Psicología del militar profesional August Hamon


CAPÍTULO VI BRUTALIDAD DENTRO DE LA PROFESIÓN



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CAPÍTULO VI
BRUTALIDAD DENTRO DE LA PROFESIÓN

Los ejemplos citados en el capítulo precedente, son una relación de crímenes que los militares profesionales perpetraron de un modo indirecto. Los hombres que durante una marcha cayeron extenuados por el calor y la fatiga; los que se ahogaron en el Neisse; los que se helaron en las maniobras; los que murieron de inanición en el Fuerte Barrau; todos estos hombres, repito, fueron indirectamente heridos en su existencia por los profesionales, que no ejecutaron ellos mismos estos crímenes. Los ordenaron, los hicieron ejecutar por sus subordinados, por las mismas víctimas.


Pero hay otros actos en que los profesionales obran directamente, revelando bajo otra forma su anestesia moral. Para estos actos, afectados de brutalidad más o menos grande, la disciplina no puede presentar siquiera una apariencia de justificación a los espíritus más inclinados a admirarla. Estos actos son, muy a menudo, prohibidos por los reglamentos militares, y no obstante, es tan considerable su número, que con razón pueden considerarse como la regla. Citaremos algunos casos típicos de este género:
En Francia, durante el Imperio, un coronel de Grammont acariciaba con el junto con mango de oro las espaldas de los granaderos de la guardia.105
El teniente bávaro Emmar escribe en su carnet de notas, durante la guerra de 1870: «Mis hombres se desbandan. Para calmarles, arranco a uno un puñado de cabellos, doy dos sablazos a otro y de bofetadas al tercero. Después de esta distribución, se procede a la del vino, pero en menor cantidad que la ordinaria».106
En 1885 el soldado Aubin fue incorporado en la artillería de Vannes. Fue tan grande su temor a los caballos, que se vio en la imposibilidad física de montar uno solo. Por orden del comandante Bazaine, Aubin fue atado, el e14 de Diciembre, por las piernas, sobre un caballo que lanzaron después al galope. La silla se desprendió y Aubin fue arrojado al suelo, hiriéndose gravemente en la cabeza. Un sargento lo abofeteó. Lo condujeron ante el comandante Bazaine, que ordenó lo arrestaran, lo cual se hizo acompañándolo de sendos puntapiés. En la prisión Aubin se desmayó y un sargento le arrojó a la cara un cubo de agua helada. Dos horas más tarde lo hallaron cadáver. Aubin pertenecía a una rica familia de agricultores, íntima amiga del general de división Duez. El asunto metió ruido, y en la primera investigación un jefe de escuadrón trató de suprimir la responsabilidad de Bazaine; la segunda dio por resultado que a Bazaine le suspendieran del servicio por algún tiempo.107
En el Reichstag alemán, el 13 de Enero de 1890, el señor Eugenio Richter señalo los malos tratamientos infligidos sobre todo a los institutores que hacen el servicio militar. En Stralsund un oficial dijo a los sargentos, hablando de los soldados: «Es necesario que suden sangre».108 En Silesia, el teniente Liebe dijo a un furriel: «Pega a estos perros hasta que revienten».
Trece carabineros españoles han desertado, para escapar de los malos tratamientos de un teniente.109
En Alemania, un oficial, descontento de la torpeza de un quinto, le obligó a tener su mano metida dentro de una cacerola de agua hirviendo durante unos minutos. El hombre quedó estropeado. El hecho quedó probado en el Reichstag.110
En Evreux, el teniente B, del 28º de línea, durante las maniobras golpeaba con su espada desnuda las costillas de sus soldados. Uno de ellos quedó herido en la nuca y a tres les atravesó la mochila. Un teniente de la misma compañía dio de puntapiés a un soldado porque no se alineaba pronto.111
En París, un teniente obligó a los reservistas a maniobrar durante 35 minutos a paso gimnástico, cargados con la mochila. Enfermaron algunos.112
En Cracovia, el oficial Pollatschek, del 57º regimiento de infantería, mató a un reservista en el campo de maniobras. Espantado de su hazaña se suicidó en seguida.113
En 25 de Febrero de 1891, el Consejo de guerra de Argel absolvió a un sargento que confesó haber golpeado a los detenidos militares después de dejarlos expuestos, completamente desnudos, a la intemperie de la estación. El coronel presidente intimó a los testigos que confirmaron la confesión del acusado, a que se retractaran de sus declaraciones, so pena de quedar arrebatados inmediatamente, pues sus alegatos eran embusteros y contradictorios.114
Otro Consejo de guerra efectuado en 30 de Diciembre en la anterior localidad, absolvió al sargento 2º, acusado de haber golpeado a algunos soldados.115
Pablo Brulat me ha contado que en Túnez, en 1891, un joven, literato conocido, teniente, que actuaba de fiscal en un Consejo de guerra, dijo a sus compañeros antes de abrirse la sesión: «Si logro hacerle condenar a muerte, les pago a todos una cena esta noche». El mismo Brulat, que actuaba de defensor, oyó esta salvajada.
