Patología grave en la infancia



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Modelos en Psicopatología

Patología grave en la infancia.

Analía Cacciari, Sandra Cedrón, Horacio Martinez



I. Introducción.

Reunimos bajo este título a los cuadros psicopatológicos con consecuencias graves para el desarrollo de la vida psíquica, y a los que estudiaremos bajo dos grandes rótulos: psicosis y debilidad mental.


Ya en los inicios de la psiquiatría moderna hallamos menciones relativas a estos cuadros. Por ejemplo en el año 1800, y en el interior de su informe presentado ante la Sociedad de los Observadores del Hombre respecto del niño conocido como el salvaje del Aveyron, Pinel describe a un muchacho de 12 años de edad, que es “la imagen misma del idiotismo. Ríe o llora por efecto de una imitación puramente mecánica y sólo parece sensible a las necesidades físicas. Ejecuta servilmente todo lo que se le ordena y responde con un sí un no, sin ningún tipo de discernimiento a las preguntas que se le formulan”.1

El idiotismo, congénito o adquirido precózmente, destruye para siempre las facultades psíquicas y, en la opinión de Pinel, nada puede esperarse de estos niños, que deberán por tanto ser confinados en un hospicio. El monismo que impregna sus ideas, y lo lleva a reducir la vida psíquica a la actividad cerebral, está en el centro de estas conclusiones: un cerebro deficiente o lesionado nunca dará por resultado una actividad psíquica normal.2 Cualquier tentativa de hipotetizar una posible modificación de este estado, como el que intentará Itard con el ya mencionado salvaje del Aveyron, presupondrá la instalación de una concepción teórica del psiquismo que entienda que éste sólo alcanza su desarrollo a partir de los elementos que el entorno humano va proveyendo, en un lento pasaje del estado de naturaleza a la cultura. Serán los inicios de un tipo de educación “especial”, que buscará establecer criterios firmes para la evaluación de la inteligencia normal (a través de la psicometría), pudiendo de esta forma determinar los déficit de cada niño en cada una de las funciones de su psiquismo, creando luego una pedagogía especial que busca estimular con precisión las áreas deficitarias.3


Por otra parte, y en lo relativo a la psicosis infantil, también hallamos menciones en los primeros tratados dedicados a la demencia precoz. Así, Kraepelin dirá que “la enfermedad generalmente comienza en los años del desarrollo sexual, aunque muchas veces las primeras manifestaciones leves pueden rastrearse en la infancia”.4

A su vez, Bleuler afirmará: “hay tempranas anomalías del carácter que pueden demostrarse, en cuidadosas historias de casos, en más de la mitad de los individuos que luego se hacen esquizofrénicos: la tendencia al aislamiento, grados moderados o severos de irritabilidad. Se hicieron notar ya en la infancia la mostrarse incapaces de jugar con los demás niños, y hacerlo en cambio a su propia manera. Es verdad que muchas esquizofrenias pueden remontarse hasta los primeros años de la vida del paciente, y que muchas enfermedades manifiestas son simples intensificaciones de un carácter ya existente. Me parece probable que estas anomalías autistas del carácter constituyan los primeros síntomas de la enfermedad, y no sean meramente expresiones de una predisposición a ella. Las peculiares características intelectuales inducen a menudo a los compañeros de estos candidatos a la esquizofrenia a considerarlos ‘locos’ en un período muy temprano. Mis diez compañeros de escuela que más tarde se volvieron esquizofrénicos eran muy diferentes de los otros muchachos”.5

Vemos reaparecer en estas tesis al monismo pineliano: un cerebro enfermo sólo podrá manifestar enfermedad, y si se saben leer los signos, estos se hallarán presentes en las conductas más tempranas.

Para encontrar un planteo similar al de Itard, (es decir, un planteo que tome en cuenta el espacio social como aquel que ha de aportar los elementos esenciales para el desarrollo de las funciones psíquicas, y que por tanto toma al cerebro como dato de partida, necesario pero de ningún modo concluyente para pronosticar el futuro del individuo) hará falta esperar la llegada del psicoanálisis. La teoría psicoanalítica será la primera que intente situar el correlato entre las aportaciones del medio y el desarrollo psíquico, y que por tanto proponga una lectura de la psicopatología infantil en términos de perturbaciones del desarrollo. De allí que todos los aportes que el psicoanálisis hará tendrán como punto de partida una teoría del desarrollo psíquico, fundamentalmente de la instancia del Yo. Proponemos un recorrido por las diversas postulaciones al respecto.


