Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)



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Formación permanente

Con Cencini -en “La formación permanente”, 191 y 409- definimos la formación permanente como: “la disponibilidad constante a aprender, que se expresa en una serie de actividades ordinarias y luego también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y oración, de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar en la identidad creyente y en la fidelidad creativa, a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida”. Es “la disponibilidad a escrutar y descifrar lo que hay detrás de las peticiones y expectativas, ansias y conflictos, nerviosismos y euforias, ilusiones y desilusiones… más o menos in-expresos, pero siempre reveladores de nuestro personal mundo interior, de ese misterioso subsuelo intrapsíquico en el que nuestro yo hunde sus raíces”.


En primer lugar es la actitud y la opción por aprender constantemente. Recordamos que definimos al discípulo como “el que aprende”. Aquí, hablamos de un aprendizaje continuo. En segundo lugar exige vigilancia, discernimiento y cultivo de las distintas áreas de la formación inicial: espiritual, intelectual, pastoral, humano-afectiva y comunitaria (Cf. DA 194; PDV 72). Dada la realidad y observando la causa de muchas deserciones opinamos que es prioritario atender lo humano-afectivo y lo espiritual. En tercer lugar exige trabajar el valor de la fidelidad. En efecto, la identidad personal, creyente y vocacional es dinámica, crece o retrocede, se duerme o tranza con la mediocridad. La opción por aprender conlleva fidelidad a uno mismo, a Dios y a la propia Vocación.
“La formación permanente, precisamente porque es “permanente”, debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se les confíe; todo ello, teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y características propias de la edad, condiciones de vida y tareas encomendadas (PDV 76). Teniendo en cuenta el número de presbíteros que abandonaron el ministerio, cada Iglesia particular procure establecer con ellos relaciones de fraternidad y de mutua colaboración conforme a las normas prescritas por la Iglesia” (DA 200).
Como formación permanente abarca toda la vida del sacerdote o consagrado. Se subdivide en cuatro etapas: “formación permanente inicial”, “formación permanente media” (de los seis a los veinticinco años), “formación permanente madura” (de los veinticinco a los cuarenta años) y “formación permanente avanzada” (a partir de los cuarenta años de consagración). Esta división puede variar según la persona, la edad de ordenación o consagración y la cultura. Optamos por presentar la primera. La formación permanente inicial abarca el primer quinquenio de ministerio o consagración y se vive – comúnmente- entre los veinticinco y treinta y cinco años de edad. Es el tiempo en que se hace experiencia de la propia Vocación, antes soñada y preparada. Es un tiempo particular, tanto en términos pastorales y psicológicos, como de potencialidades espirituales e intelectuales en que se consolida la identidad vocacional.
La fragilidad como realidad

Con Aparecida intentaremos “ver” al presbítero, religioso, consagrado joven, al cuerpo presbiteral o a la Congregación y “juzgar” desde Jesucristo para “actuar” como Iglesia (Cf. DA 19). Nuestro mundo es complejo (Cf. DA 33- 97) y aunque se ha globalizado (Cf. DA 34) toda visión sobre él está fragmentada (Cf. DA 36). Vivimos un cambio de época (DA 44) en la que cambia la imagen que el hombre tiene de sí mismo, su forma de relacionarse, la moral y los valores; cambia la sociedad, la economía, la cultura, la política y las manifestaciones religiosas en una época de sincretismos, búsquedas espirituales fáciles y politeísmos. Los cambios son vertiginosos e influyen en la relación con Dios y en el sentido de la vida (Cf. DA 37). La post-modernidad trasmite desencanto a la nueva generación y relativiza todo, mientras desaparecen las grandes figuras carismáticas de antaño y surgen pequeños ídolos que duran hasta que surge alguien más atrayente. Los medios de comunicación no trasmiten contenidos trascendentes, inducen a un consumismo compulsivo y al culto de la propia imagen. Cada uno vive el presente y busca lo inmediato. Se rinde culto a la tecnología, mientras no interesa la injusticia. Se defiende la iniciativa privada, la privatización de la religión y de la propia misión. Como consecuencia, se atiende al yo, más que al bien común. Los cambios y las nuevas filosofías provocan crisis en la sociedad y en las personas (Cf. DA 40). Tanto la realidad de un mundo en cambio como la cultura de lo relativo, del individualismo, de la subjetividad, del narcisismo, de “conductas evitativas” del esfuerzo y del sacrificio, repercuten sobre las nuevas generaciones (Cf. DA 44).


Cambia la Iglesia en la que algunos laicos se independizan de sus pastores locales y prefieren decir que dependen directamente de Roma, mientras otros se apartan de Roma y pierden conciencia de catolicidad (Cf. DA 44); no faltan quienes desean volver a la eclesiología y espiritualidad anterior al Concilio Vaticano II y cuesta asumir el actual debilitamiento de la vida cristiana y del sentido de pertenencia a la Iglesia Católica (Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de Aparecida). Cambia la forma de ser de los presbiterios y de las familias religiosas. Muchos presbiterios están integrados, mayoritariamente, por religiosos o por presbíteros en formación permanente madura o avanzada, tienen pocos jóvenes y la brecha generacional es muy grande. Unos encomiendan todo a los jóvenes y los recargan, otros no les dan suficiente espacio. En algunos, se ha debilitado la conciencia de cuerpo, de presbiterio, en otros se ha perdido la mística motivadora de los planes de pastoral y del discernimiento en equipo. Se corre el riesgo de tener presbiterios y líderes cansados y envejecidos. Como consecuencia de la realidad descripta, los vínculos personales son hoy más débiles y mayor la inestabilidad de cada uno. Cada sacerdote o consagrado es hijo de su tiempo. Se hace necesaria la permanente revisión de la identidad vocacional mientras -positivamente- se buscan espacios de oración, se provocan encuentros generacionales, se intenta reflotar la mística del clero nacional, se hace el mes ignaciano, se visitan los monasterios con frecuencia y crece la cercanía con los obispos.
Los presbíteros, religiosos y consagrados jóvenes se caracterizan, en general, por la fragilidad. Hay excepciones, pero la fragilidad está presente en la mayoría de ellos y de ellas. Es la consecuencia de la realidad y el punto a “trabajar” durante la formación permanente inicial.
Fragilidad intelectual. Por un lado, el hombre moderno lee menos, mientras consume cada vez más imágenes; persiste una tendencia al mínimo esfuerzo y a no profundizar los temas fundamentales. Por otro, la formación intelectual curricular es demasiado costosa y los pequeños talleres-cursos no cuestionan ni permiten crecer, mientras el pueblo de Dios reclama mayor profundidad y que el estudio pase por el corazón. Aparecida recomienda el encuentro personal con Cristo, Palabra hecha Carne. El encuentro con Él ha de “potenciar el dinamismo de la razón”, ha de forjar amantes de la Verdad - en especial de la Verdad teológica- capaces de leer e iluminar la realidad pastoral. Esto significa una continua y seria reflexión y el cultivo permanente de la inteligencia a la luz de la fe y la Verdad.
Fragilidad pastoral. La primera tendencia del sacerdote, religioso o religiosa-consagrada es a “hacer cosas”, grandes eventos, priorizando el hacer sobre el ser. La segunda tendencia es a trabajar solos o únicamente con la generación de pares, olvidando experiencias y no reconociendo la sabiduría pastoral que se adquiere con la síntesis de la vida. El cuadro se agrava con la realidad de personas recargadas, cansadas, con algunas instituciones eclesiales débiles, mientras se persigue el mito del consenso y la auto-gestión dando por supuesto que las parroquias y/o las congregaciones son contenedoras. Es un error. Las parroquias, familias religiosas en general, presbiterios y Diócesis no son suficientemente contenedoras a nivel pastoral. La tercera tendencia consiste en caer en lo que denominamos “complejo mesiánico”: la convicción de que todo comienza con la persona y de que las opciones pastorales de los demás presbíteros o consagrados son arcaicas y obsoletas por lo que hay que “borrar y comenzar”. La fragilidad pastoral se manifiesta en cansancio al poco tiempo de ministerio o de la consagración o en pérdida de lo esencial. En el caso de los sacerdotes: poco tiempo para la visita de enfermos, el sacramento de la reconciliación o el instrumento pastoral del acompañamiento espiritual-pastoral. El escaso contacto con el sufrimiento, la muerte, el pecado o la debilidad de los otros oculta la propia fragilidad. Este es el principal problema. Es el alerta-rojo de una crisis que se avecina. El “héroe” está a punto de desplomarse y no es conciente de ello, de ahí la necesidad de apostar a los equipos sacerdotales, a la fraternidad en la congregación.
Fragilidad espiritual. La primera tendencia es a perder figuras referentes y a convencernos de que “puedo solo”. El seminario o las casas de formación habían proporcionado una rutina espiritual diaria, valorado los sacramentos de la Eucaristía, la reconciliación, el acompañamiento espiritual-vocacional, las adoraciones eucarísticas, las celebraciones con el obispo y el presbiterio, la revisión de vida y la corrección fraterna en pequeñas comunidades. Había propuesto una estructura contenedora que permitía madurar espiritualmente. Cada uno debió apropiarse de la propuesta. No todos lo hicieron. Ahora se vive a la intemperie. No todos continúan con un referente espiritual, la práctica sacramental, los desiertos, etc. La actividad no siempre es recogida y discernida en oración. Se pierde profundidad y sentido. El diálogo presbítero-obispo-presbiterio no siempre es profundo. Tampoco lo es el diálogo religiosa-superiora-responsable-congregación. Se pierde en filiación y fraternidad.
Fragilidad humano-afectiva y comunitaria. Tiene su raíz en la realidad cultural y familiar. Se manifiesta en la dificultad de mantener opciones permanentes o en hacerlas rápidamente, sin interiorizar sus consecuencias, en la forma de vivir los problemas, de evitar los conflictos, en la hiper-sensibilidad, en cuadros de depresión, en problemas ante las figuras de autoridad o en la forma de vivir el celibato, en mecanismos de defensa rígidos o en posturas extremadamente subjetivas. Se expresa en la necesidad de seguridad, éxito, eventos numerosos o compensaciones afectivas, en relaciones de amistad absorbentes, en dificultad para establecer amistades nuevas o en largos tiempos dedicados a navegar en el cyber-espacio, mientras las relaciones virtuales sustituyen a las personales. La fragilidad depende -muchas veces- de “lo que siento” o “me gusta”. El subjetivismo pasa a ser para estos la única norma. Se desea “todo y en seguida”, mientras se invierte mucho tiempo y dinero en la propia imagen que nunca convence. La fragilidad depende de la presencia o ausencia de emociones fuertes, mientras lo importante es estar bien con uno mismo. Obedece a necesidades afectivas no resueltas. Privilegia el “hacer” -que da satisfacciones inmediatas- y lo pone por encima del ser. Muchas veces, estos puntos no han sido trabajados suficientemente durante la formación inicial. Aunque en ella se ha introducido el apoyo de técnicos -pericia psiquiátrica de ingreso, taller de identidad, psico-diagnóstico y eventual terapia- el aporte no siempre ha sido suficiente. Con Rulla afirmamos que, quienes se mueven por necesidades afectivas, tienen pocas posibilidades de perseverar en su vocación.
Fragilidad vocacional. El egreso de una casa de formación no significa que la respuesta vocacional sea definitiva. Ha culminado la formativa inicial, pero la persona necesita aún continuar su formación permanente.
Posibles respuestas a la fragilidad

