Psicología del militar profesional August Hamon



Descargar 0.62 Mb.
Página2/14
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño0.62 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14

PRÓLOGO

«Los criminalistas, escribimos en una memoria,5 no estudian sino ciertas manifestaciones del acto anti-social, aquellas que en nuestro estado de civilización indignan, a los más, los sentimientos de la mitad de los hombres. Se olvidan de estudiar las demás manifestaciones del crimen, manifestaciones más graves que las precedentes, pero que no lo parecen porque la costumbre que tenemos de verlas perpetrar, nos impide concebir cuán perjudiciales son… De esto resulta que la mayoría de los criminalistas estudia tan sólo lo que puede calificarse de crimen excepcional».6


En efecto, todos los criminalistas se han ocupado de los criminales encarcelados, de aquellos que Manouvrier llama la hez de los criminales, y no se han preocupado para nada de la multitud de gentes que se tienen por honradas, con las que nos codeamos todos los días y en todas las profesiones. Y es así porque «los criminalistas se han metido a policías, olvidando, seguramente, que la policía no es la encargada de hacer el análisis psicológico indispensable el criminólogo»7.
Nuestros estudios sociológicos nos han conducido a esta comprobación: La criminalidad legal es ínfima, casi despreciable, comparada con la criminalidad oculta. Un estudio de esta última ofrecería una importancia mucho más considerable que el estudio de la criminalidad legal, sobre todo si se pone cuidado en dar a la palabra Crimen una expresión filosófica. En una memoria reciente8 hemos intentado hallar esta expresión y hemos llegado a esta definición: Por Crimen se entiende todo acto que lesiona la libertad individual. Entiéndase bien que se trata de la libertad de obrar, es decir, de la facultad de ejecutar una volición, ya que la libertad de querer no existe.
Esta amplia concepción del crimen permite hacer estudios interesantes que, de hecho, pueden ser tan psicológicos como criminológicos. Con una definición semejante se concibe la importancia de un examen criminológico o psicológico de las grandes clases profesionales de la sociedad. No hay que excusar la dificultad considerable de semejante estudio puesto que ha de tener por base a los hechos. Para el criminalista que trata casos teratológicos del crimen, los hechos es fácil encontrarlos, pues tiene a su disposición el proceso incoado, el informe policiaco y las estadísticas judiciarias y penitenciarias. Pero para el criminólogo que quiera tratar del crimen filosóficamente definido, todo esto no le sirve gran cosa; es necesario que recoja en los libros, en los periódicos, en las revistas, etc., los innumerables hechos que contienen, a menudo poco aparentes, hechos que revelan el estado de alma, no de los individuos tomados individualmente, sino colectivamente, por profesión.
En una colectividad, por ejemplo, un pueblo, existe, ciertamente, un estado de espíritu general que hace que todos los miembros de esta colectividad posean, en muchas cosas comunes, concepciones análogas. Del mismo modo en cada una de las grandes divisiones sociales, como el ejército, la magistratura, la policía, el comercio, la banca, etcétera, existe un estado de alma especial a la profesión, y esta esencia es lo que importa desprender si se quiere hacer el estudio de la criminología en una época cualquiera. Calcúlese, por lo dicho, la dificultad que hay para poder escribir un trabajo completo de criminología social. No abrigamos la temeraria pretensión de escribirlo, pero sí queremos bosquejarlo, señalar su marco.
Este ensayo, que al darnos la psicología del militar profesional nos demostrará la influencia del medio sobre la forma de la criminalidad, es el primero de una serie de memorias que nos proponemos escribir sucesivamente sobre la policía, la magistratura, la prensa, la banca, el comercio y la industria.
Para tales ensayos es necesario utilizar, como ejemplos de la esencia profesional, hechos que calificaré de históricos, por más que sean recientes. Son históricos en el sentido que han sido relatados en periódicos, revistas y libros y no han sido refutados. Ninguno de los hechos que citaré es inédito; los he recogido en la mina, preciosa para quien sepa utilizarla, de los periódicos y de los libros. Los hechos que aporto son ejemplos, es decir, que no relataré todos los análogos que conozco9 y que hace cuatro años vengo recogiendo de la prensa francesa para la redacción de mi Francia Social y Política.
Estos ejemplos tienen tanto más valor, cuanto que los individuos a que se refieren, ocupan en la profesión una elevada posición, una honorabilidad profesional -lo cual no quiere decir moralidad- de las más respetadas. Y de ahí la necesidad de designar a los individuos por sus nombres, máxime cuando ya han pasado por libros y revistas.
Para escribir estos capítulos de criminología, esta sección de la sociología, se halla el escritor en la misma situación que el historiador de un país y que el geógrafo que describe una comarca. Forzosamente están obligados a nombrar, el uno, los personajes políticos, los hombres de guerra, etc.; el otro, las montañas, los ríos, las ciudades y en general, los accidentes del terreno. Del mismo modo, el criminólogo se ve precisado a nombrar los individuos-ejemplos para dar mayor fuerza a los hechos. En efecto, todo el mundo comprenderá que si se cita a diez pequeños comerciantes como falsificadores, no tendremos la esencia profesional especial del comercio, mientras que si los nombrados son grandes comerciantes el escritor puede tener la pretensión de conocer exactamente esta esencia. Interviene aquí una cuestión de proporcionalidad, pues hay menos comerciantes grandes que pequeños; y si el número ejemplo es el mismo, hay, por consiguiente, mayores probabilidades de obtener el tipo esencial de la moralidad con los ejemplos tomados entre los grandes comerciantes que entre los pequeños. Es sabido, además, que la imitación es una de las cualidades del hombre;10 todos nos hallamos inclinados, en grados diversos, a imitar al modelo que ocupe una situación más elevada. En todos los hombres hay el deseo de ir hacia lo mejor, y este modelo, para mucha gente, está representado por su elevada posición. Estas explicaciones demuestran el espíritu que me ha guiado cuando he designado con sus nombres a los individuos-ejemplos.
El lector observará, que, en estos ensayos, mis ejemplos están tomados más a menudo en la nación francesa que en los demás pueblos de igual civilización. Téngase en cuenta que habiendo yo nacido en Francia hallo más facilidades en recoger los datos entre la prensa francesa que en la de los demás países. De hecho, esto tiene poquísima importancia, pues tanto Europa, como los Estados Unidos y otros varios países, poseen una civilización que es idéntica en sus grandes líneas generales. La profesión reviste al individuo de un barniz profesional idéntico en todas partes donde la civilización es parecida y la consecuencia es una analogía, sino una identidad profesional. Por su estado de espíritu y manera de ser, un oficial alemán se parece más a un oficial francés que a cualquier otro francés civil. Nada tan parecido a un comerciante inglés como un comerciante americano, alemán o francés. Hay así como una especie de exterior moral, especial a todos los individuos de una misma profesión. Por consiguiente, aunque los ejemplos franceses sean más numerosos, la generalización se impone en estos esbozos de criminología profesional.