II. La psicosis infantil para el Psicoanálisis.

a. M. Klein y A. Freud.

Ya en sus primeros textos (La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo, La psicoterapia de la psicosis, ambos de 1930) Klein relaciona los trastornos psíquicos graves de la infancia con detenciones del desarrollo o bien con regresiones a estadios anteriores que habían sido superados. Siguiendo los presupuestos de Abraham, piensa la patología grave como el modo en que el yo temprano hace frente a las exigencias de las pulsiones, y va construyendo así su propia teoría de las “posiciones” en donde las primeras etapas de la vida infantil ponen en juego angustias y mecanismos de defensa “psicóticos”. La detención del desarrollo en estas posiciones, o la regresión a ellas, resultarían patológicas tanto en la infancia como en la vida adulta. “En la primera realidad del niño no es exageración decir que el mundo es un pecho y un vientre lleno de objetos peligrosos, peligrosos a causa del impulso del propio niño a atacarlos. En tanto que el curso normal del desarrollo del yo es evaluar gradualmente los objetos externos a través de una escala realista de valores, para el psicótico, el mundo (...) es valorado en el nivel original; es decir, que para el psicótico el mundo es todavía un vientre poblado de objetos peligrosos”.6

La patología grave del niño no se diferencia de una manera neta de la patología grave en el adulto; por el contrario, podríamos afirmar que tanto el niño como el adulto, cuando enferman gravemente, lo hacen por estancarse o bien por regresar a una determinada fase del desarrollo, que será la que determina, en última instancia, las características del cuadro clínico. Así, para Klein, no habrá diferencias apreciables entre niños y adultos tanto en el plano psicopatológico como en el modelo de cura a proponer para uno y otro.


Si bien Anna Freud basa mucho de su teoría en la búsqueda de diferencias entre el niño y el adulto, tanto en las manifestaciones clínicas como en los métodos terapéuticos necesarios para curar esas dolencias en uno y otro caso, encontramos, a su vez, en su obra, algunas ideas similares a las de Klein respecto a considerar la patología como detención del desarrollo: “(...) se puede evaluar el grado de desarrollo y las necesarias indicaciones terapéuticas en el niño a través del escrutinio, por un lado, de los impulsos libidinales y agresivos, y por el otro, del yo y del superyó de la personalidad infantil por medio de signos que indiquen, según la adaptación del yo, su precocidad o su retardo. Con la secuencia de las fases de la libido y una lista de las funciones del yo en el trasfondo de su mente, esta tarea no es en modo alguno imposible ni siquiera difícil de realizar para el analista de niños”.7

Ahora bien: así como M. Klein basa su modo de comprender la patología grave en el niño en la teoría de las fases de la evolución de la libido y del yo de Abraham, A. Freud toma en cuenta las ideas de Abraham, pero a ellas les suma los desarrollos de la Escuela Norteamericana (fundamentalmente de Hartmann y Kris), las que agregan, como función principal del yo, la adaptación de los requerimientos del ello a las posibilidades y normativas de la realidad exterior. En este contexto teórico, los criterios para la evaluación de la “severidad” de las enfermedades psíquicas en la infancia cobran un matiz especial: “El analista de niños también halla dificultades cuando procede a medir la gravedad de los trastornos por medio de los criterios empleados comúnmente con los adultos, es decir, un examen de los síntomas existentes, una evaluación del sufrimiento por ellos provocado y la interferencia resultante en importantes funciones. (...) Muchas de las inhibiciones, síntomas y ansiedades de los niños son originadas no por procesos de naturaleza realmente patológica sino, como demostraremos más adelante, por las tensiones y presiones inherentes a los procesos de desarrollo. (...) En el niño no existe un nivel estable de funcionamiento de ningún campo o en ningún momento determinado; es decir, que no existen puntos de referencia sobre los cuales basar la evaluación. (...) El nivel de la capacidad funcional del niño fluctúa de manera incesante. Debido a las alteraciones producidas por el desarrollo y a los cambios en la intensidad de las presiones internas y externas, las posiciones óptimas se alcanzan, se pierden y se restablecen repetidamente”.8

