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La Sede Metropolitana de Kiev



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4. La Sede Metropolitana de Kiev.


En Lituania y Polonia la situación de la población ortodoxa se iba deteriorando. Moscú reclamaba como propio el legado de Kiev y lograba victorias en sus guerras contra Lituania, de tal modo que a comienzos del siglo XVI había logrado recuperar Smolensc, Chernigov y se acercaba ya a Kiev. Lituania pidió ayuda a Polonia y, mediante el Tratado de Lublín de 1569, la unión dinástica de Polonia y Lituania quedó sustituida por una Comunidad de ambas naciones. Polonia era mucho menos tolerante desde el punto de vista religioso y, además, tenía una estructura social sumamente injusta: la nobleza tenía derechos prácticamente ilimitados sobre los siervos del campesinado. Ambos factores contribuyeron a que se hicieran más fuertes los sentimientos pro-moscovitas y las esperanzas de los ortodoxos de la Comunidad. Al mismo tiempo se iba extendiendo el protestantismo desde la cercana Prusia, y con él llegó también una buena red de escuelas protestantes en las que sólo eran admitidos los jóvenes protestantes. La mayor parte de los nobles polacos y lituanos, así como un buen número de rusos occidentales, enviaban a sus hijos a esas escuelas y se convertían o bien al calvinismo (en Lituania) o al luteranismo (en Polonia). Como el protestantismo estaba asociado con Alemania y la ortodoxia con la Rusia moscovita, la Comunidad polaco-lituana se sintió amenazada por ambas naciones tanto desde el punto de vista religioso como desde el político. Para contrarrestar ambos influjos, los reyes polacos invitaron a que vinieran al país los jesuítas, concediéndoles enormes extensiones de terreno para que construyeran sus escuelas en las que, frente al protestantismo, se ofreciera instrucción gratuita a los niños, que no tenían por qué convertirse al catolicismo para ser admitidos en ellas. El Estado comenzó a identificarse nacionalmente con la religión, provocando que creciera todavía más el antagonismo con las enormes minorías no católicas.

Además, como sólo la Iglesia Católica podía tener terrenos en propiedad, los bienes de la Iglesia Ortodoxa (tanto episcopales como monásticos) eran técnicamente propiedad del rey. Éste se los confiaba como patronatos o mecenazgos a los aristócratas ortodoxos leales a la corona. De este modo los encargados de tales patronatos controlaban las sedes episcopales ortodoxas, vendían los títulos al postor que pagaba mas que otros y en algunos casos ellos mismos se hacían consagrar obispos sin preocuparse por el celibato que se requería para la ordenación, e incluso seguían viviendo con sus esposas y convertían los monasterios en residencias seculares, ofreciendo en los mismos recepciones, bailes y música profana. Para impedir esta decadencia moral, el laicado y el clero diocesano, apoyados por el Patriarcado ecuménico, formaron poderosas fraternidades ortodoxas asociadas a los gremios de artesanos, las cuales, en virtud de la Ley de Magdeburgo que estaba entonces en vigor en la comunidad, podían tener títulos de propiedad inmobiliaria y eran organismos autónomos. Las hermandades construyeron iglesias y escuelas ortodoxas en sus terrenos. Los obispos tuvieron que llegar a un entendimiento con ellos, y de este modo prevaleció un sistema conciliar de la comunidad: los consejos de clérigos y laicos elegían a sus obispos. Además el Patriarcado ecuménico concedió a las hermandades un estatuto de autonomía, otorgándoles un control total sobre sus iglesias y sobre los nombramientos de los sacerdotes responsables de las mismas. El estatuto obligaba a los obispos a aceptar los decretos de excomunión pronunciados por las hermandades.

Fue la limitación de los derechos de los obispos por parte del Patriarcado junto con la envidia que les tenían a sus “colegas” católicos, ya que éstos pertenecían al Senado y tenían unos poderes de los que carecían los ortodoxos, lo que les condujo a una serie de negociaciones secretas con el papado en la década de 1580 a 1590. Esto desembocó finalmente en la llamada “Unión de Brest” de 1596, en virtud de la cual el papado permitía que los uniatas mantuvieran el rito bizantino al mismo tiempo que los subordinaba administrativa y teológicamente a Roma y a su doctrina.

Pero la mayoría del laicado y del clero diocesano se negaron a aceptar la unión y celebraron un concilio ortodoxo paralelo en la misma ciudad de Brest y al mismo tiempo que el concilio uniata. El rey se negó a reconocer la validez del concilio ortodoxo, declaró nula e inválida a la Iglesia Ortodoxa en el territorio de la comunidad y decretó que quien siguiera siendo miembro de aquella Iglesia fuera declarado traidor. Comenzaron las persecuciones masivas y crueles de los ortodoxos, y su único reducto relativamente libre quedó limitado a las iglesias de la fraternidad, que disfrutaban de la inmunidad propia de los gremios, así como a las iglesias de la zona del Dnieper inferior, incluyendo Kiev, que estaban protegidas por los cosacos ortodoxos, a los que necesitaba la corona como fuerza militar fronteriza que defendiera a la comunidad de los tártaros de Crimea y de los turcos.

