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El Bautismo del pueblo ruso



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El Bautismo del pueblo ruso.


Olga, viuda del príncipe Igor de Kiev y regente de su hijo Sviatoslav, se convirtió al cristianismo. Devotamente concurría a la iglesia de San Elías, templo que era uno de los mas antiguos de Kiev. En el año 954 en Constantinopla fue bautizada por el Patriarca, siendo su padrino el Emperador Constantino Porfirogenito. Era el deseo de Olga establecer la Ortodoxia como religión estatal. Pero la brevedad de su regencia, que finalizo con la mayoría de edad de Sviatoslav, no le dio tiempo. Sviatoslav (padre del príncipe Vladimir) se dedicaba mas a campañas guerreras que a asuntos espirituales. Vladimir, al llegar a príncipe reinante, siguió a su padre en la vida pagana, bulliciosa y licenciosa. Cobrando años, experiencia y sabiduría, y seguramente bajo la influencia de su abuela Santa Olga, comenzó a preocuparse por la salvación de su alma y de su pueblo. A pesar de haber estado preparado para la Cristiandad, quiso asegurarse de su elección, comparando las distintas religiones y profesiones de Fe. Envió una delegación de observadores a estudiar el Islam, el Judaísmo y el Cristianismo, tanto en Roma como en Constantinopla y Sarkel. Sus enviados confirmaron, que en la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla era donde “se sintieron no como en la tierra, sino como en el cielo”

El principe Vladimir, habiendo optado definitivamente por la ortodoxia en vísperas del alejamiento del Papa de Roma del resto de la Cristiandad, no se dejo seducir por el esplendor bizantino, sino, que se hizo bautizar en la ciudad de Corsun, en Crimea. Y esto, pagando tributo a su propio origen pagano y guerrero, solo después de haber tomado la ciudad, sitiada por sus tropas. Ya como vencedor y cristiano fue a Constantinopla a pedir la mano de la princesa Ana, her­mana de los Emperadores. Con la nue­va (única ahora) esposa cristiana, Vladimir procedió a propagar la Ortodoxia. Su vida cambió radicalmente: dejo el lujo, se convirtió en misericordioso y benévolo, lleno de amor, generosidad, caridad, dulzura y manse­dumbre para con todos. Profundamente arrepen­tido de sus pecados, se dedicó al servicio de su pueblo, con el que siempre estuvo muy unido. En los fes­tejos se servían en los patios mesas para agasajar a todos los pobres e indigentes, y a los que no podían concurrir, se les llevaban los manjares a sus moradas. Construyó igle­sias, una de ellas — con la décima parte de todos sus bienes (por eso llamada “el Décimo”). Se preocupaba por la justi­cia y se negaba a mandar a matar a los malhechores, porque consideraba que como cristiano no podía hacerse culpable de muerte alguna. Tuvo que insistir el mismo Metropolitano Bizantino para hacerle cumplir con su deber de gobernante, aconsejándole dejar la clemencia y la beneficencia a la Iglesia. Así se inició la Sinfonía de Poderes. En su lecho de muerte, San Vla­dimir ordeno distribuir sus riquezas y bienes personales entre sus servidores y los desheredados.

Bajo su reinado y con su apoyo, el cristianismo se pro­pagó rápidamente por todo el inmenso territorio de Rusia. Para aquel entonces había muchos cristianos y numerosas iglesias por todas partes. además, el paganis­mo que el pueblo originariamente profesaba era más bien un pre-cristianismo, muy propicio para la aceptación de la Ley Divina. (Se supone que la palabra slavo proviene de la voz rusa slava: gloria.) Sus ofrendas no eran sangrientas, si­no que consistían principalmente en la glorificación del Todopoderoso y Trinitario bajo diversas personificaciones.

En Kiev, el bautismo masivo fue posible por la estrecha unión y mútua confianza del pueblo con su príncipe. Se decía de que “si la Nueva Fe no fuera buena, el Príncipe y los bo­yardos no la hubieran aceptado.” Tiempo después hacia el siglo XII, al ser capturados en masa por invasores y conducidos para su venta en mercados europeos, africanos y asiáticos, eslavo se convirtió en sinónimo de esclavo.

Así en la mitología rusa en la antigüedad eslava existen reminiscencias hindúes. Son parecidos los pronombres, nombres de parentesco, raíces de algunos verbos. Los eslavos creían en lo visible: “iav,” y en el “más allá”: “nav” o sea en el destino del hombre después de la muerte, y se consideraban descendientes del Buen Dios Único, Pastor celestial, al que los Sabios nombran con distintos nombres.