CAPÍTULO I
GENERALIDADES

Este primer ensayo trata de la profesión militar.


En nuestra época, en que la religión «Patriotismo», ha sustituido, para mucha gente, a la religión cristiana, sin que en ninguna de las dos haya podido ser bien determinado, bien concebido, el objeto del culto, es probable que muchos hallen que es singularmente audaz que se ose tocar la profesión militar, sagrada entre lo más sagrado, porque es la salvaguardia de la patria. Se nos dirá que hacemos obra de antipatriotas y que profanamos el santuario. Poco importan al sabio semejantes clamores, poco importan al hombre de ciencia, consagrado a la investigación de la verdad. Cuando el sabio la hallado o cree haber hallado la verdad, su deber es proclamarla al mundo entero, resulte lo que resulte para él, para los suyos o para su patria. Su deber consiste en ser leal en la exposición de los hechos, lógico en las deducciones; su deber es examinar los hombres y los fenómenos sin espíritu de partido, sin sectarismo o fanatismo. Creemos que este ensayo, producto de un hombre que no profesa otro culto que el de la verdad, reúne estas condiciones.
Actualmente, en todos los países de civilización europea, el servicio militar es obligatorio para todos los hombres válidos.11 Pasan en el cuartel, por un tiempo más o menos largo, siete años el que más, y vuelven luego a la vida civil. Indudablemente, que este medio obra en ellos durante este tiempo, pero de todos modos, no se puede considerar a estos soldados forzados como si fueran militares profesionales. Nos vemos, pues, obligados para estudiar la influencia de la profesión militar sobre la mentalidad, es decir, para determinar la psicología profesional, a tratar únicamente de los militares por vocación, mejor dicho, de los oficiales de alta graduación y de un pequeño número de oficiales de baja graduación. No nos ocuparemos gran cosa de estos últimos, porque, salidos generalmente de una clase social menos elevada, menos refinada, la profesión debe obrar sobre ellos con mayor fuerza que sobre los oficiales de elevada graduación procedentes de una clase social más refinada y en relaciones frecuentes con un mundo educado e instruido. Si demostramos claramente la influencia de la profesión en la mentalidad de los oficiales, se deducirá fácilmente que se deja sentir más en la mentalidad de los suboficiales, acentuándose en éstos los fenómenos observados en los primeros. La observación de los hechos confirma este modo de ver. Es un efecto de la imitación en los inferiores, tanto por tendencia natural como por interés.
Estas consideraciones explican el hecho que nuestros ejemplos estén escogidos únicamente entre los oficiales, preferentemente entre los oficiales superiores o generales, puesto que la elevada situación que éstos ocupan en la sociedad tiende a atenuar en ellos la esencia profesional; verdad es que esta atenuación está compensada por el largo tiempo durante el cual la profesión obra sobre la intelectualidad de estos individuos.

CAPÍTULO II
FINALIDAD DEL PROFESIONAL EN LA CARRERA MILITAR

«Antiguamente, escribe Corre12, no había ejército nacional, tampoco existía la patria… No había sino mercenarios capaces de todo, y las hazañas que cometían en país francés pueden leerse en las memorias relativas a las guerras de religión, escudriñarlas en los relatos de las dragonadas ordenadas contra sus propios súbditos por un rey jesuita: lo que eran capaces de cometer en país enemigo, bajo el mando de los jefes reputados por más humanos, se puede ver en el curso de la campaña de Turena en 1674 (primer incendio del Palatinado) y en el curso de la campaña de Cantinat en 1690 (guerra del Piamonte). En 1735 los soldados del ejército de Italia saquean descaradamente las ciudades y los pueblos indefensos, traficando abiertamente con sus robos, «negándose a aceptar la carne suministrada por el rey de Cerdeña a fin de poder alimentarse con volatería que robaban en los campos», y no respetando ni a las mujeres… Después de la jornada de Rosbach (1757), el conde de Saint Germain escribió: Tengo a mis órdenes una banda de ladrones y asesinos; han robado, violado, saqueado y cometido todos los horrores imaginables».