Un general de brigada alemán dio de puñetazos a un soldado por una respuesta que éste se permitió hacerle. Luego lo arrestó.116
El teniente coronel Beck, del cuerpo de ingenieros, bajó un día de su caballo para abofetear el rostro de un centinela que no le presentó bien las armas.117
En Strasburgo, un teniente hizo poner un bocado a un soldado, ordenándole luego que aullara como un perro. No contento aún, le mandó ponerse a cuatro patas y fue tirándole de las riendas hasta destrozarle la mandíbula. El pobre soldado, llamado Klippert, se volvió loco de terror a causa de este tratamiento.
En el mismo regimiento, un jefe de escuadrón golpeó a los soldados con el sable, a puñetazos y los llenaba de insultos soeces y repugnantes.118
En Verona, el coronel Taruffi, hizo despertar a media noche, con el sólo objeto de divertirse, a dos compañías, les hizo lavar los escusados y maniobrar durante dos horas.119
Un sargento de guarnición en Dieuze (Alemania), desertó después de abofetear a un oficial que le había golpeado.120
En Copenhague, el alumno Simonsen, de la escuela militar, se suicida para escapar a los malos tratos de sus compañeros más ricos y más nobles. No es un caso aislado.121
Conocidas son las novedades de las escuelas militares francesas de Saint Cyr y del Politécnico.
En una información del duque Jorge de Saxe, puede leerse lo que sigue:

«Los malos tratamientos que sufren nuestros soldados, son un martirio refinado, una prueba de una brutalidad y de un salvajismo que parece imposible se hallen en nuestros oficiales… Se ha comprobado que los malos tratamientos no constituyen un castigo, sino una costumbre, y que a los reclutas se les habitúa a recibir cincuenta bastonazos todas las semanas».122


El 15 y el 16 de Febrero de 1892, el señor Hausmann señaló en el Reichstag hechos repugnantes, hablando de ellos durante dos horas. En Ulm, el capitán de dragones Lamenstein, hacía que los soldados viejos golpearan a los quintos en presencia suya. Caprivi, general y canciller de Alemania, declaró en su respuesta que actualmente la sensibilidad era exagerada, que antes se maltrataba mucho más a los soldados y de un modo que hoy no podríamos formarnos idea.123
En un documento confidencial (13 de Diciembre de 1891) del general Safferling, ministro de la Guerra en Baviera, publicado por el Vorwaerts, se precisan un número considerable de violencias, de brutalidades cometidas por oficiales y sargentos, de las cuales resultaron estropeados algunos hombres.
