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Parte II. Historia eclesiástica



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Parte II.

Historia eclesiástica.




Prof. Dr. Dimitry V. Pospielovsky.

1. Desde Kiev a Moscú.


No es posible hacer justicia al tema de toda la historia de la fe cristiana de Rusia3 en un único ensayo, por lo que trataremos de ofrecer una imagen global de la trayectoria de la Iglesia ortodoxa rusa presentando y discutiendo brevemente los acontecimientos que resultaron ser puntos clave en el desuno de la misma y en cierto modo configuraron de manera global el espíritu y la cultura de Rusia.

Rusia, como todos los estados eslavos, es mucho más joven que las naciones del mundo grecolatino y germánico: su historia escrita comienza en el siglo IX. Por lo tanto, la división de la historia general de Rusia y de su evolución cultural no coincide con las épocas históricas de la Europa occidental. Así, la era premongol se conoce como “Antigüedad rusa”; el período que abarca desde mediados del siglo XIII hasta 1530 aproximadamente se conoce como “Edad Media rusa,” a la que sigue un “Período de transición,” que estuvo influido en cierto modo por el renacimiento europeo y se extiende hasta finales del siglo XVII; la historia de la Rusia moderna comienza con el reinado de Pedro el Grande en el siglo XVIII.

De todos estos momentos clave, el más importante fue, sin duda, el llamado “Bautismo de la Rus',” cuyos detalles están envueltos en la oscuridad con una mezcla inverificable de hechos y leyendas, ya que la primera colección de crónicas que lo abordan en la forma en que hoy nos son accesibles apareció más de cien años después de los acontecimientos. Según el relato de estas crónicas, hasta que decidió aceptar el cristianismo, Vladimiro fue un gobernante cruel y lujurioso, que había matado a su hermano mayor, había violado a su viuda encinta y mantenía un harén de 800 concubinas. Además, durante su reinado precristiano se a veces ofrecían sacrificios humanos a los dioses paganos. En las crónicas hay un relato sobre el sacrificio de dos cristianos, padre e hijo, en el año 983.

Es muy poco lo que sabemos de los cultos paganos de los eslavos, puesto que no hay fuentes escritas anteriores a su conversión. Por los datos de las crónicas, verificados mediante excavaciones arqueológicas, sabemos que en una colina que domina la ciudad de Kiev, Vladimiro construyó un panteón de dioses paganos cada uno de los cuales era patrón de algún elemento de la Naturaleza, de la fauna o de la flora, lo cual indica que los eslavos eran adoradores de la Naturaleza. Los nombres de algunas de las deidades del panteón de Vladimiro eran eslavos, otras tenían nombres ugrofineses e incluso lituanos. Vladimiro acababa de completar la conquista y sometimiento de las diversas tribus que poblaban la mayor parte de la enorme región que constituye hoy día la parte europea de Rusia, Ucrania, Bielorrusia (una zona mixta de eslavos y lituanos, y la parte oriental de la actual Estonia). El panteón “étnicamente” mixto tenía, sin duda alguna, por objeto unificar la nueva nación de orígenes mezclados mediante una religión común representativa, o mediante una ideología común como diríamos en la actualidad. En otras palabras, Vladimiro tenía genio de estadista.

Sin embargo, es obvio que el proyecto fracasó, y hacia el año 986 nos encontramos a Vladimiro convirtiéndose al cristianismo. ¿Fue por las relaciones estrechas de la Rus’ de Kiev con sus vecinos cristianos, especialmente los bizantinos, así como por la presencia de una creciente minoría cristiana en Rusia, que hacía que el paganismo pareciera demasiado primitivo? ¿O es que Vladimiro deseaba ser aceptado de igual a igual en el mundo de la civilización grecorromana que en aquella época ya era monoteísta? Las crónicas guardan silencio respecto a los motivos por los que Vladimiro abandonó el paganismo. Todo lo que dicen es que hacia el 986 Vladimiro recibió embajadores de las principales religiones monoteístas: musulmanes, judíos, así como a representantes de las dos “versiones” del cristianismo: griegos y latinos. Después de sus invocaciones, se decantó claramente por el cristianismo; pero ¿qué versión: la griega o la latina? Según las crónicas, envió entonces a sus propios embajadores al Occidente latino y a Bizancio. A los embajadores la misa latina les pareció monótona y aburrida, pero les impresionó enormemente la belleza de la liturgia de la catedral de Santa Sofía de Constantinopla: tan bella era que creyeron encontrarse en el mismo cielo. De este modo el cristianismo de rito oriental conquistó a Vladimiro, que invitó a misioneros del Imperio bizantino y dio comienzo a la conversión de Rusia en el año 988. En el relato hay dos factores de enorme importancia.

El primero de los dos elementos que se invocan, el de la belleza, fue decisivo en la opción de Vladimiro. Independientemente de que sucediera realmente, la historia nos descubre la importancia que tiene la belleza en la mentalidad rusa, su identificación con el Bien, con el reino de Dios, en definitiva con Dios mismo. De ahí que la primera teología rusa adoptara la forma de iconografía y arquitectura eclesiástica. En épocas más recientes, autores como Dostoievsky y Gogol acceden a la memoria. Las famosas palabras de Dostoievsky: “¡La belleza salvará al mundo!” El sueño de Gogol por convertir el teatro en instrumento de la moral y su tormento después de ver la belleza celestial en una mujer que ejercía la prostitución, expresado en su obra La perspectiva Nevsky.

Mucha mayor transcendencia tuvo, y no sólo para Rusia sino también para el resto del mundo, el que Vladimiro optara por el cristianismo y no por el Islam. Los embajadores musulmanes, si es que existieron, debían de proceder de los búlgaros del Volga, los vecinos orientales más próximos a Rusia, que habían adoptado el Islam en el año 922. Si Vladimiro hubiera elegido el Islam, es probable que Europa hubiera quedado condenada a una invasión musulmana en tres frentes, algo que difícilmente habría podido resistir: los árabes desde África y la Península Ibérica, los turcos a través de los Balcanes y las hordas ruso-turcas desde el nordeste. Así la opción de Vladimiro a favor del cristianismo salvó a la civilización cristiana con un costo sumamente elevado para Rusia, y todavía mayor para los cristianos balcánicos. La “gratitud” que recibieron a cambio de sus “hermanos” cristianos occidentales fue el saqueo de Constantinopla en 1204 y los intentos de invadir Rusia a partir de 1240.