Así, pues, durante el período pre revolucionario había soldados que combatían, no por la patria, sino para su propio y personal beneficio. Su oficio era batirse, y con su oficio adquirían gloria y provecho, como provecho y consideración adquiere el tendero vendiendo sus géneros. Eran ejércitos mercenarios que ninguna grande idea guiaba. Las tropas iban al combate por el afán del lucro que daba el saqueo, por los placeres sexuales que la violación proporcionaba, todo sazonado por el olor de la sangre que incita a herir y matar. En el siglo XVIII sucedía poco más o menos lo mismo que en el siglo XIV.
Con la Revolución se desarrolla la idea de Libertad, que en la Francia revolucionaria, en oposición con la Europa monárquica, se confunde necesariamente con el patriotismo, el amor hacia el país en que se quiere vivir libremente. La nación en masa se levanta para defender su libertad amenazada por la coalición de los reyes; y el ejército nacional quedó creado. Napoleón obligó con sus conquistas a los demás pueblos a hacer lo mismo; es decir, crear el ejército nacional, al mismo tiempo que profesionalizó el ejército francés.
De estos movimientos políticos y sociales resultó que los ejércitos en Europa siendo nacionales, se convirtieron en profesionales. Se cuentan pocos extranjeros en su seno, pero en cambio los nacionales que los forman hallan en ellos una carrera; son soldados como otros son agricultores o mineros. Cuando sobrevino la guerra de 1870 y la fiebre de armamentos que aún subsiste, el ejército se desprofesionalizó y se hizo obligatorio para todos. Actualmente en toda Europa, a excepción de Inglaterra, hay verdadero ejército nacional tal como existió durante un tiempo en el período revolucionario. En estos ejércitos nacionales, como hemos dicho ya, hay una parte que continúa siendo profesional, y es el cuerpo de oficiales.
En Francia la idea libertaria sublevó la nación durante la época revolucionaria; en los otros países el odio al invasor francés, después de las conquistas napoleónicas, sublevó los pueblos. De estos fenómenos resultó la creencia general que el militar de profesión es soldado por patriotismo, por amor a la patria. Esta creencia, generadora de una especie de aureola en torno de estos individuos, es absolutamente falsa. Los hechos lo demuestran y vamos a presentar algunos:
El día 2 de Septiembre de 1796, víspera de la batalla de Bassano, el general Massena escribió una carta al general Berthier presentándole su dimisión, diciéndole que su división se halla en la imposibilidad de tomar parte en las operaciones proyectadas. En una palabra, se negaba a marchar, molestado por una información de que se le hizo objeto a causa de unos robos. Después de tener una entrevista con Bonaparte retiró su dimisión.13
El 13 de Septiembre del mismo año, a su vez, Augereau dimitía, fastidiado por una información a propósito de una distracción de fondos de que se le acusaba.14
Durante esta campaña de Italia, Bonaparte ordenó a los generales de división que destituyeran inmediatamente a todos los oficiales ausentes irregularmente, y especialmente a los que se hallaban en las ciudades de Milán, Brescia, Plasencia, etcétera.15 Conviene hacer observar que el ejército francés se hallaba entonces en país enemigo y en contacto diario con el adversario.
Durante las guerras de España eran frecuentes las deserciones en el ejército francés. El Diario del Ayudante X, publicado en la Revue rètrospective, nos enseña que los desertores de todas categorías formaban bandas irregulares, y que cuando se encontraban con los oficiales que habían permanecido fieles a su bandera, reanudaban su vieja amistad y se hacían mil agasajos. Después de la caída de Napoleón, estos desertores volvieron a Francia y fueron muy bien recibidos.
El mariscal Moltke, uno de los fundadores de la Alemania actual, ilustre hombre de guerra y excelente militar, era danés por nacimiento e hijo de padres daneses. Fue educado en Dinamarca y oficial del ejército danés. Viéndose sin porvenir en este pequeño país, se fue a servir en Turquía y después en Prusia. Oficial del ejército prusiano combatió contra su patria natal y ayudó poderosamente a su desmembramiento.
En el ejército y marina turcos hay muchos oficiales franceses, alemanes e ingleses. El ejército griego está instruido por oficiales franceses.
En Francia existe una legión extranjera completamente profesional, incluso los soldados, y es análoga a los ejércitos mercenarios de los siglos precedentes.
Es inútil recordar la conocida conducta del mariscal Bazaine en Metz.
En 1890, un ex teniente, Bousquet, fue condenado a cinco años de prisión por el delito de traición.
Aún no ha olvidado el asunto Turpín Triponé que tanto ruido hizo en 1891. Quedó plenamente probado que el general de división Ladvocat era amigo y cómplice del espía Triponé. En este asunto de venta de documentos secretos a la casa inglesa Armstrong, estaban más o menos comprometidos varios oficiales superiores.16
Menos conocido es el asunto de los cañones de marina, en el cual se halló comprometida toda la entera división de artillería con su jefe el general Du Pan. «La dirección de artillería -dijo Clemenceau desde la tribuna de la Cámara-, ha cometido un verdadero crimen contra la patria no manteniendo nuestra artillería al nivel de la artillería extranjera».17
En Diciembre de 1891 se suicidó el teniente coronel Rocard, agregado a la Dirección de Artillería del Ministerio de Marina. De los informes publicados en los periódicos,18 resulta que este oficial superior reveló al general Du Pan los graves manejos del teniente coronel Périsse, predecesor suyo. Du Pan le ordenó que se callara; exasperado Rocard, insultó a su superior y se suicidó para evitarse un proceso. Périsse, inventor de un procedimiento de fabricación de proyectiles, fue oficialmente declarado de reserva por faltas cometidas en la disciplina, según la versión oficial. Los periódicos contaron, y lo apoyaron con pruebas, que había vendido su patente a una casa inglesa, con la cual se había comprometido a proporcionarle compras por parte del Estado francés. Périsse no trató de disculparse de estos ataques de la prensa, llevando a sus acusadores ante los tribunales como era de rigor.

En 1891, Brisson, en nombre de la Comisión de presupuestos, presentó una memoria que puede leerse en documentos oficiales (anexo del Journal Officiel). Estudiando esta memoria, se queda el lector atónito ante el extraordinario despilfarro que se descubre en las construcciones de los buques de guerra y en las compras de material concerniente a defensa nacional (sección de Marina). Los autores de este despilfarro son oficiales se graduación y generales.19