Entre otros casos, el señor Metzger citó en el Reichstag los siguientes: A bordo del buque Mars (11 de Septiembre de 1891), anclado en el puerto de Wilhemshaven, los oficiales tuvieron a un hombre sumergido por espacio de dos horas en el agua. A bordo del Oldenbourg, en el mismo puerto, un maquinista y dos fogoneros fueron azotados con un cable, y con violencia tal, que la carne se desprendió a girones de su cuerpo, y uno de ellos suplicaba que lo mataran. Cada uno de los martirizados estaba obligado, mientras esperaba que le llegara su turno, a presenciar el martirio de sus camaradas.124
En el Parlamento húngaro, Tahalí interpeló al gobierno a propósito de los malos tratamientos infligidos a un soldado por parte de un oficial del ejército activo. El secretario de Estado declaró que el oficial había sido castigado con 10 días de arresto.125
El consejo de guerra de Wurzbourg condenó a ocho días de arresto al teniente Gotees, del cuerpo de caballería ligera de Sarrebruck, por haber administrado una paliza de latigazos a un soldado voluntario.126
El mismo consejo condenó a cuatro meses de reclusión en una fortaleza al teniente Vogel, del 8º regimiento de Metz, convicto de más de treinta casos de malos tratamientos, lo cual hizo exclamar a la Germania: «la represión de los abusos de los graduados por los tribunales no es proporcionada a la gravedad de los abusos».127
En Spira, el 25 de Mayo, un teniente detiene en la calle a un sargento que no le saludó de un modo absolutamente conforme el reglamento. El sargento se disculpa, pero el teniente le golpea en la cara y le arroja la gorra al suelo. El sargento, un reservista, es ingeniero.128
En Colmar, un sargento del regimiento de infantería hiere gravemente a un soldado, que quedó sordo e idiota a consecuencia de los culatazos que recibió en el cráneo. Ocho días de arresto y destitución de su grado.129

En Berlín, el consejo de guerra condena a siete días de arresto al oficial Kulewatz, del tercer escuadrón del regimiento de guardias de corps, que, descontento de un soldado, le arrebató los cabellos, ensangrentándole la cabeza.130


En Kottbus se suicida el soldado Schwengber, y en una carta a su madre le dice que se mata para escapar a los malos tratamientos de sus superiores.131
El sargento Wolff, del 2º húsares, en Alemania, deserta a consecuencia de los malos tratamientos de un oficial.132
En San Petersburgo, el general en jefe Svistonnoff insulta al general de división Riesenkampf en presencia de todos los generales a sus órdenes. Excitado éste lleva a mano a su revólver; el general Svistonnoff le detiene bruscamente el brazo y Riesenkampt le aplicó dos soberbias bofetadas. El general en jefe llama en su ayuda; acuden sus asistentes y derriban a Riesenkampt. Entonces el general Svistonnoff le destroza la cara a puntapiés y a puñetazos. Se procedió a un consejo de guerra que declaró inocente a Riesenkampt, pero para satisfacer las exigencias de la disciplina se le degradó, dejándole soldado raso. Svistonnoff fue degradado, privado de sus condecoraciones y expulsado del ejército.133
En Rusia los castigos corporales están abolidos por la ley, pero en la información del proceso Skariatine se comprueba que los casos de enfermedad producida por los golpes son frecuentes en el 9º regimiento de hulanos. He aquí algunos casos típicos:
El músico mayor golpea al corneta Temvrioukov porque no hace progresos. Las heridas son en la cara; el corneta se marcha al hospital a curárselas y el coronel le castiga con diez días de guardia.
El mismo oficial hirió tan violentamente a Jarro en la oreja, que la sangre brotó por la opuesta. Un mes de hospital.
El soldado Costinsky es golpeado violentamente en la cara. Escapa difícilmente de una inflamación cerebral. Poco tiempo después tuvo que dársele la licencia por inútil.
El soldado Lioubezko queda sordo de una oreja a consecuencia de los golpes recibidos.134
El oficial Goriaysky golpeó al soldado Korneienko hasta que le salió sangre por la boca. Entonces el oficial le obligó a correr elevando su fusil, y el desgraciado, tragándose su sangre, corrió durante dos horas, hasta que cayó exánime. Pudo escapar a la muerte, pero quedó inútil para el servicio.
El soldado Krakh no sabe curar a su caballo, declara el oficial Jikharev; el coronel lo apalea durante cinco días consecutivos, con la agravante de que cuando estaba cansado se iba a descansar a su tienda para continuar más tarde su hazaña.
El coronel amenaza al cirujano Svertchersky con que le hará dar quinientos palos.
La multitud arrebatada un soldado de manos del corneta Arakine que lo apaleaba brutalmente.
Filimonov daba de latigazos a los quintos durante el ejercicio.