En cuanto a la conversión de san Vladimiro, todos los indicios sugieren que se trató de algo más que un mero acto político. Según las crónicas, Vladimiro se volvió monógamo, estableció un sistema primitivo de asistencia a los pobres mediante la distribución gratuita de comida y ropas, creó escuelas y obligó a sus nobles a que enviaran a ellas a sus hijos, edificó numerosas iglesias y promulgó el primer derecho eclesiástico, según el cual el 10% de los ingresos estatales estaban destinados a la Iglesia (y podemos suponer que también a la educación, ya que las escuelas estaban vinculadas a las iglesias). Otorgó a los tribunales eclesiásticos jurisdicción sobre todas las transgresiones morales y sobre los asuntos de familia, así como todas las funciones judiciales respecto al clero y a las personas que trabajaban para la Iglesia.



Además de haber recibido la fe cristiana no contaminada, tal como estaba definida en los siete concilios ecuménicos, Rusia le debe prácticamente todo (desde su cultura hasta su condición de Estado) al legado del cristianismo bizantino. El alfabeto para los eslavos lo crearon san Cirilo y sus discípulos en el siglo IX. Él, junto con su hermano san Metodio y sus discípulos san Naum y san Clemente de Ohrid, tradujeron en el nuevo alfabeto eslavo todos los libros de culto necesarios, todo el Nuevo Testamento, partes del Antiguo y los escritos más importantes de los Padres de la Iglesia. En la Iglesia oriental, a diferencia del Occidente latino, las celebraciones religiosas se habían realizado en lengua vernácula desde los primeros momentos. Ya existían en el siglo u las liturgias aramea y siríaca; las liturgias armenia y georgiana aparecieron en el siglo IV, y la eslava en el IX. Esta última lengua era básicamente el dialecto sub-macedonio que se hablaba en la zona de Tesalónica, lugar de nacimiento de Cirilo y Metodio. No era la misma lengua vernácula de los demás eslavos, incluyendo a los rusos; pero en aquella época las diversas lenguas eslavas estaban todavía lo suficientemente próximas las unas de las otras como para ser mutuamente comprensibles. Al instante, con la venida del cristianismo a Rusia, el eslavo eclesiástico, por ser la única lengua eslava escrita, se convirtió en el idioma oficial, tanto literario como estatal, del país. Y como no era la lengua hablada de ninguna de las tribus de Rusia y por lo tanto no se la podía considerar un símbolo de “opresión imperial” por parte de ninguna tribu, se convirtió en un poderoso factor de unificación que forjó una única nación rusa.4 En cuanto al aspecto religioso del uso de la lengua vernácula o cuasivernácula, sirvió para convertir con bastante rapidez a la Iglesia en una institución patria, en grado mucho mayor que la Iglesia romana, supranacional y básicamente extraterritorial, donde sólo el clero y una escasa minoría de la elite culta entendían la misa. Este último factor contribuyó al clericalismo, al distanciamiento (exclusiveness) del clero y a su elitismo. Tales formas extremas de clericalismo no se conocieron en el Oriente cristiano, al menos en el ámbito del clero parroquial y de su feligresía. Como la mayoría analfabeta del pueblo fiel entendía fácilmente los textos litúrgicos y en particular las lecturas bíblicas, la Iglesia se convirtió en un elemento más de la vida de los rusos, manifestándose en la piedad, la humildad, la referencia constante a las enseñanzas de Cristo tanto en el folklore escrito como en el oral, en una multitud de expresiones comunes en las que se invoca a Dios, que ni siquiera siete décadas de ateísmo comunista militante han sido capaces de eliminar. Los campesinos rusos se daban a sí mismos el nombre de krest’iane, que en ruso moderno es el término “oficial” para los campesinos, pero que en realidad es una grafía incorrecta de khristiane, que significa “cristianos.” Incluso a comienzos del siglo XX la respuesta típica de un campesino cuando le preguntaban por su nacionalidad era: "pravoslavnyi," es decir “ortodoxo,” en lugar de “ruso.”5
Príncipe San Vladimiro, Equiapostólico.

El príncipe Vladimiro era hijo de Sviatoslav y de la princesa Malusha. Nació en el año 963 y fue educado por el pagano Dobrinia, hermano de su madre. En le año 972 comienza su gobierno de Novgorod. En el año 980, en plena guerra entablada por los hermanos, Vladimiro se dirige a Kiev gobernado por su hermano mayor Iaropolk. Al vencerlo inicia su gobierno en Kiev. Así, conquista Galicia, aquieta a los viatichi entabla guerras con los pechenegos y expande las fronteras de su país que llega a extenderse desde el mar Báltico en el norte y el río Bug en el sur. Tuvo 5 esposas y numerosas concubinas. En los montes de Kiev erige ídolos comenzándose, allí, a realizar sacrificios humanos. Fue entonces cuando perecieron por Cristo los variagos Teodoro y Juan. Las circunstancias en que ocurrió la muerte de estos últimos, fuertemente impresionaron a Vladimiro quien comenzó a dudar de la veracidad de la religión pagana.

Invitados por el príncipe, llegaban a Kiev predicadores de diferentes países: embajadores de los búlgaros-musulmanes que poblaban las regiones del Volga, los germanos-latinos, los judíos y los griegos. El príncipe indagaba a todos ellos acerca de sus religiones y, cada uno le ofrecía convertirse a su creencia. La impresión más fuerte le produjo el predicador ortodoxo griego quien, como corolario de su prédica, le pintó la escena del Juicio Final. Entonces, Vladimiro, siguiendo el consejo de los boyardos, mandó a 10 hombres sabios, para que en los lugares de origen, examinen que religión es la mejor. Cuando estos embajadores rusos llegaron a Constantinopla, la magnificencia del templo de Santa Sofía, el canto armonioso de los cantores de la corte y la solemnidad con que el patriarca oficiaba, los conmovió hasta lo más profundo de sus almas. “No sabíamos — contaron más tarde a Vladimiro — si nos encontrábamos en la tierra o en el cielo.” También comentaron: “Si la religión griega no fuera la mejor de las creencias, no la hubiera abrazado tu abuela Olga, que era la más sabia entre los hombres.”