Resumiendo, podemos afirmar que para A. Freud todo el proceso de desarrollo psíquico infantil está caracterizado por la inestabilidad; que por tanto, los criterios que sirven firmemente para determinar la presencia de patología psíquica en el adulto (síntomas, sufrimiento, pérdida de funciones psíquicas) no son útiles en el caso de niños, y que por lo tanto la psicopatología infantil debería repensar sus criterios diagnósticos basándose en una teoría del desarrollo psíquico que tomara en cuenta las fluctuaciones propias de ese período. ¿Cómo determinar, entonces, y a partir de qué criterios, la presencia de patología grave en la infancia?: “Existe sólo un factor en la niñez cuyo daño puede considerarse de suficiente importancia en este sentido y nos referimos a su capacidad de avanzar en pasos progresivos hasta que la maduración, el desarrollo en todos los campos de la personalidad y la adaptación a la comunidad social hayan sido completados. Los desequilibrios mentales pueden considerarse normales siempre y cuando estos procesos vitales se conserven intactos; en cambio deben ser tomados seriamente tan pronto como afecten al mismo desarrollo, sea con demora, con reversión o con parálisis completa”.9

Es decir que la gravedad en la infancia ha de medirse en términos de perturbación severa del desarrollo, entendiendo que el desarrollo psíquico del niño puede sufrir avances y retrocesos, pero que no debe detenerse o involucionar, pues esto traería como resultado la conformación de un psiquismo perturbado.


En las teorías posteriores veremos reaparecer una y otra vez estos criterios: el niño como un ser “incompleto”, el desarrollo como lo propio de su acontecer, las detenciones del desarrollo como el fundamento de la patología grave. Lo que resta es caracterizar los puntos de detención, a fin de delimitar con precisión las particularidades de cada cuadro clínico.

Lo que no hallamos en estas autoras, y habrá de incluirse como un aspecto fundamental para pensar la etiología de estos cuadros clínicos, es la función del medio ambiente, y sobre todo de la familia, respecto del proceso de desarrollo psíquico del niño.




  1. Donald Winnicott.

Para Winnicott el medio ambiente ocupa un lugar central, tanto en el desarrollo del psiquismo como en la producción de patología: “El desarrollo emocional del individuo es precario, y cuando todo va bien implica gran dolor además de alegría, y entra en juego el factor de la suerte. En algunos casos vemos que la provisión ambiental fue suficientemente buena. Surgen dificultades a cada minuto, pero con un empeño especial de adaptación a la necesidad el daño puede prontamente enmendarse. El niño empieza a reunir pruebas de que cuando las cosas son espantosas pueden ser enderezadas; de que hay alguien que le tiene consideración (...) Así es la vida, y si así puede describirse la vida del niño, podemos pensar en términos de salud, olvidándonos de los detalles de los síntomas y las categorías correspondientes a la psiquiatría adulta (...).

Del otro lado vemos la mala salud, o sea una provisión ambiental incapaz de mantenerse, ya sea por defectos en el campo de la confiabilidad o porque las tensiones y las provocaciones que impone el niño (y luego los niños) al crecer son excesivas para los seres humanos que en su conjunto componen el ambiente emocional, con lo cual los innumerables daños y los momentos de agonía por los que atraviesa el niño en su vida no son enmendados permanentemente; en lugar de ello, se acumulan los agravios, y el niño tiene que erigir defensas contra estos. Aquí hay mala salud en el sentido psiquiátrico, y por más que el cuerpo esté sano y funcione bien, abreva la catástrofe”.10

Nuevamente vemos aparecer aquí la idea que plantea que los criterios psicopatológicos de la psiquiatría de adultos difieren totalmente de los de la psicopatología infantil; que ésta debe tomar en cuenta, fundamentalmente, las posibilidades del niño de completar el desarrollo de su psiquismo, pero incluyendo ahora la función del ambiente suficientemente bueno, capaz de proveer lo necesario para que este desarrollo se produzca sin dejar huellas de patología.