Frente a esta realidad nos preguntamos: ¿qué hacer? Ante la fragilidad hemos de anteponer la conciencia de los propios límites, la apertura a la gracia, el trabajo en equipo y el valor de la fidelidad. Proponemos afirmar la opción por aprender a vivir la propia vocación durante toda la vida y atender a las antiguas áreas formativas buscando, ante todo, la fidelidad a la Voluntad de Dios. No conocemos deserciones por problemas teológicos o pastorales. Las fragilidades humano-afectivas y espirituales son las que más influyen en la fidelidad e identidad vocacional. De ahí la importancia de una nueva maduración humano-afectiva y de una nueva opción por lo espiritual.


Nuestras Iglesias necesitan teólogos. Frente a la fragilidad intelectual proponemos la elaboración de una verdadera propuesta de renovación para los hombres y las mujeres consagradas. La experiencia personal me habla, además, de la importancia del post-grado y, en especial, de cursos académicos internacionales que por sus exigencias, permiten crecer verdaderamente. Ante la fragilidad pastoral sugerimos el trabajo en equipo, el sentido de pertenencia al presbiterio, a la Diócesis, a la comunidad, a la congregación y la conciencia de corresponsabilidad pastoral. Son importantes los Planes de Pastoral que promueven participación e impulsan a la comunión.

Aparecida propone -a nivel espiritual- la experiencia de Dios como encuentro que lleva a la conversión. Los maestros espirituales hablan de una primera, segunda y tercera conversión. Tal afirmación nos dice que, durante la formación permanente inicial y las siguientes, la conversión sigue siendo un desafío. Ante todo somos discípulos y sobre esta realidad se apoya la identidad vocacional. Son necesarias nuevas experiencias de encuentro con Cristo. “Por ello, los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (Cf. 1 Cor 1, 30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada” (DA 41- 42). El desafío incluye vigilancia de la castidad, la obediencia y la pobreza o austeridad de vida. Estos tres principios evangélicos permanecen unidos de tal forma que, cuando falla uno, se deterioran los demás.


Frente a la fragilidad humano-afectiva proponemos el seguir integrando distintos aspectos de la historia personal. Algunos temas son cíclicos. Todos tenemos heridas profundas que exigen, no tanto mirar a uno mismo sino al Único sanador-liberador: Cristo (Cf. Sal 147 (146), 3; Hech 4, 11- 12). Por todo esto es recomendable hacer, junto al chequeo médico y dental periódico, una supervisión psicológica cada tres o cinco años para favorecer la salud mental. Se trata de desarrollar personalidades que sigan madurando en contacto con la realidad y abiertas a Cristo. Ante todo somos personas y sobre esta realidad se apoya la identidad vocacional.
En definitiva, la formación abarca diversas dimensiones que deberán ser integradas armónicamente a lo largo de toda la vida.

    1. “La Dimensión Humana y Comunitaria. Tiende a acompañar procesos de formación que lleven a asumir la propia historia y a sanarla, en orden a volverse capaces de vivir como cristianos en un mundo plural, con equilibrio, fortaleza, serenidad y libertad interior. Se trata de desarrollar personalidades que maduren en el contacto con la realidad y abiertas al Misterio.

    2. La Dimensión Espiritual. Es la dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios, manifestado en Jesús y que lo conduce por el Espíritu a través de los senderos de una maduración profunda. Por medio de los diversos carismas, se arraiga la persona en el camino de vida y de servicio propuesto por Cristo, con un estilo personal…

    3. La Dimensión Intelectual. El encuentro con Cristo, Palabra hecha Carne, potencia el dinamismo de la razón que busca el significado de la realidad y se abre al Misterio. Se expresa en una reflexión seria, puesta constantemente al día a través del estudio que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad. También capacita para el discernimiento, el juicio crítico y el diálogo sobre la realidad y la cultura. Asegura de una manera especial el conocimiento bíblico teológico y de las ciencias humanas para adquirir la necesaria competencia en vista de los servicios eclesiales que se requieran y para la adecuada presencia en la vida secular.

    4. La Dimensión Pastoral y Misionera. Un auténtico camino cristiano llena de alegría y esperanza el corazón y mueve al creyente a anunciar a Cristo de manera constante en su vida y en su ambiente. Proyecta hacia la misión de formar discípulos misioneros al servicio del mundo. Habilita para proponer proyectos y estilos de vida cristiana atrayentes, con intervenciones orgánicas y de colaboración fraterna con todos los miembros de la comunidad. Contribuye a integrar evangelización y pedagogía, comunicando vida y ofreciendo itinerarios pastorales acordes con la madurez cristiana, la edad y otras condiciones propias de las personas o de los grupos. Incentiva la responsabilidad de los laicos en el mundo para construir el Reino de Dios. Despierta una inquietud constante por los alejados y por los que ignoran al Señor en sus vidas” (DA 280).


Cuatro retos complementarios

Muchas veces, cuando un paciente entra a ver a un psiquiatra, la pregunta es: ¿cómo se llama y qué hace?, ¿qué día es hoy?, ¿en qué ciudad estamos? Es que la salud mental se mide- entre otras cosas- por la conciencia de uno mismo, por estar ubicado en el tiempo y en el espacio.

