imágenes y recuerdos se introducen como flashes en la mente de forma indeseada e incontrolable, creando gran ansiedad. A la larga, causa una fatiga emocional que se suma a todo el estrés propio del aguijón. Normalmente, este trastorno cede con el tiempo, pero si no es así, requiere ayuda profesional.



Depresión: no vale la pena vivir

El trastorno del ánimo que surge a raíz del aguijón no es, por lo menos en sus etapas iniciales, una depresión en sentido estricto, médicamente hablando. Es una variante de los trastornos adaptativos y se caracteriza, sobre todo, por un estado de tristeza y desánimo que, a veces, se manifiesta en llanto. En realidad, el nombre más correcto sería el de reacción depresiva. Es uno de los efectos inflamatorios del golpe inicial. Es tan normal y previsible como el duelo tras una pérdida significativa.

Los síntomas más frecuentes de la depresión pueden variar desde un simple estado de desaliento hasta las ganas de morir. Por lo general, el aguijón suele producir un sentido de pérdida en tres áreas:

1º/Pérdida de la propia identidad. Ello se expresa con sentimientos de inferioridad. Se trata de uno de los problemas más persistentes a la mejoría, puede permanecer aún cuando la reacción depresiva haya terminado. El reconstruir la autoestima es una de las tareas primordiales en todo proceso de ayuda, y va mucho más allá de las fases iniciales. Aparecen también los sentimientos de incapacidad. Este aparece por el agotamiento que produce el desgaste continuo del aguijón. El abatimiento y la desmoralización, suelen ser síntomas más visibles, pero no es el más grave, ni el más persistente. Los sentimientos de culpabilidad también tienen su protagonismo. La persona se hace auto-reproches, en la mayoría de los casos, de forma injustificada. Cuando sí hay responsabilidad, se hace necesario un tratamiento psicológico para aliviar estos sentimientos y evitar que la depresión se alargue.

2º/Pérdida del propósito de la vida. La persona es invadida por una indiferencia ante la vida. En algunos casos puede haber ideas de suicidio. El suicidio consumado es una complicación grave en las enfermedades progresivas y/o discapacitantes, sobre todo en las fases iniciales cuando la reacción de rechazo es muy intensa. Un porcentaje significativo de los que hablan de hacerse daño, acaba haciéndolo. La pérdida de la ilusión o apatía por las tareas habituales es un sentimiento normal, en especial al levantarse por la mañana. Ello va acompañado por la pérdida de la capacidad de anticipar y experimentar placer, incluso sexual. La incomunicación es otra faceta, la persona se aisla y no desea salir de casa.

3º/Pérdida de esperanza. Se manifiesta el pesimismo, todo se ve negro. Aparece también la irritabilidad e incluso hostilidad, hasta el punto de provocar tensión en sus relaciones.

Cuando la depresión no mejora, puede llevar a otros problemas como la adicción a las drogas, tranquilizantes, analgésicos, etc.

¿Cuánto tiempo duran las reacciones iniciales?

El tiempo puede variar mucho de una persona a otra dependiendo de factores como la personalidad, las circunstancias y la naturaleza del aguijón. Por lo general, se acepta que estos trastornos adaptativos duren entre seis y doce meses. No obstante, el carácter recurrente de muchos aguijones hace posible una repetición de estas reacciones cada vez que el aguijón vuelve a golpear, aunque en estos casos, los síntomas suelen ser de menor intensidad y brevedad. Esto no es debido a un simple efecto de haberse acostumbrado, sino al crecimiento personal en la aceptación de la espina. Es aquí donde radica el significado teleológico de estas reacciones, su razón de ser: facilitar la adaptación a la nueva realidad del aguijón.

Más importante aún que la duración de estos trastornos es su resolución, es decir, que todos sus síntomas lleguen a remitir. Se debe evitar que estas reacciones iniciales se conviertan en crónicas, por lo menos en su forma e intensidad iniciales. Si ello sucede, el proceso de aceptación puede quedar bloqueado y dar lugar a las complicaciones anteriormente descritas: amargura, depresión crónica y crisis espiritual grave.

