Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)


Itinerario vocacional e itinerarios grupales



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Itinerario vocacional e itinerarios grupales

Los itinerarios vocacionales están íntimamente relacionados con los procesos grupales juveniles a través del tema del proyecto de vida. La imagen bíblica de Lucas 5, 1- 11 nos permite reflexionar sobre el tema. Para ello, hacemos una breve “Lectio”. Nos preguntamos. ¿qué dice el texto? Nos proponemos escuchar la Voz de la Palabra. Ella estuvo en la creación, está en la historia y en la realidad. El lugar es el lago, la orilla, el borde, del mar. Allí los futuros discípulos han pasado toda la noche. No han pescado nada. Vuelven a lavar las redes y a compartir la frustración. A ese lugar va Jesús. La gente se agrupa para escuchar la Palabra del Maestro. La gente y los futuros discípulos se abren entonces y reconocen en la Palabra al Maestro, al Mesías, al Salvador. La segunda interrogante es: ¿qué nos dice el texto? Intentamos discernir el Rostro del Maestro contemplando su diálogo, sus gestos. Vemos a Pedro postrarse ante Jesús y luego echar las redes y hacer señas a los compañeros para recoger la pesca milagrosa. Al encontrar a Jesús, Pedro vive una experiencia de conversión. Al arrodillarse reconoce que es pecador. Después del encuentro y de la conversión viene el llamado a ser pescador de hombres, a construir la Casa de la Palabra, es decir, la Iglesia, la comunidad. El llamado también es a pescar, ayudando a pasar de la orilla del mar a la del bien. Es la “contemplatio”. La vida de Pedro se hace misión.


Hoy, descubrimos nuevos escenarios: las culturas juveniles, el mundo global y digital, el cuidado de la creación, las cuestiones interculturales, los nuevos rostros de pobres y excluidos, las nuevas condiciones de la familia, etc. En esa realidad comprobamos que hay nuevos llamados. Conducen al compromiso de los jóvenes, los laicos y, especialmente, de la mujer, los afro-americanos, los indígenas y los que migran, etc. En todos los casos, el primer paso es escuchar la Palabra. Ella llama, convoca, despierta, da elementos para discernir. De esta forma, las etapas del “despertar” y del “discernir” se ven enriquecidas. El proyecto de vida personal, enriquecido por los itinerarios grupales, ha de apoyarse -necesariamente- en la Palabra.
El itinerario vocacional desde la vivencia comunitaria

La Iglesia tiene caminos comunitarios concretos. El modelo es la vida de las primeras comunidades (Cf. Hechos 2, 42- 47; 4, 32- 36 y 6, 7). Una comunidad viva genera inquietudes, motiva, despierta vocaciones. Hemos de preguntarnos si nuestras comunidades son realmente vivas y convocan.


El itinerario vocacional y la liturgia

Muchas veces, las vocaciones despiertan a partir de la vivencia de las celebraciones litúrgicas. Es el ejemplo de las vocaciones surgidas del grupo de monaguillos. De ella brota -además- la conciencia de ser pueblo convocado y asamblea de llamados. Ella es, al mismo tiempo, manifestación, origen y alimento de cada vocación y ministerio eclesial. En las celebraciones litúrgicas se hace memoria del obrar de Dios. Especialmente en la Eucaristía, se manifiesta la vocación de toda la Iglesia y de cada discípulo y misionero. Cada celebración puede ser un motivo vocacional. La liturgia llama a la comunión en la Iglesia y a construirla en todos los pueblos.


El itinerario vocacional y la oración

De la oración brota la conciencia de que el Espíritu de amor y de unidad (Ef 2, 11- 12; Gal 3, 26- 28; Jn 19, 9- 26) llama a cada uno a una misión y se descubre que toda vocación es un don para los demás. La oración conduce al encuentro con Cristo. El diálogo con Dios posee una dimensión vocacional. El mismo Jesús, cuando vio una muchedumbre cansada y decaída como ovejas sin pastor exclamó: “la mies es mucha pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,37- 38; Lc 10, 2). En la práctica, las comunidades tienen a lo largo del año litúrgico múltiples iniciativas de oración por las vocaciones. La oración en las comunidades diocesanas, religiosas y parroquiales es de gran importancia. La imagen evangélica del “Dueño de la mies” conduce al corazón de la pastoral de las vocaciones: la oración. Ella es signo de la caridad y la compasión de Cristo (Cf. Mt 9, 36); manifiesta la confianza en el Padre, que no permitirá que falten obreros en la Iglesia. Por ello, la pastoral debería estimular y acompañar la vida de oración de sus fieles. Una comunidad orante es una comunidad que llama.


