Periplo nocturno



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PERIPLO NOCTURNO Bob Shaw

BOB SHAW


PERIPLO NOCTURNO

EDICIONES ORBIS, S.A.




Título original: Nightwalk

Traducción: José M. Aroca
Asesor de la colección: Domingo Santos

© Foto portada: Pedros Alió

© by Bob Shaw © Ediciones Acervo. Barcelona

© Por la presente edición, Ediciones Orbis,

S.A. Apartado de Correos 35432, Barcelona

ISBN: 84-7634-270-5 D.L.: B. 28760-1985


Impreso y encuadernado por

printer industria gráfica s.a. provenza 388 08025 Barcelona

sant vicenc dels horts

Printed en Spain

I

Una noche de invierno, cruda y helada, había caído sobre New Wittenburg, ejerciendo dura presión sobre las inhóspitas calles, depositando irregulares capas de escarcha sobre el desierto hormigón de la terminal del espacio.



Tallon se apoyó contra la ventana de su cuarto, mirando al exterior. Las largas horas de la noche yacían ante él, y se preguntó cómo iba a superarlas. Ni siquiera la posibilidad de pasar a través de los ochenta mil portales que conducían a la Tierra podía aliviar su depresión. Había dormitado encima de las revueltas ropas de la cama por espacio de varias horas, y durante aquel tiempo el mundo parecía haber muerto. Daba la impresión de que el hotel estaba vacío.

Encendió un cigarrillo y exhaló un suave río de humo que discurrió llanamente a lo largo del cristal de la ventana. Unas pequeñas áreas circulares de condensación se formaron en el interior del cristal, centradas en gotitas que se pegaban al exterior ¿Vendrían a por él? La pregunta era un sordo dolor que le había mordido desde que se estableció el contacto, una semana antes.

Normalmente, las probabilidades de éxito habrían sido elevadas, pero esta vez sucedieron cosas que a Tallon no le gustaron. Chupó con fuerza el cigarrillo, haciendo que crujiera débilmente. Había sido mala suerte que McNulty sufriera un ataque cardíaco precisamente entonces; pero había sido también un error por parte de alguien en el Bloque. ¿Qué diablos estaban haciendo, situando a un hombre en el campo sin haberse asegurado plenamente de que no podría enfermar? McNulty se había asustado después de sufrir el ataque y había realizado una transferencia tan poco ortodoxa que seguía asombrando a Tallon cada vez que pensaba en ella. Aplastó el cigarrillo bajo la suela de su zapato y juró que alguien pagaría por el error cuando regresara al Bloque. Si lograba regresar al Bloque.

Con un esfuerzo consciente se negó a sí mismo otro cigarrillo. La habitación parecía haberse encogido durante la semana que había permanecido allí. En Emm Lutero, los hoteles estaban en el lugar más bajo de la escala en lo que a comodidades respecta. Su habitación no era cara, pero sólo contenía una cama con una sucia cabecera y unos cuantos muebles desvencijados. Una telaraña oscilaba desamparadamente del tubo del aire caliente. Las paredes estaban pintadas de color verde burócrata: el color de la desesperación.

Sorbiendo aire a través de sus dientes en un siseo de disgusto, Tallon regresó a la ventana y apoyó su frente contra el helado cristal. Miró al exterior a través de las palpitantes luces de la ciudad extraña, notando el sutil efecto de la mayor gravedad en la arquitectura de las torres y capiteles: un recordatorio de que estaba lejos del hogar.

Entre aquí y la Tierra había ochenta mil portales, representando incontables millones de años-luz; cortinas de sistemas estelares, capa sobre capa de ellos, hacían imposible localizar siquiera el racimo suelto del cual formaba parte el Sol. Lejos, demasiado lejos. Las lealtades quedaban demasiado adelgazadas sobre aquellas distancias. La Tierra, la necesidad de nuevos portales, el Bloque: a aquella distancia, ¿qué significaba todo ello?

De pronto, Tallon se dio cuenta de que tenía hambre. Pulsó un interruptor, se encendió la luz, y Tallon se contempló en el único espejo de la habitación. Sus lisos cabellos negros estaban ligeramente revueltos. El rostro alargado, más bien serio —que podría haber sido el de un calculista o de un intérprete de jazz con una inclinación hacia la teoría—, estaba sombreado por una barba incipiente, pero decidió que era improbable que llamara la atención. Momentánea e infantilmente complacido ante la idea de comer, se pasó un peine por los cabellos, apagó la luz y abrió la puerta.

Estaba a punto de salir al pasillo cuando llegó hasta él la primera premonición de peligro. En el hotel reinaba un silencio absoluto. Y ahora que pensaba en ello, ningún vehículo había pasado por la calle habitualmente transitada debajo de su ventana en todo el tiempo que llevaba aquí.