Tal es la importancia que Winnicott ha de darle al ambiente, que sus criterios diagnósticos se basarán exclusivamente en la evaluación del mismo: “Debemos saber qué cosas ocurren en el niño cuando un buen marco se desbarata y también cuando ese marco adecuado jamás existió, y ello implica estudiar todo el tema del desarrollo emocional del individuo. (...) Las seis categorías que enumero a continuación pueden resultar útiles como métodos para clasificar los casos y hogares desechos:


  1. Un hogar bueno corriente, desintegrado por un accidente sufrido por uno de los progenitores o por ambos.

  2. Un hogar desecho por la separación de los padres, que son buenos como tales.

  3. Un hogar desecho por la separación de los padres, que no son buenos como tales.

  4. Hogar incompleto por ausencia del padre (hijo ilegítimo). La madre es buena; los abuelos pueden asumir un rol parental o contribuir en alguna medida.

  5. Hogar incompleto por ausencia del padre (hijo ilegítimo). La madre no es buena.

  6. Nunca hubo hogar alguno.


(...) Tratamos de evitar toda evaluación del problema basada en los síntomas del niño, o en el grado en que el niño se convierte en una molestia, o en los sentimientos que la situación despierta en nosotros, pues tales consideraciones suelen inducir a error”.11
En función de estos criterios, y respecto de la patología grave, el primer signo que Winnicott establece es la pérdida de un marco familiar que haya provisto lo necesario. A los niños afectados de esta falta los caracteriza como deprivados. El segundo signo a establecer será el de si alguna vez existió o no para ese niño en particular un marco familiar proveedor. En el primer caso (hubo un medio familiar que luego se perdió), “las bases de la salud mental del niño quizás estén ya bien establecidas, de modo que la enfermedad provocada por la deprivación se produjo en un período de salud”. En el segundo caso (nunca hubo un medio familiar proveedor) el niño “carece de toda experiencia sana que pueda redescubrir en un nuevo ambiente y, además, puede haber existido un manejo tan complejo o deficiente de la temprana infancia, que las bases para la salud mental en términos de estructura de la personalidad y sentido de la realidad sean muy escasas”.12
De esta forma, la noción de deprivación ocupa un lugar central en el pensamiento psicopatológico de Winnicott, y de ella han de desprenderse las categorías de conducta antisocial y de esquizofrenia infantil. Veamos su distinción:

La tendencia antisocial nace de una deprivación; la finalidad del acto antisocial es remediar el efecto de la deprivación negándola. (...)



Debe hacerse hincapié en que la tendencia antisocial está fundada en una deprivación y no en una privación. Ésta última produce otro resultado: si la ración básica de ambiente facilitador es deficiente, se distorsiona el proceso de maduración y el resultado no es un defecto en el carácter, sino en la personalidad.

La etiología de la tendencia antisocial comprende un período inicial de desarrollo personal satisfactorio y una falla ulterior del ambiente facilitador (...). Es obvio que la deprivación no distorsionó la organización del yo del niño (psicosis), pero sí lo movió a obligar al ambiente a reconocer el hecho de su deprivación”.13

Resumiremos las ideas hasta aquí plasmadas a través del siguiente cuadro:





Cuadro clínico

Provisión ambiental

Efecto de la falla en el psiquismo

Tendencia antisocial

Existió y se perdió.

Deprivación (afecta el carácter)

Esquizofrenia infantil

Nunca existió.