Vladimiro resolvió bautizarse, pero, no quería que Rusia pasara a depender de los griegos. Entonces, al poco tiempo del regreso de los embajadores, comenzó una campaña contra los griegos y tomó la ciudad de Jersones. Desde allí, envió embajadores a Constantinopla a los emperadores Basilio y Constantino exigiendo la mano de la hermana de los emperadores, la princesa Ana. Los emperadores contestaron que la princesa solo puede ser la esposa de un cristiano. Entonces, Vladimiro anunció que quería abrazar la fe cristiana, pero, antes de la llegada de la novia a Jersones, el principe fue afectado de ceguera.

En esta situación, como el apóstol Pablo, supo de su debilidad espiritual y se preparó par el magno misterio del renacimiento. Al llegar la princesa a Jersones, le aconsejó apurar el bautismo. Vladimiro se bautizó (en el año 988) con el nombre de Basilio. Al salir de la pila bautismal, recobró la vista tanto física como espiritual, y, con gran alegría exclamó: “Ahora he sentido al verdadero Dios.”

Al regresar a Kiev, trayendo a numerosos sacerdotes griegos y de Jersones, Vladimiro, en primer lugar, propuso bautizar a sus doce hijos, lo que ellos hicieron en un manantial, conocido en Kiev con el nombre de Kreschiatik. A continuación se bautizaron numerosos boyardos. Mientras tanto, Vladimiro comenzó a derribar los ídolos, el mas importante de los cuales era el ídolo de Perún. Este ídolo fue atado a la cola de un caballo y, con profanaciones, fue derribado del monte y arrojado a las aguas del río Dnieper. Después de destruir los ídolos, Vladimiro difundió entre el pueblo la predica del Evangelio. Los sacerdotes cristianos reunían a la gente y los adoctrinaba en la Santa Fe. Finalmente, San Vladimiro anunció que todos los habitantes de Kiev, ricos y pobres, se debían reunir, un día determinado, a orillas del río para recibir el bautismo. Los pobladores se apuraban a cumplir con la voluntad del príncipe razonando así: “Si la nueva religión no fuera mejor que la anterior, no la hubieran adoptado ni el príncipe ni lo boyardos.”

El día indicado, los habitantes de Kiev se reunieron en las orillas del Dnieper. El mismo Vladimiro llegó allí, junto a los sacerdotes cristianos. Todo el pueblo se sumergió en el río, quien hasta el cuello, quien hasta el pecho; los adultos llevaban en sus brazos a los niños. Los sacerdotes, en la orilla, leían las plegarias y, San Vladimiro, lleno de gozo, rezaba a Dios y se encomendaba a Él a sí mismo y a todo su pueblo.

Después de Kiev y de sus alrededores, la Santa religión fue difundida en Novgorod. Miguel, el primer metropolitano de Kiev, llegó allí en el año 990. Lo acompañaban 6 obispos y Dobrinia, el tío de San Vladimiro. Primeramente derribaron el ídolo de Perún y, como anteriormente en Kiev, lo arrastraron por el suelo arrojándolo luego al río Voljov. Después divulgaron la Santa Fe y bautizaron al pueblo. Desde Novgorod, el metropolitano Miguel, con 4 obispos y acompañado por Dobrinia, fue a Rostov donde realizó numerosos bautismos, consagró presbíteros y erigió un templo. Sin embargo, el paganismo se mantuvo en Rostov durante mucho tiempo, por lo cual los dos primeros obispos de Rostov, San Teodoro y San Hilarion, después de realizar grandes esfuerzos en combatirlo, debieron abandonar la cátedra. Para la erradicación del paganismo y la consolidación de la Santa Fe, bregaron allí los obispos San Leoncio y San Isaías, como también el Beato Ambrosio, Archimandrita, fundador del monasterio de Rostov.

En el año 992 la Santa religión fue introducida en la región de Susdal. Allí llegó San Vladimiro. Al príncipe acompañaban 2 obispos. Los habitantes de Susdal gustosamente se bautizaron.

Los hijos de San Vladimiro, entre quienes el príncipe repartió los feudos, se preocupaban de difundir y consolidar el Cristianismo en las regiones que gobernaban. Así, en le siglo X, además de Kiev, Novgorod, Rostov, y Susdal, la Santa Fe fue llevada a tierra de los drievlane. Posteriormente, en los territorios de los viatichi (las tierras de Kursk, Orel, Tula y Kaluga) realizó una intensiva prédica evangélica el Beato Kuksha, monje del monasterio de Pechersk, quien fue torturado y muerto por los paganos.

En general, la fe cristiana, durante los primeros años, se difundió preponderantemente cerca de Kiev y luego, por vía fluvial, desde Kiev y hasta Novgorod. Desde Novgorod se difundió a lo largo del Volga. Bajo la influencia de la religión cristiana, las tribus eslavas comenzaron a unirse en una nación.

La exitosa difusión de la fe de Cristo entre el pueblo ruso, se debió en especial, a que se difundía en su mayoría, por medios pacíficos: por la prédica, por la persuasión (sin usar el fuego y la espada, como no pocas veces los utilizaban los católicos romanos) y, además, gracias a la labor de San Cirilo y San Metodio, en el local idioma eslavo.

Los rusos llevaron la fe cristiana ortodoxa a los pueblos no rusos que habitaban en la vecindad de las fronteras y en los límites mismos de Rusia. Así, entre los siglos X y XIII empezaron a bautizarse algunas tribus finlandesas (Izhora y Carelia), las tribus no rusas de la región de Vologda y otras más. A comienzos del siglo XIII en las orillas de los ríos Volga y Oka, fue fundada la ciudad de Nizhni Novgorod, un fuerte baluarte de la Ortodoxia entre los pueblos no rusos de Povolyie y la región central de Rusia.