Entre los administradores franceses de una sociedad inglesa vendedora de ingenios de guerra se hallan, al decir de la Actión (29 de Enero de 1892), el general Thomas y el almirante Jonquiéres.
En el asunto de los fusiles judíos, que tanto ruido hizo allende los Vosgos, el teniente coronel Kuehne era cómplice del industrial Loewe, junto con otros oficiales también comprometidos.20
El armamento, según parecer del general ruso Fedoroff, no sirve más que para enriquecer a industriales y oficiales.21 En Mayo de 1892, Le Matín publicaba un despacho, según el cual, para poder obtener Loewe la fabricación de los fusiles del ejército español, había comprado a oficiales de esta nación.
Massena y Augereau, presentando su dimisión en pleno período de guerra; el danés Moltke, combatiendo contra su patria natal; los oficiales franceses, ingleses y alemanes, alquilando sus servicios a una nación extranjera; el general Ladvocat haciéndose cómplice de un espía; la Dirección de Artillería y de las construcciones navales despilfarrando los fondos de la defensa nacional; el coronel Kuehne, ayudando al industrial Loewe a defraudar al gobierno alemán, etc., obraban de este modo lo menos patrióticamente posible, demostrando que ninguna concepción tenían de la abnegación para con la patria.
Estos hechos sintomáticos revelan que el militar profesional no ejerce la profesión por patriotismo. Esta es para él un oficio que le permite vivir y le da al propio tiempo gloria, riqueza y honores. Es militar de profesión como podría ser industrial o comerciante; por interés personal, sin que la abnegación susodicha intervenga para nada. Por lo demás, en tiempos de paz, la patria es una buena madre para estos profesionales a quienes mantiene, sino lujosamente, por lo menos suficientemente, sin que tengan que trabajar mucho. En tiempo de guerra, los profesionales quedan confundidos con la masa de militares por obligación y estos dos géneros de soldados se sacrifican de igual modo, pero el primero tiene la esperanza de adquirir gloria y honores, en tanto que al segundo no le sirve de acicate esto, pues aún recuerda que el día anterior era paisano.
Se nos podrá objetar que, si así sucede, en efecto, en caso de guerra europea, no puede aplicarse el mismo raciocinio a los militares profesionales que van a conquistar comarcas exóticas. Generalmente suele creerse que van allí arriesgando una muerte rápida en los combates, la muerte lenta por las enfermedades y todo esto ad majorem patriæ gloriam. Esta creencia es puro fruto de un estudio superficial de los hechos. El objetivo de todo hombre es progresar en la carrera que ha adoptado; consiguientemente, en la carrera militar, su objetivo será subir de grado. Las expediciones coloniales son muy propias para este resultado. El siguiente párrafo, debido al señor Du Casse, antiguo capitán del Estado Mayor, nos aclara la cuestión:
«Para trasladar a París a Saint-Arnaud, convertido en general de división, hubo necesidad de engrandecerle, haciéndole pasar por una aureola de batallas gloriosas, y como para hacer la guerra precisa que haya enemigos, se resolvió hostigar a las kabilas y conferirle el mando de una columna. Y así se hizo; se acusó a las kabilas de agitadores… se les hizo comprender que eran unos rebeldes… A fin de que la nación francesa comprendiera de cuánta gloria se cubría Saint-Arnaud, se redactaron, de antemano, pomposos e hinchados boletines de la victoria…»22
En estas condiciones, es natural que los oficiales más ambiciosos, los que aspiran a los grados superiores o que prefieren la vida de campaña a la de cuartel, tomen parte en las expediciones coloniales aun a riesgo de hallar la muerte. Obran del mismo modo que los reyezuelos de la Edad Media, que arriesgaban su existencia por un salario o por las ventajas de su oficio de saqueadores. En este modo de obrar no existe huella de ningún sentimiento altruista hacia la colectividad.
En suma, la profesión militar es un oficio como cualquier otro, ejercido como los otros. Es tan verdad esto, que el general Fredéricks, agregado militar de la embajada rusa en Francia, en su alocución, cuando el banquete que terminó las maniobras francesas de 1891, en nombre de todos sus colegas los agregados militares extranjeros -y entre éstos los alemanes-, dijo:
«Nuestra presencia aquí es una prueba de la solidaridad que a todos nos une en el estudio de la noble profesión de las armas.
»En nombre de mis colegas los señores agregados militares extranjeros, brindo calurosamente por el ministro de la guerra, etc.»23
No de otro modo hubieran hablado los industriales, comerciantes, etc., en un banquete corporativo internacional. Sus palabras sirvieron para demostrar a todos los que reflexionan, que «noble profesión de las armas» no difiere en nada de los demás oficios, no es más elevada que cualquiera otra profesión.
La verdad es que, actualmente, como en el período pre revolucionario, el militar profesional ejerce su oficio, no por patriotismo, sino por interés personal, impulsado por el afán del lucro, de los placeres sexuales, de la gloria, en tiempo de guerra; por el deseo de hallar una vida fácil, mundana, honores y condecoraciones en tiempo de paz.

CAPÍTULO III
EJERCICIO DE LA PROFESIÓN MILITAR

El ejército se ha creado para hacer la guerra, y ésta es el objetivo de todo militar de profesión. Nadie puede ponerlo en duda, pues en todos los países todos los oficiales la desean. Uno de ellos, el capitán de Funcke, agregado militar de la embajada alemana en Francia, lo confesó en estos términos: Los oficiales quieren la guerra porque esta es su oficio.24 Este estado de espíritu que existía en el soldado pre-revolucionario subsiste aún actualmente, y como el soldado medioeval, el militar profesional de nuestros días, en el ejercicio de su «noble profesión de las armas», se entrega al pillaje, al incendio, al asesinato y a la violación.