La aceptación: arma clave para derrotar al enemigo

Hay dos palabras que constituyen la clave para ayudar a una persona atribulada por el aguijón: aceptación y gracia. Ambas están estrechamente relacionadas, porque la aceptación solo se consigue por la gracia de Dios. Sin embargo, hay algunos aspectos que también dependen de nosotros; son los recursos naturales de la aceptación, de tipo biológico, psicológico o ambiental. Son pautas para desarrollar y aprender a lo largo del camino que lleva a superar el trauma del aguijón.

Es a través de estos recursos humanos que la gracia de Dios empieza ya a manifestarse de forma concreta y práctica. No debemos caer en la arrogancia de las modernas psicologías humanistas que vienen a decirnos que todo está en nuestra mano, que la felicidad depende de nosotros.

No podemos ni queremos ocupar el centro de nuestra vida porque le corresponde solo a Dios. Para nosotros como creyentes, la capacidad para superar el aguijón no depende solo, ni en primer lugar, del buen uso de nuestros recursos interiores, sino de la fuerza sobrenatural que proviene de Dios y que puede transformar mis debilidades en fortalezas. El mérito último, cuando alcanzamos un buen nivel de aceptación está en la gracia de Cristo.



¿Qué significa aceptar?

Aceptar no es resignarse (versión estoica fatalista). Para muchos, la aceptación es una rendición sin condiciones después de una ardua lucha. Pero el creyente no está de acuerdo con el fatalismo. No somos responsables por lo que hemos recibido, pero sí somos responsables por lo que hacemos con lo que hemos recibido. Una de las peores actitudes de la lucha contra el aguijón es la resignación fatalista porque genera pasividad y amargura. El que se queda cruzado de brazos, sin hacer nada, tiene muchas posibilidades de acabar agriando su vida y la de los que le rodean.

Aceptar no es ponerse una coraza (versión budista-oriental). Hay otras personas para quienes aceptar es algo así como desconectar, lograr un estado mental de relajación cercano a la impasibidad. Aceptar no es conseguir una especie de nirvana, ese estado supremo por encima del bien y del mal en el que desaparece el dolor. Por este camino, la aceptación se convierte en una técnica que se aprende por un entrenamiento sistemático. En cambio, el proceso bíblico de aceptación consiste en una transformación interior que nace de la comunión personal con el Dios de toda gracia.

Aceptar no supone estar de acuerdo con el aguijón (versión masoquista). Nadie nos pide que lleguemos a ser amigos de la causa de nuestro sufrimiento, de ahí la importancia de no confundir estar contento con estar contentado. El gozo del Señor no es tanto un sentimiento, como una actitud profunda de serenidad, paz y gratitud que nace de contemplar las bendiciones que tenemos en Cristo y que nada ni nadie nos puede quitar (Rom.8:31-39). Por tanto, la tristeza no es incompatible con el verdadero gozo del Señor; Dios quiere que sus hijos sean realistas, no masoquistas.

Aceptar significa ver el aguijón como un aliado. Aceptar significa dejar de ver el aguijón como un enemigo, un obstáculo paralizante que bloquea y obstaculiza, sino que, por el contrario, colabora y potencia la capacidad de lucha. Aceptar es llegar a tener la serena convicción de que Dios puede usar mi vida no sólo a pesar de mi aguijón, sino precisamente a través de él.

Los ingredientes de una aceptación genuina

La experiencia del aguijón nos proporciona una excelente oportunidad para descubrir facetas nuevas de nuestro carácter. El sufrimiento crónico contiene una enorme fuerza dinamizadora desde el punto de vista emocional y espiritual.

El ser feliz o desdichado no depende tanto de las circunstancias, sino de nuestra actitud ante estas circunstancias. De ahí, que la clave para superar cualquier acontecimiento adverso radica más en el corazón que en el aguijón; a la larga, nuestra actitud es mucho más influyente y decisiva que a fuerza desmoralizante y devastadora de la espina.

La aceptación es un proceso de transformación interior que se desarrolla en tres niveles de la persona:

1º/Aprender a ver diferente: el contentamiento. El primer ingrediente de la aceptación está relacionado con mi forma de mirar el aguijón y desde el aguijón, es la nueva perspectiva tras el golpe. La persona no ve el mismo paisaje de antes, muchas cosas han cambiado. Por tanto, es necesario descubrir rayos de luz en la oscuridad del nuevo escenario. Esto ayudará a luchar mejor y harán más llevadera la carga (Fil.4:11-13). El secreto del contentamiento radica en lograr cierto grado de independencia de los acontecimientos vitales de modo que uno no quede atrapado por ellos. Para conseguirlo hay que tener, por un lado, una visión adecuada del aguijón, y por el otro, una visión correcta de Dios en medio de la dura experiencia.