En el oeste de Rusia, la difusión de la fe ortodoxa se encontró frente a otra fuerte influencia. Era la influencia de la iglesia católica romana. En Finlandia predicaban los misioneros latinos llegados desde Suecia. Al sur del golfo de Finlandia, en los primeros tiempos se afianzó la Ortodoxia, pero más tarde, desde Dinamarca, llegaron los misioneros romanos. A fines del siglo XII, en Libonia, se creó la orden de los Caballeros de la orden de Porte-Glaive (guerreros de espada) latina. Estos combatieron contra la influencia rusa y contra los éxitos de la Ortodoxia. En Lituania, ya en el siglo XII, comenzó a difundirse la religión ortodoxa desde las vecinas poblaciones rusas. En el siglo XIII, al conquistar los príncipes lituanos las ciudades rusas como Novogrudok, Sklonim y Brest, muchos se sus pobladores recibieron el bautismo.

El martirio y la muerte en el siglo XIV, que por la fe sufrieron tres altos dignatarios de la corte del príncipe lituano Olguerd (hijo de Guedemin, fundador del principado lituano) contribuyó sobremanera al éxito de la difusión de la Santa Fe. Estamos mencionando a los Santos Mártires Antonio, Juan y Eustafio. Pero, a fines del mismo siglo, Lituania que dominaba a la ortodoxa Rusia occidental se unió a la católica Polonia. Después de esto, los Papas de Roma aplicaron todos sus esfuerzos para: 1) separar las diócesis situadas en el sudoeste de la unida iglesia ortodoxa rusa; y 2) introducir allí la llamada Unión lituana.
La influencia del cristianismo sobre la vida del pueblo ruso.

Una vez adoptada la fe de Cristo, enseguida comenzó a tener una influencia positiva sobre la vida de nuestros antepasados. Empezaron a afianzarse las costumbres cristianas. Por ejemplo: los frecuentes rezos, la beneficencia, las peregrinaciones a los lugares santos y otras más. Esta benéfica influencia, sobre los corazones y las costumbres, se manifestó, especialmente, en la vida de destacadas personalidades de ese entonces. El príncipe Vladimiro siendo pagano se abandonaba a algunos vicios, se destacaba por su crueldad. La fe cristiana lo transformó completamente. Se volvió sobrio, casto, compasivo con los indigentes y lisiados y enfermos, ordenaba llevarles a las casas todo lo necesario para el sustento. Hasta temía, el Vladimiro cristiano, a ajusticiar a los malhechores preguntando a los demas si no cometía pecado en caso de tener que hacerlo. Los Santos Mártires Boris y Gleb, hijos de Vladimiro, eran un modelo de la piedad cristiana. Entre los metropolitanos rusos son reconocidos por la santidad de sus vidas, entre otros, Miguel e Hilario. Muchos ejemplos de santidad encontramos, sobre todo en le monacato.

Fueron las altas jerarquías eclesiásticas y los príncipes los que preponderantemente se preocuparon por la educación cristiana del pueblo. Siguiendo el consejo del metropolitano Miguel, el principal jerarca de la Iglesia Rusa, el príncipe Vladimiro organizó en Kiev y otras ciudades rusas, institutos educativos. El mismo metropolitano Miguel llamaba a los maestros y los instruía sobre el trato que debían tener con los niños. El hijo de Vladimiro, Jaroslav el Sabio, al construir iglesias en ciudades y poblados ordenó, que en todos ellos, se instruyese al pueblo. En la ciudad de Novgorod organizó una escuela donde estudiaban 300 niños. Según escribe el cronista, Jaroslav leía libros “día y noche” y reunía alrededor suyo a muchos escribas” para que copiaran los libros y, hasta a veces, los tradujeran del griego al idioma eslavo. El ejemplo de Vladimiro y de Jaroslav siguieron muchos de sus sucesores, como también el clero y el monacato.

En los monasterios se consideraba que todo lo referente a los libros era una causa de Dios. Algunos monjes dedicaban todo su tiempo, después de realizar sus rezos, a la copia y traducción de los libros. A veces para ellos debían viajar al Oriente: a Constantinopla o al monte Athos. Preocupados por la educación cristiana (religiosa) del pueblo, las altas jerarquías eclesiásticas y los predicadores de la iglesia rusa trataban, así mismo, de afianzar en la tierra rusa un orden civil basado siempre sobre las enseñanzas cristianas. En especial, fue beneficiosa su influencia durante los desastrosos tiempos de las guerras internas entre los príncipes. Los metropolitanos trataban de apaciguar las disputas entre ellos. Durante las guerras feudales y las divisiones, nuestra jerarquía eclesiástica, sin embargo, quedó unida e indivisible. Esta unidad fuertemente contribuyó a la unificación de la nación rusa.




Beato Miguel de Kiev.

Después de su bautizo en Corsún (Jersón) en el año 988 el gran príncipe Vladimir convocó a los sacerdotes búlgaros y griegos para la difusión de la fe ortadoxa por Rusia. El patriarca Nicolás de Constantinopla, Crisoverg mandó a Kiev al metropolita Miguel, a muchos sacerdotes y clero. El beato Miguel, lo más probable es que era de origen búlgaro. Trajo consigo íconos, libros eclesiásticos en idioma eslavo, adornos eclesiásticos, y reliquias de beatos de Dios.. Habiendo bautizado a 12 hijos del príncipe Vladimir, boyardos y población de Kiev, reunidos para ello en el río Dnieper, aprovechó esto para comenzar en esa ocasión de ocuparse de la eliminación de herejías.

Durante los años de oficios del beato Miguel en Rusia se fundaron muchos templos y se crearon algunos monasterios. De los templos construidos en Kiev, el mayor era el Desiatínny —en honor de la Santísima Virgen. ( San Vladimir donaba a este templo la decima parte de sus entradas, por ello lo de desiatiny, diesmo) A este templo fueron llevadas las reliquias de la gran beata Olga. En Periaslav, Chernígov, Belgorod, Vladimir.Volinskom Novgorod, Rostov el grande, y en otras ciudades se inauguraban templos ortodoxos.

