Psicología del militar profesional August Hamon


CAPÍTULO XI CRIMINALIDAD LEGAL O INMORALIDAD



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CAPÍTULO XI
CRIMINALIDAD LEGAL O INMORALIDAD

Empleo el término de «criminalidad legal», para designar los actos que las leyes califican de «crímenes» y como a tales los reprimen.


A. Corre deduce de las estadísticas francesas que: «Existe una mejora positiva en la moralidad que podríamos llamar banal, mejora demostrada por el rápido decrecimiento de los crímenes-delitos comunes y sus análogos en el medio especial; fenómenos que, comparado con el aumento de la criminalidad general, es bastante para establecer una afortunada influencia de la disciplina autoritaria sobre la impulsión que dirige hacia el atentado de causa vulgar».216 En una nota hace observar este criminalista que la proporción de los crímenes-delitos comunes aumenta mucho en los militares que no están de servicio o están en uso de licencia con relación a los que están en activo.
«Parece, dice Corre, que vuelto a la vida banal el soldado se desquita de la sujeción a que se hallaba sometido en el cuartel y se abandona más fácilmente a la falta». Las estadísticas no distinguen de militares profesionales o de soldados obligatorios y, por consiguiente, tampoco Corre hace distinción alguna.
Las clases sociales de donde salen todos estos militares son diferentes y representan todas las de la Nación; parece, pues, justa la comparación con la criminalidad general francesa. Decimos «parece», porque la estadística de la criminalidad militar está llena de errores. En efecto, un gran número de faltas (robos, etc.) no dan lugar a ninguna acción de la justicia militar si las faltas las cometen los graduados (oficiales). Estos criminales quedan castigados disciplinadamente, o simplemente se les invita a presentar la dimisión si son oficiales, o peor, no se les dice absolutamente nada. Así sucedió con los casos del capitán Bouis, del general Reste, de Chalons, de Cho-Bo, de la melinita, etc. Muchos oficiales que han desfalcado cantidades, salen del paso con entregar sus galones, y sus familias restituyen lo desfalcado.
Por este lado, pues, la comparación con la criminalidad general francesa parece falsa y conduce a un resultado erróneo. Además, Corre se equivoca creyendo en una afortunada influencia de la disciplina. La razón nos indica, en efecto, que una disciplina que tolera los actos que hemos citado como ejemplos, no puede, a decir verdad, moralizar ni a los que son espectadores de ellos ni a las víctimas. Es posible, no obstante, que la disciplina tenga una influencia inhibitoria sobre ciertos temperamentos arrastrados al acto banalmente criminal y accesibles al temor. De todos modos, no moraliza a los individuos, no hace más que desviar las impulsiones hacia nuevas formas criminales determinadas por la tendencia general del medio, es decir, que la disciplina transforma, bajo la influencia de la imitación, las tendencias criminales banales hacia una forma especial del medio: la violencia.
A menudo, esta violencia no produce más que una mera pena disciplinaria que no figura en las estadísticas, mientras que en el ciudadano provoca una acción correccional que figura en las estadísticas. Conviene observar, asimismo, que en el ambiente militar, la criminalidad que tiene por origen la miseria, queda en gran parte suprimida. En efecto, el individuo soldado posee un techo, un vestido, un alimento generalmente suficiente. Los soldados que no reciben dinero de sus familias se lo procuran a cambio de pequeños servicios que prestan a sus compañeros, hijos de familias acomodadas.
La disciplina no tiene la influencia que le atribuye Corre; la proporción de crímenes-delitos comunes, menor en el ejército que en la sociedad, es debida a la supresión parcial de la delincuencia que tiene por causa la miseria, a la derivación de las impulsiones -por acción del medio- hacia la violencia, que da lugar a un castigo disciplinario y no a una penalidad judiciaria y a una represión por espíritu de cuerpo.
Para estudiar la criminalidad banal de los militares profesionales, es decir, de los oficiales, sería preciso una estadística que separara los delitos comunes según la graduación de sus autores, y luego comparar esta estadística con otras análogas de otras profesiones ejercidas por individuos procedentes de una misma clase social.
Que sepamos, este trabajo no se ha hecho; sería de desear que se hiciera, pues seguramente será sugestivo. ¿Pero es posible efectuarlo lealmente, dadas las causas que sustraen a la acción de la justicia los oficiales culpables de faltas banales?