Ante la fragilidad, se ha de procurar la conciencia saludable de uno mismo. Consiste en estar contentos con lo que somos y hacemos. Radica en ser nosotros mismos en toda circunstancia. Para ello y dinámicamente, hemos de integrar toda la personalidad humano-cristiana desde la propia Vocación y vivirla con pasión. Ha de integrar -y seguir integrando periódicamente- las propias heridas, necesidades afectivas, sombras, transferencias y contra-transferencias, recuerdos, fantasías, talentos y potencialidades. Para ello sugerimos -una vez más- la supervisión psicológica periódica y la vida fraterna. Se trata de cuidar la salud psíquica, física, moral, social, eclesial y espiritual. En un mundo en cambio, la pregunta existencial sigue siendo: ¿quién soy? La única respuesta tiene tres dimensiones que se alimentan dinámicamente: soy fiel a mí mismo, soy fiel a mi Vocación y soy fiel a Dios. Esta respuesta ha de asumir la propia fragilidad, ha de abrirse a la gracia, ha de reconocerse en tensión entre lo que se es y lo que se debería ser, entre la realidad y lo posible.
La conciencia saludable del tiempo consiste en el correcto uso del mismo, en vivir el presente en paz. Supone la armonía del tiempo material, del psicológico y del espiritual. Es la aceptación serena del tiempo de Dios. Una fragilidad común en nuestro tiempo consiste en no saber organizar el tiempo. Hemos de asumir nuestra historicidad y aprender a usar, correctamente, el tiempo a corto y a largo plazo. Las agendas nos ayudan en tal sentido. El uso del tiempo a largo plazo consiste en ver como se usa el día, las semanas y meses en la perspectiva del proyecto de vida y de la propia Vocación. Esto no siempre sucede. Hay quienes viven sin agendas y sin planificar. Tal realidad hace fracasar la auto-imagen y se termina en aburrimiento, insatisfacción y vacío, porque todo vale igual. Entonces surge la pregunta ¿qué estoy haciendo aquí y ahora? El apoyar la vida solamente en tiempos útiles se transforma en peso. Muchas veces esas sensaciones van unidas a un sentimiento de víctima ante el Obispo o el compañero mayor. Muchas veces aparece la fatiga física -pues no duerme suficientemente- o mental por falta de motivación y espiritual pues no hay “nada nuevo bajo el sol”.
El uso del tiempo a corto plazo consiste en tener lo mínimo necesario organizado. Sin embargo hay quienes viven en el desorden y la dispersión total y llaman a eso espontaneidad; así tapan la improvisación absoluta: no se sabe cuándo se está trabajando o descansando, la gente puede golpear a las 0, 45 o a las 11, 30. El tiempo poco definido hace que la persona esté ocupado todo el día y toda la noche. Para una persona responsable, un estilo de vida así puede llevar a una sensación de frustración. Para quien tiene una responsabilidad relativa, el resultado final puede ser un “no hago lo suficiente”. La dispersión lo puede convertir en un barco sin brújula. Cuando la distinción entre día y noche, trabajo y descanso, deber y caprichos personales se confunden, aparece la sensación de una vida insalubre y en consecuencia, sin sentido. De hecho no se hace nada verdaderamente útil. Puede aparecer la pregunta: ¿para qué seguir? El otro extremo es el absoluto control del tiempo, tanto de los plazos largos como cortos. Comúnmente los extremos repercuten en el celibato y ahondan las necesidades y carencias afectivas. También repercuten en la oración que tiende a la dispersión o a los escrúpulos. Los extremos influyen negativamente en lo pastoral.
Es necesario armonizar el tiempo, organizarlo a corto y largo plazo. Exige libertad interior, es decir, la capacidad de asumir lo imprevisible con cierta paz. Incluye aceptar que los tiempos de Dios no son los nuestros y confiar en su Providencia. Nos lleva a asumir que hacemos camino en grupo y que los tiempos del otro y de los otros, nos enriquecen. Tal uso equilibrado del tiempo impide la ansiedad, la hiperactividad o el cansancio abúlico, evita la búsqueda de satisfacciones inmediatas, los mecanismos de defensa y escapes: viajes frecuentes, opciones supra-parroquiales o estudios civiles. De ahí el valor de lograr un uso saludable del tiempo.
Frente a la fragilidad, otra meta es la conciencia saludable del espacio pastoral. Cada responsabilidad exige libertad interior. Se concreta en el espacio pastoral. Es fundamental que cada uno sepa, con claridad, cuáles son sus espacios pastorales y responsabilidades, para que el servicio sea eficaz. No es fácil el trabajo en equipo. Hay que aprender a hacerlo. Detrás de esta afirmación está la conciencia de que los objetivos son los mismos y de que los espacios pastorales no son competitivos, sino complementarios. Se ha de evitar que sean absorbidos por una única persona y que alguno de los miembros del equipo pastoral pierda espacios de responsabilidad. Cuando esto sucede, comienzan los conflictos.
Se ha de tener en cuenta que, comúnmente, quien trabaja puede despejarse en su casa y quién tiene grandes problemas familiares puede tomar un respiro en el trabajo. Generalmente, la vida ofrece espacios diferentes y complementarios. Diferentes lugares y espacios crean un equilibrio saludable. El problema se da cuando la parroquia y la casa del sacerdote o religioso son tierra de todos. Cuando hay un solo lugar éste puede volverse sofocante y el dejar el ministerio puede ser una aparente salida. Siempre es recomendable cambiar de espacios de tanto en tanto: trabajo pastoral y lugar del día libre, comunidad permanente y lugares de vacaciones. Siempre se recomienda la existencia de un espacio existencial y cambios de parroquia cada siete o diez años. ¡Al menos hemos de cambiar de parroquia o colegio dos veces antes de las bodas de plata! La inamovilidad es un problema. El problema opuesto se da cuando alguien necesita cambiar de espacio con demasiada frecuencia y en lugar de asumirse limitado y con necesidad de auto-crítica, culpa a los espacios y a las personas por sus dificultades.
La conciencia saludable del espacio propone: 1) que cada uno conozca con claridad sus espacios de trabajo y responsabilidades, 2) que nadie absorba la totalidad de las responsabilidades ni las delegue totalmente, 3) que sean diferentes los espacios de trabajo pastoral y de recreación, 4) que exista la capacidad de cambiar cada tanto de parroquia, colegio, etc, 5) que cada uno pueda, a su vez, diferenciar los espacios mínimos para rezar, atender pastoralmente, realizar reuniones o hacer vacaciones.
También exige, de parte de cada uno, tener lo que llamaremos: justos espacios inter-personales. El neo-sacerdote o consagrado se relaciona con quienes sirve: desconocidos, parroquianos-conocidos o amigos-familiares, Obispo-compañeros. La madurez humano-afectiva incluye saber cómo relacionarnos con los demás y distinguir círculos afectivos diferentes. No todo se ha de conversar con todos. Esta conciencia saludable pide, a la vez, espacios de fraternidad. Son fundamentales. Convienen que los primeros años transcurran junto a figuras sacerdotales o religiosas “probadas”. Aunque la pedagogía y la sabiduría de la Iglesia coloca a los nuevos presbíteros o religiosos con personas adultas desde el punto de vista vocacional, la novedad esta en buscar que sean espacios de intercambio, no sólo pastorales e intelectuales sino de fraternidad, de crecimiento humano-afectivo y espiritual. La falta de relaciones inter-personales vitales y estimulantes engendra individualismo y desánimo, hace emerger síntomas como la sensación de soledad, la incapacidad para comunicarse a nivel profundo o miedo a las propias vivencias y conduce a relaciones funcionales, formales y diplomáticas. Se desvirtúa así la propuesta de la formación inicial con sus pequeñas comunidades y correcciones fraternas.
La conciencia saludable de la propia Vocación consiste en vivir de y para la Vocación recibida. Mientras que la conciencia saludable de uno mismo desafía la madurez humano-afectiva, ésta desafía la vida espiritual. Esta conciencia nace y crece en un espacio personal en el que se discierne la vida: la oración. Ella madura la identidad sacerdotal o consagrada y crece en la medida en que se escucha -en el silencio interior y entre el ruido exterior- al Espíritu. Todo ha de afirmar la propia Vocación. Desde la seguridad del “soy sacerdote” o “soy consagrado” se enfrentarán las situaciones cambiantes de la vida, de la propia misión y, en especial, de la propia fragilidad con entereza. (Cf. Directorio para el Ministerio y la vida de los Presbíteros, Vaticano 1994, 39- 54). Además de la oración proponemos re-vitalizar el encuentro con la Eucaristía y la contemplación del Misterio de la Cruz sin la que no es posible llegar a la Pascua. La contemplación asidua de la Cruz y del Crucificado integra polaridades, evita dobleces, ordenan e integran los afectos, enfrenta la dicotomía de la actividad pastoral y los espacios personales, afectivos y espirituales.
No debería faltar la revisión periódica de la relación con el Obispo o el superior de la comunidad o Congregación, con el presbiterio en el caso del presbítero y de la fraternidad comunitaria en el caso de los religiosos, tampoco el cuidado del sentido de la obediencia -entendiendo por obediencia la aceptación serena de lo que Dios dispone por mediación de la Iglesia y del “no pensar solos”- de la castidad o de la pobreza. Una relación sana con el Obispo -figura de autoridad- manifiesta la madurez espiritual. La relación con el cuerpo de presbíteros, diáconos permanentes o demás religiosos ha de ser fraterna, de hermanos. Aún cuando en toda familia los hermanos discuten, se alejan y reconcilian, no puede faltar el respeto y el hablar de frente. Una sana relación con los pares enfrentará también las propias debilidades y las abrirá al crecimiento. Cada uno es responsable de sus pares. Junto al cuidado de la calidad de obediencia y realidad de la pobreza, cada uno ha de hacer de la castidad una opción permanente. Renovarla cada tanto es fundamental para dinamizar la propia Vocación.
La relación con los laicos ha de ser de servicio. Una actitud paterna se opone al autoritarismo que revela inferioridad inconciente y una falsa eclesiología. Los curas jóvenes no están del todo convencidos de que muchas de las cosas que hacen realmente sean necesarias, ni de que todo lo que dicen sea verdad. Los desestabiliza muchísimo ser contradichos o que los demás no acepten lo que dicen. A veces, terminan en una rigidez absoluta de pensamiento. Hay quienes responden con el Código de Derecho Canónico o con el Catecismo de la Iglesia Católica sin observar que, antes de iluminar la situación, es necesario acercarse al caído como buen samaritano. Éstos, producen reacciones fundamentalistas. Por eso, el trato con los fieles y con los ministros laicos ha de ser un tema de constante revisión para alcanzar la salud vocacional.
Me pregunto: ¿qué elementos me permitieron seguir creciendo luego de la ordenación? Uno fue el acompañamiento espiritual, otro fue la oración y el buscar cada tanto (cada lustro en mi caso) una instancia espiritual fuerte y vivencial: primera semana de San Ignacio, Ejercicios de mes, desierto, etc. También me ayudó el intercambio con el párroco experimentado y enfermo que, en el ocaso de su vida, me testimonió que “los árboles mueren de pie”.
En definitiva, la propuesta es cuidar el tesoro de la propia Vocación desde las mismas áreas de la formación inicial. La sugerencia es acentuar una espiritualidad de comunión. La comunión es como una gran profecía en un mundo fragmentado e individualista. Es una posibilidad evangélica. Apunta al centro del problema y de ciertos problemas. Parte de la igual dignidad humana y del bien común. Supone comunión afectiva y hasta de bienes, tiempos, ideales y motivaciones. Exige aunar voluntades en un esfuerzo común que, por otra parte, nadie hará solo. Supone caridad y gratuidad. Impulsa a una Iglesia-Comunión, comunidad de comunidades y comunidad ministerial. Incluye el servicio a los más pobres y sufridos, para decir en Cristo: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy: en Nombre de Jesús de Nazaret, camina” (Hech 3, 6). La comunión es caridad que mira los intereses de Dios (línea vertical o ascendente) y a los problemas de los hombres actuales (línea horizontal). El equilibrio de estas dos líneas se encuentra en la misión.
La invitación es volver a las preguntas fundamentales y existenciales: ¿quién soy? (identidad), ¿de quien soy? (intimidad-pertenencia), ¿qué estoy creando? (generatividad-creatividad), ¿qué sentido y significado tiene mi vida? (sabiduría) y ¿para quién soy? (consagración-misión). Se trata de volver a tres preguntas importantes: ¿quién soy (identidad personal), ¿en qué apoyo mi fe y discipulado? (identidad cristiana) y ¿cómo sirvo al pueblo de Dios? (identidad vocacional). Se trata de afirmar la identidad, desde la conciencia de ser vasija de barro que, sin embargo, guarda un tesoro. Por eso, hay que buscar la sabiduría. La propuesta es no querer arreglar el mundo, sino la propia vida. Es ver la realidad y a los demás con los ojos de Dios, con una mirada contemplativa. Es consolidar la propia identidad y continuar la aventura de “Ser”.