El historiador relata que en tiempos de san Miguel, “la fe ortodoxa floreció y resplandeció como el sol.” El beato Miguel sobresalía por su mansedumbre, y humildad incansable en los esfuerzos y fue un sincero padre espiritual de su rebaño. Era un sabio y recto jerarca. El ungía a los presbíteros, elegía experientes maestros, a los que encomendaba la enseñanza y educación de los niños en el temor y fe en Dios. Ante él se bautizaron cuatro príncipes búlgaros y uno de Pechñ. Se sabe que el envió al monje Marcos para propagar la fe ortodoxa a los musulmanes búlgaros. Falleció el metropolita Miguel en el 992. Sus restos fueron sepultados en la iglesia de Desiatina. En los concilios de Kiev, Novgorod-Sofía se decidió denominarlo como el iniciador de la Iglesia Rusa.


Tampoco debió de ser el motivo de menor importancia, al elegir Bizancio en lugar del Occidente latino como fuente para la cristianización de la Rus’, el hecho de que en aquel momento Bizancio era con mucho la nación más avanzada culturalmente y la más civilizada de Europa. Los viajeros occidentales describirían a la Kiev del siglo XI como la primera ciudad después de Constantinopla en cuanto a belleza y esplendor. El ámbito para el influjo bizantino fue, sin lugar a dudas, la Iglesia ortodoxa griega. El historiador M. D. Priselkov escribió que la primitiva estructura del Estado ruso había sido configurada en gran medida siguiendo la estructura de la Iglesia Ortodoxa. El reconocimiento por parte de los príncipes locales del gran príncipe de Kiev como superior era una réplica de la jerarquía de los obispos respecto al metropolitano de Kiev y de toda la Rus’ como su obispo presidente. Los congresos locales (sobors en ruso) de los obispos fueron copiados por las dietas de los príncipes a partir de finales del siglo XI, y en el XVI, por los Zemskie sobors o Estados Generales, por llamarlos de algún modo.6 El otro factor positivo de lo cuasi vernáculo fue el rápido desarrollo de un vocabulario sorprendente por su novedad y una literatura relativamente elaborada en la Rus’ de Kiev. Por mencionar sólo algunos ejemplos, es preciso citar las crónicas históricas, con un vocabulario de más de 12.000 palabras, así como El poema de la campaña de Igor, del siglo XII, y en especial el famoso Sermón sobre la ley y la gracia, obra de san Hilarión, archimandrita originario de Kiev hacia 1045,7 que éste pronunció en la magnífica iglesia de Santa Sofía recién construida y obviamente en presencia de Yaroslav el Sabio, que era hijo de san Vladimiro y gobernaba en Kiev en aquella época. La elegancia del sermón es sorprendente si se tiene en cuenta que la literatura de la nación no contaba con más de sesenta años en aquel momento. Pero además de ser elegante, constituye también un ejemplo de historiosofía. San Hilarión concibe la historia como si se desarrollara siguiendo un esquema dialéctico: a) la cadena mosaica de la ley es la cadena de la esclavitud; b) la cadena de gracia otorgada por Jesús es el camino de la libertad. Gran parte del sermón es un elogio de Vladimiro, el príncipe ideal según Hilarión, que supo combinar la piedad con el poder y gobernó su patria con justicia, valor y razón. Siguiendo la doctrina de Justiniano sobre la symphonía de la Iglesia y el Estado, Hilarión cree que el poder secular debería comprometerse con los intereses de la fe; sin embargo, el poder secular debe respetar las instrucciones de la jerarquía eclesiástica. Es deber de un buen príncipe cristiano subyugar, si es preciso por la espada, a las naciones que no han recibido la luz, a fin de llevarles la luz del cristianismo. Hilarión veía una importancia mesiánica global en la conversión de la Rus’ y comparaba la hazaña de Vladimiro con la de los apóstoles, pronosticando de ese modo el papel imperial de Rusia.8 El sermón reflejaba el optimismo de un neófito. Por el contrario, el tono de un documento escrito unos 70 años más tarde por el gran príncipe de Kiev Vladimiro Monomaco, las Instrucciones a sus hijos, carece por completo de triunfalismo. Son significativas como muestra de la profundidad con que habían calado las ideas y convicciones cristianas al menos en los rusos cultos de entonces. Al lector le sorprende la auténtica mansedumbre y humildad cristianas del poderoso príncipe. La única manera de vencer a los enemigos, escribe, es mediante “el arrepentimiento, las lágrimas y la caridad”; y les pide a sus hijos que nunca le hagan daño a nadie, que se preocupen de los huérfanos y de los ancianos, que no recurran jamás a la pena de muerte, y mucho menos al asesinato, que priva a la víctima de la oportunidad de arrepentirse. La pereza y la ociosidad, escribe, son la causa de la mayor parte de los pecados. Les enseña que tomen parte en la constante oración a Jesús del monaquismo ortodoxo para evitar la ociosidad, tanto si les agobian sus actividades como si no. El arrepentimiento de Vladimiro por las guerras que había emprendido y los pecados que había cometido constituye gran parte de las Instrucciones.9

Sin lugar a dudas, el uso de una lengua cuasivernácula por parte de la Iglesia contribuyó en gran medida a tal asimilación orgánica de la doctrina cristiana y a la “naturalización” de la Ortodoxia. Pero había también un aspecto negativo en el lenguaje vernáculo o cuasi vernáculo de la Iglesia. En el Occidente latino el lenguaje común del saber contribuyó a un fácil intercambio cultural entre las elites cultas de todos los países occidentales. Esta apertura contribuyó al crecimiento cultural, mientras que el uso de la lengua vernácula en cada país de la Iglesia oriental condujo finalmente el estancamiento. Todavía más, la lengua latina (aunque en grado menor que el griego) abrió sus puertas al legado cultural de la Antigüedad, así como a los escritos de los Padres de la Iglesia primitiva, muchas de cuyas obras no habían sido traducidas al latín. En lo que se refiere a Rusia, no hay indicios de que se enseñara el griego en las escuelas rusas de la época. Y así, los rusos cultos tenían que depender de las traducciones al eslavo. Es cierto que en el período que va del siglo IX al XII fue enorme el número de traducciones al eslavo de los Padres de la Iglesia, así como de algunas obras de la filosofía griega, pero todo se extinguió casi por completo con la decadencia de Kiev hacia el siglo XIII10 y su destrucción por los mongoles, que coincidió aproximadamente con la conquista latina de Constantinopla y la ofensiva, sitio y destrucción definitiva de los restos del Imperio bizantino y de sus vecinos eslavos a manos de turcos y árabes.