Presa de pánico, frotándose el labio superior con el dorso de la mano, Tallon volvió a entrar en su cuarto y abrió ligeramente la ventana. El desigual murmullo del tráfico de la ciudad penetró en la habitación con el aire frío; sin embargo, nada se movía en la calle inmediatamente debajo. ¿Por qué se habrían tomado todas aquellas molestias? Tallon frunció el ceño, pensando, y luego se dio cuenta de que se estaba engañando a sí mismo simulando una duda. Para apoderarse de lo que tenía en su mente, precintarían la ciudad, el continente, todo el planeta de Emm Lutero.

Me está ocurriendo a mi, pensó, pero una oleada de irritación sumergió su miedo. ¿Por qué todo el mundo tenía que atenerse tan estrictamente a las normas? ¿Por qué, si alguien del bando de uno cometía un error, alguien del bando contrario le hacia pagar siempre a uno las consecuencias? ¿No iban a hacer una excepción, ni siquiera para Sam Tallon, el centro del universo?

Moviéndose con una rapidez súbitamente febril, cerró la puerta y sacó su maleta del armario. Había algo que tenía que haber hecho antes, y su frente se frunció al pensar en el riesgo que había corrido al demorarse tanto. Sacó de la maleta su anticuado transistor, extrajo la batería, y se acercó al espejo. Ladeando ligeramente la cabeza, Tallon separó los cabellos de su sien izquierda y manipuló a través de ellos hasta que hubo aislado dos plateados alambres. Levantó la batería hasta su frente y, tras una leve vacilación, conectó los brillantes alambres a sus terminales.

Con los ojos opacos de dolor, meciéndose ligeramente sobre sus pies, Tallon recitó lenta y claramente la información Tardó sólo unos segundos en enumerar los cuatro grupos de dígitos. Cuando hubo terminado giró la batería y, con una vacilación más prolongada, estableció de nuevo la conexión Esta vez el dolor fue realmente intenso cuando la cápsula del tamaño de un guisante implantada en su cerebro se cerró de golpe, aprisionando un fragmento de tejido vivo.

Volvió a colocar la batería en la radio, encontró de nuevo los pelos metálicos y los arrancó de su cuero cabelludo. Tallon sonrió, satisfecho. Había resultado más fácil de lo que imaginaba. Los luteranos solían evitar el matar a la gente, en parte porque esa era la doctrina oficial del gobierno planetario, pero principalmente porque su conocimiento de las técnicas hipnóticas había progresado lo suficiente como para hacerlo innecesario. Si le capturaban, lo primero que harían sería someterle a un lavado de cerebro para borrar todo lo que había averiguado. Pero ahora resultaría inútil. Incluso suponiendo que le mataran, el Bloque encontraría a un pariente apesadumbrado para solicitar la devolución de su cadáver a la Tierra, y la diminuta cápsula implantada en su cerebro seguiría estando viva en su capullo maravillosamente diseñado. El Bloque podría ex traer lo que necesitaba saber.

Tallon se preguntó si, a pesar de todas las seguridades, un diminuto v asustado fantasma de su propia personalidad permanecería en aquella pequeña celda oscura... vivo y gritando cuando los electrodos empezaran a tantear a ciegas. Me estoy dejando ganar por el pesimismo, pensó. Debía ser una enfermedad profesional. ¿Quien dice que voy a morir?

Sacó la superplana y ultrarrápida automática de su bolsillo y la sopeso en su mano. El Bloque esperaría que la utilizara, a pesar de que la Tierra y Emm Lutero no estaban oficialmente en guerra Cuando habían implantado la capsula en su cerebro, en el acuerdo había figurado una cláusula tácita, de la que nadie había hablado. Con la información a buen recaudo, conservada con independencia de su propia vida, el Bloque prefería que Tallon muriese y fuese devuelto a la Tierra a que le encerrasen en una prisión a prueba de fugas. Nadie había aludido a aquella cláusula: Tallon hubiera renunciado en el acto si lo hubieran hecho; pero esto no cambiaba las cosas. Y la mejor manera de hacerse matar sería empezar a disparar contra los miembros de la P.S.E.L. Tallon descargó la automática, la tiró a un cajón y dejó caer el cargador en el cubo de la basura.

Los grupos de dígitos que había memorizado eran las coordenadas del nuevo portal, más el salto de impulsión y el salto adicional involucrados, teniendo en cuenta las diferencias gravitatorias entre Emm Lutero y la Tierra. Representaban nada menos que un flamante planeta tipo Tierra. Él, Sam Tallon, era el poseedor del secreto individual quizá más importante del universo. Pero no iba a morir por él... por nada ni por nadie. Lo único que le debía al Bloque era una tentativa razonable para escapar. Encendió otro cigarrillo y se sentó en el borde de la cama.