A nivel eclesial el desafío es una pastoral presbiteral y para religiosos que esté atenta y responda a las necesidades en la línea del crecimiento permanente. Sólo así la configuración con Jesucristo de unos y con el carisma particular de otros será real. La salud integral de cada presbítero es la riqueza de su Iglesia local, la salud integral de un religioso es la riqueza de su Congregación. El primer quinquenio define qué tipo de vida tendrá cada uno. Son propuestas concretas: enfrentar la fragilidad, la necesidad de un acompañamiento integral, compartir vivencias, descanso, ejercicio sano del liderazgo, auto-disciplina, manejo de los conflictos, relación con la familia, espíritu de fraternidad y, en definitiva, conciencia saludable de uno mismo, del tiempo, del espacio y de la propia Vocación. La formación permanente inicial, en síntesis, es: apertura radical a la gracia, esfuerzo personal y opción de cada Diócesis o Congregación3.
Apéndice 2

El Stress



Es la reacción no específica del cuerpo ante un estímulo, sea este positivo en el caso de una euforia de satisfacción, sea este negativo en la manifestación de una no satisfacción. Es un problema crónico de nuestro tiempo y tiene entre otras, como causas:

- los grandes cambios del mundo contemporáneo y de la Iglesia, hasta en la teología, la eclesiología, etc que son causa de tensión.

- los grandes cambios en la imagen del sacerdote y en las exigencias que se le presentan (se debe hacer todo) o en la imagen del consagrado.

- falta de reconocimiento y ayuda muchas veces en comunidades divididas, agresivas y con críticas permanentes.


El crónico es difícil de curar por sus manifestaciones de: úlceras, ten­siones permanentes, parálisis o afecciones cardíacas. El común suele llevar a perder el gusto por el trabajo pastoral pues la Vocación se transforme en un peso, en un deber que lleva a querer cambiar de trabajo o de Vocación misma, a una vida marcada por el “demasiado”: demasiado trabajo, demasiadas reuniones, demasiado...todo, a la herejía de las obras buenas y de hacer cosas. Se puede manifestar también en una pérdida del sentido del celibato por vivirse en un mundo erotizado. Puede llevar al alcoholismo, a una alimentación excesiva, a un sentimiento de permanente culpa o a la soledad. Lleva al descuido de la salud física y emotiva, del deporte y de la amistad. En lo espiritual puede llevar dejar la oración y al surgimiento de ideales que no pueden darse por la realidad o las limitaciones propias de cada uno.
Muchas veces son causas de esta realidad la pérdida de autoridad sacerdotal y el paso del sacerdote autoridad al sacerdote amigo, de sentirse exigidos por lo pastoral que se tecnifica y por la técnica misma, por no saber hacer prioridades, por la falta de reconocimiento al trabajo hecho, etc.

El stress se resuelve en la medida en que se equilibran los cuatro elementos básicos de la salud mental:



- vida espiritual,

- amistades,

- trabajo y

- tiempo libre bien utilizado.
Además, es importante para la formación permanente la visita periódica al médico, la atención a la sintomatología del stress, y la presencia de familias amigas. Cada Diócesis, Congregación, Instituto tiene la palabra en lo que se refiere a formación permanente y en cuanto a ayudar a la salud física, la atención a la alimentación y el dormir bien, las va­caciones, el año sabático y la salud emotiva, en cuanto facilidades para cultivar y mantener amistades, espacio de trabajo, tiempo libre, vida espiritual, etc. Cada Diócesis tiene la palabra en cuanto a la posibilidad de una casa destinada a la salud y el descanso o para la recuperación de casos de alcoholis­mo, crisis vocacional, etc y tiene la palabra en cuanto a un Vicario para el Clero y la Vida Religiosa que esté atento a estas realidades y a nuevos desafíos.