¿Y qué fue del legado del paganismo? ¿Desapareció de la noche a la mañana con la llegada del cristianismo? Ni mucho menos: algunas supersticiones paganas han sobrevivido hasta nuestros días, y son muchos los historiadores que emplean el término dvoeveríe, es decir, dualidad religiosa, en virtud de la cual el neófito creía tanto en Jesús como en las deidades paganas. Otros rechazan el término por considerarlo confuso, arguyendo que con la llegada del cristianismo todo lo que quedaba de las deidades paganas en el folklore nacional quedó confinado en el ámbito de los demonios. George Fedotov cree que esta veneración de la maternidad, la feminidad, ha influido en el carácter del varón ruso: “La madre le enseñaba la afabilidad y la fidelidad, no la libertad y el valor, virtudes “masculinas” predominantes en la tradición de la Europa occidental.”11 Ejemplo de estas virtudes “femeninas” es la veneración, popular en Rusia, de los santos Boris y Gleb, los primeros santos rusos canonizados; y lo fueron a pesar de la oposición de los griegos, que veían en el asesinato de los dos jóvenes, al parecer a manos de su hermano mayor, Sviatopolk el Cruel, una mera lucha fratricida y no un martirio por Cristo. Pero a los ojos de los rusos, el hecho de solicitar su canonización estribaba en su negativa a resistirse al mal y en su obediencia: ambos habían decidido no ofrecer resistencia frente a los asesinos que había enviado su hermano mayor, el cual, decían, ahora que su padre había muerto, heredaba la autoridad absoluta del padre sobre ellos. Por eso se sometieron a su voluntad.

El segundo momento clave, que afectó no solamente a Rusia sino a toda la cristiandad, fue el gran cisma de 1054. En realidad, la excomunión pontificia del patriarca de Constantinopla y de todos sus seguidores, tal como declaraba la bula del papa León IX, y la respuesta más moderada de Miguel Cerulario, que solamente excomulgaba al papa y al cardenal Humberto, no se tomaron al principio en serio, al menos en el Oriente cristiano. Las relaciones entre las dos partes de la que técnicamente seguía siendo una única Iglesia habían sido tensas durante siglos por motivos tanto teológicos como políticos. Las principales desavenencias teológicas se referían a las pretensiones de supremacía del papado sobre toda la cristiandad y la cuestión del Filioque,12 una adición franca al credo de Nicea que fue aceptada por Roma a comienzos del siglo XI bajo las presiones de los francos, de los que dependía en gran medida. Los ortodoxos veían al Papa simplemente como el primero entre iguales en la jerarquía de los cinco patriarcas (Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía Jerusalén).13 Pensando que en este caso se trataba de otra disputa episcopal más, de las muchas que había habido en los tres siglos anteriores, el Oriente ortodoxo en general permaneció tolerante y cordial respecto a la Iglesia latina. Sus parroquias siguieron funcionando junto con las ortodoxas en todas las ciudades importantes de Bizancio, el Próximo Oriente y Rusia. Parece que a la Rus’ es a quien menos preocupó el cisma. John Fennell ha contado al menos treinta matrimonios entre miembros de la realeza latina y rusa desde 1050 hasta final del siglo XII. El metropolitano Hilarión no hacía ninguna diferencia entre la Iglesia latina y la griega, p. ej.: “La tierra romana honra por igual a Pedro y a Pablo, por medio de los cuales creyeron en Jesucristo...”14 En contraste con los cruzados germanos que estaban convirtiendo a los bálticos por la fuerza, los rusos, si bien cobraban tributos en algunas partes del territorio báltico, jamás intentaron obtener conversiones por la fuerza; ni impidieron tampoco que los germanos lo hicieran. Es más, el príncipe Vladimiro de Polotsk, por ejemplo, en 1188 dio permiso a un monje agustino para que predicara entre los livonios (una tribu de Letonia), aunque pagaban tributo al príncipe ruso, es decir, eran súbditos suyos.15

Hasta 1448 todos los metropolitas de la Rus’ habían pertenecido a la jurisdicción del Patriarcado ecuménico (de Constantinopla).16 Y la disputa teológica era un a priori entre Roma y Constantinopla. Como la mayor parte de los metropolitas de la Iglesia rusa hasta mediados del siglo XIII habían sido griegos o eslavos bizantinos helenizados (búlgaros, macedonios), es natural que tuvieran una disposición más crítica hacia los católicos que los rusos. Así, aproximadamente dos décadas después del cisma, el metropolitano Georgi de Kiev advierte en contra de recibir la comunión de los latinos o de rezar con ellos, consejo que parece indicar que dichas prácticas seguían dándose incluso después del cisma. Su sucesor, Ioann, criticó los matrimonios reales con católicos, aunque sin mucho éxito. En contraste con los griegos, el obispo ruso del siglo XII Nifonte de Novgorod, respondiendo a la pregunta de cierto sacerdote llamado Kirik sobre cómo recibir en la fe ortodoxa a un católico, le recomienda: “úngele con el santo crisma... entrégale un cirio y en la liturgia dale la comunión.”17 San Néstor, monje asceta de Kiev de comienzos del siglo XII, compilador de la primera Crónica, llama al príncipe Iziaslav “amador de Cristo... amador de Dios,” aunque el príncipe se había casado con una católica y mantenía correspondencia muy cordial con el papa Gregorio.18 Pero incluso los griegos, según las palabras del padre John Meyendorff, hasta el saqueo de Constantinopla por los cruzados, habían considerado que las diferencias teológicas entre las dos iglesias podían acabar resolviéndose y que se restauraría la unidad de la Iglesia.

Fue el saqueo de Constantinopla por los “hermanos cristianos” de Occidente, seguido por una brutal matanza de los sacerdotes y monjes ortodoxos y la instalación de un patriarca latino en la sede de san Juan Crisóstomo, lo que hizo definitivo el cisma y abrió un catastrófico abismo entre el Oriente y el Occidente cristianos. Fue sólo entonces, afirma Meyendorff, cuando “la mayor parte de los bizantinos se dieron cuenta de que la cristiandad occidental creía realmente en los derechos exclusivos y universales del Papa y, por tanto, tenían una concepción de la Iglesia completamente distinta a la suya.”19

Todo el impacto del ataque de los cruzados comenzó a afectar a las actitudes religiosas y a la política estatal rusas casi cuarenta años después, cuando se vio exacerbada por el ataque de los suecos en 1240 y por el ataque de los caballeros teutónicos contra Pskov y Novgorod en 1242; ambos fueron rechazados con éxito, aunque con un elevado número de bajas, por Alexander Nevski, príncipe de Novgorod.20 Aunque los rusos todavía no conocían en aquel momento que quien había ordenado ambas campañas era el papa Gregorio IX, cuya bula de 1237 daba instrucciones al arzobispo de Suecia para que organizara una cruzada contra los “infieles” rusos,21 vieron a los caballeros germánicos que marchaban con banderas y enseñas religiosas manifestando claramente que los latinos no los consideraban cristianos. Todavía más, los ataques de Occidente estaban planeados para coincidir con el momento de la mayor debilidad de Rusia, cuando la mayor parte de la población se hallaba en un estado de postración, devastada y despoblada a causa de la invasión de los tártaros de los años 1237 a 1242. Alexander contaba con escasos recursos y con un ejército mal armado y menor que las fuerzas germánicas. Sin embargo, con el lema “El poder de Dios no está en la fuerza, sino en la verdad,” venció. Los rusos consideraron aquella victoria como un milagro de Dios, y canonizaron al príncipe. Al darse cuenta de que no podía luchar al mismo tiempo contra los mongoles y contra los agresores de Occidente, Alexander optó por establecer alianza y amistad con los invasores orientales, que lo único que exigían eran tributos y levas para sus ejércitos, a la vez que dejaban intactas la infraestructura y la religión rusas, mientras que los cruzados se proponían destruir la fe y la nación.

Al sudoeste, el gran príncipe Daniel de Galitzia y de Volinia, que fue contemporáneo de Alexander, eligió al principio la opción opuesta: después de contemplar la devastación que habían causado a su tierra los mongoles, apeló al papa Inocencio IV para que formase una cruzada paneuropea contra aquéllos. Incluso asistió en 1247 al concilio de Lyón y parece que aceptó la unión con Roma a cambio de una coalición militar contra los mongoles. Pero tal fuerza militar no llegó a materializarse. Mientras tanto, su candidato para regir espiritualmente la Rus’ volvió de Nicea en 1248 como metropolitano Kirill III. Debido al hecho de que la capital bizantina fuera Nicea,, mientras que Constantinopla estaba en manos de los latinos y tras haberse enterado de la destrucción que allí había sufrido la Ortodoxia, Kirill no tenía ningún interés por colaborar con los latinos. Como no había recibido ayuda alguna del Papa, Daniel renunció a la corona y a la unión en 1248, probablemente bajo la influencia de Kirill. En 1253 aceptó finalmente la corona, pero evidentemente no la unión con Roma, ya que en 1257 el papa Alejandro IV convocó una cruzada no contra los tártaros, sino contra la Rus’ de Galitzia. Pero no pasó nada. En cuanto a Daniel, se vio forzado a aceptar el protectorado de los mongoles. Sin embargo, todas estas vacilaciones debieron de desagradar al metropolitano Kirill, quien tomó partido a favor de la línea pro-mongol de Alexander Nevski como mal menor, se alió con él en 1250 y prestó un apoyo total a su política.22


El Noble Príncipe San Alejandro Nevsky.

Entre los príncipes, defensores de la tierra rusa y de la Fe Ortodoxa durante el yugo mongólico, en especial, se destacó el príncipe San Alejandro Nevsky.

Hijo del Gran Duque Iaroslav, nació poco antes de la invasión de los mongoles en el año 1220 y, bajo la guía de su devota madre, Santa Teodosia, recibió una buena educación de un profundo carácter religioso. Su infancia y su juventud las pasó en Novgorod, donde gobernaba su padre pero, y donde luego él, siendo todavía joven, tuvo que asumir la pesada carga de gobierno. La región de Novgorod se salvó de la devastación y el saqueo de los tártaros, pero sufrió la fuerte presión de sus vecinos occidentales: los lituanos, los germanos y los suecos. San Alejandro Nevsky tuvo que encabezar una pesada lucha contra ellos, defendiendo la independencia de la tierra rusa, como también preservar y defender la Iglesia rusa de los ataques de diferentes lados.

Al ver los Papas de Roma que podían contar con la voluntaria subordinación de la Iglesia rusa, resolvieron aprovechar el estado débil e indefenso de Rusia, presionándolos, obtener la dependencia de la Fe Ortodoxa rusa. Fue promulgada la bula en el año 1237, que llamaba a los suecos a realizar una cruzada para castigar a los finlandeses, quienes se rebelaron contra la propaganda del catolicismo y al mismo tiempo convertir a esta religión a los rusos. Se anunció que todos los participantes de la cruzada recibirian el perdón de sus pecados y los caídos en la lucha, el goce eterno. Se formo así un gran ejercito sueco al mando del Birger. Este ejército desembarcó en el año 1240 en las orillas del río Nevá. Después de una fervorosa oración en la catedral de Santa Sofía, el ejercito ruso, no muy grande, conducido por el príncipe Alejandro, se dirigió a enfrentar al enemigo.

El valiente príncipe dirigió a sus huestes un breve pero sentido discurso: "Hermanos, somos pocos y el enemigo es fuerte, pero Dios no esta en la fuerza sino esta en la Verdad. Recordemos las palabras del Creador de los salmos:....... estos en carros, aquellos a caballo, y nosotros el nombre de Dios invocaremos.....No os amedrentéis por el número de los combatientes, porque Dios está con nosotros."

Animado por la visión que tuvo el soldado Pelgucio de los Santos Boris y Gleb, San Alejandro, en la noche del 15 de julio 1240, atacó al enemigo y le infringió una decisiva derrota. "Los seguidores de Roma fueron derrotados y humillados," exclamaban con alegría los habitantes de Novgorod al festejar la Victoria.

Al poco tiempo tuvo lugar otro ataque del mundo occidental latino a la fe ortodoxa rusa. Esta vez de parte del orden livono de caballeros de Port-Glave. Estos caballeros, entre religiosos y militares, obligaron a los habitantes de las orillas del mar Báltico, a convertirse al catolicismo. Para ello usaban la fuerza de sus armas. Después entraron en el territorio ruso y tomaron ciudades Pskov y Iuriev, convirtiendose en una amenaza para Novgorod. Alejandro fue obligado a dejar esta ciudad por los desordenes del pueblo y retirarse a Suzdal. Bajo la influencia del peligro, los habitantes de Novgorod entraron en razón y fueron a pedirle al príncipe Alejandro que vuelva y les ayude a derrotar al enemigo. Olvidando todas las ofensas, y juntando toda la fuerza militar, Alejandro atacó al enemigo, liberó a Pskov, y se dirigió al lago Chudsko, donde tomó lugar la famosa batalla sobre el hielo. Esta batalla se llama: “batalla sobre los hielos.” Esta victoria (5 de abril del 1242) quebró a los lituanos y detuvo su penetración en la tierra rusa.

El Papa Inocencio IV, al sufrir esta derrota, se dio cuenta que no podía mediante el uso de la fuerza subordinar al fiel defensor de la religión ortodoxa y resolvió, desde entonces, utilizar medios pacíficos. En el 1251 envió dos cardenales para una entrevista con el príncipe Alejandro, con una misiva en la cual lo invitaba estar bajo de la protección de Roma. El príncipe Alejandro respondió”: Nosotros conocemos la verdadera doctrina de la Iglesia y nunca aceptaremos la suya!”

Las novedades sobre el valeroso príncipe y sus gloriosa victorias llegaron hasta el Khan de los tártaros. Después de la invasión de los tártaros, los príncipes visitaban el Horda tártara, como una señal de sumisión y viajaban para ver al Khan. El Santo Alejandro todavía no había ido. Cuando el Khan Batey deseó verlo, San Alejandro entendió que es imposible ignorar su invitación, y reconfortado por las oraciones y las palabras de despedida del prelado de Novgorod, se dirigió a la Horda. Allí los sacerdotes paganos exigieron que, según la tradición, el príncipe, antes pasara por el fuego purificador y se postrara ante las imágenes de los antepasados del jefe tártaro. El defensor de la Fe de Cristo contestó, con dignidad, de la siguiente manera”: Soy cristiano y no debo inclinarme ante ninguna creación humana.” Al oír sus palabras, los sacerdotes se apresuraron a trasmitirlas al Khan Batey. Todos los que viajaron a la Horda acompañando a Alejandro se atemorizaron con lo que iba suceder. Al ser introducido ante el jefe tártaro, San Alejandro se inclinó en una reverencia y dijo:” Zar, me inclino ante ti porque Dios te ha honrado con un reino, pero nunca me inclinare ante algo creado por hombre. Únicamente a Dios es al quien sirvo, adoro, reverencio y me arrodillo! “Estas sabias palabras le gustaron tanto al Khan que, muy pronto y con grandes honores despidió al Santo príncipe.

Con posterioridad, San Alejandro, quien desde 1252 fue el Gran Príncipe de Vladimir, tres veces mas viajó al Horda, tratando de disminuir las desgracias y las calamidades con las cuales los tártaros amenazaban al pueblo y la tierra rusa. En su último viaje se enfermó y 14 de noviembre 1263 falleció en Gorodetz de Povolzsk. Cuando la triste noticia llego a la Ciudad de Vladimir, el metropolitano Cirilo, la comunicó con las siguientes palabras: “Hijos queridos, el sol de Rusia se ha extinguido.” Todos lloraban la pérdida del príncipe.

Durante el reinado del Emperador Pedro I (1724) se llevaron sus imperecederas reliquias a Petrograd, donde se encuentran en el presente en el monasterio de Alejandro Nevsky.

Como el centro de Rusia estaba donde estaba el metropolitano (había numerosos príncipes locales, pero sólo un metropolitano), el hecho de que Kirill optara por el nordeste en lugar de por el sudoeste — y todos sus sucesores siguieron esta línea suya — contribuyó de manera crucial al auge de Moscú, mientras que en el siglo XIV Polonia se anexionó Galitzia y Volinia occidental y Lituania hizo lo mismo con Volinia oriental, incluyendo Kiev.

Las principales consecuencias de los anteriores acontecimientos son las siguientes:

1. Como resultado de la confrontación con los cruzados latinos, la antigua tolerancia de los rusos con respecto a la Iglesia romana y sus misioneros fue sustituida por la intolerancia, la desconfianza y la animadversión. Mientras que hasta entonces los rusos consideraban que la Iglesia ortodoxa rusa era sencillamente la versión rusa de la cristiandad universal, a partir de este momento comenzaron a considerarse como poseedores de la única Iglesia cristiana verdadera, tratando a los latinos como herejes y enemigos de la Ortodoxia.23

2. La Rus’ de Galitzia y Volinia, debido a la decadencia de Kiev y al atraso del nordeste, se había convertido en la parte más poderosa y más civilizada de la Rus’ a comienzos del siglo XIII y por lo tanto tenía el mayor potencial para convertirse en centro y cabeza de Rusia, pero no logró dar cauce a ese potencial, debido a las actitudes y a la política de las naciones occidentales vecinas, así como las del papado, con la caída del Gran Ducado de Galitzia y Volinia.




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