Durante el transcurso de los años 1891 y 1892 hemos sacado de la prensa casos relativamente numerosos de faltas a la ley. He aquí algunos:
El Consejo de guerra de Grenoble condenó el día 2 de Abril de 1891, a tres años de prisión, a un teniente, por delito de robo.
El capitán Humricht (29º regimiento de infantería, en Treve), fue arrestado por ciertos robos cometidos en detrimento de los joyeros de Hamburgo, Berlín y Breslau. Hizo revelaciones que comprometieron a varios compañeros suyos.217
En Rennes, un capitán tesorero se saltó la tapa de los sesos, después de dejar un déficit en la caja.218
En Besançon, fue arrestado el 9 de Noviembre un capitán del 4º regimiento de artillería montada de Hericourt, por distracción de fondos. Este capitán frecuentaba el trato de las mujeres galantes de Belfort y de Hericourt. Los periódicos locales dijeron, sin embargo, que si robó fue para satisfacer los gastos exagerados, impuestos para el lujo que ostentaba su esposa.219
El teniente Gillet se suicida por escapar al pago de las deudas contraídas en su trato con una cantante.220
Babolat, teniente tesorero, fue arrestado y condenado por malversación de fondos; 2.000 francos según unos, 15.000 según el decir de otros.221
El teniente coronel F. de Levetzow, del ejército austriaco, fue condenado por estafa.222
El teniente alemán O. E. Krapf, es perseguido por estafa y por falsificador.223
En Oberwiler, un teniente muy propenso a la borrachera, tenía por querida a su criada. Como su mujer quisiera divorciarse, un día que volvió a su casa borracho la mató.224
En los hospitales militares se robaba a los soldados rusos. Ni siquiera se cubrían las apariencias.225
A juzgar por estos hechos, parece que la criminalidad banal (robos, etc.), es igual, sino superior, a la de los individuos de igual clase social: hombres de ciencia, escritores, artistas, médicos, magistrados, profesores, ingenieros. Esta observación es lógica, pues del mismo modo que la guerra anula en los militares la noción del valor de la vida humana y la sensibilidad física y moral, del propio modo atrofia la noción del derecho de propiedad ajena, cuya negación es el saqueo. Desaparecida o debilitada esta noción, conduce naturalmente a los hombres a violar este derecho de propiedad. No sucede lo mismo en los hombres de ciencia, escritores, médicos, etc., en los cuales la profesión no provoca la eliminación más o menos completa de la noción del derecho de propiedad.
El ejército es un organismo social que necesariamente, como todos los organismos sociales, tiene sus descréditos legales. Su moralidad general no puede diferir sensiblemente de la moralidad general de la sociedad, pues no hay ninguna razón que motive poder establecer esta diferenciación en los soldados por obligación. En efecto, el ejército está formado por hombres que antes de ingresar en filas eran paisanos, que lo serán cuando salgan; la mentalidad de estos individuos no puede ser tan profundamente modificada por la vida militar que su moralidad pre militar difiera sensiblemente de su moralidad post militar. Si esta diferenciación existe será en sentido negativo, pues como puede juzgarse por los ejemplos citados, la educación recibida en el cuartel en tiempo de paz y en el campo de batalla no es para moralizarlos. Por esto la moralidad en el profesional, hombre sobre el cual el medio ha influido notablemente, es menor que en los paisanos de igual clase social.
Ya sé que comúnmente suele decirse que el ejército es la escuela del honor, pero esto es una leyenda aceptada solamente por los espíritus superficiales, por los que pretenden que el hecho de vestir el uniforme moraliza los individuos, por los que ponen al ejército sobre un pedestal y lo consideran intangible. Es tan general esta creencia, se vive tanto en medio de ella, se empapa uno tanto de ella durante el período escolar y la ve tantas veces expresada en los periódicos, que, inconscientemente, el individuo se impregna por completo y llega a tener fe en el ejército, símbolo de honor.