Siendo la guerra el fin del profesional, en los hechos de guerra hallaremos los fenómenos susceptibles de revelar la esencia profesional de los individuos que ejercen la profesión de las armas. Todos los horrores imaginables que antiguamente cometían los ejércitos, se cometen hoy igualmente por nuestros ejércitos llamados civilizados. El robo, la violación, el incendio, y el asesinato, después de los combates, florecen a maravilla. He aquí las pruebas:
Massena, que fue duque de Rívoli y príncipe de Essling, retuvo indebidamente 300.000 liras de las sumas cogidas al enemigo. Su ayudante de campo tenía la misión de depositar en cada de personas seguras, las joyas y el dinero que Massena se apropiaba. El ayudante general Landrieux descubrió en casa de dos curas dos cajas llenas que pertenecían a Massena y que contenían lo robado en las iglesias y casas particulares, y además 310.077 francos.25
El mariscal Augereau, duque de Castiglione, par de Francia, llenó todo un furgón de objetos que retenía ilegalmente. Vendió asimismo 160 caballos tomados a los austriacos por la cantidad de 60.000 francos, que se embolsó muy tranquilamente. Una noche hizo desbalijar el almacén del joyero más rico de Bolonia, e hizo trasladar el botín a su furgón. Ausente de Verona, durante el saqueo de esta ciudad, reclamó más tarde su parte de botín y la municipalidad de Verona decidió abandonarle cinco buques cargados de especias (600.000 liras). El acuerdo del municipio obedeció a que el general Chabran se hubiera apoderado lo mismo de dichos cargamentos.26
El Monte de Piedad de Verona fue también saqueado. Los oficiales arramblaban con todos los objetos preciosos. «Cada uno se creía con derecho a quedarse con los objetos que podía encontrar. En una casa los oficiales se hicieron entregar 60.000 liras sin librar recibo alguno».27
En esta misma ciudad fueron secuestrados todos los coches y distribuidos a los generales y coroneles. El resto fue vendido a beneficio de los oficiales inferiores.28
Los generales Ballano, Kilmaine y Landrieux obtuvieron del municipio veronés 200.000 liras los primeros y 150.000 el tercero.29
En su mando de Lombardía el general Despinoy demostró tan poca probidad como amor por el dinero.30
Durante esta campaña de Italia, algunos oficiales saquearon Plasencia, y se llevaron caballos, ropa blanca y calzado.31
En el mes de Marzo de 1797, el general Lanusse se apoderó de 60.000 francos de la caja del tesorero establecido en Chiusa. Se trataba de dinero francés y no de botín.32
El robo era reglamentado, admitido por todos, hasta el punto que el 18 de Febrero de 1797, Bonaparte escribía al directorio: «La comisión de los artistas ha hecho una buena cosecha en Rávena, Rímini, Pesaro, Ancona, Loreto y Peruggia. Todo les será expedido. Agregando a esto lo que ya ha sido enviado de Roma, poseeremos todo lo más bello que había en Italia, menos algunos objetos que se hallan en Nápoles y Turin».33
En Vicencio, el comandante de la plaza se hacía pagar 525 libras por década para comida y cena y además 400 liras mensuales cuando no tenía derecho más que a 6 liras diarias.34
En milán, el jefe de brigada Dupuy escribió: «He vestido nuevamente a mis hombres, a pesar de que me ha costado trabajo, teniendo que robar todo lo que he podido, pues aquí todo el mundo roba».35
En Vicencio fue secuestrado el Monte de Piedad por la autoridad francesa. Después de selladas las puertas, el comisario de guerra Bouquet robó los objetos preciosos.36
En Verona, este comisario y el general Chabran se apoderaron de 20.000 liras en joyas del Monte de Piedad y se hicieron entregar a la fuerza 25.000 ducados del municipio. De una información al Directorio hecha por Clarke, se desprende que de ocho comisarios, había dos sin probidad y uno poco delicado; de cincuenta y cuatro comisarios de guerra veintiuno no tenían probidad ninguna o dudosa, uno era un pillo y otro cambalachero. Todos los comisarios eran oficiales y se habían hallado entre los combatientes. Bouquet tuvo que soportar un consejo de guerra debido a sus robos de alhajas y de efectos preciosos cometidos en los Montes de Piedad de Padua y de Vicencio. A este propósito el general Kilmaine le escribía: «Entre los hombres que les persiguen los hay a quienes se podía con fundamento acusar de robo y de saqueo. Si les juzgan, fuerza será juzgar también a muchos otros, so pena de quedar demostrado que en este ejército hay ladrones privilegiados». Bouquet fue condenado el 3 de Julio de 1797 a cinco años de prisión y el general Kilmaine le escribió: «Has hecho perfectamente en responder con el silencio y el desprecio a tus sedicentes jueces. Son unos verdugos que te han sacrificado… Veré de nuevo al general en jefe (Bonaparte); no puede ser sordo a la voz de la verdad… Te hará justicia, de antemano te lo aseguro positivamente». Efectivamente, el día 30 de Abril de 1798 el consejo de revisión revocaba la sentencia y el 13 de Agosto un segundo consejo de guerra, presidido por el general Fiorella, absolvía, de orden superior, al comisario Bouquet. Durante el imperio, Napoleón concedió a Bouquet una pensión de 2.400 francos.37
Landrieux escribe en sus Memorias lo siguiente: «Murat y Vignolles descendieron de un bellísimo carruaje inglés que el primero me dijo había confiscado al cónsul inglés de Liorna, de donde venían, y me rogó se lo guardara por unos días para darle tiempo de venderlo. Temía llevárselo a Milán, suponiendo que Napoleón se lo apropiaría. Vignolles me dijo que todos los del Estado mayor habían recibido 60.000 francos cada uno, procedentes de las deudas que los negociantes liorneses tenían pendientes con los ingleses y que Collot, encargado de estas investigaciones, les obligó a pagar, después de lo cual se las repartieron».38
En las notas suministradas por Bonaparte a Clarke, notas que figuran en una Lettre ae Directoire que se halla en los archivos nacionales A. F., III, 72, legajo 291, se lee: «Massna ama mucho el dinero; Augereau ama mucho el dinero; Murat y Chabran lo mismo. Lannes no les deja en saga en estos amoríos y se lo ha procurado valiéndose de medios que la probidad rechaza».39 Se trata de generales.
Ciertos oficiales llevan consigo unos carros para cargar el botín procedente del saqueo. Los generales divisionarios, a excepción de Serrurier y Baraguey d’Hilliers, cerraban los ojos.40
El general austriaco Melcam, obligado a abandonar París, no quiso marcharse con las manos vacías. Bajo amenaza de incendiar la ciudad, hizo entregar 40.000 francos a los amigos de los austriacos, y al retirarse hizo saltar un puente, simplemente para divertirse.41
En 1797 el general Chabran, al atravesar Brescia, se hizo entregar por el municipio 40.000 liras, que cargó en su carro conducido por el padre de la mujer con la cual vivía.42
El general Chevalier, encargado de desarmar la guarnición de Castelnuovo, se quedó, no tan sólo con la caja del dinero de los austriacos, sino con el dinero quitado al conde Morando.43
El general Berthier, después mariscal y príncipe de Wagram, supo sacar pingues beneficios de la campaña de Italia. He aquí el estado de estos beneficios, formulado por Landrieux:


Repartido con Massena, la contribución de Liorna que subió a francos 300.000…

150.000 frs.

Repartido con Massena, impuesto de guerra ordenado por este último a los boloneses y ferrareses, 293.000 liras…

146.000 frs.

Repartido con Massena, impuesto de guerra cobrado a los piamonteses y milaneses, 34.000 zequíes a 12 frs. uno, la mitad…

204.000 frs.

Pagado en Milán por gratificación ordenada por Bonaparte al administrador de Lombardia…

1.500.000 frs.

Total, sin comprender las joyas, caballos, coches, etc.…

2.000.000 frs.

Menos la parte que a Massena correspondía del furgón arrebatado en Borgoforte por el enemigo, cuyo furgón contenía los zequíes citados…

204.000 frs.

Resta44

1.796.000 frs.

En Buffarick existe un reloj regalado por el mariscal Pellissier después de la toma de Sebastopol, el cual lo había robado de una iglesia.45