El jefe del regimiento declara: «Es imposible dejar de pegar al soldado ruso; es necesario pegarle, matarle».
El general Trajelnikov declara que «las penas disciplinarias no son buenas más que para los tontos, que un buen soldado necesita le den de puñetazos».135
En Ascheffenbourg, las autoridades militares reclaman en carta confidencial sables para duelos con destino a los regimientos. El duelo está prohibido en Alemania.136
En Montpellier, el 14 de Diciembre de 1891, un consejo de guerra absuelve al sargento Gillot que obligó al soldado de caballería Armanet a montar un caballo en pelo con las manos atadas. Armanet cayó y se rompió un brazo.137
En Lyon el soldado de caballería Worms fue herido de un sablazo por el brigadier Bastide, durante el ejercicio. La herida fue grave. L’Action divulgó el hecho. Un consejo de guerra gratificó con 30 días de prisión al brigadier.138
Otro sargento que en Lyon imita la hazaña de Gillot, es denunciado por L’Action, y los generales Berge, Tissonniere y Dulac llevan ante los tribunales… al periódico. Al propio tiempo hacen saber a sus soldados que al que le cojan un ejemplar del periódico será arrestado.139
En esta ocasión, doce o quince oficiales fueron a encontrar a diversos vendedores de periódicos intimándoles la orden de que no vendieran L’Action a los soldados.140
En Misckolcz (Austria Hungría), el teniente Rott (29º de cazadores), atropella a un soldado, estudiante de medicina, atándole con las manos a la espalda durante todo un día. Este castigo es reglamentario.141
En los Estados Unidos el coronel Streeter, con la aprobación del general Snowden, colgó por los dedos, durante media hora, al soldado Jams, culpable de haber aprobado el atentado cometido por los obreros contra el director de los talleres Carneggie.142
Un coronel italiano hizo arrancar los pelos del bigote a un soldado.143
El Sr. Bezy, director del Petit Fanal, de Orán, y concejal, contó en 1890 los siguientes hechos:
El médico mayor Cazalas se negó a dar por enfermo a un joven soldado voluntario. Este desgraciado que comenzaba a estar atacado de ataxia locomotriz tuvo que abandonar las maniobras y su capitán lo llevó ante el médico. Cazalas lo retuvo en la enfermería, y sin examinarlo, sin ocuparse de los síntomas de la enfermedad, lo sometió a la acción de una corriente eléctrica violenta hasta que el pobre soldado no pudo más. Esta sesión de electricidad se repitió varias veces. Después de haberle puesto a dieta, originándole una debilidad considerable, Cazalas ordenó un día a dicho soldado que trasportara sacos llenos de tierra. Este no pudo, y el médico le dio un puntapiés. Gracias a su capitán pudo salir de la enfermería y se curó en la ciudad, quedando restablecido a los dos meses. El médico Cazalas emplea la corriente eléctrica a modo de castigo. A un zuavo que se orinó en la cama y a otro que «no quería curarse», los sometió a la corriente eléctrica durante un cuarto de hora. Un día, un soldado atacado de oftalmía se presentó a la visita y como el médico no le diera por enfermo el soldado le hizo observar: «¡Pero si casi tengo perdido un ojo!» El médico le replicó: «Cuando hayas perdido los dos te compraré un perro para que te acompañe». El soldado perdió, efectivamente, un ojo.
El día 8 de Marzo y el 13 de Abril de 1891, en Langres y en París respectivamente, dos soldados de infantería que enfermaron, murieron abandonados por falta de asistencia médica; pues los facultativos no quisieron reconocerlos ni darlos por enfermos.144
Durante la maniobra del año 1891, un médico apaleó a dos soldados que cayeron al suelo atacados de insolación.145
Con hechos de esta naturaleza podríamos llenar volúmenes y más volúmenes si interrogáramos a todos los que han pasado por el cuartel. No hay uno solo, puede afirmarse sin miedo a ser desmentido, que en el curso de su servicio no haya sido víctima de tratamientos semejantes o no haya visto cometer actos parecidos, sea cual sea el país donde vida.