Pero al hombre de ciencia le importa desprenderse de toda clase de fe, tiene que buscar la verdad desnuda, aunque esta verdad vaya a chocar con la opinión pública, lo cual sucede generalmente con todas las verdades. Y de hecho, no tan sólo el militar profesional no es más moral que los demás hombres de idéntica clase social, sino que aún lo es menos. Apoyemos esta afirmación con algunos hechos:
Bonaparte organizó en el ejército de Italia una policía secreta bajo la dirección del ayudante general Landrieux: dos oficinas… la otra para la política, comprendiendo principalmente la vigilancia de los países venecianos… en una palabra, todo lo que tendía a impedir los movimientos populares o a prepararlos.226
Landrieux demuestra que fue Bonaparte, general en jefe del ejército de Italia, quien provocó las Vísperas veronesas, en las que fueron muertos, asesinados, dos o tres mil franceses. Giovanelli, promovedor y organizador de dichas Vísperas, recibió 124.000 francos de Berthier, y está comprobado que más tarde Bonaparte dio a Giovanelli una de las más elevadas dignidades del reino italiano.227
Botta, médico italiano, testimonio de la guerra de Italia, confiesa que los piamonteses no se batieron seriamente en ninguna parte, mientras que en los boletines militares suyos se ensalza la intrepidez y el valor de estas tropas.228
Hemos visto en uno de los ejemplos anteriormente citados cómo un consejo de guerra absolvió, en Agosto de 1797, al comisario Bouquet, convicto de robo.
Fleury, comandante del 3º spahis, más tarde general, senador, embajador, etc., era un hombre muy valiente y abnegado. Cuando ofreció sus servicios al príncipe Luis no tenía gran cosa que perder, e iba a ganarlo todo sirviendo al príncipe…229
Saint-Arnaud declara públicamente en Constantine, en un refresco que le ofreció la guarnición, que jamás sería otra cosa que un soldado y que nunca pondría su espada al servicio de ningún partido. Algún tiempo después el mismo Saint-Arnaud estaba al servicio del príncipe Luis y daba el golpe de Estado.230
Saint-Arnaud encargó al coronel Espinasse que tomara el palacio legislativo y detuviera a los diputados. Du Casse cuenta el medio de que se valió para lograrlo en la siguiente forma:
«Espinasse era muy amigo del general Le Fló y fue a encontrarle en el Palais Bourbon; haciéndose explicar la topografía de los lugares le preguntó si en caso de peligro había pensado en el modo de ponerse a salvo. Le Fló le respondió que en tal caso creía poder contar con la amistad del amigo Espinasse y llevó su confianza hasta enseñarle un corredor subterráneo que desembocaba en la explanada de los Inválidos. Espinasse le prometió que en caso de peligro podía contar con que le esperaría a la salida de dicho subterráneo para ayudarle a libertarse, lo cual sucedió, en efecto, pero no en el sentido que esperaba Le Fló, pues Espinasse le esperó para arrestarle».231
«Pedí al viejo rey de Westphalia la autorización para ir al Elíseo y ver lo que allí pasaba. Cuando llegué dije a de Meneval, capitán de servicio: «Vengo de parte del gobernador de los Inválidos a recibir órdenes del presidente». De retorno a los Inválidos, dio cuenta de su misión, y el rey le dijo: «Me has comprometido». «Este era mi propósito», le respondió el capitán de Estado mayor, barón A. Du Casse».232
«El rey Jerónimo, escribe este mismo oficial, me dio la orden de ir al Elíseo y procurarme noticias exactas de la lucha… De acuerdo con mis camaradas (otros oficiales), fue decidido que de cualquier modo las nuevas aportadas serían excelentes para el partido de la Presidencia… retorné a los Inválidos y di cuenta de mi misión amplificando las buenas noticias que me proporcionaron. Aunque hubieran sido detestables las habría modificado».233
En 1856, el capitán Doineau, jefe de una oficina árabe, hizo atacar una diligencia para poder asesinar a un agha y desembarazarse de este modo de un testigo de sus rapiñas. La instrucción descubrió una serie de confiscaciones arbitrarias, de multas inmotivadas, de impuestos arrancados por el terror, de ejecuciones sumarias sin tribunal ni procedimiento legal, todo ordenado por el susodicho jefe de la oficina árabe. La historia de las rapiñas que cometen las oficinas árabes y el poderío de sus jefes, llenaría volúmenes. Todos los asesinos de los árabes dijeron en el proceso: «El sultán lo había ordenado, forzoso era ejecutar la orden…». Un soldado árabe llamado Mamar agregó: «Si me hubiera negado a marchar, Doineau