Capítulo 4

Perspectivas bíblicas del acompañamiento: la pedagogía de Dios en el AT. El acompañamiento de Jesús a las personas y al grupo discipular en el NT.
Por un lado afirmamos que el acompañamiento vocacional es “el proceso personal y comunitario mediante el cual la Iglesia crea condiciones para que los cristianos puedan optar con la mayor madurez y libertad posible, por la manera específica del seguimiento de Jesús, según sea la Voluntad de Dios sobre sus vidas” (III Encuentro Latinoamericano de Vocaciones, CELAM- DEVYM, “La Animación de la Pastoral Vocacional”, Lima 1986, 11).
Por otro, aseveramos que Dios -a lo largo de la historia de la salvación- ha creado las condiciones para que, hombres y mujeres de la Biblia por un lado y el pueblo de Israel por otro, lo reconocieran como Único Dios, lo amaran y lo siguieran. La pedagogía divina es la manera con la que Dios Padre llama a Abraham, Moisés, etc., y por la que conduce a Israel -su pueblo- hacia la Revelación de Jesucristo. En cada oportunidad invita al dialogo, al compromiso, manifiesta su misericordiosa y opta por el pobre. Podemos hablar, de una pedagogía divina en el AT como en el N T                  
La pedagogía de Dios en el AT. Siete características

1. Dios llama desde siempre. Un ejemplo de ello es la Vocación de Jeremías (Cf. Jer 1, 5). El primer elemento que aparece es la iniciativa divina. “Te conocí…, te consagré…, te constituí…” La vocación es regalo, don, manifestación gratuita del amor divino. El punto de partida del proceso vocacional es una experiencia de amor. Quien se experimenta amado escucha un llamado personal que es desde y para siempre (Cf. Itaicí, A. Giraldo Jaramillo, 131- 151).


2. Dios llama a una misión. Abraham es llamado a la fe y a la vida (Cf. Gn 12, 1- 9. 22, 1- 29). Moisés para conducir al pueblo de Israel hasta la tierra prometida (Cf. Ex 3, 2- 13. 14, 15- 31). El segundo llamado es significativo. Dios ha escuchado el sufrimiento de su pueblo y viene a liberarlo. Para hacerlo, le da una misión: ser guía, conductor del pueblo elegido. De la misma forma, Dios elige y envía a Gedeón: “Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel… Yo te envío” (Jue 6, 14). La conciencia de ser elegido para una misión da un sentido de pertenencia.

3. Dios llama a ser pueblo. Llama a que cada uno sea parte de un pueblo que lo tiene como Dios. Se opone a toda idolatría e invita a dejarse guiar por Él. Ese acompañamiento lleva al crecimiento personal y a la identidad comunitaria, a ser pueblo de Dios, pueblo elegido, pueblo santo (Cf. Dt 4, 5- 22. 27, 9- 11 y Lv 19, 2).


4. Dios llama a realizar un proceso. Conduce al pueblo hacia la realización de la promesa. Se presenta, no como una idea, sino como una Persona que se deja encontrar en la historia. La pedagogía divina es progresiva. Esto, nos hace pensar en la necesidad de progresos graduales. Como los de Israel, estarán pautados por la infidelidad del pueblo, la necesidad de conversión y la fidelidad de Dios. Tanto Dt 32, 10- 12 como Os 11, 1- 9 condensan la pedagogía divina hacia su pueblo: Dios lo cuida, protege, ama, enseña a caminar y lo acompaña. Parte de la realidad concreta y propone una ruptura con el pasado opresivo. Proponer un camino, un itinerario que comporta la salida “de la tierra de uno mismo”. El proceso supone una meta: Dios mismo. Sólo Él conduce a la tierra prometida, a la libertad. El camino -como éxodo- está lleno de contradicciones, frustraciones, fracasos e infidelidades. Dios es fiel.
5. Dios manifiesta una pedagogía liberadora. La acción de Dios no fue improvisada. Génesis 3, 15 muestra la intencionalidad divina. Dios no es juez rígido, sino Padre amoroso. La acción educativa de Dios comienza como un llamado permanente a la libertad en medio de opresión y la esclavitud: “de Egipto yo llamé a mi hijo” (Os 11, 1). La vocación a la libertad es condición irrenunciable en el proyecto de Dios. Responder a ese llamado implica un momento de ruptura, un “salir de”…, un salir de la situación objetiva y subjetiva de servidumbre, realizar un “éxodo”, un camino largo y difícil, lleno de dificultades, amenazados por las divisiones, el cansancio, el deseo de volver atrás y la nostalgia por lo que se ha dejado. El proceso guarda interrogantes y desafía a la confianza. La meta es la liberación.
6. Dios manifiesta una pedagogía histórica. “Dijo Dios: bien vista tengo la aflicción de mi pueblo y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarle de la mano de los Egipcios y para subirle de esta tierra, una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7. 8). Ante un pueblo rebelde, Dios ofrece una nueva oportunidad y llama a la conversión, invita a emprender de nuevo el camino, reaviva la esperanza. El ejemplo de Dios nos enseña a perseverar en el itinerario y en el tiempo.
7. Dios manifiesta que su pedagogía es el amor En la frontera del Antiguo y del Nuevo Testamento encontramos la pedagogía del amor. Dios es fiel (Cf. 1 Cor 1, 9). Su fidelidad es amor que no se agota en sí mismo, sino que sale al encuentro del otro. Es amor de misericordia (hesed), amor sólido, que persevera en el tiempo. También es verdad y coherencia consigo mismo (´emet). El último término tiene la misma raíz que ´emunah, es decir, fe. Se puede entender la fidelidad como “obediencia de fe”. Porque Dios es ´emet, puede pedirnos ´emuah. La vertiente jurídica de su fidelidad es la Alianza. Su vertiente vital es un amor incondicional. En este sentido, podemos decir con E. Jacob: “Lo más maravilloso para el pueblo de Israel, no es tanto que Dios lo ame, sino que ese amor sea fiel y duradero, a pesar de todo.” También nosotros podemos maravillarnos porque su amor es eterno, a pesar de cómo somos. Hay dos salmos que cantan esta forma de fidelidad. El Salmo 117 (116) proclama: “¡Alabad a Yahvéh, todas las naciones... pues sólido es su amor hacia nosotros, su fidelidad dura por siempre.” El Salmo 136 (135) afirma: “su amor no tiene fin”. La fidelidad es como una “alianza nupcial” en la que Dios no falla nunca. Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo. Por ello, la fidelidad funda una relación teologal: “has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos” (Dt 7, 9). Porque es fiel no se muda, es firme, no cambia su promesa (Cf. Miq. 7, 14- 15. 18- 20). Es imposible que Dios deje de ser fiel (Cf. Rom 3, 3). Lo es, a pesar de nuestras fallas. “Si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede desmentirse a sí mismo.” (2 Tim 2, 13). Dios no puede dejar de amarnos incondicionalmente. El Salmo 89, 31 dice “Si sus hijos abandonan mi ley y no andan según mis decisiones, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandamientos, castigaré a varillazos su pecado y con golpes su falta; pero mi amor no se lo quitaré ni renegaré de Mi fidelidad” Porque es fiel es paciente y nos espera.  
El acompañamiento de Jesús a las personas y al grupo discipular en el NT.

Jesús es el Maestro. La relación maestro-discípulo en Israel, era distinta a la de hoy. Los maestros de Israel eran referentes que llegaba a ser más importante que el propio padre. Su autoridad moral no se basaba en los estudios que poseían, sino en la vida que llevaban. Para los judíos era más importante saber vivir, que vivir. Era lo que llamaba la atención. Podemos decir que guiaban a encontrar la propia vocación y misión. Jesús acepta ser llamado Maestro y enseña a encontrar, cumplir la Voluntad de Dios y a vivir. Los discípulos eran quienes aprendían a vivir su estilo de vida.

Como en el Antiguo Testamento, también en los Evangelios aparece la progresión pedagógica y el desarrollo gradual en la formación de los discípulos.

Primer momento: el llamado (Cf. Lc 5, 1- 11).