Estos ejemplos son criminales porque atentan a la libertad individual. Son reprobables, pues además de perjudicar al individuo, son absolutamente inútiles a la colectividad. No puede alegarse la disciplina para justificarlos, pues el modo de obrar de todos estos profesionales, en lugar de robustecerla, engendran actos de rebelión más o menos aparentes contra una organización social que autoriza la perpetración de crímenes semejantes. Este antimilitarismo que se manifiesta creciente y permanente en todos los pueblos por un aumento constante de los delitos militares de insubordinación, deserción, etc., por las crónicas de los periódicos, por las novelas, pintura exacta de los ambientes soldadescos, etc., es una prueba irrefutable de la reacción general que se produce contra el medio generador de estos malos tratamientos.
Si para explicar estos actos falta el elemento utilidad, ¿por qué elementos psíquicos se puede determinar su génesis?
Es un hecho observado que todo el que detenta una autoridad, parcial o no parcial, se halla irresistiblemente impulsado hacia el abuso. En general, el hombre investido de un poder sobre los demás hombres desconoce el límite que separa el uso del abuso. Este desconocimiento que conduce a los detentadores de la autoridad hacia la arbitrariedad, y, por consiguiente, a una criminalidad considerable aunque sea invisible para la masa y negada por ella, no sorprende al pensador, porque éste sabe, en efecto, que es casi imposible trazar los límites que separan el uso del abuso. Despende de tantas circunstancias, que es imposible establecer reglas generales; no hay más que casos particulares que cada uno debe resolver según su inteligencia y su razón.
En la presente organización social, todo detentador de la autoridad está revestido de ella de modo permanente, si así puede decirse, enfrente de todas las cosas y de todos los hombres, sin más freno que el que encuentra en él mismo, puesto que el freno de las leyes que establecen la igualdad de los hombres y el respeto que se debe a su libertad, está anulado por la solidaridad que une entre sí a los detentadores de una autoridad cualquiera. De ahí resulta que el hombre investido de un poder, traspasa siempre el uso para caer en el abuso. Por esto algunos filósofos, profundamente lógicos, han deducido de este hecho general la necesidad de suprimir todo poder, toda autoridad permanente detentada por algunos, no dejando subsistente más que la acordada por la colectividad en ciertas circunstancias dadas, y cesando cuando estas circunstancias desaparezcan.
Este abuso del poder, natural en el hombre, se exacerba con el tiempo que lo ejerce. El freno que, gracias a su sentimiento de justicia y a su sensibilidad, podía hallar en él mismo, se embota con el hábito de verse colocado por encima de los demás hombres. Bajo la influencia de la costumbre se desarrolla en su encéfalo la concepción de su superioridad sobre el resto de los humanos sometidos a su autoridad, y al mismo tiempo obra su facultad de imitación, que lo empuja a seguir el ejemplo dado por los demás detentadores de la autoridad.
La carencia de rebeldía por parte de la generalidad de las víctimas de estos abusos, muy explicable por la huella de millares de siglos de esclavitud, hace creer en la justicia, en la bondad de estos abusos, y cuyos autores se encuentran obligados, por esto, a preservar en su manera de ser. La rebeldía de algunas víctimas es sugestiva tan sólo para unos pocos detentadores de la autoridad, y entonces, según sea el grado de atrofia a que su sentimiento de justicia y su sensibilidad les haya llevado por el ejercicio del poder, aplastan, castigan estos rebeldes a fin de impedir que nazcan nuevas rebeliones, o bien ellos mismos se vuelven rebeldes. Estos últimos son una ínfima minoría, los más elevados en intelectualidad y en moralidad.
Toda idea de autoridad va acompañada de la idea de posesión, aun cuando se trate de personas. Así el padre dice: «mis hijos», el patrono: «mis obreros», el funcionario: «mis admiradores», el burgués: «mis criados», el profesor: «mis alumnos», el oficial: «mis hombres».
La posesión de las cosas implica el uso ilimitado de ellas; el poseedor puede romperlas, destruirlas; le pertenecen, es el dueño. Tal es la concepción actual, tal es el derecho contemporáneo, apenas modificado, del derecho quiritario romano. La idea de posesión de los seres animados debía conducir lógicamente al mismo resultado, y así sucedía, pues el esclavo era la cosa del dueño. Así sucede aún en nuestros días, pues el observador comprueba que para muchos padres el niño es su cosa. Se extrañan si uno quiere impedirles que le peguen; creen que les pertenece, son sus dueños, el niño es su cosa.