me hubiera hecho desaparecer como a un perro». El proceso duró desde el 6 al 23 de Agosto de 1857, ante el tribunal de Orán. Oficiales de toda graduación declararon a favor del capitán Doineau. El general Cousin Montauban, más tarde donde de Palikao, y el general Beaufort d’Hautpoul, declararon que la administración de Doineau había sido regular, que no era posible el fraude en las oficinas árabes y que las ejecuciones sumarísimas eran habituales en caso de evasión, «al final del proceso el capitán Doineau se volvió contra el general Montauban y le preguntó si era verdad que había ordenado ciertas confiscaciones y recibido el importe de multas que tenían que haber ingresado en la caja de las contribuciones. El general respondió que era muy posible, pero que no se acordaba, y reveló que después de las razzias se vendía lo recogido casi por nada a los jefes indígenas. El general Beaufort sostuvo que no podía haber fraudes y declaró «que las ejecuciones sumarias las había ordenado él». Otros oficiales, como Chanzy, Davoust y Pean, más tarde generales, hicieron esfuerzos sobrehumanos para engañar al tribunal y poder salvar a Doineau. Este asesino fue, a pesar de todos, condenado a muerte, y Napoleón III, después de conmutar la pena por la de prisión perpetua, lo puso en libertad al cabo de cuatro años».234
El jefe de escuadrón Matvienko robaba la comida a sus soldados y la enviaba a sus numerosos parientes. El suelo de la tropa quedaba sin pagar y el dinero llevaba el mismo destino que la comida. En vano se quejaron los dragones, en vano el oficial Sytchevsky lo confirmó al general. Dicho oficial fue arrestado mientras Matvienko era nombrado general y el oficial Kopatch, objeto principal de las quejas, fue propuesto para una gratificación.235
El doctor Skariatine protestó y se quejó al general de las brutalidades y robos cometidos en el regimiento de Dragones de Bougre. Esta queja valió al doctor un mes de arresto, cumplido el cual se quejó de nuevo al doctor de la división, quien le respondió: «¿Pero por qué se preocupa tanto, querido? Todos vemos esto, pero preferimos callarlo. ¿Cree que somos más tontos que usted?»236
En el relato de los hechos relativos a la presentación de un globo dirigible al ministerio de la guerra, ha hecho observar que el comandante de ingenieros Ch. Renard, dio un informe sin haber visto ni un modelo, ni un solo dibujo siquiera, sin pedir ninguna explicación. Lo propio hizo el comandante Halphen. Estos informes fueron redactados de modo que dieron a entender que dichos oficiales habían visto los planos.237
En un proceso por adulterio, intentado por el capitán C al capitán D, se leyó una carta de la señora de C a su amante el capitán D en que le decía: «Iré a comer contigo, no te preocupes de la nota, yo pagaré el gasto». Según la señora de C su marido le daba puntapiés en el vientre.238
A petición de una señora la policía detuvo a un hombre miserablemente vestido que la perseguía. Una vez en el cuartelillo, se reconoció que este individuo era el teniente coronel X, agregado al ministerio de la guerra, servicio de informaciones extranjeras, o sea, dicho de otro modo, un espía. Perseguía a dicha señora en cumplimiento de una misión que se le había encargado.239
Conocida es la controversia de los generales marqués de Galliffet y príncipe de Bauffremond, de la cual resulta: o que el primero usó indebidamente las estrellas de general el 1º de Septiembre de 1870 y ha conservado su grado gracias a una falsificación, o que el segundo miente con audacia inconcebible.240
Cuando los incidentes referentes a las maniobras del año 1891, se publicaron cartas del general de Galliffet escritas en 1879-80. Estas cartas demuestran que dicho general se consagraba a la delación de su superior, el ministro de la guerra, y de sus mismos compañeros; de este modo infringía los reglamentos militares impulsado por una ambición desenfrenada.241
En el asunto de Medeah se vio a los generales Lavigne, du Bessol, Laveuve, al teniente Vergennes, al comandante La Panouse, al capitán Lapostolle, etc., en una palabra, a toda la autoridad militar, cubrir al capitán Bouis, haciéndose solidarios de los actos de este ladrón pederasta, y castigando a Rocas y a Boyer que habían revelado las hazañas de dicho individuo.
En el asunto de la melinita se vio al general Ladvocat convicto de complicidad con un espía, protegido por el ministro y no perseguido, igual que otros oficiales, cómplices suyos.