La gran cruz que remata la iglesia San Martín, de Brest, procede de una iglesia de Sebastopol, de donde fue robada.
Pablo Branda cuenta que un oficial, ayudante de campo del general X., le dijo: «Después del saqueo del Palacio de Verano (guerra de China), nos apresuramos a pegarle fuego; todos lo veíamos como un acusador. Había una biblioteca tan preciosa como la de Alejandría y quedó reducida a cenizas».46
«No pueden imaginarse hasta qué extremo llegó el pillaje. En el Palacio… un oficial que recogía perlas engarzadas en un árbol de oro, atacado por otro saqueador celoso, ni siquiera se volvió a mirarle».47
Un personaje importante de la expedición de China decía en Shanghai, en una gran comida semioficial: «He comprado a un soldado por veinte piastras dos grandes jarrones y doce copas de metal, cuya belleza del trabajo me sedujo. Juzguen de mi asombro cuando un joyero chino me dijo que este metal era oro. ¿Y el soldado? -le preguntó uno del auditorio-. Lo he buscado en vano -respondió balbuceando el personaje».48
Uno de nuestros pasajeros me decía con tono muy natural: «Por no tener dos piastras, tuve que dejar escapar la fortuna. Un soldado me ofrecía a este precio una perla en forma de aceituna, de una pureza de aguas admirable y cuyo diámetro tenía más de dos pulgadas. Se la quedó por dicho precio el señor B…»49
El coronel Dupin (Branda no lo nombra) trajo de China un bagaje de 80 metros cúbicos. Bien le marcharon los negocios en Pekín. Había objetos muy raros y abrió un comercio de objetos chinescos en una ciudad francesa. A causa de este escándalo, se le dio el retiro. De él se cuenta que arrebató a los soldados lo que éstos robaron.50
Respecto a los robos, asesinatos, etc., cometidos por el ejército alemán en 1870 en territorio francés, será mejor dejar la palabra a los extractos de la memoria del teniente bávaro Emmar.
Durante la campaña, este oficial fue tomando notas y su carnet fue hallado junto a su cadáver. El literato Enrique Gauthier Villars publicó largos pasajes en la Revue Bleue del año 1892. Desgraciadamente, para el hombre de ciencia, dicho escritor suprimió las reflexiones de aquel militar51 sobre las mujeres, a fin de no herir el pudor de las lectoras. A pesar de esta supresión, la publicación es muy sugestiva, como podrá verse por los extractos que siguen:
«7 de Agosto. – Esta mañana los soldados roban: gallinas, ánades, un puerco, un tonel de vino; la cocina se hace con la leña que se arrebata a los campesinos. Gran juerga.
»8 de Agosto. – En Zinsweiler, nuevos robos. A las ocho salimos, supongo que sin que lo sientan mucho sus habitantes.
»17 de Agosto. – Entramos en Dombasle y todo el mundo se emborrachó. El teniente Franck está manchado de vino, por dentro y por fuera, y trabajo me costó conducirle a su habitación, en la que dejó recuerdos de su borrachera.
»23 de Agosto. – Meligny le Petit, pueblo pobre, pulgas devoradoras, mala gente, que reciben a nuestros furriel a bastonazos. Para enseñarles a vivir nos apoderamos de todas las provisiones que habían escondido, sin dejarles absolutamente nada. Damos una paliza a un campesino, pretextando que había disparado su fusil contra el capitán, lo cual no es cierto…
»4 de Octubre. – El teniente Feuerlein ha robado dos caballos y quiere hacernos creer que se los han regalado: se propone venderlos por seiscientos francos y se hace el desinteresado incapaz de robar nada; pero según afirma el teniente Wærlé, el asistente dejó bien guardada en Claire cierta vajilla de plata…
»12 de Octubre. – He dormido bien en casa del cura, a pesar del ruido infernal que armaban los soldados. He pasado la mañana huroneando en las casas, y he encontrado buenas cosas, entre las cuales una pipa muy linda y un fusil chassepot que he empaquetado. Mi asistente me trajo ayer dos mantas de lana. Me he llevado ocho botellas de buen coñac, vino, chocolate, azúcar y café. Con todo esto ya se puede ir tirando. Han hecho volar dos casas, en una de las cuales se encontraban dos muchachas».
«Nosotros -dice- nos hemos portado como unos bandidos, pero los franceses es posible que lo hubieran hecho todavía peor».
Un oficial de la expedición al Tonkin, escribió:
«Me he apoderado de todas las pipas, servicios de thé y todo lo que me ha convenido. También me he llevado un fusil y una lanza que valió una bala al propietario de ella».52
En las gacetas de 13 y 20 de Enero de 1892 iba inserta una nota oficial previniendo que el Ministerio de Marina procedería al reparto de botín que correspondía a los militares que desde el 25 de Abril de 1882 al 17 de Octubre de 1884 tomaron parte en los combates del Tonkin. La cantidad que correspondía a cada soldado oscilaba entre 0.14 francos y 168.48 francos. Los tenientes tenían derecho cada uno a tres lotes, cuatro los capitanes, cinco los oficiales superiores y seis el comandante de la columna.
Después del robo y de los saqueos relatados en los hechos anteriores, pasemos a citar algunos ejemplos de salvajismo:53
El 24 de Mayo de 1796, el batallón mandado por Lannes entró a paso de carga en Binasco… Las casas fueron invadidas. En una estaban tres obreros comiendo y fueron acribillados a bayonetazos… Es la caza de hombre en todo lo que tiene de más inhumano… Lannes ordenó pegar fuego a todas las calles.54
La mujer joven de un oficial enemigo tocó en el reparto a Massena. Este se encerró con ella inmediatamente en una casa de Dego, y esta parte de botín le hizo descuidar las precauciones necesarias.55
En Dego, los austriacos se echaron brutalmente sobre hombres profundamente dormidos que nada les hicieron.56
En una carta de la municipalidad de Oneille al gobierno de la República, se lee: «El respeto a las personas ha sido hollado por la violación de una niña de 14 años que hacía un mes guardaba cama por estar enferma de fiebre. Un oficial y cuatro individuos abusaron ignominiosamente de ella… Ha saqueado las casas y llevado consigo todo lo que era de fácil porte.57
»Las violencias, los raptos, los robos cometidos por los austriacos, fueron considerables, se lee en un manuscrito del cura Alberghini, testimonio de los sucesos de 1796-97. En lugar de perseguir a los franceses, saqueaban las casas. Dos inofensivas personas fueron asesinadas… Luego vinieron los franceses a terminar la obra de devastación de los austriacos.58
»La conquista de Kabylia -dijo en el Senado el señor Tirman, gobernador general de Argelia-, arruinó al país. Se pegó fuego a la mayor parte de pueblos y se talaron todos los árboles. Las gentes que sometimos eran gentes condenadas a ser desgraciadas durante mucho tiempo».59
Podría citar el incendio de Bazeilles y otras acciones salvajes y crueles cometidas por el ejército alemán. En las citas precedentes (carnet del teniente Emmar) figura una.