El destino de los ortodoxos en el resto de la comunidad lo describe de manera colorista Lavrenti Drevinsky, diputado ortodoxo asistente a la sesión de 1620 de la Dieta (Seim) de la comunidad:
“Han precintado nuestras iglesias y encierran al ganado en nuestros monasterios. Los niños mueren sin haber sido bautizados; entierran a la gente sin ritos funerarios... Los hombres viven en pecado con sus mujeres... a los ortodoxos se les prohibe afiliarse a los gremios de artesanos. A los monjes ortodoxos los persiguen, los apalean y los meten en la cárcel.”
Pero aquel mismo año quedó restaurado secretamente el colegio episcopal ortodoxo gracias a Teófanes, patriarca de Jerusalén, que volvía a visitar Moscú y pasó por Ucrania. Y un año más tarde, cuando se cernía la amenaza de guerra de los turcos contra Polonia, los cosacos del Dnieper amenazaron a la corona con no luchar contra los turcos a no ser que se legalizara la Iglesia Ortodoxa. A regañadientes, la Dieta de 1623 le concedió una legalización limitada, lo cual provocó una vuelta masiva del laicado uniata a la Iglesia Ortodoxa, especialmente en la diócesis de Polotzk y Vitebsk, donde el uniatismo se había impuesto hacía poco tiempo y el territorio había estado bajo control ruso el siglo anterior. El fanático obispo uniata-catolico de aquella diócesis, Josafat Kuncewicz, respondió con pogroms sangrientos contra las familias que habían vuelto a la Ortodoxia, haciendo uso de la guarnición militar que residía allí. La población, enfurecida, linchó al obispo, ahogándole en el río Dnieper. La reacción de la corona fue inmediata y brutal. Ejecutaron a diez habitantes de Vitebsk, la ciudad perdió los privilegios de la ley de Magdeburgo; las iglesias ortodoxas, incluidas las que estaban en terrenos pertenecientes a las hermandades, fueron clausuradas y confiscadas y, además, el papa Urbano VII declaró que quedaría excomulgado cualquier católico que se atreviera a oponerse a hacer uso de la espada contra los ortodoxos.37 La situación de la Iglesia Ortodoxa en la comunidad llegó a ser tan trágica que Job, metropolitano ortodoxo de Kiev, en 1625 le rogó en secreto al zar de Rusia que anexionara a Moscovia las tierras rusas de la comunidad. No obstante, en 1633, después de que el partido ruso en la Dieta amenazase con votar en contra de la candidatura de Wladyslaw para convertirse en rey de la comunidad si no se legalizaba plenamente a la Iglesia Ortodoxa, ésta recobró el estatuto jurídico del que disfrutaba antes de 1596.

Sin embargo, el malestar contra la situación general en la comunidad y en las clases bajas en general y en las minorías religiosas y étnicas en particular estaba tan extendido que no pudo impedir las rebeliones de los cosacos y de los campesinos que habían comenzado en 1596. Después de haber rechazado varias peticiones de los cosacos para que apoyasen su lucha contra Polonia, en 1654 Rusia entró finalmente en guerra con Polonia. El consiguiente tratado de paz de 1686 concedía a Rusia todos los territorios del este del Dnieper, además de la ciudad de Kiev junto con sus suburbios de la orilla occidental. El resto de los territorios rusos occidentales al oeste del Dnieper seguían bajo el poder de Polonia. Además el tratado confirmaba el estatuto de 1663 de la Iglesia Ortodoxa en la comunidad con sus cuatro diócesis bajo la autoridad del patriarca de Kiev. No obstante, en contra del juicio de los ortodoxos de la comunidad, Rusia, con permiso del Patriarcado ecuménico, anexionaba la sede metropolitana de Kiev al Patriarcado ruso. Esto hacía que todos los ciudadanos ortodoxos de la comunidad se convirtieran en súbditos espirituales de Rusia. En consecuencia, los términos de las concesiones reales de 1633 y los del tratado de 1686 se volvieron bien pronto letra muerta. Se renovaron las presiones e incluso las persecuciones directas contra los ortodoxos, lo cual llevó a una represión casi absoluta de la Ortodoxia en la comunidad a lo largo del siglo XVIII. Pero mientras que la división de Polonia y Lituania a finales del siglo XVIII condujo a la restauración ortodoxa en las zonas de la comunidad que le habían correspondido a Rusia, Galitzia y la Rutenia de los Cárpatos, que le correspondieron al Imperio austríaco, siguieron siendo enclaves de los uniatas, convirtiéndose posteriormente en nidos del nacionalismo y del separatismo ucraniano y desempeñando un papel fundamental en la creación del estado independiente de Ucrania en el siglo XX.



Mencionamos en el apartado anterior el papel de los monjes de Kiev como factor importante en el cisma de la Iglesia rusa en el siglo XVII. Dichos monjes, cuya cultura era el resultado de la llamada Academia greco-eslavo-latina de Kiev, que se había desarrollado a partir de una de las escuelas de las hermandades ortodoxas y fue reformada en 1615 para convertirse en un colegio de tipo universitario basado en el modelo de los colegios y academias de los jesuitas de Polonia, se propusieron el objetivo de defender la cultura de la Ortodoxia frente a la ofensiva católica. Aquella academia estableció los cimientos de lo que sería la educación eclesiástica superior de Rusia. Siguiendo este modelo se fundó en Moscú en 1682 una Academia greco-eslavo-latina, así como varios colegios semejantes en otras ciudades de Ucrania y Novgorod. Como todos los primeros profesores de la Academia de Kiev habían recibido su formación universitaria en universidades católicas o luteranas, la teología que enseñaban y que acabarían enseñando las escuelas teológicas rusas en general, estaba muy influida por el protestantismo o por el catolicismo romano.38 Esto habría de afectar seriamente al estatuto de la Iglesia y a las relaciones entre la Iglesia y el Estado durante el imperio de Pedro el Grande y sus sucesores.




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