En 1892, el capitán Devrez fue condenado por el tribunal de Hanoi a una multa por robo de papeles perpetrado en las oficinas de la Indépendance Tonkinoise. Este capitán, caballero de la Legión de honor, pagó a un annamita para efectuar este robo, ejecutado por orden del general Reste.242
De una queja contra el general Reste, dirigida al ministerio de la guerra por el coronel retirado Pouvourville, resulta que el general Reste, con objeto de vengarse del coronel, falsificó los hechos, retuvo documentos sin comunicarlos al consejo de guerra, y mintió, etc.243
En Noviembre de 1892, el segundo consejo de guerra condenaba a un año de prisión a un brigadier del 27º dragones que, hospedado en casa de un comerciante de vinos durante unas maniobras, violó a una niña de 7 años que dormía en el mismo cuarto.244
Estos hechos procedentes no son precisamente característicos de la profesión; los hallamos análogos en todas las clases sociales y en todos los países. Los hacemos observar, simplemente, para demostrar que la inmoralidad se encuentra asimismo frecuentemente en el ambiente militar. Los hacemos observar para contribuir a demoler este error tan extendido de que el ejército es la escuela del honor. Hay que confesar, en efecto, que los actos citados son muy poco honrosos, por más que se trate de oficiales superiores y generales.
El ayudante, general Landrieux, dirigiendo una policía secreta militar y teniendo agentes provocadores; el estado mayor piamontés mintiendo en sus partes militares; Bonaparte, suscitando las vísperas veronesas; el consejo de guerra absolviendo por orden superior a Bouquet; el mariscal Saint-Arnaud, declarando, en Julio de 1851, que jamás pondría su espada al servicio de un partido y dando el golpe de Estado en Diciembre del mismo año; el coronel Espinasse engañando a su amigo el general Le Fló; el capitán Du Casse, queriendo comprometer al rey Jerónimo, del cual era ayudante de campo, y mintiendo de acuerdo con otros oficiales; los generales Cousin Montauban, Beauford d’Hautpoul, Chanzy, Davoust, Pean y otros oficiales mintiendo en sus declaraciones ante el tribunal; los comandantes Renard y Halphen, mintiendo en sus informes; el capitán D mantenido por la señora del capitán C, y ésta golpeada por su marido; el general Galliffet, desacreditando a sus colegas: el coronel X transformado en espía; el consejo de guerra condenando a un solo año de prisión al autor de la violación de una niña; los generales y oficiales mancomunados con el ladrón Bouis; el capitán Devrez, haciendo ejecutar un robo de papeles ordenado por el general Reste y luego desfigurando los hechos; el coronel Matveienko y el oficial Kopatch, robando a sus soldados; el general ruso, castigando a los que denunciaron este robo, etc., etc., son, realmente, pruebas incontrovertibles de que estos generales, comandantes, coroneles, etc., tienen del honor formada una idea bien extraña.

Todos estos hechos, tomados de entre mil más que podríamos aportar, no revelan que sus autores posean una moralidad refinada. Bajo nuevas formas vienen a confirmar la nula moralidad que se desprende de los ejemplos precedentes; demuestran nuevamente que la profesión de las armas no es moralizadora, y por lo tanto no es una escuela del honor, puesto que sus miembros -y no de los más inferiores- obran del modo tan inmoral como acabamos de ver. Analizando estos actos inmorales se descubre la causa generadora: exacerbación del poder, verdadera cesarita unida a un gran servilismo.



CAPÍTULO XII
CONCLUSIONES

La guerra es el objetivo de la profesión militar. Toda guerra implica necesariamente la violencia y ésta se manifiesta por los asesinatos, violaciones, saqueos e incendios.


Los individuos que escogen esta profesión, lo hacen impulsados por el interés personal; en esta elección no entra para nada el amor a la patria y a la colectividad. El deseo de una existencia libre de los cuidados de la lucha por la vida, con el sueldo regularmente pagado, existencia análoga a la del funcionario estatista, pero con la ventaja de que da consideraciones a los profesionales; el deseo de vestir un uniforme que establece una distinción entre el común de los mortales y facilita la entrada en el gran mundo; la vanidad de mandar a otros individuos que tendrán que obedecer sin murmurar o sufrir penas enormes; una afinidad natural por este oficio, cuyo fin es sanguinario; una energía insuficiente y una incapacidad, consciente o no, para conquistar un puesto en el mundo de tanta importancia, como ambicionado en el campo de las letras, del arte o de la ciencia; un desdén hacia los negocios, el comercio, o una imposibilidad de entrar en ellos por falta de capitales; todo esto son los motivos, confesados o no, que conducen al individuo a entrar voluntariamente en la profesión militar.
Estos individuos están predispuestos a la violencia por su organización psíquica resultante de su organismo fisiológico, de su ambiente físico, educativo y social. Por su educación profesional, por el hábito de su profesión y la facultad de imitar natural al animal, se ven gradualmente empujados hacia la anestesia moral, que a menudo se complica con una analgesia física. De ahí resulta un desprecio por la vida humana y el dolor, tanto físico como moral. Este estado mental del militar de profesión, revela su moralidad y caracteriza su criminalidad oculta por la violencia. El carácter «Violencia» se descubre siempre, bajo una forma más o menos atenuada, más o menos exasperada.
La educación profesional provoca en los individuos el desarrollo del espíritu profesional, sobrevivencia del espíritu de clase, que se exagera por el hecho de llevar el uniforme y la espada, signos distintivos que acompañan al individuo en todas las fases de su vida, verdadera túnica de Nessus. De este espíritu profesional que se exaspera por el atavismo mental de la preeminencia que antes tenía la profesión en la sociedad, resultan una infatuación profunda y una convicción infantil de una superioridad sobre todos los demás hombres.
Esta infatuación desentona en la sociedad actual, pues la profesión militar subsiste en ella como un testimonio de una forma de utilidad ya pasada, y cada vez, a medida que el tiempo transcurre, va siendo más inútil. Es un puro órgano parasitario en camino de desaparecer. Del propio modo que los órganos vestigiarios del hombre son la prueba anatómica de su descendencia animal, de igual modo el órgano vestigiario «profesión militar» es la prueba de que nuestra actual sociedad desciende de una época salvaje y marcha hacia una civilización más elevada.
Esta infatuación, agregada al ejercicio de un poder casi sin freno, gracias a la solidaridad, desarrolla en todos los profesionales este verdadera enfermedad mental que Lacassagne ha llamado Cesarita, la cual, combinada con la característica «violencia», engendra las formas de criminalidad oculta que se manifiesta en los atentados, salvajes muy a menudo, contra el inferior y contra el paisano.
En todos los individuos miembros de una profesión y que se distinguen del vulgo por insignias temporales (magistrados) o permanentes (militares), el sentimiento general de la solidaridad, que existe hasta en el animal,245 queda restringido a los colegas o a una sección de la profesión si hay diferencias en su seno. No se hace extensiva, como en los demás hombres, a una fracción más numerosa de la colectividad o a su conjunto, o mejor a la humanidad entera.
En el militar profesional la solidaridad queda absolutamente localizada en su clase. A este sentimiento mezquino de hecho, aunque derivado de un sentimiento grande, se agregan los demás fenómenos de la mentalidad militar: anestesia moral, idea de superioridad, idea de posesión de los seres sobre los cuales se ejerce poder. Por último se agrega asimismo la influencia deletérea de la obediencia pasiva que destruye en el militar de profesión la poca individualidad que podría poseer; lo automatiza, la quebranta, pues solamente ve, siente, piensa y obra con autorización de su superior. No es dueño de su yo, no es más que el reflejo de su superior. «Quien ha obedecido, dijo Renán, es un capitis minor manchado en el mismo germen de la vida noble». Esta obediencia pasiva vuelve servil al individuo en presencia de sus superiores y arrogante ante sus inferiores. Todas estas causas provocan actos análogos a los ejemplos que hemos citado.
La finalidad completamente sanguinaria de la profesión, los medios que emplea, la predisposición de los individuos a adaptarse perfectamente a esta profesión, la manera de obrar de estos mismos individuos, todo esto demuestra una moralidad bárbara, análoga bajo muchos aspectos a la de los salvajes. Esta moralidad bárbara ofrece muy atenuado el sentimiento de justicia tan inherente a la naturaleza humana; esta moralidad, ni siquiera refinada como la de los individuos civiles salidos de una misma capa social, tiene el mérito de ser neta, no está velada por una hipocresía que hace difícil para el sociólogo el estudio psicológico de las profesiones.
Según la moralidad militar, el desacato a la moralidad común es de una intensidad vituperable o penal menor que el desacato a la disciplina militar; el renombre del cuerpo es superior a toda otra consideración y motiva todas las infamias; el militar profesional tiene todos los derechos sobre los inferiores y a fortiori sobre los paisanos.
Una moralidad semejante justifica lo que escribía A. Corre: «Basta ya de estas paparruchas que nos presentan el militarismo como el nec plus ultra de las bellezas terrestres, la semilla de los grandes corazones, la escuela donde se adquiere el desprecio a la muerte y el espíritu de sacrificio. El militarismo es una escuela de desmoralización y de miseria. No veo qué ventaja halla el hombre en preferir la muerte a la existencia libre, no reducida por las privaciones, útil; tocante al espíritu de sacrificio no faltan ocasiones en la vida común en que el paisano sabe dar pruebas de sacrificios con un heroísmo menos bullanguero y sobre todo más desinteresado que el militar por vocación».246
Con muchísima razón terminaba N. Colajanni, en su Sociología criminale, el capítulo consagrado a la guerra y al militarismo con estas líneas.