Privación (afecta la personalidad)

Avancemos ahora en la forma en que Winnicott caracteriza a la esquizofrenia infantil. Para ello deberemos detenernos un instante en las postulaciones de otro autor contemporáneo de Winnicott, y con quien él debatirá en torno a este tema. A principios de los años ’40 el psiquiatra norteamericano, aunque de origen austríaco, Leo Kanner, establece un nuevo cuadro clínico, el autismo infantil precoz. Lo considera un cuadro diferente de la esquizofrenia infantil, y lo caracteriza como una afección psicógena en la que el niño es incapaz, desde el nacimiento, de establecer contacto con su ambiente. Propone, a su vez, cinco grandes signos para reconocer esta patología:



  1. El comienzo precoz de los trastornos (desde los dos primeros años de vida).

  2. El aislamiento extremo.

  3. La necesidad de inmutabilidad.

  4. Las estereotipias gestuales.

  5. Los trastornos del lenguaje (el niño no habla, o bien emite una jerga desprovista de significado).14

Después de haber postulado el origen psicógeno del autismo, Kanner va modificando sus hipótesis etiológicas hacia el organicismo.
Winnicott debate con estas postulaciones en varios textos. Tomaremos algunas de sus afirmaciones propuestas en un trabajo leído en un congreso sobre “La psicosis en la infancia” llevadas a cabo en París en 1967.15

Winnicott criticará inicialmente la propuesta de Kanner de establecer, a través del término autismo, un nuevo cuadro clínico. Como ocurrió con la esquizofrenia entre los pacientes adultos, el establecimiento de la categoría trae aparejado por parte de los médicos una tranquilidad: ahora saben frente a qué cosa están, y dejan de preguntarse. “Esta afección”, dirá Winnicott, “no tiene límites claros y creo que no debería considerársela una enfermedad”. Para él se trata de manifestaciones infantiles que nos hablan de algo que no anda bien. Pero podría ser que luego el cuadro evolucione favorablemente. En cambio, si sobre él se dictaminan categorías psicopatológicas, estas puedan traer como efecto indeseado el estancamiento del cuadro. A su vez, la postulación de una etiología orgánica incrementará la resistencia, tanto en los profesionales y en los padres de los niños autistas, de tomar en consideración la incidencia de los procesos de desarrollo emocional del niño en el ambiente en que tienen lugar. Luego de estas críticas propone una serie de puntos que considera centrales en su forma de encarar el tema:




  1. No es conveniente encarar la etiología de estos cuadros en términos de regresión. Prefiere entenderlos como organizaciones defensivas, surgidas para evitar la recurrencia de un tipo de angustia a la que Winnicott califica de impensable.

  2. Esta angustia impensable, de naturaleza muy primitiva, aconteció, como fenómeno vivido por el niño, en períodos de extrema dependencia y confianza, antes de que se establezca una neta distinción entre el yo y el mundo. Puede tratarse, por tanto, y como lo dirá Bettelheim, de una fortaleza vacía, o bien puede tratarse de un primer núcleo del yo que se defiende de las condiciones y experiencias asociadas a este tipo de angustia.

  3. Los factores etiológicos deberían buscarse en la incapacidad de la madre para identificarse con su bebé y proveerle así lo que éste necesita, sumado a un odio inconciente de la madre hacia el niño, que la llevaría a actuar con él a través de formaciones reactivas (entendidas como un efecto sintomático de un deseo reprimido).

  4. La labor terapéutica con niños autistas debería consistir en una provisión ambiental que buscara restaurar el statu quo ante, seguida de un prolongado período de confiabilidad que permitiera al niño recuperar su seguridad en el ambiente, desmantelando sus defensas.




  1. Bruno Bettelheim y la Escuela Ortogénica de Chicago

A partir de su propia experiencia como prisionero de un campo de concentración16, Bruno Bettelheim elabora algunas tesis interesantes respecto de la psicopatología infantil. Evocando estas experiencias describe lo que denomina una "situación extrema", esto es una situación destructora que culmina en la deshumanización del individuo. Se pregunta entonces si los autistas no han atravesado una situación extrema que los ha llevado a retirarse del mundo. Su objetivo terapéutico, entonces, será crear un ámbito positivo que favorezca la reconstrucción de la personalidad, a partir de vivencias que modifiquen el proceso psicótico.

Según Bettelheim, la causa que origina el autismo sería la correcta interpretación que el niño hace de los sentimientos negativos (odio y rechazo inconsciente) de las personas que lo rodean, de los que por su inmadurez no puede defenderse. Este sería el punto en el que conecta su teoría con las vivencias de los prisioneros, con la diferencia que en el caso de estos últimos la amenaza es exterior mientras que para los niños autistas se trata de una realidad interna que viven como la única representación posible del mundo.