Recordaré la represión cruelmente sanguinaria de la Commune por el ejército de Versalles. Muchos la ignoran o la niegan, pero el tiempo hace su obra y pronto se hará la historia imparcial de esta agitada época. Puede ya leerse una exacta concepción en el Journal d’un vaincu, publicado por Pedro de Lano, en la Histoire d’un Trente sous, de Sutter Laumann; en Sous le Drapeau rouge, de L. Barron, etc. Me limitaré a citar una frase de Saint Genest, un escritor conservador muy admirador del ejército: «Gallifet ha hecho esto como cuando los fusilamientos de la Commune, en que cambiaba caprichosamente los números»60.
En la guerra de Méjico el coronel Dupin, jefe de una contraguerrilla, adquirió una gran celebridad. Sirva de testimonio la siguiente anécdota: «A la cabeza de su bando se presenta un día en una hacienda, donde fue recibido admirablemente. El dueño le sirvió un banquete espléndido. El coronel se mostró encantado, amable, muy fino: – Verdaderamente, mi querido, dijo al dueño al llegar a los postres, nos ha servido una excelente comida como un perfecto caballero. – Estoy muy contento de serle útil, coronel. Espero el honor de sentarle nuevamente en mi mesa. – No lo creo. – ¿Por qué, coronel? – ¡Oh! señor, porque van a ahorcarlos inmediatamente. – ¿Bromea usted, señor coronel? – No, no me chanceo… mire por la ventana, ahí está la horca… Tome, le dijo alargándole una carta, esto le pertenece… Es un perfecto caballero, pero esto no impedirá que lo ahorquemos». Mientras el desgraciado era conducido al suplicio, decía el coronel, limpiándose los dientes: «Si lo hago ahorcar antes hubiéramos comido muy mal».61
Durante la conquista de la Cochinchina Baja, en 1861, el comandante Z ametralló todo lo que encontraba, por temor de dejar escapar a algún pirata. El comandante X… adornaba su tienda con las cabezas de los annamitas.62
Después de la toma de Bien-Hoa el capitan Y hizo un centenar de prisioneros y anunció públicamente su captura. Durante la noche se escaparon algunos de sus cautivos y para mantener la cifra anunciaba los sustituyó con trabajadores recogidos en país sometido.63
Uno de nuestros alcaldes condujo a presencia del comandante X algunos piratas. Ocupado éste en aquel momento por asuntos urgentes, respondió lacónicamente: «que los ahorquen». Los prisioneros tendieron el cuello al nudo falta con la acostumbrada impasibilidad asiática. Uno hubo, sin embargo, que luchó con energía, pero fue ahorcado como los demás. Cuando el comandante estuvo libre de sus ocupaciones quiso felicitar al alcalde por su captura. Se le buscó en vano, pues el alcalde era el indígena recalcitrante.64
En 1862 los franceses incendian los pueblos que no se someten, o, mejor dicho, pegan fuego a todo lo que encuentran para no equivocarse. El saqueo, el asesinato, el incendio, cubren la comarca de lágrimas y de sangre.65
El comandante X, decía: «¡Ahorquen, ahorquen siempre! Inocentes o culpables, lo esencial es inspirar terror»66.
El oficial de marina K, comandante de un cañonero y jefe de distrito, decía a su colega Reveillere: «Cuando temo un movimiento en un pueblo encarcelo a unos cuantos notables y si el pueblo chista, los ahorco. Ayer, uno de ellos, me rompió dos cuerdas. Le hice estrenar una completamente nueva. Daba vueltas y vueltas… era muy divertido… y al fin, la cuerda nueva se rompió. Mañana marcho a una expedición, no se olviden de ahorcar un hombre en cada pueblo…»67
Cuando la expedición Francis Garnier, después de la toma de Hanoi, los franceses almacenaron víveres y municiones en la ciudadela. A este propósito, un inspector de la marina escribió: «Nada tan curioso como ver maniobrar estos pobres diablos (hombres y mujeres annamitas). El oficial encargado de vigilarlos no sabía una palabra de annamita, pero éste sujeto suplía el gesto a la palabra. Armado siempre de un enorme garrote, que jamás usaba inútilmente, hay que hacerle este honor, hacía marchar a su pequeña tropa con una precisión completamente prusiana»68.
En el Tonkin, el general Negrier dio orden de cortar las 640 cabezas de los cadáveres chinos de Kep, y hacer con ellas una pirámide. Jamás se pudo saber el por qué de semejante orden.69
En el Sudán, el coronel Archinard, hizo fusilar los prisioneros después de la toma de Nioro. Se daba una cantidad a cada indígena que aportaba una cabeza de soldado del ejército enemigo.70
En Mayo de 1891, en la Casamansa Baja, el teniente coronel Lefevre fue enviado a quemar el pueblo de Seliki, a fin de vengar una muerte cometido en 1886. El administrador francés de la región protestó, alegando que el asesinato había sido vengado diferentes veces, es decir, quemado el pueblo varias veces, y que, por lo tanto, no tenía que reprochar nada a sus habitantes. «Pues si nada tenemos que hacer aquí, no valía la pena de molestarnos», respondió el coronel Lefevre. Al día siguiente incendiaba el pueblo en el preciso momento que sus habitantes izaban la bandera tricolor para festejar la llegada de los soldados franceses. La volatería y el ganado fueron vendidos a beneficio de los soldados.71
En 1890, el capitán Mahmadou-Racine, agregado al estado mayor general, se apropió un centenar de esclavos… Cuando el comandante de un puesto se halla escaso de dinero ordena una razzia de ganado y de cereales sin preocuparse de las consecuencias.72
En Massuah fueron asesinados 800 indígenas, de orden del comandante militar, por el teniente Livraghi. El general Baldissera lo confesó ante el tribunal que absolvió a dicho teniente. El general Orero pretendió que esto era una aplicación de la ley militar en tiempo de guerra.73
En el Congo belga, el comandante de la expedición, llamado Vankerchoven, hizo fusilar en 1891 a los árabes prisioneros; 1800, según dijo un telegrama, una decena, según informes oficiales. El marfil recogido se vendió a beneficio del Estado del Congo. Los árabes, según el telegrama, eran pacíficos; según los informes oficiales del teniente belga Ponthier, hacían correrías y aprisionaban a los negros.74
En la batalla de Dogba (expedición del Dahomey), escribe Emilio Saingery, mariscal de artillería de marina, se remataba a los que daban señales de vida.75
«El coronel Dadds ha dado orden de fusilar despiadadamente a los heridos y prisioneros que caigan en nuestro poder. Esta orden es rigurosamente acatada. Entre los prisioneros de la batalla de Dogba se hallaban dos amazonas que, después de interrogadas, sufrieron la suerte común».76
«En Tohoué, fueron capturadas y fusiladas ocho amazonas».77
«Nuestra caballería capturó a tres alemanes y un belga, oficiales del ejército de Behanzin; después de un corto interrogatorio, el coronel Dodds los hizo fusilar».78
Del relato de un soldado, publicado por Chincholle, extractamos este párrafo:
«En Zonon hemos hecho prisionero a un dahomeyano que estaba acechándonos. El coronel lo ha interrogado, pero el pobre diablo no ha querido darnos ningún informe. Para que no nos embarazara lo hemos fusilado. Pasamos hambre y sed, pero no importa; nos distraemos matando dahomeyanos…»79