La establecimiento del Cristianismo como religión oficial de Rusia, o Rus, por el Príncipe Vladimir en el 988 suele denominarse Bautismo de Rusia. Esta denominación no se ajusta exactamente a los hechos, dado que, desde la predicación del Apóstol San Andrés (en el primer siglo) se propagaba individualmente la Religión Cristiana con creciente aceptación.

Cabe destacar que el cristianismo fue aceptado por todo el pueblo con gran entusiasmo y fervor excepcional, salvo raros discusiones locales y algunos pocos focos de hechiceros. Al ser adoptado el cristianismo como religión estatal, Rusia se ha convertido en una nación, unida por una misma y única Fe al punto de que en tiempos de ocupación tártara o desacuerdos entre las distintas Comarcas, solamente se mantuvo unida por la Iglesia bajo la protección de su Santo, el príncipe Vladimiro.

Extencion del pueblo ruso y del cristianismo.


Los monjes ermitaños buscaban lugares despoblados para dedicarse a oración y predicaban los Santos Evangelios a los aborígenes que se acercaban, atraídos por la cultura ortodoxa. Luego se afincaban labradores, y mas tarde aparecían administradores gubernamentales con algunos soldados para protegerlos de eventuales pillajes. Así se constituían nuevos asentamientos.

En esta forma pacifica y paulatina en doscientos años llegaron desde el Volga al Pacifico, respetando a los aborígenes. Todavía se conservan con sus propias culturas e idiomas pequeños grupos étnicos (las mas pequeñas de alrededor de 400 individuos), que tienen acceso a la civilización moderna.

Campesinos desmontaban para efectuar plantaciones. Artesanos dieron comienzo al ulterior desarrollo de la industria rusa. Misioneros, predicando la fe cristiana, contribuyeron a fortalecer la Iglesia de Rusia ortodoxa, punto de unión y de sostén para los creyentes. Las múltiples caravanas comerciales, que transitaban por mar, tierra y sobre todo ríos (en verano con barco, en invierno con trineo), recorrían el país, llevando a todas partes sus mercancías y establecían lazos de unión entre los puntos más alejados. Los guerreros rechazaban los ataques enemigos. Todos ellos cooperaron para el desarrollo de la santa madre — Rusia. Los soberanos rusos unían y administraban, procurando aumentar el bienestar de sus súbditos y la grandeza de su tierra.

No hay duda, que el gobierno y el pueblo de Rusia cometían faltas. Pero dónde no? ¿En qué país existen gobernantes y habitantes que no las cometan? Y si la crítica puede ser severa, no debe transformarse en calumnia.

Un rasgo típicamente ruso es el profundo sentimiento religioso. El alma de este pueblo es principal y basicamente cristiana. Así el “Vae Victis”: “Ay de los vencidos” de los Romanos paganos se puede contraponer al lema popular ruso: “al caído no se le pega.” El juramento mas solemne era. “Que me avergüence, si no cumplo.”

La Rusia meridional era un baluarte cristiano, rodeado por paganos; los nómadas de las estepas atacaban con frecuencia a la Rus’ de Kiev. En el año 1203 los Pólovtsi,2 una tribu nómada asiática, devastó a la capital y según un cronista: “una gran desgracia castigó a la tierra rusa, una desgracia, como no las había habido desde su cristianización.”

Los primeros sacerdotes y obispos eran grie­gos y las relaciones con el Imperio Bizantino se hicieron muy cordiales. La Rusia de Kiev prosperó y se ha convertido en una poderosa nacion.

El príncipe Yaroslav, llamado “Sabihondo” (año 1030-1054) fue muy admirado; sus tres hijos contrajeron matrimonio con princesas bizantinas y germanas, y sus tres hijas se casaron con reyes de Francia, Hungría y Noruega. Fue este príncipe el que redactó el primer código de leyes, “La Verdad Rusa” (a mediados del siglo XI). Este título (verdad - pravda) refleja otro rasgo específico; la verdad tiene un papel preponderante en la psicolo­gía popular, por su naturaleza, el ruso es un “buscador de la verdad absoluta.” “Todo pasa, — sólo la verdad queda,” afirma un dicho.

Durante varios siglos los reyes de Francia juraban sobre los Santos Evangelios en idioma antiguo ruso ecclesiastico, traidos a París desde Kiev por la princesa Ana, hija del príncipe Yaroslav.




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