A esta conexión le suma otra experiencia que, entre1932 y 1938, tiene con dos niños autistas que aloja en su propia casa. Con el fin de convertir esta convivencia en terapéutica acomodó su hogar a las necesidades de los pequeños.

Después de largos años de trabajo con niños psicóticos, Bettelheim había comprobado que un medio ambiente institucional especial podía arrojar excelentes resultados en los tratamientos con este tipo de pacientes. A partir de 1950 incluyó también a niños con diagnóstico de autismo en la Escuela Ortogénica Sonia Shankman, dependiente de la Universidad de Chicago de la que fuera su director desde 1944 hasta 1990 (año de su muerte). Los grupos nunca superaban los seis u ocho niños. Las herramientas básicas para el trabajo eran la escucha y el respeto. La institución debía hacerse cargo del paciente en forma global y el terapeuta debía ofrecerse como objeto permanente para que el niño pudiera estructurar su personalidad en torno a su imagen. En función a la idea de “rechazo inconsciente” de los padres, a los que caracteriza como seres que sólo cubren las necesidades del niño, aun en demasía, pero sin aportar el afecto requerido para su humanización, Bettelheim propone la separación del niño de su grupo familiar y la sustitución del mismo por el dispositivto institucional.

De este modo, su institución se convirtió en "un lugar para renacer". Al igual que Mannoni se inspiró en el psicoanálisis, pero él se define como un humanista cuyo enfoque psicológico existencial se centra en el sufrimiento y las necesidades de sus pacientes. Describe su trabajo y el de sus colaboradores como el de humildes educadores. En oposición a lo que en general veía en otras instituciones propone entrar en el mundo del niño en lugar de forzarlo a adaptarse al mundo adulto.

Bettelheim discutirá con Kanner el diagnóstico de esquizofrenia infantil y le opondrá a su teoría eitológica organicista una causa psíquica.


  1. Margaret Mahler.

Esta psicoanalista que desarrolló su obra fundamental sobre el autismo en los Estados Unidos en la década del ’50, enrolada en los postulados de la Psicología del Yo, nació en Hungría en 1897. Estudió pediatría en Budapest, donde conoció a Ferenczi, y viajó luego a Viena para formarse como psicoanalista. Con Aichhorn creo un centro de orientación infantil. Se formó en los seminarios de Anna Freud, emigrando en 1938 a América. En 1957 crea un centro de ayuda e investigación sobre los procesos de individuación y separación, uno de los puntos centrales de sus teorizaciones. Rescataremos algunas de sus concepciones originales, sintetizadas en su artículo “Psicosis infantil temprana: los sindromes simbiótico y autista” de 1965.17

Puntuaremos primero, esquemáticamente, su teoría del desarrollo normal temprano, para luego analizar la forma en que concibe la patología. Para Mahler, como para toda la corriente psicoanalítica norteamericana de la década del ’50, la tarea fundamental del aparato psíquico es la de adaptarse a los parámetros de la realidad exterior compartida, tarea que estará a cargo del Yo, el que a su vez se desarrollará a partir de pautas de evolución predeterminadas biológicamente. Como el recién nacido presenta “un organismo inmaduro, casi puramente biológico, con respuestas instintuales a estímulos (...), y sin un yo”, es imprescindible el auxilio externo de la madre. La empatía de ésta servirá a los fines de crear una “unidad cerrada” madre – hijo. Las primeras semanas de vida son caracterizadas por Mahler como una fase de “autismo normal”, en la cual “el pequeño no hace ninguna distinción perceptible entre realidad interior y realidad exterior”. Esta fase será seguida (entre los 2 y 8 meses de vida aproximadamente) por otra, denominada “simbiótica”, y en la cual “el pequeño va adquiriendo oscuramente conciencia de que lo que alivia sus tensiones (...) procede del mundo exterior, en tanto que la acumulación penosa de tensiones procede de su interior”. Sin embargo, aún en ésta fase el sí mismo del bebé y su madre se hallan fusionados. Paulatinamente, a partir del sexto mes de vida, se irá instaurando el “proceso de separación – individuación, que culmina durante el segundo año de vida en un desligamiento gradual de la simbiosis”.