El itinerario vocacional y el servicio

El servicio de la caridad es muy importante. “Quien quiera llegar a ser grande entre ustedes que sea vuestro servidor” (Mt 20, 26), “quien quiera ser el primero sea el servidor de todos” (Mc 9, 35). En la Iglesia primitiva, esta forma de vivir la fe fue aprendida muy pronto, dado que el servicio aparece como una de los componentes estructurales de la misma, hasta el punto de que se instituyen los diáconos para el servicio de las mesas. Muchas veces se expresa en nuestros días como voluntariado. Propone espacios de hermandad y unión entre los hombres y con Dios. No puede sentir vocación quien no experimenta un espíritu de hermandad y se cierra a toda vínculo con los demás. La vocación es relación, servicio solidario, compasión, sensibilidad ante los problemas de la humanidad. La vocación de servicio es, no sólo un signo vocacional sino, una experiencia fundamental para quien realiza el proceso de búsqueda y discernimiento de su vocación personal. Más aún, para el servicio de animación vocacional (SAV-Pastoral Vocacional), el servicio responsable y continuado de un joven es señal concreta de que Dios puede estar llamando. El servicio en la caridad lleva a conocerse mejor a uno mismo y abre a la grandeza de dedicarse a los otros. El auténtico servidor es aquél que ha aprendido a tener, como un privilegio, el lavarle los pies de los hermanos más pobres, el que ha conquistado la libertad interior al punto de dar su tiempo y vida a los otros. Quien sirve al hermano, inevitablemente encuentra a Dios y se encuentra a sí. Está más cerca de discernir su vocación como servicio a Iglesia y al mundo.




Itinerarios formativos

Dependen de cada etapa del proceso vocacional.



En la etapa del despertar se han de proponer elementos de conocimiento personal y de la realidad, de oración personal y comunitaria para “revitalizar el encuentro con Cristo Vivo” (espiritualidad), de servicio en la caridad (pastoral). Se ha de ayudar a profundizar la vocación humana y cristiana-bautismal. Se ha de impulsar al testimonio. Éste llega a ser, específicamente, un itinerario vocacional.


En la etapa del discernimiento, el servicio de animación vocacional (SAV-Pastoral Vocacional), las Diócesis y las comunidades religiosas y/o movimientos pueden ofrecer espacios específicos de formación. Uno de ellos es la “casa de acogida” o “casa de discernimiento”, espacio de maduración humano-cristiano y comunitaria.

La etapa del acompañar se concreta en un itinerario formativo

Esa etapa está dividida en dos: formación inicial y formación permanente. La primera se realiza en casas de formación y condiciona la formación permanente. La vocación matrimonial-familiar no tiene una propuesta concreta para la etapa inicial por lo que hablaremos de la propuesta sacerdotal y religiosa-consagrada. Dado que ingresamos a un vasto campo, sólo abordaremos algunos aspectos del itinerario.



a) Perfil de quien ingresa a una casa de formación

El servicio de animación vocacional (SAV-Pastoral Vocacional) tiene una gran responsabilidad: verificar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y de quienes ingresan a casas de formación religiosa y/o consagrada. Un criterio fundamental y obligatorio es apostar a la calidad y no al número. Hemos de pensar en el bien de la persona y de la Iglesia. Conocidos problemas que afectaron a sacerdotes, religiosos y religiosas comenzaron, en gran parte, por un mal discernimiento al comienzo del planteo vocacional. No debían haber ingresado a casas de formación. De ahí la importancia de tener un perfil mínimo para quienes inician la etapa del acompañar.
Consideramos que el perfil ha de incluir, además del grado de bachiller en cuanto a formación académica: conocimiento personal, capacidad de escribir una breve biografía, deseo de conocerse y aceptación total de sí mismo, capacidad de reflexión propia, disponibilidad y apertura a la formación, compromiso pastoral, sensibilidad para con los necesitados y pobres, opción por una austeridad de vida, disposición para optar por la castidad y madurar en lo humano afectivo, capacidad de vivir las relaciones con suficiente autonomía, madurez afectiva, sexual y relacional, experiencia concreta de amistad, no haber tenido frecuentes ni recientes relaciones sexuales, experiencia de Dios y de oración como diálogo, madurez de fe, conocimiento mínimo de la Palabra de Dios, escucha asidua del Espíritu, vivencia de la comunidad, de los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, experiencia de Iglesia, disposición para dejarse acompañar y motivaciones vocacionales más o menos claras.
Son de igual importancia las experiencias de sufrimiento o enfermedad para encontrar al Crucificado y madurar, de vivir con una cierta autonomía familiar, de asumir opciones estables, de demostrar capacidad de vivir en grupo y trabajar en equipo. En definitiva, son elementos que nos hacen pensar en una madurez personal y cristiana mínima. Sería importante preguntarnos:
¿Qué elementos agregaríamos a estas características mínimas?
Son elementos que, necesariamente, han de observar, aportar y apuntalar tanto la Pastoral de las Vocaciones en la etapa del discernimiento como las casas de formación que realizarán el acompañamiento desde equipos interdisciplinarios.
b) “Contraindicaciones” para el ingreso

Son las características que hacen inviable el ingreso al Seminario; también, a casas de formación religiosa o consagrada, tanto masculinas como femeninas. Las llamaremos “contraindicaciones” y las dividimos en dos grandes categorías.



I) absolutas: 1) desordenes mentales y desintegración de la personalidad, debilidad mental, esquizo­fre­nia (se manifiesta comúnmente entre los 15 y 20 años o después de los 28). 2) tensiones e insomnio permanentes, aislamiento social, dependencia absoluta -sobre todo de la madre-, dificultad de pensar, creciente deterioro del propio trabajo, razonamientos reiterativos sobre cosas abstractas, inteligencia inferior, incapacidad para abstraer, comprensión lectora excesivamente baja. 3) Alucinaciones, delirios persecutorios o de grandeza (¡cuidado con los que son cardenales antes de ser diáconos!). 4) Excesiva falta de confianza en sí mismo. 5) Inadaptación sexual, vivencia de la homosexualidad, etc.
Coincidimos con Cencini A., en “Cuando la carne es débil” que existen patologías estructurales, perturbaciones y problemas relevantes. Las primeras, tienen su raíz en la infancia, son permanentes, definitivas e impiden pensar en una vocación de especial consagración; por ejemplo, quien ha sido violado en la infancia, tiende a transformarse en violador cuando adulto. Sperry Len habla de: 1) pedofilia cuando la conducta sexual afecta a pre-púberes, 2) efebofilia, es decir, una conducta sexual inapropiada con adolescentes, 3) abuso sexual contra adultos, sean mujeres o varones, no deseadas y compulsivas, fuera de control (como las violaciones, tocamientos, acoso sexual, etc.), 4) parafilias, es decir, trastornos psico-sexuales que buscan estimulación, excitación o gratificación sexual como exhibicionismo, fetichismo (mantener en la mano un objeto -por ejemplo una ropa interior femenina- para excitarse), frotteurismo, es decir, tocar o rozar a otra persona sin su consentimiento, masoquismo sexual (excitarse al ser humillados o golpeados), etc. Éstas manifestaciones afectan la identidad personal y el equilibrio. Algunas veces, las causas de tales problemas están en una no-evolución de la personalidad psico-sexual. Las perturbaciones exigen una atenta mirada de parte de técnicos y son, comúnmente, contraindicaciones para el ingreso a casas de formación. Podemos llamarlas absolutas.
II) Los problemas relevantes pueden corregirse con el tiempo y son, más bien, problemas de desarrollo, fragilidades vinculadas a un retraso, a una insuficiente solución de problemáticas evolutivas, a una adolescencia persistente o problemas de carácter espiritual en torno a los valores. Los problemas relevantes están vinculados a una no-satisfacción afectivo-sexual, a una mirada distorsionada de la realidad o a una relación inter-personal perturbada. Exigen una terapia. Sperry Len habla aquí de: hiper-emotividad, cierto grado de angustia, introversión, falsedad de juicios, perturbaciones afectivas como la timidez, comporta­miento agresivo, falta de adultos significativos durante la niñez, etc. En el plano de lo afectivo-sexual podemos decir que, quienes dicen no tener problemas, “son un problema”. Podemos llamarlas relativas.
En definitiva, se ha de observar cómo se han resuelto los tres problemas básicos de la personalidad: la socialización de la agresividad, la integración de la sexualidad en el amor y la aceptación y conciencia de la realidad en que se vive. Estos son los elementos que hacen posible mantener los compromisos definitivos. Esto supone haber pasado de un período de auto-crecimiento, de purificación y de formación para la misión. De ahí la importancia de la entrevista de ingreso, de un conocimiento mínimo de la persona y de la propuesta de una pericia psiquiátrica previa al ingreso. Una persona es capaz de una decisión definitiva cuando se han armonizado necesidades, aptitudes y valores y ha hecho una síntesis suficientemente clara de sus motivaciones ¡sin dar demasiadas explicaciones! La elección vocacional supone así un voto de confianza en la voz interior, un dejar la casa paterna, un desenmascararse ante sí y los demás diciendo: “esta es la vocación para mi”.
Desde nuestro punto de vista, no se trata de hacer un juicio ético sobre la persona, sino discernir su idoneidad para esta o aquella vocación.
Algunas palabras sobre la formación inicial

La formación inicial, tanto sacerdotal como religiosa y consagrada, exige criterios formativos claros. El Magisterio universal y local es amplio en tal sentido. Se propone una formación integral. Es “toda” la persona, el discípulo, el llamado, el que ha de formarse. Hablamos -comúnmente- de cuatro áreas formativas que se complementan: espiritual, intelectual, pastoral y humano-afectivo. Brasil ha incorporado una quinta: la comunitaria. Aunque el área intelectual es el que ocupa más tiempo y marca los ritmos de la formación y el pastoral es transversal a los demás, por un lado pensamos que el área espiritual es prioritaria y, por otro, que el humano-afectivo es el que mayor atención exige actualmente. La realidad pide una particular atención a lo humano-afectivo. Es el mayor desafío para los actuales formadores. Un proceso formativo que no contemple tal reto condiciona la fidelidad de los futuros consagrados pues, si no hay “cimiento”, toda construcción será vulnerable y, tarde o temprano, aparecerán los problemas. No podemos formar “bombas de tiempo”. Lo mismo podemos decir del comunitario. Los “pares” también forman.



En esta etapa del proceso es primordial colaborar a que crezca el auto-conocimiento que genera como conducta el deseo de conocerse y enfrenta el problema del auto-engaño. Se ha de favorecer la auto-valoración de la persona, es decir, la auto-aceptación que genera -como conducta- el aprecio personal y afronta el problema de la auto-desvalorización. A la vez, se ha de tener en cuenta la auto-confianza que genera seguridad personal y lleva al desafío de sentirse capaz de enfrentar la dificultad de la inseguridad. Ha de proponer el auto-control o auto-disciplina que lleva al organizarse, pero que ofrece como dificultad -en muchos casos- el descontrol. Ha de plantear la auto-afirmación y auto realización, es decir, la auto-trascendencia por el amor que propone una vida autónoma y desarrolla las propias potencialidades. Tiene como dificultad la auto-dependencia y tendencias a no ser. En esta etapa es clave la revisión de la auto-estima que lleva a amarse a sí mismo y a buscar solucionar tendencias de auto-destrucción. Un tema central es conocerse y cimentar toda opción por Cristo y en Cristo. Recién en esta etapa se puede profundizar carismas. Es el momento para que la persona asuma y se asuma en una apertura radical a la Voluntad del Padre. Como en otros momentos aparecen crisis de adaptación, crecimiento o de vocación, por lo que es clave un buen acompañamiento espiritual-vocacional. No todas las crisis son malas. Algunas de ellas permiten madurar y alcanzar mayor libertad interior.
Cada casa de formación y el Seminario son comunidades eclesiales educativas (Cf. PDV 61 a) destinadas a favorecer la respuesta personal a la llamada del Señor. En este sentido son pequeñas escuelas de humanidad y de discipulado. El fin es propio a cada casa y, en el caso de los religiosos, religiosas, consagrados y nuevos movimientos, a cada carisma.
Cada vocación es un modo concreto y específico de realización de la llamada a ser hombres nuevos. Por ello, es responsabilidad de cada casa, favorecer y garantizar en los candidatos y candidatas una personalidad equilibrada y madura, que refleje la perfección humana del Hijo de Dios hecho Hombre, que haga más creíble el ministerio o carisma y que permita servir mejor a sus hermanos. Juan Pablo II -en Pastores Dabo Vobis 43- hablaba de que, “sin una adecuada formación humana, toda la formación está privada de su fundamento necesario.” Particular importancia en la formación humana tiene la capacidad de cada uno de relacionarse con los demás. El hombre no puede vivir sin amor (Cf. PDV 44).
La comunidad es el espacio ideal para la formación del amor a Dios, al prójimo y a uno mismo. Íntimamente relacionada con esta formación para el amor, está la formación para la libertad y la conciencia moral. Cada futuro sacerdote, religioso o consagrado aprenderá, por ello, a cumplir sus obligaciones escuchando la voz de Dios que habla al corazón.
Acerca de las áreas humano-afectiva y comunitaria, son objetivos posibles:

  • La capacidad de percibir sin distorsiones y juzgar con objetividad, justicia y sentido crítico a personas y acontecimientos de la vida.

  • La capacidad de realizar opciones libres y responsables tomadas a partir de motivos auténticos e interiorizados.

  • La capacidad de relación madura y constructiva con las personas de distinto sexo, de diferentes edades y condiciones sociales diversas.

  • La adecuada integración de la identidad sexual y de la propia sexualidad (Cf. PDV 43).

  • La capacidad de apertura al otro, independientemente de las características individuales, que permite una clara e incondicional aceptación del prójimo.

  • La capacidad de colaboración y trabajo en equipo.

  • La capacidad de amar la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y en particular el equilibrio de juicio y de comportamiento.

Uno de los objetivos más importantes es que el candidato o la candidata vayan adquiriendo, mediante el encuentro transparente con la comunidad, un conocimiento ajustado sobre su propia persona, sus motivaciones y comportamientos; de igual importancia es que vayan discerniendo el papel que desempeña en la estructuración de la propia personalidad la vida familiar y las vicisitudes socio-políticas, económicas y culturales del tiempo en que se vive. Alcanzado este conocimiento se pueden corregir las propias carencias y potenciar las capacidades personales. De esta forma, cada uno y cada una se aproximará a una personalidad no arrogante ni polémica, sino afable, hospitalaria, sincera, prudente, discreta, generosa, servicial, leal, fraterna, comprensiva, capaz de perdonar y consolar (Cf. PDV 43).



Asimismo, han de formarse en la castidad, no como negación del amor, sino como “una virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el significado esponsal del cuerpo. Toda su afectividad se ha de expresar en la auténtica y verdadera amistad” (Ídem). Para alcanzar una madurez humano-afectiva, como ya adelantamos, recomendamos recurrir a la asesoría psicológica. Dicha asesoría no debe ser vista sólo en función de la madurez que ayudará al desempeño de las futuras tareas pastorales; no es, pues, una preparación técnica ni una especialización científica. La psicología ayuda a conseguir una madurez integral. Con su aporte pueden vivir, con mayor profundidad, las exigencias de la opción vocacional mediante la integración progresiva entre estructuras psíquicas de la propia personalidad y exigencias del seguimiento vocacional. Esta integración personal tiene una profunda relación con la madurez afectiva, imprescindible para la opción del celibato. “Una vez comprobada la idoneidad del sujeto, y después de haberlo recibido para recorrer el itinerario que le conducirá a la meta (del sacerdocio, por ejemplo), se debe procurar el progresivo desarrollo de su personalidad, con la educación física, intelectual y moral ordenada al control y al dominio personal de los instintos, de los sentimientos y de las pasiones” (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus 65). Así mismo, le ayudará a tener una mirada a la realidad inteligente e integradora, con conocimiento y discernimiento de los valores de la cultura de su entorno.
Los futuros sacerdotes, llamados a “estar con Jesús” para ser luego “enviados por él” (Mc 3, 14- 15), necesitan -junto a la formación humano-afectiva- una firme y definitiva adhesión personal a Jesucristo. Por ello, cada casa de formación ha de ser una escuela de espiritualidad. La adhesión a Jesucristo lleva a cultivar la fe, la esperanza y la caridad (SD 65 y 68; Pb 860). La vida espiritual, por lo tanto, anima e informa todos los aspectos de la formación. Es preciso que cada formando sea iniciado en una profunda intimidad con Dios. Una formación espiritual centrada en el conocimiento de la Palabra, y su meditación, lleva al futuro consagrado a conocer y experimentar el sentido auténtico de la oración cristiana. Ella es el alma y la expresión de la relación del hombre con Dios. Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para la vida y para la formación espiritual (Cf. PDV 48). Así lograrán un seguimiento más radical de Cristo.
El estudio de la filosofía, de la teología y, muchas veces del propio carisma, han de estar unidos a la Tradición viva de la Iglesia e interpretadas auténticamente por el Magisterio. Se trata de formar hombres y mujeres consagrados para la misión. Por ello, la formación, desde sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente pastoral (Cf. PDV 57). Es necesario garantizar, a lo largo del proceso educativo, una formación específicamente pastoral, que incluya tanto la reflexión teológica de la pastoral de la Iglesia, así como las necesarias prácticas apostólicas que deben acompañarla. La formación pastoral ha de fundamentarse en una comprensión de la Iglesia que es esencialmente Misterio, Comunión y Misión. La formación pastoral es global y ha de preparar en los diferentes campos de la acción evangelizadora, para la proclamación de la Palabra de Dios, las celebraciones litúrgicas, la experiencia de oración personal y comunitaria, la evangelización de la religiosidad popular, el acompañamiento espiritual, el compromiso social, la organización, animación y administración de la comunidad, el acompañamiento de los nuevos movimientos y los sectores específicos de la acción pastoral (Cf. OT 16 y Pb 875).
Recuerdo a “E”, hijo de divorciados y con pocos amigos que sintió el llamado del Señor e ingresó a una casa de formación. Lo afectivo era su gran desafío. Las palabras que más resumen su proceso son: “se unificó” pues supo integrar, desde una lectura espiritual y de fe, su vida personal, sus heridas, las causas de las mismas y crecer. No sólo desarrolló sus cualidades, se hizo una nueva persona. Sabe que inició un proceso que no finaliza; se sabe débil y feliz. Mientras se aproxima a la etapa final de su formación inicial, valora lo recibido y ha descubierto que su fragilidad es hoy su riqueza y aporte a los demás. Su respuesta es más firme porque es más maduro como persona y cristiano. Retomaremos el tema de la fragilidad. También recuerdo a “F”: sumamente inteligente y con un especial don de convocatoria, pero paralizado por el miedo a equivocarse y por su pasado. Nunca pudo despejar sus “nudos” y, finalmente, no respondió.
Por lo dicho, cada casa de formación ha de ser una escuela de vida cristiana y comunitaria para que cada uno, desde su vocación, sea hombre o mujer de comunión al servicio de la comunión y gestor de comunión. Para que esto sea posible, se han de generar procesos progresivos, armónicos, dinámicos, integrales y permanentes en el campo humano, cristiano y vocacional.
¿Qué elementos hemos de tener en cuenta cuando alguien solicita el ingreso a nuestra casa de formación?

¿Cómo resumimos nuestra propuesta formativa? ¿Cuáles son sus pilares fundamentales?




Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)
El proceso de todo discipulazo
Formación permanente



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