En cuanto a la primera, la distancia es lo que nos puede dar una visión más objetiva y global. Si me pierdo en un bosque, la mejor manera de encontrar la salida es buscar un lugar alto que me permita contemplar una salida. De igual modo debe ocurrir con el aguijón. Al tener un horizonte mucho más amplio, el pasado y el futuro cobran un significado distinto porque ya no se está encerrado en el presente que nos oprime hasta aplastarnos. Vemos que la espina puede quitarnos partes valiosas de nuestra vida, pero la parte que aún nos queda es mucho mayor. Nos ayuda a reaccionar.

Esta perspectiva nos ayuda a ver a Dios de forma diferente. Al principio parecía lejano, pero poco a poco, aprendemos a ver que Dios no está tan lejos como pensábamos. Entendemos que el Jesús sufriente viene hacia mí con palabras de ánimo y me coge fuertemente de la mano para que no me hunda. Percibir su voz en medio del aguijón constituye el aspecto más difícil de la aceptación. Si Dios es el Cristo cercano que ha sufrido mucho más que yo, entonces aprendemos que nada ocurre en nuestra vida sin su conocimiento y control. Si Él ve y conoce mi situación, entonces yo debo mirarla desde la óptica divina, desde la cual, la amargura, el resentimiento y la sensación de injusticia van siendo reemplazadas por la confianza y la serenidad (Gn.45:5-8). El contentamiento es inseparable de la confianza en un Dios personal que dirige cada paso de mi vida con un sentido y propósito. El contentamiento es un curso largo, no una lección rápida. En la universidad de Dios no suele haber cursos acelerados. Por lo tanto, el proceso será largo y tendrá altibajos.

2º/Aprender a pensar diferente: como piensas, así te sientes. No siempre podemos cambiar las circunstancias, pero si podemos cambiar nuestra actitud hacia ellas. Lo que sentimos depende en gran manera de lo que pensamos. Si logramos entender esta realidad, podremos empezar a controlar nuestras emociones mucho mejor. El pensamiento viene antes que la emoción. Sin darnos cuenta, estamos enviando constantemente al cerebro mensajes que influirán mucho en nuestro estado de ánimo. No puedo escoger que pensamientos crecerán en mi cerebro, pero si puedo escoger cuales voy a alimentar y guardar. Por tanto, el ser felices o desdichados depende mucho de nuestra actitud ante la adversidad.

Este principio básico ha dado lugar en Psicología a la llamada terapia cognitiva. Esta consiste en sustituir los pensamientos negativos o distorsionados por pensamientos positivos, adecuados a la realidad y generadores de emociones edificantes. Este proceso de re-aprender a pensar, requiere fuerza de voluntad y no es instantáneo. El control de pensamiento no solo busca el beneficio personal, sino la obediencia a la voluntad de Cristo. El propósito de la vida del discípulo es agradar y obedecer a Dios, no sentirse cada día mejor. Este énfasis nos libra del hedonismo contemporáneo que hace de mi felicidad la meta suprema de todo. Hay una relación estrecha entre la práctica de la terapia cognitiva bíblica y la paz. La fuente de la paz es Dios mismo, emana de la relación personal con Él a través de Cristo. Sus efectos beneficiosos alcanzan toda nuestra personalidad.

Para poder lograr este cambio mental, vamos a identificar los hábitos de pensamientos negativos más frecuentes. La persona afligida tiende a creer las siguientes ideas erróneas: la culpa es mía, no va a cambiar nunca, va a arruinar toda mi vida. Esta interpretación personal de mi desgracia es el mejor camino para destruir la autoestima y producir sentimientos de derrota e impotencia. Para combatirlas necesitamos aprender a formularnos preguntas estimulantes que generen respuestas positivas, y finalmente sentimientos de esperanza: ¿qué puedo hacer para mejorar mi situación?, ¿qué tiene de bueno esta situación? ¿qué quiere Dios enseñarme a través de esta situación?