«En resumen, la guerra y el militarismo engendran el horror al trabajo útil; favorecen la tendencia a la pereza; crean nuevas necesidades a los soldados, sin dejarles los medios adecuados para satisfacerlas; despiertan todos los primitivos instintos feroces y egoístas; cambian el respeto al derecho en un respeto exaltado a la fuerza brutal; conducen por caminos directos e indirectos a la miseria, al suicidio, al desequilibrio mental, al delito. Tales son los tristes resultados de estas siniestras instituciones según las pruebas históricas y estadísticas».
En suma, como con mucha razón dijo este criminólogo, como lo prueban los ejemplos relatados en esta obra, el militarismo constituye una verdadera escuela del crimen.
Todo concepto es el producto de la actividad cerebral, función de la organización fisiológica del cerebro, de las condiciones mesológicas preexistentes y existentes en el momento en que el encéfalo está en actividad. La organización fisiológica del cerebro está determinada por la herencia, pero durante todo el período de la formación del encéfalo está modificada por las condiciones de la vida física (clima, alimentación, educación, etc.). Las condiciones mesológicas preexistentes son el medio social, profesional, mundano; las existentes en el momento del concepto son las mismas que las preexistentes, a las que hay que añadir el medio climatérico.
En resumen, todo concepto reconoce por causas eficientes: herencia, clima, alimentación, instrucción, educación, ambientes familiar, profesional, mundano y social. De esto resulta que todo concepto está determinado, que no puede dejar de ser como es. El Querer es un concepto, y por consiguiente el hombre no es libre de determinar su Querer; el Acto es libre en el sentido que, si ningún obstáculo halla la volición, el individuo no ejecutará el acto si no quiere ejecutarlo, pero no es libre de quererlo o dejar de quererlo.
«De la no existencia de la facultad volitiva o libre albedrío, se deduce lógicamente la irresponsabilidad de los delincuentes; se desprende también la justicia de los castigos, de la penalidad y, por consiguiente, la necesidad de suprimirlos».
Para suprimir, o, por lo menos, atenuar los perjuicios antialtruistas y antisociales cometidos por los militares profesionales, el castigo, que es irracional, es asimismo casi completamente inútil. Es necesario no reprimir estos males, sino evitar, hacer abortar su producción; por consiguiente, no hay que obrar sobre los individuos, sino sobre el medio profesional.
Este procedimiento conduce a la supresión de esta forma de criminalidad por medio de la desaparición de esta misma profesión. Este es el objetivo que persigue el socialismo, sea cual sea la escuela de que proceda; lo mismo la ANARQUÍA que el colectivismo.
Mientras llega, la guerra continuará subsistiendo y, como consecuencia inevitable, subsistirán los militares profesionales con los innumerables males que causan. El objetivo inmediato debe ser, pues, su atenuación, y para lograrlo diremos con Corre que es necesario que los ejércitos sean más ciudadanos; desprofesionalizarlos. Como medios colectivos, es decir, gubernamentales, para lograr este resultado, se tiene:
La reforma completa, sobre bases menos crueles y más conformes a nuestras costumbres más dulces, del Código militar, tan impregnado de salvajismo.
Siendo aún necesaria la represión -la organización social actual no permite un tratamiento abortivo- deberá hacerse extensiva a todas las faltas, sean quienes sean sus autores; esta represión puede a veces obrar como tratamiento abortivo de los males próximos, pues el temor influye en ciertos organismos psíquicos.

La reforma de los consejos de guerra, que, como ha escrito Corre, deberían ser mixtos, compuestos de militares y de paisanos, de modo que se obtenga una justicia más benigna y, por tanto, más justa.


Estos medios que las autoridades legislativas y gubernamentales podrían poner en práctica en seguida, no tendrían, según nuestro modo de ver, sino una influencia mínima sobre la criminalidad oculta del militar, puesto que obrarían muy poco sobre la mentalidad de los miembros de esta profesión. Se debe hacer observar que tendrían gran influencia, haciendo menos sensible la diferencia existente entre el ejército y el cuerpo social.