Conduce a la conversión y al seguimiento (Cf. DA 278). Es el ejemplo de Zaqueo (Cf. 19, 1- 10). Paralelamente, hay un anuncio del Reino (Cf. Mc 1, 15). Una característica del llamado es que se da a partir de la realidad. Los discípulos no viven ajenos a la tentación de la riqueza, la discordia, la injusticia, la dominación. Viven “en el mundo.” Allí los acompaña. Se puede decir que las situaciones históricas son el marco sin el cual no se comprende la enseñanza de Jesús al grupo. El grupo de los discípulos se relaciona con todo el pueblo que escucha a Jesús y entre el cual Jesús realiza su misión. La referencia al Padre y la coherencia de Jesús a su misión, son dos referencias necesarias del acompañamiento del Maestro al grupo. También aparece la radicalidad del seguimiento y la misión, expresada en el camino hacia Jerusalén y en los anuncios de la Pasión. Jesús acompaña a sus discípulos en medio de la misión, la radicalidad y su oración constante. Si el discípulo es el que aprende a vivir, podemos afirmar que el grupo aprende de un acompañamiento que, ante todo, se expresa en la Vida del Maestro, parte de la realidad de cada uno e ilumina las distintas situaciones de la vida. El contexto es el de la fe.


Segundo momento: el acompañamiento

Jesús parte de las inquietudes del grupo. Surgían del contraste entre las situaciones del pueblo y la predicación del Maestro. Muchas veces se transforman en preguntas concretas, por ejemplo, ¿cuántas veces se debe perdonar a los hermanos?, o sobre su forma de orar. Es significativo el ambiente de libertad en que se mueve el grupo. Ellos manifiestan sus inquietudes con espontaneidad,. Jesús los forma respetando sus tiempos.


Su acompañamiento es cercano y familiar. El primer lugar donde se experimentan los valores evangélicos -de servicio, alegría, caridad, perdón, etc.- es el grupo de sus discípulos. Jesús enseña con el ejemplo. Su pedagogía no es neutra. Con frecuencia toca el modo de vivir de las personas a quienes se dirige. Algunas veces, se enfrenta con ellas, exigiéndoles conductas coherentes con el Reino. Otras, realiza un acompañamiento personalizado, que compromete al discípulo. No exige a sus discípulos que tengan muchas cualidades o que prueben un comportamiento determinado en el pasado, sino que exhorta a vivir los valores del Reino en el futuro y en un contexto comunitario. Tampoco les pide que sigan un ideal de tipo moral, sino que se dejen penetrar por el misterio del Reino para adquirir sus valores. El proceso incluye valores que solamente se comprenden desde el Reino. Ellos no son de corte individualista, sino comunitarios: el servicio, el perdón de las ofensas, la confianza ilimitada en el Padre, la pobreza, la tolerancia, la perseverancia, etc. Su enseñanza tiene una finalidad: que el grupo de discípulos viva como tal.
Tercer momento: el seguimiento

1. “Estar con Él” (Cf. Mc 3, 14). Es la primera respuesta que espera el llamado. Aunque cada uno es personal, “estar con Él” exige integrar el grupo de discípulos. El seguimiento pide trabajo en equipo. La vinculación íntima con Jesús es desde una comunidad llamada a participar de su vida y misión (Cf. Lc 6, 40b).


2. Escuchar al Maestro. Jesús pregunta a los primeros discípulos: “¿qué buscan?” (Jn 1, 45). Ellos responden: “¿Maestro, dónde vives?” Luego, ellos lo siguieron, escucharon, tuvieron un diálogo pedagógico con Él. El seguimiento incluye una escucha dinámica y orante.
3. Ser libres y amar. Jesús dice: “si alguien quiere venir en pos de mi...” (Mt 16, 24)… “si quieres ser perfecto…” (Cf. Mt 19, 16- 21). El seguimiento pide, por un lado, libertad interior y, por otro, capacidad de amar y de dejarse amar. El amor otorga libertad. La experiencia de amar convierte al discípulo en hombre libre.
4. Ser amigos. En la parábola de la vid y los sarmientos Jesús revela el tipo de vinculación que ofrece y que espera de los suyos (Cf. Jn 15, 1- 8). No quiere una vinculación de siervos (Cf. Jn 8, 33- 36), porque “el siervo no conoce lo que hace su señor” (Jn 15, 15). Pide un vínculo de amistad. El siervo no entra en la casa de su amo, ni en su vida. El amigo escucha al Maestro y conoce al Padre. Es su “hermano” (Cf. Jn 20, 17), participa de su vida. Jesús y el discípulo comparten la misma vida que viene del Padre: Jesús por naturaleza (Cf. Jn 5, 26; 10, 30), el discípulo por participación (Cf. Jn 10, 10; DA 132). El seguimiento es fraterno.
5. El grupo de discípulos es la familia de Jesús (Cf. DA 133). Como ellos, estamos llamados a vivir en comunión con el Padre (Cf. 1 Jn 1, 3), en el Hijo por el Espíritu Santo (Cf. 2 Cor 13, 13; DA 155). “La vocación al discipulado… es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión…. La fe nos libera del aislamiento y nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156).
6. Ser amados y amar. En el origen de toda vocación hay una elección amorosa. El llamado está dirigido a la conciencia profunda de la persona que, a partir de este, modifica su existencia y su corazón. El llamado es sanador, “pues no necesitan médico los sanos, sino los que están mal” (Cf. Lc 5, 31- 32). El corazón cerrado al amor es causa de muchos males. Al amar, Jesús sana a quien es elegido. El seguimiento incluye conciencia de la propia debilidad y confianza en su “poder sanador.”
7. Aceptar las mediaciones. Es el ejemplo de Pablo (Hecho 9, 1- 20) que, aconsejado por Ananías para recuperar la vista, llenarse del Espíritu Santo y discernir la misión, nos muestra la presencia de intermediarios (Cf. Hech 9, 9- 20)4.
Para el trabajo grupal:

1. ¿Qué elementos encontramos en el acompañamiento que realiza Dios en el AT?

2. ¿Qué elementos reconocemos en el acompañamiento que hace Jesús a sus discípulos?

3 ¿Cómo proponerlos?

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Capítulo 5

La dinámica de los grupos humanos y su contenido vocacional.


Los grupos sociales pueden ser clasificados de distintas formas. En algunos casos, se trata de personas que están juntas y las une una circunstancia. En otros, son muchedumbre y los une el lugar. La sensación de ser muchedumbre desarrolla un estado psicológico de pasividad. También podemos hablar de bandas, barras o tribus. Sus actividades, aunque llevadas a cabo en común, no presentan un objetivo esencial pues la finalidad verdadera es estar juntos. La banda es muy diferente de la muchedumbre, por el número limitado de sus miembros, por la adhesión de ellos a su colectividad y por su mayor duración. La banda es bastante efímera. Otros grupos humanos cultivan y desarrollan la interrelación, los une una motivación común. Cada uno conserva su identidad, pero se enriquece en el grupo. Es lo que buscan nuestros grupos eclesiales. Aquí encontramos modos similares de sentir, pensar y valores comunes.
1. El grupo

Se mueve desde la clave de la inclusión. Desarrolla conductas de integración afectiva, promueve un ideal común, mueve a la participación y a una “progresión personal”, al decir de los scout. Podemos hablar de itinerarios grupales.


El grupo primario se caracteriza por los lazos personales íntimos, calidos, fraternos, cargados de emociones y mueve a la solidaridad. El grupo secundario es un sistema social que funciona regido por normas dentro de un segmento de la realidad social. Hablamos de grupos primarios cuando el vínculo interpersonal es lo más importante y de grupo secundario cuando éste posee un carácter institucional. Aquí, es un conjunto de personas que persiguen fines determinados, idénticos o complementarios. Más que un grupo, son una asociación de personas. Sus relaciones son cerealmente frías, impersonales, contractuales, formales.
Dinámica de pertenencia

Hablamos de pertenencia cuando cada integrante se siente y es aceptado como parte del grupo. El grupo pasa a ser, no una suma de individuos, sino una nueva realidad donde cada persona mantiene su identidad y puede hacerla crecer con-otros. Cuando una persona pertenece a un grupo, asume roles interactivos y responsabilidades en vistas al bien de los demás integrantes. Tales grupos se organizan, a la vez que respetan y promueven los carismas personales. Riviere dice que un grupo es un conjunto de personas que se reúnen para realizar una o varias tareas, ligadas entre si por constantes de tiempo y espacio y articuladas según el don personal de cada uno.

Cinco características surgen del sentido de pertenencia: 1) pluralidad de personas; 2) objetivo común; 3) un espacio de referencia; 4) un tiempo histórico determinado y 5) la forma de plantearse valores, ideologías, respuestas sociales, acciones concretas, etc.

En la mayoría de los grupos surgen líderes. Unos son nombrados, otros asumen el liderazgo en forma espontánea. Los liderazgos participativos, democráticos, de consenso, son los más importantes para la vida de un grupo.

A su vez, los grupos interactúan con otros. Sobre cada grupo influyen otros. A veces, llevan a un cambio de las actitudes personales y/o de la totalidad del grupo. Un mal grupal e intergrupal es la dependencia. Se opone al sentido de pertenencia pues la referencia es, por lo general, una persona y no a todos y a cada uno de sus integrantes.

Dinámica de la identidad

El criterio de identidad considera que los miembros tienen conciencia colectiva de si mismos, es decir, tienen una identidad personal y, a la vez, colectiva. El criterio de estructura social considera que las relaciones entre los miembros tienden a estabilizarse, organizarse y regularse mediante el desarrollo de sistemas diferenciados de roles, valores compartidos y conductas. La fe es un factor determinante que da identidad personal y grupal.


Dinámica de poder

Hemos de asumir que los “juegos de poder” son parte de la realidad grupal. Generan alianzas -concientes o inconcientes-, relegan personas, proponen equivocadamente la competencia. Pueden marginar o ayudar a crecer. Se da en los grupos eclesiales.


Dinámica de debilidades grupales:

Hay grupos que realizan procesos lentos, necesitan más tiempos para reflexionar y actuar. En cada uno se da -además- un efecto nivelador, es decir, una tendencia a elaborar un pensamiento colectivo por encima del individual. En muchos casos se da una polarización de opiniones y comportamiento que pueden llevar, incluso, al surgimiento de sub-grupos. A la vez, se procura el compromiso. En algunos se aparece la “responsabilidad dividida” y, en otros, una responsabilidad compartida.


Contenido vocacional

Un grupo eclesial “sano” genera una reflexión vocacional en sentido amplio (vocación a ser personas y a ser discípulos) y mueve al compromiso (vocación personal o eclesial). Promueve el despertar y el discernimiento vocacional.


2. La familia

Es el grupo social básico. Es un grupo natural, hoy en crisis. Es una Iglesia doméstica. “Es uno de los tesoros de los pueblos latinoamericanos y patrimonio de la humanidad entera” (DA 432). Proporciona protección, seguridad, compañía, socialización. Es, a la vez, un santuario de amor, respeto a la vida y semillero de vocaciones. En ella se cultivan los valores evangélicos (la oración, la Eucaristía, el compromiso apostólico, etc.), culturales (compartir, valorar la vida, etc.) y morales (fidelidad, perseverancia, etc.), y el aprecio a la vocación sacerdotal, religiosa y laical De ahí que, cuando falta esta experiencia fundante, las carencias afectivas y la inmadurez tienden a aumentar. La misión de la familia está en una estrecha relación con la pastoral vocacional; y como núcleo de la sociedad es la primera llamada a ser promotora vocacional en la comunidad, sembrando, afirmando y acompañando la vocación cristiana y específica en cada uno de los hijos, sobre todo dando testimonio de su propia vocación (Cf. Material preparatorio del Congreso 2011).


Contenido vocacional

Una familia sana genera la reflexión vocacional y promueve el despertar y el discernimiento vocacional. Algunas veces, uno de los padres juega un papel fundamental en el momento de la elección vocacional. Otras, la dependencia familiar se convierte en un obstáculo vocacional.


3. El grupo formativo

Es, generalmente, el grupo que promueve el trabajo estudiantil en equipo o que surge de una generación en el campo formativo.


Contenido vocacional

Comúnmente, cuando una persona ingresa a este tipo de grupos, ya discernió su vocación por lo que el grupo lo ayuda a madurar y a replantearse metas. La experiencia de vida es la mayor riqueza de estos grupos, pues conduce a una formación activa y participativa.


También la Pastoral Vocacional (SAV-PV) es una propuesta grupal, aunque incluya un acompañamiento personalizado. Como pastoral, es un servicio a la pastoral de conjunto. En tal sentido, es mediación y servicio a cada miembro del Pueblo de Dios que, al encontrar su vocación eclesial, se hace servidor de sus hermanos y del mundo. El Documento Pastores Dabo Vobis afirma que es: un servicio a cada persona a fin de que ella pueda descubrir el camino para la realización de un proyecto de vida tal como lo quiere Dios y como lo necesita el mundo de hoy (Cf. PDV, 36).

Siempre es necesaria un Servicio de Animación Vocacional (SAV) activo, innovador, creativo. Hoy se habla de “pastoral juvenil vocacional”. El peligro está en que la pastoral juvenil no llegue a proponer la búsqueda vocacional y que la Pastoral de las Vocaciones (SAV-PV) quede anulada. Nuestros jóvenes están poco tiempo agrupados. Por ello, pensamos y proponemos un servicio complementario5.

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Capítulo 6



Las estructuras para el acompañamiento grupal: catequesis vocacional, círculos vocacionales, etapas previas, etc.
Los procesos personalizados, tanto personales como grupales, exigen estructuras. Nos detendremos en tres aportes: la catequesis vocacional, los círculos o grupos vocacionales y las casas de acogida o etapas previas.
Etapa del despertar.

La catequesis vocacional

“Verbum Domini” una catequesis bíblica. También el Documento de Roma (1981, 42- 43). Éste afirma que ella guía a los creyentes y, especialmente a los jóvenes, al encuentro con la Palabra y les ayuda a comprender el Plan de Dios desde la categoría de la Alianza. Ella presenta los grandes personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, especialmente a María. Agrega que una buena catequesis también permite comprender a los santos, los carismas fundacionales (Ibíd. 43- 45) y ayuda a conocer la vida y la misión de la Iglesia.


El Documento de Itaicí lamenta que, en muchos países como Bolivia, México o Uruguay, no había en 1994 una catequesis vocacional propiamente dicha (Itaicí, 107) y valora a naciones que sí la tenían como Colombia, Paraguay y Panamá (Ibíd., 108), especialmente para recibir el sacramento de la confirmación. El Documento de Roma propone la catequesis vocacional en Pastoral Familiar y Juvenil (Ibíd.., 231ss). En la primera, se puede motivar al compromiso, tanto en los cursos pre-bautismales como en la iniciación eucarística de los niños (Itaicí, 235). También puede haberlo la “Escuela para padres” y la “catequesis familiar”. La catequesis, como educación en la fe realizada en forma más o menos ordenada, sistemática y permanente, ha de estar pedagógicamente adaptada a cada cultura (Ibíd., 234). Se sugiere que haya catequesis vocacionales de especial consagración en la adolescencia y juventud (Ibíd., 232).
La catequesis de confirmación es un espacio vocacional, de descubrimiento de la vocación laical (Itaicí 239) y de comprensión de las vocaciones de especial consagración. También son espacios vocacionales: la escuela católica (Cf. DA 329), las parroquias y los movimientos juveniles. Estamos en la frontera entre catequesis y animación vocacional.

I) Una experiencia: Salto.



Propuesta para la etapa del despertar

La etapa del despertar o “nivel 1” tiene como objetivo: 1) sensibilizar, vocacionalmente a los niños de los colegios (5to y 6to año), a los adolescentes y en especial a los jóvenes. 2) complementar lo que cada grupo tenga como itinerario parroquial. 3) colaborar en la elaboración del proyecto de vida. Para esta etapa programamos encuentros, jornadas y retiros. La línea ignaciana motivadora es el “principio y fundamento.” La temática gira en torno a la vocación humana y bautismal, al llamado a ser discípulos misioneros en comunidad. Sirven aquí como textos bíblicos: Jn 1, 40- 42; Lc 18, 18- 22; Lc 5, 1- 11; Lc 5, 27- 29; Lc 9, 23- 24; Lc 9, 57- 62; Lc 14, 25- 27. 33, etc., es decir, los distintos llamados que hace Jesús. Las invitaciones son hechas por carta o correo electrónico a los interesados, equipos y párrocos.

La propuesta

Jornada para jóvenes de 15 años en adelante (Nivel 1 o etapa del despertar). El tema fundamental es el proyecto de vida. El tema supone abordar cuatro pilares y temáticas que son cíclicas y claves desde la Pastoral de las Vocaciones:



Tema 1: La vida es un don. La elaboración de un proyecto de vida supone percibir la vida como don de Dios, el llamado a ser Personas y concienciar la dimensión vocacional de toda vida (Vocación humana). Es comprendernos como hijos. Esto supone un conocimiento personal mínimo (auto-conocimiento) especialmente de las potencialidades y debilidades y la aceptación del Yo-real para, desde allí, tender a ser. Es el aspecto antropológico del proyecto. Sin este aspecto, la vida se convierte en proyecto meramente humano.
Tema 2: La vida es discipulado. La elaboración del proyecto de vida supone el encuentro personal con Cristo vivo, una primera conversión y el esfuerzo por ser sus discípulos (Vocación cristiana). Es comprendernos como hijos redimidos. Supone una experiencia de escucha atenta y frecuente con su Palabra y la opciones propias de un discípulo. Es pensar el futuro como discípulos. Es el aspecto cristológico del proyecto. Sin este aspecto el proyecto nunca será evangélico.
Tema 3: La vida es una misión. El Proyecto supone percibirse como discípulos y misioneros desde la Iglesia (Vocación humano-cristiana). Es comprendernos como hermanos; supone una actitud ante la vida, el prójimo y la comunidad Iglesia, que se concreta en opciones de servicio. El servicio será el amor que se concreta en los ambientes donde se está: familia, lugar de estudio y trabajo, parroquia, etc. Es el aspecto eclesiológico del proyecto. Sin este compromiso asumido, el proyecto será siempre provisorio.
Tema 4: La vida es una opción. El proyecto supone capacidad de opción responsable y libertad interior. Supone un discernimiento y una elección mínima para transformar el don (Yo real) en donación (Yo ideal), es decir: pasar de la conciencia de que la vida es don, a la realidad de donar la vida, de ofrecerla a los demás y permanentemente. Es pensarnos como vocacionables. Así entendida, la vida y la fe son amor y servicio desde la búsqueda-realización de la Voluntad de Dios. Es comprendernos como hermanos y señores y convertir la vida en misión-respuesta permanente (Vocación específica). Es el aspecto pastoral y espiritual del Proyecto. Sin este aspecto la vida y la fe no tendrán ni serán nunca una pasión.

Etapa del discernir

Círculos vocacionales” o grupos vocacionales.

Los círculos vocacionales son reuniones breves que, por lo general, tienen carácter mensual. En muchas Diócesis se realizan en el Seminario Mayor o en casas de discernimiento. Sirve para: acompañar en forma personalizada a un pequeño grupo, ayudar en la elaboración de un proyecto de vida, re-leer la historia personal, evaluar opciones, etc. Estamos en la frontera entre catequesis y animación vocacional. Las reuniones pueden incluir momentos de oración, la Eucaristía,  acompañamiento espiritual, etc.
Existen experiencias diversas. Podemos agruparlas en dos. Algunas, poseen grupos esporádicos. Éstos se forman para una actividad concreta o para realizar parte de un proceso que, en ese caso, es puntual. Esta modalidad permite un trabajo complementario entre Pastoral Juvenil y Vocacional. Otra experiencia supone la existencia de grupos vocacionales que no tienen contacto con Pastoral Juvenil. Recomendamos los primeros.
II) Una experiencia: Salto.

Propuesta para la etapa del discernir

Esta etapa o Nivel 2 está pensada para jóvenes que ya han hecho el camino anterior y están en tiempo de discernir su vocación. En este momento son importantes los retiros y las experiencias de misión. La temática fundamental son las distintas vocaciones y carismas, las reglas de discernimiento, etc. Salto la divide la etapa en dos:

- Etapa de profundización, donde el joven, a través del auto-conocimiento y del asumir su historia personal como historia de salvación, profundiza su compromiso eclesial y discierne su Vocación específica.

- Etapa del discernimiento donde confirma su Vocación específica y discierne lo propio del llamado (dónde, cuando, etc.)

Los temas de esta etapa son:

Retiro 1: Conocernos para ser libres (Dinámica de auto-conocimiento, presentación de las tres grandes vocaciones de la Iglesia. El objetivo es ser libres interiormente para discernir). El texto bíblico clave es Mateo 25, 14- 30.

Retiro 2: Cristo, el Hombre libre, me llama

El discernimiento supone asumirnos como vocacionables, procurar el conocimiento personal y el ejercicio de una libertad madura. Sólo quien es libre, puede hacer elección de vida. Cristo es el modelo de toda libertad verdadera.

Retiro 3: Amar y servir en la Iglesia (Conocer y amar a la Iglesia. Vocaciones de servicio en la Iglesia como estados de vida).

Retiro 4: Pistas para el discernimiento vocacional

El discernimiento supone la capacidad de optar por la Voluntad de Dios, conocimiento de la realidad y de las necesidades de la Iglesia. Presupone amor a Cristo, a la Iglesia y una responsabilidad madura.



Etapa del acompañar

Cursos propedéuticos

La finalidad y la forma educativa específica del Seminario Mayor exige que los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna preparación previa” (PDV 62), que exista una preparación humana, cristiana, intelectual y espiritual. Esta preparación, si bien es considerada como una necesidad básica, sobre todo en aquellos lugares en que no existe un Seminario Menor (Cf. PDV 62, b), resulta sumamente importante al momento de definir las condiciones de ingreso (Cf. PDV 62, d). En general, el nivel académico previo es insuficiente y los hábitos de estudio también; muchos provienen de una frágil experiencia de vida cristiana en sus hogares y no poseen claridad vocacional. Sus orígenes diversos y sus diferencias socioeconómicas, culturales, académicas, de edad, lengua y formas de expresión, comportamiento, maneras distintas de vivir y expresar la fe hacen, aún, más compleja la formación. Por eso, el año propedéutico se hace fundamental” (Cf. Propuesta de Uruguay).


III. Una experiencia: Curso propedéutico de Uruguay (nivel nacional).

“Tiene por objeto proponer a los candidatos al presbiterado un tiempo que les permita vivir una intensa experiencia de fe y de oración, una profundización en el misterio de Cristo y de la Iglesia, una iniciación en los compromisos presbiterales, una nivelación académica, y un acompañamiento personal y grupal para que con serenidad maduren en su opción por el sacerdocio ministerial en el clero secular.


Procura que cada candidato descubra que es el primer responsable de su formación, conozca y desarrolle sus cualidades y carismas, se integre como agente vivo y responsable en la comunidad formativa del Seminario, logre un adecuado conocimiento y aceptación de sí mismo, y tome conciencia de que esta etapa es el primer paso de un proceso que durará toda la vida…
Objetivo:

Lograr que el joven reafirme su opción sacerdotal dentro del clero secular.

Un adecuado conocimiento y aceptación de sí mismo para poder seguir creciendo en su opción.

Que valorice y tenga capacidad para la vida comunitaria. (diálogo, renuncia, solidaridad)

Que adquiera elementos de orden intelectual que lo capacite humana y vocacionalmente.
Orientarlo en un camino de oración más sistemática y profunda que lleve a un encuentro personal con Cristo; que sea capaz de meditar la Palabra de Dios personal y comunitariamente.
Puntos a verificar:

a) Quién es la persona que ingresa.

b) Motivaciones y motivos que trae.

c) Por qué quiere ser sacerdote secular.

d) Cómo es el joven en la vida de relación, cómo es en la comunidad.
Medios:

a) Encuentro personal regular con el formador.

b) Experiencias comunitarias (corrección fraterna, salidas, retiros, comunicación de experiencias)

c) Presentar y experimentar distintos métodos de oración.

d) Vida comunitaria

e) Formación intelectual sobre la base de cursos adecuados.

f) Integrar la relación con la familia al proceso vocacional.

g) Curso Taller de Madurez-Humana-Afectiva-Cristiana.

h) Acompañamiento espiritual frecuente y sistemático *

i) Confrontar y compartir elementos de la espiritualidad del Clero Secular.

j) Contacto y servicio a Jesús en el que sufre (Cottolengo).




Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)
El proceso de todo discipulazo
Itinerario vocacional e itinerarios grupales



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