Para completar el aprendizaje de estos hábitos positivos, debemos mencionar dos actitudes erróneas a evitar. Una es el imaginar siempre lo peor, lo más terrible con respecto a mi situación. Para no caer en esta actitud, debemos evaluar correctamente lo daños infringidos y sus consecuencias. Al ver el problema en sus proporciones reales, disminuye la intensidad de las reacciones emocionales. Por otro lado, me permite elaborar posibles salidas de manera más objetiva y acertada.

La segunda actitud errónea a evitar es el lamento crónico. Un frecuente pensamiento distorsionado consiste en centrar la atención en lo que no tengo o lo que no puedo hacer, en lugar de fijarse en lo mucho que todavía me queda. Lamentar lo que ya no tengo me impide disfrutar lo que aún queda a mi alcance, que en la mayoría de los casos es muy superior a lo perdido.

3º/Aprender a vivir diferente: adaptación. Una vez que hemos aprendido a ver y a pensar de forma diferente, estamos en condiciones de vivir de forma diferente y realizar los cambios para adaptarse a la nueva situación. Hay tres requisitos claves en el proceso de adaptación.

La primera es una disposición a cambiar (flexibilidad y resiliencia). Al afrontar la prueba, las personas tenemos una capacidad de adaptación que nos permite resistir y reorganizar la vida tras el impacto de la experiencia traumática. A esta capacidad elástica se le conoce con el nombre de resiliencia. Diversos factores individuales hacen que esta capacidad sea más fácil para unas personas que para otras. Sin embargo, todo ser humano tiene un potencial básico para la resiliencia y la adaptación. A la mayoría de las personas los cambios nos producen ansiedad porque nos abocan a situaciones desconocidas. El ser flexible amortigua el estrés producido por el cambio, lo cual ayuda a convivir con la nueva situación y nos permite luchar mejor. Una persona rígida o inflexible no sabe adaptarse al presente, teme al futuro y se refugia en el pasado.

La segunda es una disposición a aprender nuevas habilidades (perseverancia y humildad). Para adaptarnos es necesario el desarrollo de nuevas formas de vida que amortigüen el impacto del aguijón. Por ello el requisito fundamental es la humildad y la perseverancia. Al principio el obstáculo parece insalvable, pero lejos de desanimarnos, es una fuente de esperanza que nos dará una oportunidad de hablar nuevos idiomas que nos enriquezcan y nos abran unas perspectivas de crecimiento personal insospechadas.

La tercera es una disposición a adaptarse a la pérdida de autonomía (confianza). El depender de los demás es el ajuste más difícil de todo el proceso. Esta dependencia forzosa nos cuesta mucho porque despierta en nosotros sentimientos de vergüenza y humillación. El necesitar algo de los demás hiere nuestro amor propio. Este es un error notable que nace de un sentimiento de autosuficiencia no bíblico. El requisito aquí en la confianza en los demás. Esta consiste en establecer un vínculo especial con unas pocas personas, que con el tiempo, llegarán a ser muy significativas en nuestra vida y se convertirán casi en una extensión de uno mismo. Dios raramente nos deja solos ante el aguijón. Suele proveernos de ayuda a través de las personas.

La lucha por cambiar las cosas y la oración ferviente al respecto siempre deben venir enmarcadas por la sumisión a la voluntad de Dios, por misteriosa y oscura que nos parezca al principio. Dios no siempre nos libra del aguijón, pero siempre da recursos para luchar contra él. La victoria de Cristo en la cruz nos provee de su gracia sobrenatural que nos fortalece en nuestra debilidad (He.4:16).

La gracia de Dios y la fuerza de la debilidad

Para nosotros, la solución consiste en eliminar el problema, pero para Dios, lo más importante no es la ausencia de sufrimiento, sino su presencia en medio de este sufrimiento y los recursos que tal presencia conlleva. La gracia de Dios alude a la ayuda del E.S. que viene como parte del favor inmerecido de Dios. La persona en su lucha contra el aguijón necesita algunas explicaciones imprescindibles para una aceptación genuina, de ahí que el Señor acompañe en la exhortación que nos ofrece a través de su Palabra una explicación convincente: “Mi poder se perfecciona en la debilidad”. El aguijón no estorba a Dios, sino que es donde el Señor puede manifestar su poder. Un gran obstáculo para acercarse a Dios es sentirse fuerte, autosuficiente. La soberbia es un gran estorbo para la fe. Suele acentuarse cuando todo nos va bien en la vida, haciéndonos sentir muy importantes. Si uno cree que es un semi-dios, entonces no hay lugar para el Dios verdadero en su corazón. Por el contrario, un sentimiento de debilidad suele ser terreno abonado para la fe en Dios y para que su poder se manifieste. La fe es para los que se sienten pobres al contemplar su pequeñez y su miseria delante de la grandeza y la santidad de Dios.



Los efectos terapéuticos de la gracia

La gracia nos llena de paz, nos salva, pero los efectos de la gracia no terminan con la salvación, sino que siguen manifestándose cada día de múltiples formas en la vida del creyente. Vamos a ver tres de los principales efectos sanadores de la gracia sobre la vivencia del aguijón:

1º/Fortaleza renovada: la gracia da fuerzas. No podemos aspirar a ser santos por nuestras propias fuerzas, humanamente hablando, la vida cristiana es imposible (Fil.2:13). La gracia nos fortalece en nuestras incapacidades, debilidades o sufrimientos (Fil.4:13).

2º/Cambio: la gracia transforma. El creyente experimenta un proceso constante de transformación interior que le va moldeando a la imagen de Cristo. (2ªCo.3:18). Dios puede cambiar las circunstancias, pero sobre todo, cambia a las personas, y cuando esto sucede, estas mismas circunstancias nos parecen distintas. Tres grandes cambios guiados por el E.S. configuran una profunda experiencia espiritual.

Primero, cambia la óptica (los prismáticos de Dios), Dios no quita el aguijón, pero sí los pensamientos negativos en relación con él mismo, los cambia por los positivos, y por lo tanto, su visión de la espina se aproxima a la de Dios. Es decir, la óptica egocéntrica es cambiada por la cristocéntrica. En vez de verse como un pobre hombre abrumado por el sufrimiento, ve a Cristo y su poder reposando sobre él.

Segundo, cambian las actitudes (el aguijón pierde su veneno).Este cambio de óptica produce un cambio de actitudes, descubro que en mi debilidad está la oportunidad de Dios. Si es así, de buena gana llevaré este problema. Cambia la queja por gozo, el desafío por sumisión y la autocompasión por adoración. Con estas nuevas actitudes, el aguijón aunque siga golpeando, ha perdido todo su veneno. La persistencia de la queja, el desafío y la autocompasión acaban matando la ilusión de vivir, por esta razón para Dios es mucho más importante eliminar tales actitudes que quitar la espina.

Tercero, cambia la situación (Dios abre caminos en el desierto). El aguijón puede continuar por largos años, pero Dios provee oasis refrescantes que nos renuevan las fuerzas y nos permiten seguir adelante. Uno de estos oasis es revelarnos la otra cara del sufrimiento, esto es, experimentar que en todas las cosas Dios obra para el bien de los que le aman (Rom.8:28). De una forma misteriosa y paradójica, el sufrimiento llega a ser un instrumento para que se cumplan propósitos concretos de Dios para nuestra vida. Llegar a descubrir este camino lleva tiempo y forma parte del proceso de maduración operado por la gracia, y que no se logra por la mera introspección. Dios provee una salida, no una solución, ya que la salida es una puerta que se abre a un camino que hay que andar, y recorrerlo requiere esfuerzo de nuestra parte.

3º/Madurez: la gracia enseña. No es el aguijón en si mismo lo que nos hace madurar, sino nuestras reacciones al afrontarlo. Aprender a afrontar la adversidad es imprescindible en el proceso de maduración emocional. La mejor manera de convertirse en una persona inmadura es darle una existencia libre de dificultades. Nuestra reacción ante los problemas estimula la maduración psicológica, y nuestro crecimiento espiritual. El propósito de Dios al permitir la prueba no es castigarnos sino enseñarnos (He.12:11). El éxito conlleva inevitablemente un gran peligro: la jactancia. El peligro de caer en la arrogancia espiritual aumenta cuando las cosas nos van muy bien en la vida. Por eso, el aguijón nos ayuda a ser más realistas en cuanto a nuestras miserias y limitaciones, nos recuerda la enorme fragilidad de nuestra vida, y esto nos ayuda a cultivar la humildad que tanto ama el Señor (Is.66:2)



Los transmisores de la gracia

Dios se vale de personas clave, profundamente significativas en nuestra vida, que nos ayudan a luchar contra el aguijón. Son transmisores de la gracia de Dios y nos ofrecen, sobre todo, amor. Por razones lógicas, el apoyo fundamental debe venir de la familia y los amigos. Es por ello que estos mensajeros de Dios necesitan también experimentar cada día la brisa refrescante y renovadora de la gracia a fin de seguir dando esta misma gracia al afligido que está a su lado. Tanto la persona afligida como sus ayudadores necesitan compañía (apoyo emocional), empatía (sentirse comprendida), apoyo práctico (ayuda en los retos), esperanza (la vida volverá a tener sentido). La soledad siempre es difícil de aceptar (sobre todo en la hora del aguijón) porque el ser humano no ha nacido para el aislamiento, sino para la relación.

Sin embargo, en un mundo donde la familia está en crisis y ya no constituye un refugio seguro, la iglesia local se convierte en una nueva familia. Una iglesia donde los unos sobrellevan las cargas de los otros viene a ser un hogar en el que Dios provee de cobijo al que está solo. La iglesia puede ser una comunidad terapéutica. Debemos estar dispuestos a recibirles y preocuparnos por ellos, escuchándolos, comprendiéndolos y, sobre todo, amándolos. La gracia es la fuerza sobrenatural que nos capacita para sobrellevar los unos las cargas de los otros (Ga.6:2). Si nos pertenecemos los unos a los otros, la consecuencia natural es apoyar al que lo necesita. Todos deberíamos anhelar este corazón pastoral que nos lleva a acercarnos al hermano para acompañarlo en este desierto que es el aguijón. Una manera muy eficaz de mostrar amor es escuchar a la otra persona. En el sufrimiento, el amor se expresa mucho mejor con el calor de una mano cercana que con la elocuencia de un largo sermón. No hay lugar para una actitud pasiva dentro de la iglesia, ir sólo a recibir, a ver que me dan, es la actitud más dañina que podemos tener contra la iglesia. Una de las formas más poderosas de mostrar apoyo es la oración. Orar por y con la persona. Cuando alguien ora por mí me siento acompañado y comprendido, especialmente, en las etapas iniciales del aguijón. No es sólo por el beneficio psicológico de que alguien se acuerda de mí, sino el enorme poder espiritual que se manifiesta en la persona afligida cuando oramos por ella.

La fuente de la gracia: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”

El manantial de donde brota este don divino es Cristo. Por ello, la gracia es inseparable de la relación personal con Cristo. El poder de Cristo va más allá de una mera inspiración; realiza una transformación que me capacita para enfrentar cualquier situación. Cristo está vivo y me transmite su poder. El contentamiento sólo es posible cuando estamos en Cristo. Cristo satisface la tres grandes necesidades que tiene el hombre: Cristo está a mi lado (compañía) (Mt.28:20 / He13:5), Cristo sufre conmigo (empatía) (Is. 53:3 / He.4:15), Cristo intercede por mí (oraciones) (Rom.8:34 / He.7:25).



Creciendo en la gracia

Aunque hayamos alcanzado un grado excelente de aceptación, nuestra necesidad de la gracia no desaparece, es permanente. Estamos hablando de situaciones de sufrimiento prolongado en las que el aguijón no es eliminado. Habrá momentos especiales, muy intensos, de comunión con el Señor, que van a dejar un recuerdo imborrable. No obstante, el crecimiento se desarrolla de forma continua. Nunca se está libre de dudas y recaídas en la rebeldía y la protesta. Lo significativo es que los retrocesos nunca llegan al punto original de partida, hay un proceso claro de crecimiento. Si la fuente de la gracia está en Cristo, debemos cultivar la relación con Él. Esto se consigue mediante la lectura y meditación de la Palabra de Dios, que te permite no sólo el conocimiento de la Verdad sino también encontrarte con el Verdadero (He.4:12). Debemos, por tanto, dejar que la Palabra nos hable de forma personal, penetre en nuestro corazón, y nos cambie y moldee. Si la meditación de la Palabra supone escuchar a Dios, en la oración tú le hablas a Dios. Pero aún, sin darnos cuenta, el Señor usa este medio también para moldearnos, y para hacernos crecer.



¿Qué es la felicidad?

Con frecuencia oímos decir que lo más importante en la vida es ser feliz. La felicidad se ha convertido en un ídolo intocable que justifica cualquier conducta o decisión. El ideal contemporáneo de felicidad está fuertemente influido por el hedonismo y el materialismo. La mayoría asocia ser feliz con la abundancia de bienes materiales, la ausencia de enfermedades y el éxito en las relaciones, sobre todo las sentimentales. Si ser feliz es no tener problemas ni sufrimientos, pasarlo lo mejor posible y conseguir todo lo que uno se propone, entonces la mayoría de nosotros no será feliz nunca. Este ideal es utópico.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la felicidad se presenta como algo que procede de Dios; no es un recurso humano sino sobrenatural. La fuente de la felicidad se encuentra en una relación personal con Dios (Sal.1:1-2). Esta felicidad no se apaga con las tormentas de la vida, sino que es sólida y está bien arraigada. Esta felicidad, experimentada como paz y armonía aun en medio de la tribulación, es una de las mejores evidencias de que se ha aceptado el aguijón.

Ingredientes de la felicidad

La gracia de Dios cambia nuestra escala de valores. Este cambio es producido en parte por la espina en sí; uno no puede ver la vida de la misma manera después del impacto de la prueba, pero sobre todo, es el resultado del proceso transformador de la gracia que nos permite descubrir oportunidades allí donde parece que sólo hay problemas. La gracia cambia no sólo la perspectiva del aguijón, sino de mi vida entera.



La prioridad del ser en la sociedad del hacer

Una de las mayores frustraciones del aguijón es el no poder hacer lo que antes hacía. Las limitaciones que impone sobre las actividades habituales son causa muy frecuente de depresión y de infelicidad. Esto es debido a que la sociedad valora a la persona más por lo que hace (su productividad) que por lo que es (su carácter), tanto haces, tanto vales. En todos los círculos se vive un activismo frenético. Se enfatiza el rendimiento, la eficacia y los resultados concretos. Hemos sido educados para la acción, pero no para la reflexión.

Este panorama dificulta mucho la aceptación, y la adaptación a aquellos aguijones que nos obligan a una reducción de la actividad. La clave está en descubrir el valor del ser en la sociedad del hacer. Nuestra meta es parecernos cada día más a Cristo, y la prueba es un medio idóneo para la forja del carácter. Lo esencial es la persona, su carácter, sus reacciones, sus relaciones, su trayectoria. Aunque no pueda hacer nada en esta vida, puedo seguir siendo una carta viva donde los demás lean inspiradores mensajes. Para Dios es más importante cómo somos que lo que hacemos, porque las actitudes preceden a los actos (1ªSam.16:7). Lo que la persona hace tiene su valor, pero siempre que sea resultado de un corazón limpio. Mis actitudes, mis reacciones y mis relaciones van elaborando un discurso mucho más audible que mis hechos o palabras.

Estamos de paso: las prioridades del peregrino

El sentido de mi vida depende, en gran manera, de mi visión de la vida más allá. Si creo que todo termina con la muerte, la existencia es muy frustrante. El creyente tiene la visión del peregrino. Desarrollar esta visión es esencial para afrontar las espinas de la vida. El peregrino tiene tres actitudes que reflejan su escala de valores:

1º/Tiene los ojos puestos en la eternidad. El primer rasgo es que considera esta vida como un tránsito, un paso fugaz; sabe que su destino es mucho más glorioso que las aflicciones del tiempo presente. Esta esperanza cambia la perspectiva de todo lo que le acontece (1ªPe.1:16 / 2:11 / 5:10). Sufre con los ojos puestos en la meta, sabiendo que la prueba tiene fecha de caducidad.

2º/Considera que el cuerpo no es lo más importante en esta vida. En sentido hedonista y narcisista, la salud llega a ser un ídolo peligroso. El culto al cuerpo se ha convertido hoy en una forma de idolatría masiva en Occidente. El énfasis en el valor tan relativo del deterioro del cuerpo es un bálsamo para todos aquellos que sufrimos aguijones relacionados con nuestra frágil tienda de campaña (2ªCo.5:2).

3º/El ver la vida como peregrinos nos obliga a desprendernos del equipaje innecesario, ya sean posesiones materiales, actitudes incorrectas, relaciones inadecuadas (He.12:1). El hombre moderno se ha hecho un sedentario existencial, está muy arraigado a la vida, y ha olvidado que es un nómada. Por ello le molesta tener que pensar como un peregrino, no se da cuenta que al tener que viajar tan cargado (afanado con las cosas de la vida) pierde de vista lo prioritario: poner la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col.3:2).

El valor creativo del sufrimiento

El sufrimiento es un mal que hemos de combatir con todas nuestras fuerzas en una batalla sin cuartel. No es el aguijón lo que nos ayuda a madurar, sino nuestras respuestas y actitudes ante él. La manera como afrontamos la prueba es lo que determina cuánto beneficio psicológico y espiritual vamos a sacar. Los períodos de la historia más fecundos artística y culturalmente han coincidido con épocas de turbulencia social y de violencia. Es como si el ser humano necesitara del estímulo de los aguijones para dar lo mejor de sí mismo, personal y colectivamente. Esta creatividad, otras veces, se expresa en forma de acción social. Las ONG están llenas de personas cuyas vidas acumulan cicatrices de sufrimientos intensos. Pero ahí están ahora, dándose y compartiendo con los demás la siega abundante que las semillas del dolor sembraron un día en su corazón.



Perseverando en el camino: la paciencia y la esperanza

Si difícil es aceptar las consecuencias del aguijón, mucho más difícil es perseverar. Necesitamos seguir luchando porque el aguijón no desaparece y no podemos desfallecer. También aquí contamos con dos recursos preciosos de la gracia: la paciencia y la esperanza (Rom.5:2,3).



Paciencia significa perseverancia, y alude a un espíritu que no se rinde, que no claudica ante las circunstancias difíciles. Lejos está la idea bíblica del concepto popular de paciencia, esto es, ¿qué le vamos a hacer, habrá que aguantarse?. La resignación ante la impotencia no tiene nada que ver con la paciencia, es un conformismo que nace del fatalismo. La paciencia que viene de la gracia no dimite sino que lucha, no se arruga sino que se afirma ante la adversidad, no es pasiva sin que inquiera activamente en busca de salidas. La persona paciente muestra ciertas evidencias: Tiene dominio propio, ha aprendido a controlarse, no reacciona impulsivamente. Sabe esperar, deja que Dios marque las horas en el reloj de su vida. El calendario de Dios no se mide por meses o años, sino por el momento idóneo, la oportunidad adecuada (Stg.5:7).

Solo la esperanza puede dar sentido a la vida y aportar rayos de luz a los rincones más oscuros de la existencia (He.11:26,27). Hay una aplicación inmediata de la esperanza: aquí y ahora esperamos en Dios todas las bendiciones que Él ha prometido conceder a sus hijos para sobrellevar el aguijón (Fil.4:13 /Mt.28:20 / Jn.14:18 / He.4:16 / Fil.4:9). La esperanza alcanza su máxima expresión cuando mira al futuro (Rom.12:12). La visión de la eternidad nos abre una perspectiva sanadora para el corazón herido por el dolor. La fuente y el ancla de nuestra esperanza es la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y su futura aparición en gloria (1ªPe.1:6). Con la encarnación y la muerte de Cristo, Dios le ha puesto fecha de caducidad al sufrimiento (Ap.21:1; 4-5; 7).



Reacción personal

Lo primero que deseo expresar en estas líneas es la sorpresa recibida por la profundidad del libro escrito por Pablo Martínez. Lo que le, a mi entender, da un gran valor a este libro, es que está basado, tanto en la experiencia del aguijón del propio autor, como en el conocimiento adquirido en los largos años de dedicación en el campo de la psiquiatría y consejería. Todo esto enriquece de una manera impresionante el texto leído. Me ha aportado mucha información acerca de cómo socorrer a los que están pasando por situaciones difíciles, pero sobre todo, me ha ayudado a conocerme mejor y a cambiar actitudes erróneas a las que me había aferrado a la hora de ver mi propia realidad.



Se que el trabajo que se pedía para la asignatura era una reacción personal del libro, pero me ha parecido tan importante y necesario para la obra pastoral que realizo, todo lo que se habla en él, que decidí hacer un resumen para asimilar los conocimientos transmitidos por Pablo, y así aplicarlos en mi labor como cuidador del pueblo de Dios.







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