La gran mayoría de las naciones de civilización aria está aún imbuida de la misma idea en lo que concierne a los animales, y difícilmente conciben sus miembros que la colectividad pueda reprobar los malos tratos ejercidos sobre los animales. Son la cosa del poseedor, éste puede hacer de ellos lo que le plazca.
Esta misma concepción existe en las relaciones de marido y mujer, y subsiste porque la mayoría de las mujeres la admiten y no se rebelan. Por lo que toca a los obreros, esta identificación de la autoridad y de la posesión se ha ido atenuando mucho, porque los obreros, penetrados de su dignidad de hombres, se han rebelado y han obligado a la colectividad a intervenir, reglamentando por medio de leyes el ejercicio de la autoridad patronal, leyes que, digámoslo de una vez, se violan con mucha frecuencia.
Esta supervivencia de una época en que la autoridad implicaba posesión y posesión implicaba uso sin límites, explica los abusos tan numerosos que el sociólogo observa en el ejercicio de todo poder: familiar, patronal, gubernamental, militar.
En los militares profesionales subsiste por entero la identificación de las concepciones «poder y posesión». El soldado, el hombre, es para ellos una cosa que hacen mover, que la manejan a su antojo. Las leyes, siempre insuficientes, instituidas para limitar su poder con objeto de hacer respetar la libertad y la dignidad humana, son letra muerta. Han quedado destruidas, anuladas de hecho, por la solidaridad que une a los profesionales. En los citados ejemplos se halla la prueba. Según el código militar francés, el comandante Bazaine, el teniente B, etc., tenían que haber pasado por un consejo de guerra, y nada de esto ocurrió. Y aunque así hubiera acaecido, el Código habría quedado sin aplicación, pues los jueces profesionales hubieran absuelto, como absolvieron a los sargentos y oficiales culpables de igual delito; como en Alemania, si no absolvieron, condenaron a penas irrisorias.
Tenemos, pues, que sacar en conclusión de lo que procede, que los hechos criminales citados y sus análogos tienen origen la tendencia general de los hombres a abusar del poder de que están investidos. La forma de estos abusos está afectada de brutalidad porque la violencia es la característica de la profesión de las armas. Todos los ejemplos demuestran esta brutalidad, y en este orden de ideas, los últimos ejemplos relativos a médicos son muy elocuentes. Precisamente por su misma función, los médicos están impulsados a ser sensibles y altruistas. Su objetivo es curar, cuidar los enfermos que se les confía. En la mayoría de los médicos militares, la profesión de las armas ha influido de tal modo sobre su mentalidad, que resulta la menor cantidad posible de médico y la mayor posible de militar. Los ejemplos citados, y mil más que podríamos aportar en apoyo de esta afirmación, son una prueba de lo que cedimos.
En resumen, la génesis de estos crímenes, cometidos sobre hombres de la misma profesión, pero subordinados, es debida a estas causas: Sobrevivencia de la idea de poder identificado con la idea de posesión, comprendiendo el uso sin límites, sin freno; exasperación del concepto autoridad a consecuencia de la costumbre de mandar y de la obediencia servil de los mandados; solidaridad profesional; imitación y su consiguiente emulación; carácter de violencia inherente al ejercicio de la profesión militar.
La enumeración de las causas determinativas de estos actos criminales, prueba la imposibilidad lógica de considerar a los autores como responsables moralmente. Los actos deben vituperarse, y los autores deben ser presentados como individuos de escasa moralidad; pero razonablemente no se les puede estimar responsables, porque sus actos criminales son la resultante de estos componentes: 1º. Mentalidad de los ejecutores (esta misma mentalidad es resultante de la disposición orgánica del encéfalo determinada por la herencia, por el ambiente climatérico, telúrico, intelectual, moral, durante todo el período educativo); 2º. Ambiente climatérico, telúrico en el momento del acto; 3º. Ambiente profesional y social.



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