«Costosas victorias, muchos oficiales muertos… ¡Pero cuán curiosa e interesante es esta guerra! Esta misma mañana el coronel Dodds me ha felicitado e invitado a tomar la absenta con élMi sable es rojo de tanto matar. Besos a los niños», escribía el capitán Cremieux Foa, desde el campo de Poguessa, el 5 de Octubre.80
Estos hechos sintomáticos demuestran que el espíritu de rapiña y de salvajismo, tan desarrollado entre los soldados de antaño, subsiste vivo en los ejércitos actuales. Los asesinatos, los robos, las violaciones, los incendios de antaño, se reproducen presentemente, atestiguando la rutina del espíritu humano a despecho de los innegables progresos efectuados. Esta reproducción de fenómenos semejantes en tiempos distanciados, aunque también, prueba la influencia ejercida por el ambiente colectivo sobre la mentalidad humana.
La guerra adiestra a los individuos que toman parte en ella, se dice frecuentemente; y de esta destreza, fruto de la sangrienta obra, nacen forzosamente los actos sanguinarios cuyos ejemplos acabamos de citar. Según la definición del crimen dada por nosotros, la guerra es también un crimen; el filósofo tiene que reprobar este crimen, pero debe asimismo hacer constar que a veces se impone; que el hombre, para defenderse de los manejos criminales de otros hombres, viene obligado a obrar criminalmente. Esta utilidad de la guerra defensiva nos ha impedido ir a buscar los ejemplos en los hechos de batallas; por esto los hemos buscado en los fenómenos que siguen a los combates.
Los actos que hemos citado son inútiles, a menudo nocivos para el mismo individuo actor, y más nocivos aún para la colectividad de que forma parte. En nada pueden aumentar la gloria de su autor o de la nación de que es miembro; no obstante, estos actos siempre acompañaron a la guerra, formando parte integrante de ella, siendo la esencia de «la noble profesión de las armas».
¿Cuáles son las causas de estos crímenes? Muy raramente en su perpetración interviene el odio, este sentimiento tan humano, bárbaro, pero elevado. Ni los annamitas, ni los chinos, ni los italianos, ni los abisinios, ni los franceses, ni los sudaneses, ni los alemanes, ni los austriacos, etc., eran odiados por los que les combatían, por los que cometían con ellos los hechos señalados. El sentimiento «Odio», se encuentra únicamente en las guerras civiles, en los actos ejecutados por motivos políticos o sociales; en estos actos, tanto por parte del vencedor como del vencido, la criminalidad reviste una forma absolutamente salvaje, bestial.
Las causas de estos crímenes son humildes, pues tienen su origen en los tiempos milenarios, en que nuestros antepasados, reunidos en tribus que estaban constantemente en lucha, consideraban como loable y glorioso todo robo, rapto o asesinato perpetrado sobre el extranjero, es decir, sobre el enemigo. ¿Acaso aún hoy no es glorioso para el militar profesional poder ostentar condecoraciones, pruebas de gloriosas acciones de guerra, es decir, pruebas de que ha matado muchos enemigos, incendiado muchos pueblos, saqueado muchas viviendas, violado mujeres y hombres? Del propio modo los pieles rojas hallan glorioso ostentar muchas cabelleras de vencidos o colas de lobos, indicios de bravura en el combate. Es en esta sobrevivencia ancestral donde hay que ver la causa primordial de estos actos criminales.
Pero también intervienen otras causas secundarias. El medio sangriento, resultado de todo combate, atrofiando momentáneamente, a veces para siempre, la sensibilidad inherente a la mentalidad animal y desarrollada en el encéfalo humano por las sucesivas civilizaciones, es una causa secundaria. Esta borrachera de sangre, esta anestesia moral, incita al hombre a las acciones más infames sin que se aperciba de su infamia. El combatiente arriesga o acaba de arriesgar su vida; en él hay una así como paralización de la mentalidad; subsiste únicamente en el cerebro la idea de gozar, y como dispone de la fuerza, se sirve de ella para satisfacer sus deseos, para realizar sus placeres, sin tener la menor noción de que perjudica a los demás.
Estos crímenes cometidos después de la lucha son siempre perpetrados por una colectividad, jamás por una individualidad; hay, por así decirlo, emulación. Interviene el factor imitación, y por ella se ve empujado el individuo a obrar criminalmente. Otra causa secundaria de estos actos criminales es la invulnerabilidad especial de los militares profesionales. El estoicismo de los heridos franceses después de Waterlóo, es un hecho conocido. Si se leen las memorias de los siglos XVII y XVIII se hallarán pruebas bastante frecuentes en los relatos de batallas y de duelos, en las curas rápidas de heridos graves que habrían sido mortales para organismos diferentes. Citaré el caso del general Galliffet:
En Méjico, «horriblemente herido en el combate, se cuenta que fue dejado por muerto, pero que no obstante, cuando volvió en sí, pudo arrastrarse con el vientre abierto, hasta una ambulancia, en la cual entró llevando sus propias entrañas dentro del kepis. El emperador preguntó a su mujer: ¿Habrá estado usted horriblemente inquieta al saber la gravedad de semejante herida, de la que han hablado todos los periódicos? – ¡Oh!, no, Señor, respondió la señora de Galliffet con angelical sonrisa; mi marido es tan afortunado»…81
A los ojos del vulgo esta invulnerabilidad pasa por bravura y es objeto de elogio. De hecho, esta analgesia física, resto de nuestra antepasada animalidad, es indicio de una categoría cerebral inferior. En efecto, esta analgesia, observada asimismo en los grandes criminales legales, es decir, en los criminales teratológicos, influye sobre la sensibilidad moral de los militares profesionales; destruye poco a poco esta sensibilidad y permite la perpetración de estos actos que lesionan violentamente, brutalmente, la libertad individual.
Por último, interviene, además, la costumbre de considerar como naturales o morales, actos primeramente mirados como antinaturales o inmorales. Todas estas causas internas o externas: atavismo, analgesia física, anestesia moral, deseo de gozar, imitación, costumbre, explican la génesis de estos actos criminales cometidos por individuos predispuestos a sufrir vivamente la influencia de estas causas, puesto que tenían la vocación por una profesión que tolera tales crímenes.
De este análisis psicológico del militar profesional en el ejercicio de su oficio, es decir, en la guerra, se deduce lógicamente la irresponsabilidad de los autores de estos actos criminales. Debemos reprobar estos actos, pero razonablemente no podemos hacer responsables de ellos a sus autores. Si los cometen, es porque están impulsados, en grados diferentes, por la naturaleza de su mentalidad sometida a la influencia de la imitación y de la costumbre.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad