Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)



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1. Etapa del despertar

Procura sensibilizar a niños, adolescentes y jóvenes sobre el tema “vocación”. Consiste en la presentación de la vocación humana, bautismal y específica, con sus tres estados de vida. Propone la toma de conciencia de que Dios Padre nos llama a ser personas, Dios Hijo nos llama a ser discípulos y Dios Espíritu Santo nos llama a una vocación-misión específica. En términos espirituales, la etapa supone una actitud de búsqueda, apertura y necesita del aporte específico de la Animación Vocacional (SAV).


Objetivo principal: despertar la búsqueda vocacional.
Cada uno ha de pasar del “soy lo que espero tener” al soy “lo que puedo desear y aprender”, hasta llegar al “soy lo que puedo ser”, al decir de Erikson. Cada uno ha de abrirse a lo que Dios le pide, descubriéndose en proceso vocacional.
Primer objetivo específico: elaborar la identidad personal y afirmar la vocación humana. Supone que cada uno opte por ser y se proyecte hacia el futuro, pueda crecer y vencer la tentación de ser eternamente adolescente, logre salir de sí mismo para encontrar el “tú” y trascender, de un sentido a su vida y consiga vivir desde metas y valores propios, integrando su historia personal.
Segundo objetivo específico: optar por Cristo y la escuela del discipulado. Supone asumir el bautismo y la vocación cristiana, el estilo de vida del Maestro y las bienaventuranzas, el esfuerzo por participar de una comunidad de discípulos y el compromiso con los más necesitados.



Tercer objetivo específico: diferenciar profesión de vocación y conocer los distintos estados de vida. Supone libertad interior (apertura vocacional), responsabilidad (coherencia en la respuesta) y fidelidad (concreción).
La temática gira en torno a la vocación humana y bautismal. Incluye el compromiso pastoral. Al comienzo aparece una inquietud: “me gustaría...”, “podría ser”… o una imagen motivadora (“me gustaría ser como...”). La primera inquietud puede ser fruto de una fuerte experiencia de fe, una conversión profunda, el deseo de crecer, la necesidad de dar testimonio o las exigencias del grupo. Por lo general, la motivación inicial desencadena un proceso de búsqueda vocacional.
¿Qué corresponde al servicio de animación vocacional (SAV)? Proponer actividades que muevan a la reflexión y a la búsqueda. La propuesta ha de tener en cuenta las características de cada edad y ciertos criterios pedagógicos.
Propuesta temática para niños y adolescentes

Edad: 8 a 10 años. Características: el niño es sensible al compañerismo, la amistad, el perdón y la solidaridad. Necesita tener -aunque no siempre sucede- una buena relación con la familia. Requiere espacios y tiempos para la recreación. En términos religiosos, es atraído por ciertas imágenes y tiene una oración sencilla, espontánea. Le gustan las narraciones Bíblicas y puede tomar algunos personajes bíblicos como modelo. En términos vocacionales es importante que perciba el llamado a conocer, seguir y querer a Jesús. Para ello proponemos: fomentar la lectura y ver películas religiosas, representar escenas bíblicas, tener momentos de oración personal, participar en las celebraciones litúrgicas.


Edad: 11 a 13 años. Características: necesidad de ser acompañados en experiencias nuevas como secundaria, de tener figuras familiares cercanas y con identidades sexuales cerradas, de integrar un grupo de amigos, de encontrar espacios de creatividad y diversión. Poseen deseos de paz, amor, amistad, solidariedad y cercanía. A nivel religioso van formando -o deberían formar- la conciencia de bien y mal, afirmando valores propios. Es la etapa de nuevas respuestas religiosas: las suyas. A nivel vocacional, la búsqueda de identidad lleva a ciertas motivaciones como: “quiero ser como…” En esta etapa proponemos: integración al grupo eclesial y/o al grupo de monaguillos, cultivar la oración personal y comunitaria, la responsabilidad en el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía, la escucha de la Palabra de Dios y la cercanía concreta a quienes sufren. El contenido fundamental a trasmitir es: “llamados a valorar la vida y la amistad”. Otros temas a tener en cuenta son: el grupo, la amistad, la familia, la vida, el crecimiento, la sexualidad, la fe, hombres y mujeres de fe en la Biblia, Jesús, la Iglesia (la Parroquia), el perdón, la reconciliación, la Eucaristía…
Propuesta temática para adolescentes y jóvenes

Edad: 14- 16 años. Características psicológicas: búsqueda de identidad personal y sexual y de valores, especialmente autoestima, amistad, seguridad, libertad, equilibrio, justicia, servicio. Por lo general son soñadores, sensibles, críticos, imitadores. Toman conciencia de sus heridas humano-afectivas. Necesitan figuras significativas y definidas, vínculos cercanos, afirmar los comportamientos éticos y estéticos. A nivel religioso tienen necesidad de un encuentro con Dios desde nuevas categorías para comenzar una nueva forma de oración y de búsqueda religiosa. A nivel vocacional es el momento de presentar las distintas vocaciones de la Iglesia. El objetivo es: ayudarlos a crecer como personas, a que cada uno se conozca, valore y construya, a expresar los propios sentimientos y vivencias a través de gestos y signos, a buscar el encuentro con Jesús-Amigo en una Iglesia “viva”. Un tema impostergable en esta edad es lo afectivo-sexual, sobre todo en países, donde el Estado propone la “educación sexual” sin los valores del Evangelio. En algunas regiones comienzan a esta edad la preparación al sacramento de la Confirmación. Es un tiempo de formación y compromiso eclesial. Es importante ayudarlos a descubrir el dinamismo de los sacramentos, la oración y de la Palabra de Dios para orientar una etapa de cambios profundos.
Dos temas prioritarios son el llamado a ser personas y la vocación bautismal. Podríamos resumir ese contenido de la siguiente forma: "llamados a crecer en la fe y el amor". En esta etapa proponemos: presentar las distintas vocaciones de la Iglesia como importantes y complementarias. Dios llamará a cada uno a ser laico, sacerdote o religioso-consagrado. Otros temas son: amistad, noviazgo, educación sexual, compromiso con el grupo, la familia, la naturaleza y la Iglesia. Los cambios psíquicos, físicos, afectivos, sexuales, culturales, la aceptación personal y la auto-estima, los valores y las opciones que se van haciendo.
Edad: 17 y 18 años. Características psicológicas: identificación personal y afectivo-sexual, desarrollo de la autoestima, experiencia de amor personal, búsqueda de la propia identidad, socialización, deseo de libertad. Valoran la naturaleza, la fiesta y el tiempo libre. Algunos buscan moverse en torno a valores y dar un sentido a sus vidas. Otros presentan: carencias afectivas, de integración afectivo-sexual, relativizan los valores, poseen indecisión profesional o se evaden a través del alcohol, la droga, el sexo, la violencia, la TV o internet. En esos casos es prioritario ofrecer alternativas de maduración. A nivel religioso pueden tener una fuerte experiencia de Dios desde lo simbólico. A veces, presentan una fe poco cuestionada y cuestionadora. Necesitan testimonios, más que palabras. El servicio de animación vocacional (SAV) ha de ofrecer espacios de maduración personal y grupal, de formación cristiana, de encuentro con Cristo. Ha de proponer asumir la vida como vocación que pide una respuesta de fidelidad y compromiso en la Iglesia y en el mundo. Puede proponer, en comunión con las parroquias o los movimientos eclesiales, experiencias para la construcción de la propia personalidad, posibilidad de buscar y dar un sentido a la vida, servicio misionero o voluntariado, oración en torno a la Palabra de Dios, etc.
Edad: 18 años en adelante. Características. Más allá de su cultura, los jóvenes tienen interrogantes a las que desea encontrar una respuesta adecuada. La búsqueda es señal de vitalidad, crecimiento, deseo de identidad. Les plantea una primera y fundamental opción: ser o cerrarse en un yo consumista, narcisista, insensible… Les concede la oportunidad de una nueva opción por Jesucristo. El acompañamiento en esta etapa consistirá, fundamentalmente, en despertar a los “por qué”, a la reflexión, al deseo de construir la propia vida, a la necesidad de hacer un proceso vocacional.
Contenidos de la etapa del despertar

El primer contenido básico es el llamado a ser personas. Es uno de nuestros dos “cimientos” para decidir luego la propia opción de vida. Es la vocación fundamental. La vida es un don y un misterio. No depende totalmente de nosotros, pero somos responsables de ella. Hace unos años fui invitado a orientar un retiro vocacional en una parroquia rural. Al llegar el párroco me dijo: “hubo un intento de suicidio. Habla del valor de la vida”. Es una época caracterizada por una crisis de sentido; nosotros podemos darle un sentido unitario (Cf. DA 37- 38 y 42). La pregunta existencial que está en la base de tal desafío es: ¿para qué vivir?
La antropología teológica nos dice que la vida viene de Dios que es Padre y Creador y que va hacia Él. La antropología filosófica nos indica que encierra el llamado a ser personas. Estas dos verdades se complementan. Es la dimensión humana o antropológica de la vocación.

Cada sujeto puede decirse a sí mismo: ¿quién soy yo? y puede responder diciendo: soy un cuerpo, un cuerpo sexuado. Por él entramos en relación con el mundo y tenemos conciencia de espacio. A la vez, soy un ser inteligente, entendiendo aquí inteligencia como capacidad de reflexión y de conciencia. Soy capaz de saber quién soy y decidir que haré y seré en la vida. Soy capaz de conocer y de conocerme, de comprender y de comprenderme, de buscar la verdad y de oponerme al engaño.



La visión global del hombre nos indica que es ser-en-relación. Hablando desde la fenomenología podemos decir que tomamos conciencia de quiénes somos cuando entramos en relación con el otro. Cada uno se reconoce a sí mismo desde el otro y desde los otros. En el encuentro con el otro descubrimos realmente quienes somos y nos ponemos en contacto con nuestro verdadero ser. El tú es el punto de partida del propio conocimiento. Nos construimos a nosotros mismos diciendo: “tú”. Desde el tú afirmamos nuestro yo. Desde el otro y los otros nos descubrimos a nosotros mismos. El reconocimiento del tú es el punto de partida de la propia identidad. Es, por ejemplo, la experiencia de la amistad. Del encuentro, cada amigo sale distinto y enriquecido. El amigo permite reconocer el misterio más profundo de uno mismo. San Elredo de Escocia afirma que la verdadera amistad es espiritual y supone sentimientos y razón. Cada uno se auto-conoce y es auto-consciente cuando encuentra a los amigos. De ahí, la importancia de la amistad y de los amigos en la vida. Se crece con y gracias a ellos.
El hombre es un ser capaz de amar y de ser amado, es comunicación de personas y es reconocimiento del yo personal que se descubre diferente al encontrarse con el yo amado. Así como un niño se descubre diferente cuando su madre y familia pronuncian su nombre, cada uno se encuentra a sí mismo cuanto su nombre es dicho por quienes lo aman: familia, amigos, novia, novio, hijos. A diferencia del positivismo de Comte que decía que el hombre individual es una abstracción y que lo concreto es la humanidad, creemos que la persona es sujeto conciente y que su mayor conciencia es la de amar y ser amado. Lo concreto son quienes amamos y nos aman. El amor nos descubre diferentes y capaces de comunión. El amor lleva a la felicidad. Por la amistad y el amor, el hombre se transforma en un misterio de auto-conocimiento y auto-donación. Ni el amor ni la amistad son búsqueda de uno mismo, sino entrega. Ellos son los verdaderos vehículos de la relación inter-personal, del movimiento hacia el tú y el nosotros. Sólo quien ama y es amado llega a experimentar la vida en plenitud. Cada uno ha de descubrirse: ser-para-los-otros. Somos conciencia de potencialidad, afecto y posibilidad de trascendencia. También somos límite, debilidad y sufrimiento.
Max Scheler en su “El puesto del Hombre en el cosmos”, diferencia entre persona e individuo. El último se adapta al medio, está masificado. La persona es capaz de transformar y dar un sentido a su vida. Asumimos este concepto y, con Marichal, afirmamos que el individuo se relaciona desde el conflicto y usa a los demás. Está solo en la sociedad, es egocéntrico, autoritario y busca imponerse. Se siente perseguido, se mueve según sus necesidades y deseos, se atiende a sí mismo y se relaciona desde un inconciente contrato de no-agresión.
La persona, por su parte, se relaciona desde la solidaridad, tratando a cada uno como igual. Propone la vida en comunidad y es democrática en sus actitudes. Busca el encuentro y la comunicación. Da fraternidad y amistad, genera seguridad y libertad. Tiende a la alteridad; por ello, ha de ir al mundo -no salirse de él- para arrojarse a la aventura de hacerse a sí mismo y dar sentido a su existencia. El ser persona no se hereda, se conquista. La tarea de serlo incluye el drama de la soledad, pues no todos se esfuerzan por ser personas. Cada uno llega a ser en la medida en que se descubre en-la-historia y con historia. La tentación es instalarse y continuar siendo individuo-nadie. Tal tentación se vence desde el amor. Para SER, hemos de darle un sentido a la vida.
La persona se realiza amando; es lo que reafirma Rulla con su teoría de la “auto-trascendencia por el amor”. Quien ama es capaz de trascender y es capaz de ser persona. El amor, más aún, el amar, da sentido a la vida. Quien ama trata a los demás como personas, busca inter-actuar, impulsa y procura una relación yo-tú; sabe convivir; crea reciprocidad; vive una vida con sentido y ayuda a descubrirla. Sólo quien ama responde a la interrogante ¿para qué vivir? y la transforma en: ¿para quiénes he de vivir? El amar también abre a Dios. Estamos de acuerdo con Víctor Frank que dice que, lo que da sentido a la existencia, es la auto-donación. El sentido absoluto de la vida lo da Dios, el que no falla y está siempre presente. Quien tiene un “para qué vivir”, encuentra la forma de darse. La antropología filosófica, más que explicar el cómo vivir, muestra el para qué vivir. Se propone encontrar en qué condiciones vale la pena vivir. Nos preguntamos: ¿qué motivos tengo para vivir? ¿Qué cosas y personas dan sentido a mi vida? La capacidad de darle un sentido a la vida revela el grado de madurez de cada uno. En definitiva, Dios llama a todos a ser personas. Es la dimensión humana o antropológica de la Vocación. Es la Vocación humana.
El proceso vocacional incluye una búsqueda antropológica. Ser persona es: hacerse ser. La construcción real de una vocación depende -al comienzo- de la voluntad de ser y de crecer en la dimensión humano-afectiva. Depende de la experiencia de amar y ser amados. La inmadurez humano-afectiva obstaculiza el crecimiento de otras dimensiones, de ahí su importancia. Recuerdo a un joven -al que llamaremos “C”- que me visitó una vez. Por un lado, no podía separarse de su madre, buscaba agradarla y esperaba su opinión sobre todo. Tenía grandes dificultades para optar. Por otro, había roto la comunicación con su padre y no lo veía desde hacía muchos años. Temía casarse y repetir la experiencia de divorcio de sus padres. Él mismo se sentía dividido internamente. Había dejado de estudiar y cambiaba con frecuencia de trabajo. Un joven así deberá cultivar su dimensión afectiva, libertad, responsabilidad y capacidad de opción. Sólo entonces estará en condiciones de elaborar un proyecto de vida. De ahí que, la primera tarea de los animadores vocacionales es aportar herramientas para el crecimiento humano-afectivo y de la libertad. Con ellas, cada uno podrá construir y vivir un proyecto de vida. Una vida integrada, con sentido, supone metas futuras. Desde el yo real, lo que somos, al yo ideal o lo que estamos llamados a ser, hay un camino. Existe un proceso a realizar. El proceso antropológico supone valores y motivaciones. Ellos impulsan a ser personas y a una vida con sentido. El valor primordial es Dios mismo. Otros valores, como la familia y la fidelidad, son fundamentales. La motivación más profunda de la vida y el sentido de la vida se complementan y confunden.
El proceso según Kierkegaard. Para el filósofo el proceso antropológico pasa por tres estadios, etapas o estados que son “maneras de vivir la vida” y de entender el mundo. Ellos son: el estadio estético en el que el sujeto se mueve por lo que “me atrae y gusta”. La belleza exterior determina la forma de comportarme y de mirar la realidad. Es la postura típica de los adolescentes, románticos y seductores. Es común en nuestra época, tan marcada por el culto a la belleza y por una insatisfacción permanente ante ella. Aunque es una etapa para soñar despiertos, es cambiante e inestable. Quien permanece en ella sólo ve lo exterior y tiene dificultad para hacer opciones permanentes. El segundo estadio es el ético. Supone distinguir entre el bien y el mal y optar por el primero. La etapa estética mira hacia afuera, la ética hacia adentro. Hay aquí una doble elección: en primer lugar la persona se elige a sí mismo, opta por ser y busca la autenticidad. En segundo lugar, sale de sí misma y elige de manera estable y reflexiva sobre la base de la moral. Hay entonces un progreso: se descubre la belleza del bien y de la verdad (Cf. CC 1750- 1761 y 1776- 1802). En medio de una cultura con valores relativizados es fundamental impulsar hacia esta etapa. En tercer lugar, Kierkegaard habla del estadio religioso que permite entrar en relación con el Absoluto. El hombre lo necesita para encontrar un sentido trascendente a su vida. Él permite que “el hombre sea hombre” en plenitud, que trascienda al tiempo, al espacio y a sí mismo.
El proceso exige –además- integrar la historia personal y hacer conciente la herida primordial, es decir, aquella que está en la raíz de los miedos, reacciones, complejos y posturas. El proceso se realiza en el amor. Incluye revisar todo aquello que no es amor. Supone la realidad del mal. Mounier señala que la persona es un sujeto infinitamente complejo, que pide una conversión espiritual incesante (revolución personalista) y vive la expansión del espíritu (revolución comunitaria). Ambas expansiones llevan a una nueva visión del mundo (revolución ontológica). Si hay un problema vital para el hombre es la propia vida. Para Mounier, el corazón de la acción es la decisión interior. Existir es auto-realizarse, es optar por lo espiritual. Todo proyecto de vida tiene una dimensión comunitaria (Cf. CC 1877- 1896). El proceso personal tiene, como meta, la comunión con la familia humana y con Dios. En Dios el hombre alcanza la plenitud del ser y del existir. Juan Pablo II, en “Fides et Ratio” 26, se preguntaba: ¿tiene sentido la vida? ¿Hacia dónde se dirige? Respondía diciendo que ésta es la pregunta radical y genuinamente filosófica de la que no se sustrae hombre alguno. La respuesta a tal interrogante se realiza en la historia.
Resumimos el planteo a partir de tres imágenes: el turista, el protagonista y el peregrino. El primero “visita” el mundo, no se compromete en la construcción de su ser, se queda en la belleza exterior, elude responsabilidades y sacrificios. El protagonista se busca a sí mismo y asume compromisos para ser visto. No cultiva su persona, sino su figura. El peregrino es aquel que tiene una meta, ha elaborado e intenta cumplir un itinerario o proyecto de viaje, da sentido a su caminar y lo hace con-otros. Ha optado por el bien, la verdad y por construir la comunión con los demás en Dios.
En síntesis, Dios Padre nos llama a ser personas. Tal Voluntad, en su dimensión humana o antropológica, es una vocación fundamental, común a todo ser humano. Podemos decir, de otra forma, que la vida tiene una dimensión vocacional, que no puede faltar en el proceso.
Los animadores vocacionales han de tener claro este punto. Siempre es importante verificar si el vocacionable ha madurado y crece como persona. La vida espiritual supone y necesita que la dimensión humana sea sólida. Es imposible pensar en una vocación específica sin las condiciones mínimas de desarrollo humano-afectivo y personales. La interrogante de Jesús -en Juan 1, 35- 42- “¿qué buscan?” es un desafío común a todos y conduce al esfuerzo de ser y de darle un sentido a la vida (Cf. DA 244). La vocación humano-afectiva es el cimiento de una opción profesional o vocacional. He aquí una misión al interno del servicio de animación vocacional (SAV)- Pastoral Vocacional y el desafío para quienes buscan ser. Un desafío para nuestras parroquias y movimientos, desde una Iglesia que es Maestra en humanidad: ayudar a ser, a ser personas.
Para el trabajo grupal:

  1. ¿Cómo ayudar a nuestros adolescentes y jóvenes a ser personas?

  2. ¿Cómo continuar nuestro proceso sin dejar de construirnos como personas?

Al decir de Menapache, en “La sal de la tierra”, Buenos Aires, 1977:

Es poco lo que aparece,

Y mucho lo que hay detrás;

Para poder comprenderlo

Parate hermano a pensar.

Que el pasto no da la leche

Por mirarlo y nada más;

La leche la da la vaca

Después de mucho rumiar.



El que es turista en la tierra,

Anda nomás por andar;

No llega a ninguna parte

Porque no busca llegar.
El segundo contenido es el llamado a ser discípulos de Jesucristo. Tal llamado, en su dimensión bautismal o cristológica, es una vocación común a todos los cristianos. La fe tiene una dimensión vocacional. El proceso ha de integrarla.
Jesús es el Maestro. El término aparece cuarenta y ocho veces en los Evangelios. Jesús acepta ser llamado Rabbí, es decir, Maestro. Él mismo se atribuye ese nombre (Cf. Jn 13, 13). Sus seguidores, aprendían a vivir teniéndolo en medio de ellos. Sin embargo, Jesús se distingue de los maestros de su tiempo. Generalmente el discipulado era a término, en cambio los discípulos de Jesús lo siguen durante toda la vida (Cf. Lc 9, 62). Mientras que aquellos servían a su maestro casi como los esclavos, los de Jesús son llamados amigos (Cf. Jn 15, 15). Aunque, en aquel tiempo las mujeres y los niños no eran considerados aptos para el discipulado, Jesús llama tanto a niños como a mujeres (Cf. Mc 10, 14 y Lc 8, 3). Mientras que los discípulos de un conocido maestro gozaban de fama y autoridad ante el pueblo, los de Jesús sufrirán persecución y calumnia (Cf. Mt 5, 11).

En la antigüedad, los maestros invitaban a sus discípulos a relacionarse con algo trascendente y los maestros de la Ley les planteaban la adhesión a la Ley de Moisés. Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (Cf. Jn 15, 5- 15) y tiene palabras de vida eterna (Cf. Jn 6, 68). En la convivencia cotidiana con Jesús y en la confrontación con los seguidores de otros maestros, los discípulos descubren dos puntos originales. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro, fue Jesús quien los eligió. Por otra, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien. Fueron elegidos para vincularse íntimamente a una Persona (Cf. Mc 1, 17; 2, 14).


Los discípulos de Jesús aprenden a vivir según la voluntad del Padre y al mismo tiempo, descubren su vocación y asumen el riesgo de la cruz. Tal discipulado, más que un privilegio, es una responsabilidad. Ahora, el discípulo es el que tiene conciencia de haber sido llamado a estar con Él y a la misión La enseñanza fundamental de Jesucristo es su propia Vida, Pasión, Muerte y Resurrección.
“El sacramento del bautismo es el fundamento de toda vida cristiana” (CC 1213) y también de toda vocación. Nos hace miembros de Cristo. Él revela a cada hombre y a cada mujer su propio misterio (Cf. GS 22). La fe es un don. Por el bautismo somos llamados a ser discípulos. La fe cristiana parte del encuentro con la persona de Jesús, que suscita el deseo de seguirlo. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 243). La pregunta existencial que está en la base de tal desafío es: ¿para quién voy a vivir?
Cristo es la respuesta a las grandes interrogantes de la vida. “En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16)” (DA 101). La respuesta que Cristo ofrece a la persona es una novedad, que supera los proyectos personales e invita a hacer un acto de fe en Él, en su Palabra: “en tu nombre echaré las redes” (Lc 5,5) (Cf. Pre-congreso vocacional, Managua 2010).
La llamada de Jesucristo es una invitación personal, Él “llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz” (DA 277). Jesucristo nos llama por nuestro propio nombre, con nuestra historia, con nuestras cualidades y con nuestros defectos. “Ustedes no me eligieron a mí, he sido yo quien los eligió a ustedes y los he preparado para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca” (Jn 15,16).
La vocación se gesta y se construye en un diálogo inefable entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor. “La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre (Cf. Jn 10, 3). Es un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (Cf. Jn 14, 6). Es una respuesta de amor a quien lo amó primero “hasta el extremo” (Cf. Jn 13, 1). En este amor de Jesús madura la respuesta del discípulo: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57). (DA 136). “El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz”. (DA 140).
La meta del llamado no somos, ni siquiera la transformación que produce en nosotros, sino la misión para la que Dios nos llama. “Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (Cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48)”. (DA 144). “Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad” (DA 148; Ibíd.) y lo acepta como único Maestro (Cf. Mt 23, 8; DA 136).
Como discípulos suyos sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida (Cf. Jn 6, 63. 68; DA 105). Hemos de asumir el mandamiento del amor, el ejemplo de su obediencia filial, su compasión ante el más débil como estilo de vida (Cf. DA 138, 139) y su misión. Tal discipulado, vivido en comunidad, es una gracia (Cf. DA 18) y una misión (Cf. DA 146).

Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)
El proceso de todo discipulazo
Itinerario vocacional e itinerarios grupales
Formación permanente



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