En alguna parte de la ciudad de New Wittenburg había un especialista del cual Tallon desconocía el nombre y la dirección. El especialista establecería contacto con él cuando pudiera hacerlo con seguridad. Su trabajo consistía en administrar la carga de drogas, el tratamiento, que por medios a la vez físicos y psicosomáticos modificaría el aspecto de Tallon lo suficiente como para permitirle pasar a través de los puestos de control de la terminal del espacio. Cambiarían su piel, sus cabellos, la pigmentación de sus ojos; cambiarían sus huellas dactilares; cambiarían incluso sus medidas Bertillon, por medio de unas drogas que producían tensiones y contracciones en la musculatura y en los tejidos conjuntivos del cuerpo.

Tallon no se había sometido nunca al tratamiento y la perspectiva distaba mucho de entusiasmarle, pero sería preferible a perderse de vista en una prisión luterana. Si pudiera salir del hotel y permanecer en libertad, el especialista le encontraría. El problema estribaba en cómo salir.

Chupó profundamente su cigarrillo, casi permitiendo que el humo escapara de su boca, y luego lo absorbió hasta sus pulmones. El exceso le mareó ligeramente. Se tumbó en la cama boca abajo, apoyándose sobre sus codos, y trató de calibrar objetivamente sus probabilidades.

Con todo su equipo hubieran existido seis posibles vías de escape de aquella habitación —la puerta y la ventana, las otras dos paredes, el suelo y el techo—, pero, gracias a McNulty, se había visto obligado a viajar con las manos prácticamente vacías. Sin embargo, la P.S.E.L. ignoraba eso, y por ello se habían tomado la molestia de rodearle. Tallon sospechaba que en aquel momento estaban cubriendo la calle, el pasillo y las habitaciones de encima y de ambos lados de la suya.

Aparte de la inútil automática, no tenía más que un par de zapatos de tracción en un estado sumamente dudoso. Suponiendo que los otros estuvieran realmente allí y no fuera todo producto de sus nervios, la situación era casi desesperada. La única salida que le quedaba era, como se había propuesto inicialmente, andar con toda la tranquilidad posible hacia el restaurante. Una ventana al final del pasillo daba a una calle distinta. Si lograba alcanzarla, podía haber una leve posibilidad...

Pero esta vez la puerta que daba al pasillo se negó a abrirse.

Tallon hizo girar el pomo violentamente y tiró con todas sus fuerzas; luego recordó que el Bloque le había advertido que debía reposar unas cuantas horas después de haber cerrado la cápsula en su cerebro, o al menos no abusar del ejercicio físico. Retrocedió, pues, alejándose de la puerta, casi esperando que se abriera de golpe de un momento a otro. Estaba atrapado. La única cuestión que seguía en el aire era cual de las tres redes ejecutivas de la P.S.E.L. estaba a cargo de la operación. La proscripción de las "liquidaciones" directas, impuesta por la rígida semiteocracia que prevalecía en Emm Lutero, les había conducido a desarrollar métodos idiosincráticos de manejar a los prisioneros políticamente peligrosos. El cardex en la memoria de Tallon parpadeó espontáneamente, revelando los nombres y un resumen de lo que era probable que le ocurriera "accidentalmente mientras se resistía a ser detenido".

Estaba Kreuger, aficionado a inmovilizar a sus cautivos cortándoles los tendones de Aquiles; estaba Cherkassky, que les atiborraba de drogas psiconeurales hasta el punto de que uno nunca volvía a gozar de una noche de sueño apacible; y finalmente estaba Zepperitz. Zepperitz y sus métodos hacían que los otros dos parecieran casi bondadosos.

Súbitamente abrumado por su propia estupidez al haberse dejado arrastrar a aquel juego de espionaje, Tallon arrastró una silla hasta el centro de la habitación y se sentó en ella. Entrecruzó sus manos detrás de su espalda —un bulto pasivo— y esperó. La destrucción de Tallon como ser político, iniciada la primera vez que no había logrado encontrar una constelación identificable en el cielo nocturno de Emm Lutero, era ahora completa.

Se sintió frío, aprensivo e imposiblemente enfermo.


II

Hay ochenta mil portales, en números redondos, entre Emm Lutero y la Tierra. Para regresar a casa hay que pasar a través de todos ellos, prescindiendo del miedo cada vez más intenso, prescindiendo de la impresión de sentir cómo el cuerpo deja atrás el alma durante los tránsitos-parpadeo a través de las remotas extensiones del Bloque.



La nave alcanza el primer portal cruzando diagonalmente la corriente galáctica durante casi cinco días. El portal está en la actualidad relativamente cerca de Emm Lutero, pero se están separando el uno del otro a un ritmo de unos seis kilómetros por segundo. Esto se debe a que el planeta y su sol paterno están nadando con la marea galáctica, en tanto que el portal es una esfera imaginaria anclada a un punto de la inamovible topografía del no-espacio.

Si la nave lleva un buen equipo de astrogación, puede penetrar en el portal a toda marcha; pero si las computadoras que la controlan tienen alguna duda acerca de su emplazamiento exacto, pueden pasar días enteros reduciendo velocidad y maniobrando para situarse en posición. Ellas saben —y uno, sudando en su celda G, también lo sabe— que si la nave no se encuentra a salvo dentro del portal cuando tiene lugar el salto, sus pasajeros no volverán a respirar el aire suave y compacto de la Tierra. La geometría heterodoxa del no-espacio se encargará de eso.

Mientras uno espera, con la garganta seca y la frente helada, reza por que un desdichado azar no le proyecte a incontables años-luz de distancia del hogar. Pero esto forma parte de la emoción humana en una tarea.

El no-espacio es incomprensible, pero no irracional. Suponiendo que todos los órganos de cristal y de metal en las entrañas de la nave funcionen correctamente, podrían realizarse un millón de saltos desde A hasta B a través del no-espacio sin el menor tropiezo. Las dificultades surgen debido a que el no-espacio no es reciproco. Habiendo alcanzado B, el mismo salto en dirección contraria no nos devolverá a A; de hecho, nos llevará a cualquier punto fortuito del universo excepto A. Una vez ha ocurrido eso, lo único que se puede hacer es seguir dando saltos y más saltos al azar. Con la suficiente perseverancia y muchísima suerte, es posible situarse al alcance de un mundo habitable, aunque las probabilidades en contra son muy elevadas.

En el primer siglo de exploración interestelar, sólo la Tierra envió alrededor de cuarenta millones de exploradores-robot, de los cuales únicamente doscientos lograron regresar. De aquellos doscientos, exactamente ocho habían encontrado sistemas planetarios utilizables. Ni una sola del puñado de naves tripuladas por hombres que saltaron accidentalmente fuera de un sistema volvió a ser vista... al menos en la Tierra. Es posible que algunas de ellas sigan marchando, transportando a los descendientes de sus tripulaciones originales, Holandeses Errantes cósmicos entrevistos únicamente por remotas estrellas mientras su destino de tránsitos-parpadeo les lleva gradualmente más allá del alcance del pensamiento humano.

Los ocho exploradores afortunados de aquel primer siglo establecieron unas rutas zigzagueantes, que las naves tripuladas por hombres que aparecieron más tarde procuraron seguir cuidadosamente. Ese es el otro aspecto del viaje por el no-espacio que le preocupa a uno mientras espera que actúen los relés. Aunque era una deducción lógica de la ausencia de reciprocidad en el no-espacio, unos cuantos pioneros descubrieron a su costa que saltar desde un punto cercano a A no nos llevará a un punto correspondiente cercano a B. Apartarse dos segundos-luz del punto establecido para el salto, el llamado portal, equivale a iniciar un peregrinaje al azar hacia el lado más remoto de la eternidad.

Por eso, durante los lentos segundos finales en los que uno flota en su celda-G y respira el aire con olor a caucho, reza y suda.

Por eso también, el planeta Emm Lutero, anteriormente una colonia de la Tierra y ahora autónomo, conservaba celosamente cuatro grupos de números encerrados en el cerebro de Sam Tallon. Emm Lutero tenía un solo continente, y su acuciante necesidad de nuevo espacio vital igualaba al de la propia Tierra. Y en un increíble golpe de suerte, un explorador había descubierto un planeta verde a sólo cuatrocientos portales de distancia a la ida y a menos de dos mil a la vuelta.

Lo único que se necesitaba ahora era tiempo para afincarse allí sólidamente antes de que las grandes naves —la invencible esperma de la incesante automultiplicación de la Tierra— pudieran penetrar en el nuevo y feraz útero.

III


Tallon no tuvo que esperar mucho.

Su primera noción de que estaba bajo los efectos de un ataque llegó cuando se encontró bailando con Myra, una muchacha que había muerto en la Tierra hacía veinte años.



No, susurró, no quiero esto. Pero ella estaba en sus brazos, y giraban lentamente en la penumbra multicolor del Stardust Room. Tallon trató de sentir la dura presión de la silla en la desaseada habitación del hotel en Emm Lutero, pero el esfuerzo resultó inútil, ya que aquello formaba parte de un futuro todavía muy lejano.

Súbitamente era mucho más joven, trabajando aún para graduarse en electrónica, y tenía a Myra entre sus brazos. Todo era real. Sus ojos se llenaban de embeleso con el espectáculo de la cascada de cabellos dorados de Myra, de sus ojos color whisky. Se movían lenta y dichosamente al ritmo de la música, con Myra, como siempre, perdiendo un poco el compás. Como pareja de baile era una calamidad, pensó Tallon cariñosamente, pero tendría mucho tiempo para solucionar aquello cuando estuvieran casados. Entretanto, le bastaba con deslizarse con ella a través de brumas de color pastel y parpadeos de estrellas.

El salón de baile se alejó ostensiblemente. Otro momento, otro lugar. Estaba sentado en el cómodo y antiguo bar de Berkeley, esperando a Myra. Oasis de luz anaranjada reflejándose sobre paredes artesonadas con maderas oscuras. Myra se estaba retrasando demasiado, y él sentía aumentar su irritación. Myra sabía dónde la esperaba, de modo que si por cualquier motivo no podía acudir a la cita podía telefonearle al menos. Probablemente empezaba a sentirse demasiado segura de los sentimientos de Tallon, esperando que él fuera a su casa a enterarse de lo que había motivado su ausencia. Bueno, le daría una lección. Empezó a beber decididamente, vengativamente... y el horror iba en aumento, extendiéndose como una mancha oscura a pesar de sus frenéticos esfuerzos por impedirlo.

La mañana siguiente. La soñolienta quietud del laboratorio de normas. El periódico extendido sobre el banco de pruebas chamuscado por cigarrillos e, increíblemente, el rostro de Myra mirándole desde las hojas de plástico. Su padre, un gigante triste y gruñón que había sido abandonado años antes por la madre de Myra, había asfixiado a Myra con una almohada y luego se había cortado las venas de las muñecas con una sierra circular portátil.

Colores disolviéndose, las penetrantes mareas de dolor, otra ve/ la música, y estaban bailando; pero en esta ocasión Myra se mostraba más torpe que nunca a pesar de la lentitud de los ritmos. Estaba fláccida y pesada. Tallon luchaba por sostenerla, y el aliento de Myra sollozaba y gorgoteaba en su oído...

Tallon gritó y engarfió sus dedos en los grasientos brazos del sillón.

—Ya vuelve en sí -dijo una voz—. Un tipo romántico, ¿verdad? Nunca puede saberse si te limitas a mirarles.

Alguien rió silenciosamente.

Tallon abrió los ojos. La habitación estaba llena de hombres con los uniformes grises de la fuerza de seguridad civil P.S.E.L. Portaban pequeñas armas, la mayoría de ellas con las embocaduras en forma de abanico de las pistolas-avispa, pero Tallon vio varias bocas circulares pertenecientes a un tipo de arma más tradicional. Los rostros de aquellos hombres reflejaban diversión y desden, y algunos de ellos aparecían marcados aún con leves líneas sonrosadas dejadas por las máscaras que les protegían del gas psiconeural. Su estómago eructaba ruidosamente con cada movimiento respiratorio, pero Tallon encontró la náusea física insignificante comparada con el torbellino emocional que todavía sacudía sus sentidos. El shock físico estaba mezclado con una insoportable sensación de ultraje, de haber sido invadido, abierto en canal y clavado a la mesa de disección como un ejemplar de laboratorio. Myra, amor mío... lo siento. Oh, bastardos, sonrientes y asquerosos...

Se tensó por un instante, dispuesto a saltar hacia adelante, y luego se dio cuenta de que estaba reaccionando tal como se esperaba que lo hiciera. Por eso habían utilizado un derivado del LSD en vez de un simple gas anestesiante. Tallon se obligó a sí mismo a relajarse; podía encajar todo lo que Kreuger, Cherkassky o Zepperitz pudieran darle, y lo demostraría. Viviría, en un razonable estado de salud, aunque sólo fuera para leer todos los libros de la biblioteca de alguna prisión.

—Muy bien, Tallon —dijo una voz—. El autocontrol es muy importante en su profesión.

El que había hablado se situó en el campo visual de Tallon. Era un hombre enjuto, de rostro chupado, que llevaba la chaqueta negra y la golilla blanca de un funcionario del gobierno de Emm Lutero. Tallon reconoció el afilado rostro, el cuello verticalmente arrugado y la incongruente ondulada cabellera de Lorin Cherkassky, número dos en la jerarquía de los servicios de seguridad.

Tallon asintió impasiblemente.

— Buenas tardes. Me preguntaba...

—Hágale callar —interrumpió un rubio de hombros muy anchos que llevaba los galones de sargento.

—No se preocupe, sargento —dijo Cherkassky, haciendo señal al joven para que se apartara—. No debemos desalentar al señor Tallon si desea mostrarse comunicativo. Durante los próximos días tendrá que contarnos un montón de cosas.

—Me alegrará contarles todo lo que sé, desde luego —dijo Tallon rápidamente—. ¿De qué serviría tratar de ocultarlo?— ¡Exactamente! —La voz de Cherkassky fue un excitado aullido, que le recordó a Tallon la notoria inestabilidad del hombre-. ¿De qué serviría? Me satisface que lo vea de ese modo. Ahora, señor Tallon, ¿contestará a una pregunta inmediatamente?

— ¿De qué se trata? Sí.

Cherkassky se dirigió hacia la cómoda, moviendo la cabeza sobre el largo cuello como un pavo real a cada paso, y sacó la vacía pistola automática de uno de los cajones.

— ¿Dónde está la munición para esta arma?

—Allí. La tiré al cubo de la basura.

—Comprendo —dijo Cherkassky, agachándose para recuperar el cargador—. La ocultó usted en el cubo de la basura.

Tallon se removió en su asiento, inquieto. La cosa era demasiado infantil para ser cierta.

—La tiré al cubo de la basura. No la quería. No quería causar problemas —afirmó, sin levantar la voz.

Cherkassky asintió con una sonrisa.

—Eso es lo que yo diría si estuviera en su situación. Sí, es casi lo mejor que podría decir—. Deslizó el cargador en la culata de la pistola y se la entregó al sargento—. No pierda esto, sargento. Es una prueba.

Tallon abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla bruscamente. El mismo infantilismo de los procedimientos era una parte importante de la técnica. No hay nada más irritante, más frustatorio, que verse obligado a actuar como un adulto mientras todo el mundo a nuestro alrededor se comporta con una malicia juvenil. Pero él lo encajaría todo sin derrumbarse.

Siguió un largo silencio durante el cual Cherkassky le observó atentamente. Tallon permaneció completamente inmóvil, tratando de rechazar las ráfagas de brillantes recuerdos que le asaltaban ocasionalmente, imágenes de Myra llena de vida, con su piel blanca y sus ojos color whisky. Adquirió consciencia de los barrotes del asiento hundiéndose en la parte posterior de sus piernas, y se preguntó si cualquier movimiento por su parte provocaría el impacto múltiple de una pistola-avispa. La mayoría de las autoridades la consideraban como un arma humanitaria, pero Tallon había interceptado en cierta ocasión y accidentalmente una carga entera de los diminutos dardos llenos de droga, y la subsiguiente parálisis le había causado treinta minutos de agonía.

A medida que el silencio se prolongaba sin que se efectuara ningún preparativo para sacarle del hotel, Tallon empezó a preocuparse. Miró a su alrededor, intentando descubrir una pista, pero los rostros de los agentes de la P.S.E.L. permanecían profesionalmente impasibles. Cherkassky se movía de un lado a otro con aire de satisfacción, sonriendo y apoyándose contra la pared cada vez que sus ojos se encontraban con los de Tallon.

Tallon empezó a notar una extraña sensación que afectaba a la piel de su frente y de sus mejillas, una sensación de frío mezclada con oleadas de pinchazos pasando a través de los poros individuales. He sido graduado, pensó; estoy teniendo mi primer sudor frío.

Unos segundos más tarde la puerta se abrió de golpe y entró un hombre uniformado llevando una pesada caja de metal gris. La depositó sobre una silla, echó una breve ojeada a Tallon y se marchó. Cherkassky chasqueó sus dedos y el sargento rubio abrió la caja, dejando al descubierto un tablero de mandos y varias bobinas de plástico. En una bandeja poco profunda, los diez terminales circulares de un lavacerebros brillaban como bisutería barata.

—Ahora, Tallon... ha llegado el momento de la verdad —dijo Cherkassky, hablando en el tono de un hombre de negocios.

-¿Aquí? ¿En el hotel?

— ¿Por qué no? Cuanto más tiempo conserve la información en su cerebro, más posibilidades tendrá de transmitirla a otra persona.

—Pero hace falta un psicólogo adiestrado para aislar cualquier secuencia específica de pensamientos —protestó Tallon—. Puede usted destruir zonas completas de mi memoria que no tienen nada que ver...

Se interrumpió mientras la cabeza de Cherkassky empezaba a oscilar ligeramente sobre su cuello de pavo; era evidente que se sentía muy satisfecho de sí mismo. Tallon profirió una maldición que no llegó a convertirse en palabras. Se había propuesto encajarlo todo en silencio, absorber todo lo que le echaran... y había empezado a gimotear antes incluso de que le tocaran. Demasiado para la corta y espectacular carrera de Tallon, el Hombre de Hierro. Apretó los labios y miró fijamente hacia adelante mientras Cherkassky colocaba los enlazados terminales en su cabeza. El sargento dio una señal, y el círculo de uniformes grises se retiró hacia el pasillo, haciendo que la habitación resultara súbitamente más amplia y más fría. A la mortecina luz, la telaraña oscilaba perezosamente, colgada del tubo del aire caliente.

Cherkassky se situó detrás de la silla que sostenía la caja gris, agachándose un poco para efectuar algunos ajustes en los nonios. Observó atentamente las diversas esferas y alzó la mirada hacia el rostro de Tallon.

— ¿Sabia usted, Tallon, que su resistencia basal es anormalmente baja? Tal vez suda demasiado; eso disminuye siempre la resistencia de la piel. Normalmente, no es usted una persona inclinada a sudar, ¿verdad? —Cherkassky frunció la nariz en un gesto de desagrado, y el sargento dejó oír una risita burlona.

Tallon proyectó su mirada más allá de Cherkassky, hacia la ventana. La habitación se había llenado de una especie de vaho mientras estuvo atestada, y las escasas luces de la ciudad que eran visibles parecían bolas de algodón iluminado. Anheló encontrarse en el exterior, respirando el cortante aire bajo el cielo estrellado. A Myra le había gustado pasear en noches muy frías.

—El señor Tallon no quiere que perdamos más tiempo —dijo Cherkassky en tono severo—. Tiene razón, desde luego. Vayamos al asunto. En primer lugar, Tallon, convengamos en que no hay ningún malentendido por ninguna de las partes. Se encuentra usted en esta situación porque forma parte de una red de espionaje que por pura casualidad obtuvo detalles de las coordenadas del portal y la impulsión y puntos de salto del planeta Aitch Mühlenburg, una adquisición territorial del venerado gobierno de Emm Lutero. La información le fue transmitida a usted, y usted la ha fijado en su memoria. ¿Correcto?

Tallon asintió dócilmente, preguntándose si el lavacerebros seria tan desagradable como la cápsula. Cherkassky conectó el control remoto y apoyó su pulgar sobre el botón rojo. Tallon tuvo la impresión de que el instrumento que estaban utilizando era un modelo standard, el mismo modelo utilizado por los psiquiatras de menos categoría. Empezó a preguntarse hasta qué punto no era "oficial" el tratamiento a que le sometían. En Emm Lutero, con su único continente regido por un único gobierno mundial, no había existido nunca la necesidad de desarrollar las enormes y altamente organizadas redes de espionaje y contraespionaje que todavía proliferaban en la Tierra. Por tal motivo, los tres dirigentes de la red luterana gozaban de una libertad casi absoluta, aunque eran responsables ante el Moderador Temporal, el equivalente a un presidente del planeta. La cuestión era hasta qué punto le estaba permitido a Cherkassky actuar según sus propias iniciativas.

—De acuerdo, entonces —dijo Cherkassky—. Queremos que concentre sus pensamientos en la información. Procure ser concreto. Y no trate de engañarnos pensando en otras cosas; le estaremos controlando. Levantaré mi mano cuando vaya a borrar, lo cual será alrededor de cinco segundos a partir de este momento.

Tallon se dispuso a ordenar los grupos de cifras, sintiéndose súbitamente invadido por un miedo terrible a perder su propio nombre. La mano de Cherkassky realizó un movimiento preliminar, y Tallon luchó contra su pánico mientras las cifras se negaban a fluir adecuadamente, a pesar de su memoria adiestrada en el Bloque. Luego... nada. Los números que habrían dado a la Tierra todo un mundo nuevo habían desaparecido. No se había producido ningún dolor, ningún sonido, ninguna sensación de ninguna clase, pero el fragmento vital del conocimiento ya no era suyo. A medida que la expectación del dolor se desvanecía, Tallon empezó a relajarse.

—No ha sido tan terrible, ¿verdad? —Cherkassky se pasó una mano por la espesa cabellera que parecía medrar como un parásito a costa de su pequeño y frágil cuerpo—. Completamente indoloro, diría yo.

—No he sentido nada —admitió Tallon.

— ¿Pero la información ha quedado borrada?

—Sí. Ha desaparecido.

— ¡Asombroso! —La voz de Cherkassky se hizo coloquial—. Nunca deja de asombrarme lo que es capaz de realizar esta cajita. Hace innecesarias las bibliotecas, ¿sabe? Lo único que cualquiera tiene que hacer es tomar un libro que realmente le guste, y puede leer y borrar, leer y borrar durante el resto de su vida.

—No es mala idea —dijo Tallon suspicazmente—. ¿Le importa que me quite estos chismes de la cabeza?

—No mueva un solo dedo hasta que el señor Cherkassky dé la orden —el sargento rubio dio unos golpecitos en el hombro de Tallon con su pistola-avispa.

—Oh, vamos, sargento —protestó Cherkassky amablemente—. No sea demasiado duro con él. Después de todo, se ha mostrado cooperativo. Y muy comunicativo también. Me refiero a lo mucho que nos contó antes acerca de esa muchacha a la que conoció en la Tierra. La mayoría de los hombres no hablan de ese tipo de intimidades. ¿Cómo se llamaba la chica, Tallon? Ah, sí, ya recuerdo: Mary.

—Myra —rectificó Tallon maquinalmente, y observó la sonrisa que se ensanchaba en el rostro del sargento.

El pulgar de Cherkassky había descendido sobre el botón rojo. Tallon vio la expresión extrañamente triunfal de los ojos de Cherkassky, y le abrumó la sensación de haber sido estafado. Algo, alguna parte de él, había desaparecido. Pero, ¿qué? Intentó explorar su propia mente, buscando baches de oscuridad en su memoria. Sólo encontró la impresión de haber perdido algo.

La rabia hirvió entonces en su interior, limpia y pura. Tallon notó cómo fundía toda precaución y sentido común, y se sintió agradecido.

—Es usted repugnante, Cherkassky —dijo, sin alzar la voz—. Un ser asqueroso.

El cañón de la pistola-avispa cayó sobre su hombro, malignamente, y al mismo tiempo vio el pulgar de Cherkassky acercándose de nuevo al botón. Tallon trató de arrojar un pensamiento inesperado por delante de su mente antes de que se estableciera el contacto. La estrella quebradiza es un animal marino emparentado con el... ¡En blanco!

Cherkassky se apartó de Tallon, con la boca violentamente contraída y el pulgar apoyado en el botón. Esto puede continuar durante toda la noche, pensó Tallon. Y mañana por la mañana estaré como muerto, porque Sam Tallon es la suma de todas las experiencias que recuerda, y Cherkassky va a reducirlas a nada.

—Adelante, Loric —dijo el sargento—. Déle otro toquecito. Siga con él.

—Lo haré, sargento, lo haré; pero hay que proceder sistemáticamente.

Cherkassky había retrocedido hasta casi la ventana, extendiendo el cable de control hasta su límite. La calle, recordó Tallon, se encontraba siete pisos más abajo. No muy lejos, pero si suficientemente lejos.

Saltó hacia adelante, percibiendo claramente con sus sentidos súbitamente aguzados el ruido de la silla al caer, el satisfactorio impacto de su cabeza en el rostro de Cherkassky, el furioso zumbido de la pistola-avispa, el astillamiento de la ventana al ceder... y luego Cherkassky y él volaban por el aire frió y negro, con las luces de la calle floreciendo debajo.

El cuerpo de Cherkassky se puso rígido en los brazos de Tallon, y gritó mientras caían. Tallon luchó por asumir una postura vertical, pero la gravedad mucho más elevada de Emm Lutero le concedía muy poco tiempo. Quiso librarse de Cherkassky, pero los brazos de Cherkassky rodeaban el pecho de Tallon como flejes de acero. Gimiendo de pánico, Tallon se retorció hasta que sus piernas estuvieron debajo de él. Los zapatos de tracción, puestos en marcha automáticamente por la proximidad del suelo, reaccionaron violentamente. Mientras sus rodillas se doblaban bajo la desaceleración, Tallon notó que Cherkassky se soltaba, y el hombrecillo siguió cayendo, agitándose como un pez prendido en un anzuelo. Tallon oyó el impacto de su cuerpo sobre la calzada.

Aterrizó sobre el asfalto al lado del encogido cuerpo de Cherkassky, con la tracción de las suelas antigrav aumentando por cuadrados inversos hasta el momento del contacto. Cherkassky vivía aún; aquella parte del plan había fracasado. Pero al menos Tallon se encontraba de nuevo al aire libre. Se giró para echar a correr, y descubrió que de su cabeza seguían colgando los terminales del lavacerebros.

Mientras los arrancaba, observó el movimiento de uniformes grises en los umbrales del centro comercial al otro lado de la calle vacía. Unos silbatos dejaron oír su estridente sonido a ambos extremos de la manzana. Una fracción de segundo más tarde oyó las pistolas-avispa en acción, y una nube de dardos cayó sobre él, con un rápido tic-toctoc a medida que cosían sus ropas a su cuerpo.




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