De esta menor diferenciación resultaría, al cabo de un tiempo muy largo, a consecuencia de la evolución fatal, la absorción completa del ejército por la nación civil, es decir, la fusión de la profesión militar y de sus caracteres especiales en la nación entera. Estas reformas serían, por lo tanto, útiles, pero de hecho bien insuficientes para una mejora relativamente rápida.
Para obrar fuertemente sobre la mentalidad de los militares profesionales, es necesario otros procedimientos que la autoridad legislativa o gubernamental podría emplear, pero que probablemente no empleará.
Estos procedimientos son:
Prohibir el uso de la espada, sable y uniforme fuera de todo ejercicio profesional.
Limitar la obediencia, que los subordinados deben a sus superiores, al momento que ejerce la profesión y los actos de la misma.
Determinar minuciosamente la obediencia, para que todo profesional que tienda a aumentar sus límites, sea arrojado sin demora de la profesión.
Si estos procedimientos se emplearan, desaparecerían con bastante rapidez la infatuación militar, el espíritu de clase, el desprecio al paisano y al inferior, etc. A título de indicación cito estos procedimientos, que no serán empleados ni pueden serlo dentro de la actual organización de la sociedad, de la cual el militarismo es uno de sus puntales.
Para mejorar la moralidad bárbara de los militares profesionales precisa obrar sobre su cerebro, y para seguirlo, proceder inmediatamente a obrar sobre la mentalidad de la masa. Este procedimiento inmediato debe consistir en la educación visual y auditiva de los hombres por medio de la palabra, del escrito y del acto.
Precisa -y la dificultad no es muy grande- conducir la colectividad a considerar el ejército como una superfetación social.
Es necesario que dentro de la jerarquía social se coloque al militar profesional en el lugar que le corresponde, es decir, en el peldaño más bajo, puesto que es un parásito, explotador y no productor, pues el arado del campesino, el instrumento del artesano y la pluma del pensador son más nobles que la espada.
Es necesario provocar en el clan social llamado «mundo» una reacción bienhechora contra el renombre de honor y de sacrificio que sirve de aureola a estos profesionales, pues queda visto que solamente encubre inmoralidades y males.
Es necesario vituperar, zaherir a estos profesionales, que todos piensan lo que el general Skobeleff decía con franqueza: «Soy soldado en cuerpo y alma… nada más que soldado, y de una ambición tan ardiente como no pueden imaginársela. Quiero ser el capitán más famoso de toda la Rusia. La escasa gloria que ya he adquirido no es nada. A mi objetivo únicamente puedo llegar por medio de la guerra. La paz me haría perecer, lo siento, lo sé. Una guerra tal como la que necesito no podemos hacerla sino contra Alemania. Por esto yo fomento el odio contra los alemanes y no cesaré de fomentarlo».247
Es necesario protestar tantas veces como se pueda contra la guerra, esta razón de ser del militar, «contra este último y abominable vestigio de las barbaries pasadas, que deshonra nuestra civilización y de la cual destruye todos los progresos y toda la riqueza».248
Esta educación antimilitar, antiguerrera, debe hacerse lenta y progresivamente, a fin de no provocar, primero, en la masa una oposición confusa, después, una reacción neta que tendría por resultado revivificar el amor ancestral a la violencia, simbolizado en la guerra y en el militarismo. En la obra de suavización y refinamiento de las costumbres, es preciso que haya tacto, so pena de exponerse a un fracaso o por lo menos a un retraso.
Esta educación visual y auditiva, lenta pero incesante, conducirá inevitablemente a la desaparición del militarismo.
Por lo demás, todo concurre a que se efectúe esta labor educativa; los propagandistas del socialismo y los del libre pensamiento tanto como los del movimiento pacífico, los de las asociaciones para el arbitraje y el feminismo. Pero mejor que cualquier fenómeno obran las condiciones económicas que poco a poco van evolucionando diversas, gracias a los medios de transporte constantemente perfeccionados, hace que se conozcan mejor, y que las causas de la guerra vayan desapareciendo. Los armamentos, cada vez más perfeccionados, y los ejércitos, cada día más numerosos, disminuyen asimismo las probabilidades de la guerra, atenuando, por consiguiente, los males del militarismo, que no halla su pleno florecimiento sino en la guerra.
El militarismo lleva en su seno el germen de su muerte. Insensiblemente el tiempo ayuda a su desarrollo y necesariamente llegará el momento en que el militarismo y la guerra desaparecerán, en que otras modalidades de luchas sustituirán a estas modalidades, menos brutales, menos violentas, pero tal vez tan homicidas.
FIN



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