Meses 0 2 6 8 12

Proceso de separación - individuación


Fase autística Fase simbiótica


Sin Yo Yo cada vez más diferenciado
Este simple esquema es homologable a los descriptos por Klein, A. Freud, Winnicott, al describir el primer año de vida. Sin embargo, vemos que, en tanto éste último autor pone el acento en la capacidad de la madre para lograr el desarrollo emocional del bebé a partir de su adecuación a las necesidades de éste, Mahler insistirá en la “madurez del sistema nervioso central” como factor fundamental, y coincidiendo con L. Bender, postulará que la psicosis “consiste (o supone) una falla funcional de la parte del sistema nervioso central que controla, gobierna e integra (en otras palabras, una falla funcional del ‘yo’)”, reproduciendo de este modo las hipótesis de Bleuler. Tomando esa falla del sistema nervioso central como hipótesis etiológica fundamental, lo que resta es caracterizar los diversos cuadros de psicosis infantil en función del momento evolutivo en que eclosionan: “Repitamos mi tesis principal: creo que, desde los puntos de vista genético, dinámico y estructural, la dificultad capital – la que parece cardinal – es la incapacidad del niño psicótico para utilizar el yo materno exterior en la estructuración de su yo rudimentario”.

Tomaremos ahora de otro texto suyo18 las caracterizaciones de los cuadros de autismo infantil precoz y del sindrome psicótico simbiótico.

Autismo infantil precoz: “estos niños permanecen fijados (o por regresión retornan a esa fase) en la fase autística de la vida uterina o (...) retornan a un estado fetal aún más arcaico de funcionamiento. Entre las comprobaciones clínicas que corroboran la dinámica que acabamos de describir se encuentran la inadecuada sensibilidad periférica al dolor y también signos que indican insuficiencia de la circulación sanguínea periférica. Junto con esta característica deficiencia de catexia del sensorio se comprueba una falta de estratificación jerárquica de libidinización zonal. Esto es evidente por la relativa pobreza de actividades autoeróticas, y también por la facilidad con que las posiciones libidinales pueden sustituirse unas a otras. En lugar de las actividades autoeróticas, estos niños muestran hábitos autoagresivos, como golpearse la cabeza, morderse y dañarse de otros modos. (...) Como consecuencia de esta falta de catexia del sistema perceptivo conciente, estos niños son completamente impenetrables a la voz y a los mandatos de su madre; tampoco parecen ver a nadie, miran a través de uno. (...) La incapacidad de estos niños de utilizar a la socia simbiótica les hace necesario hallar mecanismos sustitutivos de adaptación para sobrevivir, y esas formaciones sustitutivas representan la sintomatología del autismo infantil precoz”.

Sindrome psicótico simbiótico: “representa una fijación o regresión al segundo estadio indiferenciado de la unidad madre – hijo, que es el estadio de fusión simbiótica omnipotente delusoria con el objeto que satisface necesidades. (...) El cuadro psicótico simbiótico se desarrolla la más de las veces con crisis de reacción catastróficas y de pánico que jalonan su curso. A diferencia de la persistente impenetrabilidad de los casos autísticos, la anamnesis de estos psicóticos simbióticos muestra inequívocos signos de una deficiente barrera contra los estímulos, una insuficiencia de la contracatexia protectora del sistema perceptivo conciente, con hipersensibilidad, lábil homeostasis, crecida vulnerabilidad del yo y daño de muchas funciones, en especial de la función defensiva represiva del yo. El más ligero trauma adicional determina que el quebradizo y rudimentario yo se fragmente. (...) La falta de distinción entre el proceso primario y el secundario, así como el predominio del principio del placer, persisten. La realidad interior y la realidad exterior están fundidas a causa de la formación no cohesiva de los límites del sí mismo; de ahí que la frontera simbiótica original común del sí mismo y el mundo objetal, del hijo y la madre, se conserve más allá de la edad simbiótica, y que el yo no pueda cumplir las tareas evolutivas que determinarían mayor autodiferenciación y separación de la madre. En consecuencia,



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